Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 15 de 18

Páginas del PDF

Objetivo principal

Capítulo 12

 

 

—¿Me ha llamado, jefe? —¿sería real la expresión de inocencia de Whistler? Cage no estaba seguro, igual que no estaba seguro de cómo debía enfrentarse al cambiante estado de ánimo de Ripley.

Con Heather nunca le había resultado demasiado difícil que estuviera feliz; siempre y cuando hubiera dinero y le reservara un sitio en el palco de las esposas, ella siempre había estado satisfecha. Sin embargo algo le decía que Ripley no era tan sencilla. De todos modos, ¿qué podría ofrecerle él? Las opciones eran una relación a distancia o cambiar de casa cada vez que él cambiara de hospital para seguir solucionando las equivocaciones de otros.

—¿Jefe? —la voz de Whistler, interrumpió unos pensamientos en los que Cage había empezado a considerar la relación con Ripley como algo duradero. Quizá destinada al desastre, pero una relación al fin y al cabo—. ¿Me ha mandado un mensaje para que viniera urgentemente?

—¿Cage? —esa vez era Ripley la que trataba de sacarlo de su ensimismamiento.

—Sí, perdón —dijo por fin, tomando asiento y haciéndole un gesto a Ripley para que hiciera lo mismo.

Whistler los miró a los dos.

—No se trata de ninguna emergencia, ¿verdad? ¿Qué ocurre? ¿Me va a despedir? —después de una pausa, continuó hablando con el mismo gesto inocente—. Sé que no he sido muy cordial, pero puedo intentarlo. Dixon me caía bien, ya lo sabe. Era divertido ser su ayudante, y no me hacía trabajar tanto como usted.

Cage se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, haciendo caso omiso a las explicaciones del joven, y sacó el tallo de la flor de cristal. Tenía que concentrarse para no dejarse llevar por la ira. Nadie iba a amenazar a su Ripley. Nadie.

—¿Qué puede decirme de esto, Whistler?

Ripley se tragó lo que iba a decir y se limitó a tocar otro tallo de rosa, el que Cage le había dado nada más verse por vez primera y que ahora llevaba en el bolsillo. Cage esperaba que el hecho de que siguiera llevándolo significara algo.

—Que está roto —comentó el técnico, pero después pareció recordar algo—. ¡Es de una de esas rosas! ¿De dónde la ha sacado? Yo compré tres el otro día en la tienda de regalos. Mi novia colecciona flores de cristal, ¿sabe? El próximo fin de semana es nuestro tercer aniversario y se las voy a regalar escondidas en un ramo de rosas de verdad.

Eso sonaba… creíble. Cage frunció el ceño, con una mezcla de decepción y alivio. Quería encontrar al asesino, pero no quería que fuese Whistler. El muchacho pertenecía a su equipo, era uno de los buenos.

—¿Dónde están las rosas que compraste?

—En mi taquilla, envueltas en papel para que no se rompan. ¿Por qué?

—¿Por qué dejaste la facultad de medicina? —intervino rápidamente, Ripley.

Whistler parpadeó sorprendido antes de responder.

—La parroquia de mi padre se quedó sin dinero más o menos al mismo tiempo que a mi madre le diagnosticaron un cáncer de mama. El seguro no cubría el tratamiento, así que dejé de estudiar y acepté dos trabajos para mantener a la familia —entonces se miró las manos—. Sólo tenía cincuenta y dos años cuando murió y mi padre nunca llegó a superarlo. Si le hubieran dado un tratamiento mejor…

Las pacientes muertas eran todas mujeres enfermas de cáncer que tenían entre cincuenta y sesenta y pocos años. ¿Estaría el asesino tratando de castigar a alguien? ¿O quizá intentaba salvarlo?

La manera en la que Ripley respiraba, le dijo a Cage que ella también había establecido la misma conexión. Quizá Whistler estaba vengándose a través de otras mujeres que habían tenido una oportunidad de la que su madre no había podido disfrutar. Parecía verosímil. Pero seguían sin tener pruebas y lo cierto era que Cage no veía a Whistler cara de asesino.

