Objetivo principal
Capítulo 2
Ripley pasó la noche repasando una y otra vez los informes médicos de Ida Mae Harris hasta que se le nubló la vista; después se arrastró hasta la cama y durmió un par de horas durante las que su mente se llenó de imágenes de agua, ojos oscuros y su cuerpo percibió unas sensaciones muy poco familiares. El sonido del despertador supuso casi un alivio, pero la tensión del día anterior regresó en cuanto entró en su despacho del hospital Boston General.
Un libro que recordaba haber dejado abierto por el capítulo de complicaciones cardiacas estaba ahora cerrado. Su silla, que ella acostumbraba a dejar pegada a la mesa, estaba a más de medio metro del escritorio.
Miró a la puerta preguntándose si alguien habría estado allí. La había encontrado cerrada con llave, como siempre.
Seguía alterada por los acontecimientos del día anterior, eso era todo. El incidente con el señor Harris le había puesto los nervios a flor de piel y seguía preocupada por lo que había dicho. «La voz del teléfono dijo que la doctora Davis había matado a mi esposa». No entendía nada, la única explicación plausible que encontraba era que alguien hubiera llamado al señor Harris y le hubiera dicho que el Servicio de Oncología Radioterápica era responsable de la muerte de su esposa…
Eso significaría que podría tener que enfrentarse a una demanda por mala praxis, pero lo más grave era que también significaría que, en su departamento, había alguien en quien no se podía confiar.
—Llega tarde.
Ripley pegó un bote que la hizo golpearse con la silla. No era habitual que su mejor amiga, Tansy, apareciera así, de repente. Normalmente la guapa rubia entraba en el despacho con una energía contagiosa. Pero ese día no. Ripley la miró preocupada.
—Tienes el mismo aspecto que debo de tener yo ¿Qué te ocurre?
—Nada importante —la sonrisa de Tansy apenas alcanzó para curvarle los labios. La noche en vela que debía de haber pasado se reflejaba en sus hombros cargados y en las ojeras que tenía—. ¿Y tú qué tal estás después de lo de ayer?
—Nerviosa y dolorida —respondió Ripley—. Y ya sé que Cage llega tarde.
La amenaza de investigación del Servicio de Protección Radiológica, era otra de las causas de su nerviosismo. Si bien Ripley y sus técnicos eran muy escrupulosos con el uso de la radiación, se decía que Zachary Cage tenía una misión. Además, Leo Gabney llevaba ya algún tiempo buscando una excusa para cerrar el departamento y transferir a los costosos pacientes a algún otro centro de la ciudad, donde Ripley sabía que recibirían los cuidados adecuados.
Adecuados, pero no excepcionales. Aunque, en un principio, ella había aceptado el puesto para demostrarle a su padre que jamás trabajaría en su lujosa clínica privada, con el paso de los años el departamento se había convertido en el centro de su vida. Ripley sabía que, seguramente, sus compañeros y pacientes eran la única familia que tendría y no estaba dispuesta a permitir que la dirección o el nuevo Servicio de Protección Radiológica se la arrebataran.
—Hoy es la autopsia de Ida Mae Harris —anunció Tansy, rompiendo el silencio con cierta reticencia.
Ésa era, en pocas palabras, su preocupación principal. Eso era todo lo que quedaba de la mujer de sesenta y ocho años que estaba deseando celebrar un aniversario que nunca alcanzaría.
—Lo sé.
—No van a encontrar nada que Gabney pueda echarnos en cara —aseguró su amiga abrazándola. Aunque pasaba mucho tiempo trabajando con una organización humanitaria que la llevaba a ejercer la medicina en las peores condiciones imaginables, Tansy trabajaba para el Servicio de Oncología Radioterápica siempre que estaba en la ciudad.
—Por una parte, me gustaría que encontraran algo. Al menos así tendríamos una explicación —admitió Ripley encogiéndose de hombros—. Siempre es mejor saber la respuesta que hacerse preguntas.
