Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 16 de 18

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Capítulo 13

 

—¿Está despierto? —Ripley se quedó en la puerta.

No era muy habitual que le resultara incómodo entrar en la habitación de un paciente. Pero claro, el paciente era Howard Davis, que no habría estado en esa cama, atado a un montón de máquinas, de no haber sido por ella.

—Entrad —les pidió Eleanor a Ripley y a Cage y sonreía orgullosa como si su hija fuera una heroína y no la terrible desagradecida que era—. Está medio dormido, pero el doctor García, que por cierto es encantador, dice que es normal.

—Estoy perfectamente despierto y ese García acaba de salir de la facultad — gruñó una voz desde la cama y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, al oírla Ripley no se puso inmediatamente a la defensiva.

—Hola, padre. Me alegro de que estés despierto —consiguió sonreír y probablemente perdonarlo. Quizá los dos deberían haberlo intentado hacía años—. Sabes perfectamente que el doctor García es uno de los mejores especialistas del país.

—Claro que lo sé. Por eso lo contraté hace diez años —entonces frunció el ceño —. Estás muy amable conmigo, Caroline. ¿Eso quiere decir que me estoy muriendo o estás tomando fuerzas para volver a gritarme?

Para su sorpresa, Ripley oyó cómo su madre se echaba a reír.

—Dios, había olvidado lo mucho que os parecéis —comentó, dándole un golpecito en la mano a su hija—. Yo voy a dar un paseo mientras vosotros charláis — y se marchó. Una vez más.

Quizá Ripley se habría marchado también, si no hubiera sido porque se lo impedía la presencia de Cage y la ligera expresión de vergüenza de su padre. Por no hablar de las máquinas que lo ayudaban a seguir vivo, después de la escenita que ella había montado en la cafetería. Así que respiró hondo y tomó fuerzas para hablar.

—Padre, no voy a trabajar contigo; ni ahora ni nunca. Me gustaría que lo entendieras —aquello no era lo que había ido a decirle, pero las palabras salieron de su boca involuntariamente.

—Lo sé, Caroline —miró hacia otro lado un momento, seguramente para controlar su ritmo cardiaco—. Creo que lo sabía desde hace tiempo, pero no había querido admitirlo.

—Lo siento —de pronto se sentía muy pequeña y muy joven, como si de pronto pudiera tomar de nuevo todas las decisiones que habían marcado su vida.

—Yo también. Sólo quería protegerte de todo esto. Quería tenerte cerca, cosa que no pude hacer con Eleanor.

Aquella contundente verdad fue como un golpe. Se tambaleó, pero el brazo de Cage alrededor de su cintura la sujetaba.

—Entonces ¿por qué no querías creer que estaba en peligro? ¿Por qué no me has ayudado?

—¡Te estaba ayudando, maldita sea! —el gruñido de Howard no tenía su vigor habitual—. Estaba intentando sacarte del Boston General. Después resolvería todo lo que hubiera que resolver, pero primero quería que te alejases de aquí. ¿Es que no lo entiendes? Para mí no hay nada más importante que tú —se recostó de nuevo sobre la almohada, casi sin fuerzas—. Ni el Boston General, ni ninguna otra cosa.

Había imaginado cientos de veces a su padre diciéndole cuánto la quería, pero nunca habría pensado que en un momento así ella desearía matarlo. Aunque lo que valía era lo que le había dicho.

—¿Yo soy importante? —preguntó, acercándose a la cama—. ¿De verdad te importo? Bueno, es un momento estupendo para darte cuenta, padre. Ahora que hay alguien por ahí asesinando a mis pacientes. ¿Qué pasa con ellos, padre?

—Ripley —le susurró Cage a su espalda, recordándole que su falta de control había sido lo que le había provocado el fallo cardiaco.

Pero lo cierto era que en ese momento Howard no parecía nada débil.

