Plagio mortal
Capítulo 8
Dos días después de la reunión del círculo en casa de Petra, el periódico de la mañana trae la noticia de que ha desaparecido otra persona. Esta vez es un hombre, Ronald Pevencey, de veinticuatro años, peluquero en una de las peluquerías vanguardistas de Queen. Llevaba toda la semana sin presentarse en el trabajo. Al final avisaron a la policía, que se encontró entreabierta la puerta de su apartamento (un segundo piso), sin indicios de asalto o resistencia. Los investigadores sacaron una conclusión poco arriesgada: Ronald había dejado entrar a su visitante.
Las sospechas de delito que han hecho públicas las autoridades no se basan sólo en que Ronald Pevencey haya faltado al trabajo más de lo normal, sino en que últimamente hizo comentarios inquietantes a sus compañeros. Creía que le estaban siguiendo. Desde hacía unas semanas, de vez en cuando se sentía observado. No aclaró quién era el perseguidor, pero uno de sus compañeros de trabajo sospechaba que tenía una teoría y que estaba muerto de miedo. En palabras de su confidente, «quería hablar del tema y a la vez no quería».
En el resto del artículo, cuyo firmante es mi compañero de copas Tim Earheart, el portavoz de la policía hace lo imposible por desechar la hipótesis de que haya un asesino en serie campando a sus anchas. En primer lugar, nada indica que Carol Ulrich o Ronald Pevencey hayan sido asesinados. Por otra parte, aunque ninguno de los dos tuviera motivos para huir o suicidarse, siempre existe la posibilidad de que se hayan tomado unas vacaciones espontáneas. Depresión posparto, pasarse con la metanfetamina… Cosas de la vida.
Se hace observar, por lo demás, que no existe ninguna relación entre las dos personas desaparecidas. Un peluquero y un ama de casa con hijos. Diferentes edades y círculos sociales. Carol nunca pisó la peluquería donde trabajaba Ronald. Lo único que tenían en común es que vivían a seis manzanas de distancia. Entre ellos y de nosotros.
Si resulta que los dos están muertos, tanto Ronald Pevencey como Carol Ulrich, lo más probable es que su fallecimiento se produjera en distintas circunstancias, y los asesinos en serie actúan siguiendo pautas, como se ha esmerado en resaltar la policía. Tienen un fallo psicológico en el software que les hace buscar una y otra vez versiones de la misma víctima. En este caso, el único punto en común entre las dos personas desaparecidas es que vivían en la misma ciudad.
A pesar de todo, yo estoy convencido de que los perseguía lo mismo, tan convencido como de que han pasado a mejor vida. Digan lo que digan los psiquiatras forenses y los criminólogos, considero que ser imprevisible constituye una motivación tan válida como cualquier otra para un asesino, al menos en algunos casos. Podría ser el morbo del asunto lo que le gusta al que lo hace; no una perversión en concreto, sino algo mucho más turbador, como la posibilidad de variación que permite el anonimato. Un asesino en serie es más peligroso si no se sabe por qué actúa como actúa. Y más difícil de atrapar.
Mi convicción, de todos modos, no se basa en la hipotética motivación del asesino, sino en que creo que lo que me siguió a mi casa la otra noche es la misma sombra que seguía a Ronald Pevencey y Carol Ulrich. El hombre malo de las pesadillas de mi hijo, que ahora ha empezado a aparecer en las mías.
Le doy a Emmie la mañana libre, y soy yo quien acompaña a Sam a la guardería. Cada media manzana, me giro y busco en la calle los ojos que siento que nos observan. Sam no me pregunta por qué me paro. Sólo coge mi mano a través de su guante y me la aprieta al ver a sus amigos en el parque infantil vallado, un momento en el que normalmente correría hacia ellos.
—Hasta luego —dice.
Yo pensaba contestar lo mismo, pero me sale «te quiero». Hoy, incluso eso está permitido.
—¡Ídem! —dice Sam antes de cruzar la puerta de la guardería, dándome un golpe en el codo.
En mi silla del despacho hay una nueva caja de vídeos. Más programas por cable de frikis, intercambio de parejas y recopilaciones de vídeos snuff caseros con títulos como «Caídas de edificios» y «Animales que matan». Pero lo inquietante de verdad es lo que encuentro debajo de la caja: un post-it de la jefa de redacción. «Venga a verme». Es lo más largo que me ha escrito nunca.
Su despacho acristalado queda en la otra esquina de la sala, pero no es la razón de que tengamos tan poco contacto. Ella es más de circulares, reuniones de dirección y comidas con los anunciantes que de tratar con los trabajadores. Ha tenido tanto éxito en el cargo que se rumorea que intentan cazarla para un canal de noticias de Estados Unidos. Tiene veintiocho años.
