Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 32 de 36

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Plagio mortal

Capítulo 31

 

Para encontrar a Sam debo encontrar a Angela. Pero encontrar a alguien que no existe… no es el mejor trabajo para un crítico de televisión en paro. ¿Qué harían en mi lugar Tim Earheart o Ramsay? Empezar por los datos. Poca cosa. El apellido de Angela (falso), su edad (con una década de margen) y su obra publicada (robada de relatos autobiográficos ajenos). Sin olvidar lo que sé de su aspecto —especialmente vulnerable a los caprichos de las luces y las sombras, hasta el punto de que una cosa era cuando leía su diario al otro lado de la alfombra de Conrad White, y otra, la noche en que me puso las manos en las orejas para que no oyera los sonidos que hacía en la cama, como si pudieran molestarme a mí, no a los vecinos—. Para haber llegado a desempeñar un papel de tan cruel importancia dentro de mi vida, Angela se ha quedado con todo el toma y ha reducido prácticamente a cero el daca de sí misma.

Un extremo de ella sí que tengo, y es el del edificio donde vi y toqué, a dieciocho pisos de altura, partes de ella que, desde mi perspectiva actual, refuerzan la hipótesis de que Angela siempre ha sido fruto de la fantasía. Mis esfuerzos por volver a poner las manos en su piel sólo producen impresiones genéricas, una coreografía de porno suave. Ahora la Angela desnuda vuelve de demasiado lejos, con una perfección poco plausible, bajo una luz azul.

Si es así —si nunca he estado con Angela en lo que consideraba como nuestra única noche juntos—, tal vez la culpa no sea de ella. Tal vez el psicótico sea yo. Ahora no hay Angela, porque nunca la ha habido. Lo cual significaría que no es ella quien le ha hecho algo horrible a Sam. Soy yo.

Estas siniestras reflexiones no quedan descartadas hasta que el portero me empuja contra la pared.

—¿Otra vez? —dice. Es el mismo que me echó, aunque ahora sus ojos tienen la mirada clínica de un médico buscando síntomas de ictericia—. Contésteme una cosa, entre usted y yo. Si quiere, me lo dice al oído.

—¿Qué?

—¿Qué le pasa?

—Busco a alguien.

—Pues ya lo ha encontrado.

—No, a usted no, a un inquilino.

—Aquí no hay inquilinos.

—Entonces ¿qué hay?

—Propietarios.

—Pues estoy buscando a una propietaria.

—Llame por el interfono.

—No están. O no contestan.

—Si supiera que está usted aquí abajo, yo tampoco contestaría.

Ya no se coge el cinturón con las dos manos. Lo que me convence de que me va a pegar es su tranquilidad. Sé por experiencia que justo antes de que te den un puñetazo en la cara siempre hay un momento en que te lo ves venir pero no te lo crees del todo. «Ahora me pega, —piensas; y luego—: No, no será capaz». Y va y te pega.

—Tiene a mi hijo.

Los ojos del portero me miran, sobre unas mejillas picadas de viruela.

—¿Un divorcio?

—Más o menos.

—Pues llame a su abogado, como todo el mundo.

—No es cosa de abogados. No sé si me entiende.

Parece que sí. Uno de los puños baja otra vez hacia el costado y el otro busca las llaves en el bolsillo.

—Voy a decirle qué pone en el registro —dice, llevándome a un despachito donde guardan el árbol de Navidad—. Ahora, que si aparece otra vez por aquí, le tiro por donde las basuras.

Le pido que busque el expediente de Pam Turgenov.

—¿No ha dicho que se llamaba Angela?

—Miente.

—Como la mayoría.

Saca la carpeta sobre el estado de cuentas de Angela/Pam con la comunidad del edificio. Sólo la hipoteca y la escritura están a nombre de Pam Turgenov, aunque últimamente ha habido una serie de impagos. Hace tres meses que no se pagan los gastos de mantenimiento de la Unidad 1808, y el banco ha congelado las cuentas.

—A ésta la buscábamos —dice el portero—. Aunque hace tiempo que no pasa por aquí, al menos que me haya enterado yo. Desde que entraron en el piso.

—¿Entraron a robar?

—Se llevaron bisutería y cosas personales, pero la tele la dejaron.

Cosas personales. Como la gorra de los Yankees de Petra. Para que pudiera aparecer en mi casa.

—Esta semana cambiaré la cerradura —dice el portero.

—Da lo mismo. No volverá.

—Aún tiene todos los trastos arriba.

—Hágame caso.

—Pero tiene a su hijo.

—Ya la encontraré.

