Objetivo principal
Capítulo 10
Aunque nunca había visto a aquel tipo, Cage reconoció, inmediatamente, a Dixon gracias a las nada agradables descripciones que le habían dado algunos empleados del hospital. Era un hombre con poco pelo, nulo sentido del gusto y una clara afición por las bebidas alcohólicas de color rosa; en resumen, no parecía ser la fuente de información más prometedora del mundo, pero Cage estaba demasiado desesperado para ponerse exigente.
Después de comprobar que Ripley quedaba a salvo en casa de su padre, había vuelto al hospital a leer los informes que ella había conseguido utilizando el nombre de su padre, pero no había descubierto nada. Había vuelto a inspeccionar el cuarto de los productos de limpieza, donde Ripley y él habían dejado tal jaleo, que habían arruinado cualquier pista que pudiera explicar dónde había estado la radiactividad, o cómo habían caído los dos productos de limpieza para mezclarse de modo tan letal. Tampoco las muestras de adrenalina ni el cuerpo de Janice Cooper habían aportado nada, excepto más dudas. Había dejado la vía intravenosa a buen recaudo, pero sin la ayuda de la policía, las huellas dactilares no servían de nada.
Entonces había ocurrido lo que ya había creído imposible; Dixon lo había llamado por teléfono para citarlo en un antro de mala muerte cerca del hospital. No era el tipo de local que Cage habría elegido, pero a esas alturas, habría caminado sobre cristales rotos si eso lo hubiera ayudado a resolver el misterio y mantener a Ripley con vida.
Atravesó la pista de baile y llegó a la barra, donde Dixon se encontraba en su ambiente.
—El señor Cage, supongo —lo saludó, alzando su copa.
—Dixon —se sentó en un taburete y pidió una cerveza que no tenía la intención de beberse—. Bonito lugar.
—Es mi preferido. ¿Ha traído el dinero?
—Sí —obedeciendo a su reputación, Dixon había fingido sufrir amnesia hasta que Cage había comprendido su estrategia y le había ofrecido dinero. Los tipos como él arruinaban el buen nombre del Servicio de Protección Radiológica, pensó mientras le pasaba el sobre.
Claro que tampoco él era ningún santo; había descuidado a su esposa, no había conseguido castigar a sus asesinos y, ahora que tenía la oportunidad de limpiar el Boston General, ¿qué había hecho? Se había acostado con una de las doctoras y después no había confiado en su inocencia. Si lo hubiera pensado tan sólo un minuto, se habría dado cuenta de que Ripley no habría sido capaz de manipular los informes, pero no lo había hecho y ni siquiera le había dado la oportunidad de explicarse. La había acusado como habría hecho su padre.
No le gustaba nada parecerse a Howard Davis, pero la similitud era evidente. Tendría suerte si se dignaba a volver a dirigirle la palabra.
—Y aquí está la última invitada a nuestra pequeña fiesta —anunció Dixon.
Cage levantó la vista y se quedó boquiabierto. Se le aceleró el pulso y hasta le pareció oír cómo se le quebraba el corazón.
Ripley se hizo paso entre los bailarines. Llevaba un top muy estrecho que le marcaba los pechos de manera más que elocuente y una minifalda que dejaba ver sus esbeltas piernas. Primero la sorpresa, después unos celos incomprensibles al ver cómo la miraban los hombres de la pista de baile, se apoderaron de Cage.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo aquí? —le preguntó al oído agarrándola del brazo.
—¡Cage! —exclamó perpleja, pero en seguida reaccionó con la ferocidad de la mujer fuerte y testaruda que era—. Parece que lo mismo que tú —respondió mirando a Dixon y después otra vez a él.
—Sí, bueno, pero yo llevo algo de ropa —Cage se quitó la chaqueta y se la echó por encima—. Se suponía que estabas en casa de tu padre, sana y salva —¿por qué diablos no lo habría llamado el guardia de seguridad para decirle que se había marchado?
