Objetivo principal
Capítulo 6
Cage se quedó a un lado, mientras Ripley acudía junto a la cama de su paciente. Nada más entrar en la habitación, comprobó con alivio que el niño estaba tumbado en la cama, débil pero vivo. Afortunadamente, no era otra muerte en la Unidad de Oncología.
No podía dejar de pensar en las cinco pacientes muertas por fallo cardiaco y cuyos cuerpos estaban contaminados. Aun así, Ripley y él seguían sin tener ninguna prueba. Como ya había dicho Gabney, los dos incidentes que había sufrido Ripley, podían no tener ninguna relación entre sí y los cuerpos podrían haber sido contaminados por un tratamiento erróneo.
Por muy fuerte que fuera su sospecha de que había un asesino en el hospital, lo cierto era que no había evidencia alguna. Sólo esperaba que pudieran encontrarla, antes de que hubiera más víctimas. Antes de que muriera otro paciente. O quizá otro médico.
—Belle. ¿Cómo es que sigues aquí? ¿Qué tal está Milo y dónde está la doctora Campbell? —Ripley bombardeó a preguntas a la voluntaria a la que Cage recordaba, vagamente, haber visto ese mismo día empujando la silla de ruedas del niño.
—Me he quedado porque Milo me necesitaba. Dios sabe que sus padres no pasan demasiado tiempo con el pequeño. Está pasando muy mala noche. Una de las enfermeras mencionó que la había visto bajar al sótano, por eso decidí llamarla para ver si podía pasar un minuto con él.
Ripley asintió, como si fuera normal que un viernes a media noche la llamaran al busca para pasar un rato con un paciente.
—Claro —dijo, relajando los hombros. Después se volvió a mirar a Cage—. ¿Por qué no te vas a casa a dormir un poco? Aquí estaré bien, hay gente toda la noche.
Cage seguía en pie junto a la puerta, reticente a marchar pero más aún a entrar del todo en la habitación, cuyos olores despertaban recuerdos demasiado dolorosos.
—Si quiere, puede entrar —le dijo Belle, poniéndole la mano en el brazo.
—Estoy bien aquí —respondió, con un nudo en la garganta y sin poder apartar la mirada de los ojos de Ripley, en los que había una compasión que él jamás habría asociado con un médico—. ¿Y los padres del niño? —le preguntó a la voluntaria, en un susurro apenas audible.
—Creen que basta con que su seguro pague el tratamiento, pero no es así. Lo que este niño necesita es su ayuda, su amor.
Cage se alejó un paso más, pero la imagen de la habitación seguía allí. Los alegres colores de los banderines de Boston, que tenía sobre la cama, contrastaban con el rostro delgado y pálido de Milo. También había una gorra de béisbol junto al chico. Esos objetos daban idea de los sueños truncados de aquel niño.
La mente de Cage trató de recordar la imagen de una mujer ágil y rubia, pero no pudo porque jamás había visitado a Heather en el hospital. Había estado en la carretera.
—¿Le gusta el béisbol? —cerró los ojos, para espantar un sentimiento de culpabilidad reavivado por el despertar de sus emociones. Seguía teniendo el sabor de Ripley en los labios y el recuerdo de su mujer en la cabeza.
—Le encanta —respondió Belle—. De mayor quiere ser pitcher.
Ninguno de los dos mencionó lo que era obvio, que Milo tendría mucha suerte de crecer. Cage se dio media vuelta para salir de la habitación cuanto antes. Tenía que alejarse del hospital un momento, de sus imágenes y de sus olores. Ripley tenía razón, allí estaría bien. Y él necesitaba aire.
—Dígale a la doctora Davis que vendré a buscarla dentro de una hora.
Antes de salir del centro, pasó por su despacho para revisar su ropa en busca de algún rastro de radiactividad como hacía siempre antes de marcharse. Frunció el ceño al oír el pitido del detector cuando se lo pasó por la manga de la camisa. Se la quitó inmediatamente, la dejó en la cesta donde se quedaría hasta que la ligera contaminación desapareciera y salió de allí sediento de aire fresco.
