Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 14 de 18

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Capítulo 11

 

Una hora y varias aspirinas después, Ripley todavía no había conseguido acostarse, aunque su padre había desaparecido inmediatamente después de la reunión familiar del vestíbulo. Ella se sentía vacía, seguramente por los altibajos que habían sufrido sus emociones en los últimos días. Se sentía vacía y sola.

—Cuéntame algo de ese hombre que mencionaste por teléfono —con su pijama de seda blanca, la madre de Ripley era la personificación de la elegancia.

—Ya no importa —intentó encontrar una postura cómoda en el sofá, pero cada vez le dolían más las rodillas—. En realidad ni siquiera sé muy bien por qué te llamé —probablemente porque quería comprender por qué dos personas no podían ser felices juntas para siempre y había pensado que quizá su madre lo supiera.

—Supongo que merezco esa respuesta —susurró Eleanor, con gesto apesadumbrado.

—No pretendía ofenderte —aseguró Ripley tomándole la mano—. Lo que quiero decir es que no es tan importante como para hacerte tomar un avión en medio de un torneo —lo cual había sido una sorpresa, para la que ni ella ni su padre habían estado preparados—. De todas maneras, lo que había entre Cage y yo ha acabado. Hemos decidido que lo mejor es que mantengamos una relación profesional y nada más.

Sin embargo, todavía le hormigueaba la piel que él había acariciado y sentía el sabor de su boca en los labios.

—¿Y ese problema del hospital del que me hablaste? Supongo que será eso lo que tiene a Howard tan alterado.

No era la primera vez que Ripley se preguntaba por la relación que había entre sus padres. No se apreciaba ningún enfado en la voz de su madre, sólo tolerancia y quizá algo más. Algo que Ripley no había percibido cuando era niña.

—Ahí sigue —admitió Ripley—. Pero no quiero que intervengáis ni papá ni tú. Yo me las arreglaré sola.

Por acuerdo tácito, ni Howard ni ella le habían dado demasiados detalles a su madre. Probablemente era la primera vez que Ripley recordaba haber trabajado con su padre; el caso era que ninguno de los dos quería que Eleanor se acercara siquiera al Boston General. Ripley quería mantenerla a salvo y su padre quería mantenerla lejos, o al menos así era como ella había interpretado el frío silencio y la pronta desaparición de Howard.

—¿Estás segura? —la dulzura de su madre actuó como un bálsamo para Ripley —. Sé que llevo muchos años alejada, pero no soy tonta. Si tienes algún problema, deja que Howard te ayude. Sé que a veces puede ser un poco torpe, pero sólo quiere arreglar las cosas porque te quiere.

—No. Lo que quiere es que no lo deje en mal lugar. No trates de interceder, madre. Ya me sé la canción.

En lugar de responder, Eleanor se quedó mirándola largo rato, hasta que la hizo sentir incómoda.

—He estado lejos demasiado tiempo, Ripley, y lo siento. Pensé que lo comprendías.

¿Qué había que comprender? Howard era un tirano y su mujer había preferido viajar por el mundo jugando al golf antes que seguir a su lado. Eso era todo y era todo lo que Ripley quería que fuese, porque si existían otros factores, quizá tendría que reconsiderar el concepto que tenía de las relaciones. Del amor. Y de ser vulnerable a un hombre como Cage.

De pronto ya no podía seguir allí sentada por más tiempo, así que se puso en pie con gran dolor y miró la pantalla de su busca, aunque sabía que no había sonado.

—Lo comprendo, madre. Ahora tengo que marcharme, ¿estarás aquí mañana?

—Sí, aquí estaré —respondió con resignación—. Quizá entonces quieras hablar.

—Sí —asintió, aunque estaba segura de que su madre ya habría oído antes cualquier cosa que ella pudiera decirle—. Hablaremos mañana.

Ya en su dormitorio, se puso lo pantalones con cuidado de no rozarse las rodillas y una sudadera. Al salir por la puerta lateral, para no tener que pasar por delante del despacho de su padre, Ripley creyó oír voces en la sala de billar; seguramente su madre había encendido la televisión pequeña.

La otra alternativa le resultaba demasiado increíble como para considerarla siquiera.

Una vez en la calle, se dio cuenta de que no había pensado adonde ir. Sólo sabía que tenía que salir de aquella casa. No podía ir a su apartamento porque el asesino ya la había llamado allí una vez y tampoco podía ir al de Tansy, pues estaba en un edificio sin protección alguna. Además, tenía la sensación de que su amiga tenía sus propios problemas.

