Objetivo principal
Capítulo 7
«Eso es lo que le pasó a su primera mujer». Las palabras de Howard Davis no dejaron de martillearle la cabeza a Cage, mientras pasaba el detector Géiser por la última caja de bolsas de salino. Tenía clavada en la mente la mirada de desprecio que le había lanzado el padre de Ripley.
Y el horror en los ojos de ella.
No le había sorprendido que en el hospital se supiera el papel que había jugado en la muerte de Heather, lo que sí le sorprendía era la vergüenza que lo había invadido por no haber sido él el que se lo contara a Ripley. Había tenido que enterarse por su padre, un hombre que ni siquiera se dignaba a llamar a su hija por el nombre que ella había elegido.
El dolor que había visto en su mirada. lo había alertado con más elocuencia que cualquier palabra; debía protegerla de más cosas aparte del peligro del Boston General, tendría que protegerla de lo que había nacido entre ellos.
Y también se protegería a sí mismo.
—Bueno, aquí no hay nada —concluyó Ripley—. Aunque supongo que los datos negativos son datos al fin y al cabo —añadió, poniendo los brazos en jarras y haciendo que la camiseta le marcara los pechos firmes y generosos.
Las palabras retumbaron en el almacén, pues eran las primeras que habían intercambiado desde que ella se había disculpado por el comportamiento de su padre y él había cortado la conversación tajantemente.
—Sí —asintió, con la voz ronca por falta de uso.
Cage se aflojó un poco el cuello de la camisa, de pronto tenía muchísimo calor. El termostato de aquella sala debía marcar cien grados centígrados. Ése era el único motivo por el que estaba tan acalorado; no tenía nada que ver con cómo los vaqueros de Ripley se le ajustaban a las caderas marcando cada curva con todo detalle, ni el rizo negro que se le había escapado de la cola de caballo.
«No puedes», se dijo a sí mismo. «Vas a protegerla hasta que podáis encontrar alguna prueba que obligue a Gabney a llamar a la policía. Después saldrás de su vida antes de que hagas daño a otra mujer».
—Vamos a revisar el cuarto de los productos de limpieza —sólo un ligero titubeo en la voz de Ripley delató las pocas ganas que tenía de entrar allí.
—Estaré a tu lado —aseguró Cage, para reconfortarla—. Y recuerda que tengo la llave. Además, no podemos hacer otra cosa hasta que consiga localizar a George Dixon y me diga todo lo que recuerda de ese material radiactivo —le pasó el brazo por los hombros y salieron del almacén.
Enseguida le quitó el brazo sin poder quitarse a su padre de la cabeza. Sabía que ella merecía algo más que un hombre que ya le había fallado a la mujer a la que había jurado proteger, a su esposa.
El dolor seguía clavándosele en el alma, con la misma fuerza que cinco años atrás, aunque creía que ya se había acostumbrado a su presencia. Si cerraba los ojos, veía nítidamente la lápida de granito con su nombre grabado; y sin embargo la imagen de Heather cada vez la recordaba más borrosa, como una fotografía tomada hacía ya mucho tiempo. La idea de que quizá la estaba perdiendo para siempre lo destrozaba.
Y al mismo tiempo le hacía desear estar más cerca de Ripley y protegerla como no había protegido a Heather.
Estaba agotado, decidió cerrando los ojos. Por eso había deseado apagar la luz en el almacén y tumbarse en el suelo con Ripley a su lado. Ésa era la única razón por la que quería abrazarla y contarle lo que le había sucedido a su esposa.
—¿Cage? —le tocó el brazo y el pegó un bote provocado por la descarga que sentía siempre que se rozaban.
—Estoy bien —respondió él escuetamente, a pesar de que ella no le había preguntado—. No es nada.
Pero la eléctrica sensación no desapareció, mientras caminaban por los pasillos hasta el cuarto de la limpieza. Seguía tratando de ver la imagen de Heather, pero el pelo rubio se convertía en moreno y su piel pálida adquiría al instante un tono oscuro que demostraba que ésa no era su esposa.
—¡Maldita sea! —abrió la puerta con tal fuerza, que asustó a Ripley.
