Plagio mortal
Capítulo 21
Cuando llega la policía es en forma de un solo hombre, un individuo alto, vestido de civil, con unos ojos verdes y brillantes que no invitan a tomarle muy en serio. Un bigote, que parece de última hora, como un accesorio obligatorio del que preferiría prescindir. Yo, que nunca he conocido a un detective de verdad, intento adoptar una actitud mezcla de cautela y calma. Sin embargo, sus facciones afables y la constatación de que soy unos centímetros más ancho que él —cuando lo que me esperaba era un armario lleno de reproches— me hacen sentir desde el primer momento que un hombre así no puede hacerme daño de verdad.
—Vengo por lo del asesinato —dice con estudiada consternación, como podría presentarse en la puerta un hombre con mono y decir: «Vengo por lo de las cucarachas».
Tiendo el brazo para hacerle pasar. Entra y va directamente a la sala de estar. Al entrar demuestra la misma familiaridad que un amigo de toda la vida, alguien con bastante confianza como para ir directamente al bar y no decir hola hasta después del primer trago.
Cuando alcanzo al detective Ramsay, sin embargo, no se ha servido nada, sino que está en el centro de la sala con las manos en la espalda. Me hace el gesto de que me siente —elijo el reposabrazos de una tumbona hecha polvo—, pero él se queda de pie. Pero, incluso el estar sentado a medias neutraliza la diferencia de peso que me daba ventaja. Se pasa, calculo que un minuto, dando pocas muestras de interés por mí. Mira la habitación como si se comunicara directamente con todas las revistas y las figuritas de la repisa de la chimenea, y quisiera darles a todas la oportunidad de hablar.
—¿Está casado, señor Rush?
—Mi mujer falleció hace siete años.
—Lo siento.
—¿Y usted?
Levanta la mano, enseñando el anular con la alianza de oro.
—Hace veinte años. Siempre le digo a mi mujer que hoy te caen menos años por homicidio.
Intento sonreír, pero no parece que lo espere.
—Me han dicho que es escritor.
—Ya lo he dejado —digo.
—¿Piensa dedicarse a alguna otra cosa?
—Todavía no lo he decidido.
—Pues yo habría dicho que la vida de escritor es casi ideal: no tener jefes, tener el horario que quieres, inventarte cosas, que tampoco es lo que se dice trabajar…
—Dicho así, parece más fácil de lo que es.
—¿Qué tiene de duro?
—Todo. Especialmente lo de inventarse cosas.
—Me imagino que se parecerá bastante a decir mentiras.
Se acerca a la estantería y asiente al ver los títulos, aunque no da señas de reconocer ninguno.
—A mí también me encanta leer —dice—. Bueno, la verdad es que sólo novelas policiacas. No soporto las elucubraciones sobre el sentido de la vida. —El detective Ramsay se gira hacia mí y su cara se arruga en una mueca de reproche—. ¿Puedo preguntarle qué le hace tanta gracia?
—Es un policía que sólo lee novelas policiacas.
—¿Y qué?
—Pues que me parece irónico.
—¿Ah, sí?
—Tal vez no lo sea.
Sigue fijándose en la estantería, hasta que saca mi libro.
—¿Qué es? —dice.
—¿Perdón?
—¿Qué tipo de libro es?
—Nunca sé muy bien qué contestar a esa pregunta.
—¿Por qué no?
—Las clasificaciones tienen trampa.
El detective Ramsay abre la contraportada para mirar la foto del autor: yo, con aire malhumorado y contemplativo, aerografiado.
—¡Qué coincidencia, el título! —dice.
—¿Sí?
—Los asesinatos del Hombre del Saco, hace unos años. La investigación la llevé yo.
—¿En serio?
—El mundo es un pañuelo, ¿verdad?
—Supongo que el título, hasta cierto punto, se inspira en todo aquello.
—¿Se inspira?
—Bueno, no es que lo que hacía el asesino fuera muy inspirador… Sólo lo digo en el sentido de que me dio una idea.
—¿Qué idea?
—La del título. Es a lo que me refería.
Baja la vista, y al principio me pregunto si tendré una mancha en la camisa. Luego me doy cuenta de que me mira las manos. Contengo el impulso de metérmelas en los bolsillos.
