Plagio mortal
Primera parte. El círculo de Kensington
PRIMERA PARTE
EL CÍRCULO DE KENSINGTON
1
Febrero de 2003
Día de San Valentín
—¡ ostales de enamorados! P
Es Sam, mi hijo de cuatro años. Ha entrado corriendo en mi habitación para saltar sobre la cama y tirarme a la cara postales pintarrajeadas con ceras.
—Sí, es el día de los enamorados —le confirmo yo.
Le levanto la camiseta para hacerle pedorretas en la barriga.
—¿Tú de quién estás enamorado, papi?
—Supongo que de mamá.
—Pero si no está…
—Da igual. Se puede elegir a quien se quiera.
—¿De verdad?
—De verdad.
Sam se lo piensa. Doblando y desdoblando una postal con los dedos. Purpurina mezclada con pegamento no del todo seco.
—¿Y la tuya? ¿Quién es? ¿Emmie? —le pregunto. Emmie es nuestra canguro habitual—. ¿O alguien de la guardería?
Entonces me sorprende. Como tantas veces.
—No —dice dándome su corazón de papel—. Tú.
Estos días, las festividades ineludibles del calendario —Navidad, Año Nuevo, el Día del Padre, el Día de la Madre—, son los peores. Me recuerdan lo solo que estoy. Y que con el paso del tiempo mi soledad se ha enquistado en los tejidos y los huesos. Una enfermedad que acecha sin remisión.
Aunque últimamente ha habido un cambio. Un vacío que se está formando. El peso total y hueco de la viudez. Yo creía que los últimos tres años y medio habían sido de luto, pero quizá sólo esté empezando a salir del shock. Quizá el luto de verdad aún esté por llegar.
Sam lo es todo.
Es la única guía que me sigue ayudando. Pero en los meses inmediatos a la muerte de Tamara fue algo más que eso. Me permitió sobrevivir. Nada de deseos unilaterales, ni de «yo». No permitirme sueños me insensibilizó, estado más fácil de soportar que sentir y soñar demasiado.
Pero tal vez haya sido un error. Tal vez me equivocase al creer que se puede ir tirando sin nada propio. La verdad es que si para vivir se te hace necesario no ser nada, al final ni siquiera vives.
En los últimos días de Tamara no pienso entrar. Estoy dispuesto a confesar toda clase de travesuras, insensateces e infracciones, y también estoy dispuesto a «indagar en la memoria» —como pone en las portadas de esas novelas tan bonitas donde se pierde la vista en el mar—, aunque despierte las peores punzadas de arrepentimiento; pero no pienso explicar lo que fue ver sufrir a mi mujer. Verla morir.
Una cosa sí diré: perderla me abrió los ojos. A las miles de horas de roer ambiciones agriadas, mezquinas ofensas de despacho y esas injusticias cotidianas que tan indignantes nos parecen. A todas las oportunidades perdidas de hacer, y no pensar. Ocasiones de cambiar. De ver que podía cambiar.
Cuando murió Tamara, yo acababa de cumplir los treinta y uno. Ni media vida. Pero, cuando se fue, una luz cruel bañó lo completa que podría haber sido esa vida. Lo completa que fue, sólo con que yo la hubiera visto así.
La casa de Euclid Avenue, justo al lado de Queen Street, la compramos recién casados, antes de que llegasen las tiendas de equipos para yoga, las peluquerías a cien dólares y las boutiques eróticas. Entonces el único yoga que se practicaba era el de los borrachos doblados en la entrada de las tiendas, y lo único erótico era media hora con una de las señoras que se paseaban en tacones por la esquina. Pude pagar la entrada por los pelos, y ahora no puedo permitirme vender. Al menos si pretendo vivir a cierta proximidad del centro.
