Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 7 de 18

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Capítulo 4

 

Cage se alejó por los pasillos del Boston General sacudido por la rabia. No le gustaba nada el efecto que Ripley Davis tenía en él. No le gustaba que le hiciera recordar ciertas cosas, o desear otras. No se parecía nada a Heather y, sin embargo, se sentía atraído por ella. Como si no importara que fuera todo lo que él despreciaba.

Cage valoraba la sinceridad y Ripley no le estaba diciendo la verdad. Él odiaba a los médicos, especialmente los de oncología.

Él quería proteger a los pacientes por encima de todo, uno de los pacientes de Ripley había muerto y su cuerpo estaba radiactivo. Pero la mayor prioridad de la doctora era salir airosa.

Como la de los demás médicos.

Se detuvo en seco frente al ascensor. Entonces ¿por qué se dirigía a Protección Radiológica? Debería estar en el SOR, interrogándola hasta que se derrumbara y admitiera haber agarrado el informe de su mesa, hasta que le dijera todo lo que sabía sobre la muerte de Ida Mae Harris y del material radiactivo, que se suponía había encontrado Dixon en el cuarto de los productos de limpieza. Algo le hacía sospechar que ambas cosas estaban relacionadas.

—Maldita sea —protestó dando media vuelta y volviendo por el camino que lo había llevado hasta allí—. Esta vez no me marcharé hasta que consiga algunas respuestas.

Pero cuando llegó al departamento lo encontró vacío.

Eran ya las cinco de la tarde de un viernes. ¿Qué esperaba? ¿Dedicación?

La puerta de su despacho estaba entreabierta, así que se asomó y vio que allí tampoco había nadie. Caminó hasta la mesa con una extraña sensación en el estómago, aunque se aseguró a sí mismo que estaba haciendo lo que debía. Tenía que saber qué le había estado ocultando esa mañana. Tenía que ver aquellos papeles. No estaban sobre el escritorio, se disponía a abrir el cajón superior cuando oyó un golpe en el pasillo. No parecían los pasos resueltos de Ripley Davis, pero no quería que ningún miembro de su equipo lo descubriera husmeando entre sus cosas. Algo avergonzado por lo que había estado a punto de hacer, salió de allí y echó un vistazo al pasillo.

Estaba desierto. Un ligero olor a desinfectante indicaba que ya habían comenzado las tareas de limpieza. Cage volvió al despacho, pero el siguiente golpe que escuchó parecía ir acompañado de una voz.

—Ayuda.

—¿Qué demonios es eso? —la descarga de adrenalina lo impulsó de nuevo al pasillo, que seguía vacío y todas las puertas que daban a él cerradas—. ¿Hola? — gritó con el corazón en un puño.

No hubo respuesta, pero el olor a desinfectante era cada vez más fuerte, lo que le hizo mirar hacia el cuarto de los productos de limpieza en el que Dixon había encontrado el material radiactivo.

La llave estaba puesta por fuera.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

El olor era aún más intenso junto a la puerta, pero seguía sin haber respuesta. Quizá había imaginado aquella voz. El corazón estaba a punto de salírsele por la boca, mientras giró la llave y tiró de la puerta.

Ripley Davis cayó a sus pies, seguida de una densa nube de aire irrespirable.

La sorpresa primero y después el pánico se apoderaron de él. Ripley no se movía, ni siquiera estaba seguro de que respirara.

Parecía muerta.

—¡Dios! —al abrir la boca estuvo a punto de ahogarse y tuvo que toser varias veces. La levantó en brazos para alejarla de allí inmediatamente—. ¡Doctora Davis! ¡Ripley! ¿Puedes oírme? —las palabras parecían habérsele quedado atrapadas en los pulmones, pero en cuanto se hubieron apartado del aire venenoso, salieron disparadas.

Apenas sentía su peso en los brazos. Era demasiado ligera, como si la vida ya se le hubiese escapado.

La dejó en el suelo del despacho después de cerrar la puerta con el pie y se arrodilló a su lado sintiendo el impulso de rezar, cosa que no le había ocurrido en media década. Intentó no recordar que, en aquel tiempo, sus oraciones no habían servido de nada.

