Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 6 de 18

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Capítulo 3

 

 

—Espero que Whistler me esté gastando una broma —farfulló Cage en el ascensor. El mensaje de su busca decía: «911C—B110», lo que significaba «alerta, contaminación en sala B110»—. ¿Radiación en el sótano? No tiene ningún sentido.

Como estaban compartiendo el ascensor con otras dos enfermeras, Cage no le preguntó a Ripley sobre la llamada que había recibido, aunque tenía que admitir que le preocupaba que ella se dirigiera al mismo lugar que él, pero no habría sabido decir por qué.

Se podía sentir la humedad del sótano nada más salir del ascensor y, al caminar junto a ella por el pasillo, Cage notó un estremecimiento que le recordó el que había sufrido al rozarle las rodillas a Ripley bajo la mesa de la cafetería. Frunció el ceño. Aquél no era ni el momento ni el lugar para dejarse llevar por el deseo. Y desde luego tampoco era la mujer idónea.

No obstante, se acercó un poco más a ella a medida que caminaban. Harris había mencionado una llamada telefónica y el dossier de Ripley había desaparecido. El instinto le decía que debía desconfiar. ¿Qué pasaría sin Ripley Davis resultaba no ser una doctora negligente? Quizá fuera ella la que estaba en peligro.

Su cerebro rechazó la idea inmediatamente, pero su corazón no estaba tan seguro. Lo que sí sabía era que jamás se perdonaría, si permitiera que hicieran daño a otra mujer mientras él prestaba atención a otras cosas.

—¡Rip!

Tansy Whitmore esperaba en la puerta de la sala y Cage pensó que tenía peor aspecto, incluso, que cuando la había visto esa misma mañana. Las ojeras y las arrugas de la frente daban a entender que había algo que angustiaba a la bella rubia. Cage se preguntó qué escondía la doctora Whitmore. Lo que él ya sabía.

—El cuerpo de Ida Mae está…

—¡Tansy! —la interrumpió Ripley, mirando de reojo a Cage. Evidentemente, las dos mujeres estaban en un bando y él en otro.

Entraron en la sala, la bofetada del olor fue fulminante. Muerte, ligeramente disimulada por un ambientador.

—Hola, jefe —Whistler estaba inclinado sobre el cuerpo y parecía no importarle el hedor. Al conocer al que iba a ser su ayudante, a Cage le pareció un poco extraño. Ahora estaba seguro de no haberse equivocado.

—¿Qué tenemos? —preguntó, sin acercarse a Whistler ni tampoco quedarse pegado a la pared como estaban las dos doctoras y la patóloga.

—Empezamos el análisis de radiación por el sótano, como usted ordenó. Ya sabe, barre el hospital de abajo a arriba.

—En el mensaje decía que había contaminación —lo interrumpió impaciente—. ¿Dónde está?

¿Y por qué demonios había radiación en el depósito de cadáveres?

—Aquí mismo —respondió Whistler, mirando al cuerpo, que asomaba parcialmente por la bolsa casi cerrada—. Esta mujer tiene más radiación que una central nuclear.

Pero…

—Entonces aléjese —ordenó Cage, tajantemente—. No lleva traje de protección, idiota —ahora comprendía por qué los otros parecían adheridos a la pared más lejana —. ¿Dónde está contaminada?

—¿Cómo que dónde, jefe? En todos sitios y no creo que sea de manera superficial —dijo, agarrando un detector Géiser portátil y pasándolo por encima del cuerpo.

El pitido de la máquina ahogó el sonido de la radio que había en la sala y el grito ahogado de Ripley. Cage la miró y en sus ojos vio el horror. Y, ¿culpabilidad? Ella miró a su amiga, haciendo un ostensible esfuerzo por ocultar sus emociones.

Estaba claro que eso era todo lo que obtendría de Ripley Davis. Sus prioridades eran obvias. Primero ella misma, después su departamento y por último el hospital. Los pacientes estarían quizá en un cuarto o quinto puesto.

Exactamente igual que todos los demás médicos de Oncología con los que había tratado en su vida.

Con una profunda decepción, Cage bajó la mirada a las notas de la patóloga. El nombre de la mujer le llamó la atención. Ida Mae Harris. Era la esposa del hombre que había atacado a Ripley el día anterior. ¿Coincidencia? Seguramente no. De pronto, las palabras de aquel tipo adquirieron un siniestro significado.

«La doctora Davis ha matado a mi esposa».

