Sabriel
Capítulo 11
La papelonave descansaba sobre una especie de estrado hecho con planchas de pino recién serradas, que sobresalía por encima de la muralla oriental. Seis enviados se apiñaban alrededor del vehículo: lo estaban preparando para el vuelo. Sabriel levantó la cabeza para mirarlo mientras subía las escaleras; en su fuero interno notó una extraña sensación. Ella esperaba algo parecido al aparato que había comenzado a verse con frecuencia en Ancelstierre, una especie de biplano que había realizado un vuelo acrobático en la última jornada de puertas abiertas del Colegio Wyverley. Una artefacto con dos alas, un cuerpo y una hélice, aunque se esperaba que el motor fuera obra de la magia y no de la mecánica.
Sin embargo, la papelonave no se parecía a los aeroplanos ancelstierranos. Más bien recordaba una canoa con cola y alas de halcón. Los extremos eran afilados y en el centro llevaba incrustada la cabina de mando. Las alas se proyectaban a ambos lados de la canoa; eran largas, en forma de flecha, de aspecto muy endeble. La cola en cuña no ofrecía mejor aspecto.
Mientras subía los últimos escalones, a Sabriel se le terminó de caer el alma a los pies. Vio claramente el material con el que estaba construido y comprendió por qué el vehículo se llamaba así: todo el aparato estaba confeccionado con infinidad de hojas de papel pegadas con una especie de laminado. Pintado de color azul pastel, con bandas plateadas en el fuselaje y rayas del mismo tono a lo largo de las alas y la cola, tenía un aspecto muy decorativo, aunque no parecía demasiado apto para la navegación aérea. Sólo los ojos amarillos de halcón pintados en la proa puntiaguda daban a entender su capacidad para semejante proeza.
Sabriel volvió a echar un vistazo a la papelonave, apartó la vista y observó la cascada, allá a lo lejos. Alimentada por las aguas de la riada, ofrecía un aspecto más amenazante que de costumbre. Una nube de rocío se elevaba a varias decenas de metros por encima de su borde, una niebla rugiente que la papelonave debería atravesar al vuelo antes de surcar el cielo abierto. Sabriel no sabía siquiera si era impermeable.
—¿Con qué frecuencia ha volado antes esta..., esta cosa? —preguntó, nerviosa. Comprendía y aceptaba con la mente que pronto estaría sentada dentro de aquella nave para ser lanzada hacia las aguas de la cascada, pero el subconsciente y el estómago le decían que lo sensato era permanecer en tierra.
—Con mucha frecuencia —contestó Zapirón y, como si nada, saltó del estrado a la cabina de mando. El eco de su voz flotó un momento en el aire, hasta que volvió a asomar el morro peludo por el borde—. La Abhorsen que la construyó en su día hizo un vuelo de ida y vuelta al mar en una sola tarde. Si bien es verdad que se trataba de una bruja experta en cuestiones meteorológicas, capaz de dominar las corrientes de aire. Supongo que tú no...
—Pues no —dijo Sabriel, consciente de esa otra laguna en su educación. Sabía que la magia eólica se componía en su mayor parte de marcas del Gremio silbadas, pero nada más—. No sé.
—En fin —prosiguió Zapirón, tras pensar un rato—, la papelonave dispone de algunos encantamientos sencillos que permiten utilizar las corrientes de aire. Tendrás que silbarlos, eso sí. Silbar sí sabes, supongo.
Sabriel no le hizo caso. Todos los nigromantes debían estar dotados de sentido musical y saber silbar, tararear y cantar. Si quedaban atrapados en el Reino de la Muerte sin sus campanillas y sus instrumentos de magia, sus habilidades vocales eran el último recurso.
Llegó un enviado, agarró la mochila, la ayudó a quitársela de la espalda y la depositó en la parte trasera de la cabina de mando. Otro tomó a Sabriel del brazo y la condujo hasta algo parecido a una hamaca de cuero colgada de través en la cabina; era evidente que se trataba del asiento del piloto. Tampoco tenía un aspecto excesivamente seguro, pero Sabriel hizo de tripas corazón y se subió, después de entregar la espada envainada a otro de los enviados.
Para su sorpresa, al apoyar los pies en el suelo no consiguió traspasar el papel laminado. El material se notaba incluso sólido y seguro, y después de unos instantes de contorsiones, balanceos y ajustes, la hamaca resultó muy cómoda. Dispusieron la espada y la vaina en un receptáculo colocado a su lado y Zapirón ocupó su puesto en lo alto de las correas que sujetaban la mochila, justo encima de los hombros de Sabriel, pues el asiento la obligaba a inclinarse hasta quedar casi acostada.
