Plagio mortal

Andrew Pyper · Capítulo 3 de 36

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Plagio mortal

Capítulo 2

 

Hoy la gente no lee tanto como antes. Ya has visto los estudios, tienes hijos adolescentes, has estado en centros comerciales… En fin, que ya lo sabes, pero puede que no sepas lo siguiente:

Cuanto menos lee la gente, más ganas tiene de escribir.

Los talleres de escritura creativa —en universidades, bibliotecas, escuelas nocturnas, hospitales psiquiátricos, cárceles…— son la industria que más crece en el sector basado en la tinta. Por no hablar de los círculos ad hoc de aspirantes que se pasan entre ellos fajos de fotocopias: todos los miembros dicen que es para mejorar, pero en secreto rezan por una declaración colectiva de genialidad.

Y ahora soy uno de ellos.

La dirección que me dieron por teléfono es Kensington Market. Las sesiones serán cada martes por la noche, durante cinco semanas. Me explicaron que era el último inscrito en el grupo; bueno, «grupo» lo dije yo, porque la voz me corrigió.

—Yo prefiero considerarlo un círculo.

—Ya… Y ¿cuánta gente habrá? En el círculo.

—Sólo siete. Es que tengo miedo de que se pierda la concentración si somos más.

Después de colgar, caí en la cuenta de que Conrad White —suponiendo que fuera la voz del teléfono— no me había preguntado el nombre. También caí en la cuenta de que se me había olvidado enterarme de si había que llevar algo a la primera sesión: bolígrafo, cuaderno, dinero para el bote… Cuando volví a marcar, sonó diez veces y no se puso nadie. Supongo que una vez completo el círculo, el tal White pensó que no tenía sentido contestar.

El martes siguiente, camino por Spadina a la salida del trabajo con la bufanda tapando mis orejas como un turbante. A pesar del frío, la mayoría de los colmados de Chinatown tienen la mercancía expuesta: bok choy congelado, carambolas y limoncillo, todo cubierto de una fina capa de nieve seca. En Dundas anochece de golpe. La pantalla gigante de encima del Dragon Mall baña la calle de un resplandor azul publicitario.

Sigo otro par de manzanas hacia el norte, pasando junto a chiringuitos de fideos «sin glutamato» y cerdos asados que abren la boca de sorpresa en los escaparates de las carnicerías. Luego, cruzando a toda prisa los cuatro carriles para coches, me interno en las callejuelas del mercado.

Cada cual tiene su imagen de Kensington, pero yo, al caminar por sus calles, siempre me pregunto lo mismo: ¿cuánto puede durar? Ya están reconvirtiendo algunos edificios en «posibilidad de vivienda/negocio», prometiendo un nuevo «estilo de vida urbano» para quienes buscan «la emoción de caminar por el filo». Saco la mini grabadora que siempre llevo encima —para captar cualquier frase especialmente incisiva que pueda servirme para la crítica del día siguiente— y leo en voz alta estas palabras de las vallas publicitarias del último proyecto residencial. Algunos clientes también se han parado a leer el mismo reclamo, pero se alejan al verme susurrar en una grabadora. Otro externo de psiquiátrico a quien esquivar con educación.

Los viejos pescadores portugueses levantan del hielo bacalaos y pulpos y, en un santiamén, se los llevan a los puestos para dejarlos allí durante la noche. En la calle todavía hay mucha animación, punkis con imperdibles y locos que van en bici todo el año, unos y otros en busca de un chollo para cenar; o simplemente reunidos en uno de los pocos sitios de la ciudad que guardan cierto clima de resistencia ante la avalancha de mejoras generales, homogeneización globalizada y dinero.

Me doy cuenta, con un escalofrío de inquietud, de que algunos de los que caminan por aquí pueden haber venido por lo mismo que yo.

Algunos podrían ser escritores.

 

La dirección que me han dado corresponde a la puerta de al lado del Fukhouse, un bar que, por lo que veo a través de la mugre del cristal, tiene todas las paredes, mesas, suelo y techos pintados de negro brillante. En las ventanas del segundo piso, encima del letrero, parpadean gruesas velas. Si no me equivoqué al apuntar el número, el Círculo de Kensington se reúne allá arriba.

—Anarquistas —dice una voz a mis espaldas.

Al girarme, veo a una chica joven, con una chaqueta de motero demasiado grande con tachuelas plateadas brindándole los hombros. No parece que esté pasando frío, aunque lo único que lleve debajo de la chaqueta sea una falda de colegiala muy gastada y unas medias de rejilla. También tiene un cuervo tatuado en el revés de la muñeca.