Ripley se sentó en el taburete con la chaqueta abierta y, al hacerlo, dejó que la minifalda se le subiera como para decirle a Cage: «muérete de rabia y déjame en paz». Él la miró sin saber qué le apetecía más si pelearse con ella o besarla.
—Muy bien. Parece que ya os conocéis —dijo Dixon, con una rastrera sonrisa en los labios—. Perdonadme por haberos citado al mismo tiempo, me temo que estoy muy ocupado.
Cage siguió mirando a Ripley, que siguió sin hacerle el menor caso y pidió una cerveza y otra bebida rosa con dos sombrillas para Dixon.
Debería haber supuesto que los dos pensarían lo mismo y, desde luego, que ella tendría más fortuna a la hora de conseguir hablar con Dixon. Él era su única oportunidad para conseguir información. A no ser, claro, que fuera el asesino. Pero no era probable porque, después de dejar el hospital, cualquiera lo habría reconocido si lo hubieran visto en la habitación de Ida Mae o de Janice Cooper.
—Aquí tiene su bebida —dijo Ripley dándole la copa—. Ahora cuéntame todo lo que recuerdes del material radiactivo que encontrarse en el cuarto de la limpieza.
—Yo también me alegro de verla, doctora Rip —respondió Dixon, irónicamente mientras su mirada se paseaba por el cuerpo de Ripley sin disimularlo siquiera—. ¿Cómo van las cosas en el departamento? He oído que Tansy Whitmore ya no sale con Metcalf. Es una lástima, tendré que llamarla para consolarla.
—Dixon —lo interrumpió Cage, furibundo—. Háblanos del material radiactivo.
El otro se echó a reír y después se encogió de hombros.
—No hay mucho que contar. Yo tenía un… una cita con la enfermera O'Connell ese día; estaba esperándola en el cuarto de la limpieza cuando se fue la luz.
—Está claro que ese cuarto ha visto de todo —murmuró Ripley haciendo que Cage resoplara, pues no le gustaba la idea de haber seguido los pasos de Dixon. Después se preguntó cuántos más tendrían copias de la llave.
Y quién habría perdido la suya.
—A ella le gustaba que yo le pasara el detector Géiser por…
—¡George! —protestó Ripley.
—¿Sí, doctora?
—Ahórranos los detalles y continúa.
—Por supuesto, doctora —Dixon retiró las sombrillas de la copa, las chupó y las dejó en la barra antes de proseguir—. Como ya he dicho, estaba esperando a la enfermera O'Connell. Encendí el Géiser para que… se calentara antes de que ella llegara. Imagina mi sorpresa cuando empezó a pitar —sinceramente, Cage no quería imaginar nada relacionado con aquel gusano humano, pero prefirió no decírselo—. Encendí las luces e inspeccioné toda la habitación, pensando que alguien habría dejado por error alguna bata de laboratorio contaminada. Sin embargo, lo que encontré fue un frasco escondido detrás de la cera para el suelo. Estaba lleno hasta arriba de un líquido de color marrón claro que casi hace estallar el detector.
—Marrón —repitió Cage, mientras Dixon se bebía la mitad de la copa de un solo trago—. ¿Qué material es de color marrón?
—Ninguno —respondió Ripley—. Pero la mayoría vienen teñidos de rojo y de verde, dependiendo de la fuerza y de los isótopos. Pon los dos colores juntos y ya está: marrón.
Cage ya lo sabía, era jefe del Servicio de Protección Radiológica, por amor de Dios. Pero no tenía ningún sentido.
—Pero ¿para qué iban a poner dos materiales juntos? ¿Como si fuera un frasco de deshecho?
—Eso pensé yo —asintió Dixon, después de eructar—. Parecía como si alguien hubiera apurado varios frascos de desecho.