De momento, aún es la que contrata y despide en el National Star, y al acercarme a su cubículo de plástico (dicen que antibalas) soy muy consciente de que es más propensa a despedir que a contratar.
—Patrick. Siéntese —dice cuando entro, orden canina que obedezco.
Levanta el índice sin mirarme, señal de que una frase a medias depende de lo que está pensando. La veo teclear las palabras que acaba encadenando —«fuente de ingresos simbiótica»— y darle a un botón para sustituir su informe a medias por un salvapantallas de Tahití.
—Seguro que ya sabe por qué le he llamado —dice al girarse hacia mí.
Sus ojos hacen un repaso rápido de mi persona. Previsiblemente parece que la decepciono.
—No, la verdad es que no.
—Ha habido una queja.
—¿De un lector?
Sonríe.
—No, de un lector no; una queja de verdad. Muy de verdad.
—¿Hasta qué punto?
Pone los ojos en blanco, en referencia a un cargo muy bien situado, tanto que no se atreve a pronunciar su nombre.
—Tenemos que velar por lo nuestro, por las marcas de la casa, y si una de esas marcas la cuestionan desde la propia casa…
Deja a medias la idea, como si desembocase en algo tan desagradable que ni siquiera se puede plantear.
—Se refiere a la crítica de MegaStar!
—Resultó molesta. Hay gente a quien le molestó.
—Usted no parece molesta.
—Pues lo estoy.
—O sea, que va en serio.
—No me gusta que me llamen de según qué despachos.
—¿Debería llamar a mi abogado?
—¿Tiene abogado?
—No.
La jefa de redacción se aparta un pelo de la frente, movimiento escueto pero claramente femenino que, aunque sienta decirlo, le hace ganar puntos a mis ojos.
—Bueno, me he explicado bien, ¿verdad?
Teniendo en cuenta el resto de la conversación, la pregunta tendría gracia si mi respuesta no fuera «sí». Se ha explicado perfectamente.
De camino a mi mesa, me paro en la de Tim Earheart. La verdad es que no espero encontrarle. Normalmente le gusta más trabajar en el búnker mugriento y apestoso al que llaman sala de fumadores. Tim no se considera fumador, pero, cuando tiene un plazo que cumplir, se comería los cigarrillos si no pudiera filmárselos. Teniendo en cuenta los rumores de que podría haber un asesino suelto, seguro que hoy tiene uno de esos plazos, pero no, está aquí, guardando su instrumental de periodista — bolígrafo, cuaderno, grabadora y cámara digital— en la mochila que tan orgullosamente se trajo de Afganistán con agujero de bala y todo. Se trata, según él, de un accesorio al que le debe una cantidad abrumadora de «contactos con becarias».
—¿Te ha despedido? —pregunta.
Es lo primero que se pregunta a los que salen del despacho de la jefa de redacción.
—Todavía no. ¿Adónde vas?
—A Ward’s Island. Han encontrado a uno de los desaparecidos.
—¿A cuál?
—Ulrich; bueno, la han encontrado en unas doce partes desperdigadas por treinta metros de playa.
—Madre mía…
—Muy duro, sí.
—¿Saben quién ha sido?
—De momento sólo dicen que están siguiendo todas las pistas; o sea, que no tienen ni idea.
—¿Y la ha cortado a trozos, el tío?
—Tío, tía o tíos.
—¿Quién puede haberlo hecho?
—Alguien malo.
—Es de locos.
—O no. Acabo de hablar por teléfono con el que hace los perfiles en la policía, y ve un sentido a que dejaran el cadáver así, a la vista. Como una especie de anuncio.
—¿Un anuncio de qué?
—¿Y yo qué coño sé? Supongo que «aquí estoy, gilipollas, a ver si me pilláis».
Tim se pone la mochila. Sus gafas oscuras de aviador no esconden su mirada de entusiasmo.
—Vivía por esta zona, ¿no? —dice.
—Sam la reconoció. Tenía un hijo más o menos de su edad. Iban al mismo parque.
—Qué miedo.
—Sí.
—Ahora mismo cojo el ferry para allá. ¿Quieres venir?
—No quiero estropeártelo.
—Podría ser material de primera para tu novela.
—No es de ese tipo.
Al decirlo, me pregunto qué tipo de novela escribiría si pudiese.
A las cinco y pico, cuando salgo del trabajo, el día ya ha emprendido su giro invernal hacia la noche. La única nota de color en el atardecer son las retenciones de King Street, una línea roja de luces de freno que se prolonga hasta el horizonte. Los nuevos restaurantes que han abierto en las antiguas naves textiles ya están llenos de gente trajeada que se gasta el equivalente a dos meses de mi hipoteca en probar las refinadas construcciones de las últimas superestrellas de los fogones. ¿Y los Rush? ¿Qué cenarán? Un sag paneer y un butter chicken roti para llevar del Gandhi, el favorito de Sam.
