Objetivo principal

Jessica Andersen · Capítulo 8 de 18

Páginas del PDF

Objetivo principal

Capítulo 5

 

Nada más salir del despacho, Cage maldijo al director del hospital por anteponer el dinero a la seguridad de los pacientes y, acto seguido, se maldijo a sí mismo por haber creído que las cosas serían diferentes en aquel hospital. Pero del mismo modo que había acudido a aquel juicio creyendo que castigarían a los médicos que habían matado a su esposa, había aceptado el trabajo en el Boston General.

Qué tonto.

—No puedo creerlo —había que reconocer que Ripley también parecía furiosa, aunque la irritación de sus ojos se debía más bien a las cloraminas—. Se supone que el director debería gestionar el hospital, no ocultar sus problemas.

—Normalmente acaba siendo lo mismo —Cage respiró hondo y se apoyó contra la pared dejándose llevar por una repentina fatiga. Fatiga, frustración y tristeza. ¿Cómo había podido pensar que todo sería diferente? Entonces vio bostezar a Ripley y comprobó con sorpresa que eran más de las ocho de la tarde—. Vamos, la llevo a casa.

Primero la sorpresa y después el recelo asomaron a su rostro.

—¿Por qué?

Porque no creía que lo ocurrido en el cuarto de la limpieza hubiera sido un accidente. Porque le preocupaban las motivaciones del director del hospital. Porque no sabía por qué había muerto Ida Mae Harris ni por qué su cuerpo estaba contaminado por la radiación.

Y porque no quería separarse de Ripley todavía. No quería quedarse solo y marcharse al apartamento que, en otro tiempo, había compartido con Heather y que acababa de volver a habitar. La angustia se hizo aún más intensa al pensar aquello.

Pero no le dio ninguna de esas razones, porque todavía había una parte de él que seguía sin confiar en Ripley, que seguía creyendo que, si no era la responsable de la radiación encontrada en el cuerpo de su paciente, sí podría estar implicada.

—Porque Gabney ha dejado bien claro que tendremos que trabajar juntos. Parece que mis opciones son o usted o nadie.

—Gracias por el voto de confianza —respondió, cruzándose de brazos con cara de pocos amigos—. A mí me hace tanta gracia como a usted, pero tengo la intención de descubrir qué le ocurrió a Ida Mae.

—¿Por qué? —replicó él—. Parece que su empleo estará a salvo si deja el agua correr. ¿Por qué molestarse? —¿estaba realmente interesada en descubrir la verdad por el bien de su paciente, o tendría algún motivo oculto?

Ripley se acercó a él con la cabeza bien alta y la indignación en la mirada.

—No tengo por qué darle explicaciones, Cage. Debería alegrarse de que esté dispuesta a ayudarle, a pesar de que Gabney haya dejado bien claro que preferiría que nos olvidáramos del tema.

Se quedó allí unos segundos, con los ojos clavados en él y a una distancia demasiado corta, tan corta que sus bocas estaban prácticamente besándose. Todos los motivos por los que sabía que no debía hacerlo se esfumaron de la mente de Cage, cuando acercó la mano y le retiró un rizo del rostro mientras el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.

—Pues yo no voy a olvidarme del tema por mucho que lo desee Gabney —dijo él, sin apartarse ni un milímetro—. Es demasiado importante.

Deseó con todas sus fuerzas que cerrara los ojos igual que los suyos estaban a punto de hacer, pero Ripley se quedó inmóvil, mirándolo fijamente. Viendo más de lo conveniente. Por fin asintió y se alejó de él con un solo paso que pareció dejarla a un kilómetro de distancia.

—Trato hecho entonces. Investigaremos la muerte de Ida Mae juntos.

—Ripley…

Ella movió la cabeza y, en cierto modo, Cage se sintió aliviado. Era demasiado peligroso. Demasiado imprudente y demasiado complicado.

—Gracias por ofrecerse a llevarme —dijo, sin detenerse en su camino hacia la salida—, pero tengo el coche en el aparcamiento. Lo veré mañana por la mañana y empezaremos con la investigación.

Cage no se molestó en decirle que al día siguiente era sábado, no parecía importante. Ni el cáncer ni la radiactividad se tomaban los fines de semana libres. Y tampoco la muerte.

O la sospecha.

Pero sí le dijo una última cosa, antes de perderla de vista.