—¡Vamos, Ripley! ¡Vamos, bonita, respira! —con manos temblorosas, se sacó el teléfono del bolsillo—. ¡Vamos, maldita sea, respira!

Y eso hizo.

Tomó una bocanada de aire y después otra. Después se puso a toser y se apretó fuerte contra él. Cage sintió un profundo alivio. Estaba viva.

No habría podido explicar el torrente de emociones que lo invadió en el instante en que la vio respirar. De hecho, ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo.

—Estás bien —le susurró, acurrucándola en su regazo—. Sigue respirando con tranquilidad —siguió meciéndola y susurrando palabras sin querer detenerse a pensar en la rabia que le daba que, sólo unos minutos antes, ella hubiera estado a punto de ahogarse mientras él registraba sus cosas.

Con todos esos peligrosos incidentes, cada vez estaba más claro que aquella mujer necesitaba su protección, no sus sospechas.

—Llame a Sustancias Peligrosas —susurró Ripley con un hilo de voz—. Cloro.

Cage hizo lo que le pedía.

—No, no sé qué es lo que ha pasado. Bajen inmediatamente —era la única respuesta que podía dar a todas las preguntas del técnico que le respondió al teléfono. Entonces miró a Ripley, que estaba apoyada en su pecho, temblando—. Voy a llamar a urgencias para que manden una camilla.

A pesar de su evidente debilidad, Ripley lo agarró de la muñeca firmemente.

—No… no llame. Estoy bien —aseguró tratando de incorporarse—. No… débil en público, no.

Al alejarse de su cuerpo, Cage echó de menos su contacto, aunque al mismo tiempo su mente lo alertaba de lo peligrosa que era tal sensación.

—No digas tonterías. Has perdido el conocimiento. Vas a ir a urgencias y no hay más que hablar —añadió, echándole una mirada con la que pretendía demostrarle que hablaba en serio.

—Está bien —accedió por fin, mientras se pasaba el dorso de la mano por la mejilla en un gesto de vulnerabilidad casi infantil—. Gracias. Creí que no había nadie —suspiró angustiada—. Gracias —repitió, poniéndose en pie y alejándose de la mano que le tendía Cage—. No. Puedo sostenerme sola.

Cage se dio cuenta de que había sido él el que había deseado el contacto. Su cerebro tenía razón al advertirle que era peligrosa. Estaba en peligro y era peligrosa. Era la primera mujer que había conocido desde la muerte de Heather por la que se sentía atraído. La primera que podría distraerlo de su misión. De su promesa. De su penitencia.

A pesar de sus protestas, Ripley tuvo que obedecer a los operarios de urgencias y dejarse trasladar en camilla. Pero eso sí, mientras se la llevaban, pidió algo con lo que no podía transigir:

—Que nadie llame a mi padre, ¿de acuerdo? No quiero que nadie sepa esto.

Cage dudó si acompañarla porque sabía que eso significaba que quería estar sola, pero también estaba muy vulnerable. Después pensó que en urgencias no podía pasarle nada malo.

O eso esperaba.

—Señor Cage —atrajo su atención uno de los técnicos de Sustancias Peligrosas.

—¿Qué tenéis?

—Un cuarto lleno de gas, eso es lo que tenemos —respondió sarcásticamente el técnico—. La culpa la tienen un par de botes que se habían caído de las estanterías. Lejía y amoníaco y… ¡zas! Cloramina al instante. Afortunadamente ha ocurrido en un lugar cerrado.

—La doctora Davis estaba encerrada aquí —dijo Cage, viendo cómo los ojos del técnico se abrían de par en par.

—¡No puede ser! ¿Y qué estaba haciendo aquí? ¿Está bien?

—Lo estará —respondió, pensando que no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo Ripley allí dentro. Ahora que se había ido y su presencia no lo distraía, sus pensamientos iban en otra dirección. Una dirección más incómoda aunque más familiar. ¿Qué pasaría si estaba allí escondiendo más material radiactivo? ¿O retirándolo? Se odiaba a sí mismo por pensar algo así, pero no podía evitar sospecharlo—. ¿Tienen un detector Géiser?

—Claro —respondió otro de los técnicos—. ¿Pero para qué? La cloramina no es radiactiva.