—Dios mío —por eso a Whistler le estaba resultando tan difícil identificar los isótopos que habían contaminado los cuerpos. Era una mezcla. ¿Cómo no se le había ocurrido? Porque había dado por hecho que el material radiactivo procedía de algún médico; pero los desechos pasaban por muchas manos—. ¿Qué departamento se encargaba de supervisar los residuos esa semana? —preguntó Cage aferrándose a la pista.
—Ni idea. Nunca se me ocurrió mirar —admitió Dixon, tranquilamente.
Si había algo peor que un mal médico, era un jefe de seguridad negligente. Cage sintió cómo la ira se apoderaba de él y trató de controlarse. ¿Estaría tratando de obstaculizar la investigación o de verdad era tan mal profesional?
—¿Y por qué demonios no lo hizo? ¿Acaso no se le pasó por la cabeza que un frasco de residuos nucleares podría ser un problema?
Ripley le hizo una seña al camarero para que sirviera otro cóctel rosa y otra a Cage para que se calmara.
—Estoy segura de que George lo hizo lo mejor que pudo —opinó en tono conciliador.
Dixon asintió.
—Salí corriendo de allí y me choqué con un grupo de gente. Puede que se lo contara, no recuerdo. Fui a buscar trajes de protección, pero cuando volví el frasco había desaparecido.
—¿Y no volvió a verlo? —preguntó Ripley, acercándole la copa.
Esa vez se la bebió sin siquiera quitarle las sombrillas.
—No. Dos días después, Gabney me ofreció la posibilidad de dimitir y recibir una indemnización, si no me despediría y no me llevaría nada. Así que dimití.
—¿Y no se molestó en negociar? ¿No le contó a nadie lo que había encontrado? —preguntó Cage, con cierta incredulidad.
—Tengo un hijo, vive con su madre, pero sigue siendo mi hijo. ¿Qué pasará con él si no consigo otro empleo? No merece la pena. Ese tipo de cruzadas son para los que no tienen nada que perder —añadió agarrando su abrigo.
—¿Te marchas? —preguntó Ripley, sorprendida.
—Sí. Tendremos que dejar los bailes para otro momento, doctora. O puedes bailar con Cage. Yo ya he tenido bastantes emociones por hoy y, francamente, no creo que sea bueno para mi carrera que me vean con vosotros dos.
—Sólo una cosa más, Dixon —lo interrumpió Cage—. ¿Quién estaba en el pasillo cuando salió corriendo del cuarto?
—Unos cuantos técnicos de radiología que habían estado inspeccionando el departamento y un par de enfermeras. Puede que hubiera también uno o dos civiles.
—¿Qué enfermeras? —Cage se inclinó impaciente. Alguien se había llevado el frasco mientras Dixon había ido a buscar a Leo.
—No estoy seguro. Seguramente serían mayores porque no me molesté en mirarlas. Así que no eran guapas. Una era negra y la otra era bajita, no creo que las reconociera si tropezara con ellas.
Cage consideró la idea de seguir preguntándole, pero era obvio que tenía prisa por marcharse y no creía que fuera a decirles nada más.
—Llámeme si recuerda algo —le pidió, dándole su tarjeta—. Como los nombres de esas enfermeras o cualquier otra cosa que considere importante. ¿De acuerdo?
—Como quiera. Hasta pronto, doctora —se despidió, guiñándole un ojo—. Espero que no te molestes por que no hayamos bailado —y se marchó dejándolos solos.
—Maldita sea —protestó Ripley, tirando de la falda que insistía en subírsele una y otra vez—. Quería preguntarle por Whistler.
Cage volvió a sentarse a su lado.
—¿Por qué tendría tanta prisa por marcharse? ¿Crees que sabe algo más sobre tus pacientes?
—Lo dudo —Ripley se puso en pie, se quitó la chaqueta y se la devolvió sin mirarlo siquiera una vez a los ojos.