—Cuídese.

Aunque Gabney tenía razón en que no había ninguna prueba que demostrara que Ripley estaba siendo atacada, Cage seguía teniendo el pálpito de que había algo más. Algo siniestro.

—Estaré bien. Hasta mañana —se despidió Ripley, diciéndole adiós con la mano sin darse media vuelta.

Sólo unos segundos después de que ella hubiera desaparecido, Cage siguió el mismo camino. No le importaba si lo veía siguiéndola, iba a asegurarse de que llegaba a casa sana y salva le gustara o no.

La luz del contestador estaba parpadeando, cuando Ripley entró en su apartamento, que se encontraba en un primer piso de las afueras de Boston, pero ella no le hizo el menor caso y se derrumbó sobre el sofá. Simón no tardó en saltar a su regazo y ella recibió, al precioso gato siamés, con una caricia que desató su agradecido ronroneo.

Por fin podía dejarse llevar por todas las emociones contenidas durante el día. Las lágrimas no tardaron en llegar, acompañadas por unos angustiados sollozos que Ripley trató de silenciar enterrando su rostro en el pelaje del gato.

Había pasado tanto miedo. Todavía podía notar en la ropa el olor a gas que había estado a punto de matarla y, si cerraba los ojos, podía oír el chisporroteo de la reacción química.

Estaba tan sola. Al menos cuando estaba sola podía permitirse ser débil, podía sentir el miedo. Así que se acurrucó en el sofá, encendió la televisión para que hubiera ruido de fondo y no trató de sofocar ni el miedo ni el llanto.

Las luces de un coche la hicieron ponerse en pie unos minutos más tarde. «Estaré bien», le había dicho a Cage, sin querer volverse para que él no pudiera ver el miedo en sus ojos. Pero, en realidad, habría querido suplicarle que se quedara con ella, que la protegiera.

Había habido un momento en el que había pasado por su cabeza la idea de besarla, Ripley lo sabía y lo cierto era que no le habría importado que lo hubiera hecho. Después se había impuesto la cordura. La atracción que había entre ellos no era más que otro tipo de debilidad. El amor era una debilidad. Sólo había que mirar a sus padres; su madre era débil, su padre invencible.

Ripley había prometido no caer jamás en la misma trampa, así que no iba a permitirse desear o necesitar a Cage.

Las luces desaparecieron y ella volvió a respirar tranquila. No era nada, sólo alguien de camino a otro sitio. Con lágrimas en los ojos, apretó el botón del contestador para escuchar los mensajes. La máquina indicaba que había un mensaje, pero no había nada grabado; sólo un largo silencio antes del sonido del teléfono al colgar. Había dos llamadas iguales que le provocaron un escalofrío de temor.

Miró por la ventana. La noche estaba muy tranquila fuera, pero le pareció que algo se movía entre las sombras. Apretó fuerte a Simón contra su pecho y decidió volver al sofá.

El sonido del teléfono la sobresaltó. Miró el aparato unos segundos sin saber qué hacer. ¿Qué pasaría si no contestaban al otro lado? Sonó una y otra vez hasta que por fin se decidió a descolgar.

—¿Dígame?

—Caroline.

—Padre —suspiró, profundamente aliviada. La voz de su padre la hizo sentir tan bien de repente, que esa vez no le recordó que prefería su segundo nombre como hacía otras veces, desencadenando una de las batallas que mantenía con su padre desde que era adulta. Desde la marcha de su madre—. ¿Qué tal estás?

Howard Davis nunca perdía el tiempo en conversaciones triviales y tampoco esa vez se entretuvo en preámbulos:

—He oído que habéis tenido problemas en el hospital.

Aunque ya hacía varios años que había dejado el puesto de director del Boston General, por la comodidad de una lujosa clínica privada, Howard seguía siendo el presidente del Consejo de Administración. Además, tenía espías que parecían vigilar cada movimiento de Ripley en el hospital, aunque sólo le informaban de sus errores.

Sin embargo esa vez parecía que le habían informado de algo más. Algo importante. A pesar de que le había pedido al jefe de urgencias que no le contara nada a su padre, de pronto temió que se hubiera enterado de todos modos y llamara para comprobar que estaba bien. Lo cierto era que su voz había despertado en ella una ternura y una necesidad casi infantiles, y la oscuridad de la calle ya no le parecía tan inquietante. Había alguien preocupado de que estuviera bien.