Ramsay vuelve a alzar la vista. Levanta y baja mi libro varias veces, como si evaluase su calidad sólo por el peso.
—¿Le importaría prestármelo?
—Quédeselo. Tengo muchos en el sótano.
—¿Ah, sí? ¿Y qué más tiene abajo?
La única señal de que lo dice en broma es la risa que se permite al cabo de un momento. De hecho, todo lo que dice con sus restos de acento podría interpretarse en clave sarcástica, pero yo ya no me atrevo a tanto.
—Tengo que preguntarle qué hizo todo el día con la señora Dunn —dice, mientras deja mi libro en una mesita y saca una libreta del bolsillo de su americana.
—No estuvimos todo el día. Como máximo veinte minutos.
—Bueno, pues veinte minutos. Empecemos por ahí.
Le explico que Petra me dejó un mensaje la noche anterior, pidiendo que nos viéramos. Yo contesté por la mañana, y quedamos en su casa a las cinco. Me la encontré al salir del metro, con chándal y gorra de los Yankees. No le hacía mucha gracia ir a su casa, y me llevó a dar una vuelta por el parque. Me dijo que estaba preocupada porque parecía que la seguía un hombre. Le había visto de noche fuera de la casa. Tenía miedo, y quería saber si yo también había observado que me seguía una sombra.
—¿Y lo ha observado? —dice el detective Ramsay.
Al contar una historia, siempre hay un momento en que el escritor se vuelve su propio corrector. Nunca se cuenta todo. Ningún informe es completo al cien por cien. Hasta el adúltero con demasiados remordimientos de conciencia excluye de su confesión el olor del perfume de su amante. Los países en guerra facilitan el recuento de víctimas, pero no una comparación del número de brazos y piernas amputados. La causa de esas lagunas no tiene por qué ser el engaño, en el sentido activo de distorsionar los hechos. La mayoría de las veces es por decir lo esencial sin infligir dolor innecesario. Así se puede ser veraz y al mismo tiempo guardar secretos.
Así es como justificaré más tarde haberle dicho al teniente Ramsay que no, que ni me han seguido ni tengo la menor idea de a qué se refería Petra en el barranco. Sé que es un mal camino en el mismo momento de tomarlo. Tal como están las cosas, quizá los únicos que puedan velar por mí y por Sam sean los policías. Pero hay algo que me convence de que revelárselo sólo serviría para ser la siguiente víctima. Si el Hombre del Saco me vigila desde tan cerca como da la sensación, estoy resuelto a ceñirme a sus reglas, no a las de la policía.
Por no hablar de que empiezo a tener la sensación de que podría ser uno de los sospechosos del asesinato de Petra. Os aseguro que en estos casos el primer impulso es callar; ya habrá tiempo de pensar si ha sido buena idea.
—Bueno, y ¿por qué le llamó?
—Supongo que por el círculo de escritura en el que coincidimos hace años. Intentaba establecer alguna relación entre nosotros, mi libro y su preocupación por que la persiguiesen. Era todo bastante vago.
—Vago —dice, parándose a reflexionar en la palabra—. Cuénteme algo del círculo.
Lo hago. Le doy todos los nombres y los pocos datos de contacto de los que dispongo. También en este caso decido guardarme algunas cosas. Por ejemplo, mi cita con Angela.
—Sólo quiero que me confirme la secuencia de hechos —dice él—. Quedó con la señora Dunn hacia las cinco. ¿Es así?
—Sí, a las cinco menos un par de minutos.
—Y la dejó en el barranco veinte minutos después.
—Más o menos.
—¿Volvió caminando a su casa?
—Sí.
—¿Habló con alguien? ¿Se paró en alguna parte?
—Me tomé algo en Kensington Market.
—¿Dónde exactamente?
—En el Fukhouse. Es un bar punki.
—No le veo en ese ambiente.
—Me pillaba de camino.
—¿Le reconocería alguien por haberle visto en el Fukhouse?
—Tal vez el de la barra. Es lo que dice usted sobre el ambiente.
—¿Cuándo llegó a su casa?
—Era de noche. Calculo que a las nueve y pico.
—Que fue cuando llamó a los vecinos para preguntar por su hijo.
—Sí.
—¿Tenía algún motivo en especial para estar preocupado por él?
«Le vi de pie, al lado de la ventana».