—Tenías razón, Caroline, y yo me equivoqué. Sólo puedo decir que estaba tratando de proteger a mi única hija.

—Bueno, pues deja de protegerme y empieza a proteger a los pacientes que dependen de nosotros.

Howard asintió.

—¿Qué puedo hacer para ayudar?

Aquello dio pie a que Cage se sentara a un lado de la cama y Ripley a otro. Y se dispusieron a elaborar un plan.

En la puerta principal del hospital, el ruido era cada vez más ensordecedor. Cage hizo una mueca provocada por un molesto dolor de cabeza que lo había estado amenazando durante todo el día. Demasiada tensión y pocas horas de sueño. Demasiada preocupación y demasiado miedo. Tenía miedo de que la próxima vez quizá no fuera lo bastante rápido para salvar a Ripley, le daba miedo que el asesino la alcanzara antes de que Howard Davis tuviera tiempo de convocar una reunión de emergencias del Consejo de Administración del hospital, despedir a Leo Gabney y abrir una investigación oficial.

Pero también le asustaba pensar que, una vez que la investigación concluyera, su trabajo habría acabado y llegaría el momento de marcharse del Boston General. Y de dejar a Ripley.

Miró hacia donde ella se encontraba. Estaba ayudando a los niños a subir a las furgonetas de la organización benéfica que organizaba el partido de béisbol, y pensó que cuando todo aquello hubiera acabado, le gustaría llevársela a un lugar cálido y pasar una semana en la cama con ella. No necesariamente durmiendo.

—¡Señor Cage! ¡Va a venir con nosotros! —gritó Liwy, con su peluca morada bajo la gorra—. Milo no estaba seguro, pero yo le dije que usted vendría. Se sentará con nosotros, ¿verdad? —le dijo a todo volumen, a diferencia del silencio que guardaba Milo en su silla de ruedas.

Cage se agachó hasta estar a la altura del muchacho.

—Hola, Milo. ¿Qué tal estás?

El pequeño sonrió mientras tocaba el guante de béisbol que Cage le había regalado.

—Hoy voy a atrapar una bola que se les escape —susurró con un hilo de voz—. Mi padre dice que traen buena suerte.

—Claro que sí —respondió Cage, pensando cuánto necesitaba un poco de suerte ese chico. Parecía estar más débil que nunca. Fue hacia Ripley mientras trataba de encontrar en su cabeza alguien del equipo de Boston al que conociera lo bastante como para pedirle un favor—. ¿Milo está bien como para ir de excursión? —le preguntó una vez estuvo a su lado—. No tiene buen aspecto.

—Es por culpa de la quimioterapia, pero está bien —aseguró, rozándole la mano —. Por cierto, lo del guante fue un bonito detalle.

—Yo ya no lo necesito —miró a uno y otro lado para asegurarse de que no había ningún empleado del hospital que pudiera oírlos—. ¿Crees que tu padre podrá ayudarnos?

—Seguro que sí —respondió Ripley en voz baja, observando también a la gente que los rodeaba. Cage se preguntó si ella también tenía la sensación de que alguien los estaba observando todo el tiempo, observando y escuchando.

Ahora luchaban contra dos enemigos, el asesino y Leo Gabney, y no estaba seguro de cuál de lo dos era más temible.

—En el Consejo de Administración sigue habiendo gente leal a mi padre — aseguró Ripley—. Normalmente, sólo se preocupan por decirle todo lo que hago mal, pero creo que harán lo que necesitamos. Si tenemos a Leo entretenido durante todo el partido, los lacayos de mi padre tendrán tiempo de reunir los informes y las muestras de los cuerpos contaminados que les hemos pedido. Y cuando termine el partido, se podrá convocar la reunión de emergencia.

—Y adiós Gabney —murmuró Cage—. Hola, investigación.

Una voz suave habló a la espalda de Ripley.

—Doctora Davis.