Aunque, ¿qué cara se suponía que tenían los asesinos? No todos llevaban batas blancas y un estetoscopio colgado al cuello.

—¿Podríamos ver las rosas, Whistler? —le pidió Cage, poniéndose en pie.

—Todo esto es por los cuerpos contaminados, ¿verdad? —de pronto había una veta de miedo en sus ojos—. ¿No creerán que soy el culpable? Porque eso sería una verdadera locura. Yo jamás inyectaría radiactividad a nadie —él también se puso en pie y se echó hacia atrás, hasta apoyar la espalda en la pared—. ¿Por qué yo? ¿Sólo porque sé cómo poner una vía? Vamos, el noventa por ciento de la gente que hay en este edificio puede hacerlo también.

—Whistler, nadie te está acusando de nada —dijo Cage, aunque los tres sabían que era mentira—. Sólo queremos ver esas rosas.

—Es una locura —espetó Whistler, dirigiéndose a toda prisa hacia el vestuario, Cage intentó detenerlo pero al final sólo pudo seguirlo hasta la taquilla, que abrió de golpe. Después se quedó helado—. Dios mío.

—No están, ¿verdad? —debería haberse sentido aliviado porque Whistler le caía bien, pero lo cierto era que Cage estaba más confundido que nunca.

El joven técnico palideció hasta quedarse lívido.

—Le juro que no he hecho nada malo, señor Cage. Compré las rosas para mi novia, de verdad, colecciona flores de cristal —repitió, apretando unos papeles que podían haber contenido unas rosas—. Él próximo fin de semana es nuestro tercer aniversario. Puede llamarla y preguntárselo. De verdad.

—¿Quién más tiene acceso a la taquilla? —preguntó Ripley, sin dejarse ablandar —. ¿Quién tiene la combinación?

—El cerrojo no funciona, doctora. Ya estaba roto cuando me dieron la taquilla, pero el señor Dixon me dijo que no me preocupara, por eso no lo hice —Whistler parecía más joven y más asustado por momentos. ¿Estaría fingiendo o sería real? Cage ya no sabía qué pensar.

—¿Cualquiera puede entrar aquí libremente? —la voz de Ripley denotaba una censura que no hizo sentir bien a Cage; parecía estar criticando las medidas de seguridad de su departamento.

Pero no era a él al que se le estaban muriendo los pacientes, ¿verdad? Nada más tener tan desconsiderado pensamiento, Cage sintió una terrible vergüenza. Estaba claro que había llegado el momento de pedir ayuda, porque Ripley y él no podían llevar todo aquello solos. Ni siquiera deberían haberlo intentado.

—Sí —respondió a la pregunta—. Nunca ha habido necesidad de que fuera de otro modo. Hoy tienes que recoger todos los residuos sólidos, ¿verdad? —dijo dirigiéndose a Whistler, que asintió con cara de preocupación—. Adelante, ve a trabajar, pero no hables con nadie ni de las rosas ni de esta conversación. ¿Entendido?

—Sí, señor. ¡Muchas gracias! —corrió a la puerta, dejando caer algunos de los papeles que supuestamente habían envuelto las rosas.

—¿Vas a dejarlo marchar? ¿Es que no has oído lo que ha dicho sobre su madre? ¡Encaja perfectamente, Cage! La enfermedad de su madre le impidió cumplir su sueño de ser médico. Además, lo vi aquel día cerca de la capilla. Podría haber entrado después de mí. ¿Qué más necesitas? —Ripley estaba como loca y Cage no sabía si hacerla callar con un beso o amordazándola.

—Pues no nos vendría mal alguna prueba —respondió, haciendo un esfuerzo por ser razonable—. Y, que yo sepa, sufrir por la muerte de un ser querido no lo convierte a uno en asesino.

—¡Esto no tiene nada que ver contigo, Cage! —aunque el parecido era más que obvio.