Cage volvió a mirar a Ripley. Resultaba difícil pensar que aquella esbelta mujer fuera una asesina, pero la vida le había enseñado que las muertes que se producían en los hospitales, no siempre eran fáciles de entender. A menudo había demasiados factores. Y demasiados errores. Repentinamente había pasado de víctima a sospechosa. Tenía que llamar a la Oficina de Protección Radiológica.

—Os necesitamos aquí, y rápido —anunció en cuanto contestaron al teléfono—. Hay que aislar el depósito de cadáveres y descontaminar todo lo que hay en él, además de deshacerse del cuerpo.

—¡No puede hacer eso!

Ripley se había movido hasta el centro de la habitación y tenía los puños apretados como si estuviera preparada para pelearse con él por el cuerpo. Los pechos se le levantaban con la fuerza de su respiración y Cage tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse afectar por la atracción sexual que amenazó con apoderarse de él, cuando ella se acercó un paso más.

—Claro que puedo hacerlo. Puede que Dixon haya utilizado el puesto de jefe de Protección para acosar a las doctoras que lo rechazaban, pero yo estoy aquí para velar por la seguridad de este hospital. Y eso incluye aislar cualquier objeto contaminado.

—No es un objeto —espetó Ripley, con furia—. Es el cuerpo de una mujer. Su nombre era Ida Mae Harris y su marido quiere saber por qué murió. ¿Se acuerda de él, Cage? ¿Va a decirle al señor Harris que no puede enterrar a su mujer porque está en un enorme bidón en el subsótano? ¿Va a decirle que no se le va a hacer la autopsia porque nos da miedo contaminarnos? A él no le importará nada de eso. Y, sinceramente, a mí tampoco. Quiero que se le haga la autopsia inmediatamente.

¿Por qué quería que se hiciera esa autopsia? Cage habría pensado que desearía que el cuerpo se enterrara o incinerara cuanto antes, pues esa era la manera más segura de cubrir el error. No entendía qué pretendía, tenía que tener alguna estrategia. Los médicos siempre actuaban siguiendo algún tipo de estrategia. Lo cierto era que tenía mucha razón en lo que decía. Por el bien de los pacientes y del hospital, tenían que encontrar el modo de examinar el cuerpo sin contaminarse. Estaba confundido.

¿De parte de quién estaba Ripley Davis?

—¿Qué le pasaba a la señora Harris? —interrumpió Whistler—. Aparte de lo obvio.

—Cáncer de mama —respondió Ripley—. Le habíamos quitado un pequeño tumor.

—¿Qué clase de radioterapia recibió? —intervino Cage pensando a toda prisa. Algunos métodos nuevos consistían en insertar material radiactivo en forma de semilla en el tumor durante un periodo de tiempo. Quizá la contaminación provenía de que no se hubiera retirado bien dicha semilla.

—Recibió dos ciclos en el A55 —la respuesta de Ripley le heló el corazón a Cage al recordar otro acelerador lineal. Y otra paciente. Heather. Su mujer se había sometido a un sencillo tratamiento de radiación, y había muerto pocos días después —. Pero eso no puede haber causado la contaminación. El acelerador aplica radiación al cuerpo, pero no deja rastro.

—Y eso no es todo, jefe —matizó Whistler, desde la otra punta de la sala—. Hay puntos de radiación por toda la habitación —sonrió a la patóloga, que parecía estar a punto de desmayarse. Sin embargo en el rostro de Whistler había una especie de fascinación que resultaba inquietante—. Apuesto a que aquí se han realizado autopsias a más cuerpos contaminados sin que nadie se haya dado ni cuenta.

—Dios. Ha sido terrible —una vez Tansy y ella estuvieron de vuelta en la sala de médicos del departamento, Ripley se dejó caer en el sofá y se cubrió la cara con las manos. No podía creer que el cuerpo de Ida Mae estuviera radiactivo. ¿Qué demonios había ocurrido? Había pasado tanto tiempo charlando con aquella mujer, como con el resto de sus pacientes. Hablaba con ellos, esperaba, agonizaba con ellos. Los quería mucho. Y ahora aquello… resultaba inconcebible.

—No hubo nada… raro en su tratamiento, ¿verdad, Ripley? —le preguntó Tansy desconcertada. Ella había estado en el extranjero y no había estado presente al comienzo del tratamiento de Ida Mae.

—Era de libro, Tansy. Te lo prometo. No tengo la menor idea de cómo ha podido suceder esto —admitió, apoyándose en el respaldo y levantando la mirada al techo—. Ni la menor idea. Maldita sea.

—¿Y qué me dices de los otros puntos de radiación que Whistler encontró en el depósito?