—Estoy bien, de verdad. Pero gracias por preguntar.

—¿Preguntar el qué? —espetó él—. No digas tonterías. Ha muerto un paciente tuyo sin explicación alguna, hay un cuerpo contaminado y un marido enloquecido que te culpa de la muerte de su esposa. Yo no diría que eso está bien, Caroline. Estas cosas perjudican la imagen de tu madre y la mía.

Su actitud desdeñosa cayó sobre ella como una piedra. La había llamado por los problemas de su departamento, pensó Ripley dejando caer una sola lágrima y conteniendo las que luchaban por salir.

—¿Eres consciente de que el señor Harris estuvo a punto de matarme? ¿Y de que hoy también he estado en peligro por culpa de una intoxicación de cloraminas?

—Me habían dicho que lo del cloro no había sido más que un accidente. No seas dramática, Caroline. Esto es importante, se trata de tu reputación —«y de la mía», se sobreentendía.

Ripley cerró los ojos. ¿Cómo había podido pensar que, aquella conversación, sería diferente de todas las que había mantenido con su padre a lo largo de los años? Howard Davis era un hombre controlador y adicto al trabajo. al que su mujer había abandonado para visitar los clubes de campo del mundo entero. Sin embargo parecía que Ripley era, y siempre sería, su gran vergüenza.

Con la fuerza que él mismo le había enseñado, controló el llanto para no darle la satisfacción de verla débil. «Un Davis nunca hace una escena».

—Gracias por darme tu opinión, padre, pero nada de esto es asunto tuyo. Yo me encargo de todo —no tenía la menor idea de cómo iba a hacerlo, pero lo último que necesitaba era que interviniera su padre, lo que seguramente acabaría en su despido —. Y no creo que pueda perjudicar en modo alguno la imagen de mamá o la tuya.

De hecho, Ripley dudaban mucho que Eleanor Davis supiera siquiera que había algún problema en el Boston General, ni por supuesto, que su hija estuviera implicada en dicho problema. Las esposas de algunos médicos se dedicaban a las obras benéficas para sobrellevar las largas jornadas de trabajo de sus maridos, otras bebían. La madre de Ripley jugaba al golf. Muchísimo.

—Qué ingenua has sido siempre, Caroline. Todo lo que tú haces afecta a la imagen de los Davis, así como a la reputación del Boston General. Pero no te preocupes, yo hablaré con Leo y lo arreglaré todo.

—De eso nada —estalló Ripley, contra la arrogancia de su padre—. No se te ocurra hablar con Leo Gabney en mí nombre, ¿me oyes? Yo me encargaré de mis problemas —alzó la voz hasta gritar—. ¡Y me llamo Ripley!

Como solía hacer cuando su hija perdía los nervios, Howard se limitó a poner fin a la conversación. El sonido del teléfono retumbó en su cabeza, como lo habían hecho miles de veces sus palabras: «Ya hablaremos cuando estés dispuesta a ser razonable».

Juró en voz alta, porque estaba cansada de llorar y porque la rabia le daba más fuerza que las lágrimas. Simón maulló por solidaridad.

Volvió a sonar el teléfono, esa vez no tardó ni un segundo en contestar.

—Te prometo que como vuelvas a llamarme Caroline cuelgo el teléfono y le arranco el cable —amenazó furibunda.

Hubo una pausa, después oyó una voz profunda y oscura.

—Está bien. Lo recordaré.

El corazón le dio un vuelco dentro del pecho.

—Cage.

Él tampoco se entretuvo con formalidades.

—Tenemos un problema.

En una décima de segundo, se le pasó por la cabeza que su padre hubiera llamado a Leo para pedirle que se olvidara del caso, sin tener en cuenta si ponía en peligro a los pacientes o no. Pensó en el departamento y en la factible posibilidad de perder su empleo. Después pensó en el señor Harris, sentado en el suelo del vestíbulo de admisión, sollozando y diciendo: «la doctora Davis ha matado a mi esposa». Recordó el sonido de la puerta del cuarto de la limpieza al cerrarse y la seguridad de los brazos de Cage estrechándola… Y su mirada cuando había estado a punto de besarla.

—Yo creo que tenemos más de un problema —dijo ella, con la voz seca.

—Ni se lo imagina —respondió, lacónico—. ¿Podría venir?

