Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 12 de 18

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Capítulo 9

 

Mientras esperaba a Cage, Ripley echó un vistazo a los documentos que había solicitado al departamento de personal con la identificación de su padre. Cuando se enterara, Howard Davis iba a ponerse como una fiera, pero ella no tenía manera de recabar dicha información y él sí.

Sacó los informes de todos los miembros de su departamento, así como de los técnicos de Protección Radiológica, con la idea de que la persona que había inyectado radiactividad a Janice Cooper tenía que ser alguien que ella conocía y, por tanto, debía pertenecer a alguno de los dos servicios.

Con un escalofrío sacudiéndole el cuerpo, miró a la puerta deseando que Cage no tardara mucho. Si bien no sabía qué iba a pasar con su relación, lo cierto era que él la hacía sentirse segura, protegida. Y sin su presencia se sentía sola.

—Estupendo —sin darse cuenta, lo había dicho en voz alta y la palabra retumbó en la habitación vacía—. Enseguida estarás poniendo la mesa para dos aunque sepas que él no vendrá a cenar. Contrólate, Davis. Estás muy bien sin él. No lo necesitas —«mentirosa», le dijo su conciencia.

Lo mejor sería concentrarse en el trabajo y dejar todas esas elucubraciones a un lado. Por eso sacó el archivo de Whistler. Su verdadero nombre era Elmer Holyrood, pero lo que la sorprendió fue lo que leyó a continuación. Efectivamente, había pasado dos años en la facultad de medicina, que había abandonado por «motivos personales». Dos años después, Dixon lo había contratado para que formara parte del Servicio de Protección Radiológica, pero no había ningún dato de lo que había hecho entre ambas cosas. No había más estudios, ni experiencia laboral. Aquellos años estaban en blanco.

Ripley frunció el ceño pues sabía que no era suficiente, era un indicio, pero no había ninguna prueba. Una prueba contundente eran los restos de radiactividad encontrados en la vía de Janice Cooper, o los altísimos niveles de adrenalina que habían hallado en sus muestras de sangre. Seguramente, los otros cuerpos también habían tenido esos mismos niveles de adrenalina, pero habían desaparecido después de la muerte.

Alguien les estaba inyectando a sus clientes un cóctel mortal de adrenalina y radiactividad. La dosis de adrenalina les paraba el corazón. ¿Y la radiactividad?

No tenía ni idea, era una locura, pero estaba claro que el responsable de esas muertes tenía que ser un loco.

Echó los papeles a un lado. No podía hacerlo sola, estaba demasiado inquieta y demasiado débil. Por primera vez, no le daba vergüenza admitirlo, de hecho se sentía liberada.

Estaba a punto de agarrar el teléfono cuando lo vio entrar por la puerta. La sonrisa del rostro de Ripley se desvaneció al ver la expresión de Cage. ¿Qué habría ocurrido? Pensó angustiada.

—¡Cage! —exclamó, después de que él cerrara con un portazo—. ¿Qué pasa? — entonces se dio cuenta de que llevaba los documentos de su departamento bajo el brazo—. ¿Qué haces tú con mis archivos?

No tenía motivos para temer que hubiera leído esos informes, pero cualquier cosa la hacía inquietarse.

—Ripley… —era increíble cómo sólo una palabra podía estar tan cargada de decepción y desconfianza. En sus ojos oscuros no había nada más que ira. Una vez más, parecía el oscuro guerrero que vio por primera vez en el vestíbulo del hospital… el hombre que odiaba a los médicos, especialmente a los de oncología.

—Cage, háblame, dime qué ocurre —se aventuró a dar un paso hacia él aunque desde luego la expresión de su rostro no parecía invitarla a hacerlo—. ¿Hay algún problema con los informes de radiación? —aunque sabía que no podía ser; ella era muy escrupulosa y se encargaba de que lo fueran también todos los miembros de su departamento.

—Ripley, hay doce anotaciones que concuerdan con los datos del Servicio de Protección Radiológica. De hecho, parece que alguien los hubiera cambiado hace poco —añadió, lanzándole una mirada envenenada—. Whistler ha encontrado material radiactivo que no figura en los informes de llegada. La radiactividad que hemos encontrado en tus pacientes procede de tu departamento.

Aquellas palabras la golpearon como un mazazo, igual que lo hacía la mirada que había en sus ojos. Por un momento se quedó paralizada. ¿Cómo era posible que la radiactividad de sus pacientes fuera suya? ¿Alguien había alterado sus informes sin que ella se enterara siquiera? ¿Cómo era posible que hubiera pasado por alto algo semejante?