—¿Cómo?

—No, nada, que quería avisarte —dice, señalando la puerta del Fukhouse—. Es una especie de local anarquista, y a muchos anarquistas no les gustan los que no participan en la revolución.

—Me lo imagino.

—Bueno, da lo mismo. Vienes por lo del círculo, ¿no?

—¿Cómo lo has adivinado?

—Se te ve nervioso.

—Porque lo estoy.

Fuerza la vista para verme la cara a través de los copos que se mecen por el aire. Tengo la misma sensación que en la frontera, cuando pasan mi pasaporte por el ordenador y tengo que esperar a que me dejen continuar o me detengan.

—Evelyn —acaba diciendo.

—Patrick Rush. Mucho gusto.

—¿En serio?

Abre la puerta sin darme tiempo a pensar si era una broma y sube por la escalera.

 

La habitación está tan oscura que tengo que pararme en la entrada, buscando a tientas alguna pared o interruptor o a la chica de la chaqueta de cuero. Lo único que veo claramente son las velas que derraman cera en los dos alféizares del fondo y la nieve que cae muy deprisa, como en una tele sin sintonizar. Hemos subido juntos, pero ahora es como si Evelyn hubiera desaparecido en la sima que separa la puerta y las ventanas.

—Me alegro de que hayas podido venir.

Una voz de hombre. Me giro dando un respingo. El movimiento brusco y un charco de aguanieve en el suelo de madera hacen resbalar mis botas. Alguien reprime coquetamente un grito. Me doy cuenta de que he sido yo.

—Estamos aquí —dice la voz.

Por delante de mí pasa la oscura silueta de un hombre encorvado con rumbo a lo que ya identifico como un círculo de sillas en el centro de la sala. Me dirijo, ya sin botas, a uno de los dos sitios vacíos que quedan.

—Sólo esperamos a uno más —dice la voz, que acabo de reconocer como la del teléfono: Conrad White, escritor y poeta que no me suena de nada y que se sienta enfrente de mí.

Su voz arrulladora me hace recordar lo que sentí al expresarle por primera vez mi deseo de escribir un libro. Primero, una pausa, como si sondease la profundidad de mi anhelo. Después, cuando me dio la dirección, la apunté sin oírla de verdad. Era como si su voz brotara de otro sitio, de otra época.

Todos esperamos a que la voz siga hablando. Si realmente hay seis personas en las sillas, estamos más quietos que muñecas. Sólo se oye la vaga marea de nuestra respiración al sorber los vapores de vino tinto e incienso que suben de la alfombra, debajo de las patas de las sillas.

—Ah, ya está aquí.

Conrad White se levanta para recibir al último miembro del círculo. Al principio no me giro para verle, pero, cuando otro par de pies avanza lentamente —sin quitarse las botas—, tengo la sensación de que los otros se encogen en las sillas. Después veo por qué.

De la oscuridad sale un gigante de hombros caídos que al principio parece no tener cabeza (durante un segundo absurdo, le miro las manos para ver si lleva su propio cráneo). Sólo es por la barba, una tupida maraña de alambres negros que tapa casi toda su cara; no los ojos, muy blancos, que no pestañean.

—Gracias a todos por venir. Me llamo Conrad White —dice el viejo, volviéndose a sentar.

El que ha llegado tarde, el de la barba, elige la última silla, la de mi izquierda. Así me ahorro tener que mirarle, al mismo tiempo que puedo oler su ropa: una mezcla primitiva de humo de leña, sudor y carne hervida.

—Durante las próximas semanas seré vuestro coordinador —añade White—, vuestro orientador; quizá incluso vuestro amigo, pero no vuestro profesor, porque a escribir, a escribir de verdad, que presupongo que es a lo que aspiramos todos aquí, no se puede enseñar.

Conrad White nos mira uno por uno, como si fuera la oportunidad de corregirle, pero no lo hace nadie.

Pasa a exponer las normas básicas para las próximas sesiones. La estructura de base incluirá deberes semanales —«pequeños ejercicios para ayudaros a sentir lo que veis»—, pero la mayor parte del tiempo la pasaremos leyendo en voz alta nuestros trabajos y comentando en grupo los de los demás. La confianza es esencial. Hace especial hincapié en que no se tolerarán las críticas como tales. Lo que habrá serán «conversaciones»; no entre nosotros mismos, sino «entre un lector y el texto de la página». Percibo que esto último es recibido con gestos de asentimiento por dos personas a mi derecha, aunque sigo sin girarme para verlas. Por alguna razón, mientras habla Conrad White soy incapaz de no mirarle a él. Me pregunto si lo que retiene mi mirada es algo más que simple timidez. Tal vez haya algo oculto, hecho a propósito, en la disposición de nuestras sillas, en las velas y el rechazo de la luz eléctrica. Las palabras de White producen, si no un sortilegio, sí una exaltación, no cabe duda; un vértigo que no me puedo sacudir de encima.

