Objetivo principal
Capítulo 14
Cage no dejaba de pensar que debería haber ido con ella.
—¿Dónde está la doctora Davis? —le preguntó Gabney entre dientes—. El presidente del comité quiere hablar de la Unidad de Oncología.
—Ha ido a comprar un refresco —mintió Cage—. Volverá enseguida.
—Más le vale, si no es así, cancelaré el trato —amenazó el director con una falsa sonrisa dibujada en el rostro—. ¿Entendido? Mientras esperamos que ella vuelva, puede acompañarme usted y alabar un poco el funcionamiento de nuestro hospital. El partido es tan emocionante como tejer y los miembros del comité se están aburriendo.
Cage se salvó de tener que responder gracias al sonido de su teléfono, y contestó rápidamente con la esperanza de que fuera Ripley con buenas noticias sobre Milo.
—¿Sí?
—Señor Cage, soy George Dixon.
El mal presentimiento de Cage se agudizó.
—¿Ha recordado algo del día que encontró el material radiactivo? —le preguntó en un susurro, dándole la espalda a Gabney.
—No, es sobre otro día —Dixon hizo una pausa y respiró hondo como si acabara de tomar una decisión difícil—. Ésa no era la primera vez que encontraba material radiactivo en lugares que no correspondían. Hubo otra vez, unos tres meses antes.
Una furia desbordada invadió a Cage.
—¿Y no se lo dijo a nadie?
—Se lo conté a Gabney y me dijo que lo investigaría.
Cage miró de refilón al director del hospital, que parecía que ya llevaba algún tiempo jugando sucio.
—¿Dónde lo encontró aquella vez, en el cuarto de la limpieza también?
—No, eso es lo más curioso. Estaba examinando todo el centro, antes de una inspección oficial, y encontré material radiactivo en la capilla.
Un sudor frío cubrió el cuerpo de Cage. Ripley había creído ver a alguien en la capilla y no se había equivocado. Además encajaba con el mensaje que habían dejado junto a la rosa de cristal: «No interfiera en el trabajo del Señor».
El padre de Whistler había sido pastor hasta poco antes de la muerte de la madre. ¿Habría alguna relación?
Entonces recordó algo que había dicho Whistler sobre las enfermeras que habían estado en el pasillo aquel día: «… esa bajita que siempre está con su novio». Cage había dado por hecho que se refería a Tansy, pero Dixon había dejado muy claro que las enfermeras «no eran guapas».
Tenía que salir de allí. Una vez en el taxi, marcó un número de teléfono frenéticamente.
—¡Contesta! Vamos… ¡contesta! —no hubo respuesta en la habitación de Howard y en el teléfono de Ripley le salió directamente el contestador. El miedo lo dejó paralizado al oír la grabación de su voz. Ripley nunca desconectaba su teléfono.
—Más rápido, por favor —le suplicó al taxista.
En cuanto alcanzaron la puerta del hospital, Cage le tiró un billete al conductor y salió del vehículo antes de que se hubiera detenido del todo. Atravesó el vestíbulo y se paro frente a la fuente. La UCI de Cardiología estaba a un lado, al otro la Unidad de Oncología Radioterápica.
Belle los había oído mencionar que Howard llamaría a la policía cuando estaban en el aparcamiento. Eso lo convertía en claro objetivo, además estaba indefenso, atrapado en la cama.
Pero Ripley también estaba en peligro y Cage no podía perderla.
—¿Señor Cage? —era el jefe de seguridad, que lo había alcanzado en el pasillo y que le hizo sentir levemente aliviado.
—Mike, necesito que localice a Whistler. Dígale que venga a…
El corpulento vigilante parecía avergonzado.
—Lo siento mucho, señor Cage. Pero tengo que pedirle que me entregue su identificación y sus tarjetas de paso —le dijo impidiéndole el paso con una mano, fue entonces cuando Cage vio a los otros guardias de seguridad que iban hacia él.