—Soy viudo, detective. Sam es la única familia que me queda. Nunca dejo de preocuparme por él.
Parpadea.
—Es muy lejos para volver caminando —dice—. Incluso con un par de copas encima.
—Me gusta ir despacio.
—Tal vez le interese saber que la señora Dunn desapareció entre su encuentro con usted y las ocho. Unas dos horas y media.
—¿Desapareció? Creía que había dicho que la asesinaron.
—He dicho que es lo que creemos.
¿Cómo puedo haberme equivocado tanto? La combinación de los restos de acento escocés de Ramsay y su aspecto cómico me habían hecho pensar que, si realmente sospechasen de mí como autor de lo que le habían hecho a Petra, me habrían enviado a uno de los duros. Ahora veo que Ramsay es uno de los duros.
—¿Sabe de alguien que pudiera tener motivos para hacerle algo así a su amiga? —pregunta, ausente—. ¿Aparte de la sombra que dijo ella?
—No somos amigos. Ni lo éramos. Nos conocíamos muy poco.
—«No eran amigos» —dice, escribiendo.
—En cuanto a los motivos, no tengo ni idea. Sí que habló del divorcio, y de que salía con el socio de su ex marido. Parecía una situación delicada.
—¿Todo eso durante los veinte minutos en el barranco?
—Casi no dijo nada, sólo un nombre.
—¿Qué nombre?
—Román. El novio. Román algo. Petra tenía miedo de salir perjudicada si su marido se enteraba de la relación.
—Román Gaborek.
—Eso es.
—¿Su amiga le comentó que tanto el señor Gaborek como el señor Dunn son figuras destacadas del crimen organizado de esta zona?
—Hizo una alusión.
—Una alusión… Hizo una alusión.
—Exacto.
—Es curioso —dice Ramsay, cerrando la libreta—. La gente, cuando se entera de algo como lo que acabo de contarle, suele querer saber detalles. En cambio usted no me pregunta nada.
—Tengo poco estómago para la violencia.
—Pues suerte que no me lo ha preguntado, porque en el caso de la señora Dunn la violencia ha sido considerable.
—Creía que no tenían el cadáver.
—No, el cadáver no, pero sí lo que dejó, y… vaya, que indicaba unas técnicas determinadas. A mí me han recordado lo de hace cuatro años. ¿Se acuerda?
Si justo ahora entrase alguien y viera la expresión del detective Ramsay, podría interpretarla erróneamente como la de alguien que disfruta con este tipo de momentos, pero yo me doy cuenta de que no es placer, sino rabia; una ira que con el paso de los años ha logrado disfrazar casi de lo contrario.
—Bueno, pues ya está —dice.
Me levanto y le tiendo la mano. Él tarda un poco en cogerla con un apretón implacable.
—Espero haberlos ayudado en algo.
—Si no, ya nos ayudará.
Se dirige él solo hacia la puerta. Le acompaño, con ansias repentinas de oír cómo se cierra.
—Sólo una cosa más. La gorra que ha dicho que llevaba la señora Dunn cuando se vieron…
—¿Qué le pasa?
—¿De qué equipo ha dicho que era?
—De los Yankees. ¿Por qué?
—No, por nada; es que no han encontrado ninguna gorra, ni de los Yankees ni de nada.
Abre la puerta y sale. Antes de cerrarla, me muestra una sonrisa. La que se ha guardado para el final.
La mañana me trae una idea curiosa: estoy a punto de volver a ser famoso. Cuando vengan a buscarme y camine esposado desde el furgón hasta la puerta del juzgado entre un runrún de cámaras y reporteros implorando unas palabras del monstruo del día para las noticias de la cena.
Salta el radiodespertador, y pienso otra vez lo mismo.
Son las noticias, contando a la ciudad que ayer, en el barranco de Rosedale, desapareció Petra Dunn, de cuarenta y cinco años. Las pruebas halladas in situ apuntan claramente a un crimen. La policía ya ha empezado a interrogar a una serie de «personas de interés» para la resolución del caso.
Personas de interés. Ése soy yo. Amanezco como seudonovelista en paro, y sólo veinticuatro horas después me enfrento a un nuevo día como principal sospechoso de un probable homicidio. Y no queda ahí la cosa, porque si el detective Ramsay cree que a la pobre Petra Dunn me la he cargado yo, la conclusión es que hace cuatro años también me cargué a Carol Ulrich, Ronald Pevencey y Jane Whirter.