Y la verdad es que sí, que lo pretendo. Aunque sólo sea porque me gusta ir al trabajo caminando. A pesar de todas las comodidades que ha traído la nueva afluencia de dinero, Queen Street West sigue brindando un gran dramatismo al peatón. Punkis azuzando a un par de mastines que enseñan los dientes a la entrada del Big Bop. Un coro de gente que habla sola y que no sigue la medicación. El tío que me persigue cada mañana por toda una manzana para pedirme que le compre un bocadillo de jamón (lo especifica mucho) y que inexplicablemente me llama Steve. Por no hablar de las ambulancias que se llevan al que la noche anterior se quedó sin la última cama libre del centro de acogida.
Estamos en una época de la historia de la ciudad en la que todo el mundo comenta los cambios de Toronto. Más construcción, más población que llega y más maneras de ganar y gastar. Y más que temer. Historias de violencia gratuita, de asaltos en las casas, de tirones y agresiones injustificadas; pero no es sólo la amenaza que siempre han representado los «ellos» de nuestra imaginación, sino la que potencialmente representa cualquiera, hasta nosotros mismos.
Ahora en las calles se palpa una tensión, la agresión que acompaña a los deseos insaciables. Al existir más oferta que antes, también hay más demanda. Este tipo de cambio, cuando ocurre como aquí, deprisa e incontrolablemente, hace que se vea a los demás como no se los había visto antes. Como un mercado. Un muestreo. Puntos de acceso.
Lo que tenemos todos en común es querer más. Pero querer tiene su lado oscuro. Puede volver competidores a los que antes sólo eran desconocidos.
Sigo por Queen hasta Spadina, y luego giro en dirección al lago para ir a la sede del National Star, «el New York Times de Toronto», como decía un anuncio especialmente desafortunado. Fue ahí donde empecé. Un joven enfadado con el mundo, sin razón especial para estarlo, que ascendió rápidamente de corrector a crítico literario en plantilla, el más joven en la historia del periódico; apuntalando mi dureza de criterios con la seguridad de que algún día todos los advenedizos cuyas pretensiones echaba por tierra se darían cuenta de que mi veredicto era fundado. Algún día yo publicaría un libro.
Recuerdo haber albergado desde siempre la intuición de tener algo en mi interior que acabaría por salir. Probablemente fuera el resultado de una infancia solitaria de hijo único, en la que a menudo mis únicos amigos eran los libros. Fines de semana de no querer salir de casa, enroscado como un gato en los cuadrados de sol de la alfombra, devorando a Greene, Leonard y Christie y dando vueltas a los inalcanzables James, Faulkner y Dostoievski. Preguntándome cómo lo hacían. ¡Crear mundos!
Si de algo nunca dudé, fue de que al hacerme mayor sería uno de ellos; no necesariamente su igual, pero sí un cultivador de la misma y noble actividad. Aceptaba que tal vez no se me daría igual de bien. Al principio. Pero era sensible a todo el esfuerzo volcado en mis obras favoritas y estaba dispuesto a ponerlo todo de mi parte para ir mejorando.
Ahora que lo pienso, debía de considerar la escritura como una especie de práctica religiosa, una entrega absoluta al oficio y la indagación sin cortapisas, no menos sagrada que aquélla por carecer de Dios. A fin de cuentas, había una promesa de salvación, la posibilidad de crear un relato que hablase por mí y fuera mejor que yo; más absorbente, misterioso y sabio. Supongo que, antes de la muerte de mis padres, escribir un libro me parecía una manera de conservarlos; y una vez que ya no los tuve, me limité a cambiar de artículo de fe: si escribía un libro lo bastante bueno, era posible que ese libro me los devolviera.
Pero no hubo libro.
Lo que hubo fue que después de la universidad empecé a subir a golpe de tecla por un escalafón de semanarios de provincias y revistas especializadas, por mi cuenta y riesgo —dos obras premiadas, cada una en su género, fueron «Nuevo perro, nueva vida», para Puppy Love!, y «¿Zanahorias o remolacha? La raíz del problema», para Sustenance Gardening—. Ya casado y en plantilla del National Star, dejé de pensar tanto en mi libro, y empecé a hacerlo más en un futuro de carne y hueso. Hijos. Viajes. Pero no se me borraba del todo la comezón de estar frustrando mi destino con las comodidades de la vida doméstica. En un secreto recoveco de mi alma, todavía esperaba. La primera línea. La manera de entrar.