«Maldita sea». Leo había llamado.
Cage extendió las manos en señal de paz a pesar de que su corazón le gritaba «¡Corre! Ripley está en peligro y te necesita.
Ya le había fallado a Heather. No iba a fallarle a Ripley.
—No me hagas eso, Mike. La doctora Davis y su padre están en serio peligro. Necesito que me ayude. Al menos haga como que no me ha visto.
—No puedo hacer eso, señor Cage. Las órdenes me vienen de arriba. Si le dejo entrar, perderé mi trabajo. Vamos, entrégueme sus cosas.
Cage dio un paso atrás consciente de la indecisión de aquellos hombres con los que había tomado café en varias ocasiones.
—Mañana a estas horas, será Leo Gabney el que haya perdido su empleo, Mike, y tú estarás justo detrás de él en la fila de la oficina de empleo si me haces esto —se lanzaron una dura mirada el uno al otro hasta que Cage acabó por explotar—. ¡Maldita sea! Tú mismo dices que Gabney es un miserable al que sólo le importa el dinero, ¿por qué te pones de su parte? ¡Vamos! Si no me ayudas, morirá gente.
—Lo siento, señor Cage —pero había un brillo extraño en sus ojos—. Voy a contar hasta tres, si no me da la identificación y las tarjetas, nos veremos obligados a detenerlo —amenazó mirando hacia los ascensores—. Uno…
Cage se dio media vuelta y echó a correr.
—Dos…
Apretó el botón del ascensor deseando que las escaleras estuvieran cerradas.
—Tres…
Las puertas se abrieron y Cage entró. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que aquellos ascensores subían al ala oeste del hospital, no a la Este , por tanto sólo podía ir a Cardiología, pero no a Oncología.
—¡Deténganlo!
Los guardias de seguridad alcanzaron el ascensor justo cuando las puertas se cerraban y Cage presionaba el botón que lo llevaría a Cardiología. Se aseguraría de que Howard estaba bien y después encontraría a Ripley.
Sólo podía rezar para llegar a tiempo. Esa vez no podía fallar a la mujer que amaba. No podía.
Ripley no podía moverse, pero todavía no sabía si importaba. Había una luz por encima de ella, el resto estaba borroso. ¿Estaba muerta? La duda la llenó de resentimiento.
Iba a abandonar a Cage ahora que acababa de encontrarlo. Nunca sabría cuánto deseaba que se quedara en el Boston General porque ella nunca le había pedido que lo hiciera.
Alguien estaba lloriqueando y Ripley tardó unos segundos en darse cuenta de que era ella. Quizá sí estaba viva. Quizá le quedara una oportunidad para pedirle a Cage que se quedara a su lado. Que la amara.
Cuando intentó enfocar la vista, la luz se le clavó en los ojos como un puñal y la hizo girar la cabeza. Un intenso dolor la invadió amenazando con hacerle perder el conocimiento de nuevo.
—¡Dios! —intentó agarrarse la cabeza, pero no podía mover las manos. Poco a poco las imágenes comenzaron a tomar forma. Estaba tumbada sobre una superficie dura y tenía unas correas sobre el pecho y los tobillos. Le dolía mucho la parte de atrás de la cabeza, aunque podía soportarlo si no se movía ni abría los ojos. Pero así no llegaría a ninguna parte.
Abrió un párpado y examinó la habitación a pesar de los pinchazos de dolor que le recorrían la cabeza y el cuello. Alguien la había golpeado, ahora lo recordaba. Había ido a la habitación de Milo y allí había recibido el golpe. ¡Milo! No estaba en su cama, ¿dónde estaría?
¿Y dónde estaba ella? El miedo se hizo aún más intenso que el dolor cuando reconoció el lugar. Era la sala de radioterapia. Estaba tumbada sobre la mesa metálica bajo un acelerador lineal A55 igual al que había matado a la esposa de Cage.
