Objetivo principal
Capítulo 8
Cage entró en el acogedor apartamento hasta el que la había seguido el día anterior. La sencilla elegancia del lugar le hizo sentir aún peor. Ripley merecía algo más que un cuarto de la limpieza.
—Lo siento —volvió a decirle, pero ella no dio más respuesta que la que le había dado durante su explicación. Simplemente se quedó allí de pie, con el teléfono inalámbrico en la mano—. ¿Ripley?
Lo miró y sus ojos cálidos y oscuros se le clavaron en el alma.
—Cage. Lo siento mucho —su ternura llegó hasta Cage, dándole una lección de humildad.
¿Cómo había podido considerarla fría? Qué equivocado había estado. Aquella mujer sentía todos y cada uno de los dolores de sus pacientes, todos y cada uno de los desplantes de su padre.
Y ahora parecía que fuera a echarse a llorar en cualquier momento. Por él. Hacía mucho que no le había importado a nadie hasta el punto de provocarle el llanto.
—Oye, no te he contado eso para ponerte triste —le dijo acariciándole la mejilla —. Simplemente he pensado que merecías saberlo —y quería que comprendiera por qué, lo que había entre ellos, no podía llegar más lejos de lo que ya había llegado; porque él era material defectuoso. Había sido un mal marido y ahora lo sería aún peor. Llevaba ya cinco años retirado del juego, había vuelto a estudiar y le había dado un rumbo nuevo a su vida. Lo que tenía en la actualidad era una existencia temporal, yendo de hospital en hospital en busca de médicos negligentes a los que castigar.
Su vida era un largo viaje, pero sin el beneficio de volver a casa de vez en cuando. Y ahora que comenzaba a confiar en Ripley, que se había dado cuenta de que era diferente a los demás, sabía que merecía algo mejor, mucho mejor. Y desde luego, en ese momento, necesitaba su protección, no sus sospechas. Y desde luego no necesitaba que tener a su lado un corazón herido y confuso.
—No es sólo la historia que me has contado, Cage. Es algo peor —le mostró el teléfono como si tuviera vida—. Acabo de recibir una llamada.
Aquellas sencillas palabras no deberían haberle provocado una náusea, pero eso fue exactamente lo que sintió Cage al oírla y ver la expresión de su rostro. La había llamado el asesino. Ripley leyó en sus labios que había adivinado de quién había sido la llamada.
—No sabría decir si era hombre o mujer. El caso es que me dijo que moriría si no me encargaba de parar la investigación —explicó. poniéndose la mano en los labios —. Ahora que lo pienso, Leo Gabney dijo algo parecido, sólo que él me amenazó con despedirme en lugar de matarme.
Intentó bromear, pero estaba demasiado asustada, igual que él.
—¡Maldita sea! ¿Qué demonios está ocurriendo en tu hospital, Ripley? Y no me digas que nadie sospechó nada hasta que descubrimos que el cuerpo de Ida Mae estaba contaminado. Sabes que eso es sencillamente impensable. Ha habido cinco cuerpos contaminados en los últimos seis meses, ¡no me digas que nunca sospechaste nada!
Estaba gritando y no le importaba hacerlo; era como si hubieran explotado todas las emociones contenidas de los últimos días. El sentimiento de culpabilidad que le provocaba desear de eso modo a Ripley, se había unido al recuerdo de Heather y a la contundente prueba de que había un asesino cerca. De pronto se volvió implacable y despiadado, sin importarle que sólo unos segundos antes ella hubiera estado a punto de llorar por él. Ahora no quería ni sus lágrimas, ni su comprensión. En realidad no sabía lo que quería de ella, pero desde luego no era lástima. Todavía podía oler el olor a sexo en ella, lo cual le hacía consciente de que no tenía la situación tan controlada como creía. Y eso lo enfadaba aún más.
—¿Qué sabes del material radiactivo del cuarto de la limpieza, Ripley? No me digas que Leo no sabe algo más de lo que dice. Claro que lo sabe, y seguramente tu padre también; por eso quieren hacernos callar, porque tienen otras prioridades, ¿verdad? Quieren que el Boston General se convierta en el hospital del año, pero no les importa lo más mínimo cuántos pacientes mueran en su centro —el recuerdo del Albany Memorial servía de acicate a su ira—. Pero, ¿cuál es tu prioridad, doctora Davis? Tú también sabes algo, si no, no habrías recibido esa llamada. Dime.
