Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 25 de 36

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Plagio mortal

Capítulo 24

 

Salgo temprano para acudir a mi cita con Ivan, pero acabo llegando tarde por el sol, que a las nueve ya está alto y despiadado. Tengo que pararme dos veces y sentarme a la sombra para controlar el mareo que comporta caminar a la fuerza por un aire no apto para ello, ni para nada, la verdad sea dicha, como no sea para practicarles la eutanasia a los viejos y fomentar la venta de inhaladores de asma para niños. Cuando arrastro los pies frente a la vieja fachada del Royal Ontario Museum, ya no me importa mucho que Ivan me espere o no bajo tierra. Lo que necesito es apartarme del sol y esperar a que llegue octubre.

Abajo, por desgracia, no se está mucho mejor. Al final de la escalera, el aire casi es igual de caliente y se oyen retumbar y rechinar los trenes. En el fondo, ¿qué hago aquí? ¿Por qué quiero saber qué entiende Ivan por «encuentro»? Lo más inteligente sería dar plantón. No sólo a Ivan, sino a todos. Que desentrañe otro el misterio del Hombre del Saco y reciba la misma recompensa que Carol Ulrich, Petra y los demás.

Sin embargo, no hago lo más inteligente. Descubro la razón precisamente aquí, en la escalera mecánica: quiero acabar bien el día. Escritor deshonrado, crítico puesto de patitas en la calle, amante rechazado… Todo eso, sí, pero es posible que aún haya una oportunidad de perdón, una absolución completa que me haga volver de observar el mundo a estar propiamente en él. Así de hondo han arraigado en mí las falsas esperanzas de la ficción.

Justo después, me fijo en alguien que se cruza conmigo en la escalera de subida.

Con las dos manos en las cintas de goma y la cara tapada por la capucha del chándal. Si se irguiera, sería alto, pero no va erguido.

Pasa de largo, deslizándose. Sigo bajando.

Lo que me llama la atención no es su aspecto, sino el olor que impregna el aire a su paso. Una breve ráfaga de humus. Lo primero que recibes en la cara al abrir una nevera desenchufada.

Ya he estado lo bastante cerca de esa piel como para que no sea la primera vez que percibo su olor. También he intentado describirlo.

«Humo de leña, sudor y carne hervida».

William.

Cuando me giro, ya está a punto de desaparecer al final de la escalera mecánica. La puerta de la calle se abre chirriando y hace el vacío al cerrarse.

Me lanzo a una carrera perdida de antemano contra los escalones que bajan —dos de subida por cada uno de bajada—. Me rindo a medio camino, cuando aparece una madre con su cochecito en lo más alto y me mira con dureza. «Otro loco —dice su cara de votante de los verdes—. ¿Cuándo limpiarán de una vez esta ciudad?».

Sólo al llegar a la taquilla y esperar el cambio reparo en la primera señal de que abajo puede estar pasando algo peor que una aparición de William. Un eco de exclamaciones incoherentes —«¡No lo toque! ¡Que venga alguien!»— llegadas del andén, al pie de la escalera. Gritos histéricos de niños. Un alarido de mujer.

Cruzo la barrera justo cuando la taquillera coge el teléfono y me hace señas de que no me vaya. Yo le ignoro. Al caminar de espaldas, veo que a la mujer del cochecito le están diciendo que no puede pasar. Exige saber por qué, y la taquillera se lo dice. Sea lo que sea, le hace dar media vuelta y marcar un taconeo angustiado en el suelo de mármol.

Al bajar al andén, las voces de antes aumentan de volumen. A los lamentos infantiles se han sumado más gritos adultos. También se oyen órdenes oficiales —«¡Hacia atrás! ¡Pónganse en fila!»—, junto con los «diosmíos» de pánico de varias madres que llevaban a sus hijos a ver el museo. (A juzgar por el ruido, muchas aún están bajando del tren). Resoplar y gruñir de pasajeros intentando acomodarse en un espacio cada vez más reducido. Ganado humano.

Llego al andén y me uno a ellos, el único que baja mientras todo el mundo se dirige atropelladamente hacia las salidas.

Entonces veo por qué.