Cage no se molestó siquiera en responder, sólo le quitó el detector de las manos y entró en el cuarto.

Nada. Comprobó con alivio que, al menos en ese momento, no había ni rastro de radiactividad. Acto seguido lo atormentó la vergüenza de haber sospechado de Ripley, mientras ella se encontraba sola en urgencias después de haber estado a punto de morir.

Si no se aclaraba pronto y decidía si debía proteger a Ripley o acusarla de algo, acabaría por no hacer ninguna de las dos cosas. Pero no creía que pudiera soportar el peso de otra muerte a sus espaldas.

—¿Cómo se encerró dentro ella sola? —preguntó el primer técnico—. Estas puertas se pueden abrir desde dentro.

—No si la llave está puesta por fuera —matizó Cage—. Seguro que fue un accidente.

—¿Qué iba a ser si no? —le preguntó uno, aunque los tres técnicos lo miraban sorprendidos.

Cage tocó la llave, que se había guardado en el bolsillo y se hizo esa misma pregunta. Estaba preocupado porque le resultaba muy difícil creer que ella misma se hubiera dejado encerrada por accidente y hubiera tirado los dos botes. ¿Pero qué otra alternativa había? ¿Una conspiración? ¿Un complot en su contra? Eso no tenía ningún sentido.

—Bueno, ya hablaremos más tarde —zanjó el tema, sin querer darle más importancia—. Voy a urgencias a ver qué tal está.

Además, tenía algunas preguntas que hacerle, después se quedaría esperando con ella, quisiera o no. Nadie, ni siquiera un médico, merecía estar solo en un hospital.

Dos horas más tarde, Ripley y Cage eran recibidos por Leo Gabney en su despacho. A Ripley todavía le escocían los ojos y la garganta, pero sabía que la aparición de Cage había sido su salvación. Unos minutos más y habría corrido el riesgo de sufrir una grave lesión pulmonar. O algo peor.

Un intenso escalofrío la impulsó a acercarse un poco más a Cage, pero reaccionó, inmediatamente, alejándose de nuevo porque sabía que no podía permitirse ser débil. La había salvado dos veces en dos días y se sentía atraída por él, pero eso no significaba que pudiera confiar en él. Ni siquiera que le gustara.

No quería decir que no lo deseara.

Era un tipo duro al que le daban miedo los enfermos de cáncer. Era el jefe de Protección Radiológica y ella estaba a punto de perder su departamento.

Además le recordaba a su padre.

Y no sólo eso, desde que había llegado a urgencias había estado enviándole señales contradictorias. A veces se sentía protegida por su presencia, pero otras veces parecía que creyera que ella misma se había encerrado en el cuarto de la limpieza para apartar las sospechas de ella. Como si pensara que ella había matado a Ida Mae y ahora estaba intentando cubrirse las espaldas.

Quizá él no fuera capaz de decidirse por una postura, ella sin embargo ya lo había hecho. No necesitaba a Zachary Cage para protegerla porque se bastaba ella sola para hacerlo.

«Pero él te ha salvado la vida dos veces en dos días y a ti te ha gustado encontrarte en sus brazos». Incapaz de negar la verdad, Ripley apretó los dientes y aceptó la silla que le ofrecía el director.

—Doctora Davis. Señor Cage —Gabney tomó asiento y su altura aumentó varios centímetros. Había rumores que decían que su silla era tan alta que no podía tocar el suelo con los pies—. ¿Qué es eso que he oído de que hay problemas en la Unidad de Oncología Radioterápica?

—Los hay. Y muy graves —añadió Cage, poniéndose en pie para pasearse por el enorme despacho como un león enjaulado, aunque se detuvo un momento frente a la maqueta de lo que sería el ala Gabney cuando el Boston General ganara el premio de diez millones de dólares—. Ayer la doctora Davis fue atacada por el marido de una paciente suya.

Ripley no sabía qué se escondía tras los ojos fríos y grises de Gabney, jamás había conseguido interpretar las miradas del director del hospital. El día que la había llamado para comunicarle que su departamento sería el próximo en sufrir recortes presupuestarios, Ripley había tenido la sensación de que había estado disfrutando de la situación sabiendo que, de algún modo, se estaba vengando del padre de Ripley, Howard Davis, que había sido el predecesor de Gabney en la dirección del hospital.

