Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 19 de 36

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Plagio mortal

Tercera parte. Ladrones de relatos

TERCERA PARTE

 

LADRONES DE RELATOS

18

 

Verano de 2007

 

No se puede decir que el punto fuerte de Toronto sea el clima, al menos si a uno le gustan las estaciones en su acepción normal de cuartos en transición. En esta ciudad hay que aguantar largos meses de un calor pantanoso, ecuatorial, y meses todavía más largos de un frío que hace que duelan las orejas, separados entre sí por dos agradables series de tres días, a una de las cuales la llaman primavera, y a la otra, otoño.

Esta mañana, por ejemplo, el radiodespertador me ha sacado del sueño con la noticia de la cuarta alarma de calor extremo en lo que va de año, y sólo estamos en la primera semana de junio. Se han montado «centros de refresco de emergencia» en edificios públicos, donde la gente de paso puede tumbarse en fríos suelos de mármol hasta el anochecer. Se aconseja a la población en general que no salga de casa, no exponga la piel al sol, no se mueva y no respire; advertencias inútiles, por descontado, ya que la gente sigue teniendo que trabajar y, lo que es peor, ir a trabajar. Después de dejar a Sam en la escuela de verano, vuelvo por Queen Street con chorros de sudor en el pecho, mirando con mala cara a los pasajeros del tranvía parado, todos en posturas estáticas de sufrimiento mudo.

Después giro por College Street y paso al lado de las casas pareadas victorianas, todas con su valla que llega a la rodilla, para proteger céspedes tan diminutos que se podrían segar con pinzas. Hago lo posible por no salirme de la sombra de los árboles. Sin embargo, no es el calor lo único que me hace ir tan despacio: he quedado con Angela.

En la tarjeta que puso en mi mano el día de la firma en Harbourfront sólo había un número de móvil escrito a mano, sobre un quejumbroso «llámame». Yo no quería; vaya, que era consciente de que seguir en contacto con una mujer a quien había perjudicado hasta extremos delictivos y que según datos publicados en la prensa ya no figuraba entre los vivos no podía llevar a nada bueno.

Ni siquiera ahora que se me doblan las piernas de calor y que voy zigzagueando por la acera como si le diera al frasco en pleno día estoy seguro de por qué la he llamado. Habrá sido por el mismo impulso que me hizo apretar el botón de record la primera vez que la oí leer. La razón por la que seguí yendo a las reuniones del círculo cuando ya estaba claro que no servían de nada. La antigua maldición de los curiosos, de los metomentodos, de los lectores natos.

Necesitaba saber.

Decidimos quedar en el Kalendar, un bar con terraza. Mientras elijo la última mesa libre —tapada sólo a medias por la sombra del toldo— me arrepiento de no habernos decantado por una bodega. Como soy el primero, me siento en la silla menos soleada. Más tarde, cuando el sol se deslice hacia un nuevo ángulo que le permitirá dispararme rayos láser en un lado de la cabeza, y cuando la silla de enfrente esté cómodamente protegida, me daré cuenta del error de mi posicionamiento; por ahora, sin embargo, pido algo tan intencionadamente soso como un agua con gas, creyendo que todavía puedo controlar los acontecimientos que se me vienen encima.

Al principio, cuando llega una mujer joven, me ve y se acerca con una sonrisa tímida bajo sus gafas de sol de policía, la tomo por una admiradora. Desde hace unos meses no es del todo infrecuente que se me aproximen desconocidos para hacer algún comentario sobre El hombre del saco. Algunos se quedan más de la cuenta: gente sola, achispada, loca… Mientras intento encasillarla, se sienta a mi mesa. Estoy a punto de decirle que lo siento, pero que espero a alguien, cuando de repente le cambia la cara, se le tensan las mejillas, y veo que no es precisamente una desconocida.

—Supongo que nunca nos habíamos visto en pleno día —dice Angela observándome de una manera que me dan ganas de haberme traído también gafas de sol.