El tren que iba hacia el sur ha frenado con sólo dos tercios dentro de la estación. Puertas abiertas y vacío absoluto en los vagones. Varios hombres con chalecos naranjas fluorescentes se abren paso entre la multitud para abrir la puerta de la cabina de control delantera. Poco después sale el conductor con las manos temblando a ambos lados de la cara y sin que salga ni un sonido de sus labios temblorosos.

Un accidente. Ahora mismo. El hecho de que algunos niños se suelten de sus madres y se asomen al borde del andén deja muy claro de qué tipo. Un suicida. No es en lo único que acierto antes de empujar a los demás para echar un vistazo. Ya sé quién ha saltado.

Una de las formas más habituales de reflexionar sobre nuestra experiencia individual es calcular cuántas veces hemos visto o hecho algo: con cuántas personas nos hemos acostado, cuántos países hemos visitado, cuántas enfermedades hemos contraído y superado… Y los muertos. ¿A cuántos has visto, sin contar en ataúdes y en las noticias de la tele? Hasta hoy, mi recuento era infantilmente bajo: sólo dos. Tamara, por supuesto. Y mi abuela, a la que encontré en el suelo de la cocina de su residencia mirándome con la misma expresión irritada que cuando estaba viva.

Pues ya lo he compensado. Miro por el borde del andén, y ya está: ya me he puesto a la altura en temas mortuorios.

Lo inolvidable de ver el cadáver de Ivan en las vías no es que se trate de una persona conocida, ni que aún haya partes de su cuerpo esparcidas por el morro del tren; tampoco que a pesar de su estado general le haya quedado la cara sorprendentemente intacta, sino que aún no esté muerto. Se le entreabre y entrecierra la mandíbula.

Está diciendo algo que entiendo. No porque le oiga. Lo sé porque sabe que soy yo quien le mira desde arriba. Y su boca atragantada quiere hacerme saber que le han empujado.

Ya ha dejado de moverse cuando un policía me aparta del borde del andén. Al principio creo que me están deteniendo. Oigo una conversación mental tan clara que espero que empiece con las primeras palabras del policía:

—¿Le conoce?

—Sí.

—¿Qué relación tiene con él?

—Los dos queríamos ser escritores. Y a los dos nos perseguían.

—¿Que los perseguían? ¡Eh, Steve, ven un momento! ¿Quién los perseguía?

—La verdad es que tiene varios nombres. Mi favorito es el hombre malísimo que hace cosas malísimas.

Sin embargo, el policía sólo dice «apártese, por favor». Obedezco. Corro discretamente hacia la escalera.

En el momento de sumarme a los otros pasajeros que suben, los únicos que bajan son más policías y un par de sanitarios, cuya conversación relajada da a entender que ya han dicho que no hay nada que hacer.

En los torniquetes de salida, dos detectives de paisano preguntan si alguien ha visto algo, y de entre la gente, muy afectada, se paran dos o tres a declarar. Yo sigo caminando. Ultima escalera antes de la calle, donde casi se agradece el calor abrasador, un malestar que me despierta.

Corto por la zona universitaria, a la sombra de los árboles de Philosopher’s Walk. Me niego conscientemente a pensar en nada que no sea volver a casa. Pero, antes de llegar, requerirá de todas mis fuerzas el mero hecho de no parar.

 

Y no paro: del bourbon al vodka con tónica, y luego al vino tinto pensado para despertar el hambre de la cena, pero que al final resulta ser la propia cena. Toda una tarde zapeando y bebiendo sin parar, que no logra mantener del todo a raya las instantáneas de los últimos segundos de Ivan.

Por mucho que me empeñe, hay algunas repercusiones descarnadas de los horrores de este día que abren un boquete en la barrera: si a Ivan le han empujado, y si era William quien se ha cruzado conmigo en las escaleras mecánicas del metro, ¿quién puede haberle empujado, sino él? Y aunque me equivocase, y lo de Ivan haya sido un salto, la aparición simultánea de William parece demasiada casualidad. Claro que también estaba yo… ¿Será que Ivan quedó con William a la misma hora y en el mismo sitio que conmigo? Puede ser, aunque lo más probable sigue siendo que a Ivan le haya seguido hasta la parada del museo la misma persona de la que quería hablarme, pero que mi retraso haya permitido que su perseguidor llegase antes. Si era el Hombre del Saco, probablemente me haya reconocido en la escalera mecánica; es decir, que ya sabe que me estoy acercando. A su identidad.

