Mi enemiga y yo
Capítulo 20.
REBECA.
—Espera, ¡hoy invito yo! —dijo Elena apartando mi mano de la taquilla y sacando su tarjeta de crédito para pagar las entradas del cine—. Y a las palomitas, también… —añadió menando los hombros en una especie de baile extraño que de inmediato atrajo la mirada de las personas que estaban en la cola, detrás de nosotras.
—¡Venga!, que la peli va a empezar… —intervine interrumpiendo su delirante baile.
Era obvio que mi amiga estaba eufórica; había recibido la llamada de su antiguo jefe ofreciéndole la reincorporación inmediata al bufete con un sustancioso bonus por las molestias del «malentendido» de su despido. No había dado más explicaciones, ni Elena se las había requerido.
—Todavía no me has aclarado del todo cómo lo has conseguido. No sabía que te llevabas tan bien con Alexia últimamente… ¿Habéis enterrado el hacha de guerra, por fin?
—Tampoco es que nos llevemos tan bien… —aclaré de inmediato—.
Simplemente hemos aprendido a respetarnos —continué diciendo en tono despreocupado.
No tenía intención de revelar a nadie, ni siquiera a Elena, la verdadera naturaleza de la relación que mantenía con Alexia. ¿Para qué? En el fondo, no era otra cosa más que una historia con fecha de caducidad.
Alexia y yo. ¡Dios santo!, ya era bastante raro lo que estaba ocurriendo, como para plantearme algo más trascendental. Además, salir en serio con una mujer no entraba dentro de mis planes.
—Sigo sin entenderlo. Hace un par de meses quería hundirnos en la miseria y ahora consigue que me devuelvan mi trabajo y te libera de la esclavitud antes de tiempo… Es extraño, ¿no crees? —insistió mi amiga mientras entrábamos en la sala de cine, todavía iluminada, buscando nuestros asientos.
—¿Y yo qué quieres que te diga? No estoy en su cabeza como para saber el motivo de sus acciones —repliqué sin faltar del todo a la verdad y deseando cambiar de tema cuanto antes.
—No me fio de ella. ¿No será que nos tiene preparada otra sorpresa?
Recuerda que nos la tiene a jurada, sobre todo a ti…
—Olvídate, Elena. Creo que nos ha perdonado. Es tan sencillo como eso…
—Espero que tengas razón.
—La tengo —afirmé con rotundidad. Todavía existían unos cuantos interrogantes referentes a Alexia, pero estaba relativamente segura de que la época de las vendettas había finalizado.
Las luces se apagaron y me preparé para disfrutar de la película, aunque apenas fui capaz de seguir el argumento; mi mente no dejaba de pensar en Alexia y en todo lo sucedido la noche anterior. Tenía la extraña impresión de que el aire estaba impregnado de su aroma y de que mis manos aún sentían la calidez de su piel. Una parte de mí deseaba salir de aquella sala e ir en su busca para continuar donde lo dejamos la noche anterior, pero no lo pensaba hacer, por supuesto; me negaba en rotundo a someterme a aquella especie de debilidad que parecía dominarme en los últimos tiempos y que me tenía bastante desconcertada.
Acabada la película, Elena insistió en celebrar la reincorporación a su trabajo y nos dedicamos a recorrer unos cuantos garitos de moda mientras ella se bebía hasta el agua de los floreros. Reímos, bailamos y tonteamos con unos cuantos tíos, pero cuando llegué a casa, a eso de las tres de la madrugada, era incapaz de dormirme. Sentía la piel caliente, las hormonas revolucionadas y la respiración acelerada. La imagen de Alexia, omnipresente en todas y cada una de mis cavilaciones, me incitó a tratar de alcanzar el placer por mí misma.
No era la primera vez que se me ocurría hacer aquello pensando en ella, pero si la primera en la que claudiqué, dejándome llevar por tan lujurioso impulso.
ALEXIA.
—Alexia, ¿tenemos entonces luz verde para desarrollar el proyecto?
El director del departamento de ingeniería informática de ScarCompany me miró con gesto inquisitivo. Yo llevaba toda la reunión distraída, jugueteando con un bolígrafo y escuchando a medias las exposiciones de los informáticos. Al final, iba a tener razón Patri cuando decía que aquella mala víbora sería mi perdición; se refería a Rebeca, por supuesto.