—¡Dios mío! —el terror hizo desaparecer el dolor en un abrir y cerrar de ojos—. ¡Socorro! ¡Cage, ayúdame! —comenzó a moverse para intentar aflojar las correas que la ataban a la mesa.
—¿Qué ocurre?
Ripley no había oído el ruido de la puerta al abrirse, pero se volvió inmediatamente al oír aquella voz suave.
—¡Belle! Gracias a Dios que está aquí. Rápido, ayúdeme a desatar esto. Luego se lo explicaré.
La pequeña mujer que, de pronto no parecía tan mayor como siempre la había visto, se acercó a la mesa sonriendo.
—¿Qué tenemos aquí? Esto se ha aflojado un poco y eso no está bien, ¿verdad, doctora Davis?
—¿Qué? —atontada por el dolor y los golpes, Ripley observó sin comprender nada cómo Belle apretaba las correas.
—Usted normalmente utiliza esas endebles correas, pero yo prefiero éstas de plástico duro, ¿no le parecen mucho más resistentes? —preguntó acariciando las ataduras—. No podemos permitir que se escape, ¿no cree?
—¡Belle! ¿Qué está diciendo? ¿Por qué? —el miedo hacía que Ripley tuviera la atención dividida entre aquella mujer y el artilugio que tenía sobre ella, acechándola como un enorme buitre metálico.
—Porque se empeñó en investigar la muerte de Ida Mae, por eso —respondió con una voz que nada tenía que ver con la de la Belle que ella conocía—. Todo estaba yendo muy bien hasta ese momento. Yo estaba haciendo mi trabajo y usted el suyo. ¿Por qué tuvo que meter las narices en mi trabajo? ¿Por qué? El índice de muertes del departamento seguía por debajo de la media, ¿qué importaba que yo ayudara a algunas almas necesitadas a encontrar la recompensa final? No hacía daño a nadie.
—¿Y a las pacientes? ¿No les hacía daño a ellas? —respondió Ripley tratando de relacionar a la maternal voluntaria que conocía con la mujer que veía ahora dirigirse al ordenador que controlaba el acelerador.
—No les hacía daño —insistió Belle violentamente—. Las estaba salvando de una agonía larga y dolorosa. Del dolor y la soledad de la muerte. Así es como termina siempre —sus dedos volaban sobre el teclado con una soltura que hizo que Ripley se preguntara cómo habría aprendido a manejar el ordenador—. Resulta irónico, ¿no cree? —dijo de pronto, volviéndose a mirarla con una sonrisa en los labios—. Al principio tenía pensado matarla con el tallo de una de esas rosas de cristal. Me pareció poético y haría que todo el mundo sospechara del marido de Ida Mae, o de Whistler. Es un tipo muy raro ese técnico. El hospital estaría mejor sin él.
—No lo haga, Belle —suplicó Ripley al ver que el brazo metálico del acelerador comenzaba a moverse sobre su cuerpo.
—Pero cuando conocí la historia de Cage y vi lo que sentía por usted, pensé que esto sería mucho más apropiado —el ordenador emitió un zumbido—. Es muy sencillo si se leen las instrucciones detenidamente —volvió a sonreír y entonces Ripley vio la locura reflejada en su rostro—. Cuando les oí hablar de su pequeño golpe de estado esta mañana, supe que tenía que actuar. Anoche fallé con la moto, pero hoy no lo haré con esta maquinita —aseguró, dándole unas palmaditas al ordenador—. A papá nunca le pareció bien que las mujeres estudiaran, dijo que eso las hacía creer que estaban por encima de la labor que el Señor les había encomendado. Pero al final me dejó hacer algunos cursos para que algún día pudiera trabajar de secretaria o de enfermera.
Sonrió una vez más mientras la máquina se calentaba.