Pero cuando la tarde se pone fea de verdad es cuando me embarco en una degustación de los whiskys de malta reservados para las ocasiones especiales. Bien que hoy ha sido un día especial, ¿no? Ver el cuerpo de Ivan en las vías cada vez que cierro los ojos y que parpadeo. Imaginarme cómo será el día en que me toque a mí.

Lo que necesito es compañía. Lo cual desemboca en mi segundo desacierto: llamar a Angela. Como salta el contestador, llamo otra vez. Un par de horas con las botellas de whisky escocés de nombre impronunciable sobre el escritorio, mientras mi mano libre pulsa la tecla de rellamada y, cada vez que no se pone Angela, vuelvo a pedir disculpas por lo que pueda haber hecho y por quien soy.

Después de que empiece a tamborilear la lluvia en la ventana del sótano, decido acercarme a su casa. Front Street, más allá del centro de convenciones, en cuya acera se ha formado una hilera sinuosa de varios centenares de chavales dispuestos a pasar la noche a la intemperie para ser los primeros en el casting matinal de Canadian MegaStar! La lluvia los ha dejado temblorosos y pelados como cachorros de chihuahua. Al pasar, los animo a gritos —«¡Volved a casa! ¡Dejad toda esperanza los que entráis!»—, y ellos contestan con gemidos, como soldados heridos, víctimas abandonadas en el campo de batalla de la fama.

Pasada Union Station, me protejo de la lluvia metiéndome en el túnel que cruza las vías por debajo, pero, al salir al otro lado, el chaparrón se ha convertido en algo más intenso, como si hubieran inclinado el lago Ontario por la otra punta y se estuviera derramando sobre la ciudad. Sigo caminando, aunque no vea nada, sin saber si voy por la acera o por el medio de la calle. Lo único que sé es que, cuando amaina lo suficiente como para abrir los ojos, lo primero que veo ante mí es la sombra del paso elevado de la Gardiner Expressway; y debajo, la silueta de un hombre resguardado de la lluvia. Un hombre que me mira fijamente.

Al principio, cuando corro hacia él, no se mueve. Se limita a verme venir, como si tuviera curiosidad por conocer mis intenciones. A menos que quiera que me acerque… Su postura tiene algo —hombros caídos, brazos cruzados— que no me había llamado la atención en sus apariciones anteriores. Su presencia, que hasta ahora sólo transmitía una negra amenaza, se ha suavizado.

Justo cuando estoy lo bastante cerca como para poder gritarle algo, él echa a correr en dirección al lago, al sur; zancadas más largas y seguras que las mías, pero con una fatiga, una falta de vigor que le mantienen a la vista.

—¡Has sido tú!

Soy yo. Gritando. Un borracho loco entre los borrachos locos que viven debajo de la carretera y que me ven pasar.

—¡Has sido tú!

La silueta corre más despacio. Movimiento de brazos, tal vez para girarse y atacar, o para hablar conmigo; pero al final no se decide. Vuelve a alejarse más deprisa, estampando sus botas en el suelo mojado a un ritmo que ni en sueños podría seguir yo.

Al pararme y expectorar sobre mis zapatos la prueba de una vida sedentaria, le veo doblar la esquina de una torre de pisos, enfrente del puerto. O ponerse detrás de una fila de coches en el aparcamiento de delante. O lanzarse al oleaje.

En todo caso, ahora estoy solo. Con la lluvia.

 

Cuando consigo respirar y erguirme al mismo tiempo, sigo hasta el bloque de Angela, que está a pocas manzanas. Mantengo pulsado el número de su apartamento hasta que sale el portero y me dice que me vaya. En vista de que me niego, hace una maniobra de gorila avezado. La clásica, por mi experiencia: coge la parte trasera de mi camisa con una mano, mi cinturón con la otra y, después de abrir la puerta con el pie, me tira al césped (cuidadísimo), como una bolsa de basura demasiado llena.