Después de la sorpresa llegó la ira. ¿Cómo se atrevía Cage a entrar en su despacho y acusarla de ese modo? Estaba mirándola como si ella fuera la asesina.

Pues Cage se podía ir al infierno.

Sin embargo, y a pesar de la impotencia que le provocaba sentirse acusada, también le dolía que lo hiciera después de haberla abrazado tan tiernamente toda la noche. Habían hecho el amor maravillosamente y ahora eso. Apretó los puños y contuvo las lágrimas, ahora no podía mostrarse débil con él; él mismo había renunciado a tal derecho.

—Cage, ¿no creerás de verdad que yo tengo algo que ver con la manipulación de esos informes? —le preguntó, dándole una última oportunidad para echarse atrás y recapacitar sobre lo que estaba diciendo—. Yo pensé que me creías.

Cage la interrumpió con un gesto de rabia.

—Compruébalo con tus propios ojos —la retó, mostrándole uno de los papeles.

Ripley no estaba segura de qué le dolía más, leer los datos que alguien se había atrevido a cambiar y que demostraban que uno de sus empleados era un asesino, o que Cage pensara que ella estaba implicada.

—Después de todo lo que ha pasado en los últimos días. Después de lo de Harris, del gas, del susto en la capilla, de la llamada… —«de habernos acostado»—. Sigues pensando que puedo estar relacionada con esto.

No iba a llorar por mucho que le costara.

—Tú misma dijiste que todo eso podía tener otra explicación. Y yo no estaba allí cuando recibiste esa llamada. Pudiste… —no terminó la frase, pero quedó claro lo que iba a decir.

«Pudiste inventártelo todo».

Había perdonado su recelo inicial, sus groserías; hasta le había perdonado que la llamara Heather. Pero jamás le perdonaría que volviera a desconfiar de ella en ese momento. Le dolía demasiado.

—Muy bien —comenzó a decir Ripley cerrando de golpe la carpeta que contenía todos los documentos—. Después de incitar al señor Harris para que me atacara, me encerré en el cuarto con el cloro y fingí el ataque de pánico de la capilla, ¿es eso lo que crees? —se acercó a él con el deseo de gritarle, golpearlo, hacerle daño por hacerla sentir así.

Hacía sólo unos días que lo conocía, pero desde el principio había sabido que el final era sólo cuestión de tiempo. ¿Entonces por qué le dolía tanto?

—Yo…

—¿Doctora Davis?

Cage y Ripley levantaron la vista igualmente sobresaltados, haciendo que el hombre que había en la puerta se echara atrás.

—Lo siento. ¿Llego en mal momento? Puedo volver más tarde, sólo quería… necesito disculparme con usted, doctora Davis.

Ripley cerró los ojos, respiró hondo y trató de encontrar dentro de sí la tranquilidad que tanto había practicado desde que era médico.

Imposible. Estaba demasiado confundida por lo que sentía por Cage y por la decepción que le provocaba que, siquiera por un momento, hubiera llegado a creer que le haría daño a algún paciente o encubriría algo tan grave como el extravío de material radiactivo.

—Señor Harris. Pase, por favor —consiguió decir con voz temblorosa, pero sin llorar.

—Doctora Davis, quiero que sepa cuánto lamento lo que ocurrió el otro día. Apenas lo recuerdo; sólo sé que usted me llamó para decirme que Ida Mae había fallecido, después todo está borroso. Los médicos me han dicho que intenté atacarla —las arrugas de su rostro eran más profundas que la semana anterior. Ripley sintió que se le partía el corazón al observar el dolor que reflejaban sus ojos.

Si eso era lo que se sentía cuando se amaba a alguien, ella no quería experimentarlo. Quizá después de todo había tenido suerte al presenciar la relación de sus padres, y la desconfianza de Cage era una señal divina para sacarla de aquella relación, antes de sentir algo más profundo. Podría escapar con el corazón intacto. O casi intacto.

—No hay nada que perdonar, señor Harris. Su mujer ha muerto, a veces el dolor nos hace actuar de manera incomprensible —le ofreció una silla, pero él la rechazó con un gesto que le puso a Ripley el vello de punta.

Quería decirle algo, pero era evidente que tenía miedo.

—Señor Harris, ¿qué ocurre?