De los ojos de Ripley había desaparecido cualquier rastro de comprensión y habían surgido chispas.
—No sé nada, estúpido —le dio un golpe en el pecho, que hizo que él le agarrara ambas manos por las muñecas, para que no siguiera; pero lo que consiguió fue que sus cuerpos se quedaran demasiado cerca.
Fue entonces cuando Cage se dio cuenta de que tenía miedo por ella, pero también de ella. Le daba miedo lo que pudiera hacerle desear, lo que podría pasar con su misión si caía en la tentación de su cuerpo, de su aroma y de sus besos…
—Dime, Ripley —susurró, tratando de aferrarse a la cordura—. ¿Qué sabes de la radiactividad?
—Nada.
Veía la negación en sus ojos y creyó ver también algún secreto, pero no esperó a que dijera nada más, soltó una maldición y se inclinó hacia delante.
En cuanto sus labios se rozaron, supo que la ira no era la única manera de dar rienda suelta a sus emociones. La boca de Ripley sabía a furia y perdón, una combinación que metió a Cage en un torbellino de sensaciones para el que no estaba preparado. De pronto sabía que, aquella mujer, además de ser médico, se preocupaba por curar; sus pacientes le importaban mucho, quizá demasiado. Igual que ella podría acabar importándole a él.
Era una insensatez, porque alguien que vivía en la carretera no tenía derecho a amar. Le había costado años aprenderlo, pero por fin lo había hecho.
—¡Espera! —exclamó, retirando la cara a pesar de lo que le pedía el cuerpo—. Ripley… no puedo. Yo no puedo darte lo que necesitas —podía darle pasión, pero eso era todo lo que tenía. Y ella merecía más.
—Di mi nombre otra vez —le pidió, pasándole la mano por el pecho por encima de la camisa.
—Ripley.
Asintió, le tomó la mano y se la llevó al rostro, donde el deseo seguía ensombrecido por el miedo. Él sentía lo mismo que lo que veía en ella, excitación y temor al mismo tiempo.
—Eso es todo lo que quiero que me des, Cage. Es todo lo que necesito de ti.
Mientras se sumergía en su boca y sus lenguas se juntaban como si hubieran tenido tiempo para echarse de menos, Cage no pudo evitar preguntarse si eso bastaría para cualquiera de los dos. Después dejó de hacerse preguntas. La dolorosa frustración se apoderó de su cuerpo y condujo sus manos por aquel torso que sólo había comenzado a explorar.
Ella se echó hacia atrás, rendida a sus besos y a sus caricias y le clavó las uñas en el hombro cuando notó que su boca se afanaba en saborear sus pezones, primero uno y luego el otro, que ya lo recibió erecto de placer. Cage sintió el poder de aquel cuerpo y quiso olvidarse del mundo entero al menos por unas horas.
Los dos necesitaban aquello y el resto del mundo tendría que esperar.
Un busca pitó a modo de protesta. Ripley reaccionó alarmada.
—¿Es el mío?
—No, el mío —Cage miró a la pantalla y comprobó que no se trataba de ninguna emergencia, sólo un número de teléfono que apenas reconocía—. Creo que es Whistler.
Ripley se deshizo de sus brazos y comprobó que no había ningún mensaje en el suyo.
—Yo no tengo nada, así que no se trata de ningún paciente.
Se quedó parada al pie de una escalera que Cage supuso conducía al dormitorio y esperó.
¿Cuántas veces había puesto su trabajo por encima de Heather? Hacía ya tiempo que había perdido la cuenta y esperaba haber aprendido la lección. En su interior se libró una batalla dura pero corta. No creía que el asesino fuera a atacarla en su propio apartamento, y menos si él estaba allí. Les había pedido a los de seguridad que doblaran la vigilancia en la Unidad de Oncología; había hecho todo lo que estaba en su mano por el momento. Volvió a colocarse el busca en el cinturón y fue hasta Ripley.
