Objetivo principal
Capítulo 15
—¿Te has fijado en que sólo he utilizado este despacho una semana? —preguntó Cage a Whistler mientras llenaba otra caja de cartón—. Ni siquiera. Empecé a trabajar aquí el viernes pasado, y hoy es jueves.
—Sin contar que pasó el lunes por la noche y la mitad del martes ingresado en Cardiología, mientras el hospital entero se venía abajo —el joven técnico tenía en la mano la sudadera de la suerte de Cage—. ¿Quiere esto?
Negó con la cabeza, dejando el pasado atrás.
—No. Quédatela, así te acordarás de mí.
Un ruido atravesó la puerta entreabierta haciendo que Cage levantara la vista y que se le cerrara la garganta.
Ripley.
Cada vez que se había despertado durante las largas y confusas horas en las que había estado tratando de eliminar toda la adrenalina de su cuerpo, ella había estado allí, agarrándole la mano, limpiándole el sudor de la frente, hablándole. Después se había dormido y cuando había despertado, ella había desaparecido.
No había vuelto a verla desde entonces y no había querido pensar qué significaba eso.
—¿Ya estás empaquetando todo? —entró en el despacho y Whistler desapareció automáticamente.
—Nuevo trabajo, nuevo despacho —la miró de refilón, tratando de interpretar la expresión de su rostro. ¿Acaso pensaba que las palabras «te amo» significaban tan poco para él? ¿Estaba tan impaciente por verlo marchar que no estaba dispuesta a repetir lo que le había pedido cuando estaba en el suelo a punto de perder el conocimiento?
«No me dejes», le había dicho. Pero… ¿lo habría dicho de verdad?
—Claro —respondió apretándose las manos—. ¿Adonde vas?
—No muy lejos —respondió sin más detalles y casi se sintió aliviado cuando el director en funciones asomó por la puerta.
—Cage. Caroline. ¿Todo en orden? —Howard Davis estaba pálido pero tranquilo. Su operación de bypass se había retrasado hasta la semana siguiente, una vez que el nuevo director ocupara su plaza. Leo Gabney había sido despojado de su cargo y se le había abierto un expediente. Todavía no se sabía si presentarían cargos contra él o no.
El tiempo lo diría, igual que diría cómo sería el Boston General a partir de ese momento.
—Padre —le dijo Ripley con cierto cansancio—, ¿por qué insistes en llamarme Caroline?
Howard sonrió y le dio unos golpecitos a su hija en la mano.
—Es el segundo nombre de tu madre. Todos estos años, cuando te llamaba Caroline me daba la sensación de que seguía teniendo una parte de ella cerca de mí.
Ripley frunció el ceño.
—Está viviendo en casa contigo, padre. Vas a irte al cine con ella dentro de una hora y dentro de un par de meses vais a hacer un crucero juntos. Ahora la tienes bastante cerca, ¿crees que podrás empezar a llamarme Ripley?
Howard refunfuñó, pero era obvio que lo hacía sólo por aparentar.
—Lo pensaré —respondió antes de dirigirse a Cage—. ¿Estás listo?
Cage levantó la última caja. El hombro seguía doliéndole enormemente, pero el médico le había recetado un analgésico y tenía que ir a verlo cuando bajara la hinchazón.
—Sí.
—¿Qué? —Ripley no habló, gritó—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? —se acercó hasta él y le golpeó el pecho con el dedo índice—. ¿Es que crees que puedes llegar aquí, poner mi departamento patas arriba, decir que me amas y marcharte sin decir una palabra? Pues no es así, Zachary Cage. No pienso consentirlo —se dio media vuelta y miró a su padre—. Dimito.
—¿Qué? —Howard parecía más entretenido que alarmado, mientras que Cage sentía un repentino júbilo llenándole su maltrecho corazón.
—Que dimito —repitió con firmeza—. Me voy a donde vaya él.
—¿Y qué pasa con la Unidad de Oncología? Es tu vida —ahora sí, su padre estaba perplejo.
—Puede que hayas cambiado, padre, pero es evidente que no lo suficiente. El hospital era tu vida y mira dónde te ha llevado… diez años solo mientras tu mujer jugaba al golf. Yo no quiero que me pase lo mismo. Me gusta mucho este hospital, pero amo más a Zach. Si él no está, yo tampoco quiero estar aquí.
Padre e hija se miraron a los ojos un momento antes de que Howard asintiera.
—Si estás segura.
Ripley se volvió hacia Cage.
—Lo decías en serio, ¿verdad? Cuando me dijiste que me fuera contigo, ¿no lo dijiste sólo porque estabas seguro de que diría que no?
El júbilo estalló en su corazón llenando hasta los rincones más oscuros y abandonados de su alma. Se echó a reír y se acercó a ella hasta apoyar la frente sobre la suya y darle un beso en la nariz.
—Claro que lo decía en serio, Rip. Te amo y quiero que estés a mi lado. Estoy preparado para darte todo lo que tengo y mucho más. Quiero casarme contigo y tener hijos y pasar el resto de mi vida amándote.
