Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 12 de 36

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Plagio mortal

Capítulo 11

 

« iedo en la ciudad», dice el titular del National Star del día siguiente, y no M

exagera, al menos en mi caso. El artículo en sí es de los que se escriben «en la calle», recogiendo el sentir de la población; un simple refrito de lo que ya se sabe sobre las dos víctimas recientes: ninguna relación entre ambas, sin antecedentes penales conocidos, señales de agresión sexual ni robo de objetos de valor que llevaran encima. De hecho, no hay motivos para atribuir sus muertes al mismo asesino. A esta exposición le siguen entrevistas con vecinos del barrio que reconocen que no piensan salir de noche «hasta que hayan pillado al pirado retorcido que es capaz de algo así». Leo el artículo hasta el final, para ver si menciona el poema encontrado junto al cadáver de Carol Ulrich, pero parece que Tim tenía razón. Se lo han cargado en dirección.

Lo más inquietante de todo el artículo posiblemente sea esto: el resumen de los testimonios oculares y de las llamadas anónimas recibidas por la policía. Uno de ellos dice que era un hombre blanco, calvo y bien vestido. También se habla de dos hombres negros, uno con dientes de oro y gorra de los Raiders y el otro con el pelo gris, de aspecto bondadoso, «a lo Denzel Washington». Una pareja de hombres de pelo rizado que «podrían ser gemelos». Una mujer mayor, portuguesa, de luto.

«La gente ve asesinos en cualquiera que se siente a su lado en el metro», señala un policía.

¿Por qué no? Podrían serlo.

El recorrido matinal a pie por la Ciudad del Miedo confirma que los tres millones de corazones que laten a mi alrededor de camino al trabajo se han oscurecido de preocupación. Los dispensadores de periódicos demuestran que la competencia del National Star también se ha decantado por el alarmismo. La prensa sensacionalista se reafirma en su histeria de siempre, publicando una foto de Carol Ulrich al lado de otra de Ronald Pevencey bajo el titular: «¿Será usted el siguiente?». Pregunta en la que es imposible no pensar un poco. Estas caras en primera plana las ve toda la gente que baja del tranvía o sale por la boca del metro, y se ve a sí misma en ellas. No son gánsteres imperturbables, ni pandilleros juveniles (de los que no podían acabar de otra manera), sino caras de personas cuyo principal objetivo era evitarse problemas. Es la seguridad en la que confiamos casi todos: ser de la mayoría que nunca se lo busca; pero, al mismo tiempo, todos sabemos que esa seguridad suena cada vez más hueca. El miedo siempre existe, buscando una vía hacia la superficie.

Hagamos lo que hagamos para no destacar, a veces el Hombre del Saco nos encuentra.

 

El Quotidian Award, más conocido por el cariñoso apodo de «Dickie», es el segundo premio literario mejor dotado del país, honor debido a Richard «Dickie» Barnham, un ministro presbiteriano que al jubilarse se entregó con entusiasmo a la escritura de memorias donde narraba las modestas excentricidades de su pintoresca rectoría de Ontario, y que, por otra parte, ganó doce millones en la lotería un año antes de morir. Actualmente el «Dickie» se otorga a la obra narrativa que «mejor refleje las tradiciones de la vida familiar canadiense», lo cual explica que sus ganadores formen un grupo caracterizado por la discreción y la insipidez militante. Un lluvioso desfile de granjeros impasibles y viudas de pescadores.

Resulta que también es uno de los acontecimientos sociales de la temporada. Ser invitado al «Dickie» equivale a ingresar en la élite del país, un quién es quién de filántropos de club de campo, presentadores de la tele y grandes empresarios. El presidente del National Star nunca se lo ha perdido. Es una de las razones de que cada año aparezcan en primera plana una foto del ganador y una descripción extasiada del menú y los vestidos de las mujeres.

