Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 26 de 36

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Plagio mortal

Capítulo 25

 

Tim Earheart vuelve a llamarme para salir de copas.

—Oye, lo siento —le digo, acordándome de todos los e-mails y los mensajes telefónicos sin contestar—; es que llevo una temporadita… Igual mañana…

—No te llamo en plan de amigo, Patrick.

—¿Entonces? ¿Por trabajo?

—Sí, eso, por trabajo.

Quedamos en uno de los bares de alto standing de los que Tim se ha vuelto cliente habitual desde que le subieron el sueldo a consecuencia de su nombramiento como reportero especial de investigación («Y antes ¿qué eras?» «No lo sé, pero especial, en todo caso, no»), sin olvidar los ingresos de los que ha vuelto a disponer desde que su segunda esposa «consiguió que le pagase algún otro desgraciado todas las chorradas a las que está acostumbrada». Me dice que este local es «el nuevo Tim Earheart». Le gusta que todo sea de piel, las luces halógenas y la prosperidad que reflejan los martinis a veinte dólares. Por no hablar de las oportunidades de ligue.

—Sólo por estar aquí ya ven que tienes éxito —me explica enrollando un billete seductoramente y dejándolo caer en el bote de la chica del guardarropa.

—¿Éxito en qué?

—Ahí está la gracia, que da igual. Ya habrá tiempo de entrar en detalles.

Mientras consumimos la primera ronda, me cuenta un par de anécdotas sobre clientas del local con las que, efectivamente, acabó «entrando en detalles». El Tim de siempre. Oírle me hace echarle de menos. Compañerismo. ¿Dónde ha quedado eso? En el mismo cesto que una mujer viva y un trabajo, arrastrado por la corriente hasta perderse de vista.

Cuando traen la segunda ronda de martinis, Tim carraspea, se saca un papelito del bolsillo de la americana y me lo desliza por la barra, poniendo fin a la ilusión de que somos dos amigos tomándonos tranquilamente un cóctel.

—¿Qué es?

—Léelo.

—¿Lo has escrito tú?

—Tú léelo.

La Iglesia dice que es pecado actuar así,

pero ¿cómo pararé hasta habértelo hecho a ti? Ya arderán mis huesos más tarde en el infierno. Mientras tanto, que se sepa que el Hombre del Saco ha vuelto.

—¿De dónde lo has sacado?

—Lo enviaron al periódico; bueno, a mí.

—¿Crees que es él?

—¿A ti qué te parece?

—Está claro que el estilo cuadra.

—Y no digamos el nombre.

Tim me observa. Para ver cómo me tomo esta lúgubre revelación. O para calcular cuántos años he envejecido desde la última vez que me vio. Yo ya sé que no tengo buen aspecto, pero que un amigo recién afeitado y fan de gimnasio me estudie como estudian los forenses un cadáver… la verdad es que pone un poco nervioso.

—¿Lo vas a publicar? —pregunto.

—Me gustaría.

—Pero no te dejarán.

—Esta vez depende de mí.

—¿O sea?

—O sea ¿qué? No hay nada que contar.

—«Vuelve el Hombre del Saco». A mí me suena a titular.

—No se está responsabilizando de ningún asesinato en concreto. No tiene mucho sentido aterrorizar a la gente si lo único terrorífico que tienes son unos ripios baratos.

—No son ripios.

—Bueno, en eso el experto eres tú.

Víctimas las hay, claro que sí: Conrad y Evelyn; el supuesto suicidio de Ivan en lo que los reporteros de sucesos llaman «circunstancias sospechosas»; sin olvidar la desaparición de Petra (y ahora de Angela). Pero la única relación entre todos es el Círculo de Kensington, y si Tim Earheart aún no la ha descubierto, no seré yo quien se lo diga.

—¿Sabes qué? Que sí que hay un contexto en el que me decidiría a publicar el poema —dice Tim, pensando en voz alta—. Claro, que haría falta una reacción…

—¿Una reacción?

—Por tu parte. Un comentario sobre cómo se siente un novelista superventas sabiendo que ha inspirado a psicópatas con una obra narrativa. Con eso sí que se podría hacer algo.

—¿Lo dices en serio?

—Bueno, me ha parecido divertido.

—¿Que yo me atribuya haber desencadenado una nueva generación de asesinos en serie? ¡No veas qué gracia! La repera.

Supongo que no hay más que decir. Tim venía en busca de una historia, no la ha conseguido, y ahora sólo falta que las copas corran a cuenta del National Star. Cerramos la sesión con algunas bromas sobre los últimos escándalos y chismorreos de la redacción. Sólo es una manera de pasar el rato, pero me hace añorar mis tiempos de críticas y quejas, en los que habría sido yo quien le contase a Tim que el director de fotografía se disfraza de mujer los fines de semana.