—Yo… quería que supiese… —miró hacia fuera, como si tuviera miedo de que lo oyeran.

—¿Que supiese el qué? —intervino Cage, inclinándose ansioso por resolver un misterio. Aunque se suponía que ya lo había resuelto y la había condenado a ella.

—El director ese, el calvo que fue a visitarme dijo que yo estaba borracho, que no había sucedido nada de eso. Dijo que mi cerebro lo inventó para darme una excusa para atacarla —se quedó mirándose los nudillos con profunda tristeza—. Pero es cierto. Recibí una llamada la mañana después de que Ida Mae… la mañana después de su muerte. Una voz me dijo que la doctora Davis había matado a mi esposa. Dijo algo más, pero no lo recuerdo bien. Algo así como que debía recibir un castigo, que debía esperarla junto a los ascensores después de comer, porque siempre iba a por un café a esa hora —levantó la mirada hacia Ripley—. Claro que estaba borracho, pero no tanto como para inventar algo así.

La habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor, pero en lugar de apoyarse en Cage como habría necesitado, Ripley se dejó caer sobre el sofá, mientras oía al fondo la voz de Harris preguntándole:

—No es cierto, ¿verdad, doctora? Ida Mae murió por culpa del cáncer, ¿no es así?

Sentía la mirada de Cage clavada sobre ella, esperando a que mintiera. Esperando que dijera «a veces pasan estas cosas». Y era cierto que a veces pasaban, pero no esa vez.

Alguien había asesinado a Ida Mae.

—La autopsia todavía no se ha completado —optó por darle una verdad a medias —. Tan pronto como sepa la causa exacta de la muerte, lo llamaré, señor Harris. Se lo prometo.

Unos segundos más tarde lo vio marcharse, mientras deseaba con todas sus fuerzas poder decirle algo más. Y poder sentir menos.

Se puso en pie y agarró su chaqueta del respaldo de la silla.

—Me voy a casa.

Los dedos de Cage se le clavaron en el brazo, transmitiéndole la cólera que hacía vibrar todo su cuerpo.

—¡De eso nada! ¡Tenemos que hablar de esto! Hay que elaborar un plan y llamar a la policía. Estás en peligro, Ripley. No puedes irte a casa.

—¿Entonces ahora me crees? —no llegó a gritar, pero su tono de voz era más que airado—. Bueno, pues vete al infierno. No tienes ningún derecho a decirme lo que tengo que hacer, desde el momento en el que llegaste a pensar que yo podía tener algo que ver con la manipulación de esos informes. Yo no soy uno de los médicos que se equivocaron con el tratamiento de tu esposa, Cage, y tampoco soy tu esposa — añadió, poniéndose la chaqueta sobre los hombros—. ¿Quieres llamar a la policía? Adelante. Cuéntaselo todo y espera a ver cómo Leo lo retuerce todo hasta hacerte quedar como un loco. Espera a ver cuánto tiempo está tomándole el pelo a la policía mientras siguen muriendo pacientes. ¿Es eso lo que quieres?

—Por supuesto que no, pero…

—Pero nada —Ripley sentía cómo se le iba encorvando la espalda—. Estoy muy cansada, Cage; tanto que apenas puedo pensar. Ida Mae y Janice están muertas. Voy a dar el alta a todos los pacientes que pueda, no voy a darles la oportunidad de seguir asesinando a nadie.

«Excepto a mí». No lo dijo, pero las palabras quedaron en el aire, entre Ripley y Cage, como una fuerza tangible.

Él se acercó y levantó una mano destinada a acariciarle la mejilla, pero ella se apartó.

—Al menos quédate conmigo, Ripley. Mi edificio tiene vigilancia, es más seguro. Conmigo estarás a salvo.

En su casa, pensó Ripley con una mezcla de atracción y rechazo. El lugar en el que había vivido con la mujer a la que todavía no había olvidado. ¿A salvo? Quizá estuviera a salvo del asesino, pero desde luego nada la protegería del loco deseo que, incluso en ese momento, la impulsaba a aceptar su invitación. No estaría a salvo de sí misma.

Negó con la cabeza y se alejó de él.

—Sinceramente, preferiría quedarme con mi padre.

Cage la vio marchar, mientras se odiaba a sí mismo por desconfiar de ella cuando Whistler le había enseñado esos papeles. Se despreciaba por no haberle dado la oportunidad de explicarse, de defenderse. Y la odiaba a ella por hacerle cuestionarse los principios básicos que lo habían guiado los últimos cinco años.