—Bueno, pasara lo que pasara, lo que está claro es que el departamento no cometió ningún error. Tú no hiciste nada mal.
Ni ella ni nadie del hospital, pero Tansy sabía que su amiga necesitaba oír aquellas palabras. Sólo Tansy sabía lo insegura que era a veces Ripley con su trabajo; aunque pareciera invencible, la aterraba jugar a ser Dios. Y cuánto sufría cuando perdía un paciente. Un amigo.
—Espero que tengas razón —Ripley cerró los ojos con fuerza—. Y espero que el Servicio de Protección Radiológica no nos dé problemas —le subió la temperatura al recordar aquellos ojos negros y las promesas que le habían hecho en sueños.
¿O había sido una pesadilla?
—¿A qué problemas te refieres? —dijo una voz profunda a su espalda, provocándole un escalofrío como una descarga eléctrica.
Se dio media vuelta y allí estaba. Cage. Se maldijo a sí misma por no haberse dado cuenta de que había entrado en el despacho antes de darle tiempo a prepararse para verlo de nuevo.
No quería que supiera lo de la autopsia. No quería que se diera cuenta de que era incapaz de explicar el motivo de la muerte de Ida Mae. La experiencia le decía que siempre era mejor contarle lo menos posible al Servicio de Protección Radiológica. Y las reacciones que había experimentado en las últimas horas le decían que era mejor que se mantuviera alejada del actual jefe del SPR. Con el incierto futuro al que se enfrentaba su departamento, no podía permitirse mostrar ninguna debilidad en el terreno emocional.
Eso era algo que le había enseñado su padre.
El rostro de Cage no delataba nada, pero sus miradas volvieron a conectar del mismo modo que el día anterior. Era algo primitivo que brillaba en lo más profundo de aquellos ojos negros.
—Nadie nos ha presentado debidamente —dijo él tendiéndole la mano como si fuera un desafío—. Soy Cage, el nuevo Jefe del Servicio de Protección Radiológica.
Le estrechó la mano, al tiempo que notaba cómo se le aceleraba el corazón.
—La doctora Davis —él le apretó la mano un poco más de lo normal antes de soltarla.
—Encantado —respondió, aunque la arruga de su frente daba a entender que no era eso lo que sentía.
—Aunque le agradezco enormemente lo que hizo ayer en el vestíbulo, he de admitir que no me emociona que vaya a hacernos una investigación. Tengo muchos pacientes que atender y las infracciones que usted mencionó ayer fueron la estrategia que utilizó Dixon para vengarse de mí por no querer salir con él —la voz de Ripley se encendió ligeramente, pero enseguida hizo un gesto para invitarlo a salir del despacho. Estaba demasiado cansada y malhumorada. Y muy tensa—. Olvídelo. Vamos, le enseñaré los detectores de radiación.
Trató de pasar por delante, pero él no se movió siquiera, con lo que acabó demasiado cerca, mirándolo a los ojos. En el estómago de Ripley surgió un estremecimiento que le recorrió el cuerpo entero. Eran los nervios, se dijo a sí misma.
«Deseo», susurró su inconsciente. «Deseo sexual».
Tardó varios segundos en darse cuenta de que él no la miraba, sino que tenía la mirada fija en los informes de Ida Mae que había sobre la mesa.
—¿Qué es eso? ¿Su informe del personal?
Ripley se giró inmediatamente y puso la mano sobre los papeles.
—Es información confidencial, señor Cage. No es de su incumbencia a no ser que sea usted médico.
En los ojos de Cage apareció un peligroso destello, pero dio un paso atrás y bajó la mirada.
—Le pido disculpas. La sigo, doctora Davis.
¿Por qué habría pensado que aquél era su informe de personal? Ripley no tenía la menor idea de la respuesta, igual que no tenía la menor idea de por qué, de pronto, le parecía que hacía muchísimo calor.
Con la tensión provocada por su proximidad, Ripley le enseñó los archivos de los índices de radiación.