El espíritu de su esposa no se separó de él de camino al apartamento que habían compartido en otro tiempo. Pero no lo reprendió ni le echó nada en cara, eso no era propio de Heather. No, lo que recibía de ella era comprensión. El recuerdo de su esposa lo perdonaba por haber besado a otra mujer, del mismo modo que tantas veces lo había perdonado por pasar demasiado tiempo fuera de casa, cuando ella estaba viva.
Era él el que jamás podría perdonarse. Había sido un mal marido y un mal hombre. No tenía familia ni ningún tipo de vínculos. Podría pasarse la vida trasladándose de hospital en hospital, buscando médicos a los que les importaba más su carrera que los pacientes. Podría luchar contra ellos y proteger así a otras mujeres. A otras esposas. Porque todos los médicos eran iguales.
«Excepto Ripley», le susurró su mente. «A ella le importan sus pacientes. No es como los demás».
Pero una parte de él seguía sin estar seguro; incluso después del beso, le quedaba la duda de si estaría jugando con él. No podía confiar en que, realmente, fuera como parecía ser. Porque si lo era, se trataba de una mujer que podría importarle de verdad, cosa que sería mejor para él y para ella, que nunca sucediera.
—Buenas noches, señor Cage —le dijo el portero de su edificio. Allí había comprado un apartamento con el dinero de su fichaje cuyo alquiler, unido a su cuantioso salario, lo había hecho rico. Pero no lo bastante rico como para salvar a su mujer o para vengar su muerte.
—Hola, Charlie.
El camino en ascensor hasta el último piso se le hizo más largo que nunca, como si cada vez resultara más difícil llegar al que debería ser su hogar.
Ya en el recibidor de la casa, el enorme armario de dos puertas se extendía sobre él y Cage titubeó antes de abrirlo por primera vez después de tantos años. Allí estaba todo. Las cajas que el equipo le había devuelto después de que dejara el béisbol. Las cosas de Heather que había quitado de las paredes, con la esperanza de que eso le hiciera más fácil estar allí. Y la bolsa que había tirado allí la última noche que ella había estado con vida.
Se sentó en el suelo y agarró la bolsa. Había algo que tenía que hacer antes de volver al hospital a estar con Ripley. A cuidarla. Y a vigilarla, aunque ya no estaba seguro de si había algo que vigilar.
El ajetreo del cambio de turno de las enfermeras despertó a Ripley a las seis de la mañana, y la hizo sufrir los dolores musculares ocasionados por dormir junto a la cama de algún paciente. Milo cambió de postura al tiempo que un dolor en la garganta le recordaba el sueño que había tenido. El chisporroteo letal. El olor del cloro. El miedo.
Enseguida recordó todo lo demás. Ida Mae. Otras cuatro pacientes muertas y contaminadas. El señor Harris y el cuarto de la limpieza. El peligro. Y Cage, que era otro tipo de peligro. Se pasó la lengua por los labios, donde seguía la huella de un beso que le había sabido a necesidad, a dolor y a un inesperado poder mezclado con dulzura. Aquel beso había sido muy complicado. Como él mismo. Como la situación que estaban viviendo.
Con un escalofrío, Ripley le rozó a Milo la mano en la que tenía agarrada su adorada gorra de béisbol. Tenía que asegurarse de mantener a sus pacientes con vida. Si le pasaba algo a Milo, o a cualquier otro, jamás se lo perdonaría.
Aquel pensamiento la llevó hasta la habitación de otra paciente. Janice Cooper dormía plácidamente, con una ligera sonrisa en los labios. Ripley sabía que el tratamiento estaba yendo bien y, con un poco de suerte, la joven abuela recibiría el alta en unos cuantos días. Quizá antes de que acabara de tejer la chaqueta que le estaba haciendo a su nieto.
—¿Doctora Davis? ¿Algún problema? —el susto que le dio aquella voz no duró mucho, porque enseguida vio que se trataba de Belle.