—Poco antes de morir, papá llegó a comprender que yo estaba haciendo el trabajo del Señor aquí, y murió feliz —entonces miró a Ripley y frunció el ceño—. Sin embargo usted no entiende mi misión. Creí que lo haría, usted es médico, debería comprender que hay que ayudar a la gente a que no sufra, pero no lo entiende. Por eso tiene que desaparecer. Si no, acabará estropeándolo todo.
—No lo haga, Belle —advirtió Ripley—. Si me mata, Cage la encontrará, la hará pedazos y le entregará los restos a mi padre. Tiene que haber otra manera de solucionar todo esto. Suélteme y la protegeré de ellos, se lo prometo. Nos encargaremos de todo y le conseguiremos ayuda. Suélteme, Belle.
—Me parece que no, querida. Ellos no me preocupan. Ya me he encargado de su padre y tengo algo preparado especialmente para Cage. El Señor me ayudará a continuar con mi misión.
Belle apretó una última tecla que hizo que se abriera el ojo de buitre del acelerador lineal A55.
—Si tiene alguna oración, éste es un buen momento.
Cage llegó corriendo a la UCI de Cardiología y lo primero que vio fue que el puesto de enfermeras estaba desierto. Después se encontró con que la puerta de la habitación de Howard estaba cerrada con llave.
—Maldita sea.
El miedo se apoderaba de él y no dejaba de preguntarse si habría llegado tarde. ¿Estaría Belle esperándolo dentro o se habría ido ya? Intentó mirar por la ventana que daba al pasillo, pero estaba tapada por un enorme cartel que advertía del peligro de radiación. ¿Sería una broma siniestra de Belle?
Maldijo una vez más y después decidió arriesgarse. Golpeó la puerta con el hombro infligiéndose un dolor inaguantable y sin conseguir ningún resultado. Acto seguido pateó el picaporte con furia hasta que por fin cedió.
¿Dónde estaban las enfermeras? Debería haber al menos dos de servicio y alguien debería haber acudido al oír el ruido que estaba haciendo. A menos que no pudieran acudir, pensó mientras imaginaba a las enfermeras atadas y amordazadas en algún lugar.
—¿Belle? ¿Señor Davis? —Cage entró en la habitación con el corazón en un puño—. ¿Señor Davis? ¿Howard? —gritó rezando por obtener una respuesta.
De pronto escuchó un ruido tras la puerta cerrada del baño.
La abrió de una patada y se encontró con Howard Davis, vestido y listo para la reunión del consejo; pero atado al inodoro, con una cinta tapándole la boca y una vía por la que Belle le había inyectado un líquido marrón verdoso procedente de una bolsa que estaba ya a la mitad.
—Esto le va a doler —le avisó antes de retirar la aguja que tenía metida en la vena—. ¿Está bien? —con un juramento de desesperación, le retiró la cinta adhesiva de la boca y lo desató—. ¡Howard! ¿Está usted bien?
—No, no estoy bien —tenía la voz débil, pero seguía resultando autoritaria—. Una voluntaria me dio las medicinas y lo siguiente que recuerdo es que desperté atado al inodoro y con un líquido repugnante entrándome por la vena. ¿Cómo le parece que me encuentro?
—No se preocupe, señor. Tengo que llevarlo a un sitio seguro y después debo ir a buscar a Ripley —lo levantó y lo llevó hacia la puerta mientras se preguntaba cómo alguien tan bajito como Belle habría conseguido arrastrarlo hasta el baño.
La adrenalina, recordó de pronto, podía hacer que una madre levantara un coche que tuviera atrapado a su hijo, así que seguramente también podía conseguir cosas más siniestras.
—¿Por qué tienes que ir a buscarla? ¿Es que no está contigo? —preguntó Howard, mirando hacia todos lados—. ¿Dónde demonios está? —se agarró el brazo izquierdo con fuerza—. ¿Está sola con esa mujer por ahí suelta? ¿Cómo lo has permitido, Cage?
—Yo…
—¡Quieto!
