Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 1 de 36

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Plagio mortal

Septiembre de 2001. Día del Trabajo

Andrew Pyper

Plagio mortal

ePub r1.0

Karras 12.03.2018

Título original: The Killing Circle

Andrew Pyper, 2008

Traducción: Jofre Homedes Beutnagel

Editor digital: Karras

ePub base r1.2

Para Heidi

Septiembre de 2001

Día del Trabajo

 

Yo no sabía que mi hijo supiera orientarse por las estrellas.

Corona Austrina. Lyra. Delphinus.

Sam deja marcas con la nariz en la ventanilla del acompañante, mientras salimos de la ciudad por carretera; recita las constelaciones y, a cada giro, susurra «sur», «este», «norte»…

—¿Dónde lo has aprendido?

Me mira como hace un par de noches, cuando entré en su cuarto y me lo encontré con el tirachinas en la mano disparando un pelotón de marines de plástico al tejado del vecino. «Soy terrorista», respondió a la pregunta de si se podía saber qué estaba haciendo.

—¿Aprendido el qué?

—Las estrellas.

—En libros.

—¿Qué libros?

—Libros.

Con Sam ya sé que no podré llegar más lejos. Es porque los dos somos lectores. No necesariamente por pasión, sino por forma de ser. Observadores. Críticos. Intérpretes. Lectores de libros (el último, en mi caso, lo más nuevo y rabioso de Philip Roth, y en el suyo, Robinson Crusoe, contado en píldoras al irse a la cama), pero también de tebeos, folletos turísticos, grafitis de lavabo, manuales de instrucciones y recetas de cajas de cereales. No importa el material. Leer es nuestro modo de traducir el mundo a un idioma que podamos entender, al menos parcialmente.

—Norte —dice Sam, pegando otra vez la nariz al cristal.

Miramos el rectángulo de oscuridad del final de la subida. Un monolito cuadrado que sobresale de un campo de maíz de Ontario, como el último vestigio de una antigua muralla.

—Au-to-ci-ne Mus-tang. Fi-nal de tem-po-ra-da. Dí-a del Tra-ba-jo a-bier-to to-da la no-che —lee Sam al pasar junto al letrero.

Se inclina para examinar el fluorescente en forma de vaquero que doma un potro salvaje: el reclamo del Mustang, que nos orienta de noche por la carretera.

—Yo ya había estado aquí —dice.

—¿Te acuerdas?

—Del letrero. Del hombre del caballo.

—Entonces eras muy pequeño.

—¿Ahora qué soy?

—¿Ahora? Un joven que lee libros y mira las estrellas.

—No —dice él con una mueca—. Tengo ocho años. Sólo me acuerdo de cosas.

Hemos venido, viudo e hijo, a ver la última sesión de la temporada en uno de los últimos autocines del país. Más último, imposible.

Tamara (la madre de Sam, mi mujer) murió a los ocho meses de dar a luz. Desde entonces ir al cine me ha resultado útil como padre. A Sam y a mí, la oscuridad de un cine (o la de un campo de maíz, en este caso) nos da intimidad sin necesidad de hablar. Tiene algo como muy masculino, esta proximidad entre padre e hijo que hacen sentir los pasatiempos pasivos y más bien silenciosos como pescar o ver partidos de béisbol.

El de la taquilla se sorprende un poco al ver a Sam a mi lado. La película estrella del programa —un siniestro thriller de Hollywood que está apurando la recaudación de verano— tiene la calificación de «para mayores de dieciocho años». Le entrego un billete que da para dos entradas de adulto, y más. Él nos guiña el ojo y nos hace pasar, pero no me devuelve el cambio.

Nos lo encontramos todo lleno. El mejor puesto libre está en un lateral, delante del bar. Sam quería llegar hasta el fondo, pero yo sé que es a donde van los chicos de instituto: porros y whisky comprado sin permiso, y adolescentes de ambos sexos, con todo lo que comporta. Lo que me hace quedarme con el resto de la gente respetable no es pensar en la educación de Sam, sino la envidia nostálgica que sentiría tan cerca de esos delitos.

—¡Ya empieza! —anuncia él cuando se apagan los focos.

No me queda más remedio que guiarme por la luz de los anuncios al sacar del maletero las sillas y el saco de dormir, que huele a naftalina. Me deslizo junto al coche, mirando la pantalla. Para mí es lo mejor de ir al autocine: el viejo anuncio de comida rápida. Un perrito caliente que baila, un batido pícaro y un coro de patatas fritas. No sé por qué, pero el aro de cebolla que hace claqué siempre me da una pena horrible.