Eso era algo que había dejado a Ripley petrificada.

—Espero que haya sido un error. Si no, es que… —se quedó titubeando, sin atreverse a decir que eso significaría que había habido más cuerpos contaminados.

Respiró hondo. El Servicio de Oncología Radioterápica era su departamento, todo lo que ocurría en él era responsabilidad suya. Por tanto, era su obligación descubrir qué le había ocurrido a Ida Mae Harris. Eso sí, con la ayuda de Tansy.

Pero al bajar la mirada, vio que su amiga estaba quedándose dormida allí mismo.

—Tansy, pareces muy cansada —le susurró, con sincera preocupación—. ¿Por qué no te vas a casa? Mejor aún, llama a Dale y pídele que te lleve a casa y te meta en la cama —el doctor Dale Metcalf, especialista en enfermedades infecciosas, era el compañero de Tansy en las misiones en el extranjero. Y su amante. Aunque Ripley no creía en el triunfo del amor, parecía que Tansy y Dale estaban bastante cerca de él.

—Hemos roto.

—¿Que habéis qué? —Ripley miró a su amiga comprendiendo que el motivo de sus ojeras no podía ser únicamente su habitual insomnio—. ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Da igual —le impidió seguir preguntándole con un movimiento de manos—. Ahora no, por favor. Pero te voy a hacer caso en lo de tomarme libre el resto del día. Volveré el domingo.

—Muy bien —asintió Ripley, sabiendo que su amiga hablaría de sus problemas cuando estuviera preparada para hacerlo y no antes.

Eso quería decir que iba a tener que trabajar en el caso de Ida Mae ella sola. Tenía que haber alguna pista en los informes médicos.

—¿Doctora Rip? —dijo una voz jadeante desde la puerta.

Era Milo, acompañado por Belle, la voluntaria que lo había llevado hasta allí en la silla de ruedas.

—Liwy se ha ido a casa, pero Milo quería devolverle los rotuladores personalmente. ¿Los dejo en el armario? —Belle era una diminuta mujer de edad indeterminada, que llevaba siglos trabajando en el Boston General como voluntaria. Desde que su padre había muerto el año anterior, dejándole una buena herencia, había empezado a pasar cada vez más tiempo en el hospital. Ahora repartía su tiempo entre sus pacientes preferidos y la capilla del centro.

—Gracias, Belle.

Antes de que voluntaria y paciente hubieran salido de la sala, el niño ya se había quedado profundamente dormido.

—Me preocupa —le dijo Ripley a su amiga, pues llevaba días pensando que la quimioterapia y la radioterapia estaba haciéndole más daño al muchacho que al cáncer. Estaba demasiado cansado, y la prolongada ausencia de su familia no ayudaba mucho a subirle el ánimo. Si ella tuviera un niño tan encantador como aquél…

—Ahora, debería preocuparle más su A55, doctora Davis —otra vez aquella voz profunda, aunque lo que la hizo sobresaltarse esa vez fue la mano que le puso en el hombro.

—¡Cage! —Ripley estaba tan concentrada, pensando en su paciente, que ni siquiera se había dado cuenta de la marcha de Tansy o de la llegada del jefe de Protección Radiológica. El susto era el culpable de que el corazón estuviera a punto de salírsele del pecho, al menos eso se dijo a sí misma, sin querer admitir que el roce de su mano había hecho que le ardiera la piel. Entonces pensó en lo que acababa de decirle y la sorpresa se transformó en enfado, tanto por su despreocupación por el muchacho, como por lo que había insinuado—. ¿Por qué debería preocuparme por el acelerador? Usted mismo lo revisó esta mañana. Está en perfectas condiciones.

—Una paciente a la que usted le dio radiación está muerta y su cuerpo está contaminado. Creo que es motivo más que suficiente para preocuparse.

No era justo que aquel hombre fuera tan atractivo, pensó Ripley al levantar la vista y encontrarse con su rostro ensombrecido por la barba de tres días. Estaba amenazándola y sin embargo había algo en él que le resultaba completamente cautivador. Quizá fuera el brillo triste de sus ojos, que la hacía preguntarse una vez más qué le habría pasado que lo había hecho odiar tanto a los médicos a pesar de trabajar en hospitales. ¿A quién habría perdido que lo había dejado tan asustado?

«¿Por qué?» Pensó alarmada. «¿Estás tratando de idealizarlo y él se comporta como un cretino?»

—Claro que estoy preocupada por la radiación que recibió Ida Mae —respondió por fin en voz alta. Él no tenía la menor idea de lo preocupada que estaba, igual que no sabía que Ida Mae no debía haber muerto—. Pero no entiendo la relación que tiene eso con el acelerador lineal.