Pero no, resulta que aún no está todo dicho, que Tim me había llamado por algo más.

—Entre nosotros —dice al pedir la cuenta con el dedo—, ¿a ti qué te parece esto del Hombre del Saco? Me refiero a que alguien use el nombre del malo de tu novela.

—No me siento responsable de nada, si va por ahí la pregunta.

—No, no va por ahí.

—Entonces ¿por dónde?

—¿Tú qué sabes?

—Lo que leo en el periódico.

—¿Se ha puesto en contacto contigo?

—No.

—Me juego lo que quieras a que tienes una teoría.

—Mira, Tim —digo al bajar del taburete, sorprendido por mi falta de equilibrio —, las cosas están así: he escrito un libro y me arrepiento. De verdad.

Tim levanta el brazo para sostenerme, pero me aparto. Me tendría que ir. Sin embargo, la mirada compasiva de Tim Earheart, el Tim que había estado a mi nivel en el periódico, me hace quedarme y decir un par de cosas más.

—Yo lo único que intento es sobrevivir, ¿me entiendes? O sea, que si recibes más versos de tercera de psicópatas, no me llames a mí.

—Caray, Patrick, lo siento…

—¿Que lo sientes? No, aquí el arrepentido soy yo. Es mi especialidad.

Mis manos se deslizan dentro de las mangas de la americana. Entonces aparece la chica del guardarropa, como caída del cielo, y me arropa contra el frío de la calle. Con una mirada de conmiseración, mientras me alisa el cuello de la americana por detrás; un momento que demuestra que en este mundo todavía hay consuelo, aunque sea en los lugares más impensados. Me dan ganas de darle un beso. Igual ya se lo ha dado Tim Earheart.

 

Cojo un taxi, pero me bajo un par de manzanas antes de mi casa para caminar a solas. Hago eses, concibiendo a tientas una idea: tal vez los lunáticos y psicópatas de estas calles sean versiones de lo que acabaremos siendo todos. Miedo en la ciudad. ¡Y tanto! Con razón teníamos cada vez más miedo. Lo que ocurre es que nos equivocábamos de motivo. Lo que acabe con nosotros no será un inesperado cataclismo del espacio, ni la falta de ozono, ni un cometa, ni una bomba sucia, sino la difusión de la locura. ¿Por qué? Pues porque ya no queda sitio para la cordura. Al final reventarán las puertas de los manicomios. Y quienes salgan seremos nosotros.

O sólo yo, quién sabe; porque vuelvo a ser de la opinión de que me siguen. A medio camino entre el sex-shop y el otro sex-shop, oigo ruido de pasos por detrás, golpes de suelas gruesas.

Pasado el Prague Deli, de comida para llevar, y la tienda de discos de segunda mano, no se rezaga ni cambia el ritmo de sus pasos. Sería el momento de correr. Un sprint que interponga los pocos metros que necesito para tener alguna posibilidad. Pero de repente me noto demasiado cansado.

Me meto en la parte más oscura de Euclid y no paro hasta el terreno con raíces a la vista que es mi jardín delantero. Entonces sí que me giro, con la resignación de una presa que no puede seguir huyendo.

—Tengo noticias —dice Ramsay burlón, mostrando un cuarto de su dentadura.

—¿No podía decírmelo por teléfono?

—Dicen que en persona gano.

—¿Qué gana?

Da un paso hacia mí. Como no le llega la luz de la farola, sólo veo brillar sus dientes.

—Han denunciado la desaparición de Len Innes.

—¿Desaparición? ¿Cómo ha sido?

—Es lo que tienen las desapariciones, que no se sabe cómo han sido.

—Madre mía…

—¿Cuándo hablaron por última vez?

—No lo sé. Hace bastante tiempo.

—¿Y cuál fue el contenido de la conversación?

—No gran cosa.

—Una charla entre amigos, vaya.

—¿Qué se cree, que le he matado yo?

—Creía que sólo había desaparecido.

—Yo no sé nada.

—Pues claro que sabe.

—¿A usted este numerito a lo Colombo le divierte? ¿Disfruta jugando al gato y el ratón?

—Lo más fácil siempre es criticar.

—Yo ya no me dedico a la crítica.

—El ocio es la madre de todos los vicios.

—Ya me gustaría estar ocioso, ya, pero le tengo siempre encima acusándome de asesinato. Es como para estropearle a cualquiera los planes de jubilación.

—Le voy a dar una noticia: me importan una mierda sus planes de jubilación.

—Pues para mí que tampoco se cree que yo sea un asesino.

—No esté tan seguro.

—Pues deténgame. Haga algo. Y si no, váyase de mi casa.