Todavía llueve. Lo veo porque, al mirar si tengo el labio partido, el agua me limpia la sangre de las manos.

Por esta noche se acabó actuar. Ahora es momento de pensar, de establecer el sentido subyacente a las cosas.

Lo malo es que, por segunda vez en lo que va de día, parece que se me escapan las repercusiones de lo que he presenciado, y voy hasta mi casa desgranando posibilidades en voz alta. Hasta con la primera pregunta tengo problemas: ¿el que se ha escapado de mí era William? ¿Le he atribuido el olor del hombre de la escalera mecánica del metro y la postura de la silueta de debajo de la carretera porque me acordaba de ambas cosas, o porque siempre he creído que era William y por eso le veo en cualquier presencia?

Después de eso, otra reflexión que todavía da más vértigo: si es William a quien he visto esta noche, ¿era la misma persona que estaba en la ventana de mi sala de estar, el asesino de escritores desconocidos y el fantasma malo del diario de Angela? Tal vez cada uno de esos crímenes esté vinculado a un monstruo diferente. Tal vez el Hombre del Saco sólo sea uno de los nombres compartidos por todos los agentes de lo sobrenatural: el Hombre del Saco, el coco, el súcubo, el demonio.

Intento limitar mis pensamientos a cosas sabidas, pero ¿qué se sabe? Ivan está muerto. Petra, desaparecida. Conrad White —y Evelyn, si hay que dar crédito a Angela—, también muerto.

Y lo que nos une es el círculo. O algo más fundamental: un terreno común que incluso aquí, en una ciudad con varios millones de habitantes, se limita a unas pocas personas, los últimos creyentes en los cuentos infantiles. Los que no sólo han visto al Hombre del Saco al borde de sus vidas, sino que le han invitado a entrar.

 

La mañana resulta tan pésima como era de prever. Las complicaciones no se limitan a una resaca lo bastante profunda como para reunir ocho de los nueve síntomas básicos del shock tóxico, ni a una visita a urgencias a media tarde para que un residente me machaque el labio —«¡Huy, perdone!»— y me lo acabe cosiendo, sino que se les suma la omnipresente sensación de que si lo sucedido hasta ahora era preocupante, todo lo que pase a partir de este momento demostrará que la preocupación estaba más que justificada. Puede que esté paranoico, pero nadie ha dicho que los paranoicos no puedan acertar de vez en cuando.

Al volver del hospital, paso otra vez por el bloque de Angela. Sigue sin contestar. De repente se me ocurre algo. Quien vi anoche, fuera William u otra persona, también venía de verla a ella.

La llamo al trabajo. La recepcionista me informa de que lleva toda la semana sin aparecer. Len no se pone al teléfono. Son todas las pistas que tengo, más la fe en que a estas alturas, si Angela pudiera, habría venido a verme a mí, aunque sólo fuera para decirme que no la siguiera molestando con mis mensajes de cenizo.

Se ha escondido. Ahora mismo está con él. Se ha muerto.

Al margen de cuál sea la verdad, la cuestión es que tendré que buscarla yo solo.

 

Por la tarde cojo el coche y salgo de la ciudad, mirando por el retrovisor por si me siguen; claro que si vas hacia el oeste por la Queen Elizabeth Way, en una carrera suicida en la que cada coche pugna en vano por adelantarse un par de centímetros, lo imposible es que no te sigan… Aun así, tengo la impresión de que hay un coche que se me pega más que los demás. Un Lincoln Continental negro que no me deja alejarme cuando se abre un hueco en el carril lento. Aunque, en el fondo, lo único que demuestra es que tiene tantas ganas de avanzar como yo. En cuanto al hecho de que la luz oblicua del crepúsculo me impida ver la cara del conductor, podría decirse lo mismo de casi todos los coches que compiten conmigo por detrás.

