Plagio mortal
10. El relato de Angela
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El relato de Angela
Transcripción de la cinta n.º 3
La semana siguiente, después de que reabriesen el colegio aunque siguiera
sin aparecer la segunda niña y no se hubieran descubierto pistas sobre el
culpable de lo que el jefe de la policía local calificaba de «crímenes rastreros»
—palabra que la niña oía por primera vez, y que le sonaba a «rastrojo», como
un recordatorio más de lo que había descubierto en el establo—, Edra tuvo
que ir al hospital —doscientos sesenta kilómetros de carretera— para una
operación. La vesícula biliar. Nada grave, aseguró Jacob a la niña. A Edra no
le perjudicaría que se la extirpasen; cosa que, de ser cierta, despertaba en la
niña la pregunta de por qué Dios nos dio vesículas biliares.
Como el viernes se llevan a Edra al hospital, Jacob y la niña se quedan
solos en la granja hasta el domingo, que, si todo va bien, es cuando la
volverán a traer. El viejo y la niña tienen todo el fin de semana para los dos.
Aunque a la niña le encante la idea de recibir en exclusiva los cuidados de
Jacob, también le da un poco de miedo pasar de tres a dos. Se pregunta si la
cuerda invisible que los convertía en una familia no era también como un
conjuro, como un campo de fuerza que impedía entrar al hombre malísimo
que hace cosas malísimas. La ausencia de Edra podría abrir una puerta. La
niña está dispuesta a guardar un horrendo secreto por el bien de sus padres
adoptivos; está dispuesta a enterrar a alguien de noche y a sufrir las pesadillas
consiguientes, pero no está tan segura de poder cerrar la puerta al Hombre del
Saco una vez abierta.
Pronto, cada mirada y cada gesto de la niña traslucen sus preocupaciones.
Por mucho que se esfuerce en mantener oculto el peso que lleva encima, su
inquietud es como un libro abierto. Jacob la conoce demasiado para no darse
cuenta. Cuando le pregunta qué le pasa, no hace falta ningún otro detonante
para desencadenar una explosión de llanto.
La niña se lo cuenta casi todo. La existencia de un hombre malísimo que
hace cosas malísimas, que antes sólo vivía en sus sueños, pero que ha cobrado
forma en el mundo real. Su convicción de que es el mismo hombre que se ha
llevado a las dos niñas del pueblo, sólo porque eran de la misma edad que ella
y se le parecían.
Lo que no le cuenta es qué encontró en el establo, ni qué hizo con ello. Cuando la niña acaba de hablar, Jacob guarda un largo silencio. Al final
encuentra las palabras que busca, y la niña espera oír que lo que dice es
imposible, pero se lleva una sorpresa.
—Yo también le he visto —dice el viejo.
La niña no sale de su asombro. ¿Cómo era? ¿Dónde le vio Jacob? —No puedo describirle, como no puedo decir qué forma tiene el viento —
contesta el viejo—. Lo he sentido. Se movía por la casa como si lo que busca
estuviera dentro, pero él no pudiera entrar. Todavía.
Tal vez fuera mejor ir a su encuentro. ¿Qué sentido tiene arriesgarse a que
el Hombre del Saco le haga daño a otra niña, si sólo la busca a ella? O a Jacob
y Edra, que aún sería peor.
—No hables así —le implora Jacob—. Ni se te ocurra, ¿me oyes?
Mientras yo viva, no te cogerá. Y cuando yo ya no esté, tienes que seguir
resistiendo. Prométemelo.
La niña se lo promete, pero ¿qué pueden hacer? No se le ocurre ninguna
manera de luchar contra él. ¿Cómo matar algo que ya está muerto?
—Yo no sé si está vivo o muerto, pero creo que puedo decir quién es. Jacob sujeta firmemente a la niña por los hombros, como si quisiera
impedir que se cayese.
—Es tu padre —dice.
El domingo, como Jacob no iba a buscarla, Edra volvió del hospital en taxi y
se encontró la granja vacía. Con la puerta trasera abierta de par en par. No se
podía saber si había entrado o salido alguien. Hacía veinticuatro horas que
todo el condado estaba cubierto por un metro de nieve, una tormenta de
noviembre que anunciaba la llegada del invierno. Cualquier posible huella,
colmada y esculpida en montoncitos.
Cuando llega la policía, Edra esté desesperada por que busquen a la niña.