Pero no hubo línea.
Después de eso ocurrieron dos cosas, simultáneas y con un extraño vínculo: Tamara se quedó embarazada y yo cancelé mi suscripción de los domingos al New York Times. La justificación racional de esto último fue que me faltaba tiempo, no ya para leer sus diversas secciones y suplementos, sino para el mero hecho de separarlos. Y con un bebé a punto de nacer… Era una pérdida de dinero.
En realidad no tenía nada que ver con el ahorro, ni de tiempo ni de árboles, sino con que llegó un momento en que ya no podía abrir la sección dominical de libros del Times sin que me doliera físicamente. Editoriales. Nombres de autores. Títulos. Siempre libros no escritos por mí.
Dolía; no emocionalmente, como una simple bofetada en el ego; dolía como las piedras en el riñón o una patada en los huevos jugando al fútbol: de una manera instantánea, indescriptible y drástica. Lo importante casi nunca eran las críticas en sí. De hecho, las vagamente positivas solía dejarlas a medias; y en cuanto a las negativas, tampoco solían dar suficiente bálsamo a mi dolor. Hasta la mala leche más vandálica, el puro ensañamiento con los que no tenían futuro se me convertían en simples recordatorios de que la víctima había creado algo merecedor de que se le mearan encima. ¡Despertarse un domingo de lluvia y no querer salir de la cama porque te destrozan en el Times! ¡Qué dulce angustia, en comparación con la lenta hemorragia en tierra de nadie que era no ir más allá de imaginar que creabas palabras dignas del desprecio de la prensa prestigiosa!
Entonces llegó Sam, y se acabaron las ansias enfermizas.
Estaba enamorado: de Tamara, de mi hijo y del propio mundo, que hasta entonces nunca me había gustado mucho, la verdad. Dejé de intentar escribir. Estaba demasiado ocupado en ser feliz.
Ocho meses después, Tamara ya no existía.
Sam era un bebé, demasiado pequeño para acordarse de su madre. Sólo quedaba yo para acordarme por los dos.
A partir de ese momento no tardé mucho en volver a creer, a esperar la manera de contar la gran historia que pudiera resucitar a los muertos.
Empezaron a rebajarme de categoría poco después de que se me acabara la baja por luto. Nos dijeron que el cambio de milenio estaba creando un nuevo tipo de periódicos, «pensados para el lector», que pudiera competir con las amenazas de internet, los canales de noticias y el rampante analfabetismo funcional. Los lectores se habían vuelto impacientes. El exceso de palabras les hacía pensar que perdían el tiempo. La respuesta fue convertir la sección de Arte en sección de Ocio. Redujeron los artículos para dejar más sitio a las «noticias» rosas y a las fotos de actores caminando por la calle con gafas de sol y vasos de café del tamaño de unas pesas. Circularon informes que nos instaban a adaptar nuestros artículos para que ya no resultasen atractivos para adultos interesados en la información y en el análisis, sino para adolescentes con trastorno de déficit de atención.
Digamos que no fue una buena época para la sección de Libros.
Tampoco es que mi carrera de periodista se viniera abajo de la noche a la mañana. Los peldaños de la respetabilidad los fui bajando uno tras otro, desde articulista literario (regodearse con sarcasmo en no dejar prácticamente títere con cabeza) hasta especialista en ocio en general (perfiles de actores de la nueva hornada, rankings de recaudaciones del fin de semana), y después de un par de meses como «ayudante de necrológicas» (a las órdenes de alguien cinco años menor que yo), indiscutiblemente lo más vil, la trampa de grasa de toda la prensa habida y por haber: crítico de televisión. Yo intenté convencer al director de mi sección de que al menos me dejara poner «cronista televisivo» debajo de la firma, pero el fin de semana siguiente, al abrir el suplemento Tube News!, me encontré con que ya no tenía ni siquiera nombre; me había convertido simplemente en «el Teleadicto».