—Tienes razón —asintió, agarrándola del brazo para llevarla hacia la puerta—. Pero tampoco tiene nada que ver contigo, se trata de tus pacientes y de su bienestar. Trata de recordarlo, doctora.

Se hizo un largo silencio, durante el que se quedaron mirándose a los ojos hasta que la furia pareció abandonar a Ripley.

—Lo siento, Cage. He sido muy dura y muy injusta. Sé que estás haciéndolo lo mejor que puedes.

—Los dos estamos haciendo todo lo que podemos —aseguró rindiéndose a la tentación de poner la frente contra la de ella—. Y si has terminado de gritarme, puedes llamarme Zach.

Ripley suspiró profundamente, al tiempo que le ponía las manos en la cintura.

—¿Y qué hacemos ahora? No tenemos ningún otro sospechoso y, no sé tú, pero yo tengo la sensación de que se nos acaba el tiempo.

—Yo también —le dio un beso en la punta de la nariz—. Creo que tenemos que hablar con Leo otra vez.

—¿Crees que ahora nos hará caso?

—Ya encontraremos el modo de hacerle escuchar —prometió él, aunque no estaba tan seguro como le habría gustado.

—Y si no nos escucha, tendremos que avisar nosotros a la policía.

—¿Aunque eso signifique el fin de nuestras carreras? —preguntó Cage levantando una ceja.

—Sí —respondió ella con total convicción—. El bienestar de los pacientes es más importante que la carrera personal de un médico. ¿No es eso lo que tú siempre dices, Zach?

—Sí, pero…

El sonido del busca de Ripley los interrumpió y, al ver el mensaje, Ripley protestó con cólera.

—¿Algún paciente?

—No. Peor que eso —dio un paso hacia la puerta pasándose las manos por la cara —. Son mis padres. Están abajo, esperándome en la cafetería a pesar de que les pedí encarecidamente que no se acercaran al hospital.

—¿Tu madre también? —preguntó sorprendido.

—Sí —dijo ella con gesto de contrariedad—. Apareció anoche después de que yo cometiera el error de llamarla en un momento de debilidad. Ahora están los dos empeñados en salvarme la vida.

—Es porque te quieren. Eso no es malo.

Ripley esbozó una triste sonrisa.

—Mis padres no saben el significado de esa palabra.

Cage la agarró del brazo, impidiéndole alejarse más. Podía sentir la tensión creciendo dentro de ella y deseó poder tranquilizarla hasta que desapareciera la arruga que se le hacía entre las cejas.

—¿Por qué insistes tanto en que el amor no existe? ¿Por qué te asusta tanto la idea?

—No tengo miedo de casi nada, Cage, y no creo que tú precisamente puedas hablar del tema —le dijo desde la puerta, pero antes de salir, se volvió hacia él—. ¿Por qué no vienes a ver nuestra emocionante reunión familiar con tus propios ojos? Seguro que así lo entiendes todo mejor.

Cage pensó en las tres rosas de Whisder, de las cuales dos seguían sin aparecer. Pensó en que tenía que ver a Leo y en que todavía no le había pedido a Ripley si podría no ir al partido de béisbol.

Después pensó en despertar junto a ella y en la pasión con la que habían hecho el amor la noche anterior. Y en la certeza de que ella aceptaba cada noche como se presentaba, sin plantearse jamás el futuro, cosa que él había empezado a imaginar.

Y asintió y le tendió una mano.

—Muy bien. Guíame.

Aquello era muy, muy mala idea, pensaba Ripley mientras caminaban hacia la cafetería. Debería haber hecho como que no había visto el mensaje del busca. Alguien estaba intentando matarla, no tenía tiempo para dramas familiares. Llamar a su madre había sido un tremendo error, el último de una larga serie que había comenzado en el momento que había visto a Cage.

—¡Cariño! —su madre se puso en pie para darle un beso antes de volverse a mirar a Cage—. ¿Y quién es él?