Aunque sabía que no llevaban armas, Cage se quedó momentáneamente paralizado por la llegada de tantos hombres de uniforme.
—Aléjese del paciente, señor Cage —ordenó Mike—. Y acompáñenos. El señor Gabney viene hacia aquí y quiere hablar con usted.
—Gabney se puede ir al infierno —espetó Howard quitándole a Cage las palabras de la boca—. ¿Sabe quién soy?
—Sí, señor —respondió Mike—. Y sentimos mucho que lo hayan molestado.
—¿Les gusta su empleo?
Los vigilantes asintieron al unísono.
—Bien. Pues si quieren conservarlo, vayan con Cage y encuentren a mi hija. Si le pasa algo, los despediré a todos, ¿entendido?
Cage ya había salido por la puerta antes del último «Sí, señor». Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde.
—Belle, no tienes por qué hacerlo —Belle estaba peleándose con el ordenador y Ripley hizo un esfuerzo por parecer tranquila mientras intentaba sacar el tallo de cristal de su bolsillo sin que Belle la viera. Cuando lo consiguió, lo movió adelante y atrás sobre la correa que le cruzaba el pecho. Adelante y atrás. Adelante y atrás.
—Este estúpido ordenador… ¡ah! Ya lo tengo. No se preocupe, lo he programado para que le lance un rayo de alta intensidad directo al corazón. No morirá tan lentamente como lo hizo la pobre mujer de Cage. Usted me cae demasiado bien como para hacerle algo así —el acelerador, que se había quedado mudo hacía unos minutos, volvió a rugir con fuerza. Belle sonrió serenamente—. Pero por mucho que usted me guste, doctora Davis, no puedo permitir que se interponga en mi misión. Lo entiende, ¿verdad? Claro que, ahora que lo pienso, seguramente ustedes los médicos no vean mi trabajo con buenos ojos. Ustedes sólo ven las estadísticas y se olvidan de los pacientes. No tiene ni idea de lo duro que es para ellas cuando vuelven a casa con su marido y sus hijos sin pelo y con una enorme cicatriz donde antes solía haber un pecho.
Se puso en pie y se acercó a la mesa donde estaba tumbada Ripley, que seguía tratando de cortar la correa. El tallo de cristal se hundió en su dedo, pero ella ocultó el dolor mientras decía:
—La mastectomía completa es cada vez menos usual —«distráela, sigue hablando para mantenerla distraída», aquellas instrucciones eran lo único que hacían que Ripley no gritara.
—Pero entonces no era así —siguió contando Belle—. No cuando mi madre se puso enferma —volvió junto al ordenador, pero no se sentó—. Mi padre no podía ni mirarla. Ella había sido tan bella, pero él le dijo que después de la operación y de la quimio estaba espantosa. Le dijo que nunca habría tenido cáncer si hubiera sido mejor esposa, mejor persona. El Señor la había abandonado. Y cuando volvió a caer enferma, le dijo que rezara —se dirigió a ella de nuevo—. ¿Usted reza, doctora Davis?
—No tanto como debería —Ripley cortó con fuerza, los dedos le resbalaban en su propia sangre, pero la correa comenzaba a ceder—. Siento mucho que su madre muriera, Belle.
—Yo no —dijo con una crueldad que no concordaba con su rostro angelical—. Al final, ella deseaba morir. Me dijo que habría sido mejor que hubiera muerto en el hospital la primera vez, cuando todavía era bella. Mi padre y yo solíamos visitarla y se ponía muy contenta al vernos. Era tan guapa y yo la quería tanto. Siempre deseó haber muerto antes, cuando todavía estaba en paz.
Ripley recordó a las seis mujeres fallecidas cuando esperaban conocer a su nieta o celebrar su aniversario. Todas ellas habían muerto porque eran felices. Dios, Belle estaba salvando a su madre una y otra vez.