—Esa máquina ya ha matado antes.

Tan rotunda afirmación sobresaltó a Ripley, seguramente por la amenaza que llevaba implícita. El destello de una idea apareció en su mente provocado por el dolor que percibía en él.

—Es cierto —respondió con cautela—. Pero la última demanda se resolvió hace ya muchos años. La tecnología ha mejorado mucho, el acelerador lineal ya no deja rastro. ¿De verdad cree que la máquina podría provocar el índice de radiación que demostraba el detector Géiser?

Tenía que reconocerle algo, se quedó pensando unos segundos antes de que sus hombros se relajaran una décima de segundo y respondiera:

—No, no lo creo.

—Lo que significa que lo que la contaminó no fue el tratamiento —era un pequeño avance, pero todavía quedaban dos preguntas importantes. ¿Qué la había matado y qué había contaminado su cuerpo?

—Bueno, en ese caso —comenzó a decir Cage, con más calma—, si estamos de acuerdo en que el A55 no deja rastro radiactivo, tendremos que asumir que la señora Harris recibió esa radiación por medio de algo que se le inyectó o se le dio de comer.

La conclusión era aterradora, pensó Ripley con un escalofrío.

—Supongo que mañana sabremos algo más, cuando su laboratorio haya hecho los análisis preliminares —y se dispuso a cambiar de tema—. Entonces va a permitirnos que realicemos la autopsia, ¿verdad? Si no fue la radiactividad lo que la mató, tendremos que averiguar qué fue.

Cage la miró de refilón.

—¿Preocupada? ¿Acaso empieza a pasársele por la cabeza la posibilidad de que la demanden?

—A pesar de lo que usted crea, no todos los médicos están obsesionados con salir airosos de cualquier situación. Algunos hasta nos preocupamos por hacer todo lo que podemos por nuestros pacientes —añadió con firmeza—. Sí, estoy preocupada. Terriblemente preocupada. Pero el envenenamiento por radiación es un proceso muy lento y la señora Harris no había mostrado ningún síntoma. Por tanto, no fue la radiación lo que la mató.

Cage emitió un sonido que podría interpretarse como un rugido o como una maldición y acto seguido se puso a caminar de un lado a otro de la habitación.

—¿Quiere decir que no importa que estuviera contaminada porque no fue de eso de lo que murió? ¿Ya no debemos preocuparnos por eso?

—¡Eso no es ni mucho menos lo que yo he dicho! ¡No ponga palabras en mi boca! —ahora estaba verdaderamente enfadada—. ¿Tengo pinta de querer esconder lo que ha ocurrido debajo de la alfombra? ¿Acaso me ve fingir que no ha ocurrido nada? No, me importa mucho lo que le haya sucedido a mi paciente y voy a averiguarlo, aunque sea lo último que haga.

—Permítame que me resulte difícil de creer —replicó, pero no la miraba a ella, sino al cartel de la Unidad de Oncología Radioterápica, que se podía ver a través de la puerta de cristal—. Ustedes son todos iguales. Lo primero es el dinero, después el prestigio y lo último los pacientes.

Ripley respiró hondo preparándose a atacar, pero algo en él la detuvo. Tenía la respiración entrecortada y los puños cerrados, como si estuviera a punto de golpear a alguien. Y el dolor que había en su rostro era el de alguien que hubiera estado perdido mucho, mucho tiempo.

De pronto le recordó a Milo.

Atravesó la habitación hasta llegar a su lado y le puso una mano en el hombro.

—Siento mucho lo que le sucedió, Cage. Sea lo que sea. Quizá tenga un buen motivo para pensar de ese modo, pero no es justo. Yo soy una buena profesional y no lo hago ni por el dinero ni por la fama. Estoy aquí para ayudar a la gente. No tiene derecho a culparme por ello ni a tergiversar lo que digo.

Cage levantó la mano y la dejó a sólo unos centímetros de la de ella, como si fuera a devolverle la caricia. Después la dejó caer y se alejó de Ripley.

—Le pido disculpas, doctora Davis —en el reflejo de la puerta, Ripley podía ver cómo apretaba la mandíbula y después se ponía recto—. Ha sido muy poco profesional por mi parte, tiene razón. Tenemos que trabajar juntos para averiguar qué pasó con Ida Mae Harris.

—Eso no era lo que yo…

—Si me deja una copia de su informe, lo estudiaré esta noche —sugirió él, sin darle ocasión de continuar.