—Está todo actualizado.
Sus dedos se rozaron cuando Cage agarró la carpeta.
—Claro que lo está —aunque su voz no lo delataba, Ripley tuvo la sensación de que se estaba burlando de ella—. No esperaba menos.
Sin dar mayor explicación, se dio media vuelta y se dirigió a las salas de radioterapia, mientras Ripley lo observaba.
—¡Guau! —exclamó Tansy yendo hacia su compañera y mirando cómo Cage se movía.
—Sí —confirmó Ripley—. Es un cretino.
—Bueno, eso no era precisamente lo que yo quería decir —admitió la joven rubia, con una traviesa sonrisa en los labios—. ¿Éste fue el que te salvó del marido de Ida Mae? —ambas siguieron observándolo mientras copiaba unos datos del acelerador lineal.
—Sí —respondió Ripley, recordando el aliento de Harris en su cuello, el sonido del cristal al romperse y aquellos ojos negros. Tuvo que frotarse los brazos para quitarse la piel de gallina—. Pero eso no significa que deje de ser peligroso para el SOR. Ya lo oíste en la reunión. Es una caza de brujas.
—Pues a mí no me importaría ser la bruja que intenta cazar —bromeó Tansy, con su habitual chispa y después le lanzó una mirada a su amiga—. Pero tengo la sensación de que ya ha elegido a otra.
—¿Me estás llamando bruja? —replicó Ripley, desviando la conversación con sarcasmo, pero la mirada de Tansy le daba a entender que la tensión que había percibido en su despacho no había sido producto de su imaginación.
Vaya momento había elegido su libido para despertar.
—Sólo digo lo que veo —dijo más tranquila—. El caso es que me alegro de que ayer estuviera ahí para ayudarte. Cada vez que pienso en lo que podría haber pasado…
—No pensemos ahora en eso, ¿de acuerdo? —le pidió, tratando de esbozar una sonrisa—. Ya ha pasado.
Pero entonces volvió a recordar las palabras de Harris y pensó en la silla de su despacho y en el libro cerrado y no pudo evitar preguntarse si realmente había pasado ya o acababa de empezar…
Mientras tecleaba en el panel del acelerador lineal, Cage se felicitó a sí mismo por haber averiguado tres cosas, en los pocos minutos que llevaba en el Servicio de Oncología Radioterápica. Una, Ripley Davis no quería que investigara su departamento. Dos, tampoco quería que conociera el contenido de los papeles que tenía en la mesa de su despacho. Y tres, era tan bella que hacía que le doliera el pecho.
Los dos primeros descubrimientos no eran ninguna sorpresa, el tercero sin embargo lo había dejado perplejo. Hacía ya mucho tiempo que creía que todas esas emociones habían desaparecido de su vida con aquella descarga de radiación y el posterior sentimiento de culpabilidad.
—Siempre me encargo de que todo esté al día —la voz suave a su espalda le provocó un estremecimiento que él cortó tan pronto como pudo, pero la cercanía de aquella mujer hizo estallar una alarma en su cerebro.
—Ya veo —y era cierto. Ripley había actualizado el software cada vez que había surgido el más mínimo problema técnico—. Es una lástima que haya que esperar a que muera alguien para mejorar esta maquinaria mortal —añadió dando un ligero golpe a la máquina.
Ripley respiró hondo antes de contestar.
—Creo que se exagera un poco. Hay que recordar que, cada año, cientos de miles de personas se salvan o mejoran su estado gracias a la radioterapia.
—Entonces ¿cree que hay que olvidarse de la gente que murió porque, en Oncología del Albany Memorial, los médicos no hicieron caso de los informes y siguieron tratando a los pacientes con un acelerador en malas condiciones? — empezaron a dolerle los dedos de golpear el teclado con tanta fuerza. Hizo una pausa, apretó los puños y tragó saliva—. Olvídelo. Parece que todo está en orden.