—¿Cage? —él se volvió a mirarla y tuvo que hacer un esfuerzo por no dejarse llevar por la urgencia de estrecharla en sus brazos y tomar algo que no le había ofrecido—. ¿Estás bien? —pero él no contestó, así que tuvo que hablar ella—: Siento mucho lo que te ha dicho mi padre. No tenía derecho alguno. Sé que no quieres hablar de ello, pero quería que supieras que siento mucho lo de tu mujer. Debías amarla mucho.
Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá hubiera sido mejor marido. Quizá ahora todavía tendría una familia, y seguiría siendo aquel muchacho con gorra de béisbol.
Apretó los dientes para no dejar salir el dolor de tantos recuerdos. ¿Por qué surgían en ese momento? Hacía ya mucho que su mujer había muerto y él había continuado con su vida.
¿O no lo había hecho?
—¿Cage? —quizá era su instinto de médico, o quizá el de mujer, pero Ripley buscó sus ojos con preocupación—. Dime algo, Cage —la mano que le había puesto en el brazo fue subiendo hasta acariciarle la mejilla.
Pero el dolor que había en sus ojos se intensificó, con una humedad que le resultaba poco familiar. El ruido de unos pasos que se acercaban lo impulsó a arrastrar a Ripley al interior del cuarto y cerrar la puerta. No se encontraba con fuerzas para mantener una conversación formal o superficial con nadie.
Nada más cerrar la puerta se dio cuenta de que había cometido un error. Se habían quedado los dos pegados el uno al otro en un cuarto a oscuras. Cage levantó la mano en busca del cordón que colgaba de la bombilla; tiró de él pero no pasó nada. La luz no funcionaba y ninguno de los dos hizo el menor amago de abrir la puerta a pesar de que los pasos ya se habían alejado. Cage cerró los ojos y notó cómo desaparecía el dolor de cabeza dando paso a otro tipo de tensión.
Por encima del ligero olor del cloro, podía notar el aroma de su champú, el de la chocolatina que había comprado en la cafetería para Milo y el de su piel. En aquella habitación en la que Ripley había estado a punto de morir el día anterior, Cage descubrió algo definitivo. Ella no tenía nada que ver con los médicos que había conocido. A ella le importaban de verdad sus pacientes; sentía su dolor, los comprendía. Y era, precisamente esa comprensión, lo que había traspasado la barrera que él había construido alrededor de su corazón.
—Fui muy mal marido —admitió por fin en mitad de la oscuridad, pero le ayudaba saber que ella estaba allí, escuchándolo—. Siempre estaba viajando y no pasaba nada de tiempo en casa con ella, que era donde debería haber estado. Solíamos hablar de las cosas que haríamos cuando yo dejara de jugar al béisbol en cinco o quizá ocho años. Entonces seríamos una pareja normal —«y tendríamos hijos», añadió su conciencia retorciéndole el corazón.
Bajó la cabeza y se encontró con que su frente encajaba perfectamente en la coronilla de Ripley. Y aunque sabía que estaba mal, le hacía sentir tan bien. Suspiró hondo y sus respiraciones se unieron en el aire.
—Mi padre era igual cuando yo era una niña. Cuando decidió abandonar el Boston General, mi madre ya se había marchado de casa. Se cansó de esperarlo para cenar, así que cuando yo me marché a la universidad, ella escapó.
Era extraño, pero aquella comparación hizo que Cage se pusiera furioso. Se había culpado cientos de veces de desatender a Heather, pero no le gustaba que Ripley estableciera un paralelismo entre él y Howard Davis.
—Yo no soy tu padre, Ripley —susurró, agarrándola por la cintura.
—Ni yo tu esposa —contraatacó ella—. Y sin embargo noto cómo me comparas con ella cada vez que me acerco a ti. Antes de que mi padre dijera nada, yo ya sabía que siempre la tenías en la cabeza. Aunque yo quisiera que hubiera algo entre nosotros, sé que sería inútil… porque ninguna mujer podría estar a su altura.
Cage agachó la mirada porque sabía que tenía razón en una cosa, en otra no. Era cierto que la había comparado con Heather una y otra vez, pero no era ella la que no estaba a la altura.
—Ripley, yo…
—No importa, Cage —le dijo suavemente acercándose más a él—. Yo no quiero que haya nada serio entre nosotros. No quiero nada serio con nadie, no merece la pena —le tocó el rostro, encendiendo su pasión con cada roce.
La oscuridad los unía más y más. Se oyeron más pasos afuera. Cage sintió el miedo en el cuerpo de Ripley.