—¿Estás segura de esto? —le preguntó, tomándole el rostro entre las manos—. No creo que vaya a volver a someterme al «hasta que la muerte os separe».
—¿No es una suerte entonces que yo no crea en «fueron felices para siempre»? No busco nada para siempre, Cage. Para mí, esta noche es más que suficiente.
Quizá le habría preguntado qué significaba eso si ella no lo hubiera cubierto de besos y de una ternura que parecía parte integrante de su ser y que lo llenaban de esperanza y de dulzura. Por eso no dijo nada, sólo la levantó en brazos y subió las escaleras iluminadas únicamente por la luz de la farola de la calle.
Si el vello se le puso de punta al pasar al lado de una ventana, le echó la culpa a los besos que ella le daba y si el ruido de la lluvia golpeando el cristal le hacía estremecerse, dio por hecho que era porque llevaba la ropa empapada y hacia frío. Sin embargo aun cuando se tumbaron en la cama, se encargó de dejar el teléfono móvil al alcance de la mano. Después ya no pensó nada más, sólo sintió.
La furia ardiente que los había gobernado en el cuarto de la limpieza del Boston General, era ahora suavidad y ternura. Lucharon con la ropa mojada y con las sábanas que parecían querer ponerles impedimentos, pero por fin consiguieron estar desnudos, el uno junto al otro.
—Di mi nombre —le pidió ella, al ver que cerraba los ojos.
Cage abrió los ojos y se echó a reír.
—Sé perfectamente con quién estoy, doctora Davis. Ripley, no lo dudes ni por un momento —y tomó sus labios con un ímpetu que la dejó sin respiración. Se había acabado el momento de la dulzura, ahora ambos estaban poseídos por la urgencia de satisfacer el deseo que los torturaba cada vez que estaban juntos.
Cage la levantó del colchón para sentarla a horcajadas sobre él, así comenzó la fricción de sus cuerpos que ninguno pudo soportar mucho tiempo.
—Cage. En el cajón —farfulló, murmurando algo después sobre que Tansy le había llenado el cajón con increíble optimismo. Al encontrar el arsenal de preservativos que había allí almacenado, Cage pensó que debía recordar darle un beso a la mejor amiga de Ripley la próxima vez que la viera.
Mientras él se peleaba con el escurridizo plástico del envoltorio, ella saboreaba su cuerpo como ya había hecho esa tarde, hasta dejarlo al límite del autocontrol. Después llegó el momento de que él la pusiera a ella al límite, aventurándose con su miembro crecido por la excitación en la húmeda cueva que lo esperaba ansiosa. Ella arqueó la espalda, abriéndose a él tanto como podía, pero él continuó con la dulce tortura de no introducirse en ella por completo.
—¡Cage!
Le suplicó, en un susurro desesperado con el que consiguió que él fuera adentrándose en su cuerpo un poco más. Pero cuando ella levantó las caderas para permitirle llegar a lo más hondo, Cage renunció a hacer el amor lentamente y se zambulló con la pasión y el deseo que había acumulado desde la tarde.
En realidad, desde que la había visto por primera vez.
—Ripley —repitió su nombre una y otra vez como si fuera una oración y no lo hacía sólo por ella, también por él mismo.
Cuando sintió que sus piernas lo rodeaban y algo dentro de ella se contraía, Cage la siguió en aquel camino hacia el éxtasis, que le hizo sentir como si acabara de encontrar su hogar.
Después de años de entrenarse para despertarse al menor ruido, normalmente después de sólo unas pocas horas, Ripley despertó desorientada a la mañana siguiente y vio el sol radiante al otro lado de la ventana. ¿Estaría enferma?
Entonces lo recordó todo. Ida Mae. El señor Harris. El armario de los productos de limpieza.
Y Cage.
El dolor, de varias partes de su cuerpo, daba buena cuenta de lo sucedido. No, no estaba enferma, pero sí había cometido una imprudencia. Una sonrisa se asomó a sus labios al recordar que habían cometido otras dos «imprudencias» a los largo de la noche. Y, aunque seguramente estaba próximo el incómodo momento de decirse que ya se llamarían, lo cierto era que no lamentaba lo ocurrido.