La odiaba por hacerle preocuparse por alguien, por hacer que alguien le importara.

—Maldita sea —dejó el resto de los papeles sobre su escritorio y corrió tras ella.

Ripley no parecía darse cuenta de que la seguía en su coche por las calles que los condujeron hasta la enorme casa de Howard Davis. Una vez allí, Cage aparcó y esperó, aunque no sabía a qué. No había transcurrido mucho tiempo cuando un guardia acompañado de un pastor alemán se acercó a él. Cage bajó la ventanilla consciente de que el guardia había salido de la casa de Davis.

—¿Sí?

—Señor Cage, la doctora Davis quiere que se vaya a casa. Dice que no necesita su ayuda y que no quiere que esté aquí —su tono de voz no dejaba lugar a la discusión y la pistola que llevaba en el cinturón tampoco.

—Vaya. ¿Y le ha dicho que hay un asesino en el hospital que la ha amenazado de muerte?

El rostro del guardia cambió de expresión automáticamente, algo en su reacción indicaba que era un ex militar y seguramente ofrecería buena protección.

—No, señor, no lo ha hecho.

—Me lo imaginaba —respondió Cage algo más relajado—. Cuide de ella, ¿de acuerdo? Y llámeme si hubiera algún problema —añadió, dándole su tarjeta.

—No estoy autorizado a hacer eso, señor —pero sí agarró la tarjeta y se la guardó en el bolsillo—. Es una mujer encantadora, señor Cage. Le aseguro que no permitiré que le ocurra nada.

Mientras ponía en marcha el motor, Cage no podía dejar de repetir en su cabeza aquellas palabras «Es una mujer encantadora». Sí, una mujer encantadora que lo estaba volviendo loco, una mujer encantadora que, además, era médico. ¿Qué demonios le ocurría? Una investigación de la que no podía informar a la policía, una mujer a la que no quería desear y que no quería desearlo a él.

Cage se maldijo a sí mismo varias veces antes de parar en el aparcamiento de un supermercado, sacar el teléfono móvil y marcar un número que ya se había aprendido de memoria.

—Maldita sea, Dixon. Sé que está ahí. Tengo su dirección y estaré ahí en diez minutos, con la policía, si no responde ahora mismo.

Ripley esperó el gesto de Rico indicándole que Cage se había marchado, antes de salir de su coche. En realidad le había gustado que la siguiera, aunque también la intranquilizaba porque no sabía qué significaba. ¿Seguiría pensando que estaba implicada en los asesinatos? ¿La habría seguido con la esperanza de que fuera a reunirse con un cómplice? ¿O estaría intentando protegerla mejor de lo que lo había hecho con Heather?

Si se había unido al Servicio de Protección Radiológica con la intención de salvar a su mujer una y otra vez, parecía lógico pensar que a ella la protegía por la misma razón.

—Me llamo Ripley —susurró mientras subía los escalones de la enorme puerta de entrada—. Ripley. Ni Heather, ni Caroline. Ripley —repitió aquello a modo de mantra antes de enfrentarse a su padre y volver a perder el equilibrio automáticamente.

—Caroline.

—Padre —no hubo abrazos ni besos, sólo la conciencia de que le había vuelto a fallar.

—¿Qué es eso que he oído de que ha habido otra muerte inesperada en tu departamento? Francamente, Caroline, eso no da una imagen muy profesional de tu departamento. Y podría afectar a las posibilidades del Boston General en la votación de la semana que viene. Leo está muy preocupado.

—Tiene motivos para estarlo —respondió tajantemente y después respiró hondo. Necesitaba contárselo a alguien, ya no podía apoyarse en Cage por mucho que le doliera. Se lo contaría a su padre, quizá esa vez se pusiera de su lado—. Janice Cooper no era la segunda muerta, padre, era la sexta. Alguien está matando a mis pacientes con una combinación de radiactividad y adrenalina. Y quienquiera que sea me quiere muerta. Pero Gabney quiere escurrir el bulto hasta después de la votación. Dice que lo hemos inventado todo.

Durante una décima de segundo, el rostro de Howard no fue el de siempre. Por un momento parecía triste, vulnerable, preocupado… todo lo que Ripley había deseado ver en su padre durante tanto tiempo. Después se aclaró la garganta y fue como si ese momento nunca hubiera existido.

