Mi enemiga y yo

VICTORIA LACACI · Capítulo 27 de 31

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Mi enemiga y yo

Capítulo 27.

REBECA.

—Y el actor que hace de emperador es una maravilla, ya te digo… —La voz de mi madre llegaba a mis oídos como si proviniera de una galaxia muy lejana.

Llevaba ya un rato sin escuchar su disertación sobre no sé qué serie de Neflix que estaba viendo, pues mi mente parecía empeñada en martirizarme con unas imágenes en las que Alexia aparecía besándose con aquella chica rubia del Mini. ¿Se habrían acostado ya…? La duda me atormentaba. Tenía la impresión de que me habían robado en mis mismas narices algo que me correspondía por derecho, lo que me enfurecía tanto como me deprimía. Me sentía impotente y desorientada, y empezaba a necesitar hablar de aquello con mis amigas, aunque, ¿qué pensarían Clara y Elena?, ¿cómo reaccionarían cuando supieran que me había acostado con Alexia…?

Sudaba solo de pensarlo, la verdad.

Y luego estaba lo otro, eso que no me atrevía ni a mencionar siquiera, aunque quizá hubiese llegado el momento de admitirlo de una vez, al menos ante mí misma: estaba enamorada de Alexia.

¡Dios!, sonaba rarísimo, pero era rigurosamente cierto. De pronto sentía haber resuelto un problema matemático de especial dificultad para, a continuación, verme obligada a solucionar otro todavía más complejo. ¿Qué se suponía que debía hacer?, ¿y si Alexia no quería saber más de mí?, o, peor aún, ¿y si ella no estaba enamorada de mí…? Aún recordaba las últimas palabras que me había dirigido, días atrás, antes de dejarme plantada en mitad de la calle para irse en coche con la tal Valeria: «Creo que ya no quiero nada de ti…» . ¿A qué se refería? Resoplé, angustiada, sin dejar de remover el café que me había servido mi madre tras la comida. Me notaba revuelta y algo mareada.

—¿Se puede saber qué haces con el café…? —preguntó mi madre interrumpiendo, gracias a Dios, su aburridísimo e interminable monólogo

—. ¡Estás salpicando el mantel!

—Perdón… —me disculpé tratando de limpiar con la servilleta el pequeño desastre.

—Últimamente parece que estás en las nubes, ¿te preocupa algo? —me preguntó con gesto inquisitivo—. No tendrá que ver con el club, ¿verdad?

—El club va genial, mamá —respondí de inmediato, pensando en desviar el tema de la conversación hacia otro lado. No me apetecía afrontar el interrogatorio de tercer grado al que me sometería en cuanto se enterara de que, gracias a Alexia, había recuperado la integridad de la propiedad—.

Por cierto, ¿cómo van tus clases de golf?

—¡Muy bien!, esta semana he ido un par de veces… Me encontré con el chico ese con el que fuiste a la fiesta de los de La Rey. ¿Cómo se llama?,

¿Diego…?

—Sí, Diego —contesté con recelo, pues ya me temía lo que vendría a continuación.

—Es un chico atractivo y muy educado —comentó dirigiéndome una mirada calculadora—. Además, tiene pinta de ser de buena familia… —

añadió con una sonrisa de autocomplacencia, como si esto último fuera una cualidad de lo más honorable.

—No sé, mamá, la verdad es que no conozco de nada a su familia —

repliqué con un ramalazo de acritud; últimamente me molestaba bastante la intención con la que mi madre me dedicaba aquel tipo de comentarios.

—¡Hija!, se ve a la legua que se trata de un chico fino… ¿A qué se dedica?

—Es arquitecto.

—¡Arquitecto! —repitió con regocijo—. ¿Y qué tal te va con él? —

preguntó con una sonrisa de oreja a oreja que me dio cien patadas.

—No estamos saliendo, si es lo que quieres saber.

—¿No?, ¿y eso por qué…? En la fiesta se os veía muy bien avenidos. —

La nota de decepción que, de pronto, reflejaba su voz era más que evidente.

—Simplemente me acompañó, nada más.

—Pues es una lástima, porque parece un chico de provecho.

Todavía me sorprendía que mi madre siguiera utilizando, a aquellas alturas de siglo, frases del tipo un «chico de provecho».