Cuando logro volver a concentrarme, veo que está hablando de sinceridad. Lo que buscamos no es dominar la estructura ni el estilo, sino que todo sea veraz.

—La narración lo es todo —dice la voz—: nuestras religiones, nuestras historias, nuestro propio yo… La narración es nuestra única manera de llegar a conocer otras experiencias distintas a las nuestras.

En otro contexto —una sala con bastante luz para mostrar las caras en detalle, un zumbido de climatización centralizada institucional, señales de salida encima de las puertas—, la última promesa podría ser una exageración, pero a nosotros nos conmueve; por lo menos a mí.

Ha llegado el momento de la ronda obligatoria de «cuéntanos algo sobre ti». Me aterra que Conrad pueda empezar por mí —«Hola, me llamo Patrick y soy viudo, con un hijo. Antes soñaba con escribir novelas. Ahora me gano la vida viendo la tele»—. Pero no, peor: elige a la mujer de mi derecha, alguien a quien de momento he olido: perfume caro, pantalones de cuero a medida, pero no visto del todo. Es decir, que seré el último. El que acabe.

Mientras hablan los otros miembros, juego con la grabadora que llevo en el bolsillo exterior de la chaqueta. Aprieto el botón de record, luego el de pause, y después otra vez el de record, creando una grabación editada al azar. Sólo me doy cuenta cuando ya ha hablado la mitad del círculo, y no me disuade de seguir.

La mujer que huele bien se presenta como Petra Dunn, divorciada desde hace tres años; ahora que su único hijo se ha ido a la universidad, se encuentra «casi siempre sola» en casa. Ha pronunciado el nombre de su barrio (Rosedale) de manera cómplice, hasta culpable, porque sabe que la dirección implica un atributo que no ha pasado desapercibido para nadie: el dinero. Ahora la señora Dunn se dedica a sí misma. Horas de jogging por el parque. Beneficencia. Cursos nocturnos sobre temas arbitrarios, los que más le apetecen, como la historia de Estados Unidos antes de la guerra de Secesión, los mejores cuadros europeos de posguerra, las veinte novelas clásicas del siglo XX… Pero se ha cansado de ver «distintas versiones de mí misma» en las aulas, «mujeres resabiadas» que lo que buscan no es cultura, sino citas con los pocos hombres que merodean por el departamento de Formación Continua, a quienes ella llama «cazadores de maduritas». Más que nada, siente una necesidad cada vez más acuciante de contar algo sobre lo que podría haber sido su vida de no haber respondido que sí cuando su futuro marido, mayor que ella, la invitó a cenar en su época de camarera en el Weston Country Club. Una vida no vivida en la que habría retomado los estudios, una vida de libertades impredecibles, en vez de casarse con un hombre en quien había confundido el uso a mansalva de la tarjeta platino con el encanto de un caballero. Una historia sobre «una mujer como yo, pero que no…».

Petra Dunn deja la frase a medias, dándome tiempo de mirarla de reojo. Espero ver a una cincuentona enmudecida por las lágrimas que no quiere derramar, pero me encuentro con una belleza de no mucho más de cuarenta años. Y lo que le ha dejado sin palabras no es el llanto, sino una rabia más fuerte que ella.

—Quiero averiguar quién soy de verdad —concluye.

—Gracias, Petra —dice Conrad White con tono de satisfacción por cómo empieza la cosa—. ¿A quién le toca?

A Ivan. Un brillo algo rosado en la calva de la coronilla. Hombros encogidos hacia el pecho, cuerpo demasiado pequeño para la camisa de cuadros que lleva abrochada hasta el cuello. Conductor de metro. Ve demasiado poco la luz del día —«cuando no duermo, o es de noche o estoy en el metro»—. Aunque no lo confiese enseguida, es de los que delatan su soltería crónica en las ojeras y el tono de disculpa y derrota de su voz. Por no hablar de la timidez, que le impide mirar a los ojos a cualquier mujer del círculo.

Conrad White le pregunta qué espera conseguir durante las próximas sesiones. Ivan se lo piensa mucho.