No tienen que ir muy lejos. Está acurrucada en una esquina de la última
casilla del establo. Ojos vidriosos, piel azul. Temblando por la hipotermia de
toda una noche a la intemperie con temperaturas mínimas de diez bajo cero.
Le preguntan por Jacob. Su única respuesta es caer en la inconsciencia. Al
principio se le calcula un cincuenta por ciento de posibilidades de sobrevivir.
Le amputan tres dedos de los pies, ennegrecidos por la congelación. Mientras
duerme, le hacen un escáner del cerebro para saber qué partes han muerto por
falta de oxígeno.
Pero la niña no se muere.
Al día siguiente vuelve en sí, pero sólo habla con Edra, y no de lo que ha
pasado durante los últimos días. Edra actúa como filtro entre la niña y la
investigación, anteponiendo la necesidad de protegerla a la preocupación por
su marido. La policía se queda sola en su búsqueda de Jacob.
Una vez comprobado que la camioneta de Jacob estuvo aparcada todo el
fin de semana en el patio y que dentro de la casa no hay rastros de pelea ni de
nota de suicidio, el bosque que delimita los campos, y que se extiende casi mil
kilómetros hacia el norte, hasta el Escudo Canadiense, se convierte en el
principal foco de la investigación policial.
La nieve que dejó la tormenta dificulta las pesquisas. Desde los
helicópteros casi sólo se ven árboles que brotan de un manto blanco. Tras
correr cien metros por el bosque, los perros que siguen el rastro de Jacob se
limitan a hundir el hocico en la nieve, y se los tienen que llevar a rastras los
cuidadores, gañendo. El cuarto día se rebaja el grado de urgencia de la
búsqueda: de operación de rescate a recogida de pruebas. Si Jacob está en
algún punto de aquel bosque interminable, no hay ninguna esperanza de
encontrarle vivo.
Hacen falta dos semanas más de clima templado para que se derrita
bastante la nieve, dejando a la vista el cadáver de Jacob. A seis kilómetros de
la granja. Boca abajo, con los brazos abiertos. Sin heridas, a excepción de los
cortes en la cara y los brazos que le hicieron las ramas al correr. Los pies
descalzos, sólo con calcetines, y ninguna prenda de abrigo —sus botas y su
abrigo estaban en la casa, en el lugar de costumbre—. Causa establecida del
fallecimiento: exposición a la intemperie tras caerse de agotamiento. Al
forense le deja atónito que alguien de la edad de Jacob fuera capaz de llegar
tan lejos. Seis kilómetros corriendo por el bosque, de noche y en plena
tormenta. Sólo podría hacerlo alguien en un estado de pánico mortal.
Lo que ya no estaba en manos del forense, ni en las de su equipo de
investigación, era responder a las preguntas que se derivaban. ¿Qué hacía
Jacob, perseguir o huir? Si era el perseguidor, ¿qué podía hacer que se
internase por el bosque con aquella ropa, durante la peor nevada del año? Y si
era el perseguido, ¿qué podía aterrorizarle hasta el extremo de correr tan lejos
como para llegar a caer y morir sin que nadie ni nada le pusiera la mano
encima?
La policía estuvo de acuerdo en que, si Jacob había sido asesinado, era el
crimen perfecto. Ni un solo sospechoso. Ni un solo testigo. Ni una sola huella,
todas colmadas por la nieve. Ni una sola arma de la que se tuviera constancia,
aparte del frío.
Sólo la niña conocía —o podía conocer— lo sucedido durante el tiempo
en que ella y Jacob habían estado solos en la granja, pero no dijo nada, por
mucho que se lo preguntaron.
El shock, decían los médicos. Traumatismo emocional extremo. Le corta
la lengua a los niños como el más afilado cuchillo. Ahora ya es inútil,
concluyeron. Hacerle preguntas a esta pobre niña sería como preguntarles a
los árboles del bosque de Jacob qué vieron.
La niña oía todo lo que decían de ella, aunque se hiciera la sorda. Resolvió
que hay cosas de las que no se puede hablar. Aun así, decidió plasmar lo que
sabía de otra manera que hablando. Lo escribiría. Más tarde, cuando fuera
mayor e independiente, contaría la verdad, aunque sólo fuera para sí misma.
Precisamente aquí, en las páginas de este libro. Hasta sabe el principio.
« rase una vez una niña perseguida por un fantasma…». É