—Pero ¿por qué con radiactividad, Belle? —preguntó para no dejarse llevar por el dolor de los cortes que se estaba haciendo en el dedo. Tenía que distraerla para poder liberarse y salvar a su padre. Y volver con Cage.
Tenía que decirle que lo amaba.
—¿Por qué contaminar sus cuerpos si eso haría que resultara más fácil descubrirlo?
Los ojos azules de Belle se clavaron en ella, como si estuviera juzgándola y descubriendo sus imperfecciones.
—Las marqué para que las reconocieran a las puertas del paraíso. Mi padre siempre decía que Dios había olvidado a mi madre. Yo no quería que eso les sucediese a mis pacientes preferidas —respondió con calma antes de volver a sentarse al teclado.
El ojo del buitre cambió de rojo a amarillo, indicando que el acelerador estaba casi listo. Ripley se sobresaltó al verlo y el cristal se le escurrió de los dedos, cayendo al suelo con un incómodo tintineo.
—¿Quién eres? —susurró Ripley mirando a la mujer que creía conocer.
—Soy tu salvadora —respondió Belle por encima del zumbido del acelerador—. Todos los hombres son malos. Cage no habría tardado en abandonarte, como abandonó a su esposa. Lo sabes tan bien como yo. Ahora no tendrás que pasar por tanto dolor. Morirás como su mujer y él recibirá su castigo, sabiendo que te falló igual que le falló a… como se llamara.
—Heather —añadió Ripley con los labios repentinamente cerrados—. Se llamaba Heather.
Frente a ella, el ojo del buitre cambió del amarillo al verde.
Cage y los guardias de seguridad recorrieron el pasillo hasta llegar a la capilla, donde se quedaron confundidos al ver que la puerta se abría y que, al hacerlo, caía a sus pies un cuerpo pequeño y débil.
—¡Milo! —Cage se arrodilló a su lado—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está tu silla?
—Belle me dejó detrás del altar y me dijo que me quedara ahí —respondió el chico con la voz más fuerte que nunca—. Estaba muy rara, me ha dado miedo. Me ha dejado el bate de béisbol, pero se ha llevado la silla de ruedas para que no pudiera ir a ningún lado. Y no dejaba de hablar de la doctora Rip, ¡creo que quiere hacerle daño, señor Cage! ¡Tiene que ayudarla!
Cage levantó a Milo del suelo y se lo dio al guardia más cercano.
—Cuida de él. Voy a buscar a la doctora Rip, ¿de acuerdo? —le preguntó al niño y después agarró el bate—. Y me llevo esto.
—Espere —dijo sacando algo blanco del bolsillo—. Para que tenga suerte.
Cage aceptó la pelota y asintió. El tacto de la pelota en su mano le dio una sensación de calma que casi había olvidado.
—Gracias, muchacho. Lo has hecho muy bien, la doctora Rip estará muy orgullosa.
El rostro de Milo se cubrió de un maravilloso rubor que borró parte de su extrema palidez.
Cage continuó por el pasillo acompañado del resto de los guardias y, al llegar a la entrada de la Unidad de Oncología, se detuvo.
—Quedaos aquí y esperad a mi señal —esperó hasta que todos los guardias asintieran antes de escabullirse hacia los despachos, con cuidado de no sobrepasar la altura de las ventanas.
La puerta estrecha que conducía al vestíbulo que había entre los despachos y el gran número de salas que daban a dicho vestíbulo, hacían que resultara muy difícil intentar un ataque frontal. La única alternativa era entretener a Belle hasta que llegara la policía. Con sus armas.
Cage se negaba a pensar siquiera en la posibilidad de que fuera ya demasiado tarde. Ripley tenía que estar bien.
La puerta del despacho de Ripley estaba abierta y eso le daba miedo porque significaba que Belle ya se había marchado, o que estaba esperándolo. Estirándose todo lo que pudo, Cage decidió entrar en el despacho con el bate en posición de ataque.