Ahora ni siquiera barajan mi nombre para este tipo de encargos. En mi época de comentarista literario ya preferían mandar a una de las chicas monas de la sección de Estilo, capaz de reconocer no sólo a los famosos, sino a los diseñadores de los trajes. Sin embargo, este año el reportero en quien pensaban se ha puesto enfermo cuatro horas antes de la fiesta, y como la jefa de redacción estaba fuera de la ciudad, en uno de sus retiros para ejecutivos, le tocó elegir una alternativa de último minuto al director de Actualidad, que me lo propuso a mí. Y acepté.

El pase de prensa me permite acudir con un acompañante. Lo más sensato sería ir solo, escribir el artículo que quieren y estar en la cama a medianoche, pero llamo a Len.

—Podrías pasarle tu manuscrito a alguien —le digo.

—¿Tú crees?

—Estarán todos los editores de la ciudad.

—Bueno, igual un par de cuentos —decide al cabo de un momento—; algo que me quepa debajo de la americana.

Entre que alquilo un esmoquin y voy en taxi a recoger a Len —que también se ha puesto un traje de etiqueta, aunque más apropiado para alguien un palmo más bajo y quince kilos más delgado que él—, llegamos al Royal York justo a tiempo para la segunda mitad del cóctel.

—¡Mira! —susurra Len al ir hacia el salón Imperial—. ¡Es Grant Duguay!

Al seguir la dirección de su índice, reconozco al maestro de ceremonias del acto. El mismo maniquí acartonado con sonrisa de vendedor de coches de segunda mano que presenta Canadian MegaStar!

—Sí que es él, sí.

—¿Y aquélla? ¡Rosalind Canon!

—¿Quién?

Len me mira para comprobar que hablo en serio.

—La de la presentación de Brain Pudding. La que ha cobrado medio millón por su primera novela.

Le pido que me la señale, y sí, efectivamente, es la misma chica calladita, que ahora está dando la mano a todos los culturócratas y todas las señoras bien que se le acercan. Aunque esté en la otra punta de la sala, leo en sus labios una y otra vez el mismo «gracias» serio en respuesta a las felicitaciones. Me dan ganas de decirle lo mismo a alguien. Tendré que conformarme con uno de los camareros que circulan.

—Gracias —digo cogiendo dos martinis de la bandeja, uno con cada mano.

Nos sentamos en la mesa de la prensa antes de que lleguen los demás plumíferos. Así puedo ponerme entre los pies una de las dos botellas de vino de la mesa, por si más tarde, en algún momento crítico, no anda cerca el camarero. Luego sube al estrado el de MegaStar! y dice algo de que se lo debe todo a la lectura, lo cual parece sensato, ya que a un analfabeto le sería difícil usar el teleprómpter. A continuación, mientras empiezan a servir la cena, desfilan por el escenario todos los escritores nominados para hablar de la génesis de su obra. La botella de mis pies dura menos que el tartar de caribú.

Es absurdo, y lo sé. Es superficial, infundado, y en general no habla muy bien de mi forma de ser. Porque yo no he publicado ningún libro. Ni he escrito ninguno. Ni tengo nada en la cabeza que pueda convertirse algún día en un libro. Sin embargo, en honor a la mayor de las franquezas, diré lo que pienso en el salón Imperial, con un esmoquin que me pica, viendo a los galardonados hacer reverencias en respuesta a los aplausos.

«¿Y por qué no yo?».

Suerte. Influencias. Marketing. Tal vez tengan todo eso de su parte, pero siempre hay algo más: una manera atractiva de ordenar las cosas, con principio, desarrollo y final del relato.

¿Y yo? Yo sólo tengo lo mismo que la mayoría de la gente, el lío indescifrable de una vida que se está viviendo.

Para pensar en otras cosas, me inclino hacia Len y le cuento lo del poema secreto del asesino. Abre los ojos como platos. Me animo y le expongo mi interpretación del significado de los versos, incluida la pista inverosímil sobre la identidad de la persona que lo ha escrito.