Pero lo que me hace verle es la elección del menú de esta noche.
El chiringuito está tan repleto como siempre. Los que comen en alguna de las dos mesas del Gandhi, directamente en cajas de poliestireno, se suman a los que se apiñan en espera de oír su número y salir corriendo para casa. Las cazuelas de curry haciendo chup chup en los fogones, la olla abierta donde hierven las patatas y el aliento de la clientela empañan el aire haciendo deslizarse gotas de condensación en las ventanas que dan a Queen Street. A través de los cristales, los cuerpos de los transeúntes se funden en una forma única y cambiante.
Llega mi número. Ahora que me he abierto camino hasta la barra, se insinúa en mi pecho el hormigueo de pánico de la claustrofobia, uno de esos cuasi ataques transitorios que sufro un par de veces al día al circular por la ciudad. De esa lucha casi siempre salgo victorioso diciéndome que hay que aguantar. Si hago primero una cosa —«paga la comida»— y luego la otra —«coge la bolsa, gírate y ve hacia la puerta»—, todo saldrá bien.
Al llegar a la puerta, me paro a sacar los guantes del bolsillo de la chaqueta, con una última mirada al cristal empañado.
Sólo es una silueta oscura entre otras siluetas oscuras, pero sé que es él.
Al otro lado de la calle. Quieto, mientras pasan peatones en ambos sentidos. Más alto que nadie.
Cuando abro la puerta y la calle se hace nítida de golpe, William me da la espalda y se suma a los que van hacia el este.
No le he visto bien la cara. No lo sé por eso, sino por su presencia. Una energía amenazadora que emana de él con una fuerza que me obliga a retroceder unos centímetros haciendo que me tenga que apoyar en la puerta para no perder el equilibrio. Incluso cuando llega al final de la manzana y dobla la esquina, la densidad del espacio que deja me retiene en el umbral. Es como si el aire se hubiera convertido en agua negra, adquiriendo un peso viscoso e irrespirable.
Alguien empuja la puerta para salir. Me aparto, mascullando disculpas. A mi alrededor, el lento tráfico y los acelerados transeúntes siguen yendo hacia sus casas como si tal cosa. A ellos, William no les ha afectado. Tal vez porque no estaba. Una alucinación formada a partir de un día pésimo, de noticias violentas y sin haber comido.
Pero no, eso sólo son las racionalizaciones necesarias para poner los pies en marcha. Lo que acabo de ver y de sentir no era fruto de mi imaginación. Ni siquiera estoy seguro de tener imaginación.
Era William mirándome. Lo cual significa que era William siguiéndome.
Claro que cabe otra posibilidad…
Algún día, al hacer memoria, me acordaré de que esta noche, en la puerta del Gandhi, con una bolsa de comida en la mano, di el primer paso en mi camino hacia la locura.
Ceno con Sam a la luz de las velas. He sacado porque sí la cubertería de plata y las copas de vino que nos regalaron por la boda. Curry en los platos y cerveza y ginger-ale en las copas de cristal. Conversamos. Los protomaltratadores que siembran el terror en la guardería. Un niño que ha tenido una reacción alérgica en el patio, y a quien se han llevado en ambulancia con la cara «gorda y roja como un grano gigante».
Hago lo posible por suavizar esos temores, al mismo tiempo que me enfrento a mi propio material de pesadillas. La advertencia de la jefa de redacción. La foto de Carol Ulrich en la tele, tan parecida a Tamara. Los trozos de su cadáver encontrados en la playa. Al final mis pensamientos íntimos desembocan en las grandes preocupaciones geopolíticas del momento. Las Torres Gemelas. Células durmientes, objetivos alternativos, promesas de nuevos desastres formuladas en cuevas afganas. Que nuestro rincón del planeta es menos seguro cuanto más rico se hace.
Al cabo de un rato, lo que dice Sam y lo que me hacen pensar sus palabras parecen formar parte de la misma observación: «Aquí también —decimos—. Aquí también puede encontrarte el diablo».
Naturalmente, no le cuento a Sam que al salir del trabajo he visto a William en la acera de enfrente. Me doy cuenta de que no es lo único que le escondo. Desde que empecé a ir a las reuniones en casa de Conrad White, he mantenido el Círculo de Kensington fuera de su conocimiento. A Sam no le interesaría. Los martes por la noche en que Emmie se ha quedado hasta tarde y papá ha salido a hacer cosas de mayores son tan inocuos y aburridos que no vale la pena gastar saliva en explicarlos.
En este momento, sin embargo, siento el esfuerzo y el trabajo mental que requiere ocultar cualquier tema. Todo lo relacionado con el círculo de escritores se ha convertido en un secreto; y, como la mayoría de los secretos, tiene el doble objetivo de proteger y esconder.