Plagio mortal
Capítulo 22
Podrá ser difícil de creer, de aceptar que pueda hacerlo una persona en una situación real —en contraposición a lo que por desgracia no soy: un personaje de un relato—, pero la razón de que, tras ver el pie amputado de Angela, no le pregunte si es la versión adulta de la niña del diario de los horrores es que no quiero que me tome por un lector tan poco sofisticado. Dar por supuesto que la falta de los dedos demuestra que lo que le pasaba a la niña del Hombre del Saco era autobiografía, no ficción — una ficción que, como todas, se elabora necesariamente cosiendo experiencias vividas e inventadas—, me delataría como uno de esos pobres desgraciados que babean en la sección de crónicas de sucesos, un paleto que se lo toma todo al pie de la letra y les exige a sus libros de bolsillo y sus pelis de palomitas la promesa de «¡Basado en hechos reales!».
¿Y por qué me importa que pueda tener esa impresión? Para empezar, por orgullo. Como escritor, seré un falsario, pero sigo siendo un «buen lector». Sigo en la lista de especies en peligro de extinción de los que saben que es una chafardería absurda conectar los puntos entre la vida de un escritor y las vidas sobre las que escribe.
Ésta es una de las dos razones por las que me guardo las preguntas sobre dedos congelados al salir de la cama y ver que Angela me está sirviendo un café. La otra es que estoy solo.
—¿Has dormido bien? —me pregunta, deslizando por el mármol una taza donde pone «Soy una mala bestia».
—Muy bien, pero con pesadillas.
—¿Muy malas?
—Lo normal.
—Yo también. Por eso estoy levantada. Y porque tengo que estar en el trabajo dentro de menos de una hora.
Me había olvidado de que trabajaba. Me había olvidado de que lo hiciera alguien. Otro efecto secundario de ser escritor. Empiezas a pensar que todo el mundo puede justificar profesionalmente pasarse el día en casa mano sobre mano, esperando al cartero y fingiendo que mirar por la ventana y preguntarse qué comida calentar en el microondas es una forma de meditación.
—Oye, sobre lo de anoche… —empiezo a decir—. Quería decirte que lo…
—Creo que deberías hablar con algunos de los demás.
—¿Los demás?
—Del círculo.
Angela coge su café con las dos manos para contrarrestar el frío estimulante del aire acondicionado del piso.
—Mira tú por dónde. Y yo que iba a decir algo sobre nosotros, algo bonito…
—Supongo que no se me dan muy bien las mañanas siguientes.
—O sea, que has tenido otras. Otras mañanas.
—Sí, Patrick. He tenido otras mañanas.
Mundano, tomo un sorbo de café hirviendo. Cuando deja de arderme la garganta y pasa a dolerme de manera atroz, pregunto por qué quiere que hable con los otros.
—Para averiguar qué saben. Si se han visto… implicados de la misma manera que nosotros.
Asiento. Vuelvo a asentir. Es por la palabra que ha usado Angela: «implicado». Dicha como la dijo Conrad White cuando le pregunté su opinión sobre el relato de Angela. «Quieres saber si hay alguien más que se haya implicado tanto como tú».
—¿Cómo es que te dejaste el bolso en el coche de Conrad?
—Ya te lo dije. En esa época nos vimos varias veces.
—¿Verse… o «verse»?
—Le interesaba yo como persona.
«¿Y quién eres?», estoy a punto de preguntar, pero lo impido a tiempo con otro sorbo de café escaldador de amígdalas.
—¿Has leído algo suyo?
—¿Jarvis and Wellesley? Sí, claro —dice Angela—. ¿Por qué?
—Creo que te veía como lo que buscaba el personaje de su libro.
—Su hija muerta.
—La chica perfecta.
—¿Te lo dijo él?
—O sea, que tengo razón.
—No te equivocas.
Angela me cuenta que a veces, después de ver a Conrad, él la llevaba a casa en coche. Al principio los temas de conversación solían ser literarios, como sus libros favoritos —en el caso de Conrad, El proceso, y en el de Angela, El mago—, sus hábitos de trabajo, los bloqueos y la manera de superarlos… Pero en poco tiempo Conrad empezó a centrarse en la procedencia del relato de Angela. Su infancia, sus amigos, sus padres… Eran preguntas tan concretas que Angela se ponía a la defensiva y, cuanto más perseveraba él, más vagas se volvían las respuestas intencionadamente. Él se enfadaba.
—Como si fuera desesperación, más que simple curiosidad —dice metiendo el móvil y las llaves en el bolso.