Tuvo la sensación de que el coche se dirigía solo hacía la torre de apartamentos que había visitados unas horas antes. A pesar de eran casi las dos de la mañana, el guardia de seguridad del aparcamiento la dejó entrar sin ponerle ningún inconveniente, y el portero del edificio la saludó sonriente en cuanto le dijo quién era. El ascensor la llevó hasta el último piso y la dejó en un vestíbulo cubierto de moqueta.

Ya en la puerta del apartamento, Ripley se quedó paralizada preguntándose qué estaba haciendo allí. Le resultaba inimaginable que el tosco y directo jefe del Servicio de Protección Radiológica viviera en el ático de uno de los mejores edificios de la ciudad. Las paredes eran de mármol oscuro y todo el vestíbulo estaba lleno de plantas que, a juzgar por su frondosidad, seguramente tendrían una persona encargada exclusivamente de cuidarlas. Era exactamente el tipo de vivienda que habría comprado su padre de vivir en el centro de la ciudad. Razón suficiente para marcharse.

Tenía el dedo en el botón de llamada del ascensor cuando oyó que se abría la puerta a su espalda.

—¿Ripley?

Y entonces dejó de parecerle extraño estar allí. Allí estaba él, sin camisa y con unos pantalones de deporte anchos y con aspecto de Cage. No parecía el multimillonario propietario de varios edificios, ni el hombre que había luchado y perdido contra el Albany Memorial. No parecía el joven pitcher que había visto en los recortes de prensa que le habían enseñado Milo y Liwy, ni el hombre que se había casado con una mujer llamada Heather.

No, aquel hombre de aspecto cansado y desaliñado no se parecía en nada a la persona que había sido en otro tiempo; se parecía al hombre que tan bien había llegado a conocer Ripley en tan poco tiempo. La piel morena de su pecho y la fuerza de sus músculos la hicieron pensar de pronto que podría confiar en él para que la protegiera de cualquier cosa. De todo.

—Cage —susurró y por primera vez, su nombre le pareció demasiado formal.

Y, como si hubiera sentido lo que pensaba, él dijo:

—Si quieres puedes llamarme Zachary, o Zach —se hizo a un lado y le tendió una mano—. ¿No vas a entrar?

Ripley siguió inmóvil, sabiendo que aquel paso era inevitable, pero al mismo tiempo consciente de que era la decisión más importante de su vida. Por fin entró en el apartamento y lo primero que pensó fue que Cage había compartido aquel lugar con su esposa. Él debió percibir su preocupación, porque la agarró del brazo y la llevó hasta el salón.

—Me he deshecho de la mayoría de las cosas de Heather y las que quedaban las metí en cajas. No hay muchas cosas, sólo un par de muebles y algunos trastos —hizo una pausa—. Pero no hay mucho del espíritu de Heather, ni del mío tampoco — Ripley pensó que no estaba hablando sólo del mobiliario.

Asintió mientras caminaba hasta el centro del amplio y elegante salón.

—Esta mañana me has hecho mucho daño, Cage. Deberías haber confiado en mí.

—Lo sé y lo siento mucho —admitió, con los ojos oscuros como el carbón—. Pero si me dieran la misma información de nuevo, probablemente volvería a actuar del mismo modo. Ripley, mi trabajo es defender a los pacientes.

—A eso lo llamo yo ser sincero —murmuró, acercándose a él para ponerle una mano en la mejilla—. Y te admiro por ello, aunque a veces me vuelva loca —le rozó los labios con los suyos y después sonrió—. Me vendría bien un amigo, Zach.

Con un profundo suspiró, Cage bajó la cabeza hasta apoyar la frente en la de ella.

—A mí tampoco me vendría nada mal —dijo, besándole la nariz—. Me alegro de que hayas venido. La habitación de invitados está a tu disposición.

Pero ella no quería la habitación de invitados. Lo quería a él, quería sentirse viva y segura a su lado, como si el resto del mundo no existiera. Le pasó los brazos alrededor de la cintura y se dio cuenta de que cuando intentó abrazarla, se le escapó un gesto de dolor.

—¿Qué te ha pasado en el hombro?

—Una vieja lesión que vuelve a dar guerra, eso es todo.

Ripley besó el lugar de dicha lesión, donde se podían ver las señales de varias operaciones.

—Pero me has salvado la vida.

—Más o menos —tenía la respiración entrecortada y más aún cuando ella volvió a besarle el pecho desnudo—. Ripley… lo de la habitación de invitados…

—¿Tú crees en el felices por un tiempo, Zach?