Cage pegó un bote, pues no había visto acercarse a aquella mujer entre la gente, pero se relajó al ver de quién se trataba.

—Belle, ¿qué tal está hoy? ¿Va a venir al partido?

—Muy bien gracias, señor Cage. Y sí, voy a acompañar a los niños —dijo lanzándole una sonrisa a Ripley—. Los veré allí.

La marea humana se llevó a la voluntaria lejos de ellos, que continuaron distribuyendo a los niños entre las furgonetas. Sólo les quedaba esperar que el asesino no actuase con el departamento prácticamente desierto y Ripley lejos de los pocos pacientes que quedaban. Si conseguían que no pasara nada en todo el día, seguramente en unas horas la investigación quedaría en manos de profesionales.

Hasta entonces sólo podían esperar.

Una vez en marcha hacia el campo, Cage se acercó a Ripley y le dijo al oído:

—Tú también lo sientes, ¿verdad? Como si estuviéramos esperando a que ocurriera algo. Como si alguien nos estuviera observando.

Ripley bajó la voz para recordarle que cualquier médico o enfermera de los que los rodeaban podían ser leales a Gabney.

—¿Qué hará Whistler mientras nosotros no estamos para vigilarlo?

—No creo que sea él, Ripley. Pero he ordenado a los de seguridad que lo tengan controlado. Va a estar haciendo papeleo todo el día y el jefe de seguridad, Mike, me llamará si pasa cualquier cosa —la miró a los ojos intensamente—. Estamos haciendo todo lo que podemos. Sólo tenemos que esperar hasta esta noche, después todo habrá acabado —añadió, mientras ella tenía la mirada perdida en el exterior—. Ripley, sobre lo que he dicho en la habitación de tu padre…

No se volvió a mirarlo y Cage deseó con todas sus fuerzas saber qué estaba pensando. ¿Estaría triste por que él hubiera rechazado el empleo que le había ofrecido su padre justo antes de marcharse? ¿O se sentiría aliviada? Tampoco su respuesta le aclaró nada cuando dijo:

—No importa, Cage. Lo comprendo.

—Me pilló por sorpresa. No esperaba que fuera a ofrecerme el puesto de Gabney. Además, yo no sabría cómo dirigir un hospital —quería acariciarle la mejilla, pero había demasiada gente y ella estaba demasiado tensa. Por su parte, él estaba confundido porque había sentido la repentina tentación de aceptar ese trabajo y quedarse en el Boston General. ¿Qué habría pensado Ripley de eso? ¿Estaban juntos o separados? Ya no tenía ni idea, lo único que sabía era que no estaba preparado para decir adiós. Ahora no, y quizá no lo estuviera nunca.

—Ya he dicho que lo comprendo. Una vez limpies el Boston General, dejarás paso al siguiente jefe de Protección Radiológica y te irás a otro hospital. La muerte de Heather te dio un objetivo, una motivación. Mi padre no sabía eso cuando te ofreció quedarte. Siento que te haya puesto en una situación comprometida.

Resultaba irónico, pero la calma de Ripley le hizo sospechar.

—¿Eso es todo? Entonces una vez tu padre se encargue de todo y la policía abra la investigación, ¿lo nuestro habrá acabado? Sin resentimientos ni despedidas tristes, ¿no es eso?

—Sss —le pidió Ripley, al ver que iba subiendo el tono de voz peligrosamente—. Claro que no ha acabado, así que no empecemos con despedidas, ¿de acuerdo? Antes tenemos que aguantar hasta el final del partido y esperar a que mi padre haga lo suyo.

En ningún momento dejó de mirar por la ventana y, después de aquello, pasaron el resto del viaje en silencio. Cage deseaba acariciarla y hacerle decir lo que estaba pensando. Pero no se atrevió a hacerlo por miedo a oír algo que no le gustara.