—Ya conozco esa historia —gruñó, frunciendo el ceño—. Recuerda que tengo fuentes de información. A mí me parece que tú alteraste los archivos del departamento para encubrir la desaparición de cierto material radiactivo y te has inventado esa ridiculez para ocultar la verdad; es decir que no tienes la menor idea de por qué están muriendo tus pacientes.

Sus palabras se le clavaron como un puñal. Así era cómo iba a retorcer la historia el director. Se sentía estúpida por haber creído que su padre se pondría de su parte.

—Siento mucho que pienses eso, padre —dijo, haciendo un esfuerzo por no darle la satisfacción de verla llorar—. Había pensado quedarme aquí esta noche, pero está claro que no es buena idea. Voy a buscar un par de cosas en mi antiguo dormitorio y me iré a un hotel.

Había empezado a subir las escaleras cuando su voz la detuvo.

—Caroline —parecía que le temblaba la voz, pero ella no se volvió—. Te quedarás aquí. Y… por si hubiera algún peligro, Leo y yo hemos decidido que será mejor cerrar tu departamento después de la votación del premio. Comenzarás a trabajar en mi clínica a principios del mes que viene. No en la Unidad de Oncología, por supuesto, pero estoy seguro de que la medicina general te parecerá igual de gratificante.

Entonces sí se giró a mirarlo y se quedó petrificada al ver la expresión cercana a la súplica que había en el rostro de su padre. Quería que dejara de trabajar en el departamento, siempre lo había sabido. Pero había algo más.

Claro, ahora lo comprendía todo. Gabney la creía. Sabía que había un asesino en la Unidad de Oncología y había decidido cerrar el departamento en lugar de abrir una investigación. «Qué desgraciado».

—Ya entiendo —le dijo a su padre en tono desafiante, al tiempo que volvía a acercarse a él—. Ha decidido dejar escapar al asesino. ¿Y qué pasa con mis pacientes? ¿Qué pasará con los próximos pacientes? ¿Es que a ti tampoco te importa, padre?

Howard palideció hasta que su piel adquirió un color casi gris. Se llevó una mano al brazo izquierdo justo en el momento en que se oyó a lo lejos un timbre, pero Ripley estaba demasiado enojada para reparar en ello. Bajó otro escalón hasta quedarse casi a su altura.

—¿Es que yo no te importo?

Su padre retrocedió como si le hubieran dado una bofetada, pero no contestó.

—La cena es dentro de una hora —anunció, con la voz ahora ostensiblemente quebrada—. Espero que te vistas adecuadamente.

El ruido que hizo la puerta de su despacho al cerrarse, ahogó el sonido del único sollozo que se le escapó a Ripley. Corrió escaleras arriba a refugiarse en la habitación en la que había crecido.

El color naranja de las paredes le llevó a la memoria la cara de su madre cuando ella escogió la pintura y añoró aquella época, cuando sus padres al menos compartían el mismo dormitorio. Su madre y ella habían estado muy unidas, pero el tiempo y la distancia habían debilitado el vínculo.

Una lágrima le recorrió el rostro y Ripley maldijo, pues sabía que lloraba por Cage, por sus padres y por sí misma. Al menos ahora estaba segura de que su padre sabía que estaba en peligro, aunque había elegido meter la cabeza bajo la tierra como un avestruz y esperar a que el peligro se fuera, igual que había hecho su esposa.

Sin embargo, Cage ni siquiera la creía.

—No vas a llorar por él —se dijo a sí misma, a pesar de que ya lo estaba haciendo —. No se lo merece. Hace ya mucho tiempo que sabes que el amor no triunfa nunca. Los médicos no pueden tener relaciones.

Iba a darle una buena lección, decidió Ripley mientras pensaba en los detalles de una idea que la hizo sentir un poco menos de autocompasión. Les iba a dar una lección a los dos, a su padre y a Cage. Iba a encontrar la solución a aquel problema y, si hacía falta, haría que cerraran el Boston General, todo con tal de proteger a sus pacientes. Rebuscó entre las revistas médicas que había acumulado durante la adolescencia y encontró una vieja agenda telefónica que abrió por la letra D. Allí estaba, el número de George Dixon.

Si alguien sabía qué estaba sucediendo en el Servicio de Protección Radiológica, ése era Dixon. Sabía que había estado evitando a Cage, pero ella tenía un arma que Cage no tenía.

Ella tenía pechos.