Buena descripción, por otra parte. Durante estos últimos meses de atrofia profesional, cada vez paso más tiempo en toda clase de tresillos y colchones: mi cama, de la que cada vez me cuesta más salir por la mañana, el sillón de la consulta de mi psicólogo, que dejo brillante de sudor, y el sofá del sótano, donde le doy a la tecla de avance rápido para ver por encima episodios piloto descerebrados, series de policías y reality shows cuya suma actúa en mí como una especie de estupefaciente, como las pastillas para dormir que te deslizan debajo de la almohada en los psiquiátricos.
Por supuesto que no tiene nada de vergonzoso; no más, en cualquier caso, que la mayoría de lo que hacemos por dinero, visto que por desgracia hay tan pocas vacantes con sueldo fijo en Salvemos a las Ballenas, o Pozos para África, o Acción contra el Calentamiento.
El problema es que la vieja idea de mi infancia ha vuelto casi sin avisar, como el susurro de un loco en mi oído. Un conjuro de magia negra. Una promesa diabólica.
Si lograra poner las palabras exactas en el orden exacto, quizá podría salvarme. Quizá podría convertir el ansia en arte.
La verdad es que ser crítico, a largo plazo, te amarga sin remedio. La razón es que se trata de un oficio que, en el fondo, te recuerda cada día tu condición secundaria. Nunca se empieza queriendo hacer crítica de libros, sino queriendo escribirlos. Sostener lo contrario sería como querer convencer a alguien de que de niño soñabas con pesar jockeys, no con montar caballos de carreras.
Quien quiera pruebas sólo tiene que fijarse en la media docena de almas que teclean con la vista perdida en los cubículos que rodean el mío. Juntos, cribamos los restos que deja cada mañana el oleaje de la cultura popular. CD, DVD, juegos de ordenador, películas, revistas… Incluso la sección de Libros, mi antiguo territorio, al que ahora incumbe componer cada sábado una sola página a la que nadie hace caso. Claro que siempre es mejor que donde me han relegado a mí…
Pues nada, aquí estamos, en un rincón sin ninguna ventana a tiro de grapadora; una mesa a la que mis compañeros llaman «el palacio del porno», por las altas montañas de vídeos negros que amenazan ruina en cualquier superficie. Y sí que es porno, sí: es tele, un placer vergonzosamente adictivo del que parece que nadie se cansa.
En mi silla hay una caja que acaban de traer. Justo cuando saco la primera entrega —un reality que promete concursantes en biquini comiéndose arañas vivas—, Tim Earheart, uno de los reporteros de investigación del periódico, me da una palmada en la espalda. Aunque parezca mentira, Tim es mi mejor amigo del trabajo. Caigo en la cuenta, con vaga sorpresa, de que podría ser perfectamente mi mejor amigo a secas.
—¿Tienes Chicas calientes? —pregunta, hurgando entre las cintas.
—Creía que te iban más los documentales.
—Es que esta semana no está mi mujer. Bueno, puede que ya no vuelva.
—¿Te ha dejado Janice?
—Se ha enterado de que la fuente de mi artículo de la última semana sobre los Ángeles del Infierno era la señora de uno de los moteros —dice Tim con una sonrisa triste—. Digamos que me puse más confidencial con ella de lo que le gustaría a Janice.
Si es verdad que se ha ido su última mujer, Tim ya tendrá tres matrimonios a sus espaldas. La semana que viene cumple treinta y seis años.
—Lo siento —digo, pero él ya me hace gestos de que menos compasión.
—¿Salimos de copas esta noche? —dice dando un paso para reincorporarse a la actividad febril de la sección de Actualidad—. ¡Ah, no, espera, que es San Valentín! ¿Has quedado con alguien?