—Es verdad, nunca.

—Te veo diferente.

—Será el golpe de calor.

Mira mi agua con gas.

—¿Bebemos algo serio?

—Venga.

Tras la incorporación de un chorro de vodka a mi vaso y la colocación de una copa de vino blanco junto a la mano de Angela, hablamos un poco sobre lo que ha hecho durante los últimos años. Después de una época como administrativa en varias empresas, llegó a la conclusión de que necesitaba algo más estable. Volvió a estudiar y se sacó un diploma en derecho administrativo con el que obtuvo un puesto de ayudante en uno de los bufetes de Bay Street. Era ese trabajo, justamente, el que se estaba saltando durante una horita, en teoría por tener que ir de urgencia al dentista.

—Por eso puedo darme el lujo de un par de copitas —dice llevándose la de vino a los labios—. Gas hilarante.

Llega el camarero para tomar nota. Angela pide una especie de ensalada, y yo lo mismo —estoy tan nervioso que no puedo comer, sólo beber, o sea, que me es indiferente lo que me pongan delante—. Al quedarnos solos, Angela me mira: la misma mirada escrutadora que sorprendí un par de veces en el círculo. No me levanto, ni me voy a casa, ni desvío la mirada, ni salgo corriendo al lavabo de hombres para echarme agua fría en las muñecas (cosas, todas ellas, que me gustaría hacer). Ya sabe demasiado: mi delito, por supuesto, pero también otras cosas. ¿Qué me susurró al caer del cielo o, mejor dicho, resucitar de entre los muertos?

«Está pasando algo».

A pesar de los pesares, el sol, el lujo excepcional de comer fuera en pleno día y los primeros efectos del alcohol hacen que nos pasemos un rato charlando como si fuéramos una pareja en una cita a ciegas que de momento va mejor de lo esperado. De hecho, Angela casi parece contenta de haber venido. Es como si se hubiera fugado de la cárcel sin la esperanza de llegar tan lejos.

Llegan las ensaladas: nidos de radicchio, remolacha y garbanzos de aspecto agresivamente saludables. En principio, yo esas cosas no sólo no las comería, sino que las taparía con una servilleta para no tener que mirarlas, pero la ilusión de inmunidad me ha abierto bruscamente el apetito. Descargo el tenedor y, cuando lo levanto hacia mi boca, Angela pronuncia las palabras que yo creía que habíamos decidido no remover.

—He leído tu libro.

Mi tenedor baja. Un garbanzo se intenta escapar.

—Claro, cómo no lo ibas a leer… Supongo que verías que te… tomé prestados algunos elementos.

—Me robaste la historia.

—Bueno, eso ya es más discutible. Vaya, que la construcción…

—Patrick.

—… se tenía que mejorar bastante, por no hablar de la inventiva que hizo falta para…

—Me robaste la historia.

Las gafas de sol. Me impiden ver hasta qué punto va en serio, si lo siguiente será verme expuesto a acusaciones en voz baja, recibir en la cara el vino que queda en la copa o algo peor. Un cuchillo clavando mi mano a la mesa. Nombres de abogados en su boca.

—Tienes razón. Te robé la historia.

Lo digo. No tengo más remedio. Lo siguiente, en cambio, no lo digo a la fuerza. Lo comporta la crisis irrefrenable, toda la fuerza del shock de estar sentado a un metro de la persona a quien has perjudicado.

—Yo sólo quería escribir un libro, pero no tenía ninguno. Entonces te oí leer en casa de Conrad, y no se me iba de la cabeza. Tu diario, relato, o lo que fuera, se volvió una obsesión. Ya llevaba bastante tiempo viudo —¡madre mía, ya estamos otra vez!—, y necesitaba algo. Necesitaba alguna ayuda. Por eso empecé a escribir. Luego, al enterarme de lo de tu accidente, pensé… pensé que no era sólo tuyo, sino de los dos. Pero era mentira, como todo. Y ahora… ¿Ahora? Pues ahora sólo puedo decirte que lo siento. Lo siento muchísimo, de verdad.