—Cada vez que mi convoy entra en una estación, veo pasar muy rápido las caras del andén —dice—. Sólo quiero intentar quedarme con alguna. Convertirlas en algo más que pasajeros que suben y bajan al otro lado del cristal. Que sea gente de verdad. Algo a lo que me pueda aferrar. Alguien.

Baja la cabeza en cuanto acaba de hablar por miedo a haber dicho demasiado. Tengo que luchar contra el impulso de acercarme y ponerle en el hombro una mano fraternal.

Entonces me fijo en sus manos. Guantes de tamaño exagerado sobre sus rodillas. La piel tensa en los huesos, como cuero viejo. Algo en esas manos borra de golpe la idea de aproximarse a Ivan más de lo estrictamente necesario.

El hombre fortachón que hay al lado de Ivan se presenta como Len. Nos mira a todos con sonrisa burlona, como si el propio nombre ya insinuase algo pícaro.

—Lo que me gusta de leer —explica— es que puedes ser varias personas. Hacer cosas que nunca harías. Si lo haces suficientemente bien, al final parece que ni siquiera te lo estés imaginando.

Por eso Len quiere escribir, para cambiar; un niño grande con aspecto de los que juegan solos en casa, que sólo tienen amigos virtuales, los otros reclusos a quienes mandan mensajes on line para saber cómo se accede al nivel nueve en algún juego de matar zombis. ¿Cómo reprocharle que quiera ser otra persona?

Cuanto más habla Len de escribir, más se agita físicamente, deslizando sus pesadas caderas cada vez más cerca del borde del asiento y restregando las manos en los brazos de la silla como si se secara el sudor. Ahora bien, cuando se exalta de verdad es al confesar que «lo suyo» es el terror. Novelas, cuentos y películas, pero sobre todo cómics. Cualquier cosa que tenga que ver con «los no muertos. Apariciones. Hombres lobo, vampiros, demonios, poltergeists, brujas… Especialmente las brujas, no me preguntéis por qué».

Vuelve a enseñarnos a todos su sonrisa asimétrica, que hace difícil no encariñarse con él. Lleva sus pasiones tan a la vista, con tanta normalidad y tan poca vergüenza, que casi le envidio.

Junto a la nerviosa mole que es Len, Angela parece una niña. Esta ilusión es fruto, entre otras cosas, de que da la casualidad de que ocupa el mayor asiento de todos, un sillón de orejas tan alto que sólo le permite rozar el suelo con la punta de los zapatos. Aparte de eso, lo que más destaca externamente de Angela es su falta de distinción. Al intentar grabarla en mi memoria, me doy cuenta de que tiene una de esas caras que ya sería difícil describir al cabo de pocas horas. Parece que sus facciones cambien con cualquier movimiento y, así, da la impresión de ser un compuesto vivo, un representante de un tipo general de persona, más que una persona en concreto.

Incluso lo que dice parece que va a evaporarse al salir de la sala. Lleva relativamente poco tiempo en la ciudad, después de vivir en «varios sitios del oeste. —La única constante de su vida es su diario—, aunque no es un diario de verdad — dice con un ruido raro de la nariz, como si se aguantara la risa—. La mayoría de las cosas me las invento, aunque no todo. Supongo que en ese sentido es más ficción que… un diario, vaya».

Se queda callada, hundiéndose otra vez y dejándose engullir por el sillón. Yo me quedo mirándola cuando ya no habla. Aunque Angela no mire a nadie a los ojos, tengo la impresión de que está grabando cada palabra del círculo tan deliberadamente como yo.

La siguiente es Evelyn, la duendecilla imperturbable con chaqueta de motero. Me sorprende un poco enterarme de que es alumna de posgrado en la Universidad de Toronto. No por su juventud, sino por su forma de vestir. Tiene más pinta de Courtney Love al enamorarse de Kurt que de becaria indecisa entre elegir Yale, Cornell o Cambridge para el doctorado. Entonces llega la respuesta: piensa doctorarse con un estudio sobre «Descuartizamiento y venganza femenina en el cine gore de los años setenta». Tengo bastantes recuerdos de la universidad como para saber que estos temas es mejor abordarlos con la vestimenta adecuada.

Ya hemos dado toda la vuelta hasta el gigante, el último en llegar. Tras la intervención de Evelyn se produce una ligera adaptación en las posturas corporales para escucharle, con más de ajuste de antenas para recibir una señal lejana que de adopción de la actitud directa necesaria para mirar a alguien a los ojos. Aun así todos pueden mirarle de reojo excepto yo. Estamos tan cerca que tendría que girarme del todo y sentarme sobre una pierna para verle bien, y eso no quiero hacerlo. Quizá sólo sea por estar en un sitio nuevo y por lo violento que me resulta conocer a gente con quien lo único que tengo en común es el ansia de expresarme, pero el caso es que el hombre sentado a mi izquierda irradia una oscuridad de un tipo distinto a la de la noche que ha caído fuera. Un extraño vacío de empatía, de humanidad legible. A pesar de su tamaño, es como si el espacio que ocupa sólo fuese una forma más densa de la nada.