—Yo no quedo, Tim. Ni nada.
—Pues ya ha pasado tiempo.
—Tampoco tanto.
—Según quién, te diría que cuatro años es bastante para…
—Tres.
—Pues tres años. Tarde o temprano tendrás que asimilar que sigues aquí aunque Tamara ya no esté.
—Te aseguro que lo asimilo cada día.
Tim asiente con la cabeza. Él, que ha estado en guerras, sabe reconocer a las víctimas.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dice—. ¿Te parecería demasiado tarde para intentar quedar con la nueva interina que hay abajo, en Recursos Humanos?
Me ha vuelto a pasar de camino a casa.
Hace un tiempo que, en medio de cualquier actividad —ir corriendo a la tienda de la esquina, rematar la cuota diaria de palabras a entregar, hacer cola para el café—, a veces se me saltan las lágrimas; sin previo aviso y tan sigilosas que apenas me doy cuenta.
Hoy ha vuelto a pasarme, caminando por la acera, y eso que si me hubieran preguntado qué pensaba, habría contestado «nada»… Regueros de humedad que se me congelaban en las mejillas.
Me viene un estribillo a la cabeza, un sonsonete sin nada de consolador que me acompaña hasta mi casa:
No estoy bien,
nada bien,
pero ¿a quién narices se lo digo,
a quién?
Cuando cruzo la puerta, Sam ya ha acabado de comer, y Emmie, la canguro, le está secando después del baño. Otro momento irrecuperable que me pierdo. Bañar a Sam es lo que más me gusta de todo el día. Un poco de música. Batallas navales épicas entre patos de goma y cepillos de dientes viejos. Y de ahí a la cama, a los cuentos.
—Ya le acuesto yo —le digo a Emmie, que abre la toalla con la que le ha envuelto.
Sam se me echa en brazos desde su capullo. Un ángel con jabón.
Le pongo el pijama y abro el libro que estamos leyendo, pero, antes de empezar a leer, él me mira fijamente. Me pone la palma en la frente.
—¿Qué, doctor, me curaré?
—Sobrevivirás.
—Pero ¿es grave?
—No sé. ¿Es grave?
—Ya se me pasará.
—No quiero que estés triste.
—Es que a veces echo de menos a tu mami, pero no pasa nada. Es normal.
—Normal.
—Más o menos.
Sam hace un mohín. No está seguro de dejarse convencer por mi sonrisa forzada.
El caso es que necesita que yo esté bien, y pienso estar lo mejor que pueda por él.
Bosteza y se acurruca contra mí, pegando su cabeza a mi cuello para percibir las vibraciones de lo que diré. Clava un dedo en las páginas del libro que tengo abierto.
—¿Dónde estábamos?
Cuando Sam ya duerme, es la hora del sótano; la Cripta, como decía Tamara. Un poco demasiado exacto para ser gracioso. Es una habitación de techo bajo que el anterior propietario usaba para hacer vino. De vez en cuando todavía huele a uva fermentada. A mí me huele a pies.
Es donde miro las cintas, con un cuaderno en la rodilla y el mando a distancia en la mano.
Sólo llevo tres minutos de comedoras de arañas en biquini y ya aprieto el Pause. Me saco del bolsillo el anuncio que he recortado en los clasificados de hoy:
CUENTA TU VIDA
Abre tu corazón. Pon por escrito tus palabras no dichas en este taller intensivo con Conrad White, poeta y novelista publicado. Escribe de verdad. Escribe la verdad.
No me suena de nada Conrad White. Tampoco he ido nunca a un taller, club, clase nocturna o retiro que tenga algo que ver con la escritura. Hace años que no intento escribir nada más que lo que me obligan por contrato, pero este día está teniendo algo —el propio gusto del aire de esta habitación— que indica que algo se acerca. Que ya ha llegado.
Marco el número del final del anuncio. Cuando me preguntan qué deseo, respondo sin vacilar.
—Quiero escribir un libro —digo.