Quizá tuviera razón Angela. Ha vuelto el Hombre del Saco. Y quien más números tiene para serlo soy yo.
—¿Papá?
Sam, en la puerta de mi habitación.
—Tenía pesadillas —digo yo.
—Pero ahora estás despierto.
Tiene razón. Estoy despierto.
Lo primero que hago después de ducharme y afeitarme es llevar a Sam a casa de Stacey, la hermana de Tamara, que vive en St. Catharines. Durante la hora en coche me esfuerzo en explicarle la razón de que viniera un policía a hablar conmigo la noche anterior y de que sea mejor pasar un tiempo separados. Le explico que a veces te ves metido en cosas sin comerlo ni beberlo y tienes que aguantar preguntas.
—Por el proceso de eliminación —dice Sam.
—Sí, algo así.
—Pero ¿y lo de «inocente hasta que se demuestre lo contrario»?
—Eso sólo es en los juicios.
—¿Tiene algo que ver con tu libro?
—Sí, indirectamente.
—Nunca me ha gustado tu libro.
Naturalmente que lo ha leído. ¿Cómo no iba a leer la única aportación de su padre a la estantería, aunque lo tuviera prohibido? No puedo saber hasta qué punto lo entiende —sólo tiene ocho años, por muy buen lector que sea—, pero parece que lo principal sí lo ha pillado: que el Hombre del Saco de El hombre del saco existe de verdad.
Al llegar a casa dejo un mensaje en el contestador de Angela pidiéndole que me llame en cuanto pueda.
Mientras espero su llamada, pienso en cuántos miembros del círculo ya han tenido contacto entre sí. Yo suponía que nos habíamos ido cada uno por nuestro lado después de la noche en Grossman’s, pero es posible que se hubieran formado relaciones de las que entonces no tenía ni idea. Amores, rivalidades, artistas y musas… Pasiones capaces, como bien se sabe, de provocar los actos más horrendos.
Para pasar el rato, vuelvo a entrar en la página de comentarios de www.patrickrush.com y me encuentro lo de siempre: debates obsesivos sobre aspectos anecdóticos de la trama de El hombre del saco, denuncias de incoherencias e impresiones personales divergentes acerca del autor («a mí me firmó el libro, y me preguntó si también era escritor. ¡SÍ que lo soy! ¡Es como si me hubiera LEÍDO EL PENSAMIENTO!», contra «el otro día vi a P. R. por la calle, intentando parecer una “persona normal” sin conseguirlo; llevaba una bolsa del súper (!!). ¡Hay que ser chorra y pretencioso!»).
Justo cuando voy a desconectarme, el cursor encuentra la entrada más reciente de hoy. Otro boletín de elverdaderohombredelsaco:
Uno menos.
Me llama Angela. Esta noche saldrá tarde del trabajo, pero podemos quedar después, si me va bien. Por alguna razón, pero insisto en que nos veamos en su casa —a lo cual ella accede de mala gana—. Después de colgar, caigo en la cuenta de que necesito ver dónde vive para cerciorarme de que existe de verdad.
He quedado en que llegaré hacia las ocho. Me da tiempo de marcar el único otro número del círculo que tengo: Len.
—Acaba de irse la policía —dice, saltándose el saludo, como si llevásemos un día sin hablar y no varios años—. ¿Te has enterado de lo de Petra?
—Sí. ¿El que ha hablado contigo se llamaba Ramsay?
—Con el susto, la verdad es que casi no le escuchaba. Un tío un poco curioso.
—¿Ah, sí?
—Raro y a la vez cachondo.
—Pues es el mismo.
Yo iría caminando a Parkdale, que es donde vive Len, pero como la ola de calor ha vuelto a romper el récord de temperatura establecido el día anterior, voy por King Street hacia el oeste en mi Toyota, con la ventanilla bajada. Giro a la izquierda, en dirección al lago, y llego a una de las manzanas de casas unifamiliares majestuosas que ya hace mucho tiempo que se dividieron en pensiones de mala muerte. El edificio de Len tiene incluso peor pinta que los demás. Largos tirabuzones de pintura desconchada en el porche. En las ventanas de la calle, en vez de persianas, banderas, papel de aluminio y bolsas de basura fijados con chinchetas.