Despliego la silla de Sam, y luego la mía. Nos acurrucamos debajo del saco de dormir.

—¡Dis-fru-ten de la pe-lí-cu-la! —dice Sam, leyendo la pantalla.

Las hileras de coches aparcados esperan a que el cielo pase de morado a negro. Un bocinazo aislado a nuestra derecha, un monovolumen que se balancea por las cabriolas de unos alevines con subidón de azúcar, despierta risitas en los otros coches, pero se masca cierto nerviosismo: risas forzadas, en reacción a un sonido de alarma. Intento reírme yo también para borrar la impresión. Una risa de padre. Después, al respirar, reconozco la eterna mezcla de olor a tubo de escape, palomitas y hamburguesa quemada. Y algo más. Algo parecido al miedo. Vago como el perfume que deja el huésped anterior en la almohada de un motel.

Empieza la película. Primera escena de terror: una sombra que persigue de noche a su presa por un campo. Ráfagas de movimiento desesperado, brazos y botas que se agitan, llaves que chocan contra un cinturón. Montaje paralelo de las firmes zancadas del asesino y el pánico del otro personaje, que corre, se cae y se arrastra por el suelo lloriqueando. Un breve plano de manos, con algún tipo de líquido, que podría ser gasolina, tierra mojada o sangre. Un primer plano de un grito.

No sabemos quién es la otra persona, la indudable víctima, pero reconocemos el contexto de esfuerzo inútil. Es el sueño que hemos tenido todos en algún momento, cuando nos fallan las piernas y nos engulle el suelo, reblandecido en un jarabe negro. Y detrás está la muerte; sin cara, cierta, sin ningún impedimento.

Estamos tan cerca de la pantalla que tengo que girar todo el cuerpo para ver algo más. Un público de ojos. Me observan a través de parabrisas sucios de bichos muertos.

Me yergo y echo la cabeza hacia atrás. La bóveda nocturna, otoñal, interminable y fría, me deja respirar. Sólo un momento. Luego se apiñan hasta las estrellas.

—¿Papá?

Sam se ha girado al ver que no paro de moverme. Hago el esfuerzo de mirar a los actores de la pantalla. Enormes, ineludibles. Lo que dicen llega de todas partes, como si estuviera pronunciado en mi interior. En poco tiempo, la película deja de ser un sueño cualquiera y se convierte en algo que he soñado mil veces.

Me levanto de la silla sin darme cuenta. Se me cae el saco de dormir de las rodillas.

Sam me mira. Con media cara a oscuras, veo el parecido con su madre. Es lo que le da su dulzura, su abierta vulnerabilidad. Verla a ella en sus facciones me produce la extraña sensación de echar de menos a alguien que todavía está conmigo.

—¿Te apetece algo? —pregunto—. ¿Unas bolitas de patata?

Sam dice que sí con la cabeza. Le tiendo la mano, y él la coge.

Vamos hacia la fuente de la luz del proyector. Lo único que permite ver algo es el chorro azul y el naranja entrevisto de cerillas que encienden cigarrillos en asientos traseros; también el tenue resplandor de la media luna. Todos los altavoces colgados en las ventanillas escupen el mismo diálogo.

—Es él.

—¿De qué hablas?

—Lo que hay debajo de tu cama. Los ojos que te miran de noche en el armario. La oscuridad. Lo que más miedo te da…

Alguien abre la puerta del bar, y en nuestros pies se agita un cono de luz. Sam corre para mantenerse dentro de él, jugando a que si pisa la gravilla oscura antes de entrar en el bar, será absorbido por otra dimensión.

En realidad, ya lo hemos sido. El bar del Mustang no es de la generación de Sam ni de la mía, sino de cuando se iba con corbata a comprar hamburguesas de queso, que a saber cuándo fue. Basta con fijarse en los carteles de las paredes: familias sonrientes de los años sesenta bajando de sus Fords con alerones para comprarles chucherías a unos hijos, adorablemente famélicos, con cara de Beaver Cleaver. Casi se te quitan las ganas de comer.

Aunque no del todo.

Es más, necesitamos una bandeja en la que amontonar cajas de bolitas de patata, perritos calientes envueltos en papel de aluminio, unos aros de cebolla tan grasientos que el papel de debajo se transparenta y un refresco gigante con dos pajitas.