—Soy Zachary Cage, señora Davis —se presentó besándole la mano y Ripley se echó a temblar al ver la sonrisa de su madre.

—¡Ripley, me encanta!

—A mí no —gruñó Howard Davis, sin levantarse de la silla.

—Bueno, no importa porque ahora mismo tú tampoco me gustas mucho a mí — declaró Ripley sentándose frente a su padre—. ¿Qué hacéis aquí? Os dije que no vinierais y también dije que no voy a trabajar en tu clínica. ¿Por qué os resulta tan difícil de entender?

Su tono de voz rozaba la beligerancia, pero se debía sobre todo al miedo. Su padre no creía que el peligro existiera pero si algo le ocurría, Ripley jamás se perdonaría. A veces era una molestia, pero era su padre. Así de simple. Y así de complicado.

En ese loco momento de claridad, Ripley vislumbró lo que debía de ser para Cage aguantar la culpabilidad día tras día. Entonces notó que él le agarraba la mano bajo la mesa y se la apretaba fuerte.

De pronto miró a su padre y lo vio más pequeño que el día anterior y, con verdadera sorpresa, cayó en la cuenta de que se estaba haciendo viejo. Tenía más arrugas y el color de su piel no era muy bueno.

—¿Te encuentras bien, padre? —le preguntó con repentina culpabilidad.

Pero él esquivó la pregunta con la maestría que lo caracterizaba.

—Anoche tu madre y yo nos quedamos despiertos hasta tarde. Solucionamos un par de cosas, pero ella insiste en que tú y yo tenemos que hablar.

Ripley notó cómo acechaba el dolor de cabeza de siempre.

—¿Podemos dejarlo para más tarde, padre? Cage y yo tenemos que hacer algo, así que ahora no tengo tiempo para discutir.

—Yo no tengo intención de discutir contigo, Caroline —el nombre arruinó la dulzura que pretendiera transmitirle—. Ésa nunca es mi intención —aseguró poniéndose la mano en el hombro izquierdo—. Sólo quiero lo mejor para ti.

Allí estaba el dolor de cabeza, taladrándole entre los ojos hasta el punto de nublarle la visión por un momento. Se puso en pie retirándose la mano con la que Cage trató de impedírselo.

—No, padre. Quieres lo que tú crees que es mejor para mí. Hay una gran diferencia —se volvió a mirar a su madre con un rencor que no había sentido jamás —. ¿Y a ti qué te da el derecho de decirme nada? Tú me enseñaste que el matrimonio eran dos personas sin nada en común, condenadas a vivir bajo el mismo techo. Después contrataste un cocinero y te marchaste.

—Ripley —Cage le agarró la mano—. A lo mejor éste no es el mejor momento o el mejor lugar para esto.

—Esa frase es digna de mi padre —le dijo mirando a Howard, que se había puesto en pie agarrándose el brazo izquierdo—. ¿Qué vas a hacer ahora? —volvió a dirigirse a Cage—. ¿Vas a quedarte conmigo o te vas a largar dejándome otra nota?

Ripley era consciente de la angustia que desfiguraba el rostro de su madre y la atención con la que los miraban la gente que había a su alrededor en la cafetería. «Un Davis nunca hace una escena»—. Os dije que no vinierais, marchaos a casa. Os llamaré dentro de unos días —prometió haciéndole un gesto a Cage para que la acompañara—. Vamos, tenemos que hablar con Gabney.

Al principió creyó que el estruendo que oyó a su espalda cuando se disponía a salir de la cafetería era su padre golpeando la mesa. Pero cuando volvió la mirada lo único que vio fue el caos.

La silla de Howard Davis seguía en su sitio, pero él estaba tendido en el suelo rodeado por una multitud.

—¡Padre! —en sólo un instante, Ripley estaba de rodillas junto a su padre. Tenía los labios morados y la mano derecha aferrada al brazo izquierdo.

«Qué idiota. Cómo no me he dado cuenta». Lo había visto, pero no había identificado las señales.