Sacó el teléfono móvil y vio que la habían llamado Tansy y Cage; prometió llamar a su amiga más tarde y borró el mensaje de Cage, sin escucharlo siquiera. Nada que él pudiera decirle podría interesarle en ese momento. Ni siquiera si pretendía disculparse y pedirle perdón. Ripley no creía en las segundas oportunidades. Su madre le había dado a su padre cientos de ellas y él las había desperdiciado todas llegando tarde a casa o no llegando. Ella no tenía la menor intención de seguir los pasos familiares, por mucho que la idea de no volver a ver a Cage le rompiera el corazón. Iba a salir de aquello sola. Como siempre había hecho.

Marcó el número esperando que Dixon no se hubiera mudado después de abandonar el hospital. Lo dejó sonar y, cuando contestaron, puso la voz más sexy que pudo impostar:

—Hola, George. ¿Qué tal estás? Como hace tanto tiempo que no nos vemos, me preguntaba sí…

—¿Quién es? —parecía agobiado y bastante enfadado, pero al menos había contestado.

—Soy Ripley Davis, del Boston General —dijo con su voz habitual—. No se atreva a colgar.

—Ah, eres tú. ¿Qué quieres? —hizo una pausa, tras la cual, el enfado se había convertido en curiosidad—. Déjame adivinar, quieres saber algo del material radiactivo que encontré en ese cuarto. Igual que ese cretino que no deja de llamarme.

¿Cretino? Ah, debía de ser Cage. En sus labios apareció una ligera sonrisa.

—¿Qué me dices, George? ¿No quieres que charlemos un rato? Por los viejos tiempos.

—Tendrás que pagarme.

—¿Cuánto? —repasó el estado de sus cuentas bancadas en una décima de segundo.

—Dos copas y tres bailes… lentos.

—Está bien —accedió, deseando que le hubiera pedido dinero—. Pero si tu lengua roza siquiera cualquier parte de mi cuerpo, se acabó el trato. En serio, George.

Dixon se echó a reír y la citó en una hora en uno de los peores antros de los alrededores del hospital.

—Y ponte guapa —añadió, justo antes de colgar, como si se hubiera propuesto darle aún más asco.

Ripley se repitió una y otra vez que «el Pulpo», como llamaban a Dixon en el Boston General, era su única oportunidad para averiguar algo más sobre la radiactividad. No podía hacer otra cosa, su padre ya le había dejado claro cuáles eran sus prioridades y las de Leo.

Y Cage… bueno, a Cage ya no le podía volver a pedir ayuda.

Su mente la traicionó recordándole con qué ternura le había hecho el amor esa misma mañana, pero después recordó también el brillo acusador de sus ojos. Ni siquiera se había dignado a darle una oportunidad.

Cuando terminó de cambiarse de ropa, se miró unos segundos al espejo. Había elegido una minifalda vaquera que llevaba guardada en ese armario desde el instituto, una camisa ajustada y unos zapatos planos, por si tenía que salir corriendo. Aquel pensamiento la hizo sentarse en la cama y ponerse las manos en la cara.

¿Qué demonios estaba haciendo? Alguien estaba tratando de matarla y ella se iba a una discoteca vestida como una prostituta. ¿Qué había sido de las noches tranquilas en las que hablaba con su gato y veía documentales de animales en la televisión? ¿Y por qué, de pronto, esas noches le parecían tan solitarias? La imagen de un hombre de pelo oscuro aparecía una y otra vez en su mente llenándola de rabia y de deseo al tiempo.

¿Por qué no podía decir «Bueno, ha estado muy bien» y continuar con su vida, como había hecho muchas otras veces? Cage era un tipo muy complicado; seguía amando a su mujer y, después de tantos años, continuaba empeñado en vengar su muerte. Ripley no quería un guerrero conflictivo en su vida. En realidad no quería ningún hombre en su vida. ¿Entonces por qué no podía dejar de pensar en él?

«El amor es un mito», se recordó a sí misma, «una debilidad».

El sonido del viejo reloj de pared de su abuelo la sacó de sus pensamientos. Tenía que marcharse. Pero antes debía hacer otra cosa. Sacó el teléfono móvil del bolso y marcó un número al que no solía llamar. Estaba a punto de colgar cuando contestaron.

—¿Sí?

Aquella voz tan familiar la obligó a tragar saliva e intentar deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta.

—¿Madre? —le salió una voz aguda y forzada, así que probó de nuevo—: Madre, soy Ripley. Tengo que pedirte una cosa.