Pero antes de irnos tenemos que pagar. La cajera habla sola.

—No me lo creo —dice boquiabierta—. ¡No me lo creo! —De repente me fijo en que le sale un cable de la oreja y en que tiene una especie de micrófono debajo del mentón—. ¿En serio?

—Te espero en nuestro sitio —dice Sam cogiendo un perrito caliente de la bandeja.

—Vale, pero cuidado con los coches.

—Papá, que están aparcados.

Se va corriendo por la puerta con una sonrisa compasiva.

Fuera, después de pagar, la brusca oscuridad me deja ciego. Se me cae de la bandeja una bolita de patata. La aplasto con el zapato. ¿Dónde narices estoy aparcado? Me lo dice la película. El ángulo desde donde la estaba viendo. Un poco más adelante, en el lateral.

Ahí está. Mi vetusto Toyota. Debería ir pensando en jubilarlo, pero todavía no puedo. Es por el pintalabios y el perfilador que dejó Tamara en la guantera. Cada vez que la abro para coger los papeles del coche, se me caen en la mano, y ella está conmigo. Sentada en el asiento del acompañante, bajando el espejo para darse los últimos retoques. Siempre que llegábamos a algún sitio, se giraba para preguntarme: «¿Estoy bien?». Y yo nunca mentía al decirle que sí.

Camino sin quitarle el ojo de encima a la silueta del Toyota, justo al lado de la camioneta de los críos. Ya no hacen ruido. El suspense de la película los tiene absortos.

—¿Por qué lo hace? ¿Por qué no nos mató cuando podía?

Se me cae la bandeja de las manos.

No es por la película. Es por lo que hay delante de mi coche.

Nuestras dos sillas plegables. Y el saco de dormir.

Pero el saco está tirado en el suelo. Y no hay nadie en las dos sillas.

Dos de los críos de la camioneta se ríen de mí, señalando el perrito caliente desenfundado por el suelo y los vasitos de papel con el suplemento de kétchup chorreando por mis pantalones. Los miro. Ven algo en mi cara que les hace cerrar la puerta corredera.

Me aparto del Toyota y arrastro los pies por los pasillos que forman los coches. Miradas lentas y pausadas hacia todas partes. Al asomarme a los vehículos, me encuentro con cientos de vidas norteamericanas entregadas a sus pasatiempos: chavales fumando porros, adultos poniéndose las botas, parejas debajo de mantas en la parte trasera de las furgonetas…

Pero no a Sam.

Se me ocurre por primera vez la idea de llamar a la policía, pero se queda en eso, en una idea. No hará ni tres minutos que Sam se ha ido. Tiene que estar por aquí. Lo que podría pasar no está pasando. Es imposible. Imposible.

—¡Sam!

El nombre de mi hijo llega a mis oídos con la voz de otro. Un tercero alarmado.

—¡Sam!

Empiezo a correr. Al principio, con todas mis fuerzas. Luego, al darme cuenta de que a este ritmo no llegaré ni al final de un pasillo, me lo tomo con más calma. Un cuarentón al trote entre los coches aparcados, fisgoneándolo todo en medio de la película. Es de esas cosas que llaman la atención. Un adolescente silba a mi paso desde el descapotable de su papá. Las chicas que se apretujan con él en el asiento delantero me saludan irónicamente con la mano. Yo les devuelvo maquinalmente el gesto.

Cuando acabo mi zigzag por todos los pasillos, empiezo a recorrer el perímetro del autocine, escrutando la oscuridad de los campos. Cada hilera de maíz es una oportunidad más de ver a Sam jugando al escondite, esperándome. La imagen deseada se me graba tanto que llego a verle un par de veces. Pero, al pararme y volver a mirar, ya no está.

Llego al final del autocine, donde es más tenue la luz de la pantalla y un resplandor abisal lo baña todo. Las hileras de maíz parecen más anchas y oscuras. La única interrupción del horizonte es el tejado de una granja, lejos. No hay luz en las ventanas. Parpadeo para enfocar la imagen, pero mi vista está borrosa por las lágrimas que no me he dado cuenta de que empezaba a derramar.

—Creía que eras un fantasma.

—Sí que lo era, pero los fantasmas no pueden hacer nada. Es mucho mejor ser el monstruo. De esos que no esperas que sean monstruos hasta que ya es demasiado tarde.