Ripley miró al reloj. Eran más de las diez de la noche.

—¡No me diga que todavía está en el hospital!

—En casa no estaba tranquilo —Ripley adivinó una especie de tristeza en sus palabras—. Así que vine para acá y he encontrado algo que debería ver.

La idea de ir al hospital en mitad de la noche le provocó un escalofrío, a pesar de que había hecho el turno de noche miles de veces. Justo en ese momento un ruido en la calle la hizo ponerse en tensión, pero no sólo a ella, también a Simón, que bufó instintivamente.

«Es el viento», se dijo a sí misma, «la rama de un árbol o un gato callejero».

—Estaré allí en quince minutos —aseguró, a pesar del miedo.

Antes de marcharse, dejó al gato en casa de la vecina de arriba. No habría sabido decir por qué, pero no quería dejarlo solo en el apartamento.

Por si acaso.

Cage tenía la mirada fija en los cajones donde se almacenaban las muestras de un millar de cuerpos, pero no veía nada porque su mente parecía empeñada en recordar la mirada implacable de unos ojos grises. Y las palabras resonaban una y otra vez: «No tiene ninguna prueba».

Pero él ya había oído antes aquellas mismas palabras, de boca del juez que había eximido a los asesinos de Heather de toda culpa. Esa frase… y el eco de su fracaso, lo habían sacado del apartamento, donde había estado deambulando de habitación en habitación, mirando viejas fotografías y preguntándose qué había sido de aquel joven vestido de jugador de béisbol.

Los fantasmas lo habían empujado hasta el hospital; allí sólo había podido ver gente en el Servicio de Urgencias, el resto del edificio estaba muerto. Como las muestras recogidas en esos cajones.

Como su esposa.

—Hola, Cage. ¿Qué ocurre?

Se dio media vuelta y, automáticamente, trató de ocultar el efecto que tenía sobre él ver a Ripley Davis. Cansada, con la ropa arrugada y los ojos rojos, seguía estando bellísima. Llevaba el pelo suelto y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Desde que había seguido su pequeño coche azul hasta las afueras de la ciudad y la había dejado sana y salva en casa, Cage había estado reuniendo fuerzas para resistirse a la magia de su voz y al deseo que despertaba en él y que tanto lo atormentaba por sentirlo con alguien que no era Heather.

Si era cierto que deseaba a Ripley, Heather lo había dejado para siempre.

Intentó concentrarse en el trabajo.

—Me quedé pensando en los puntos de radiactividad que encontró Whistler en el depósito —comenzó a explicarle, mostrándole las muestras de sangre y tejido de pacientes que había reunido sobre la mesa—. Los cuerpos ya no están aquí, pero las muestras quedan almacenadas y perfectamente etiquetadas. He buscado las muestras de los pacientes de los últimos seis meses y he encontrado esto.

Sus dedos se tocaron al pasarse el detector Géiser; Cage intentó sobrellevar la oleada de calor, deseando que ella no lo hubiera sentido. Pero, a juzgar por la rapidez con la que Ripley apartó la mano, la química que había entre ellos no eran imaginaciones suyas. Y parecía que también ella deseaba que tal atracción no existiera.

—¿Están todos contaminados? —sin esperar respuesta, Ripley pasó el detector por las muestras y escuchó los pitidos intermitentes que confirmaban la presencia de radiactividad—. La señal no es muy fuerte.

Mientras la observaba examinar las muestras y separar las de sangre de las de tejidos, Cage se dio cuenta de que ya no hacía tanto frío en aquel sótano, ni parecía tan silencioso. Y, aunque no estuviese preparado para enfrentarse a ello, era todo gracias a la presencia de Ripley.

—Está en la sangre, ¿verdad? —le preguntó, poniendo los brazos en jarras.

—Sí —susurró él, embriagado por el aroma natural de aquella mujer que había hecho desaparecer el olor de los químicos. Se sentía frustrado y enfadado. ¿Quién era ella para apoderarse de su mente de esa manera?—. Parece que no hubo contaminación superficial ni ingestión, lo que descarta el contacto accidental y la comida contaminada.

—¿Cuántos hay? —preguntó Ripley, mirando aquellos fragmentos de humanidad.