La relación de sus padres le había enseñado a no esperar romanticismo, ni un amor imperecedero, pero después de una serie de relaciones de las que no se arrepentía, había comprobado que no sólo el amor era un mito, también el sexo. Al menos eso pensaba hasta esa noche.
Intentó apartar con suavidad el brazo que tenía sobre la cintura, pero al moverse, él la agarró con más fuerza.
—Todavía no estamos listos para despertar —murmuró, tirando de ella hasta que se quedaron acurrucados como un par de signos de interrogación. Tenían las manos entrelazadas—. Así está mejor —le susurró él al oído.
Por un lado, a Ripley le habría gustado dar un salto y correr hasta el hospital con tal de librarse de la conversación que empezaría «Me gustas mucho, pero…». Deseaba recordar para siempre el modo en que la había mirado al alcanzar el clímax, demostrándole que estaba con ella y con nadie más. Deseaba recordar cómo la piel de sus cuerpos se había unido y se había mezclado su aliento mientras se llevaban el uno al otro hasta lo más alto. Pero la parte más sensata sabía que pronto llegaría el momento en el que tales recuerdos quedarían empañados por la separación.
Sin embargo siguió acurrucada a su lado, en el calor de las sábanas, apretando su mano contra el pecho, disfrutando de la maravillosa sensación de seguridad. Y deseaba que la mañana nunca terminara, por eso se dio media vuelta y lo besó en los labios. Cuando todo hubo acabado, sintió cómo una parte de aquel hombre se le colaba en el corazón y supo que todo aquello había sido un terrible error. No podía permitirse sentir, no podía permitirse ser débil.
No podía permitirse alguien como Cage.
Siguieron tumbados, mientras Ripley trataba de encontrar algo sofisticado que decir, por mucho que temiera las palabras.
Afortunadamente, en ese caso el sonido del busca llegó en su ayuda. Y cuando se disponía a agarrarlo, se dio cuenta de que también el de Cage estaba pitando y le dio un vuelco el corazón. En el suyo sólo figuraba una extensión del hospital. No pudo llegar a llamar porque sonó el teléfono antes. Se quedó unos segundos paralizada ante la posibilidad de oír aquella voz asexual al otro lado. Pero por fin se decidió:
—Doctora Davis.
—Rip, tienes que venir al hospital inmediatamente —el alivio de reconocer la voz de Tansy no duró mucho porque enseguida adivinó que algo malo había ocurrido.
—¿Qué pasa? No será Milo, ¿verdad?
—No. Es la señora Cooper. Ha muerto y los de Protección Radiológica han acordonado su habitación —Tansy hizo una pausa—. Ripley, yo estuve ahí justo antes de que muriera y te prometo que estaba perfectamente. Estaba contenta y no paraba de hablar.
Ripley sintió que algo se le rompía por dentro. Janice Cooper había muerto antes de poder terminar el suéter de su nieta. Y seguramente su cuerpo estaba contaminado.
Dios. Mientras ella había estado revolcándose con el jefe del Servicio de Protección Radiológica, una de sus pacientes había muerto. Su departamento se estaba viniendo abajo y ella se entretenía en juegos sexuales.
Bueno, no creía que fueran a poder hacer nada. Con dos muertes tan seguidas, Gabney no tendría otra opción que llamar a la policía. Y su departamento, al igual que su carrera, pronto serían historia. Al menos así no morirían más pacientes.
—Ahora mismo voy para allá —consiguió decir, a pesar del nudo que le bloqueaba la garganta.
Agarró un traje y una camisa del armario y se dirigió al baño, donde se chocó con Cage. Era increíble, pero de pronto se había olvidado de su presencia.
—Ripley —le dijo, él tomándole el rostro entre las manos—. Mírame. No te preocupes. Ya nos las arreglaremos para solucionarlo todo juntos. Yo estoy de tu parte.
La experiencia hacía que le resultara muy difícil creerlo.
—¿Por qué?
—Porque confío en ti, Ripley —aseguró, juntando su frente con la de ella—. Si tú dices que no sabes nada de ese material radiactivo, yo te creo.
—No sé nada, de verdad. Ojalá no fuera así.