—¿Qué haces aquí todavía?
La voluntaria sonrió con amabilidad.
—Me fui a casa hace unas horas y dormí un poco. Pero ya estoy de vuelta para empezar el nuevo día. A mi edad, uno ya no necesita dormir mucho.
No era la primera vez que Ripley se preguntaba cuántos años tendría Belle; podría tener desde cuarenta hasta sesenta. Siempre llevaba ropa muy discreta; suéteres de cuello alto y zapatos planos que no hacían ruido cuando caminaba. Todo ello aumentaba su aspecto de serenidad.
Serenidad y paz, dos cosas que Ripley necesitaba desesperadamente en aquel momento. Al volver a ver a Milo, descubrió un poco de color en su rostro. Quizá consiguiera aguantar el ciclo de tratamiento, pensó con cierta esperanza.
—Si ves al señor Cage, ¿puedes decirle que he ido a la capilla?
Le sorprendió que no estuviera esperándola y tuvo que admitir que sintió una ligera decepción, aunque sabía que no era justo porque ella misma le había dicho que se fuera a casa, que ella estaría a salvo en Oncología. Pero su lado más asustado y menos propio de los Davis, habría preferido tenerlo a su lado ahora que se dirigía a la sala de médicos cercana a su despacho. Se dio una ducha durante la que se le echaron encima todos y cada uno de sus treinta y dos años en forma de dolores musculares y de las articulaciones. Sólo pudo cambiarse de camiseta porque no tenía más ropa allí, pero al menos ahora se sentía algo más fresca, pensó mientras caminaba por los pasillos intentando distraerse y no dejarse intimidar por las sombras y los ruidos que le parecía percibir a cada paso.
Fue hasta la capilla con la idea de encontrar un lugar tranquilo y seguro, pero antes de llegar allí vio a uno de los técnicos de Protección Radiológica.
—Doctora Davis.
—Whistler, ¿qué haces aquí? —le preguntó, evidentemente sorprendida—. ¿Es que ahora también trabajáis los fines de semana? —no pudo evitar ponerse nerviosa por su presencia, aunque jamás había visto ningún tipo de amenaza en él.
—No, doctora. Anoche, al salir del trabajo, unos cuantos salimos a bailar y mi novia se dejó su chaqueta en el despacho. Sólo estoy tratando de ganar puntos con ella —bromeó, levantando la mano en la que llevaba la prenda vaquera. Ripley asintió algo más relajada. Sólo había ido al hospital a recoger una chaqueta. No había nada siniestro.
No obstante, ella estaba ansiosa por refugiarse en la pequeña capilla del sótano. Después de todo, ¿quién se atrevería a atacarla en una iglesia?
—Muy bien, entonces no te entretengo. Que tengas un buen fin de semana.
Unos segundos después, estaba rodeada de paz y de un delicioso olor a flores frescas. La capilla estaba bastante oscura, pero Ripley no encendió la luz pues el cirio que había junto al altar iluminaba el espacio lo suficiente y le daba al ambiente una tranquilidad que ella necesitaba mucho. Así que se sentó en un banco y trató de que su mente se relajara. Allí se sentía segura.
Si bien no profesaba ninguna religión, se refugiaba en la capilla cuando estaba preocupada por algún paciente o por sí misma. El silencio la ayudaba a aclarar sus pensamientos y el crucifijo tallado en madera le hacía creer que había alguien escuchando sus plegarias.
Le hacía creer que le importaba a alguien.
Pero ese día no estaba funcionando. Parecía no haber paz para ella, ni siquiera en la capilla.
Su cabeza seguía dándole vueltas a todo lo ocurrido en los últimos días. Milo. Sus pacientes muertas. Su departamento.
Cage.
En los segundos antes de que la besara, ella había adivinado en sus ojos lo que iba a hacer. Sabía que era un error, sabía que debería haberse alejado; y sin embargo, se había dejado llevar y había respondido a su beso. En cuanto había puesto los brazos alrededor de él, había sabido que aquello les daría problemas. Había demasiada atracción, pero también demasiadas razones por las que jamás funcionaría. Él era demasiado temperamental y taciturno, tenía demasiada personalidad.
