Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 30 de 36

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Plagio mortal

Capítulo 29

 

El verano se acaba con una serie de días de una perfección idéntica, como si fuera su disculpa por habernos maltratado: una semana sedante de cielos azules, poco tráfico en el centro y atardeceres despejados con perfume a humo de barbacoa. Todas las incertidumbres y preocupaciones por lo que pasó antes —no sólo en el caso de los atribulados Rush, sino de cuantos pasean sus sonrisas forzadas por las calles de la ciudad— se encuadran en perspectivas más llevaderas. Todos querrían que esto durase para siempre.

Y de repente es el fin de semana del Día del Trabajo. De un día para otro el aire se vuelve fresco, otoñal, y las hojas cambian por oro la mitad de su verde. «Es el momento. —Nos lo dice el sabor a tiza de la vuelta al colegio—. Si hay algo divertido que pensarais hacer, que sea ahora».

Por eso Sam y yo nos decidimos a ir a la sesión nocturna del autocine Mustang. Ultimo pase de la temporada en un sitio al que solíamos ir Tamara y yo con una botella de vino blanco escondida debajo del asiento, como dos adolescentes. Para Sam, la atracción es ver lo que, aunque yo insista en corregirle, llama «la peli de mi papá».

—Norte —dice con la nariz en el cristal cuando salgo de la autopista de peaje y me pongo al final de la cola de coches que avanzan lentamente hacia la taquilla.

Yo no sabía que mi hijo supiera orientarse por las estrellas.

—Mira —le digo señalando la pantalla que despunta al final de la subida.

El vaquero y su potro salvaje encima del letrero, y detrás, los campos de trigo maduro. Sam lee en voz alta las letras que anuncian la película estrella de la noche:

—El hombre del saco.

Yo ya la he visto. Puede que Sam aún no tenga edad para entender algunos de los temas más «maduros» —es la opinión de la censura, cuya clasificación avisa quisquillosamente de «violencia y señales de conducta sexual indecorosa»—, pero si la taquillera está dispuesto a aceptar lo que le pago por dos adultos, entonces esta noche lo seremos.

Aparcamos en un lado frente al bar y sacamos sillas plegables del maletero del Toyota. También nos tapamos las rodillas con un saco de dormir para no coger frío.

Aunque El hombre del saco se base en mi novela, mi participación en la película se ha limitado a la aceptación culpable de un cheque. Hace un par de semanas me invitaron al estreno en Los Ángeles, pero dije que no. Los relaciones públicas del estudio me llamaron para convencerme de que mi ausencia se podía interpretar como «reservas creativas sobre el proyecto», y yo les aseguré que no tenía creatividad, ni por ende reservas. A cambio de mi promesa de no hacer declaraciones, me enviaron champán y el DVD antes de que saliera al mercado.

Lo puse el otro día. Descorché el espumoso y me pasé una hora y media en la Cripta bebiendo a morro. No estaba mal. Me refiero al champán. En cuanto a la película, supongo que tiene cierto empuje, alimentado más que nada por un montaje entrecortado y una banda sonora tecno que hace que la ciudad en la que se rodó — Toronto, mira tú por dónde, aunque con la intención de parecerse a Nueva York— dé la impresión de haberse metido metanfetaminas.

Lo raro de la película, lo que me molesta un poco, no es su calidad, o falta de ella, sino cómo se desvía de la realidad. De Angela. Su voz. Es lo que no aparece ni por asomo en la versión de Hollywood, y no por culpa de los guionistas, los actores o los productores. ¿Cómo van a saber lo que era estar sentado en el piso de Conrad White a la luz de las velas, con la nieve arañando las ventanas, oyendo leer a Angela las páginas de su diario llenas de garabatos en los márgenes? Incluso si hubieran estado allí, ¿habría cambiado algo? Las películas cuentan historias, pero su mundo es estático; cada escenario, cada gesto, cada imagen están previstos hasta el último detalle. La narración está herméticamente sellada. Las películas no te dejan crear lo que ves en tu interior. Que es lo que hacía la voz de Angela: invitarte a entrar.

—¡Ya empieza! —anuncia Sam cuando se apagan los focos.

El resto ya lo sabéis.

Lo sabéis por el punto de partida, en pleno desarrollo: la historia del hombre que perdió a su hijo en el cine. Digo «perdió» porque es la palabra que usaban la policía y la prensa, como si Sam fuera un billetero caído. Los comunicados de prensa puntualizaban que no se encontraron pruebas de ningún delito. No sé si lo decían por sistema o simplemente porque no me creyeron cuando expliqué que había perseguido a una sombra por el maíz.

Ya sabéis en qué acaba para mí este Día del Trabajo. Pero, cuando se empieza a medias, se dejan fuera algunos puntos de vista, matices de significado que no habrían podido entenderse a la primera. Por ejemplo, el efecto turbador que tuvo sobre mí ver El hombre del saco en una pantalla enorme, bajo las estrellas de la noche. Y que en la narración agigantada hubo algo que intentó decirme: «Coge a tu hijo y vete». Algo que intentó avisarme.

—¿De qué hablas?

—Lo que hay debajo de tu cama. Los ojos que te miran de noche en el armario. La oscuridad. Lo que más miedo te da…

No puedo mirar la pantalla más de unos cuantos segundos. Los actores recitando directamente el guión, sus caras mirándome con máscaras irónicas de «miedo», «determinación», «preocupación»… Me equivocaba en lo de que las películas sean mundos fijos. Estos personajes, en concreto, lo que pasa en esta pantalla… todo quiere salir.

—¿Te apetece algo? —pregunto—. ¿Unas bolitas de patata?

Y él me coge la mano. Sólo me la suelta cuando la cajera tarda demasiado en atendernos.

Luego corro entre las filas de coches aparcados, intentando decirme que no está pasando lo que sé que está pasando. No funciona. Porque el Hombre del Saco está aquí. No William, sentado en una celda a varios kilómetros. Tampoco Ramsay. Tampoco Len, o Conrad White. Tampoco Raymond Mull.

Es el Hombre del Saco quien entra corriendo en el campo de maíz, dejándose ver fugazmente para que yo pueda seguirle. Era su intención. Así tenía tiempo de desaparecer, asegurándose de que yo fuera en dirección contraria a donde tenían a Sam, encerrado en el maletero de uno de los coches de la última fila. A menos que mi hijo estuviera desde el principio en el coche de al lado…

Yo perseguía al Hombre del Saco, pero el Hombre del Saco nunca tuvo a Sam.

Cuando llego a la granja abandonada del final del campo, ya no hay nada que hacer. Sólo puedo quedarme plantado, mirando fijamente la pantalla del Mustang a lo lejos.

El hombre malísimo que hace cosas malísimas no es William. Ni siquiera es un hombre. Es una niña. La niña cuya cara está en la pantalla del autocine, la que leía su diario en el piso de Conrad White, la que se quedó sin dedos de los pies a causa de la congelación. Una niña que al hacerse mayor ha adoptado varios nombres. Y ha robado varias vidas.

Mi error fue dar por sentado que el malo de mi historia era el mismo que el de la suya. Pero el monstruo que se ha llevado lo único que me quedaba no es el Hombre del Saco. Es quien lo creó.