Cuando llegaron al estadio, Cage sintió un vuelco en el estómago, quizá era la sensación de que, las cosas, no iban a resultar tan tranquilas como ellos planeaban. Quizá fuera el olor del campo de béisbol, de los sueños que habían muerto hacía cinco años.

O quizá fuera la leve sospecha de que Ripley ya se había despedido la noche anterior en su cama.

Se dijo a sí mismo que lo mejor era olvidarlo hasta más tarde, pero cuando la vio salir de la furgoneta sin mirarlo siquiera, algo saltó dentro de él. La agarró del brazo y la llevó a un lateral de la furgoneta.

—¿Qué pasa, Cage? —preguntó mirando hacia atrás.

—Sólo quería recordarte algo —le dijo consciente de que estaban rodeados de compañeros del hospital.

—¿El qué? —le preguntó ella, ahora sí, mirándolo a los ojos y, como si hubiera presentido su intención, se pasó la lengua por los labios.

Estaba preparada para recibir un beso fuerte que disiparía parte de la tensión que había entre ellos, pero cuando Cage se inclinó sobre ella y rozó levemente sus labios con los suyos, quedó claro que no esperaba tanta dulzura.

Cage le acarició el rostro con el reverso de la mano y volvió a besarla haciendo que ella le retorciera el faldón de la camisa de manera involuntaria. La envolvió en sus brazos mientras su lengua le decía: «si estuviéramos solos, te haría esto y después quizá esto otro».

Ripley se rindió con un gemido, le echó los brazos al cuello y le dio lo que buscaba; la sensación de estar juntos, el placer de saborear el vínculo que los unía, un vínculo no hablado y seguramente no deseado. Pero irremediable.

—Zach —susurró, con el corazón latiéndole dentro del pecho como un pájaro que intentara escapar—. No deberíamos hacer esto.

Cage la miró a los ojos.

—Podrías venir conmigo cuando me vaya. Cualquier hospital estará encantado de tener a una buena oncóloga.

Ella sonrió levemente, aunque sus ojos revelaban su sorpresa.

—Pensé que según tú, no existía oncólogo bueno salvo el oncólogo muerto.

—No digas eso ni en broma.

Ripley se retiró frotándose los brazos por dónde él la había estado agarrando.

—Supongo que no ha sido una broma muy oportuna. Vamos, deberíamos ir con los demás.

—Ripley.

Se volvió a mirarlo, pero no contestó.

—No hemos acabado, seguiremos hablando más tarde.

Pero ella continuó caminando y Cage protestó en silencio porque no había conseguido que respondiera a su pregunta. Ni tampoco le había pedido que se quedara.

A Ripley siempre le había gustado el béisbol de una manera bastante distante, pero aquel partido era diferente. Su atención se dividía entre multitud de factores y la tensión la hacía estar nerviosa e irascible.

Por una parte quería observar cómo calentaban los jugadores e imaginar a Cage en el campo. Cada vez que creía conocerlo, surgía un lado de él que la sorprendía. Al igual que ese hombre tosco y sin afeitar que vivía en un ático que sobrepasaba incluso el presupuesto de su padre, el ex jugador de béisbol seguro de sí mismo que se desenvolvía entre la multitud que rodeaba a Leo Gabney con total facilidad y un toque de camaradería había sido una verdadera sorpresa para ella.

Igualmente sorprendente había sido su oferta de marcharse con él. No podía hacerlo y él lo sabía. Ripley había creado su departamento partiendo de la nada y tenía cientos de éxitos que lo demostraban. Por eso estaba luchando tan denodadamente por mantenerlo abierto. No podía dar la espalda a sus pacientes y Cage lo sabía. Por tanto, le había pedido que se fuera con él porque sabía que jamás podría decirle que sí. Una vez que el Consejo de Administración acordara echar a Leo, la policía se encargara de investigar las muertes de sus seis pacientes y el futuro de la Unidad de Oncología Radioterápica estuviera asegurado, Cage podría marcharse con la conciencia tranquila. «Maldito sea».