—¿Y tú? —dice Conrad White animándole a hablar—. ¿Por qué has venido a nuestro círculo?

El gigante respira; un silbido que sube por el pecho y que al ser exhalado se percibe en el dorso de mi mano.

—Me llamaron —dice.

—«Llamar» en el sentido de cumplir tu destino, supongo… ¿O algún tipo de llamada más literal?

—En sueños.

—¿Te han llamado desde aquí en sueños?

—A veces… —dice el hombre como si se embarcase en una idea totalmente nueva—. A veces tengo pesadillas.

—Bueno, no pasa nada. ¿Podrías decirnos cómo te llamas?

—William. —Levanta un poco la voz—. Me llamo William.

Me toca.

Digo mi nombre en voz alta. El sonido de esas sílabas elementales me permite urdir un esquema informativo sobre Patrick Rush. Padre de un niño pequeño y muy inteligente, que ha tenido la suerte de parecerse a su madre. Un periodista que siempre ha tenido la impresión de que le falta algo a su manera de escribir (estoy a punto de decir «vivir» en vez de «escribir», un lapsus de lo más revelador). Alguien que no está seguro de tener algo que decir, pero a quien le parece que ha llegado la hora de averiguarlo.

—Muy bien —dice Conrad White con cierto tono de alivio—. Os agradezco que hayáis sido todos tan sinceros. Dadas las circunstancias, me parece de justicia que también os cuente quién soy yo.

Conrad White nos explica que hace poco que ha «vuelto del exilio». Novelista y poeta, publicó en Toronto justo antes de la explosión cultural de finales de los sesenta que produjo una literatura nacional viable; o, como lo formula White con ecuanimidad (no exenta por ello de amargura), «cuando en este país los que escribían eran individuos no afiliados, antes del viraje hacia la puerta cerrada, los clubs y el tribalismo». Siguió escribiendo, pero cada vez se sentía más al margen, mientras algunos de sus contemporáneos adquirían algo que hasta entonces había sido inimaginable entre escritores canadienses: fama. Los mismos poetas y novelistas hippies que habían ido a sus clases en la Universidad de Toronto y que hacían lecturas en los mismos cafés empezaban a ser publicados en el mundo entero, salían en concursos de la CBC como «famosos invitados» y recibían subvenciones del gobierno.

No así Conrad White. Él estaba trabajando en algo totalmente distinto, algo que él mismo sabía que no encajaría fácilmente en los temas y modos estilísticos predilectos de sus colegas triunfadores; una novela de «revelaciones desagradables» que, al ser publicada, resultó aún más polémica de lo previsto por el autor. La comunidad literaria —como había empezado a considerarse— le dio la espalda; y aunque él publicase contraataques críticos en cualquier revista u opúsculo que le abriese sus puertas, el rechazo le deprimió más de lo que le encolerizó. Fue el detonante de su marcha al extranjero, primero a Inglaterra y luego a la India, el Sureste Asiático y Marruecos. No volvió a Toronto hasta el año pasado. Ahora se paga el alquiler con talleres de escritura como el nuestro.

—Digo «talleres», pero sería más exacto hablar en singular —dice—, porque es el primero que hago.

Fuera ha dejado de nevar. Bajo nuestros pies, la pulsación rítmica de los altavoces del Fukhouse ha empezado a hacer vibrar los cristales en los marcos de las ventanas. Un loco grita por las calles del mercado.

Conrad White hace circular un cuenco para que depositemos en él los honorarios semanales. Luego nos pone los deberes para la siguiente semana. Una página de una obra en marcha. No hace falta que sea definitiva, ni la primera; sólo una página de «algo».

Final de la clase.

Busco mis botas al lado de la puerta. Nadie habla al salir. Es como si lo que ha ocurrido entre nosotros durante esta hora no existiese.

Al salir a la calle me dirijo hacia casa sin girarme a mirar a los demás, íntimamente convencido de que no regresaré. Pero, en el mismo momento de pensarlo, sé que sí. Tanto si el Círculo de Kensington puede ayudarme a encontrar mi relato como si el propio Círculo de Kensington es el relato, necesito saber qué da de sí.