—Sí. A mí también me gustaría tener más información. Pero vamos a arreglarlo todo, ¿de acuerdo? —dijo, dándole un beso en la nariz—. Ahora ve a vestirte. Voy a pasar por casa un momento para cambiarme, te veré en el hospital —estaba a punto de empezar a bajar las escaleras cuando se volvió a decirle algo más—: ¿Ripley?
—¿Qué?
—Ten cuidad, por favor, después hablaremos de todo. ¿De acuerdo? —su mirada explicaba perfectamente a qué se refería con «todo», pero a Ripley ya no le daba ningún miedo aquella conversación.
—De acuerdo.
Se puso el traje azul marino, que siempre la hacía sentirse al mando de cualquier situación y pensó que, aunque ella no creía en el «felices para siempre», quizá Cage y ella pudieran ser felices por un tiempo.
Quizá.
El pasillo de la habitación de Janice estaba abarrotado de gente cuando Ripley llegó al hospital, y mucha de aquella gente no tenía nada que ver con el departamento.
—Por favor, necesito que despejen esta zona de todo el personal que no sea estrictamente necesario —se le daba bien ocultar su inseguridad debajo de un buen gruñido, así consiguió que se fuera todo el mundo excepto Whistler, Tansy, las dos enfermeras que habían estado de guardia por la noche y Belle, que por cierto no le parecía personal esencial.
—La señora Cooper era uno de los suyos, ¿verdad, Belle? —la voluntaria tenía algunos pacientes a los que les dedicaba más atención; Milo era uno de ellos y Janice otra. Ripley siempre había pensado que Belle debía de sentirse muy sola para pasar tanto tiempo en el hospital, y siempre trataba de establecer ningún tipo de paralelismo con su propia vida.
—Era una mujer encantadora, doctora Davis —aseguró Belle, con la voz temblorosa—. Tenía tanta fe y estaba tan contenta de que fuera a venir su hija con su nueva nieta. Estaba feliz y en paz.
Ripley recordó el brillo que había visto en la mirada de la flamante abuela, mientras le enseñaba las fotos de la niña. Ahora estaba muerta.
—Gracias, Belle. Puedes seguir con tus cosas.
La mujer se alejó después de echar un último vistazo al símbolo amarillo y negro que habían colocado en la puerta de la habitación y que advertía del peligro.
Radiactividad.
—Ponme al corriente —la voz procedía de detrás de Ripley, por lo que tuvo algo de tiempo para no reaccionar de un modo muy evidente a su llegada.
—Cage —le dijo con un gesto de complicidad que no le pasó desapercibido a su amiga Tansy.
Ya se lo explicaría más tarde, cuando Cage y ella decidieran qué demonios iban a hacer.
—Mujer blanca de sesenta años —comenzó a explicar Whistler—. En radioterapia por cáncer de mama. La paciente tuvo un fallo cardiaco alrededor de las nueve de la mañana y resultó imposible reanimarla. No hay antecedentes de problemas cardiacos, ni había habido complicaciones previas.
Ripley miró a Whistler sorprendida. Su presentación era propia de un residente, por lo que se preguntó dónde habría estudiado medicina y por qué había acabado como técnico de radiología. Y si estaba contento con el cambio y por qué había estado en el hospital durante el fin de semana. Dos veces.
Justo en ese momento se encontraron sus miradas, la de Whistler era muy dura. Ripley no supo interpretarla pero le dio miedo.
—¿Se trata del mismo tipo de contaminación? —preguntó Cage.
Whistler asintió y se quedó dándole la espalda a Ripley, que no pudo evitar preguntarse si acababa de imaginar tal tensión.
—En sangre, no superficial. Aunque esta vez hay rastros de radiactividad en la vía intravenosa y en el puerto de inyección —añadió el técnico, para más detalle.
Cage soltó un juramento mirando a Ripley. Por fin habían encontrado la prueba que tanto necesitaban, pero Janice Cooper había tenido que morir para proporcionársela.
Era un precio demasiado alto, pensó Ripley al tiempo que luchaba por no derramar las lágrimas que le llenaban los ojos. Lloraba por sí misma y por una abuela que no podría disfrutar de su nieta y estuvo a punto de dejarse llevar por la debilidad del llanto. «Vaya, padre, me siento débil».