—¿Tú crees que hay alguna relación? —pregunta Len, secándose el sudor del labio.

—Yo creo que es coincidencia.

—Espera, espera. —Len toquetea los cubiertos de delante, como si representaran sus pensamientos—. Si tienes razón, el que hace todas estas cosas o es de nuestro círculo o se ha leído el relato de Angela.

—No. El nombre de Hombre del Saco se lo puede poner cualquiera. Además, en el poema no sale ningún nombre. Sólo es una teoría.

—Pues mi teoría es que es William.

—Para el carro, que no…

—¡Venga, hombre! ¿Un niño que destripa gatos y caballos para divertirse? En el fondo nos está diciendo de qué es capaz.

—Len, que es un relato.

—Hay relatos verídicos.

—Si por escribir narrativa sobre asesinos en serie ya eres sospechoso de asesinato, aquí, a diez manzanas a la redonda, habría como cien tíos locos interesantes para la policía.

—Bueno… bueno, pero… —dice Len, mordiéndose el labio—. Me gustaría saber qué le parecería a Angela…

—No se lo puedes contar a nadie.

Se queda alicaído. Tiene en sus manos una historia de terror verídica, y no le dejan sacarle jugo.

—Lo digo en serio, Len. Sólo te lo he contado porque…

¿Por qué? Los martinis tienen su parte de culpa, y supongo que he querido impresionarle. Soy periodista en un periódico de verdad. Sé cosas. Pero creo que lo principal es que tenía ganas de entretener al grandullón.

—Porque me pareces una persona de fiar —digo al final, terminando la frase de la que Len estaba pendiente.

Él aparta la vista, claramente emocionado por el cumplido.

Después del postre, el de MegaStar! da el nombre del ganador. Me voy nada más apuntarlo.

—Me marcho, Len. Lo tengo que escribir en un pispas.

Len mira mi pastel de queso con jarabe de arce intacto.

—¿Te lo vas a comer?

—Todo tuyo.

Le aprieto el hombro al levantarme de la mesa; y aunque él sonría agradecido, la verdad es que si no me hubiera cogido a Len, me habría dado de bruces con la bandeja que pasa, llena de galletas de mantequilla en forma de castor.

 

Después de un par de horas machacando teclas en mi portátil, y manteniendo la concentración a base de Manhattans del Library Bar, salgo a Send Street y empiezo mi larga y precaria vuelta a casa. No es fácil. Mis piernas no me obedecen, las muy vagas. Se enredan entre sí, y de repente se lanzan contra las paredes o los parquímetros. Tardo media hora en recorrer dos manzanas. Al menos parece que los brazos sí que me responden. Uno se aferra a una farola y el otro detiene un taxi.

Bajo la ventanilla a pesar del frío, mientras el taxista deja atrás como un cohete los clubs nocturnos de Richmond Street, que hasta estas horas de la noche no empiezan a desalojar a tele operadoras sudorosas, administrativas y dependientes venidos al centro para pulirse media paga semanal en entrada, aparcamiento y media docena de vodkas con limón. Saco el codo y dejo que se me adormezca la cara con el aire. El sueño se me enrosca poco a poco, desde las plantas de los pies.

Sin embargo, lo interrumpen las palabras de un locutor de noticias en el altavoz de detrás de mi cabeza. Subo la ventanilla para oírlo: tercera víctima en una escabechina que la policía persiste en no atribuir públicamente a un solo asesino. Al igual que en los casos de Carol Ulrich y Ronald Pevencey, el cadáver ha aparecido descuartizado. Otra mujer, cuyo nombre no han revelado todavía los investigadores. Lo desconcertante es que sólo hace un día que llegó de Vancouver. Nadie le conoce ninguna relación con las primeras dos víctimas. Es más: la policía aún no tiene claro si conocía a alguien en la ciudad.