—¿En qué? —sintió cómo se le aceleraba el corazón y eso le valió como respuesta.

—Olvídalo. Y no te preocupes por lo de la habitación de invitados. Podemos compartir la tuya.

Como si hubiera estado esperando su permiso, la boca de Cage reclamó la suya y Ripley se sumergió en un beso apasionado con el que mandó a paseo al mundo entero. Ahora estaba en sus brazos y no le importaba nada más, ni siquiera si serían felices para siempre.

Ya era feliz ahora.

En la intensa oscuridad que precedía al amanecer, Cage se dio media vuelta sobre el hombro herido y gruñó de dolor. Entonces se dio cuenta de que no estaba solo en aquella enorme cama y volvió a tumbarse boca arriba para intentar organizar sus pensamientos.

Sólo veinticuatro horas antes, se había despertado abrazado a Ripley, después de una noche tan intensa que creía que todavía no había asimilado. Ahora volvían a estar juntos en la cama, pero no era lo mismo. Ella le daba la espalda, estaba acurrucada como un ovillo que la aislaba del mundo. Aunque habían hecho el amor durante la noche, ahora parecía tener la necesidad de almacenar las sensaciones para recordarlas una vez hubiera terminado todo.

Y pronto lo haría.

Ripley murmuró algo en sueños, se dio media vuelta y le puso la mano sobre el pecho con una aprobación que no era habitual en ella cuando estaba despierta. Él le apartó un mechón de pelo del rostro mientras se preguntaba qué pasaría con ellos cuando acabara todo aquello.

Del mismo modo que la muerte de Heather le había cambiado la vida, Cage se preguntaba si el empleo en el Boston General iría a dejarlo marcado para siempre. Y le daba miedo no tener la fuerza necesaria para volver a reconstruir su existencia una vez más. Abandonaría el Boston General en cuanto el Servicio de Protección Radiológica funcionara con normalidad, y buscaría otro centro en el que la vida de los pacientes estuviera en peligro.

Pero sabía que cuando se marchara, dejaría allí una parte de sí mismo.

Ripley protestó al sentir que él se levantaba de la cama, pero no llegó a despertarse. Cage se vistió en silencio y alivió un poco el sentimiento de culpabilidad dejándole una nota en la almohada en la que la citaba para desayunar juntos en el hospital. Sin embargo, mientras subía las escaleras del hospital todavía tenía la sensación de haber huido como un cobarde.

Ella merecía algo mejor, pero claro, ése precisamente era el motivo por el que trataba de no implicarse del todo en la relación. Ripley merecía un hombre que confiara en ella, la amara y la protegiera.

—¡Vaya, señor Cage! Llega usted muy pronto esta mañana.

Aquella voz femenina lo sacó de su estupor.

—Lo mismo podría decir yo, Belle —le respondió Cage a la voluntaria—. ¿Va a ver a Milo?

—Sí, ahora mismo iba para allá. Sus padres volvieron a faltar ayer, pobrecito mío. Pero está muy contento por lo del partido de hoy.

—¿Qué partido?

—Sí, el partido de béisbol en la cancha que les cede la organización benéfica — explicó sorprendida de que él no lo recordara—. Pensé que Milo había dicho que usted los acompañaría.

Cage recordó vagamente que el muchacho se lo había pedido, pero también recordaba haberle dicho que no; en ese momento no le había parecido importante. Y seguiría sin serlo a menos que…

—¿Irá la doctora Davis?

—¡Por supuesto! Es la animadora principal.

Y suponía que no habría manera de convencerla para que no asistiera, dado que quizá aquélla fuera una de las últimas veces que vería a sus pacientes. Cage estaba seguro de que les resultaría muy difícil mantener abierto el departamento una vez que se hicieran públicos los asesinatos. Así que asintió.

—Sí, entonces iré al partido.

Hacía cinco años que no se había acercado siquiera a un campo de béisbol, desde que Heather lo había llamado aquel día para decirle que se encontraba mal y él les había pedido a los organizadores del evento que le tomaran el mensaje. Los remordimientos seguían atormentándolo. Si hubiera recibido antes el mensaje, si hubiera llegado a casa más pronto… Heather seguiría muerta. Los médicos la habían desahuciado en el momento en que la habían puesto bajo aquel acelerador lineal y le habían dado una dosis letal de radiación.

—Milo se pondrá contentísimo —añadió Belle, alejándose antes de que Cage tuviera la oportunidad de preguntarle qué demonios hacía allí a las seis de la mañana.