Len ocupa el apartamento del último piso. Tal como me ha dicho, está abierta la entrada lateral. Subo por una escalera estrecha, junto a puertas por las que se filtran olores agresivos y asfixiantes a hachís, huesos de caldo y disolvente.
A la vuelta del último rellano, levanto la vista y veo que me espera el tontorrón de Len, encorvado en la puerta, deshecho de sudor, pero por lo demás aliviado de verme.
—Eres tú —dice.
—¿Esperas a alguien más?
—Se me había pasado por la cabeza.
El apartamento de Len tiene una sola habitación. Una encimera pequeña, un hornillo y una neverita en un rincón, un simple colchón en el suelo y, como única fuente de luz natural, dos ventanas del tamaño de libros de tapa dura, una a la calle y la otra al patio. El techo, inclinadísimo, es a dos aguas, con una viga central que parte el espacio por la mitad, por lo que Len sólo puede estar de pie en medio de la sala. En las paredes, carteles de cine con burbujas de humedad. El exorcista, Suspiria y La noche de los muertos vivientes. Ropa sucia tirada por el suelo, que huele como una lucha entre desodorante y calcetines sudados.
—Siéntate —me invita quitando un montón de libros de bolsillo de una silla plegable.
Él no tiene más remedio que sentarse en el suelo cruzado de piernas: un niño ansioso por oír el cuento de cada noche.
—¿Qué, cómo va la vida?
—Bien. No he escrito gran cosa. Ya hace bastante tiempo que no me puedo concentrar. Cuesta mucho escribir cosas de miedo cuando el miedo lo vives.
Al mirar por encima del hombro de Len y fijarme en las estanterías, hechas con cajas de leche, reconozco mi libro. Portada gastada. Varias relecturas con dedos manchados de grasa que han aumentado el grosor de las páginas.
—La primera vez que lo leí, me pasé una semana sin poder dormir —dice siguiendo mi mirada.
—Lo siento.
—Pues no lo sientas, que lo mejor no era tuyo.
—No te lo pienso discutir.
Mira la puerta de reojo, como si quisiera asegurarse de que está cerrada. Su aspecto demacrado, asustadizo, revela de golpe que lleva más tiempo de lo saludable reconcomiéndose aquí arriba.
—¿Desde cuándo no sales a la calle?
—Ya no me gusta mucho bajar —dice—. Es como cuando tienes la sensación de que te observan pero al girarte no ves nada, ¿sabes? Ahora me pasa constantemente.
—¿Se lo has contado a Ramsay?
—No, es un secreto. Un secreto de agente secreto. Si te chivas, estás muerto.
—Ya te entiendo.
—Me ha preguntado por ti.
—¿Qué quería saber?
—Si tenías alguna relación con Petra fuera del círculo. Y mi opinión sobre ti.
Miro a Len, mientras elige qué revelar. Como no parece de los que aguantan bien la presión, me esfuerzo por introducirla en mi mirada.
—Le he dicho que eres amigo mío —acaba respondiendo.
—¿Y ya está?
—Es que no sé nada más.
—Aparte de la fuente de mi libro.
—Aparte de eso.
—¿Y?
—Y eso no se lo he dicho.
—¿Con quién más has hablado?
—Me llamó Petra. Y Angela, que me contó lo del accidente de Conrad. Hasta vino Ivan, anteayer. Todos cagados de miedo.
—¿William no?
—¿Lo dices en serio? El día en que me encuentre, me voy a vivir a otro sitio.
De repente me asfixia el calor de la habitación. No hay suficiente aire para dos pares de pulmones ni de lejos; por otro lado, casi todo lo consume Len, jadeando como un perro de presa que come demasiado.
—¿Angela te contó el accidente de Conrad?
—Ya te lo he dicho.
—Pero ¿te dijo si había alguien más en el coche?
—¿Había alguien más?
—No. No, nadie —digo chocando con el techo al levantarme—. Perdona, pero es que he quedado y llego tarde.
—¿Con quién?
—Con Angela, precisamente.
—Debe de estar cabreadísima contigo.
—Parece que ha decidido dejarlo pasar.
Len se rasca las islas de barba de la mandíbula.