—¿Estaba enamorado de ti?
—En cierto sentido puede que sí. Más como un admirador obseso que como un enamorado, ¿sabes? Pero no me hacía preguntas por eso.
Se calla. No le gusta el derrotero de la conversación.
—Yo creo que tenía miedo —dice.
—¿Miedo de qué?
—De lo mismo que nosotros.
—Y…
—Creía que tenía algo que ver con mi relato.
Sigo a Angela hasta la puerta, poniéndome el reloj, los calcetines y los zapatos.
—¿Conrad tenía algún contacto con el Hombre del Saco, con alguien que le pareciese que era el Hombre del Saco? En aquella época hubo unos asesinatos. Tal vez atara cabos que no se nos ocurrieron a los demás.
—Es posible —contesta Angela—. A menos que fuera un introvertido lleno de complejos que se volvía loco viendo cosas que no había.
Al bajar en el ascensor, pregunto por qué miembro del círculo considera que deberíamos empezar.
—¿Deberíamos?
—Creía que habías dicho que podría ser útil averiguar qué saben los demás.
—Pero no puedo preguntarlo yo.
—¿Por qué no?
—¿A quién le ha dejado la gorra de los Yankees?
Se abre la puerta del ascensor. Fuera, el calor hace ondular el aire con cortinas de vaho.
—¿Puedo llamarte?
—De momento no.
—¿Por qué?
—«Eres mía». ¿Te acuerdas? —dice Angela abriendo la puerta a un mundo de fuego—. No creo que le gustase mucho pensar que soy tuya.
Nadie se imaginaría que a una persona envuelta en «una red de intrigas» (me parece mentira estar usando la expresión de una manera tan personal e insustituible) pudiera quedarle tanto tiempo libre entre las escenas descritas de revelación y confrontación. Os aseguro que el desempleo es capaz de abrir enormes simas hasta en los días de mayor actividad mental. Tener que ocuparse de las banalidades del mantenimiento: comidas a deshora, urgencias urinarias, largas duchas… Sigue habiendo correo, cesta de ropa sucia desbordada y cita con el dentista. Se puede ser sospechoso de asesinato y objetivo de un asesino en serie y todavía tener tiempo para gastarlo en la lacrimógena media hora final de Dr. Phil.
Así y todo, durante estos días tórridos de julio hay dos actividades que se repiten con demasiada frecuencia como para anotarlas cada vez. La primera es mi cuaderno. He dado el salto de hacer apuntes sueltos a la hora de acostarme a no salir sin él a la calle. Recojo fragmentos de conversaciones, dónde y cuándo pasa qué… Al releerlo, se ve que es un documento cada vez más desestructurado. Las ordenadas páginas del principio, compuestas de puntos coherentes, se disgregan enseguida en mensajes a Sam y garabatos de Petra y el detective Ramsay (con quien no me atrevo es con Angela; no se me ocurre de dónde arrancaría la primera línea). Hasta hay una carta al Hombre del Saco, en la que le pido que, si tiene que llevárseme al reino de Nada Es lo que Parece, deje a mi hijo. Se me ocurre que más tarde, cuando haya pasado todo, este diario podría ser un material que respaldase la teoría de que el pobre Patrick ya estaba ido antes de caer en manos de la sombra. A fin de cuentas, ¿qué es la cordura sino mantener el límite entre las secciones de ficción y no ficción?
Mi otro hábito es llamar por teléfono a Sam y enterarme de qué está haciendo. Casi siempre está en el jardín, jugando con los hijos de Stacey —tienen piscina, un lujo suburbano inimaginable para los ratones de ciudad como yo—, o de acampada —en vez del colegio con pretensiones artísticas al que le llevaba yo—, o en alguna otra distracción veraniega saludable a las que hace tiempo que quiero acompañarle, pero que no he llegado a hacerlo, sustituyéndolas por libros o películas. Resumiendo, que, aunque le llame, no consigo hablar con él. Pero al menos es una oportunidad de volver a dar las gracias a Stacey por lo que hace, asegurarle que pasaré a buscar a Sam en cuanto haya «puesto un poco de orden» y pedirle que le diga que he llamado.
Lo dicho, que hasta un hombre envuelto en una red de intrigas sigue enfrentándose a lo inevitable con lo que le queda: aferrarse a la forma que adoptaba su vida antes de ser atrapado, de este momento en que poco más puede hacer que esperar a que la araña perciba su resistencia y decida que ya basta de esta mosca. Ha llegado la hora.