Justo al final de la noticia dan un detalle que me deja más helado que si me llevaran a mi casa atado a la baca del taxi.

El cuerpo de la víctima ha aparecido en el parque de la esquina de mi casa. El parque adonde llevo a Sam.

Y no en un sitio cualquiera, sino en el cajón de arena.

—Ocho cincuenta —dice el taxista.

—Ah, ya estamos. Claro. Le tengo que pagar.

—Es como funciona.

Mientras me estiro en el asiento trasero, gruñendo al sacar la cartera, el taxista me informa de que ha enloquecido toda la ciudad.

—Los críos van al cole con pistolas. Los polis se dejan sobornar. ¿Y la droga? Ahora venden mierda que convierte a la gente en robots, robots que te clavan una navaja en la barriga por calderilla.

—Ya lo sé.

—Y ahora este loco cabrón, con perdón, deja a tres personas hechas picadillo en tres semanas. ¡Tres semanas! ¿Qué pasa, que no tiene vacaciones?

Le doy un trozo de papel que, con la oscuridad y lo borrosa que tengo la vista a causa de los Manhattans, podría ser un billete de veinte dólares o un resguardo de la tintorería. Sea lo que sea, parece que se conforma.

—Llevo ocho años trabajando de noche —dice, mientras empujo la puerta con el hombro y me desparramo por la calle—, pero es la primera vez que tengo miedo.

—Pues cuídese.

Me mira de arriba abajo.

—¿Sabe qué le digo? Que a ver si se cuida usted.

 

Veo alejarse el taxi por Euclid hasta que sus luces de freno se encogen y desaparecen. Nieve flotando bajo las farolas, sin caer ni subir.

En el momento siguiente tengo la certeza de que no puedo girarme, al menos si quiero mantener la ilusión de que estoy solo. Por lo tanto, subo por la calle y me tambaleo hacia mi puerta. Entonces veo que alguien ha hecho el mismo recorrido.

Huellas de botas. Como mínimo dos números mayores que las mías. Cruzan el cuadradito de césped y se internan por el estrecho paso que hay entre nuestra casa y la de al lado.

Al menos es el camino que creo seguir yo. Cuando miro hacia atrás, el polvillo de nieve ya ha borrado todas las huellas, tanto las mías como las de las botas.

Siempre llevo el miedo encima.

Podría sacar las llaves, abrir la puerta delantera y no ser tan asustadizo, pero hay algo que me impulsa a seguir por el pasillo sin luz entre las casas. Si existe algún peligro, mi deber es plantarle cara. Por inestables que sean mis pasos. Por mucho miedo que me dé.

Pero aquí dentro está más negro que la noche. Una franja de cielo a seis o siete metros por encima de mi cabeza es la única vía de entrada para la luz de la ciudad. El pulso se acelera tan rápido que me duele el corazón. Cada mano en un muro de ladrillo, para que no me encierren las paredes. Sólo son diez metros, pero el espacio del fondo que es nuestro jardín hace que parezca el triple. Y de subida.

Junto con otra impresión, la de que por aquí ha pasado alguien hace poco.

Acecho en las oscuras callejuelas.

Al salir pego la espalda a la pared trasera. Ramas de árboles perennes salen de la nieve como dedos esqueléticos. El viejo cobertizo que siempre he querido tirar se apoya en la valla para no caerse, como yo en el muro.

Camino de lado hasta el porche. La puerta corredera de cristal está cerrada. Luz de tele en la sala de estar. Un publirreportaje que muestra la increíble utilidad de un aparato para cortar en rodajas y en dados. Será que estoy borracho, o serán las reconfortantes imágenes del anuncio, pero durante un momento me retiene algo y me quedo mirando mi casa a oscuras, los muebles que no hacen juego, la alfombra gastada y las estanterías demasiado repletas, como si fueran de otra persona. Podrían serlo.

Si no fuera porque hay alguien en la sala de estar.