¿Seguiría enfadada con él por haber desconfiado de ella? Quizá estuviera preocupada o asustada. En lugar de agarrar la chaqueta, Cage le puso un dedo en la barbilla y le levantó la cara.
—Ripley, mírame.
Había dolor en sus ojos, y cansancio. Aquellos ojos lo atraían hasta hacerlo ahogarse en sus profundidades y desear poder prometerle algo, cualquier cosa. Quería decirle que la protegería, que no le haría daño.
Pero habría sido mentirle.
—Tengo que irme, Cage.
—Ripley, siento mucho lo que hice esta mañana —deseó que supiera que no decía aquellas palabras con mucha frecuencia.
Ella se detuvo, pero no se volvió a mirarlo.
—Debería haberte llevado los informes para estudiarlos juntos y buscar la solución entre los dos. Lo siento. La única excusa que tengo es que llevo mucho tiempo solo. No estoy acostumbrado a que haya alguien de mi lado.
Entonces sí se volvió, pero seguía sin adivinar el significado de su mirada.
—Yo también lo siento, Cage. Sé que sólo estás tratando de hacer tu trabajo. Yo deseo resolver todo esto tanto como tú, pero mis pacientes están muriendo.
—Y tu reputación está en el punto de mira —añadió sin pensar.
—No, Cage —lo contradijo, tajantemente—. Ahora mismo sólo me importan mis pacientes. Nada más. Siento mucho que sigas sin ver la diferencia que hay entre un buen médico y uno malo pero, sinceramente, estoy harta de repetir esta discusión una y otra vez. Buenas noches.
Cage la agarró del brazo antes de que pudiera marcharse.
—Lo siento. Hay algo en ti que me hace decir cosas terribles. Sé cuánto te importan tus pacientes. Maldita sea, te he visto con Milo —la soltó y se pasó una mano por la cara, deseando poder explicar lo que sentía, pero seguía habiendo demasiadas barreras, demasiado muros que traspasar. Así que terminó con algo sencillo—: Sé que eres una buena profesional.
Pero resultó ser un comienzo.
—¿Eso quiere decir que quieres una tregua?
Sí, claro que quería una tregua. Quería estar con ella… para siempre. «¡No!» ¿Dónde tenía la cabeza? Seguramente era el efecto de la música melosa que estaba sonando y de sus esbeltas piernas.
—Claro —ya había sido un mal marido, no podía hacerle eso a otra mujer, especialmente a una que le importaba tanto—. ¿Podrías empezar la tregua llevándome a casa? He venido caminando.
Sus labios esbozaron una sonrisa, aunque sus ojos seguían sombríos.
—Muy bien.
La siguió hasta la calle, sin poder dejar de mirar sus piernas y de sentir cómo se le ponían de punta los pelos de la nuca. Como si trataran de hacerle prestar atención, como si hubiera alguien observándolos… O esperando.
Había parado de llover. Iba a sólo unos pasos de Ripley cuando oyó el ruido de un coche y vio una luz acercándose demasiado rápido.
—¡Ripley, cuidado!
Una moto torció la esquina y se dirigió hacia ella. Cage sólo tuvo tiempo de agarrar a Ripley de la cintura antes de que la moto pasara rozándolos. El conductor cambió de marchas haciendo rugir el motor y un segundo después había desaparecido y ellos estaban allí, empapados por el agua acumulada en la alcantarilla donde habían aterrizado. La calle se quedó tranquila, como si no hubiera sucedido nada.
Ripley había estado en peligro una vez más y él había estado a punto de llegar tarde. La rabia y el shock eran tan fuertes, que ni siquiera se dio cuenta del dolor del hombro hasta que vio que estaba inmóvil en el suelo.
—¡Cage! ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
Consiguió ponerse en pie apoyándose en uno de los coches aparcados.
—Estoy bien —mintió, perfectamente consciente de la punzada que le recorría el brazo—. ¿Tú estás bien?
—Sí —se había raspado las rodillas pero, aparte de eso, parecía ilesa.