—Que alguien traiga una ambulancia y llame a Cardiología —le gritó a los que la rodeaban y, al ver que nadie se movía añadió—: ¡Ahora mismo! —se aseguró de que le dejaban aire y maldijo en voz alta cuando vio que no le encontraba el pulso—. ¡Compresiones! Necesito que alguien le haga compresiones.

—Yo lo hago —inmediatamente, Cage empezó a presionar el pecho con el ritmo adecuado—. Tú ayúdalo a respirar.

Los movimientos eran automáticos. Levantarle la cabeza, taparle la nariz, inspirar, espirar. Ripley parpadeó para apartar las lágrimas que le llenaban los ojos.

—¡Doctora Davis! —alguien tiraba de ella, intentando apartarla, pero ella sabía que tenía que respirar por él. Tenía que salvarlo—. ¡Doctora Davis!

—¡Ripley! —fue la voz de Cage la que le llegó—. Ya respira. Deja que lo suban a Cardiología. Ya respira —repitió apartándola dulcemente—. Lo has conseguido. Se va a poner bien.

Asintió como atontada y tomando aire para compensar todo el oxígeno que le había dado a su padre. Su madre la abrazó fuerte.

—Gracias, Ripley. Gracias.

La emoción que vio en Eleanor la sorprendió casi tanto como las lágrimas que le cubrían los ojos. Después observó anonadada cómo su madre iba junto a la camilla en la que se llevaban a Howard Davis, y lo llevaba agarrado de la mano.

—Vamos, Rip. Salgamos de aquí.

Cage la condujo por los pasillos vacíos del hospital y entonces ella comenzó a derrumbarse.

—Dios mío, Cage. He estado a punto de matarlo —le flaqueaban las rodillas y estuvo a punto de perder el equilibrio, pero Cage la levantó en brazos, aunque protestó por el dolor del hombro. Pero el sonido parecía muy lejano.

La imagen de su padre en el suelo parecía no borrársele de la cabeza.

Ya en su despacho, ambos se dejaron caer sobre el sofá, abrazados.

—Lo has salvado, Rip.

—Pero antes me había portado muy mal con él. Y con mi madre —metió la cabeza bajo su barbilla para no tener que mirarlo a la cara—. Y contigo —las lágrimas amenazaban con desbordarle los ojos—. Soy una persona horrible. Horrible.

Le pareció oírlo reír antes de romper a llorar de lleno, después oyó un suave susurro.

—Todos somos personas horribles en algún momento, doctora Davis. A eso se le llama ser humano… Lo que cuenta es lo que haces cuando te sientes culpable —hizo una pausa para abrazarla aún más fuerte—. Al menos eso es lo que yo me digo una y otra vez.

—¡De eso nada! —Leo Gabney pegó un puñetazo a su escritorio, como si el mueble fuera el culpable de los problemas que le habían expuesto Cage y Ripley—. Se trata de un problema interno y lo resolveremos internamente.

—¡No es un problema interno! —protestó Cage—. Alguien está matando a los pacientes de este hospital con un cóctel de adrenalina y residuos radiactivos. Si eso no es motivo para abrir una investigación criminal, no sé qué puede serlo.

—Bueno, ambos sabemos que su juicio ha sido puesto en duda en alguna otra ocasión. ¿Acaso no desestimaron un caso en Nueva York por falta de pruebas? Esos médicos no mataron a su esposa, y la doctora Davis no mató a Ida Mae Harris y a Janice Cooper. ¿No es así, doctora Davis?

Cage lanzó un juramento, mientras que Leo siguió dirigiéndose a Ripley.

—¿Está segura que quiere seguir adelante con esto? Acuérdese de que si el Boston General no gana el premio al Hospital del Año, no habrá fondos para mantener la Unidad de Oncología Radioterápica.

—¿Es que no tiene el más mínimo sentido de la responsabilidad hacia sus pacientes? —replicó Ripley, con una vehemencia que sorprendió a Cage. Después de haberse lavado la cara y comprobado que su padre estaba bien, se había quedado muy tranquila, casi con pasividad.