—Entiendo —susurró Ripley, con voz tensa—. Parece que siente cierta aversión por los Servicios de Oncología Radioterápica en general. Yo pensaba que era yo la que no le gustaba. Déjeme decírselo, Cage, le agradezco mucho lo que hizo ayer, pero…
Fuera lo que fuera lo que estaba a punto de decirle, se quedó sin saberlo porque los interrumpieron los gritos procedentes del pasillo.
—¡Doctora Rip, doctora Rip! —una muchacha con el pelo morado irrumpió en la sala imitando con la boca el sonido de unas ruedas derrapando y empujando a un niño en una silla de ruedas del hospital. Al detenerse en seco, la colorida peluca de la muchacha se le resbaló de la cabeza y aterrizó en el suelo provocando la carcajada de todos menos de Cage.
Cage miró el cuero cabelludo desnudo de la chica y sintió un escalofrío.
—Liwy, ¿qué estás haciendo aquí? Creía que habías acabado el ciclo. ¿Estás bien? —Ripley se acercó a abrazar a la muchacha—. Hola, Milo. ¿Qué tal? —no tocó al chaval, que jadeaba exhausto por la risa. Llevaba una enorme gorra de béisbol sobre la cabeza sin pelo.
Cage notó cómo se le encogía el estómago. Uno de los motivos por los que había elegido la protección radiológica era porque no lo obligaba a tratar con los pacientes; podía ayudarlos sin verlos siquiera. Sin necesidad de recordar.
—Belle llamó a mi madre para decirle que Milo ya no tenía tanta fiebre —explicó la muchacha, que no era tan joven como la hacía parecer su extremada delgadez—. Así que hemos venido unos cuantos a visitarlo. Estábamos hablando del partido de la semana que viene, ¿verdad, Milo?
El chico se limitó a asentir, cosa que evidentemente le suponía un gran esfuerzo. Ripley no parecía inmutarse por la debilidad del muchacho, lo que le hizo pensar a Cage en otros médicos. En otra época. Justo en ese momento, ella lo miró y le dio una explicación que Cage no había pedido:
—Hay una fundación que cede asientos del estadio de béisbol a los diferentes servicios de oncología. A los chicos les encanta. Tenemos entradas para la semana próxima.
—Es estupendo —respondió Cage, encogiéndose de hombros.
El dolor del hombro era casi tan punzante como el que sentía en el alma, pero ambos le recordaban a un tipo al que le había importado más su carrera que su familia.
—¿Nos conocemos? —la pregunta sacó a Cage del recuerdo de tantas promesas y sueños rotos, pero no pudo contestar a la joven—. Me llamo Olivia Minton.
—Cage. No, creo que no nos conocemos —se alejó de ellos inmediatamente, con la excusa de apuntar los datos del acelerador lineal.
—No os preocupéis, chicos. Es así de grosero con todo el mundo —aseguró Ripley, lanzándole una dura mirada que él no pudo ver—. ¿Habéis venido a saludar, o queríais algo?
—Queríamos decirte hola —respondió Liwy cariñosamente—. Pero también queríamos algunos rotuladores.
Ripley soltó una carcajada que llegó hasta los oídos de Cage.
—¿Vais a haceros otro tatuaje? —preguntó, abriendo el cajón de un armario para darles un puñado de rotuladores que utilizaban para las pruebas.
Liwy le dio las gracias y le echó un último vistazo a Cage, antes de salir de la sala junto a Milo, pero Cage siguió sin querer decirle dónde se habían visto antes.
Había sido cinco años atrás, una larga batalla judicial y un master universitario habían convertido a Cage en un hombre muy diferente. Su amor por el deporte había desaparecido desplazado por la necesidad de vengarse.
—No tienen nada contagioso —espetó Ripley, sin preámbulos—. No vas a sufrir cáncer por darles la mano —no lo insultó, pero quedaba implícito.
—¿Ése es el historial de radiación? Gracias.