—Doctora Rip, ¿éste es el mejor sitio?

Miró al pálido, aunque emocionado, muchacho y asintió.

—Sí, Milo. Éste es el lugar ideal para atrapar una pelota. ¿Ves qué cerca estamos del campo? —ayudó a Belle a subir la silla por la rampa que conducía a los asientos, mientras se maldecía a sí misma por echar un vistazo furtivo a donde se encontraba Cage.

Leo tenía el brazo sobre los hombros del jefe de Protección Radiológica, para lo cual tenía que ponerse prácticamente de puntillas, y estaba explicando algo a los miembros del comité del premio al Hospital del Año. Cage parecía agobiado, así que Ripley se dispuso a rescatarlo, pero entonces le sonó el teléfono.

—¿Sí?

—Caroline, ¿dónde estás?

Ripley apretó los dientes, recordando que debía alegrarse de que la voz de su padre sonara tan fuerte, como si, ahora que tenía algo que arreglar, el ataque al corazón se hubiera convertido en poco más que una pequeña molestia.

—Estoy en el estadio de béisbol. ¿Qué necesitas?

—Pensé que querrías saber que el consejo se reúne a las cinco en mi habitación —anunció triunfante.

Ripley se relajó un poco pensando que quizá, después de todo, conseguirían solucionar las cosas. Estaba deseando transferir el caso a la policía y tomarse algún tiempo libre hasta que descubrieran al asesino. Quizá Cage y ella pudieran tomarse ese tiempo juntos. Aunque quizá eso haría más dura la despedida, pensó con el corazón encogido. Frunció el ceño y repitió:

—Reunión del consejo a las cinco, allí estaré. Y Cage también —lo cual dejaría a los chicos sin dos de sus acompañantes, pero no podían hacer otra cosa.

Hubo una pausa antes de que la voz de Howard volviera a sonar al otro lado.

—Bueno, supongo que eso es todo. Hasta luego, Caroline.

—Espera. ¿Qué tal te encuentras, padre?

Otra pausa, esa vez cargada de sorpresa.

—Estoy bien. He mandado a tu madre a casa para que descansara un poco —se echó a reír—. Me ha costado bastante, pero finalmente he conseguido convencerla.

La dulzura de sus palabras era poco común en su padre y Ripley sintió un hormigueo en el pecho al darse cuenta de que, por primera vez desde hacía muchos años, deseaba que sus padres se reconciliaran. Aunque sabía que era imposible.

—Entonces ¿estás bien?

—Por supuesto. Cuídate, ¿de acuerdo? Te veré a las cinco.

Ripley se despidió y colgó, esperando que el intenso sol y la visera de la gorra de béisbol que llevaba puesta ocultaran la humedad de sus ojos. «Cuídate».

No era una muestra de amor incondicional, pero era un comienzo.

Cuando volvió a mirar a Cage, él también la estaba mirando. Sus ojos se unieron desprendiendo una energía que no era más que una pequeña muestra de lo sucedido la noche anterior. Ó sólo un rato antes, cuando se habían besado.

Siempre había sabido que encontraría en él esa pasión, desde el mismo momento en que lo había visto por primera vez. Pero nunca había previsto encontrar tanta ternura, tanta amabilidad. Y desde luego no había previsto que la idea de verlo marchar la llenaría de dolor. Pero no podía marcharse con él, y sabía que él no podía quedarse. Ya se lo había dejado bien claro a su padre… pero no podía pensar en eso ahora. Tenían que mantener a Leo entretenido para dar tiempo a que la gente de su padre pudiera hacer su trabajo en el hospital y esperar que el asesino no volviera a actuar.

El resto tendría que esperar.

—¿Va todo bien? —le preguntó Cage, que había dejado a Leo solo unos instantes.