—Cuatro pacientes además de Ida Mae, todas mujeres. Las muestras siguen estando muy radiactivas a pesar del tiempo que ha pasado —Cage tuvo que hacer una pausa para digerir la rabia que sentía, aunque ya no sabía hacia quién dirigirla. Habían muerto personas inocentes. Aquellas mujeres había sido madres, hijas…

Esposas.

—¿De qué unidad venían? —dijo ella, temiendo la respuesta.

—Oncología —le dio la lista que había sacado del ordenador de Patología y deseó poder abrazarla. Deseó poder castigarla—. Todas eran pacientes suyas.

—No —murmuró, dando un paso hacia atrás que la hizo golpearse contra una estantería.

Cage fue hasta su lado, sin saber qué sentir por ella: rabia porque le había hecho volver a necesitar a alguien, deseo, incertidumbre.

Pero a pesar de todo, se moría de ganas de abrazarla. «Maldita sea».

Prefirió aferrarse a la rabia y al enfado, que era lo más sencillo.

—Sí, sus pacientes. ¿Tiene alguna explicación, doctora Davis? La causa de la muerte que figura, en todos los partes de defunción, es fallo cardiaco. ¿No es eso también de lo que murió Ida Mae? —se acercó un poco más, hasta que estuvo a sólo unos centímetros de ella—. ¿Hay algo que quiera contarme?

Le temblaban los labios y tenía un extraño brillo en los ojos que, por un momento, le hizo creer a Cage que iba a echarse a llorar. Si lo hacía, se sentiría muy mal porque, parte de él, sabía que ella estaba tan destrozada por aquellas muertes como él. Pero de esa aparente fragilidad surgió una furia que le hizo pegarle una patada en la espinilla.

—¡Ay! —se quejó él agarrándose la pierna.

—No trate de intimidarme, Zachary Cage. Y no me grite porque ya tengo más que suficiente con mi padre —comenzó a avisarle, dándole golpecitos con el dedo en el pecho—. ¿Quiere saber qué pasó con Ida Mae? Yo se lo diré. No tengo ni idea de por qué murió. Y me saca de quicio. Anoche estuve horas leyendo una y otra vez sus informes, intentando dar con algo que se me hubiera pasado por alto. Pero no encontré nada.

—Pero sabía que había algo extraño en su muerte y no dijo nada —la acusó Cage, incapaz de alejarse de ella a pesar del peligro que suponía—. ¿Acaso estaba tratando de ocultar algo?

—No, sólo estaba siendo lógica —replicó ella—. La mayoría de las muertes inesperadas tienen una explicación razonable, que se encuentra durante la autopsia. A veces los enfermos mueren, Cage —la explicación parecía convincente, pero había una sombra en sus ojos que le hacía desconfiar.

—¿Entonces por qué quería investigar el caso de Ida Mae? Usted sabe algo, ¿verdad?

—No sé nada —dijo, repentinamente cansada—. Pero diga lo que diga, no me creerá. Estudié los informes porque me preocupan mis pacientes y cuando mueren me lo tomo como algo personal —volvió a mirar las muestras que había sobre la mesa—. Ahora mismo voy a reunir los informes de todos estos casos y a estudiarlos detenidamente. Quizá haya algún problema con nuestros protocolos. Espero que no, pero no sé qué podría ser si no.

Cinco pacientes muertos, una doctora que había comenzado a investigar por su cuenta, dos accidentes que podrían haber resultado fatales en sólo dos días. Aquellos datos le dieron vueltas en la cabeza a Cage hasta que se dio cuenta de que todo apuntaba en una misma dirección, en una misma sospecha:

—¿Y no será que hay alguien que no quiere que se investigue la muerte de Ida Mae? —preguntó, con un nudo en el estómago—. ¿Qué pasaría con su investigación si usted sufriera algún daño? —o muriera.

—La continuaría usted —respondió ella, abrazándose para ocultar el estremecimiento que le había provocado escuchar tal posibilidad.

Cage la rodeó con un brazo y le frotó la espalda cariñosamente. Trataba de tranquilizarla a ella y a sí mismo. De pronto tenía la sensación de que las paredes se le echaban encima, la habitación se iba haciendo más y más pequeña.

—Sí, pero yo soy nuevo. Nadie habría podido pensar que Dixon encontraría ese material radiactivo, ni que Gabney lo despediría para evitar los rumores. Y menos que llegaría alguien como yo, dispuesto a hacer mi trabajo y descubriría que el cuerpo de Ida Mae estaba contaminado.