—Déjame darle una vuelta. Lo hablaremos de nuevo la semana que viene —sentencié levantándome de mi asiento y dando por terminada la
reunión, incapaz de centrarme lo suficiente como para adoptar una decisión.
Mi mente se encontraba en otro asunto, concretamente en el prometedor fin de semana con Rebeca que se me presentaba por delante. Sabía que solo habíamos hablado de quedar la noche del viernes, pero daba por hecho que el encuentro se alargaría hasta el mismo lunes por la mañana. O al menos eso esperaba, claro, pues existía la deprimente posibilidad de que ella tuviera otros planes.
Me dirigí sin demora al despacho de Patri. Me había citado con ella para comer y la reunión se había alargado más de la cuenta. Conociéndola, me estaría esperando impaciente.
—¿Qué hora son estas…? —refunfuñó apagando su ordenador en cuanto me vio aparecer—. Llegas veinte minutos tarde y me muero de hambre.
—¡Perdona! —me disculpé esperando a que terminara de recoger sus cosas—. En compensación, te dejo elegir el sitio e invito yo. —Imaginaba que acabaríamos en ese italiano que tanto le gustaba a mi amiga en el que servían unas pizzas algo grasientas.
—¡Perdonada!, pero ya sabes entonces dónde vamos…
—De acuerdo —contesté con voz resignada mientras nos dirigíamos al ascensor que bajaba hasta el subsótano del edificio—. Pero alguna vez me contarás por qué seguimos comiendo en los mismos sitios que frecuentábamos de estudiantes…
—¡No me hagas hablar! Paso olímpicamente de la nouvelle cuisine esa que tanto te gusta. ¡Pura bazofia!
Aquella era una discusión perdida; los gustos culinarios de Patri parecían haberse estancado en su época adolescente.
Entramos en el garaje y ella se dirigió hacia su última adquisición, un Mercedes deportivo color rojo chillón. Era el tercero que se compraba en los dos últimos años de esa categoría, a cada cual más extravagante y cantoso que el anterior. Estaba claro que mi amiga tenía alma de futbolista de élite.
—¿Por qué no vamos mejor en el mío? Para ir al centro de la ciudad es más discreto… —sugerí con cautela, aun sabiendo que tenía la batalla perdida. Patri, al contrario que yo, no tenía inconveniente en ir llamando la atención con ese tipo de cosas.
—No seas plasta y entra de una vez —replicó abriendo el vehículo y haciendo caso omiso de mi propuesta—. Hablando de coches, ¿qué piensas
hacer con la antigualla esa que tienes escondida en tu garaje? Hace un año que lo compraste y jamás te lo he visto usar…
Se refería al coche de Rebeca, un espectacular Porsche 911 restaurado de los años 70, regalo del difunto marqués a su hija por su mayoría de edad y que ella se había visto obligada a vender para afrontar deudas. Yo lo había adquirido tras localizar al nuevo dueño, un coleccionista, ya entrado en años, al que tuve que convencer con un buen cheque y la mejor de mis sonrisas para que se deshiciera de él. Desde entonces, lo tenía aparcado en el garaje de mi casa tapado con una lona. Tan solo lo arrancaba de tanto en cuando para darle una vuelta y evitar su deterioro.
—Aún no lo sé. En el fondo lo considero como una especie de inversión… El precio de los coches de época no deja de subir —contesté sin saber muy bien a quién intentaba convencer con semejante argumento, si a Patri o a mí misma.
—¡Una inversión! —exclamó ella con voz de falsete tras arrancar el Mercedes de un brusco acelerón—. Sigo sin entender por qué lo compraste.
—¿Me creerías si te digo que yo tampoco?
—Sí, te creo —afirmó tras reflexionar durante unos segundos—. Te creo porque empiezo a pensar que todo lo que tenga que ver con la marquesita diabólica te está nublando el juicio… —agregó, mirándome de reojo—.
Eres consciente de ello, ¿verdad?