Desde que nos separamos en el vestíbulo de su edificio he contravenido varias veces la petición de Angela de no llamarla, y ella siempre ha alegado cualquier excusa —«llevo una semana trabajando como una burra», «estoy cansadísima, no sé por qué»—. Le digo que necesito verla. Que la echo de menos.
—No sé si me veo capaz —contesta ella.
—Si quieres sólo hablamos.
—¿De qué hablaríamos?
—No tendría que ser de… cosas malas.
—Es que es lo único que hay.
Añade que ha recibido un par de señales más de «él». Cuando le pregunto de qué indicaciones se trata, se calla. Le chasquea el aliento en la garganta.
—Si permanecemos juntos, quizá podamos protegernos —propongo.
—Lo dices, pero no te lo crees.
—He dicho «quizá».
—Yo creo que quiere que estemos separados. Que cada uno vaya por su lado.
—Y si no le hacemos caso…
—… nos separará. O algo peor. Tenemos que seguirle el juego.
«Pues mira tú qué bien está saliendo», tengo ganas de decir; eso y otro comentario que se me ocurre demasiado tarde: «Además, ¿qué creemos que quiere?». Si es que Patrick Rush se arrepienta en el alma de haber usado su nombre en el título de una novela plagiada, misión cumplida. Mea culpa. Si es volver a segar vidas al azar, no seré yo, ni mucho menos, quien se lo impida.
«Vidas al azar».
Es el rompecabezas que me ocupa durante la siguiente hora. Aquí abajo, enterrado en la Cripta, cartografiando las pocas conexiones que puedo establecer.
Carol Ulrich.
Ronald Pevencey.
Jane Whirter.
Y ahora Petra Dunn.
Nada en común entre los cuatro. Pero algo tiene que haber visto él. Para el Hombre del Saco no tenían nada de azaroso. Sólo hay que pensar como un psicópata.
«Bueno —pienso—, yo soy un escritor jubilado. Tampoco puede costarme tanto».
Aunque sólo hayan pasado cuatro años desde el Círculo de Kensington, se han multiplicado los espacios disponibles para grupos de escritura. Bibliotecas, librerías, cafés… Pero también clínicas de rehabilitación, sinagogas, ashrams de yoga, Alcohólicos Anónimos… El número de seminarios de escritura del yo, talleres de narrativa femenina y mesas redondas de evaluación colectiva de novelas a los que te puedes apuntar no tiene límites. Y yo me apunto a todos. O a todos los que puedo. No para aprender, compartir y descubrirme a mí mismo, sino para seguir los pasos que me han llevado hasta aquí. El mismo viaje que están obligados a hacer todos los asesinos pasionales: el regreso al lugar del crimen.
Con Sam a salvo en casa de Stacey, nada me retiene de dedicar el sofocante resto de semana a saltar de círculo en círculo. Cruzando la ciudad en todos los sentidos, o saliendo de ella, en coche, en metro, siempre con la misma pregunta; y a veces con respuestas.
—¿Os suenan de algo estos nombres? —les inquiría a mis compañeros de círculo, sometiendo a su consideración los nombres, y apellidos, cuando los sabía, de todos los miembros del de Kensington.
A finales de semana ya tenía la confirmación a mis sospechas.
En un sótano de Little Italy me enteré de que años atrás William había figurado durante una temporada entre los participantes, y que dejó de acudir de un día para otro, por iniciativa propia, justo cuando le iban a pedir que se fuera —por incapacidad de seguir aguantando sus cuentos sobre niños sociopáticos que despellejaban animales—. Lo mismo me dijeron, poco más o menos, en un Coffee Time de Scarborough, una biblioteca de Lawrence Park y un bar gay de Jarvis Street: un hombre grande, que da miedo, se apunta a un club de escritura, aporta cuentos de terror demasiado reales y desaparece.
Pero aún hay más.
También saqué a relucir otros nombres en los círculos; nombres de gente a quien no conocía, pero que cada vez eran más importantes en mi situación. Carol Ulrich. Ronald Pevencey —a Jane Whirter no la mencioné, porque antes de morir había vivido más de veinte años en Vancouver—. Nombres que algunos a quienes preguntaba no oían por primera vez. Pero no sólo porque Ulrich y Pevencey pertenecieran a la primera hornada de víctimas del Hombre del Saco. Se acordaban de ellos porque en algún momento los dos habían participado en uno o varios círculos de escritura de la ciudad.
Es lo que tengo, si hay que dar crédito a la prensa lo que no tiene la policía: una relación entre las víctimas «aleatorias» del Hombre del Saco. Eran escritores. Y, por alguna razón, los mataron por eso.