Era exactamente el tipo de hombre que ella había prometido evitar.
—¿Qué estoy haciendo? —susurró en la oscuridad.
El sonido le rebotó erizándole el vello de la nuca. Debía de ser el eco. O quizá era el ruido provocado por un paso.
—¿Hola? —preguntó poniéndose en pie y con el corazón latiéndole como un caballo desbocado—. ¿Hay alguien ahí?
No hubo respuesta. Se asomó a las sombrías hornacinas, donde le pareció ver algo que se movía en la oscuridad, junto a una vidriera.
—¿Hola? —repitió, con voz quebrada.
En ese instante se apagó la enorme vela dejando la capilla en la más completa oscuridad. Ripley oyó una respiración que no era la suya.
Eran casi las seis y cuarto de la mañana del sábado, cuando Cage entró en el hospital. No podía creer que se hubiera quedado dormido sentado, en el suelo, junto al armario. Sólo esperaba que Ripley hubiera sido sensata y se hubiera quedado en las habitaciones donde estaría rodeada de gente. Pero al llegar a Oncología, encontró a Milo despierto y solo.
—Liwy ha recordado dónde lo había visto antes —le dijo el muchacho, con un hilo de voz—. Usted era pitcher de Texas.
Aquel comentario despertaba los mismos dolorosos recuerdos, que las cosas que había descubierto en el armario de su apartamento.
—Así es —asintió con pesar, pero los miedos del presente eran más fuertes que los lamentos del pasado, por lo que no tardó en preguntar—: ¿Sabes dónde está la doctora Ripley?
—Creo que la oí decirle a Belle que iba a la capilla —respondió Milo, con esfuerzo.
¿La capilla? No parecía el tipo de lugar al que iría Ripley. Pero claro, él apenas la conocía. Conocía el sabor de sus labios, pensó haciendo que su cuerpo reaccionara de inmediato. La química que había entre ellos era una complicación imprevista que le había llenado la cabeza de deseos, tan inútiles como los que provocaban los recuerdos.
Entonces se acordó de dónde estaba la capilla; al final de un aislado pasillo de la planta sótano, y se dispuso a correr a su encuentro con una preocupación que ahuyentó, inmediatamente, la excitación y la confusión. Pero Milo interrumpió su marcha.
—¿Vendrá con nosotros al partido de la semana que viene? Seguro que a Ripley no le importará… —tuvo que hacer una pausa para tomar aliento, momento que Cage aprovechó para darle el guante de béisbol que le había llevado.
—No, lo siento, pero te he traído esto. Yo ya no lo necesito.
Y salió antes de que el chico pudiera darle las gracias. Cage no quería agradecimiento, sólo quería dejar atrás los recuerdos. No estaba seguro de qué le había hecho ir a su casa a buscar el guante, pero no había cuestionado tal impulso porque le había parecido importante, casi tan importante como encontrar a Ripley ahora y asegurarse de que estaba bien.
Bajó las escaleras corriendo, mientras intentaba convencerse de que no pasaba nada, aunque tenía los pelos de la nuca de punta. La cosa no mejoró cuando, al llegar al sótano, oyó un grito procedente de la capilla.
—¡Ripley! —exclamó él, abriendo la puerta de una patada.
Todo estaba a oscuras y el olor a flores era casi empalagoso. Oyó a alguien moviéndose y encendió la luz de golpe.
—¿Ripley?
—¡Cage! —dijo ella, corriendo entre los bancos hacia él.
En cuanto la tuvo en sus brazos, pudo notar los latidos de su corazón. La protegió con su cuerpo mientras examinaba el lugar con la mirada.
Allí no había nadie.
—Ripley, ¿qué ha pasado? —intentó separarla unos centímetros, para comprobar que no estaba herida, pero ella se aferraba a él con fuerza—. ¿Te han hecho algo?