Entonces oyó a Whistler susurrándole algo a Cage:
—Tengo que hablar contigo. Es importante.
—Te veré en mi despacho en cuanto termine aquí.
Whistler se alejó de ellos, no sin antes lanzarle una última mirada a Ripley que la dejó muy inquieta.
—Cage, yo no…
Pero antes de que pudiera terminar, Tansy le puso una carpeta en las manos, era la autopsia de Ida Mae. Cage no tardó en acudir a su lado y eso la tranquilizaba e intranquilizaba al mismo tiempo. Pero, como cualquier buen científico, Ripley se concentró para dejar a un lado cualquier tipo de sospecha y enfrentarse a los hechos.
—¿Ves algo? —le preguntó él.
Ripley notó su respiración en el cuello y le recordó todos los sitios en los que había estado su boca la noche anterior.
—Sólo el rastro de los antibióticos, pero eso era de esperar. El resto es normal.
—¿Y no hay ninguna prueba de que fuera asfixiada o estrangulada? —Ripley negó con la cabeza—. Entonces ¿qué la mató si no fue la radiactividad?
Ripley miró la puerta cerrada y acordonada y pensó en voz alta:
—Ida Mae llevaba bastante tiempo muerta cuando nos dimos cuenta de que estaba contaminada, después se retrasó la autopsia hasta que se pudiera proteger el lugar. Quizá fuera algo que se metaboliza rápidamente, o que se descompuso justo después de la muerte.
—Una sustancia con una vida media muy corta —resumió Cage—. Parece lógico —el roce de su mano en la espalda fue breve pero muy significativo, pues demostraba que su relación había cambiado aunque siguieran siendo compañeros de trabajo, lo cual complicaba las cosas tanto como las solucionaba.
Cage se volvió a hablar con la enfermera jefe, que andaba por allí:
—Póngase un traje de protección y extraiga sangre de la señora Cooper inmediatamente, por favor. Cuando tenga la muestra, llévela al laboratorio para que hagan todo tipo de análisis, pero recuérdeles que es material radiactivo y que nos llamen después para descontaminar la sala.
La enfermera desapareció, dejando a Ripley con una sospecha en la cabeza.
—Cage, hay algo que deberías saber. Yo…
El pitido del busca la interrumpió una vez más.
—Es Whistler otra vez. Dijo que quería enseñarme algo. No importa, ¿qué me estabas diciendo?
Ripley se sintió algo tonta, se trataba de Whistler, un tipo de veintitantos años, con el pelo cortado al rape y un pendiente en la oreja. No parecía muy peligroso. Seguramente su cerebro estaba haciéndole ver sombras donde no las había, lo mismo que pensaba que algo totalmente temporal podría ser duradero.
—Déjalo. Ve a ver a Whistler. Pero… cuídate, por favor —hundió las manos en los bolsillos para frenar el deseo de acariciarlo, porque sabía que no era el lugar más apropiado para hacerlo o darle un beso.
Él debió pensar lo mismo, porque se quedó unos segundos con la mirada fija en sus labios.
—Nos vemos después en tu despacho, tenemos que decidir qué hacer a partir de ahora.
Ripley no sabía si hablaba de la investigación o de su relación, pero asintió igualmente y se dio media vuelta para no caer en la tentación de quedarse observando cómo caminaba.
—A tu despacho. Inmediatamente —ordenó Tansy agarrándola del brazo—. ¿Qué demonios ha ocurrido mientras yo no estaba?
Una vez sentada, o más bien derrumbada, en la silla de su despacho, Ripley no sabía si reír o llorar. Dejó caer la cabeza sobre el escritorio y dijo:
—¿Por dónde empiezo?
—Por Cage, claro. Vamos, cuéntamelo todo.
Tansy se sentó frente a ella y cruzó los brazos. Parecía mucho más contenta y tranquila; Ripley pensó que lo que la hubiera estado preocupando se había solucionado y respiró aliviada. Daba por sentado que sospechar de su amiga era mucho más absurdo que sospechar de Whistler, y sin embargo…
Alguien estaba matando a sus pacientes y tenía que ser alguien que conocía. Alguien en quien confiaba.
—¿Qué has averiguado de los otros cuatro pacientes que te dije? —le preguntó Cage a Whistler una vez ambos estuvieron sentados en su despacho frente a frente.