Ripley le había dicho una vez que le parecía que Belle se sentía muy sola después de la muerte de sus padres, y lo cierto era que parecía necesitar a los pacientes tanto como ellos la necesitaban a ella. Si no más.

Estaba a punto de llegar al departamento de protección radiológica, cuando otra voz lo interrumpió:

—Hola, jefe. Usted tampoco podía dormir, ¿verdad?

Whistler parecía contento, pensó Cage mientras se preguntaba si él era el único empleado del hospital al que le parecía que llegar antes de las nueve un lunes por la mañana era una locura. Entonces se le pasó otra cosa por la cabeza. ¿Sería Whistler uno de los técnicos con los que se había encontrado Dixon aquel día al salir del cuarto de la limpieza?

—Oye, ¿te acuerdas de cuando Dixon encontró el material radiactivo en el cuarto de los productos de limpieza? —le preguntó, como sin darle importancia.

—Sí, ¿por qué?

—¿Quién más estaba en el pasillo?

El joven se quedó pensando unos segundos.

—Hiram y yo, creo que también estaba Joney y un par de enfermeras.

—¿Qué enfermeras? —siguió indagando.

—Lenore, de la UCI de Pediatría y… creo que la otra era esa bajita que siempre está con su novia. ¿Por?

Tansy. Cage identificó a la segunda enfermera, que en realidad era doctora, pero seguramente ni su ayudante ni Dixon habrían reparado en la diferencia… Entonces se detuvo en la palabra «novia», los hombres adultos no tenían novias. Tenían… amantes, prometidas, esposas, familia.

Apretó la mandíbula lleno de rabia. Él ya había tenido todo eso, ahora se dedicaba a otra cosa. Su misión era proteger a los pacientes, algo más importante que formar una familia, aunque él lo hacía por la familia que había perdido. Por los hijos que nunca tendría.

Se alejó de Whistler sin contestarle y se metió en su despacho, pues necesitaba estar solo un momento. Pero nada más abrir la puerta, se quedó paralizado al ver el brillo de un cristal roto y el directorio del personal del Boston General abierto por la letra D sobre su mesa y manchado de rojo. La bolsa de plasma que había en la papelera confirmaba que el líquido rojo era lo que parecía.

Sangre.

Bajo la fotografía manchada de Ripley, habían garabateado unas palabras que decían:

No interfiera en el trabajo del Señor.

Aquella visión y el desagradable olor le revolvieron el estómago.

—¡Dios mío! ¡Ya está bien! ¿Quién demonios eres? ¡Enseña la cara, cobarde!

—¿Jefe? ¿Pasa algo? —Whistler fue a asomarse, pero, en un acto reflejo, Cage se interpuso para ocultar el aspecto de su escritorio.

—No, no pasa nada. Ahora mismo salgo —¿le había parecido ver un brillo de satisfacción en los ojos del joven? Cage ya no estaba seguro de nada. No sabía en quién confiar salvo en sí mismo, e incluso eso a veces le resultaba difícil.

Ripley. Aquel monstruo estaba obsesionado con ella. ¿Quién sería? Tenía que ser alguien del hospital, obviamente. Alguien que tenía acceso a Oncología y a Protección Radiológica.

Cage agarró todas las pruebas de la amenaza y se dirigió al despacho de Leo; pero no tardó en darse cuenta de que no eran ni las siete de la mañana. Leo no llegaría hasta varias horas después. Tenía el estómago revuelto por el miedo y la impotencia. Ripley era el blanco del asesino, eso lo habían tenido claro desde el principio, pero cada vez era más patente que se trataba de un peligro más que real. Tenía que averiguar quién la estaba amenazando.

Se detuvo en el pasillo, al ver que la cafetería estaba abierta y, sorprendentemente, también la tienda de regalos. El dependiente se sobresaltó cuando Cage puso sobre el mostrador los pedazos de la rosa de cristal que había encontrado en su escritorio junto a la fotografía ensangrentada de una mujer que, a pesar de lo que le decía el sentido común, cada vez le importaba más.

—Dígame quién ha comprado alguna rosa como ésta desde el viernes.

Aún medio dormida, Ripley miró al teléfono móvil sin comprender por qué oía la voz de su madre.

—Cariño, ¿dónde estás? Estábamos preocupados.

—¿Madre? —¿por qué la llamaba por teléfono su madre?

Entonces echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que la pregunta que debía hacerse era ¿dónde estaba? Y entonces lo recordó todo. Ida Mae Harris. Janice Cooper. Cage. Había dormido en su casa y habían hecho el amor. Era por la mañana y él no estaba.