—Sí. Está todo arreglado para la reunión de esta tarde. A las cinco en la habitación de mi padre —el ruido se intensificó abruptamente cuando los jugadores salieron al campo. Ripley miró a su alrededor—. No sé, Cage. Tengo un mal presentimiento, no sé si deberíamos estar aquí.

—Sí, lo sé —asintió él, antes de mirar hacia el palco en el que Leo seguía con los miembros del comité—. Está ocupado y Whistler está vigilado. Pero sigo teniendo la sensación de que hemos pasado por alto algo obvio.

Los dos primeros bateadores se acercaron a su posición y Cage se disculpó para agacharse junto a la silla de Milo.

—El que va a batear primero es uno de los mejores bateadores que vas a ver hoy, ¿lo sabías?

Milo asintió apretando el guante.

—Entonces no creo que se le escape ninguna bola, ¿no?

—Nunca se sabe.

Ripley vio cómo Cage guiñaba un ojo y sintió un estremecimiento mientras él levantaba al niño en brazos. El bateador hizo un gesto que repitió también el pitcher antes de lanzar una bola lenta y fácil de golpear. Sin embargo el mejor bateador del equipo lanzó la pelota directamente a las gradas, más concretamente al palco que ocupaban los niños y trabajadores del Boston General, que gritaron emocionados cuando Milo agarró la bola con la ayuda de Cage.

En la pantalla del marcador apareció la imagen del niño sonriente sujetando la pelota en los brazos de Cage.

Ripley recordó al hombre enfadado y herido que no había sido capaz de mirar siquiera a Milo a los ojos. Sólo hacía unos días. Ahora ella lo miraba invadida por una dulce sensación… de amor.

—¡Doctora Rip! ¡La he agarrado! —exclamó Milo emocionado—. ¡Voy a tener buena suerte!

—A lo mejor el próximo ciclo de quimio mata esas molestas células de leucemia y puedes probar en la liga infantil en primavera —gritó Liwy provocando un escalofrío a Ripley.

Una cosa era ser optimista y otra muy diferente dar falsas esperanzas. No era la terapia lo que estaba fallando, era Milo.

—Los milagros existen —le susurró Cage al oído, apretándole la mano—. Mira si no esa bola.

—Me da la sensación de que ese «milagro» ha tenido un poco de ayuda — respondió en el mismo tono de voz y, sin pensar en quién pudiera verlos, le dio un beso en la mejilla—. Gracias.

Las dos siguientes mangas discurrieron con rapidez y estaba comenzando la tercera cuando Belle le tocó el hombro a Ripley.

—Doctora Davis. A lo mejor conviene que eché un vistazo a Milo.

—Maldita sea —protestó Ripley, al ver la extrema palidez del niño y el sueño exhausto en el que había caído. Había creído que tendría fuerza suficiente para aguantar todo el partido.

—Si le parece bien, puedo irme con él en una de las furgonetas —sugirió Belle—. Así usted puede quedarse con el resto de los niños.

Ripley volvió a mirar a Milo y asintió.

—Muy bien. Necesita descansar. Lléveselo y llámeme si hay el más mínimo problema, ¿de acuerdo? El conductor de la furgoneta es técnico de urgencias, él la ayudará si pasa algo por el camino.

La vio marchar empujando la silla de ruedas y deseó poder hacer algo más. El tratamiento estaba matando las células cancerosas, pero parecía que Milo no tenía fuerzas para seguir luchando. Estaba demasiado silencioso, demasiado débil. Ripley había intentado que sus padres lo visitaran más a menudo, pero no podían permitirse viajar hasta allí siempre que querían, y sus otros hijos también los necesitaban. Era un problema terrible, pero común.

—¿Se van al hospital? —le preguntó Cage con un susurro que la estremeció con una sorpresa, pero sabía que era una sorpresa que su corazón no podía cumplir porque todavía no estaba preparado para dejar atrás los fantasmas.