—No te preocupes, yo estoy aquí.
Hasta que no se oyeron otros pasos y después una conversación entre dos mujeres, Cage no se dio cuenta de lo cerca que estaban Ripley y él. A sólo unos milímetros. Y al oír que las mujeres se alejaban, Cage se inclinó hacía ella, o ella se estiró hacia él, y sus labios se juntaron.
Y se desató la pasión.
Cage estuvo a punto de perder el equilibrio, cuando Ripley lo abrazó y lo besó como si su vida dependiera de ello. Esa vez habría podido prever la fuerza, la nostalgia agridulce que le provocaba besar a otra mujer. Heather estaba muy presente en su cabeza en ese momento. La habitación estaba muy oscura. Habría podido imaginar que era la respiración de su mujer la que sentía en su boca, que era su mano la que lo guiaba hasta tocarle el pecho por encima de la fina tela de la camiseta.
Que era su pezón lo que notaba en la palma de la mano.
Pero en realidad sabía que era el sabor de Ripley lo que notaba en la lengua y sus dedos los que se sumergían en su pelo a medida que el beso se hacía más intenso y él ponía una pierna entre las de ella. Necesitaba estar aún más cerca de su calor.
Llevaba demasiado tiempo enfrentándose a la frialdad de la vida.
—¿Estás segura? —le preguntó, alejándose sólo lo justo para poder hablar.
—Estoy harta de tener miedo, Cage. Estoy cansada de mirar hacia atrás y de pensar que cualquiera puede ser un asesino. Necesito esto, aquí y ahora —dijo entre besos mientras le desabrochaba la camisa y su boca iba bajando hasta su pecho—. Necesito sentirme viva. Necesito sentir que hay algo más en la vida aparte del hospital. ¿No lo entiendes?
Vaya si lo entendía. Pero también entendía que la realidad seguía ahí fuera. Aunque allí se sentían seguros y, en cuanto sacara la llave del bolsillo y cerrara la puerta, nadie podría abrir por fuera, del lado de la realidad.
—Claro que lo entiendo —respondió, del mismo modo que respondía a sus besos. Todo estaba ocurriendo tan deprisa. De pronto aquel cuarto le parecía muy pequeño, necesitaba apoyarse en algo, pero no en las estanterías en las que estaban los productos de limpieza, así que se llevó a Ripley hasta la puerta y se apoyó en busca de equilibrio—. Pero, Ripley, no puedo prometerte nada.
—No quiero ninguna promesa, Cage. Eso era lo que hacía mi padre, le prometía muchas cosas a mi madre. Yo no quiero eso, tampoco quiero estar sola ahora mismo. Quiero que tú estés conmigo.
Cage no estaba seguro de que ella misma supiera lo que estaba diciendo, pero como sus besos eran cada vez más apasionados, dejó de preguntárselo. Tuvo que apoyar ambas manos en las paredes porque no creía que las piernas fueran a aguantarlo mucho más, toda la sangre de su cuerpo parecía haberse concentrado en un mismo punto.
Se echó hacia atrás y la ayudó a que lo envolviera con sus piernas alrededor de la cintura. Ahora sí estaban perfectamente compenetrados, sus cuerpos se tocaban en casi todos los puntos y, desde luego, en los más importantes.
¿De dónde había salido tanta necesidad? Sí, él también sabía muy bien lo que era estar solo y lo bien que hacía dar rienda suelta a la pasión.
Coló las manos por debajo de la ropa hasta encontrar sus pechos coronados por la dureza de unos pezones que enseguida quiso saborear… y lo hizo, y la habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor cada vez más rápido.
Ripley bajó las piernas y acto seguido Cage oyó el ruido de la cremallera de sus pantalones y sintió una mano que lo liberaba de la presión de la tela y lo acariciaba haciéndole perder la cabeza. Cinco años de necesidad parecían concentrados en un mismo lugar.
Si no la poseía allí mismo, se moriría. Pero las circunstancias no eran las más adecuadas.
—Espera. Yo… no tengo… —por amor de Dios, aquello era un hospital. Tenía que haber un preservativo en algún sitio.
—No te preocupes, no lo necesitamos —dijo ella, besándole los labios una última vez porque después su boca volvió a bajar hasta el pecho y más abajo…
Cage apretó los puños y abrió las piernas para sujetarse.