—El caso Harris es agua pasada —dijo ahora, encogiéndose de hombros—. Y ya se ha solucionado.

—¿Qué quiere decir con que ya se ha solucionado? —preguntó ella, perpleja. ¿Cómo era posible que se hubiera solucionado el caso si ni siquiera sabían el motivo de la muerte de Ida Mae?

El director esbozó una sonrisa antes de responder.

—No podemos permitirnos que corra el rumor de que la jefa de nuestra Unidad de Oncología ha matado a una paciente, ¿no cree? Al menos hasta que se haga público el ganador del premio —puntualizó, con un gesto que daba a entender que el ataque había sido una molestia y no un peligro para la vida de Ripley—. Ya hemos hablado con los testigos y yo mismo he limado asperezas con el señor Harris, aunque habrá que volver a tocar el tema en las próximas semanas.

El mensaje estaba más que claro. Gabney no quería ningún problema hasta que se otorgara el premio; después, Ripley, y por supuesto su departamento, serían completamente prescindibles. ¡Dios! Entonces no le quedaría más remedio que transigir con las exigencias de su padre o empezar de nuevo en otra ciudad. En un hospital nuevo. Pero ¿qué pasaría con sus pacientes? Le preocupaban algunos de ellos especialmente, como el pequeño Milo, en quien nadie se pararía a pensar. No podía permitir que sucediera nada parecido.

Y, al mismo tiempo, no podía dejar de lado la muerte de Ida Mae, o el hecho de que su cuerpo estuviera contaminado.

—¿Qué dijo el señor Harris cuando usted habló con él? —preguntó Cage, como si hubiera estado pensando lo mismo que ella—. Ayer dijo que la voz…

—Lo que dijera no tiene la menor importancia, señor Cage —lo interrumpió Gabney—. Harris estaba muy alterado y no sabía lo que hacía. Por no mencionar que había estado bebiendo. No recuerda nada de lo que hizo o dijo.

—Muy útil —murmuró Cage, lanzándole una mirada a Ripley, que no sabía si estaba enfadado con ella o con el director—. Pero eso no cambia el hecho de que el cuerpo de su esposa estuviera radiactivo, ni explica la desaparición de un archivo que yo tenía encima de mi mesa, ni qué estaba haciendo la doctora Davis en el cuarto de la limpieza.

—Yo no he tocado nada de su escritorio —saltó Ripley ofendida—. Y ya le he dicho que lo del cuarto de la limpieza ha sido un accidente —aunque todavía estaba temblando por el miedo que había pasado, Ripley no creía que hubiera sido algo deliberado. Era una posibilidad demasiado aterradora sobre la que ya pensaría más adelante, en privado, cuando pudiera asustarse libremente. Sin mostrarse débil ante nadie—. El señor Frank dejó la puerta abierta y yo entré para ver de dónde procedía el olor.

Prefería no acordarse del miedo que la había llevado hasta el pasillo. La sensación de soledad y al mismo tiempo la sospecha de no estar sola.

—El señor Frank estaba trabajando en el otro extremo del edificio —replicó Cage —. Y la llave que había en la puerta no era de él.

—Fue un accidente —repitió Ripley, sin mirarlo a los ojos, porque no quería dejarle ver la duda que reflejaban los suyos. La duda y el miedo. La debilidad—. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Cree que alguien me tendió una trampa? Seamos realistas, Cage. No soy tan importante para que nadie quiera matarme.

—Claro que fue un accidente —afirmó Leo, aunque Ripley sabía que no lo hacía porque estuviera preocupado por ella—. Nadie ha encerrado a la doctora en ese cuarto para envenenarla. Esas cosas no pasan en el Boston General —sentenció, mirando de reojo la maqueta del futuro Ala Gabney, y Ripley tuvo la sensación de poder oírle decir: «Y desde luego no pasan en la semana de las votaciones para el premio».

—Sin embargo, Dixon afirmó haber encontrado material radiactivo en ese mismo cuarto —recordó Cage—. ¿No le parece extraño?