Me inclino con las manos en las rodillas intentando recuperar la respiración. Una pausa que abre la puerta al pánico. A imaginar horrores. Con quién está. Qué van a hacer. Qué hacen. Que nunca volverá.

—He visto a alguien. Mirando por la ventana.

—¿Has visto quién era?

—Un hombre. Una sombra.

Ya estoy corriendo otra vez hacia el bar cuando lo veo.

Alguien que desaparece entre el maíz. Tanto o más alto que yo. Visto y no visto.

Intento contar las hileras entre donde estaba yo antes y donde se ha metido la figura en el campo. ¿Siete? ¿Ocho? No más de diez. Al llegar a la novena, giro y entro.

Las hojas fibrosas me abofetean la cara. Los tallos se parten al abrirme paso con las manos. Desde fuera, las filas parecían más anchas, pero ahora que estoy dentro no hay espacio para que se mueva un hombre de mi tamaño sin enredarse, tropezar y hacerse cortes. Más que correr, es como ser tragado y estrujado por una garganta.

¿Cómo puede ir más deprisa que yo la persona que he visto? Al pensarlo, me paro, me echo al suelo y miro entre los tallos. Hasta aquí abajo sólo llega una luz gris, como espolvoreada del cielo. De bruces, con la boca abierta, es como si la luz de la luna hubiera adquirido sabor. Una rasposidad mineral de virutas de acero.

Obligo a mi cuerpo a no moverse.

Se me ocurre la posibilidad de haber enloquecido entre mi separación de Sam y este momento. Demencia súbita. Así se explicaría que corra de noche por un campo de maíz. Persiguiendo a alguien que probablemente ni siquiera exista.

Y de repente, ahí está.

Un par de botas corriendo hacia el final del campo. A treinta metros de mí, algunas hileras a la izquierda.

Me levanto. Gimiendo por la rigidez de las rodillas, y con pinchazos en los músculos de las caderas. Me impulso hacia delante con las manos. Arrancando y tirando mazorcas, que caen a mis espaldas como pasos.

Cada pocas zancadas veo la granja a lo lejos, y acorto hacia un lado para no desenfilarla. Como si supiera que es a donde va la otra persona. Como si tuviera yo algún plan.

Vuelvo a levantar la cabeza buscando el tejado a dos aguas, pero a quien veo es a él. Metiéndose deprisa por el hueco, de derecha a izquierda. Un movimiento vislumbrado entre sedosas puntas de mazorca. Más oscuro que la noche tensada al máximo sobre el maíz.

Sigo corriendo y, al parpadear, vuelvo a entreverlo al fondo de una hilera. Pero ¿qué era? Nada que lo identificase como hombre o mujer, ninguna ropa especial, ni sombrero, ni pelo visible. Ni cara. Un espantapájaros abandonando su puesto.

Ahora, al gritar, no me dirijo a Sam, sino a lo que está conmigo por el campo.

—¡Devuélvemelo! ¡Devuélvemelo!

No es una amenaza. No es un presagio de venganza. Son poco más que jadeos de padre sin aliento que forman palabras.

Bruscamente, salgo al patio de la granja. Hierba muy crecida alrededor de un columpio oxidado. Pintura descascarillada en los postigos. Ventanas con los cristales rotos.

Doy la vuelta a la casa. No hay coches aparcados. Ninguna señal de que haya pasado alguien desde la mala noticia que hizo irse a los últimos ocupantes.

Me paro un segundo pensando qué hacer. Es cuando me fallan las piernas. Me caigo de rodillas, como en un ansia de rezar repentina. Escucho, por si oigo alejarse pasos sobre el martilleo de mi corazón. Aquí ni siquiera se oyen las voces de la película. El único ruido es el zumbido eléctrico de los grillos.

Y la única imagen, la pantalla del Mustang. Al otro lado de un mar de maíz, pero visible y nítida. Un mudo relato de terror mucho más fluido y creíble que el mío.

Se me ocurre al mirarla. Una verdad que no podría demostrarle a nadie, pero no por ello menos verdadera.

Ya sé quién ha sido. Quién se ha llevado a mi hijo. Sé su nombre.

Me arrodillo entre las hierbas altas de la granja abandonada mirándole la cara. Más de diez metros de alto, dominando los campos, moviendo los labios en silencio, hablando directamente con la noche, como un dios. Una ampliación monstruosa hecha de luz sobre una pantalla blanca.

El papel que todos los actores dicen que es mejor interpretar. El de malo.