—No. No tienes que hacer si no quieres…
Pero parecía que sí quería. Todo su cuerpo se estremeció cuando los labios de Ripley se cerraron sobre él en un solo movimiento. Apretó las nalgas y tuvo que hacer un esfuerzo por no gritar cuando ella comenzó a mover la boca con maestría, deshaciendo todas sus barreras.
Sumergió los dedos en su cabello. Se sentía cuidado, curado, deseado.
Y necesitado. Eso era lo más peligroso.
Tiró de ella hacia arriba y, de algún modo le bajó los vaqueros hasta las rodillas. Sus bocas volvieron a juntarse mientras sus manos se buscaban. Cage encontró el húmedo centro de su cuerpo justo en el momento en que ella comenzaba a acariciar lo que antes había saboreado.
—Cage…
—Sí —casi inconsciente por el placer que su mano le estaba dando, encontró el botón rodeado de piel aterciopelada y lo acarició una y otra vez hasta hacerle lanzar un grito ahogado y responder dándole el mismo placer a él.
El clímax llevaba consigo un sentimiento punzante de dolor, pues Cage sintió que acababa de perder una parte de sí mismo. Un segundo más tarde ya no le importaba. No le importaba estar medio desnudo en un cuartito lleno de productos de limpieza. No le importaba tener los pantalones a la altura de los tobillos ni que ella no le hubiera desabrochado el primer botón de la camisa. Sólo le importaba la mujer que tenía entre los brazos, todavía agitada por el placer. Su aroma lo rodeaba, embriagándolo.
¿Cuánto tiempo hacía que no se sentía tan relajado, tan completo? El fantasma que se alojaba en lo más hondo de su cerebro sabía la respuesta, pero él prefirió no escucharla. No quería pensar en el pasado, sólo en el presente.
Le dio un beso en la frente y la estrechó contra su pecho. Ella murmuró algo y se acurrucó con tanta dulzura que Cage no pudo evitar sonreír con la certeza de que algo muy importante acababa de suceder entre ellos. Y también dentro de él.
—Cage —susurró ella, como si leyera sus pensamientos.
Él volvió a sonreír y también susurró su nombre.
Entonces sintió su mano alejándolo bruscamente y dejándolo boquiabierto, pero no tanto como la bofetada que le dio inmediatamente después.
—¿Qué demonios te ocurre? —preguntó, apoyándose en la pared de enfrente—. ¿Qué pasa? Yo pensé que…
—Pues te equivocaste —espetó antes de añadir la puñalada final—: Imbécil —se subió los pantalones, abrió la puerta y, estaba a punto de salir, cuando se volvió a decirle una última cosa—: Lo voy a decir una vez más. ¡Me llamo Ripley!
Y se fue dejándolo allí de pie, con el trasero al aire. Unos segundos después, rugió y maldijo en voz alta, al darse cuenta de que había hecho algo imperdonable.
La había llamado Heather.
Ripley estaba tan indignada, que iba corriendo por los pasillos sin mirar a su alrededor y chocó con el ayudante de Cage. Inmediatamente, el miedo sustituyó a la indignación. ¿Cómo había podido olvidar ni siquiera un instante lo que estaba ocurriendo en su departamento?
—¿Qué haces aquí? —más que hablar, ladró. Al principio pensó que había habido alguna llamada de emergencia, pero después cayó en la cuenta de que para ser alguien que no trabajaba los fines de semana, Whistler ya había hecho dos visitas al hospital en lo que iba de fin de semana.
—¿He venido a recoger unos informes que olvidé el viernes? —respondió el técnico ostensiblemente sorprendido por su tono de desconfianza.
—¿Me lo preguntas o me lo dices? —aquélla era una pregunta propia de su padre, y eso no le gustaba nada—. Lo siento, estoy de un humor de perros.
—No importa. A mí tampoco me sienta bien trabajar los fines de semana.
Y sin embargo había acudido ambos días.
—¿Y por qué has venido exactamente?
—Por culpa del nuevo jefe —respondió el joven, señalando los papeles que llevaba en la mano—. Y por esos cuerpos contaminados. Por cierto, ¿ha visto a Cage? Su chaqueta está en el despacho, pero no lo encuentro por ningún lado.