Algo cambia en la cara del detective Ramsay; no en su expresión —que sigue igual, crispada, absorta—, sino en su cara: la piel muy tensa sobre la mandíbula, mostrando la animalidad que hay debajo. He aquí un ser a quien no estorban la lealtad, la empatía ni la consideración de que la especie humana pueda tener alguna oportunidad a largo plazo. Es probable que esto le convierta en alguien sobradamente capacitado para investigar los actos más oscuros de la humanidad. También podría capacitarle para cometerlos.

—¿Cómo está Sam?

—¿Perdón?

—Su hijo, que cómo está.

—Muy bien.

—Muy tarde vuelve este papi para dejar solo a un niño tan pequeño.

—Ya sabe que no está dentro.

—¿Ah, ya lo sé?

—Sam está a salvo.

—¿Seguro? Porque cada vez es más difícil estar a salvo en algún sitio.

Me giro, esperando que suelte la puntilla, pero abro la puerta, entro y cierro sin oír su voz.

Y no porque se haya ido.

Miro por la ventana sin encender la luz. Ramsay está debajo de la oscura rama del arce del jardín. Inmóvil como una estatua, pero innegablemente vivo, con aire entrando y saliendo de sus pulmones, como si además de respirarlo se lo apropiase. Pertenece al mundo de la noche, la sima cada vez más ancha entre lo que sabes que está y lo que no puede estar.

 

También Ivan pertenece al mundo de la noche. Y es la noche siguiente cuando le veo en los fast-foods del Eaton Centre, yendo hacia la boca de metro de Dundas. Es un poco raro, porque yo odio los centros comerciales, y lo que se come en ellos, todavía más. En eso pienso, justamente —«qué raro estar aquí»—, cuando Ivan pasa al lado de mi mesa. Lo cual es todavía más raro, teniendo en cuenta que está muerto…

Al ver a Conrad White hojeando El hombre del saco en una librería, cuando tampoco estaba ya entre nosotros, me pegué un buen susto, pero ahora que veo dar zancadas a Ivan entre la multitud de turistas y gente de Toronto sin otro sitio mejor adonde ir, como es mi caso, el miedo me paraliza de inmediato. La razón es que Ivan está aquí por algo, y que está claro que ese algo no me gustará. Es lo que me dice su insondable y pasmosa realidad, la mirada que me echa por encima del hombro, llamándome con ojos que son como agujeros de taladro. Ha venido a enseñarme algo.

Y yo le sigo. Colándome en la cola de la taquilla del metro y apartando a los que, comprensiblemente, me arrojan a la espalda sus «vete a la mierda». Estará muerto, pero nunca le había visto caminar tan deprisa. Dejando atrás a la gente que baja. Descendiendo como una flecha por la escalera mecánica, hasta el punto de que mis esperanzas de alcanzarle pasan por bajar los escalones de dos en dos.

Al llegar al andén estoy seguro de haberle perdido la pista. Bueno, de hecho estoy seguro de que nunca ha estado. Es lo que intento decirme: te falta sueño, tienes estrés y ves cosas raras.

Cuando el tren entra ruidosamente en la estación, Ivan se destaca entre los pasajeros de la otra punta del andén. Me abro paso a empujones, previendo ya que el desenlace será el mismo que el de sus últimos segundos de vida: saltará a la vía antes de que el conductor tenga tiempo de echar el freno.

Pero no salta. Mira hacia mí.

Sus ojos me encuentran enseguida sobre las cabezas, gorras y turbantes. Una expresión del mismo tipo que la que tenía en las reuniones del círculo, pero intensificada, no sé cómo. Me permite ver su interior, lo que tal vez siempre haya estado dentro de él. Ansia. De hablar con alguien. De que le perdonen.

Se abren las puertas. Nos apartamos todos menos Ivan para dejar bajar a la gente, que rodea el espacio ocupado por él. Así puede ser el primero en subir. Luego le siguen los demás, apretujándose para atravesar unas puertas que no son lo bastante anchas. Cuando la mirada de Ivan me suelta, estoy solo en el andén y ya se están cerrando los vagones. Corro para subir —golpes en el cristal acogidos con miradas de burla en el interior—, pero no llego a tiempo.

Retrocedo, por si alcanzo a verle dentro. Allí: sentado junto a la ventana. Me localiza su mirada, hostil, celosa, pero ya no está solo.

Tiene sentado enfrente a Conrad White, rodilla con rodilla. Detrás de ellos está Petra. Y algunos asientos más atrás, Evelyn. Todos los muertos del Círculo de Kensington pegando las narices al cristal. Óvalos de maldad mezclados con los indiferentes pasajeros.

En el siguiente segundo, cuando el tren suelta el freno y acelera, sus caras se achatan y se vuelven borrosas. La boca del túnel se traga el vagón donde están. Las caras del Círculo de Kensington, con las de los pasajeros vivos, los que esperan un golpe de suerte, los que luchan como jabatos.

Si no supiera diferenciarlos, diría que estaban todos muertos.