—No, estoy bien —por fin fue ella la que aflojó los brazos y el pánico que había sentido Cage desapareció. Pero lo sustituyó un calor que sentía justo donde los pechos de Ripley se apretaban contra él.
¿Cuánto tiempo hacía que no abrazaba a una mujer? Enseguida encontró la respuesta. Hacía cinco años que Heather había muerto en sus brazos. No permitiría que algo así volviera a suceder.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó de nuevo—. ¿Por qué estaba tan oscuro?
La vio luchar por recuperar la respiración.
—Había un cirio encendido, pero se apagó. He creído oír a alguien y me ha entrado el pánico.
Cage recorrió la capilla sin encontrar nada. Había una pequeña puerta detrás de una vidriera, pero estaba cerrada con llave.
—Aquí no hay nadie, al menos ahora —pero al decirlo, recordó la llave del cuarto de la limpieza que aún llevaba en el bolsillo. Esa puerta podía haber estado abierta hacía sólo unos minutos—. Dime exactamente qué ha pasado. ¿Por qué demonios no te quedaste en Oncología? —le recriminó, repentinamente nervioso.
—¡No me grites! —replicó ella—. No ha pasado nada. No había nadie, ya lo ves. Simplemente perdí los nervios, eso es todo. Estaba cansada y débil y me convencí de que veía y oía cosas que no había. Tienes razón, debería haberme quedado con Milo. Me equivoqué. ¿Satisfecho?
No, no estaba satisfecho, ni mucho menos, pero, por el temblor de su voz y la palidez de su rostro, Cage se dio cuenta de que lo que ella necesitaba en ese momento no era una reprimenda, sino un poco de apoyo. Y seguramente a él tampoco le iría mal. Así que volvió a abrazarla, recostando la mejilla en su pelo.
—Lo siento. Me he asustado mucho cuando te he oído gritar.
Y así se acabó la discusión. Ripley se refugió en su pecho como si fuera lo único que la mantenía en pie. Una cálida sensación los envolvió, no se trataba del ardor de otros momentos, sino de cálido cariño.
—Yo también me he asustado mucho —reconoció, como si se sintiera avergonzada.
—No te preocupes, no se lo contaré a nadie —prometió, separándose de ella, pero tendiéndole una mano—. Vamos, te invito a un café. Creo que necesitamos un plan.
En la puerta de la cafetería, Ripley se giró para hablar con Cage, pero se encontró con la desagradable visión del hombre que se acercaba a ella.
Howard Davis, su padre. Ripley se puso tan recta como pudo y, de forma inconsciente, dio un paso que la colocó entre él y Cage, quizá intentando evitar la confrontación. Pero tratándose de su padre, casi siempre había confrontación.
—Caroline —dijo, deteniéndose a más de un metro de ella y sin hacer el más mínimo amago de acercarse a abrazar a su hija, ni tan siquiera a estrechar su mano—. Estás hecha una pena —le dijo, mirándola de arriba abajo.
Por un momento, habría dado cualquier cosa por poder echarse en los brazos de su padre y llorar como un bebé, para deshacerse del miedo y la presión que la destrozaba. Pero eso habría sido una muestra de afecto y, al igual que ocurría con las debilidades, los Davis jamás demostraban sus emociones en público.
—¿Caroline? —su voz era como un látigo, pero Ripley se negaba a dejarse afectar por la ferocidad de su padre. Cage estaba a su lado, podía sentir la calidez de su presencia y pensó que quizá pudiera apoyarse en él, sólo un poco, sólo por esa vez.
—¿Y usted es…? —preguntó Cage, con suavidad y firmeza al mismo tiempo.
—Voy de camino al despacho de Leo Gabney, a solucionar el lío en el que te has metido —dijo Howard, haciendo caso omiso de la pregunta de Cage y, con ello, dejando bien clara su desaprobación.