Ripley no sabía qué decir. Por un momento, había creído ver tristeza y soledad en lo más profundo de aquellos feroces ojos, pero debía de haber sido su imaginación. El hombre que tenía frente a ella daba la impresión de no haber tenido un momento de debilidad en toda su vida. De hecho, en ese instante Cage le recordaba enormemente a su padre, la persona más dura, dominante y correcta sobre la faz de la tierra. La comparación hizo desaparecer inmediatamente la lástima que había llegado a sentir por él.

—Ahora mismo se lo traigo —«y así podrá salir de mi vista».

Cuando él se hubo marchado, Ripley se quedó sentada en su despacho unos cinco minutos, tratando de recuperar la calma. Pero cuando dejó de estar furiosa, se dio cuenta de que se sentía vacía y sola.

Estaba pensando en que todavía le dolía el brazo donde la había agarrado Harris el día anterior, cuando oyó unos pasos en el pasillo y sintió un escalofrío.

—No debería haber echado a Cage —dijo en voz alta en mitad del silencio—. Estar exasperada es mejor que esto —sus palabras parecían desaparecer en cuanto salían de su boca pues no había el más mínimo eco, pero creyó volver a notar movimiento fuera del despacho—. ¿Hola? —preguntó, desesperada por ver a otro ser humano—. ¿Hay alguien ahí? —volvió a decir asomándose al pasillo. Todo estaba desierto, pero la puerta del cuarto de los productos de limpieza estaba entreabierta—. ¿Hola? —preguntó de nuevo dirigiéndose al cuarto—. Señor Frank… ¿está usted ahí?

Normalmente, los de la limpieza tenían turno de noche, pero quizá ese día alguien había empezado más temprano. Ripley estaba tan inquieta por las malas vibraciones que percibía en su despacho, que hasta el hombre de la limpieza sería una compañía agradable.

Echó un vistazo al interior del cuarto, la luz estaba encendida.

—¿Señor Frank? —repitió, aunque era evidente que el lugar estaba vacío. Se disponía a dar media vuelta para marcharse cuando notó un silbido y una ráfaga de algún olor desagradable que la llevó hasta el rincón. Se agachó y trató de encontrar el origen del repentino olor—. Señor Frank —lo llamó al identificar la procedencia—. ¡Uno de estos botes está goteando!

Pero la única respuesta que obtuvo fue un ligero ruido que la dejó paralizada. Se dio la vuelta y miró a la puerta.

Estaba cerrada.

El silbido se hizo caza vez más fuerte y le pareció ver una nube de vapor alrededor de la bombilla del techo. El olor empeoraba. Le lloraban los ojos y le ardía la garganta. Agarró el picaporte y trató de girarlo, pero no se movió. Se quedó mirándolo asustada. Enseguida comenzó a toser.

—¡Socorro! —gritó con pánico—. Aquí hay gas. Abran la puerta —siguió intentando mover el picaporte mientras las lágrimas le recorrían el rostro—. ¿Señor Frank? —dijo cuando creyó oír unos pasos—. ¿Hay alguien ahí? ¡Abran la puerta!

Pegó la cara a la madera, pero no oía nada más que el terrible silbido.

Tenía que hacer algo. Fue hasta el fondo del cuarto, detrás de los cubos había un bote tirado del que salía un líquido, era lejía que estaba cayendo sobre un charco procedente de otro bote que contenía amoníaco, formando un vapor amarillento y burbujeante.

¡Eran cloraminas! Tenía que salir de allí.

A pesar de que empezaba a encontrarse débil por el vapor que estaba aspirando, Ripley reaccionó inmediatamente. Agarró una escoba y comenzó a golpear la puerta.

—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Déjenme salir! —tomó aire para volver a gritar, pero sintió que se asfixiaba.

Le dolía la garganta al respirar y los ojos le picaban, incluso cerrados. Necesitaba oxígeno. Se agachó y trató de respirar el aire que se colaba por debajo de la puerta, pero la rendija era demasiado pequeña. Poniéndose la bata sobre la boca y la nariz, fue hasta el rincón y levantó el bote de lejía del charco de amoníaco, pero tenía las manos entumecidas por efecto del gas y se le escurrió el bote. El líquido que se derramó cayó en el charco provocando una reacción instantánea.

La nube de vapor la empujó contra la puerta y la dejó en el suelo sin fuerzas para moverse.

—Ayuda. Que alguien me ayude por favor —dijo, golpeando suavemente la puerta cuando la visión comenzaba a nublársele.

Creyó oír más pasos fuera.

Después no oyó nada más.