Sam. Dormido, con un cómic de Los cuatro fantásticos abierto sobre las piernas, cogiendo la tapa con la mano. Emmie le ha dejado trasnochar, y ella se ha acostado en el dormitorio de invitados esperando mi llegada. Al mirar a mi hijo detecto inquietud en su postura, resistencia al sueño. Pesadillas. Y vuelve a dolerme el corazón.

Aparto las manos del cristal donde estaban apoyadas. Busco las llaves de la casa en el bolsillo y, justo al encontrarlas, encuentro algo más que me deja de piedra.

Huellas de otras manos en la puerta corredera, encima de las mías. No se veían hasta que me he apartado del cristal y la condensación de mi aliento las ha dibujado en plata. Diez yemas y dos manchas de palmas que, cuando aplico mis manos, las sobrepasan dos o tres centímetros en todas las direcciones.

Ha estado aquí.

Mirando mi casa como la miro yo y calculando lo fácil que sería entrar. Estudiando con sus ojos a mi hijo dormido.

Esta vez, al apartarme de la puerta corredera, mis manos manchan el cristal borrando las marcas del otro. Otras huellas de bota colmadas por la nieve. Una intuición desencaminada. Un fruto dudoso de mi mente no creativa.

Sin embargo, por muy racionales que parezcan estas explicaciones, no me las creo ni remotamente.

 

— engo curiosidad —dice la jefa de redacción, componiendo una expresión que se T

aproxima a la curiosidad sincera—. ¿Cómo se le ocurrió escribir esto?

Es la mañana siguiente. Ha puesto encima de su mesa la portada del National Star de hoy. Mi firma al pie del principal artículo. «Grandiosa gratificación para un ganador engolado».

—¿Se refiere al titular? —digo yo—. Siempre me han podido las aliteraciones.

—Me refiero al artículo en sí.

—Supongo que me pareció que necesitaba un poco de color.

La jefa de redacción baja la vista hacia el periódico y lee en voz alta algunas de las frases que ha resaltado.

—«Un acto interrumpido por las toses del público, que no podía respirar de tanta hipocresía». «Si alguien se merecía un premio era el jurado, por conseguir leer la lista de seleccionados». «Hay menos ironía en los diez últimos ganadores del “Dickie” que en el hecho de que el presentador de un programa televisivo de lo más deleznable glosara las virtudes de la lectura». No hace falta que siga.

Levanta la vista de la página.

—¿Color, Patrick?

Busco alguna manera de pedir disculpas, porque la verdad es que lo siento y dispongo de más de una excusa en apoyo de mi arrepentimiento. Mi luto, que parece que lo convierta todo en algo peor. Un insuperable bloqueo de escritor. Un monstruo rondando mi casa.

—Últimamente estoy un poco raro —digo.

—¿Ah, sí?

—Tengo la sensación de que se me escapa todo de las manos, pero no me lo puedo permitir. Tengo un hijo, que aún es pequeño y sólo me tiene a mí para…

—O sea —me interrumpe la jefa de redacción, poniendo un dedo en mi artículo —, ¿que esto se puede interpretar como un grito de auxilio?

—Sí, supongo que en cierta manera sí.

Coge el teléfono.

—¿A quién llama?

—A seguridad.

—No hace falta.

—Ya lo sé. Es que me gusta la idea de que le acompañen hasta la puerta.

—Entonces, ¿que ya está?

—Efectivamente.

—¿Cambiaría algo si le digo que lo siento?

—En absoluto. —Levanta un dedo para hacerme callar—. Por favor, ¿podrían sacar del edificio a Patrick Rush? Exacto, prohibición permanente de entrada. Gracias.

La jefa de redacción cuelga y me sonríe, aunque en realidad no es una sonrisa. Son los dientes que se enseñan los perros para mostrar su disposición a sacarse mutuamente las tripas.

—¿Y qué, cómo anda la familia, Patrick?