—Quería enseñarte una cosa —dice.
Separa las piernas y rueda por el suelo hasta la estantería de cajas de leche. Sus dedos gruesos hurgan en las montañas de cómics y escarban en los libros de bolsillo apilados de cualquier manera. Cuando encuentra lo que busca, la camiseta ya se le ha puesto negra de sudor.
Se me acerca a gatas y me da un libro. Una revista literaria que me suena, The Tarragon Review. Una de las docenas de publicaciones regionales de tercera que editan relatos y poemas para un público que no supera las dos cifras.
—¿Sales tú? —pregunto pensando que Len quiere enseñarme su debut en la imprenta.
—Mira el índice.
Leo todos los títulos y autores de la lista. No me suena ninguno.
—Mira otra vez —me pide Len—. En los nombres.
La segunda vez sí que lo veo: un cuento titulado «El conductor de metro», y escrito por una tal Evelyn Delsack.
—Delsack. Del Saco. ¿Te das cuenta?
—¿Qué quieres decir, que lo ha escrito Evelyn?
—Al final —dice Len excitado—. En la sección de colaboradores.
Las últimas páginas de la revista presentan breves perfiles de los autores del número, junto con una foto en blanco y negro. La entrada de Evelyn Delsack contiene el siguiente párrafo:
Evelyn es una viajera fascinada por las vidas ajenas. «Para un escritor, la mejor manera de investigar es acercarse a los desconocidos», dice. Es el primer cuento que publica.
Y al lado una foto de Angela.
—¿Cuándo está publicado?
—El año pasado.
—¿Y por qué lo tienes tú?
—Yo me suscribo a todo —dice Len—. Me gusta saber quién publica y dónde. Supongo que alimenta mis celos. Sin esto, hay mañanas en que no me levantaría.
Len se ha puesto de rodillas delante de mí, desquiciado de calor y del contacto humano que tan poco tiene. De compartir una vuelta de tuerca argumental.
—¿Me lo dejas?
—Tú mismo. La verdad es que no lo quiero —dice con los ojos brillantes por un subidón anestesiante de miedo.
« l conductor de metro» está muy bien. El crítico que llevo dentro insiste en E
proclamarlo. Una voz totalmente distinta a la que contaba el relato del diario de Angela. Esta vez el tono narrativo es de una insensibilidad escalofriante: un hombre que recorre espacios urbanos llenos de gente sin que nadie se fije en él, borroso como un fantasma. Pero también salen a flote momentos de una desesperación desgarradora. No es la voz de Angela, ni ninguna creación estrictamente ficticia. La causa es que se trata de la voz de una persona real: la de Ivan.
Como ya adelanta el título, «El conductor de metro» cuenta una jornada en la vida de un hombre apocado que de día conduce trenes por los túneles del metro y de noche escribe relatos crónicamente inacabados. Pero lo que realmente me coge por sorpresa, la revelación que me deja temblando al volante del Toyota, que he aparcado frente a la casa de Len, no es esta descarada recreación de la biografía desgranada por Ivan durante las sesiones del Círculo de Kensington, sino el trasfondo íntimo, el secreto trágico que creía ser el único en conocer.
En algunos puntos del relato principal, el personaje Ivan reflexiona sobre la caída accidental —o no— de su sobrina por la escalera del sótano de su hermana. Lo mismo que me contó en el lavabo del Zanzíbar. En el texto de Angela se filtran hasta detalles y frases concretas —al menos que yo recuerde—.
Se llamaba Pam… Al verla correr por el pasillo y empezar a bajar por la escalera, me dije: «Es la última vez que ves viva a esta niña»… De los antiguos, ¿sabes?; de ésos como peines, pero con las púas metálicas… Así se acaba una vida. Bueno, dos. Cosas que pasan.
Seguro que averiguó ella sola el secreto de Ivan. Se lo contó él.
Y ella lo usó. Le utilizó.
La dirección que me ha dado Angela incluye el código de seguridad de su apartamento en una de las torres de cristal y metal gris, altas pero anodinas, que han salido como malas hierbas alrededor del estadio de béisbol. Es la única manera que tengo de encontrar el piso, porque al lado del número no pone Angela Whitmore, sino Pam Turgenov. El nombre de la sobrina muerta de Ivan.