Debo de haber estado convincente. El portero me hace un gesto marcial con la cabeza.

—Cuando hable con ella —señala acompañándome a la puerta—, dígale que me he quedado la tele.

Al salir del edificio voy por Bay Street hacia las torres de oficinas cloradas y plateadas que hay al fondo de las vías del tren. Tardo bastante. Estoy enfrascado en la asimilación de algo que no debería haberme sorprendido, pero que lo ha hecho: que, encima de no comunicar a las autoridades que era Evelyn quien conducía el coche accidentado en las rocas junto a Conrad White, probablemente Angela tuviera algo que ver con el accidente. Fue Angela quien les hizo seguir un rastro de indicios hacia el norte. Es más: seguro que también andaba cerca. Para cerciorarse de que saliera todo bien. Y sustituir el bolso de Evelyn por el suyo.

 

Así se explica que pudiera mantener el más completo anonimato: se las arregló para desaparecer y convertirse en otra persona. Cuando empezaron a acumularse las deudas y Pam Turgenov empezó a quedar en entredicho, se fue otra vez.

En el bufete donde Angela decía trabajar de secretaria hay más pruebas a favor de estas sospechas. Esta vez me hago pasar por otro, un novio abandonado —cosa que soy, supongo, entre otras cosas—; así la recepcionista se compadece lo bastante como para averiguar que hubo una Pam Turgenov en plantilla, efectivamente, pero que no trabajaba de secretaria, sino en un empleo temporal.

—La verdad es que no llegué a conocerla —dice compungida, como si fuera la gran pena de su vida—. Siempre tenía un libro delante, como diciendo: «No me hables, que estoy muy concentrada».

—¿Se acuerda de qué leía?

Se mira las uñas buscando la respuesta.

—Pues ahora que lo pienso, no leía. Escribía.

—¿Cuánto hace que se fue?

—Bastante. Meses, vaya. No creo que se quedara más de un par de semanas.

—Y ¿sabe adónde fue? ¿A algún otro bufete?

—Por eso se llama trabajo temporal. —La recepcionista se encoge de hombros—. Vienen y van.

Al darle las flores que traía —«¿Está Pam? Es que le quería dar esto por su cumpleaños»—, me lo paga con un «gracias» ruboroso.

—Si me la encuentro, ¿quién le digo que ha venido a verla? —me pregunta cuando ya me estoy yendo hacia los ascensores.

—Pruebe con Conrad. O Len. O Ivan.

No deja de apuntar los nombres y levanta la vista con cara de extrañeza hasta que casi se han cerrado las puertas del ascensor.

 

Anochecer. Aquella luz rosada sobre la ciudad que es un efecto secundario (bonito, a veces) de la contaminación. El frío que llega a los pocos segundos de que se ponga el sol por detrás de los tejados. Voy hacia el este, por nada en especial. Nada mejor, en todo caso, que evitar lo que ya sé que me estará esperando en casa: mensajes de la policía informándome de que aún no han descubierto nada. Puede que hasta el chaval del National Star haciendo acampada en mi jardín, con un ejemplar de El hombre del saco erizado de post-its en la mochila. Mejor vagar sin rumbo por las calles en penumbra.

Y eso que es el momento del día y el tipo de luz en que ves cosas, ilusiones crepusculares.

Como la furgoneta negra que pasa lentamente de largo. Una sombra al volante. La silueta de una cabeza y unas manos con guantes que corresponden a lo que perseguí por el maizal del Mustang.

Cuando la sigo —fijándome de nuevo en que el nombre del modelo está arrancado de las puertas traseras y en que la matrícula tiene una capa de barro seco—, la furgoneta acelera y se va traqueteando por la esquina.

Cruzo sin mirar. Un coche familiar frena de golpe, chirriando. Me roza la cadera con la rejilla del radiador. El contacto me hace perder el equilibrio y chocar con una camioneta, pero mis pies no pierden el contacto con el suelo y enderezo el rumbo por la acera. Detrás de mí, bocinas y «¡eh, tú!». Todos los ruidos, sin embargo, se absorben al meterme por la misma calle que la furgoneta. A mi edad y en mi estado físico no puedes correr así más de cien metros sin que resuene en tus oídos tu respiración y los latidos de tu corazón, novato en estas lides.

La furgoneta ya no está. Sigo corriendo.

Y de repente le tengo delante.

La sombra se desliza por los muros. Vuelve a cambiar de sentido, adentrándose en la antigua destilería Gooderham & Worts: unas cuantas manzanas del Londres de Dickens apiñadas entre la autopista y varios bloques residenciales en obras; largos barracones Victorianos de ladrillo, con chimeneas en la punta como signos de exclamación.