No había nadie. Estaba a punto de probar en el despacho contiguo, cuando oyó un zumbido que le pareció conocido.
Alguien estaba poniendo en marcha el A55.
Con todos los músculos del cuerpo tensos como las cuerdas de una guitarra, Cage divisó la sala de radioterapia y se dio cuenta de que no iba a tener tiempo. Belle estaba dándole la espalda, sentada al teclado del ordenador. Ripley estaba atada a la mesa metálica bajo el láser gigante y siniestro.
Una vez que la secuencia programada se ponía en funcionamiento, no se podía parar. Aunque recorriera el pasillo a toda velocidad y retirara a Belle de los mandos, no tendría tiempo de evitar que el acelerador lanzara sus partículas al cuerpo de Ripley.
La maquina estaba perfectamente protegida para garantizar la seguridad de los que la operaban. Pero quizá…
Se detuvo en mitad del vestíbulo. Ni Belle ni Ripley lo habían visto, las dos tenían toda la atención puesta en el A55; una con regocijo y la otra con horror. Se quedó mirando a la máquina y borró todo de su mente salvo el pequeño puerto circular que había junto a la luz verde. Aquél era el punto débil del acelerador, gracias a las innumerables horas de investigación, sabía que con un solo golpe en ese lugar, podía inutilizar el A55. Quizá.
Cage tocó la bola de béisbol. «Para que tenga suerte», le había dicho Milo. Y en un movimiento que había practicado miles de veces siendo un niño y un millón más como adulto, golpeó la bola con el bate tan fuerte como pudo y en dirección a la imaginaria zona de strike. Vio cómo la pelota volaba y se alejaba irremediablemente del A55.
Ripley oyó un golpe y vio pasar por encima de ella una pelota de béisbol. El corazón le dio un vuelco con una oleada repentina de esperanza.
«¡Cage!»
Belle también oyó el ruido. Agarró algo que había detrás del ordenador y se dirigió hacia la puerta con una sonrisa salvaje en los labios. Ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, el acelerador lineal estaba preparado para disparar… directo al corazón de Ripley.
—¡Cage! ¡Ayúdame! —sacudió el cuerpo de manera compulsiva y entonces sintió cómo la correa medio cortada cedía. Se movió aún con más fuerza hasta que el plástico se rasgó del todo, permitiéndole inclinarse hacia un lado.
El láser golpeó la mesa metálica a sólo unos centímetros de su cuerpo.
—¡Ripley! —Cage corrió a su encuentro y tuvo que agacharse cuando Belle intentó alcanzarlo.
En la mano llevaba una jeringuilla con un líquido claro que quizá no fuera nada más que agua, pero algo le hacía creer a Ripley que se trataba de algo mucho más dañino.
—No dejes que te toque con eso —le gritó, mientras se peleaba con la correa que seguía inmovilizándole los tobillos.
Belle debía de haber programado el acelerador de modo repetitivo pues el disparo se repetía cada diez segundos, aunque resultaba inofensivo siempre que se mantuviera fuera de su alcance.
—Espera, Belle —le pidió Cage, dejando el bate en el suelo y extendiendo las manos hacia adelante—. No voy armado y no voy a hacerte daño. No queremos hacerte daño, sólo queremos que alguien te ayude.
—¿Es que no lo entiende? —preguntó Belle furibunda—. No necesito ayuda. Soy yo la que ayuda a los demás. Estoy haciendo que esas mujeres continúen siendo felices. Todo iba bien hasta que la doctora Davis comenzó a desconfiar —apretó la parte inferior de la jeringuilla con el dedo pulgar haciendo que saliera una sola gota.
No era nada radiactivo, pensó Ripley, quizá fuera adrenalina pura, algo más que suficiente para parar el corazón de un hombre adulto.
—Cage —volvió a gritar Ripley, recordando las palabras de Belle—. Y mi padre y Milo…
—Están bien. Llegué a tiempo de salvar a Howard y Milo es un héroe.