Su nombre provocó en Ripley una reacción que contenía deseo, ira y culpabilidad a partes iguales. No podía perdonarle que la hubiera llamado con el nombre de su esposa, pero era una mujer adulta que sabía que seducir a un hombre con pasado era el camino más seguro hacia el desastre.
Afortunadamente para ella, sus sentimientos no parecían estar en peligro.
—Hemos estado revisando el almacén con el detector Géiser.
Una de las carpetas se le cayó de las manos y Whistler se agachó inmediatamente a recogerla farfullando una disculpa.
—¿Sabe dónde está ahora?
—En el cuarto de la limpieza —respondió, con cierta inquietud.
Cuando se hubo despedido del técnico, comenzó a recordar el modo en que Cage la había abrazado y acurrucado contra su pecho. Recordó también que, en aquel momento, se había preguntado si no sería ése el sentimiento al que le cantaban los poetas, lo que podía unir a dos personas hasta el punto de estar dispuestas a dar la vida por salvar al otro.
Recordó haber pensado que quizá eso era lo que conducía al triunfo del amor.
Pero después recordó que la había llamado con el nombre de otra mujer, el nombre de su esposa muerta… Ya no se sintió culpable; de hecho, deseó que Cage siguiera con los pantalones bajados cuando Whistler llegara al cuarto de la limpieza.
El apartamento de Ripley parecía muy vacío sin el gato maullando junto a la puerta al verla llegar. Pero todavía no podía ir a buscarlo porque su vecina estaría en el bingo, como la mayoría de sus vecinos.
La luz del contestador era el único movimiento que podía apreciarse en el salón. Ripley apretó el botón con nerviosismo. No quería ni pensar en otro mensaje sin palabras.
Afortunadamente, no era el caso. Lo que oyó fue la voz de su amiga Tansy:
«¿Rip? Quería decirte que mañana llegaré tarde. Tengo… algo que hacer. Así que te veré a la hora de comer».
Ripley encontró la voz de su amiga un poco extraña y notó que había hecho una larga pausa antes de colgar el teléfono. Lo mejor sería que la llamara, quizá ahora estuviera preparada para hablar de lo que la tenía tan preocupada. Con un estremecimiento, Ripley pensó en la casualidad de que la muerte de ida Mae y los problemas de Tansy hubieran coincidido.
La máquina volvió a sonar para dar entrada a otro mensaje, con otra voz familiar. Esa vez, sólo tuvo que oír una palabra antes de borrar el mensaje de su padre llamándola Caroline de nuevo. Estaba a punto de parar la cinta del contestador cuando oyó la voz de Cage en otro mensaje.
«¿Ripley? ¿Estás ahí? Si estás ahí, contesta». Hubo una pausa durante la que Ripley se dispuso a borrar el mensaje, pensando en que no podía permitir que sucediera de nuevo lo que ese día había ocurrido. Ella había necesitado la liberación que el encuentro le había proporcionado, pero eso era todo.
«¿No estás?» Continuó el mensaje sin que pudiera hacer nada: «Llámame cuando llegues a casa para que sepa que estás bien. Por favor. Quiero hablar contigo». Dejó un número de teléfono y a Ripley le sorprendió que no le resultara familiar. Resultaba curioso conocer el sabor de un hombre, sin siquiera saber su número de teléfono.
Con el ruido de fondo del mensaje de alguien que quería venderle algo, Ripley recordó sonrojada lo íntimamente que conocía ahora a Cage. ¿Qué se había apoderado de ella para hacer una cosa así? Ella no solía hacer esas cosas, al menos no con los hombres con los que salía, que por cierto, últimamente no habían sido muchos; pero tampoco con alguien a quien acababa de conocer y que ni siquiera estaba segura de que le gustase.
Pero había deseado tanto hacerlo, había sentido la imperiosa necesidad de tocarlo, saborearlo. Tener aquel enhiesto terciopelo la había excitado más que la más lujosa cena a la luz de las velas. ¡Y eso que todo había sucedido en un cuarto de la limpieza! De hecho, la ropa seguía oliéndole a desinfectante. Emitió un sonido que era una mezcla de risa y sollozo y pegó un bote cuando sonó el teléfono inalámbrico que tenía en la mano.
—¿Sí? —respondió de manera automática.
—Caroline, yo… —le sentó bien ser ella la que colgaba, era como una inyección de poder.