Cuando me abre por el interfono, cojo el ascensor. Mi rabia aumenta al ritmo de los números de piso que parpadean en el visor, hasta llegar al veintiuno. Puntos de ignición.
Es una mentirosa.
Un peligro para mí.
Y para Sam.
Y luego:
No he sido yo. No ha sido mi libro. Es ella la que me ha robado mi vida de antes.
Nunca me había sentido así, tan furioso. Aunque no veo mucha relación entre la ira y lo que siento ahora. La ira es demasiado suave, un estado de ánimo entre tantos. Esto es físico, una descarga eléctrica que saca chispas de mi pecho. División clara entre un yo pensante y un yo actuante.
Angela ha dejado la puerta abierta. Lo sé porque, al darle una patada, el pomo se clava en el yeso de la pared.
Mi parte actuante se echa encima de Angela.
Mi parte pensante se fija en muebles baratos y en ventanales sin cortinas que miran al oeste, hacia el lago, las vías del tren y la ciudad perdiéndose en el horizonte. Y, por encima de todo, el calor.
Lo que pueda haber dicho Angela antes del impacto pasa desapercibido. En todo caso, ahora no le sale ninguna palabra de la boca. Es porque la he cogido por el cuello. Apretando los pulgares. Algo blando cede bajo la piel.
Acto seguido, la levanto y la arrojo al sofá y me siento sobre su pelvis. Volcando todo mi peso en mis brazos unidos para que le impidan emitir cualquier sonido.
Gritándole con una voz que no es la mía.
—No sé qué coño quieres. No sé quién coño eres. Da igual, porque como vuelva a ver cerca de mi casa o de mi hijo al que tienes siguiéndome, te mato.
Su cuerpo se agita.
—¿Lo has pillado? ¡Te mato, joder!
Le sigo apretando el cuello con la misma fuerza. Siento ablandarse su cuerpo. Ya la estoy matando. Tengo curiosidad por saber cómo se manifestará el final. ¿Un último ataque? ¿Inmovilidad?
—Eres tú.
La estoy soltando; bueno, debo de haberla soltado, porque parece que intenta decir algo.
—Creía que eras demasiado… simple, pero eres el tipo de persona que hace este tipo de cosas, ¿no? La página en blanco.
—No soy yo.
—Ahora mismo no sabías qué hacías. Eras otra persona. Quizá esa persona sea la que ha matado a Petra.
Angela se levanta con dificultad. Se aparta sin perder mis manos de vista.
—Aquí al que siguen es a mí —digo.
—¡Has estado a punto de estrangularme!
—Porque me estás jodiendo. A mí y a mi hijo.
—¡Vete a la mierda!
Nos quedamos sin fuerzas a la vez. Se nos mueven los pies sin ton ni son, como si estuviéramos en la cubierta de un barco en medio de una tormenta.
—Dime sólo una cosa. Si eres tan inocente, ¿por qué te escondes bajo otro nombre?
—Para evitarle.
Me cuenta que de vez en cuando le ha visto. Desde que dejó de reunirse el Círculo de Kensington. Alguien que, con el paso de los años, se ha seguido plantando en la acera de enfrente de los edificios donde trabajaba y de los pisos donde vivía, o mirándola por el escaparate de los restaurantes donde comía. Siempre en la sombra. Sin cara.
Fue el Hombre del Saco quien la obligó a cambiar de nombre, aspecto y trabajo antes de enterarse del accidente de Conrad White y Evelyn. Desde entonces le fue mucho más fácil desaparecer.
—¿Desaparecer incluye mandar cuentos con seudónimo?
—¿Seudónimo?
—Evelyn Delsack. Pam Turgenov. ¿Quién más has sido?
Cruza los brazos.
—«El conductor de metro».
—Sí, muy bueno. Aunque no del todo tuyo.
—Tú lo que hiciste lo hiciste para que te reconocieran.
—No es verdad.
—¿Ah, no?
—Lo hice para tener algo mío.
—Aunque no fuera tuyo.
—Exacto, aunque no fuera mío.
—A mí no es lo que me interesa.
—Pues ¿qué te interesa?
—La gente —dice Angela—. A mí me interesa la gente.