—Y tiene pinta de ser de buena familia, no te olvides —añadí socarrona, incapaz de tomarme sus palabras en serio.

—¡Rebeca!, ¿te estás burlando de mí?

—¡Líbreme Dios de hacer tal cosa!

—Pero bueno, ¿a ti qué te pasa…?

—Nada, simplemente me aburre que estés siempre con el mismo tema.

—Pues abúrrete lo que quieras, pero todas tus primas tienen ya novio formal menos tú. Incluso Alicita, que es de tu misma edad, se casa en

septiembre con un piloto guapísimo…

—¿Y a mí que me importa la cursi de Alicita y su novio piloto, que, por cierto, lo conozco y es tontísimo?

—¡No será tan tonto si es piloto! —replicó mi madre, combativa, alzando la voz lo suficiente como para exteriorizar su incipiente enfado.

—De acuerdo, ¡pues es listísimo! —claudiqué en tono resignado—. ¿Te parece si cambiamos de tema? —Era preferible tratar de poner fin a un diálogo que empezaba a parecer de auténticos besugos.

—Hija, ¡cómo te pones! No entiendo por qué te molesta tanto que te hable de estas cosas. Yo solo me preocupo por ti…

—No me molesta, es que me cansa, mamá, aunque… —me interrumpí, pensativa, pues de pronto sentí el loco y súbito impulso de comprobar si los obsoletos principios de mi madre habrían evolucionado durante los últimos tiempos—. ¿Qué pensarías si te dijera que salgo con alguien diferente a lo que te esperas?

—¿Diferente?, ¿en qué sentido? —preguntó frunciendo el ceño desconfiada. Era obvio que mi pregunta la había puesto en guardia.

—Pues… ¡no sé! Alguien que no fuese de buena familia, como tú dices, o que perteneciera a otra raza, por ejemplo…

—¡Jesús!, ¿lo dices por alguien en especial? —dijo llevándose una mano al corazón con cara de susto. Reprimí, a duras penas, las ganas de reír.

Conociéndola, estaría barajando una lista interminable de posibilidades, a cada cual más escandalosa que la anterior.

—Se trata de una simple hipótesis… —respondí mientras jugueteaba de nuevo con la taza de café. Tuve la sensación de que un pequeño demonio me susurraba palabras al oído para que yo las repitiera, aunque quizás se tratase de mi propia conciencia, cansada ya de disimular. Fuese lo que fuese, aquella conversación tenía pinta de acabar en tragedia griega, pero, por alguna extraña razón, me sentí incapaz de detenerla.

—¿Una hipótesis? Pues no me gustan determinadas hipótesis, Rebeca.

—¿Y si se tratase de una mujer…?

Ya estaba dicho. Comprendí entonces que no había vuelta atrás. Por un momento esperé a que sucediera algo, cualquier cosa que me indicara que la tierra seguía girando al rededor del sol, pero nada ocurrió, aunque el silencio que nos envolvió no me pareció del todo normal, pues era un silencio denso, agobiante, pesado. Esperé paciente a que fuese ella la primera en dar señales de vida, pero se limitó a mirarme con gesto de

incredulidad, como si no hubiese comprendido del todo el significado de mi pregunta.

—¿Una mujer…? —repitió, por fin, al cabo de unos segundos que se me hicieron eternos, arrastrando la «r» en tono ofendido, como si, de pronto, le costara pronunciar aquella palabra para designar al género femenino.

—Sí, una mujer; has oído bien… —aclaré suavizando la voz, tratando de rebajar la tensión que flotaba en el ambiente aun sabiendo que era misión imposible.

—¿Se trata de otra hipótesis…? —preguntó en tono esperanzado, agarrándose quizá a la posibilidad de que aquello no fuera más que una broma pesada.

—No, es una opción real, mamá.

De nuevo aquel incómodo silencio. ¡Santo cielo!, ¿de verdad era ella la primera persona con la que me iba a sincerar en un tema tan personal?

—¿Me estás diciendo que te gustan las mujeres? —La expresión que reflejaba su rostro era digna de una mala actriz protagonizando una película de terror.

—Sí, supongo que es eso lo que te estoy diciendo —Me extrañó la contundencia de mi propia voz—. Aunque solo es una, en concreto, la que me interesa.