Belle gruñó al oír aquello, justo en el momento en el que Ripley consiguió soltarse la última correa y fue a colocarse frente a Cage.
—¡Quédate donde estás! —ordenó Belle y Cage se echó hacia atrás, con tan mala suerte que pisó la pelota de béisbol y perdió el equilibrio. Cayó al suelo de bruces, momento que aprovechó Belle para ir hacia él jeringuilla en mano.
Sin pararse a pensarlo dos veces, Ripley agarró el bate del suelo y se abalanzó sobre ella para golpearle la cabeza. Belle cayó junto a Cage protestando y haciendo juramentos y amenazas de todo tipo.
—¡Perra! —chilló Belle tratando de ponerse en pie. Lo consiguió y se tambaleó por la sala agarrándose la cabeza con ambas manos. Fue directa hacia el acelerador, que se preparaba para lanzar su mortífero rayo una vez más.
—¡Cuidado! ¡Belle! —Ripley fue tras ella y la tiró al suelo en el momento en el que la máquina descargaba radiación por última vez.
Un segundo después, todo estaba en silencio. Cage estaba sentado en el suelo apoyado en la pared y Ripley se quedó de pie observando a Belle, que había quedado tirada junto al acelerador. En un acto reflejo, se agachó a comprobar el pulso, era muy débil.
—¿Belle? —la giró para colocarla boca arriba. Tenía las manos pegadas al pecho y los dedos ensangrentados agarraban el tallo de una rosa de cristal. Había caído sobre el improvisado cuchillo de Ripley.
En sus labios había una dulce sonrisa de satisfacción.
—Paz —susurró con su último aliento.
Ya muerta, se parecía más a como debía de haber sido de niña, antes de que el fallecimiento de su madre y el fanatismo de su padre la convirtieran en un ser retorcido.
—Ripley.
Se volvió al oír la voz profunda de Cage. Seguía apoyado en la pared agarrándose el hombro y ella sintió un profundo alivio al comprobar que sólo había vuelto a hacerse daño en el hombro que se había lesionado al salvarle la vida.
—¿Está muy mal? —le preguntó arrodillándose junto a él.
—No estoy seguro —susurró al tiempo que abría la palma de la mano y le enseñaba la jeringuilla. La aguja estaba clavada hasta el fondo en el músculo del brazo—. Dímelo tú.
—¡No! —gritó y después se mordió al labio para contenerse. Tenía que comportarse como la doctora que era y tratar de tranquilizar al paciente, aunque sintiera que se le rompía el corazón en dos—. No es más que un arañazo —le mintió mientras sacaba la jeringuilla tan suavemente como le permitían sus temblorosas manos.
—Mentirosa.
—No ha entrado toda la dosis —esa vez decía la verdad, la jeringuilla tenía todavía más de la mitad de la carga—. Te vas a poner bien.
Había ruido en el vestíbulo.
—¿Está todo bajo control, señor Cage?
Cage sonrió tensamente, pero tenía el cuerpo empapado en sudor, símbolo inequívoco de que la adrenalina estaba recorriéndole las venas.
—¡No! —gritó ella hacia el vestíbulo—. Traigan inmediatamente una camilla y un equipo de cardiología. Tenemos un posible caso de sobredosis de adrenalina.
—A mí no me parece tan malo, Rip —susurró Cage tirando de ella hasta que pudo besarle los labios. Le agarró la mano y se la llevó al pecho, donde se podían notar los acelerados latidos del corazón—. Es como me encuentro cada vez que te veo —el beso se hizo más intenso—. Es como estar enamorado.
Su mano fue perdiendo fuerza y se le cerraron los párpados.
—¡Quédate conmigo, Cage! ¡No te atrevas a dejarme ahora! ¡No me dejes!
Pero había esperado demasiado para decir aquellas palabras.