—No vas a hacer nada de eso, padre —espetó Ripley, todavía enfadada por la conversación telefónica de la noche anterior y angustiada por las demás presiones a las que estaba sometida. Cage, Leo, Ida Mae… y la sospecha de que su vida estaba en peligro—. Ya te dije anoche que te mantuvieras alejado de todo esto, y lo decía en serio.
Era muy triste que no confiara en su padre lo bastante como para contarle que su vida estaba en peligro; lo cierto era que no estaba segura de que él fuera a estar de su parte. Para Howard Davis, el Boston General siempre había sido más importante que su propia familia.
—Caroline, no creo que…
—Disculpe, la doctora Davis prefiere que la llamen Ripley.
La intervención de Cage provocó un silencio ensordecedor. Ripley sintió una profunda gratitud, pues hacía mucho tiempo que nadie la apoyaba contra su padre.
—Supongo que usted es el señor Cage, ¿me equivoco? —dijo Davis, enfatizando la palabra que daba a entender que Cage no era médico y, por tanto, para él era como si fuera de un rango inferior.
—Así es. Soy el nuevo jefe del Servicio de Protección Radiológica. ¿Y usted es…? —ambos hombres echaban fuego por los ojos.
—El doctor Howard Davis, Director General emérito y actual presidente del Consejo de Administración —se presentó, con aire de superioridad—. Sé perfectamente quién es usted, señor Cage. Perfectamente —repitió, dando a entender que lo que sabía de él no era muy favorable.
Cage dio un paso atrás, pero Ripley le puso la mano en el brazo a Cage como si con sólo rozarlo pudiera hacer que no se marchara. Y sorprendentemente, lo consiguió. Él se detuvo y bajó la mirada al lugar donde ella había puesto la mano. Y lo mismo hizo Howard.
—Así es que de ahí es de donde viene esa actitud tuya, Caroline. Te has enamorado del nuevo —gruñó con rabia—. Haces estas cosas para avergonzarme, ¿verdad?
—No, padre, eso es una compensación extra. Y lo que haya, o deje de haber, entre nosotros, no es asunto tuyo.
En los labios de Howard apareció una gélida sonrisa.
—A ver cuándo creces, Caroline, y te das cuenta de que lo que tú haces nos repercute a tu madre y a mí.
Ripley respiró hondo antes de contraatacar.
—Hace ya años que mamá y tú ni siquiera vivís bajo el mismo techo, así que no alcanzo a comprender por qué te empeñas en fingir que hablas por ella. Además, a mamá no le importa lo más mínimo con quién me vea con tal de que yo sea feliz.
—¿Y cuánto tiempo durará eso, Caroline? ¿Hasta que te deje morir sola mientras él se va a una fiesta? Porque eso es lo que le pasó a su primera mujer, para que lo sepas.
Ripley sintió una náusea al oír aquello, y no porque la sorprendiera, pues ya había visto la culpabilidad en los ojos de Cage. Lo que le dolía era haberse enterado a través de su padre.
—¡Miserable! ¡No se atreva a hablar de ella! —Cage estalló con la fuerza de un toro salvaje.
—¡Padre! —protestó Ripley, llena de odio hacia los espías del hospital que jamás le decían nada bueno. Y llena de odio hacia su padre—. Creo que deberías irte.
—Caroline…
—¡Y, por amor de Dios, llámame Ripley!
Era obvio que, en ese momento, Howard deseaba haber mantenido esa conversación por teléfono; de ese modo, habría podido colgar y darla por finalizada.
—Ya veo que tendremos que continuar con esto cuando recuperes el sentido común. Te llamaré, Caroline —se dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás una sola vez.
Ripley lo observó con el mismo deseo de siempre. «Ojalá todo fuera diferente. Ojalá él fuera diferente». Pero desearlo nunca lo había hecho realidad y no creía que fuera a hacerlo ahora.
Respiró hondo y miró a Cage.
—Lo siento mucho. Yo…
—Preferiría no hablar de ello. Vamos a tomar ese café y volvamos al trabajo. Creo que deberíamos revisar todo el departamento en busca de radiactividad.
Y se metió en la cafetería, dejándola allí de pie.
Sola.