Su ayudante rebuscó entre los papeles hasta dar con una hoja doblada de la que leyó:
—Incluyendo a Janice Cooper, tenemos a seis pacientes de Oncología Radioterápica contaminadas, se trata de mujeres blancas de edades comprendidas entre cincuenta y cinco y sesenta y nueve años. Dos de ellas estaban aquí por cáncer de ovario y las otras cuatro por cáncer de mama. Todas ellas murieron de manera inesperada, aunque en sus informes de defunción figura el paro cardiaco como causa de la muerte y se citan también causas naturales.
—Eso sólo quiere decir que no se encontró nada en las autopsias —observó Cage —. Lo que no entiendo es cómo Dixon no se dio cuenta de que estaban contaminadas. Especialmente después de haber encontrado ese material radiactivo en el cuarto de la limpieza; lo lógico habría sido que investigara qué estaba ocurriendo —Whistler se encogió de hombros sin saber qué decir—. Volveré a llamarlo. Alguna vez tendrá que hablar conmigo —aunque su primera impresión había sido que su predecesor no era más que un vago mujeriego, ahora se planteaba que quizá ocultara algo más. Levantó la vista y se encontró con Whistler hojeando los papeles—. ¿Hay algo más?
Había pensado que su ayudante querría discutir de las cosas en común que tenían todos aquellos casos y que recordaban a las historias de asesinos en serie en hospitales. Locos que mataban a una persona tras otra, solían ser enfermeras, doctores…
Como los que habían matado a Heather.
«No», se dijo a sí mismo. «No empieces con eso». No todos los médicos eran así, sólo tenía que mirar a Ripley. Ella era diferente. Sólo acordarse de ella, le transmitía una agradable y cálida sensación que no llegaba a comprender. Lo que sí sabía era que entre ellos había algo muy, muy especial.
En lugar de contestarle, Whistler le mostró uno de los papeles en los que Cage leyó inmediatamente algo que atrajo su atención.
Doctora Ripley Davis.
—¿Qué demonios es eso?
—Los archivos de radioterapia que me pidió que examinara. Vine ayer a buscarlos. ¿No es eso lo que quería?
—Sí, pero pensé que no encontrarías nada. ¿Lo has hecho?
No era posible que le hubiera mentido, ella no podía haberle mentido. Ripley se preocupaba por sus pacientes y, la noche anterior, él mismo había pensado que también se preocupaba por él. Pero vio, con pánico, cómo asentía su ayudante.
—Estaba muy escondido, pero sí, he encontrado algunas irregularidades.
—¿Qué tipo de irregularidades? ¿Mala letra? ¿Fechas equivocadas —Cage había creído que Ripley sería muy escrupulosa en su trabajo, pero un fallo era perfectamente perdonable. «Por favor, que sea sólo algo ilegible escrito con letra de médico».
—No. Remesas desaparecidas.
—¡Dios mío! ¿Cuántas? —de pronto desapareció la cálida sensación de su cuerpo, aunque tampoco podía hacerse a la idea de lo que estaba ocurriendo. Ella le había jurado que no sabía nada.
Como los médicos del Albany Memorial, que habían jurado sobre la Biblia no saber que el acelerador lineal estaba defectuoso. Y habían mentido.
—Faltan cuatro ampollas de material radiactivo, que se supone que llegaron a la Unidad de Oncología Radioterápica en el último año —dijo, señalando los papeles—. En nuestros informes figuran como enviados y aquí no aparecen como recibidos.
Le había mentido, pensó Cage con una furia que le revolvía el estómago. Tiró de los papeles que le mostraba Whistler y se dio cuenta de que había páginas que parecían más recientes que otras, como si hubiera cambiado la información recientemente.
¿Quizá la noche antes de la investigación?
—¡Maldita sea! —exclamó, poniéndose en pie. Miró al reloj y pensó que Ripley lo estaría esperando en su despacho. Estupendo porque tenía unas cuantas cosas que decirle.
Agarró todos aquellos documentos y salió de allí. Iba a tener una conversación que la doctora Davis nunca olvidaría. Después cerraría su departamento y le diría a Leo que la despidiese.