Ya se han girado algunas cabezas a mirarnos. Me ven sonarme con una servilleta robada de la mesa de al lado.

—¿Sabes una cosa? —dice Angela después de un rato—. Que me gustó bastante.

—¿Te gustó?

—Me gustó lo que decía. Sobre ti. Te hacía mucho más interesante.

—Lo que escribí.

—Lo que hiciste.

Mi mirada de perplejidad la impulsa a seguir hablando.

—En el círculo eras el único sin nada que contar. La mayoría de la gente al menos se cree que tiene alguna historia. En cambio tú siempre dabas por supuesto que no dabas la talla ni remotamente como personaje. Y luego ¿qué haces? Robarme la mía. Añadirle un final. Publicarlo. ¡Y arrepentirte! Casi es trágico.

Se come el primer bocado de ensalada. Cuando se acerca el camarero para ver si falta algo —con falsa cara de preocupación al ver mi facha y los primeros síntomas de quemadura en mi frente—, Angela pide otra ronda para los dos. No menciona represalias, acuerdos ni humillaciones públicas. Se limita a comerse la ensalada y beberse el vino, como si ya hubiera dicho todo lo que tenía que decir sobre el tema.

Al acabar de comer se apoya en el respaldo y me observa otra vez. Parece que mi presencia le recuerde algo.

—Me imagino que ahora te toca a ti que te dé una explicación —dice.

—No tienes ninguna obligación de decir nada.

—No, obligación no, pero probablemente te merezcas saber por qué no estoy muerta.

Me cuenta que se enteró del accidente mortal de Conrad con una chica a quien confundieron con ella. Por aquel entonces se habían visto algunas veces —«analizaba mis textos muy a fondo»—, y ella se dejó el bolso en el coche de Conrad. En eso se basaron las autoridades para identificar el cadáver. La policía no siguió investigando, ni tenía por qué. Dado que los restos de la pasajera habían quedado especialmente malparados en el accidente, no se observó ninguna discordancia con las fotos del documento de identidad de Angela. El accidente presentaba algunas rarezas, pero no había indicios de delito. Se tenía constancia de que la supuesta víctima, Angela Whitmore, había cambiado muchas veces de trabajo y domicilio en los últimos años, y por eso las autoridades no se sorprendieron de no poder averiguar su última dirección, ya que probablemente no tuviera domicilio fijo. Tampoco se indagó en su relación con Conrad White. Él tenía antecedentes como aficionado a la compañía de mujeres mucho más jóvenes que él. Lo más probable era que Conrad y Angela hubiesen emprendido un viaje juntos por todo el país, una odisea sórdida a lo Lolita, y no hubieran pasado de la primera noche por las curvas de la zona más agreste de Ontario.

Después de contármelo cambia de postura. Aparta la cara de la calle, escondiéndola detrás del pelo. La pícara naturalidad con que ha sacado el tema del robo de su historia y lo ha zanjado en pocas palabras se ha visto sustituida por tensión en la espalda.

—Pues si no ibas tú en el coche, ¿quién era?

Sus manos se cierran con tal fuerza en el borde de la mesa que los nudillos se convierten en bolas blancas.

—No se sabe del todo —dice—, pero yo estoy bastante segura de que era Evelyn.

—¿Evelyn?

—En la época del círculo se veían mucho. Siguió yendo a casa de Conrad después de la última reunión.

—¿Qué pasa, que la seguías?

—Ella a mí, si acaso. —Angela levanta el vino, pero le tiembla la mano, y deja la copa en la mesa sin beber—. Yo también fui algunas veces a casa de Conrad. Al principio me gustaba la atención, pero se me empezó a hacer raro, y ya no volví. Pero antes de eso empezó a ir Evelyn. Cuando aparecía, yo nunca me quedaba mucho. La verdad es que no parecía muy contenta de verme.