Haciendo caso omiso al comentario de la doctora, Cage agarró la carpeta y la abrió sobre la mesa más cercana; aunque sabía lo que iba a encontrar. Nada. Ya había supuesto que no iba a encontrar nada fuera de su sitio en aquel departamento. Podría haber apostado que allí figuraría hasta el último lote de material radiactivo. Todos los botes de neutralizador estarían llenos hasta el borde y la preparación del personal sería impecable.
Pero también podría apostar que aquella mujer ocultaba algo.
—Le devolveré todo esto cuando lo haya estudiado.
—Muy bien. Pero no me cierre el departamento, ¿de acuerdo? Tengo pacientes que dependen de mí —levantó la vista y se metió un mechón de pelo detrás de la oreja. Era un gesto tremendamente vulnerable—. Aquí ayudamos a la gente, Cage. Salvamos muchas vidas.
Cage no dijo ni palabra, porque su respuesta habría sido que no salvaban a todo el mundo. Por eso se limitó a repetir lo que ya había dicho:
—Se lo devolveré cuando haya terminado —y salió de la sala a toda prisa.
En cuanto estuvo en el pasillo, tuvo que apoyarse en la pared y respirar una brizna de aire que no llevara su aroma. Tenía que despejarse. No podía permitirse perder el tiempo con ninguna mujer, pero menos aún con una doctora.
—¿Está usted bien, jefe? —como parecía ser su costumbre, Whistler apareció de la nada.
—Sí —Cage no quería hablar del SOR, ni del modo en el que Ripley Davis le hacía enfadar, sentirse culpable y excitado al mismo tiempo. Tampoco quería hablarle de los rumores del extravío de cierto material radiactivo, todavía no estaba seguro de en quién podía confiar. Si acaso había alguien—. ¿Alguna llamada?
—Nada interesante, si no, lo habría llamado —respondió, encogiéndose de hombros—. Han llegado los pedidos de huevos grises —el material radiactivo llegaba en cápsulas cubiertas de plomo. Lo entregaban al Servicio de Protección Radiológica, allí se revisaba y se enviaba a los distintos laboratorios.
Todo debía ser comprobado exhaustivamente, el material radiactivo del hospital debía estar controlado en todo momento. Por eso Cage no comprendía de dónde había salido lo encontrado en aquel cuarto y eso lo enervaba. Claro que, como estaba trabajando basándose en rumores y especulaciones, tampoco tenía ninguna prueba.
Cuando le había mencionado el tema al director, Gabney le había lanzado una mirada fulminante y después había comenzado a cotorrear sobre el premio al hospital del año. El mensaje era claro.
«No tires de la manta».
Cage lo sentía por Gabney, pero su misión era exactamente ésa. Heather había muerto por culpa de un grupo de médicos que no habían querido averiguar la verdad, y él había prometido hacer todo lo que estuviera en su mano para que eso no volviera a ocurrir.
Se abrieron las puertas de la Unidad de Oncología y allí estaba Ripley de nuevo, camino de las escaleras. Cage levantó la vista.
—Aquí tienes —dijo dándole a su ayudante los archivos con los datos de la radiactividad—. Contrástalos con las bases de datos, pero no te preocupes si no encuentras nada. Estoy seguro de que están en orden.
La mirada de Whistler fue de Ripley a Cage.
—¿Qué va a hacer usted?
—Voy a tener una pequeña conversación con la doctora Davis —respondió Cage, con una extraña impaciencia—. Creo que hemos empezado con mal pie.
Whistler lanzó un resoplido al oír aquello.
—Buena suerte. Ripley puede llegar a ponerse muy dura cuando alguien quiere entrometerse en el funcionamiento del SOR. Su jefe técnico solía decir que la doctora Davis trataba al departamento como si fuera su marido y a sus pacientes como si fueran sus hijos.
Cage la siguió con la mirada escaleras abajo, admirando su forma de caminar, decidida y elegante. Marido. Hijos.
En su opinión, los médicos daban poco valor a la familia.