Ya estábamos con eso otra vez. Desde que la había puesto al corriente de lo ocurrido con Rebeca durante los últimos días no hacía más que lanzarme pullas.
—Soy mayorcita para saber lo que hago, ¿no crees? —repliqué algo escocida. Sabía que lo decía por mi bien, pero había cosas que no deseaba escuchar, ni siquiera de ella.
—Está bien, ¡perdona! —se disculpó soltando por un momento la mano derecha del volante para darme un golpecito cariñoso en la pierna—. Pero dime que solo pretendes acostarte con ella unas cuantas veces y luego olvidarla…
—No te puedo decir tal cosa… —contesté con total sinceridad. No era eso, ni remotamente, lo que tenía en mente.
—¡Lexi!, no me digas que te has enamorado de esa idiota…
—Pues no te lo digo, pero entones faltaría a la verdad. —Nunca le había mentido a Patri y no era cuestión de empezar a hacerlo ahora, y menos con una cuestión como esa.
—¡Jesucristo! —exclamó tras soltar un sonoro bufido, aumentando la velocidad hasta conseguir traspasar el semáforo en ámbar—. Con la de mujeres que hay en el mundo! Si lo llego a saber, jamás te habría ayudado a llevar a cabo tu particular ajuste de cuentas —se lamentó en tono irritado.
—Venga Patri, no seas tan cerrada de mente. Ya te he dicho que, en el fondo, Rebeca no es mala tía.
—En el fondo, ¡ya! Suponiendo que tengas razón, ¿tú sabes en dónde te metes? Esa niña pija pertenece al círculo más ultraconservador y rancio de este país, un ambiente de «hijos de-» con olor a naftalina y valores decimonónicos, Lexi…
—¡Exageras!…
—No te quiero aguar la fiesta, pero no te hagas ilusiones con ella.
Seguro que es de las que van a las corridas de toros, votan a partidos extremistas y odian la palabra «feminismo». ¿Tú crees que alguien así admitiría públicamente que le gustan las tías…? Seguro que lleva toda la vida escuchando que tiene que buscarse un maridito de renombre para prolongar su estirpe con unos cuantos mocosos a los que educar en los mismos ideales…
—¿Y qué tendrá que ver lo que lleva toda la vida escuchando? Además, que yo sepa, dos mujeres pueden tener hijos perfectamente, ¿no crees?
—¡Pues claro que sí! Solo te digo lo que esa idiota tendrá metido en la cabeza.
—Puede que tengas razón, pero apuesto a que, si es así, cambiará de idea… —Intuía que el enfoque de Patri no se alejaba demasiado de la realidad, aunque algo me decía que Rebeca no era de las que se dejaban llevar por lo que se suponía que los demás esperaban de ella. Esperaba no equivocarme.
—Y luego está su madre… Según mis padres es una esnob insoportable con ínfulas de grandeza y una ideología propia de Gilead , ya sabes, de la serie El cuento de la criada.
—¿Y a mí qué rayos me importa su madre?
—¡Simplemente era un comentario!
—Ya…
—Con sinceridad, no sé si desearte buena suerte o esperar que fracases.
—Ah, ¡pues muchas gracias! —repliqué con ironía—. Me encanta el apoyo que me brindas.
—No seas boba, ¡claro que tienes mi apoyo! Pero piensa que tú te habrás acostado con ella, aún no sé por qué diabólicos designios de la vida, pero yo la sigo viendo como la chica que me llamaba Moby Dyck y que te tiraba botes de pintura en la cabeza…
—Te entiendo, pero si alguna vez llega el momento y te lo pido, prométeme que le darás una oportunidad.
—Ya sabes que lo haré —admitió, apartando por un segundo la mirada de la calzada para fijarla en mí—. Pero si esa idiota se te pone tonta, pasa de ella, ¿ok?
—Llegado el caso, pasaré de ella —concedí cruzando los dedos de manera supersticiosa. No entraba en mis planes permitir que ocurriera tal cosa.
Comimos las grasientas pizzas sin volver a tocar el tema, cosa que agradecí, la verdad. El presente era un regalo valioso que debía disfrutar y de nada valdría angustiarme por cuestiones ajenas a mí.
En cuanto al futuro, ya me encargaría en su momento de él.
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