—¿Y se puede saber de quién se trata…?

Me miraba de una forma extraña, como si le costara reconocer en mí a la hija que ella conocía.

—Eso, de momento, pertenece a mi intimidad. —No estaba preparada para hablar de Alexia con ella, máxime cuando ni siquiera sabía si podría recuperarla.

—¡Señor, Señor, Señor! —repitió mi madre elevando repentinamente la mirada al techo—. ¿Cómo has dejado que ocurra esto? —preguntó a continuación, juntando las manos y dirigiéndose seguramente al Altísimo, aunque yo suponía que este tendría cosas mejores que hacer que escuchar semejantes desvaríos.

—Mamá, no te lo tomes así, por favor… —rogué sin muchas esperanzas de que me hiciese caso—. Además, esa actitud es propia de gente muy mayor, ¿lo sabías? —agregué a continuación, sabedora de que una de las cosas que más fastidiaban a mi madre era que la considerasen mayor.

—¿Que no me lo tome así? —Sus labios se distendieron en una mueca de profundo disgusto—. Lo mejor será que vayas a un médico: al psicólogo,

al psiquiatra o a quien sea; lo mismo estamos a tiempo…

—No estamos a tiempo de nada, mami. Hazte a la idea de que soy un caso perdido —sentencié tirando de ironía. Me negaba a convertir aquello en un drama shakesperiano.

—¡Pero bueno!, ¡y me lo dices así, como si tal cosa! —exclamó abanicándose con la servilleta, como si la temperatura de la habitación hubiese ascendido repentinamente unos cuantos grados—. ¡Dios mío!, ¿qué va a pensar la gente?

—¿De qué gente hablas…?

—¡Pues de todo el mundo! —aulló con desesperación, elevando la voz unos cuantos decibelios por encima de lo normal—. Mis hermanas, tus primos, mis amigos, la gente del club… —enumeró de forma atropellada.

Aquello empezaba a pintar muy mal por mucho que su reacción estuviese dentro de lo esperado—. ¡Jesús!, creo que me está dando un infarto, ¡hay que llamar a una ambulancia! —anunció a continuación, llevándose dramáticamente la mano al pecho mientras inspiraba y espirara de forma exagerada con los ojos cerrados.

Me pareció que, más que una ambulancia, debería llamar al veterinario para que le administrara la antirrábica.

—Mamá, ¡déjate de chorradas! —No era la primera vez, ni sería la última, que montaba aquel tipo de numeritos por cuestiones de lo más variopintas—. Lo mejor es que te tomes un Lexatin —añadí levantándome para irme—. Cuando te comportes como una persona propia del siglo en el que vivimos, hablaremos de nuevo.

—¡Rebeca! —gritó furiosa—. ¡No serás capaz de irte ahora, dejándome así! —añadió levantándose de su asiento más fresca que una lechuga y dejando milagrosamente de hiperventilar.

No me molesté en contestar. Conociéndola, era preferible dejarla a solas con su rabieta. Salí del salón tropezándome literalmente con Gloria, que debía llevar un buen rato escuchando detrás de la puerta.

—¡Gloria!, deja de cotillear y llévale un Lexatín a mi madre, por favor, que falta le hace.

—Mejor le llevo dos… —contestó ella al instante, incapaz de ocultar una sonrisa maliciosa. Si había algo que le gustaba a aquella mujer más que una telenovela turca, era un buen espectáculo doméstico protagonizado por mi madre.

Me dirigí a mi dormitorio para hacer un pequeño equipaje; lo mejor sería poner tierra de por medio y alejarme del infierno en el que se transformaría aquella casa en los días venideros. Me instalaría en el apartamento de Elena hasta que pasara la tempestad. Después, ya vería.

Quince minutos después, y ya al volante de mi coche, inicié desde el móvil una llamada telefónica a tres con Clara y Elena. Pasaron unos segundos antes de que atendieran la llamada.

—Beca, ¿pasa algo? —La voz soñolienta de Clara, al otro lado de la línea telefónica, indicaba que acababa de despertarse de la siesta.

—¿Qué tal, Beca?, ¿algún plan para esta noche? —intervino a continuación Elena en tono risueño.

—¡Chicas!, necesito hablar con vosotras. Quedamos en una hora en tu casa, Elena.

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