Ripley se sentó sola a tomar café mientras esperaba la llegada de Tansy a su cita diaria a media mañana, y lo hizo de espaldas al resto de las mesas, esperando que todo el mundo entendiera la indirecta. No estaba de humor para hablar con nadie.
La culpa de todo la tenía el nuevo jefe de Protección Radiológica. Estaba cansada porque había soñado con él y retrasada en sus quehaceres porque él había insistido en revisar todas y cada una de las máquinas de radioterapia, aunque en los últimos cuatro o cinco años no había habido ninguna muerte relacionada con el acelerador lineal.
Además, estaba preocupada porque tenía la sensación de que, Zachary Cage, había visto más cosas de las que ella habría deseado, tanto en el laboratorio como en ella misma. Si el director y él unían sus fuerzas contra el SOR, ella no tardaría mucho en marcharse. Sus pacientes serían trasladados y olvidados, y ella acabaría haciendo cientos de citologías al día en la clínica de su padre.
Bajó la cabeza, al notar que las lágrimas se le agolpaban en los ojos y amenazaban con desbordarse.
—¡Aquí está!
Era la segunda vez que aquella voz profunda sonaba a su espalda en lo que iba de día, pero esa vez no le iba a dar la satisfacción de verla sobresaltarse. De algún modo, ya había advertido su presencia, seguramente por la electricidad que había en el aire.
—Váyase por favor —murmuró, al verlo sentarse en la silla de enfrente—. Estoy esperando a alguien.
Ella también podía ser grosera.
—Me he encontrado con la doctora Whitmore en el pasillo, me ha pedido que le diga que tenía que asistir a una autopsia y que la verá a la hora de la comida —le informó, con una ligera sonrisa que no logró borrar la oscuridad de sus ojos. El sabía que su presencia no era bienvenida—. Así que yo le haré compañía.
Cage tenía las piernas tan largas que sus rodillas se rozaban bajo la diminuta mesa. La silla de Ripley estaba pegada al suelo y él no parecía tener la menor intención de moverse.
—¿Qué le hace pensar que quiero su compañía? —recordó la expresión de sus ojos cuando la peluca de Liwy había caído al suelo, dejando a la vista su cuero cabelludo desnudo. Frunció el ceño y trató de no sentir la cálida presión de sus rodillas.
Cage se limitó a dar un sorbo a su café y poner mala cara, como si la bebida no estuviera sentándole bien.
—Los dos sabemos que no voy a encontrar nada en esos historiales de radiactividad.
Ripley lo miró con algo más de precaución, al darse cuenta de que andaba a la caza de algo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que sus informes están en orden y listos para cualquier investigación, pero de todos modos creo que oculta algo. ¿Le importaría decirme de qué se trata? Podría empezar hablándome de los papeles que tenía en la mesa esta mañana.
Ripley apretó la taza de café con fuerza deseando que fuera el cuello de Cage. Esa vez respondería con furia en lugar de grosería. Prefería sentirse enfadada que culpable por no poder explicar la muerte de Ida Mae.
—No me gusta su tono, señor Cage, y no me gusta lo que está insinuando. Yo… —entonces le sonó el teléfono móvil—. Disculpe —dijo, abriendo el pequeño auricular—. ¿Sí?
—¡Ripley! Tienes que venir a la autopsia inmediatamente —la voz de Tansy sonaba tan alterada, que Ripley sintió una sacudida de terror al recordar dónde estaba su amiga.
Supervisando la autopsia de Ida Mae.
Consiguió responder con voz tranquila y profesional, consciente de la presencia del jefe de Protección Radiológica y de la acusación que acababa de lanzarle.
—Ahora mismo voy. ¿Puedes decirme qué ocurre?
—Es Ida Mae —Tansy hizo una pausa que coincidió con el sonido del busca de Cage, que miró el mensaje y se puso en pie justo en el momento en el que Tansy anunció—: Su cuerpo está radiactivo, Rip. Tanto que casi brilla en la oscuridad.