Me frena el pasado. Son los adoquines, que obligan a hacer eses de puntillas en cuanto empiezas a correr. A la luz del día, las puertas de ambos lados dan a galerías y cafés, pero ahora están cerradas. Estamos solos en las callecitas peatonales, yo y quien me ha traído aquí.

Se ha metido por una calle estrecha; pero despacio, como si esperase a que le diera alcance.

Como no hay luces entre dos de los edificios vacíos, lo único que veo de quien tengo delante es su cabeza, que sube y baja contra los ladrillos borrosos. De repente se para.

«Un poco más —dice el lenguaje corporal de su cabeza ladeada—. Casi has llegado».

Pretendo lanzarme hacia él, pero no estoy para muchos lanzamientos. Al llegar a donde estaba, estoy a punto de tropezar con algo en el suelo. Pesado, pero que cede como un líquido. Un saco de arena.

Así le sobra tiempo. La furgoneta negra le espera en el aparcamiento. Luces de freno apagadas que tiñen de rojo a rosa mis manos levantadas cuando la furgoneta arranca y se va.

Al dar media vuelta, estoy a punto de tropezar otra vez con el saco de arena. La diferencia es que ahora tengo tiempo de ver que no es un saco de arena en absoluto.

Un cadáver, más o menos. No, menos.

Apoyado en la pared como un borracho dormido. Sin piernas. Ni brazos, nariz u ojos. Un ser humano desmontado en partes dispares distribuidas por los adoquines. Una antología humana.

Me alegro de que sea de noche. Aun así, veo bastante. Y lo que no veo, lo completa mi cerebro con lo que recuerda de la noche en el cobertizo con Petra.

Es hora de irse. Ya lo descubrirá algún otro por la mañana. Quedándose aquí, lo único que se gana es ser visto.

A pesar de todo, sigo un minuto más donde estoy. En parte porque el mundo se ha quedado sin una gota de aire. Y en parte porque el hombre desperdigado a mis pies había sido amigo mío.

Éramos los últimos. Por eso ya sé que es Len antes de usar la punta del zapato para abrir la cartera que hay al lado de la mano del cadáver y forzar la vista para leer su nombre en el carné de conducir. Sin saber lo que sé, sería imposible relacionar la sonrisa forzada del carné de la cartera con el cadáver; ni rastro de su identidad; le han cortado todos los rasgos que diferencian a las personas. Probablemente siempre haya sido la moraleja de Angela: si le quitas a alguien su historia, sólo queda piel y sangre. El cuerpo no vale nada. Lo que cuenta es lo que hace. Las mentiras y verdades que explica.

 

Por la mañana salgo en las noticias. Han vuelto a usar la grabación de mis declaraciones del primer día de la desaparición de Sam. Desde entonces no he dejado de eludir las cámaras, porque no me beneficia en nada con el tema de las sospechas; por eso, y porque suplicar que me devuelvan sano y salvo a Sam no haría ninguna mella en quien sé que le tiene.

Vienen un par de investigadores para ponerme al día sobre la búsqueda, pero sus ojos ya no disimulan sus dudas. Por un prurito de exhaustividad, vuelven a preguntarme si se lo he contado todo; y aunque repita los mismos detalles, esperan a que siga. «Tranquilo —me aconsejan sus caras de haberlo visto todo—. Tú dinos lo que hiciste, que no te vamos a juzgar».

Empiezo a hacer la maleta en cuanto cierran la puerta.

Antes de irme, llamo a Tim Earheart desde la cabina de la esquina. Me doy cuenta de que no tengo a nadie más en todo el mundo de quien despedirme. Pero ni siquiera eso se me concede. Como no está en casa, no tengo más remedio que balbucir chorradas en su contestador. Sólo recuerdo haber intentado hacer un chiste —«Si sólo tienes una tecla de marcado rápido, es que no sales lo bastante a menudo—, —y haberle pedido—: Cuida a Sam si… si al final necesita que le cuiden». Uno de esos mensajes con nudo en la garganta que te gustaría poder borrar en cuanto cuelgas el teléfono.

Después paso una última vez por casa, por si se me ha olvidado algo. Miro las hileras de libros infantiles que Sam ya es demasiado mayor para leer y pienso: «Aquí vivía un padre con su hijo». Pero la conjugación en pasado lo convierte en algo sin vida. Siempre que entras en una casa vacía, es una casa donde ha vivido alguien, lo cual no la hace estar menos vacía.