—Estoy bien, madre —respondió automáticamente, mientras leía la nota que había encontrado sobre la cama. Seguramente tendría que agradecerle que le hubiera dejado una nota, pero en realidad le molestaba enormemente. Parecía que no merecía despertar acompañada más que una vez.

—¿Dónde estás? —repitió Eleanor—. Estábamos preocupados.

—No te preocupes, madre. Estoy bien —Ripley se preguntaba si estaba hablando en plural mayestático o si era posible que sus padres hubieran hecho algo juntos, como preocuparse por su única hija—. Dile a papá que no voy a trabajar en su clínica y no se os ocurra venir a verme al hospital, ¿de acuerdo?

Aunque llevaba años peleándose con ellos, Ripley no quería imaginar siquiera que el asesino pudiera hacerles algún daño a sus padres. Quizá su padre se negara a creer que estaba en peligro, pero ella no iba a permitir que nadie le hiciera daño.

—Tenemos que hablar contigo, cariño. ¿Cuándo puedes venir a casa?

—Hoy no, madre. Puede que mañana. Ahora tengo que dejarte. Adiós —Ripley colgó rápidamente, antes de que el dolor de cabeza se hiciera aún más fuerte.

Sus padres ya eran difíciles por separado, pero los dos juntos eran demasiado. Y eso era algo a lo que no podía enfrentarse en ese momento. No quería hablar con ellos todavía y no quería preocuparse de si estaban bien. Volvió a mirar la nota mientras pensaba que Zachary Cage era otra de las cosas a las que le gustaría no tener que enfrentarse, lo mismo que Leo Gabney, el Boston General y el asesino que había puesto su vida en peligro.

Aquel pensamiento le provocó un escalofrío, un terrible dolor en las rodillas, donde tenía las heridas que se había hecho al caer en la calle, después de que Cage le hubiera salvado la vida una vez más. Eso la hizo acordarse del señor Harris y de su mirada cuando le había preguntado por qué había muerto su esposa. No podía seguir allí más tiempo, por muy cómodo y seguro que fuera aquel apartamento y muy negro que viera su futuro inmediato.

Fue a su apartamento a darse una ducha, pero no pudo relajarse ni un segundo. A cada rato creía oír algún ruido extraño o ver una sombra por el rabillo del ojo. Se sentía muy débil y más después de haber pasado la noche con Cage. Él le daba estabilidad, por no hablar del deseo sexual que despertaba en lo más profundo de su ser.

—Pero no pienses que puedes depender de él —se dijo a sí misma—. Ayer ya te demostró cómo es realmente.

Sin embargo, se vistió rápidamente y salió del apartamento impaciente por llegar al hospital, o quizá sólo necesitaba salir de aquel apartamento. Estaba parada en un semáforo cuando le sonó el busca, el mensaje era sencillo.

«Café. Ahora».

Con la adrenalina reventándole las venas, condujo hasta el hospital demasiado deprisa, salió del coche corriendo y se dirigió a la cafetería. Pero Cage no estaba de humor para conversar. Estaba esperándola en la puerta, allí le dio una taza de café para llevar y le hizo un gesto para que lo siguiera escaleras arriba.

—Buenos días para ti también —murmuró ella a pesar de que se había prometido a sí misma tomarse las cosas con calma—. Sí, gracias, he dormido muy bien, salvo por lo de despertar sola.

Cage se volvió a mirarla muy serio.

—Te he dejado una nota.

—Es cierto.

Después de un momento de silencio, volvió a darse la vuelta y se puso la mano en el hombro. Parecía que aquella vieja lesión era más seria de lo que él fingía.

—¿Te interesa saber adonde vamos o vas a seguir con la rabieta?

—¿Adonde vamos? —se las arregló para preguntar entre dientes. No entendía por qué le resultaba tan difícil mantener un ambiente relajado cuando estaba con él. ¿Por qué quería más y al mismo tiempo quería olvidarse de todo lo que había entre ellos?

—A Protección Radiológica —respondió como si no fuera obvio, dado el camino que habían tomado—. Tenemos una reunión.

—¿Con quién?

—Con un técnico con conocimientos médicos que compró tres rosas de cristal, al día siguiente de que te atacaran —abrió la puerta de golpe y Ripley lo siguió al interior del Servicio de Protección Radiológica, deseosa de ver la cara del joven cuando Cage dijo con una voz fría como el acero:

—Hola, Whistler.