Pero parecía que se había estado reservando para luchar contra Gabney y Cage observó, con orgullo, cómo ella se inclinaba hacia delante y Leo reculaba, al menos físicamente.

—Esto es un hospital —apuntó el director—. Los enfermos vienen a que los atiendan, algunos de ellos mueren. Nuestro índice de supervivencia es uno de los mejores del país y usted, doctora Davis, debería estar orgullosa de ello.

—Seguro que usted alteró las estadísticas —espetó ella, antes de volver a sentarse junto a Cage.

—Claro, usted sabe mucho de eso. Como demuestran los informes de su departamento —añadió con una sonrisa de satisfacción—. Ninguno estamos libre de pecado, doctora. Así que se lo preguntaré de nuevo, ¿está segura de que quiere llamar a las autoridades sin mi apoyo? —le preguntó apretándose los nudillos—. Sería una lástima que toda esta mala publicidad le salpicara a su padre; especialmente ahora que van a someterlo a un bypass.

Cage se puso en pie de un salto.

—¡No se atreverá!

—Claro que lo haré y lo sabe. Este hospital va a ser el mejor del año y los diez millones de dólares del premio servirán para construir el nuevo Ala Gabney. Pero — hizo una pausa y levantó un dedo a modo de advertencia—, estoy de acuerdo en que tenemos un problema que hay que resolver. Con discreción. Así que les propongo un trato.

Cage puso su mano sobre la de Ripley para tranquilizarla, pues podía sentir la furia a punto de explotar dentro de ella.

—¿Qué clase de trato? —preguntó él.

—Ustedes dos dan una buena imagen al comité que se reúne esta tarde y yo me pondré en contacto con un amigo del departamento de policía para que nos asesore — otra teatral pausa—. Sí, creo que si actuamos bien, podríamos darle la vuelta a este incidente para que contara a favor del hospital.

—¿Darle la vuelta? —preguntó Cage, al mismo tiempo que Ripley decía:

—¿Qué es lo que pasa esta tarde?

—Esta tarde tiene que llevar a todos esos encantadores niños enfermos al partido de béisbol, ¿recuerda? He contratado a un fotógrafo y he organizado una rápida reunión con el comité del premio antes del partido. Los miembros del comité se sentarán a su lado, doctora —y se volvió a mirar a Cage—. Yo estaré acompañado por un ex pitcher de la liga nacional, que tampoco está nada mal —añadió con esa deplorable sonrisilla.

—Desgraciado —dijo Cage, entre dientes.

—El presidente del comité era un gran fan suyo, Cage. Sabe Dios el motivo, porque usted sólo jugó un año. Pero si su presencia nos ayuda a conseguir el premio, habrá merecido la pena contratarlo. A pesar de que ha convertido el Servicio de Protección en un caos mayor que el que dejó Dixon —declaró antes de señalar a la puerta—. Les sugiero que vayan a prepararse para el partido. El autobús sale dentro de media hora.

Se pusieron en pie lentamente. Ripley se apoyó de nuevo sobre su escritorio, pero esa vez Gabney no se echó atrás.

—Si le seguimos el juego hoy, usted pedirá que se abra una investigación policial. Sin más trucos. Usted llama a la policía y deja el nombre de mi padre al margen. Quiero que lo prometa.

Leo sonrió victorioso.

—Doctora Davis, lo único que me importa es el Ala Gabney. Ayúdeme a ganar ese premio, y no sólo llamaré a la policía, sino que la dejaré conservar su departamento. Pero si me juegan una mala pasada —dijo, cambiando el tono de voz hasta el extremo más siniestro—, están ustedes acabados. ¿Entendido?

Cage asintió y llevó a Ripley hacia la puerta.

—Entendido.

De camino al ascensor, la oyó murmurar.

—Y si tengo algo que decir al respecto, será él el que lo tenga que entender.

En los labios de Cage se dibujó una sonrisa.

—Exactamente lo que yo estaba pensando.