—¿Qué? —preguntó Ripley poniéndose en pie estupefacta—. ¿De qué diablos está hablando? —tenía la garganta al rojo vivo, pero en ese momento no le importaba. Se volvió a mirar a Gabney—. ¿Se encontró material radiactivo en mi departamento y usted no me lo dijo? —por el rabillo del ojo, vio a Cage mirándola—. ¿Qué? ¿Es que cree que lo puse yo ahí? ¿Le parezco lo bastante sorprendida para convencerlo de que no lo hice?

—Puede ser —respondió, encogiéndose de hombros—. O puede que sea muy buena actriz.

—Nunca jamás haría nada que pusiera en peligro a mis pacientes, Cage —declaró furibunda—. Y eso incluye la mala utilización de la radiactividad.

—¿Y cómo explica el estado en el que se encontraba el cuerpo de Ida Mae?

—¡No lo sé! —gritó, antes de volverse a sentar en un intento de calmarse—. No lo sé —repitió, con un susurro desesperado.

—Lo que demuestra que necesitamos ayuda. Esto se nos escapa de las manos — admitió Cage, golpeando la mesa con tal fuerza que el director pegó un bote—. Quiero que ponga en cuarentena el depósito, que se cierre a cal y canto la habitación de Ida Mae Harris y quiero hablar con su marido —se volvió a mirar a Ripley—. Quiero que cierren la Unidad de Oncología, que se le asigne custodia a la doctora Davis y quiero llamar a la policía para que abran una investigación.

El silencio se impuso en la sala durante unos segundos, después, y de manera sorprendente, el señor Gabney soltó una sonora carcajada.

—¿Una investigación sobre qué? —preguntó Leo, ridiculizando la petición—. No tiene ninguna prueba de que alguna vez haya habido radiactividad en el cuarto de la limpieza porque Dixon la perdió. Y usted mismo ha dicho que lo ocurrido hoy a la doctora Davis ha sido un accidente. Ella está bien y no hay más que hablar del tema.

—¿Y qué pasa con el cuerpo de Ida Mae? —insistió Cage, con más calma.

—Como ya le he dicho, ya nos hemos encargado de su marido —entonces se apoyó sobre el escritorio y apunto a Cage con el dedo—. En este hospital no está ocurriendo nada oscuro, ¿me oye? No tiene pruebas y no quiero volver a oír hablar de todo esto. Despedí a Dixon por chismorrear y lo mismo haré con usted. Limítese a hacer su trabajo, Cage. ¿De acuerdo?

Ripley se retorció en la silla, asqueada de comprobar lo que ya sospechaba. A Gabney no le preocupaba, lo más mínimo, la seguridad de los pacientes. Lo único que le importaba era la reputación del hospital, que en ese momento valía diez millones de dólares.

—¿Y si resulta que mi trabajo incluye investigar un cuerpo contaminado de radiación? —la voz de Cage sonó gélidamente calmada.

—Entonces investigue, por supuesto. Con toda tranquilidad. La doctora Ripley le ayudará, si sabe lo que le conviene a su carrera. Pero no quiero que se inmiscuya nadie más. Cuanta menos gente conozca este asunto, más tranquilas estarán las cosas. Eso es algo que me enseñó George Dixon —volvió a mirar a Cage directamente a los ojos, de un modo que provocó un escalofrío en Ripley—. Pero recuerde, si hace algo que ponga en peligro la candidatura al premio, sus pruebas… y su trabajo desaparecerán en un abrir y cerrar de ojos. ¿Comprende?

Cage no respondió, se dio la vuelta y abandonó la habitación. Ripley se quedó mirando a su jefe.

—Doctora Davis —le dijo, con media sonrisa en los labios—. Estoy dispuesto a pasar por alto una sola muerte en su departamento. Podría incluso desviar la atención en caso de demanda por negligencia, pero no permitiré que ponga en peligro el premio al Hospital del Año. Acuérdese de eso cuando ayude a Cage en su investigación.

El énfasis que dio a la palabra ayudar, no dejaba lugar a dudas. Si frustraba la investigación y ayudaba a Gabney a que el cuerpo contaminado pasara desapercibido, no cerraría el departamento. Pero si ayudaba a Cage, perdería el trabajo, el departamento y a sus pacientes.

Pero quizá siguiera con vida.