Cage sintió el impulso de abrazarla y besarla para demostrarse que seguían vivos. Pero él mismo había renunciado a ese derecho con su actitud.
—Acaban de intentar matarnos —afirmó, con aparente tranquilidad, aunque la palidez de su rostro demostraba que no era calma, precisamente, lo que sentía.
—Sí. Vamos, será mejor que nos vayamos de aquí antes de que vuelvan.
—También podríamos llamar a la policía —sugirió ella, sin demasiada convicción.
—Podríamos, pero Gabney y tu padre lo negarían todo y pareceríamos unos locos, como tú misma dijiste —la impotencia lo desgarraba por dentro. Otra vez el sistema era el que fallaba.
—Tienes razón —dijo, resoplando—. Vámonos.
Fueron en silencio hasta el edificio de Cage, un edificio preñado de dolor y frustración sexual.
—¿Por qué no subes y te quedas a dormir? —le ofreció Cage en cuanto se detuvieron frente al bloque de apartamentos—. Hay una habitación de invitados y yo me sentiría mejor sabiendo que estamos los dos a salvo en el último piso, protegidos por un férreo sistema de seguridad.
Ripley miró por la ventana y Cage deseó poder leer sus pensamientos. Le habría gustado saber qué era lo que sentía y qué sentía él también.
—No, gracias —respondió por fin—. En la mansión de mi padre también estaré bien.
—Ripley, no quería…
—Tranquilo, Cage —dijo, con una tranquilidad que lo dejó en silencio inmediatamente. Y casi lo agradeció porque no estaba seguro de qué había estado a punto de decir—. No puedo hacerlo. Fue un error intentarlo siquiera. Tú aún estás luchando por superar la muerte de tu esposa y yo… yo no quiero complicaciones. ¿Comprendes?
—Ripley, Heather se fue hace ya mucho. Me dedico a esto por cómo murió, no porque siga amándola —al mismo tiempo que lo decía, se dio cuenta de que era cierto. Los recuerdos de su esposa se habían ido borrando con el tiempo, incluso el sentimiento de culpabilidad se había mitigado, permitiéndole ver la relación como realmente había sido, sin idealizarla.
Él no había sido el marido perfecto, pero tampoco Heather había sido perfecta. O quizá había sido la unión de ambos lo que había estado destinado a fracasar desde el principio. Seguramente, nunca la había amado lo bastante.
—No tengo muchas esperanzas en el amor —admitió Ripley, con la mirada perdida en la calle, donde llovía de nuevo—. Y estoy muy cansada de hablar. Estaré bien en casa de mi padre y mañana volveremos a reunimos con Gabney. Después de lo de la moto y de la prueba que hemos conseguido hoy, tendrá que llamar a la policía —sintió un escalofrío a pesar del calor que hacía dentro del coche.
—¿Y dónde nos deja todo eso? —preguntó Cage, sin saber qué quería oír como respuesta, sólo sabía que no quería subir a casa solo.
—Cuando todo esto acabe, tú te marcharás a otro hospital para seguir salvando al mundo de más médicos malvados. ¿No es así?
No hizo falta que respondiera, ella sabía la respuesta.
—Claro. ¿Dónde nos deja esto entonces? Tendremos un bonito recuerdo sin posibilidad de futuro. Así que no lo hagamos más difícil de lo que ya es. ¿Te parece?
—Tienes razón. No me gusta, pero sé que tienes razón —estaba profundamente decepcionado, aunque era consciente de que jamás podría darle lo que ella necesitaba. Sacó una de sus tarjetas y apuntó unos números antes de dársela—. Ten, mi número de móvil está aquí y el código de seguridad de mi casa es esto que he apuntado por detrás. Le daré tu nombre al portero. Si necesitas cualquier cosa, llámame. Y si buscas un lugar seguro, prométeme que vendrás.
Sus miradas se unieron intensamente.