Ya estaba harta de las intromisiones de su padre; en realidad estaba harta de su padre. Si Leo y él querían convertirse en el Hospital del Año, por ella se podían ir al infierno con el premio.
El teléfono volvió a sonar sólo unos segundos después.
—Padre, no quiero…
—¿Crees en los ángeles, Ripley? —era un susurro etéreo, ni masculino ni femenino, que hizo que Ripley se estremeciera asustada.
—¿Quién es?
—Los ángeles están entre nosotros. Pero no los que murieron en paz, los otros, los furiosos olvidados por Dios. Los vemos todos los días, pero no nos damos ni cuenta, ¿verdad?
—¿De dónde has sacado mi número? No…
—No figura en la guía, lo sé —sus palabras estaban llenas de satisfacción y de una especie de nostalgia—. No te asustes. No quiero hacerte ningún daño, estoy de tu parte. Sólo quiero ayudarte. Pero Cage… Cage no entiende nada. Tienes que alejarte de él, Ripley. Lo estropeará todo.
Aunque quería cortar la comunicación, Ripley parecía incapaz de colgar el teléfono. Aquella voz estaba cargada de dolor y tenía una cadencia que le resultaba familiar, pero que no conseguía identificar.
—¿Quién es usted?
—Un amigo —dijo, después de una pausa—. Que quiere advertirte. Líbrate de Cage y pon fin a la investigación… o morirás.
Ripley se quedó mirando fijamente el teléfono, mientras el corazón le daba botes dentro del pecho y aquella voz susurrante la invadía por dentro dejándola vacía.
Sola.
Asustada.
El repentino sonido del timbre la dejó helada. Dios. Miró a la ventana, por la que vio la calle lluviosa y oscura. El timbre sonó de nuevo y después llamaron con los nudillos.
—¿Ripley? Abre, soy yo.
—¡Cage! —abrió el cerrojo y abrió la puerta sin poder hacer otra cosa, aunque sabía que él era casi tan peligroso como la sombría voz.
Ella, que tanto se preciaba de su independencia, podría acabar enamorándose de Zachary Cage y atarse a él como lo había hecho su madre a su padre. Y seguramente con el mismo desastroso resultado.
Él se había convertido en su debilidad.
Allí estaba él, con el pelo empapado y la camisa pegada al pecho que ella misma había besado hacía tan sólo una hora. En la puerta de la casa, no había ningún coche desconocido y Ripley se preguntó cuánto tiempo llevaría caminando.
—Nunca me dijo que estaba enferma —le dijo con la voz quebrada como si llevara días sin hablar—. No quería preocuparme, así que iba sola al médico. Su hermana la llevó a que le quitaran el tumor del pecho y su madre a la primera sesión de radioterapia. Cuando comenzó el ardor se lo comunicó a los médicos, pero le recetaron una loción y la mandaron a casa. Según ellos, no podía haber ningún error. El programa del acelerador lineal era perfecto. Pero mentían —su voz ahora era neutra, sin vida.
Ripley respiró hondo, mientras sus ojos la miraban con un dolor indescriptible. Recordaba la historia de aquellas mujeres que habían muerto por culpa de un virus informático, que había provocado que les dieran unas dosis de radiación letales, cuando sólo un par de sesiones les habrían salvado la vida.
—Cage —le tendió una mano para sacarlo de debajo de la lluvia, pero no había acabado.
—Por fin me llamó dos días después. Yo estaba en una cena y le dije que la llamaría más tarde —Cage levantó el rostro hacia el cielo, como si la lluvia pudiera borrar aquellos recuerdos—. Mi vuelo de regreso sufrió un retraso de un día y medio. Llamé a todo el mundo, a su familia, a los médicos, a todo el mundo. Pero ella seguía empeorando. Llegué justo antes de que muriera —dió un paso hacia atrás hasta que las sombras de la noche lo engulleron y su voz le llegó a Ripley desde la oscuridad—. No debería haber venido, Ripley. Pero siento mucho lo de antes, lo que te dije. Supongo que… pensé que merecías saber algo más sobre ella. Pensé que deberías saber cómo le fallé.
La luz de un relámpago lo iluminó cuando se disponía a marcharse, Ripley encontró la voz que creía haber perdido y lo llamó por encima del estruendo del trueno.
—¡Cage! —cuando se dio media vuelta, ella abrió la puerta de par—. Entra, por favor.