—No. No puedo creerlo —se alejó de él, negando con la cabeza—. ¿Cómo puede alguien haber estado matando a mis pacientes? No tiene sentido.

En realidad sí lo tenía y ambos los sabían.

—¿Prefiere creer que su tratamiento ha matado a cinco mujeres, dejando sus cuerpos contaminados?

Volvió a negar con la cabeza mientras hundía la frente en su pecho.

—No puede ser.

Cage asintió, mientras una parte de él reconocía que sería más fácil pensar que ella era la culpable. Pero esa parte era cada vez más pequeña, porque la parte más grande estaba abrazando a la mujer que lo había cautivado desde la primera mirada.

—Juntos vamos a averiguar qué ha ocurrido. Tranquila —susurró, estrechándola con fuerza.

—No… No puedo —dijo ella, tratando de alejarse—. No puedo ser…

—¿Débil? —añadió él, recordando lo que ella misma había dicho después de conseguir salir del cuarto de la limpieza—. No se lo contaré a nadie. Se lo prometo —aunque no podía evitar preguntarse quién le había enseñado tal lección.

¿Su padre? ¿O quizá otra persona?

Unos celos repentinos le trajeron a la memoria la imagen de su esposa, su pelo rubio y sus ojos azules. Pero era Ripley la que estaba en sus brazos, su cuerpo más curvilíneo que el de Heather. Y estaba viva.

Sus labios se tocaron sin que ninguno de los dos tomara la decisión de hacerlo y, por primera vez en cinco largos años, Cage sintió algo que no era dolor, ni rabia, ni culpabilidad. De pronto volvió a sentirse vivo, despierto y sacudido por la electricidad de la pasión. Por un momento, pensó que no encontraría la dulzura de su esposa en Ripley Davis; un segundo después, no pudo pensar en nada.

Se sumergió en su boca, en la energía que habían hecho estallar juntos, partiendo de la necesidad y del miedo, y de algo más… Aquella mujer sabía a placeres prohibidos y pasión salvaje. Sintió una especie de poder que surgía dentro de él, un poder que sólo había sentido cuando las multitudes habían gritado su nombre, aclamándolo en los partidos de béisbol.

La apretó fuerte contra él, mientras exploraba el interior de su boca con la lengua. Necesitaba estar más cerca de aquel poder exótico y seductor. Quería volver al tiempo en el que era un joven jugador de béisbol con toda la vida por delante.

Pero Ripley se apartó de él, arrebatándole todo eso de nuevo.

—Cage, esto no está bien… —el sonido del busca la interrumpió, aunque no era la primera vez que sonaba—. Yo no quería… —volvió a intentar hablar, pero el mensaje que leyó le cambió la expresión de la cara—. Tengo que irme.

Todavía llevaba su sabor en los labios, un sabor que había hecho estallar todas las señales de alarma de su cerebro. Debía alejarse de Ripley; era demasiado peligrosa para él y para su misión. Pero sabía que no podría hacerlo porque deseaba estar a su lado. Tenía que protegerla.

—Iremos los dos. No pienso perderte de vista a menos que esté seguro de que estás a salvo.

Ripley escudriñó su rostro un instante, después asintió.

—Está bien —accedió, poniéndose un dedo en los labios todavía enrojecidos por los besos, después miró al busca, en cuya pantallita Cage leyó «Milo».

Se le encogió el estómago al pensar en el frágil muchacho que, al igual que el resto de sus pacientes, podría estar en peligro.

Se miraron el uno al otro un momento antes de acudir a la llamada.

—Si yo estoy en peligro —comenzó a decir Ripley, atemorizada—, también lo estás tú. Estás metido en esta investigación tanto como yo. Así que tú también tienes que tener cuidado.

Volvió a estrecharla entre sus brazos, comprobando que era mucho más pequeña que Heather. Era frágil. Vulnerable.

—Nos cuidaremos el uno al otro —respondió con calma, cuando estaban ya en el ascensor—. Somos socios, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —accedió ella, estrechando la mano que él le brindaba—. Socios.

Ninguno de los dos mencionó la descarga eléctrica que provocaba el roce de sus manos o de cualquier parte de su cuerpo. Ni la sensación de sentirse observados. Al igual que la química que había entre ellos, la sensación de que no estaban solos era muy intensa.

Y poderosa.