Ripley cerró los ojos y sonrió.
—Bien. Eso es lo que quiero yo también —volvió a dirigirse a su padre—. Dimito.
Howard se encogió de hombros.
—Pues vas a tener que entregar tu renuncia oficial al nuevo director. Tengo entendido que es muy estricto con las normas.
—¿Ya has contratado a alguien? —Ripley salió del despacho siguiendo a su padre, pero antes se volvió a mirar a Cage—. ¿Vienes conmigo?
—No me lo perdería por nada del mundo —respondió rápidamente. Al salir del despacho pudo oír la risa contenida de Whistler y los otros, que habían escuchado toda la conversación.
«Sí», pensó Cage, «el Servicio de Protección Radiológica funcionará bien a partir de ahora». Whistler iba a ser un excelente jefe, aunque Cage le había aconsejado terminar los estudios de medicina. Habría sido un magnífico patólogo.
Ya en el ascensor, Cage recostó la mejilla en el cabello de Ripley mientras se preguntaba si la planta de administración tendría un cuarto de la limpieza.
—Bueno, aquí estamos —anunció ella, junto a la puerta de lo que había sido el despacho de Leo Gabney.
—¿Estás cambiando de opinión? —preguntó Cage con calma, aunque se sintió aliviado al ver que ella negaba con la cabeza.
—Es un paso importante, eso es todo.
—Ni te lo imaginas —murmuró Cage, mientras la seguía al interior de la enorme habitación, donde un ventanal proporcionaba una imagen privilegiada del puerto de Boston. La maqueta del Ala Gabney ya había sido trasladada a pediatría, allí los niños podrían jugar con ella a su antojo.
—No está —dijo decepcionada.
Howard se limitó a sonreír mientras Cage dejaba la caja encima del escritorio y se sentaba en la silla. Se inclinó hacia delante y golpeó la mesa con el puño al estilo Gabney.
—Petición denegada, doctora Davis. El hospital la necesita ahora más que nunca, dadas las nuevas responsabilidades que tendrá que afrontar su departamento. No puedo dejarla dimitir.
—Cage, esto no es para tomárselo a risa —pero sus ojos chispeaban con incipiente esperanza, como si una parte de ella hubiera comprendido ya lo que la otra parte se negaba a creer.
Él se puso en pie y fue hasta su lado.
—No es ninguna broma, Rip. Tu padre es un hombre muy persuasivo. Además — comenzó a decir antes de levantarle el rostro y besarla suavemente en los labios—, tú me pediste que me quedara contigo. ¿O es que no lo recuerdas?
—Claro que lo recuerdo.
En sus labios se dibujó una misteriosa sonrisa que llevó a la memoria de Cage el momento en el que se había fijado en ella por vez primera, en la reunión de Protección Radiológica; sentada en primera fila, mirándolo como si fuera todo lo que había deseado en la vida.
—Te amo, Zachary Cage.
—Yo también te amo, Caroline Ripley Davis.
Esa vez su sonrisa brillaba con una intensidad cegadora, pero entonces frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—¿Nuevas responsabilidades? ¿Qué es lo que va a tener que afrontar mi departamento?
—No mucho. Un tipo rico que no tenía nada mejor en qué gastar el dinero ha donado un amplio terreno en la ciudad al Boston General. Tu departamento tendrá que administrarlo para alojar a las familias de los enfermos de cáncer mientras dichos enfermos estén ingresados —hizo una pausa para darle oportunidad de asimilar la noticia—. La familia de Milo se trasladó a mi ático ayer. Ahora que ha superado la crisis, podrá visitarlos allí.
—¡Cage! —exclamó emocionada—. ¡No es posible!
—Claro que es posible —la corrigió con una carcajada—. ¿Quieres ir a buscar casa?
Tenía la intención de darle un beso breve, pero parecía que ella no pensaba lo mismo y respondió apasionadamente, quizá para recordarle todo lo que había estado a punto de perder dos días antes.
Su vida. La mujer que amaba.
Cage se separó de ella al caer en la cuenta de la presencia de su padre. Pero Howard se apresuró a tenderle una mano.
—Felicidades, Cage. Creo que he decidido que me gustas como yerno.
—Gracias, señor. Me alegra saberlo —respondió Cage estrechando su mano.
Howard se volvió hacia su hija.
—Felicidades. Me alegro mucho por ti… Ripley.
Ripley se lanzó a los brazos de su padre mientras Cage presenciaba la escena encantado. Tenía el corazón rebosante de amor. Se llevó la mano al bolsillo y palpó la pelota de Milo y, al hacerlo, sintió una suave caricia en los labios, como si la brisa se hubiera detenido en ellos un poco más de lo normal.
«A nuestra primera hija la llamaremos Heather», pensó Cage. «Gracias por todo».
Y el aire que lo rodeaba suspiró una vez y se detuvo.
Fin
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Jessica Andersen