Estaba convencida de que, por muchas veces que cambiara de vida —o enviase sus textos con nombre ajeno—, tarde o temprano él la localizaría. La última vez fue el día de nuestra comida. Al volver a su coche, en un aparcamiento subterráneo, se encontró un mensaje escrito en el parabrisas con pintalabios. Su pintalabios. Cogido de donde ella lo había dejado, en su cuarto de baño.
—¿Ha estado aquí dentro?
—Sí, y quiere que lo sepa. Que puede volver cuando le dé la gana.
—¿Qué ponía? En el parabrisas.
—«Eres mía».
Al principio pensaba que el único objetivo era amenazarla. Suponía que quien la vigilaba disfrutaba sabiendo que su vida se estaba reduciendo a poco más que la función nerviosa, los inquietos instintos de supervivencia de una alimaña. En cambio, ahora cree que los recordatorios también obedecen a una finalidad lógica: tal vez el rastro que deja pueda acabar sirviendo para involucrarla. Tarde o temprano dejará algún tipo de huella y se la atribuirán a ella. A Angela le está pasando lo mismo que a mí, que empieza a verse como sospechosa, no como víctima.
Justo entonces, como si fuera la confirmación, miro por encima de su hombro y veo algo sobre el mármol de la cocina. También Angela se gira a mirarlo.
—¿De dónde sale? —digo.
—Me lo he encontrado esta mañana metido en el buzón.
—Es una gorra de los Yankees.
—Otro de sus mensajes, imagino. Aunque no se me ocurre qué puede significar. ¿Te encuentras bien? Pareces a punto de desmayarte.
Tengo que aferrarme al respaldo de una silla con las dos manos para no caerme. Todo se tambalea, la habitación y la ciudad del otro lado de la ventana.
—La gorra —digo—. Es la misma que llevaba Petra cuando desapareció.
Angela me mira. Una expresión muda que demuestra su inocencia con más certeza que cualquier negativa. Hasta las interpretaciones de los mejores actores muestran señales de artificio en los bordes. Es lo que hace teatral al teatro: un pequeño suplemento para llegar hasta las butacas más baratas. En cambio, lo que me hace ver Angela es tan confuso, tan ajeno a cualquier posibilidad de premeditación, que barre los últimos restos de sospecha contra ella.
—Tranquila, que no pasará nada —digo, acercándome un paso.
—¿Quién lo hace?
—No lo sé.
—¿Por qué a nosotros?
—No lo sé.
Fuera se apaga un poco el cielo en la primera de las gradaciones del crepúsculo, y la ciudad, debajo, adquiere una insistente concreción, una mayor nitidez de calles, tejados y rotulación. Nos giramos los dos para mirarla. Y los dos pensamos lo mismo.
«Está ahí fuera».
El sigiloso tráfico en damero, los tranvías morosos, los peatones que parecen quietos.
«Es uno de ellos».
Me despierto de noche y veo en el techo el parpadeo azul, rojo y amarillo de los carteles luminosos de la orilla del lago. Las luces del dinero.
Sentado, con la espalda contra el cabecero, miro dormir a Angela, con su cuerpo encogido e inmóvil como el de un niño. No había estado con ninguna mujer desde la muerte de Tamara. Qué raro —lo que más, tal vez, de un día lleno de revelaciones raras— que el pelo que aparto de la cara que duerme sea el de Angela…
La miro un rato. No como de noche contemplan los enamorados a su amada. Miro su forma como una no presencia, un testimonio del submundo. Un fantasma.
Un fantasma, eso sí, que tiene que ir al baño. Aparto la sábana de mis piernas y me deslizo hacia el pie de la cama. Los pies descalzos de Angela cuelgan por el borde. Blancos, con venas azules.
A punto de levantarme del colchón, me fijo en un detalle de los pies. Faltan tres dedos. El pequeño y los dos de al lado, simple vacío cicatrizado, una redondez innatural del pie que transmite un escalofrío de repulsa hacia el punto de contacto entre los dedos de mis pies y el suelo.
Aunque Angela cambie tanto de nombre, los dedos ausentes de sus pies la atan a una identidad inequívoca. La niña de su relato. La que perdió los mismos dedos por congelación al pasar una noche en el establo, la noche en que desapareció su padrastro en el bosque.
Aquella niña, la del secreto inconfesable.
Esta niña, dormida a mi lado.