—Está bien. El término seguro está empezando a resultarme bastante relativo. Ah, gracias por empujarme a la alcantarilla. Algún día te devolveré el favor — prometió, acariciándole la mejilla justo antes de que él se bajara del coche.
Aún se agachó a decirle una cosa más:
—Por favor, por favor, ten cuidado —cerró la puerta y la miró alejarse mientras deseaba que todo fuera diferente entre ellos. Que él mismo fuera diferente.
Se quedó allí varios minutos para asegurarse de que no la seguía ninguna moto. La calle estaba desierta, pero seguía teniendo el vello de la nuca de punta. Había alguien cerca. Esperando.
Lo primero que oyó al entrar en casa de su padre fue una voz grave:
—Caroline Ripley Davis, ¿dónde demonios has estado? —su padre estaba en el vestíbulo y parecía… preocupado.
El miedo que la había acompañado en el trayecto hacia la casa, fue reemplazado por una extraña sensación de tranquilidad. Howard se había preocupado por ella, quizá había pensado que estaba en peligro.
—He… salido. Siento mucho si…
La interrumpió un rápido gesto y después el modo en que la miró de arriba abajo.
—Te has perdido la cena… ¿Qué es eso que llevas puesto? ¿Te ha visto alguien así?
Otra vez volvía a ofenderla. No se había preocupado por ella, sino por sí mismo, como siempre.
—Sí, he estado en un lugar público así vestida —respondió, tan escuetamente como pudo—. Y no, no me duelen mucho las rodillas, gracias por preguntar —el orgullo le impedía cojear y la terquedad le impedía llorar. Debería haberse quedado con Cage, quizá así su padre se hubiera preocupado. Claro que seguramente no—. Me voy a dar una ducha y a dormir —dijo, subiendo el primer escalón.
—¡Caroline, baja aquí ahora mismo! Tenemos que hablar de tu trabajo en la clínica y hay que ver cómo evitar una demanda por los casos de Harris y Cooper. Una demanda por negligencia no sería nada buena para los Davis.
Quizá era la presión y el cansancio, o quizá se trataba del último insulto de una serie interminable. O quizá fuera la fuerza que le había dado mantenerse firme con Cage. Fuera por lo que fuera, Ripley sintió cómo la ira se hacía con el control de su cuerpo y de su mente y decidió no frenar una emoción que siempre había considerado infantil.
—No, padre. No vamos a hablar de nada, nunca lo hacemos. Tú decides y yo escucho, y eso no es hablar.
—Bueno, Caroline. Ya veo que no estás dispuesta a ser razonable. Ya hablaremos en otro momento.
—¡No te atrevas a marcharte, padre! —le gritó Ripley, y tuvo el placer de verlo mirarla con los ojos abiertos de par en par—. Si te vas, yo me iré de esta casa y no volveré jamás. Puede que no creas que esté en peligro, pero es cierto. O empiezas a escuchar lo que digo, o me voy. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?
Howard frunció el ceño.
—Caroline, de verdad…
—¡Me llamo Ripley!
En mitad de un silencio ensordecedor, Ripley oyó un ruido que los hizo mirar a una puerta lateral. Y se quedó helada.
La esbelta mujer morena, se pasó una mano por el cabello mientras con la otra sujetaba una enorme bolsa de golf.
—No habré llegado demasiado pronto, ¿verdad?
Ripley se vio sacudida por un intenso dolor de cabeza, que la hizo cerrar los ojos y volver a lamentar no haber aceptado la invitación de Cage. La idea de mirar al techo de su habitación de invitados, mientras recordaba todas y cada una de sus caricias era más apetecible que aquella situación.
Pero cuando abrió los ojos, seguía en la escalera de mármol de la mansión de su padre y Eleanor Caroline Davis seguía en el vestíbulo. Su padre se había quedado petrificado y con la boca abierta, así que Ripley habló por él.
—Hola, madre. Bienvenida a casa.