—¿Llegaste a ver por dónde iban los tiros, por qué se veían?

—La verdad es que no. Era todo como muy secreto, como si colaborasen en algo.

—Por eso crees que el cadáver del coche era Evelyn.

—Investigué un poco más. Después de que saliera la noticia en el periódico local…

—El recorte que me mandaste.

Angela ladea la cabeza.

—Yo no te mandé nada.

—Pues alguien me lo mandó. Por correo, sin firmar.

—Sí, yo me enteré de la misma manera.

Me gustaría saber más, es más fuerte que yo —¿quién me envió el recorte, si no fue Angela?—, pero si sigo distrayéndola, corro el riesgo de que se calle del todo. Ya está mirando su reloj para ver cuánto tiempo le queda.

—Total, que investigaste —digo.

—Porque me parecía que podía ser Evelyn, pero no estaba segura. Además, en uno de los artículos ponía que la única seña particular del cadáver de la mujer era un tatuaje. Un tatuaje de un cuervo.

—Detrás de la muñeca. Ya me acuerdo.

—Ya sé que debería haber informado a las autoridades. Probablemente Evelyn tenga una familia que aún la esté buscando. Se deben de pensar que ha desaparecido.

—Pues ¿por qué no lo hiciste?

—Creo que al principio me pareció una oportunidad para… no sé, perderme. Borrarme. Empezar desde cero. ¿Me entiendes? —Aún no es demasiado tarde. Podrías contárselo a la policía. Para aclarar las cosas.

—Imposible.

—Tampoco es que hayas hecho nada malo.

—No lo digo por eso.

—No lo entiendo. ¿Se muere alguien, una persona que conoces, la confunden contigo y dejas que sus seres queridos se engañen pensando que puede estar viva? No pretendo tener ninguna autoridad moral; ya sabes que no soy quién, pero estás perjudicando a otras personas sin ninguna relación contigo.

Angela se quita las gafas de sol, y se le mueven las pupilas de un lado a otro, en la periferia de su campo visual. Casi había logrado disimular el pánico en su voz. Ahora son los ojos los que la delatan.

—Después del accidente, adopté varios nombres —dice—. Cambié de domicilio, de aspecto y de trabajo. Era como si hubiese desaparecido. Y lo necesitaba, necesitaba desaparecer.

—¿Por qué?

—Porque me perseguían.

El camarero, que lleva unos minutos observándonos desde la otra punta de la terraza, se acerca para preguntar si queremos un café o algo de postre.

—No, sólo la cuenta —contesta Angela, abriendo de golpe la cartera.

—Por favor, invito yo —digo, moviendo las manos.

Lo absurdo del gesto, dadas las circunstancias, hace salir de mi garganta una risa arrepentida que Angela está demasiado agitada para compartir.

—Mira, Patrick, dudo que pueda volver a verte, o sea, que más vale que te diga lo que venía a decirte.

Parpadea por el sol, que ahora cae prácticamente igual sobre los dos. Durante un segundo me pregunto si, en el momento de ir al grano, se le ha olvidado lo que pretendía decir, pero no es ésa la razón de que se calle. Sólo está buscando la manera más simple de hacerlo.

—Ten cuidado.

—¿De qué?

—Antes él sólo miraba, pero ahora… ahora ya es otra cosa.

El camarero trae la cuenta. Se queda tanto tiempo al lado de la mesa que al final no tengo más remedio que hurgar en mi billetero, sacar una tarjeta de crédito y ponerla en la bandejita. Sólo entonces se va, a regañadientes. Mientras tanto, Angela se ha levantado.

—Espera, espera un segundo. ¿Quién es «él»?

—¿Te creías que eras el único? ¿En serio?

—¿Qué estás diciendo?

—El Hombre del Saco —dice Angela, desapareciendo una vez más tras las gafas de sol—. Ha vuelto.