Sin embargo, tres cuartos de hora después, a punto de llegar a la primera salida de St. Catharines, el Continental aún no ha desaparecido. Espero hasta el último momento para coger la vía de servicio. Al principio parece que el sedán negro intenta seguirme metiéndose en el carril central, pero en la curva que dibuja la salida al confluir con las calles residenciales de la localidad veo que el Continental ya se pierde por la carretera. Si me seguían, lo máximo que sabrá el conductor es dónde he salido, pero no adónde voy.

Y voy a ver a Sam.

Tiene buen aspecto. Moreno, con arañazos en las rodillas de jugar. No sé cómo, pero en una semana se ha hecho un año mayor.

—¿Volvemos juntos? —pregunta cuando nos quedamos solos en la sala de estar, con una peli de Disney puesta en pausa en la pantalla gigante.

—No, lo siento.

—Entonces ¿cuándo?

—Otra semana. O dos.

—¿Una semana?

—Creía que te divertías.

—Sí, está bien, pero es que… te echo de menos.

—Te apuesto lo que quieras a que no tanto como yo a ti.

—Entonces, ¿por qué no puedo ir a casa?

—Porque primero tengo que resolver algo. Y quiero que estés a salvo.

—¿Tú estás a salvo?

—Tienes que fiarte de mí. ¿Podrás, sólo este tiempo?

Sam asiente. No hay más que mirarle: se fía, sí. No debería sorprenderme (soy su padre), pero me sorprende el peso de su confianza. Cuando alguien te la entrega de este modo, es un regalo; un regalo que pueden quitarte cuando sea, sin dificultad. Es lo que leo con la misma claridad que las pecas de los mofletes de mi hijo, que son como manchas de plátano: una vez perdido, no puedes recuperarlo. Quizá pienses que sí, pero no.

Más tarde, al acostar a Sam, le pregunto si quiere que le lea algo de los libros que se trajo, y responde que no con la cabeza.

—¿Te apetece que te traiga algo nuevo? Si quieres, la próxima vez nos vamos a la librería y tiramos la casa por la ventana.

—No.

—¿Qué pasa? ¿Ya eres demasiado mayor para que te lean?

—Es que ya no leo libros.

Hay mil cosas que podría decir un hijo más dolorosas para un padre, pero sus palabras, pronunciadas en la oscuridad de un cuarto de invitados con olor a otros niños, han sido serias, casi crueles.

—Y eso ¿por qué?

—No me gustan.

—¿No te gustan las historias?

—Son por lo que me has dejado aquí, ¿verdad?

Lo niego. Le digo que la ficción puede informar, influir e incitar, pero no perjudicar a nadie. Sin embargo, al darle el beso de buenas noches y dejar la puerta abierta, ambos sabemos que tiene razón. Lo que ha nublado nuestras vidas es la irrealidad salida de la página. Y mientras no se la obligue a regresar al sitio que le corresponde, Sam deberá quedarse aquí, despierto en la penumbra de la lámpara de noche, preparándose para que no entren en su noche otros sueños que el de que su padre vuelve para llevárselo a casa.

 

Vuelvo a Toronto de noche. Aquí, donde la carretera bordea el lago por el sur, los huecos entre viejos moteles y huertos vallados permiten entrever el skyline de la ciudad al otro lado del agua. Antes me parecía glamuroso, sexualmente incitante en la fusión de las columnas luminosas. Lo que me gustaba era la insinuación de posibilidades, de peligro; estaba orgulloso de tener alguna relación con aquello, aunque sólo fuera por proximidad.

Esta noche, la visión de las torres lejanas tiene otro efecto. Son un ejército extraterrestre, animales saliendo de un mar oscuro y reflejando la luz de la luna. Sólo el deseo alimenta sus luces. No correspondido, insaciable. Un ansia terrible que se alimenta de todo lo dispuesto a someterse a su posesión.

Cruzo los pueblos vinícolas, las pequeñas ciudades dormitorio y el continuo de urbanizaciones de la orilla norte, hasta desembocar finalmente en la luz. El último encuadre de la ciudad antes de que te consuma en su seno. En otros tiempos lo encontraba bonito; le veía la bella promesa del éxito. Y aún lo pienso. Sólo que ahora sé que toda promesa también puede ser una mentira, en función de cómo sea cumplida.