Ripley asintió y volvió a centrar su mirada en el juego, fingiendo estar muy concentrada. Pero la tensión se escondía bajo su aparente calma, sobre todo cuando vio que Cage acudía a la llamada de Leo. Ella miró al reloj. Las tres y media. El día seguía su curso y las ansias por volver al Boston General iban aumentando. La sensación de peligro era cada vez más intensa. Cosa que no hizo más que aumentar cuando oyó el timbre del teléfono y después oyó la voz de Belle al otro lado.

—¿Qué ocurre? ¿Es Milo?

El miedo fue rápido y absoluto.

—Sí, lo siento. La enfermera Lockheart me pidió que la llamara. Su oncóloga está fuera de la ciudad y usted es la siguiente en la lista de guardia. Está como aletargado y le cuesta respirar.

—Ahora mismo voy para allá —Ripley cerró el teléfono inmediatamente y se dispuso a ponerse en pie—. Tengo que volver al hospital.

—¿Qué ocurre? —preguntó Cage, agarrándole la mano y haciendo que a Ripley le resultara muy difícil marcharse. No debería acostumbrarse a estar con él porque pronto sería él el que se marchara.

—Era Belle. Milo no está bien —le informó con pesar y preocupación—. Lo veía venir, Cage. Parece que no quiere seguir luchando, es muy pequeño y está cansado.

—Si tú estás a su lado, no tendrá más remedio que ponerse mejor —mientras Ripley lo miraba sorprendida por la intensidad poco habitual de sus palabras, él miraba a su alrededor—. Vamos, tomaremos un taxi.

—No. Tú quédate aquí y mantén a Leo ocupado hasta que mi padre lo haya organizado todo para la reunión. Eso es lo más importante en este momento. Tendré cuidado, te lo prometo. Me quedaré en las zonas más iluminadas y concurridas del hospital. No me voy a acercar a la capilla, lo juro. Te veré a las cinco en la habitación de mi padre, ¿de acuerdo?

—¿Estás segura? No me gusta mucho la idea.

—A mí tampoco, Zach —admitió, besándole los labios—. Nos vemos a las cinco.

—Cuídate.

Mientras se dirigía al hospital no podía dejar de pensar en posibles tratamientos para Milo. Afortunadamente, el taxi fue a toda prisa y pocos minutos después estaba cruzando el vestíbulo, con un escalofrío recorriéndole el cuerpo al pensar que sólo cinco días antes el marido de Ida Mae la había atacado en ese mismo lugar. Habían pasado tantas cosas desde entonces que apenas podía creerlo. Miró al reloj de nuevo, en poco más de una hora todo habría acabado. Leo Gabney sería destituido como director del hospital, su padre llamaría a la policía y el terror habría quedado en el pasado.

Y Cage sería libre de marcharse.

Prefirió no pensar en lo vacía que la hacía sentir tal idea y continuó caminando por los pasillos que conducían a Oncología con la sensación de que alguien la observaba. El puesto de enfermeras estaba vacío, lógico teniendo en cuenta que la mayoría de los pacientes estaban en el partido. Fue directamente a la habitación de Milo.

—¿Belle? ¿Estás ahí?

No hubo respuesta y el bulto que había bajo las sábanas no se movía.

—¡Milo! —atravesó la habitación corriendo y apretó el botón de emergencia antes de examinar al niño. Entonces descubrió dos cosas al mismo tiempo. La alarma no funcionaba y en bulto de la cama lo formaban unas almohadas—. ¿Qué demonios es esto?

Estaba de espaldas a la puerta cuando sintió un golpe en el hombro. Cayó de rodillas con la respiración cortada por el dolor y el pánico.

¡El asesino la había encontrado!

El segundo golpe lo recibió en la nuca y la hizo sumergirse en un túnel oscuro en el que no encontró ninguna sensación. Ni siquiera dolor.

Pero tampoco ninguna salida.