Plagio mortal
Capítulo 15
Reconozco haber robado el relato de Angela, pero entonces aún no era una novela. Aunque utilizara sus personajes, su trama y su ambientación, aunque imitara su tono y hasta copiara páginas enteras de las grabaciones de sus lecturas, si nos ceñimos al recuento de palabras, la mayor parte de El hombre del saco se podría calificar técnicamente como mía.
Tuve que añadir muchas cosas para que adquiriera el peso de un libro; todo lo necesario para estirar el material de partida con un mínimo de creación propiamente dicha, de modo que el resultado se diluyese a lo largo de doscientas páginas. Sin embargo, lo que aún le faltaba al libro era justamente lo que no proporcionaba el relato de Angela: un final.
Tras largos meses garabateando ideas en fichas —que casi siempre acababan en la papelera—, conseguí pergeñar por mi cuenta un par de vueltas de tuerca finales, aunque no tendría sentido entrar en detalles.
Baste decir que decidí convertirlo en una historia de fantasmas.
Yo ya sabía que era un plagio. No pensé ni por un momento que El hombre del saco contuviese bastantes cosas inventadas como para considerarlo realmente de mi propiedad. Lo que atenuaba la conciencia del delito era su condición de juego, de pura y simple distracción; una especie de terapia para las horas en que Sam dormía, la tele vomitaba sus chorradas de siempre y las frases de mis libros favoritos flotaban ilegibles en mi campo visual.
Ni siquiera después de terminarlo se me ocurrió presentarme como su único autor; en parte, porque no lo era, pero también por otra razón.
Escribir el libro siempre me había parecido una especie de comunicación, de intercambio entre Angela y yo. He leído decenas de entrevistas con escritores de verdad que dicen que a lo largo del proceso piensan en un público de una sola persona, en un lector ideal que entiende todas sus intenciones. Para mí Angela era eso, los dos ojos suplementarios que miraban por encima de mi hombro mientras las palabras corrían por la pantalla. Angela fue el único espíritu que me acompañó durante toda la redacción de nuestra historia de fantasmas.
A partir de un momento, me empecé a plantear la posibilidad de que no fuera bueno. Nuestro libro. El de Angela y mío. Sólo que entonces Angela ya estaba muerta.
¿Qué pensaría un tercero de lo que habíamos hecho entre los dos?
Pero mi perdición no fue este razonamiento engañoso. Mi verdadero error fue imprimirlo todo, comprar sobres y decirme «sólo por curiosidad» al echarlos al correo con la dirección de los principales agentes literarios de Nueva York.
Ahí sí que me equivoqué.