Desde su nueva postura, Sabriel descubrió un espejito ovalado de cristal azogado, justo por debajo del borde de la cabina de mando. Los últimos rayos de sol de la tarde le arrancaron destellos y la muchacha notó que el espejo resonaba por obra de la magia del Gremio. Aquel espejito tenía algo que la impulsó a empañarlo con el aliento caliente. Quedó nublado durante un momento y, acto seguido, en él apareció despacio una marca del Gremio, como si un dedo fantasmal estuviera dibujando en el cristal empañado.
Sabriel lo observó con atención, tratando de comprender su finalidad y sus efectos. Le indicaba las marcas que seguirían: marcas para avivar los vientos ascendentes, marcas para descender deprisa, marcas para convocar a los vientos de todos los puntos de la rosa náutica. Había otras marcas relacionadas con la papelonave, Sabriel se las aprendió y comprobó que los encantamientos de la magia del Gremio se superponían en toda la nave. La Abhorsen que la construyó había tenido que trabajar mucho y con mucha dedicación para crear algo que se parecía más a un ave mágica que a un avión.
Pasó el tiempo y la última marca se desvaneció. El espejo ya no estaba empañado y volvió a ser una vez más un trozo de cristal azogado que brillaba al sol. Sabriel se quedó sentada y en silencio mientras memorizaba las marcas del Gremio y se sorprendía del poder y la habilidad que habían permitido construir la papelonave e idear esa forma de instrucción. Tal vez algún día, ella también alcanzaría la maestría suficiente para crear algo parecido.
—¿Quién era la Abhorsen que construyó esta nave? —preguntó Sabriel—. ¿Tenía algún parentesco conmigo?
—Era una prima lejana tuya —le ronroneó Zapirón al oído—. La prima de la abuela de tu tatarabuela. La última de esa rama de la familia. No tuvo hijos.
Tal vez la papelonave fue su hijo, pensó Sabriel, pasando la mano por la suave superficie del fuselaje y notando las marcas del Gremio inactivas sobre el material. Se sentía mucho más animada ante la perspectiva del vuelo inminente.
—Será mejor que nos demos prisa —sugirió Zapirón—. Pronto se hará de noche. ¿Has memorizado ya las marcas?
—Sí —contestó Sabriel, decidida.
Se dirigió a los enviados que, formados en fila detrás de las alas, sujetaban la papelonave a la espera del momento de lanzarla al aire. Sabriel se preguntó cuántas veces habrían realizado esa tarea y para cuántos Abhorsen.
—Gracias —les dijo—. Por vuestra amabilidad y vuestras atenciones. Hasta la vista.
Tras pronunciar esas últimas palabras, se acomodó otra vez en el asiento hamaca, se agarró al borde de la cabina de mando con ambas manos y silbó las notas del viento ascendente al tiempo que se representaba mentalmente la serie correspondiente de marcas del Gremio y las sentía deslizarse por la garganta, pasar a los labios y de ahí salir al aire.
El silbido de Sabriel sonó alto y claro, y de inmediato, en consonancia con aquel sonido, empezó a soplar un viento que se iba haciendo más y más fuerte a medida que Sabriel exhalaba. La muchacha aspiró hondo y emitió un alegre trino. Como un pájaro que se deleita al volar, las marcas del Gremio salían de entre los labios entrecerrados envolviendo a la papelonave. El silbido hizo que la pintura azul y plateada cobrara vida y comenzara a bailar por todo el fuselaje, recorriendo las alas corno si se tratase de un plumaje reluciente. La nave toda se estremeció y cobró flexibilidad, como dispuesta a emprender el vuelo.
El alegre trino concluyó en una única nota, larga y clara, y en una marca del Gremio que brilló como el sol. Salió bailando hacia la proa de la papelonave y se hundió en el laminado. Segundos después, los ojos amarillos parpadearon, fieros y orgullosos, y miraron hacia lo alto del firmamento.
Los enviados luchaban por mantener la papelonave en su sitio. Con ímpetu cada vez mayor, el viento esponjaba el plumaje azul plateado y lo empujaba hacia delante. Sabriel notó la tensión de la papelonave, la fuerza contenida de sus alas, el júbilo de ese último instante en que la libertad se huele cercana.
—¡Soltadla! —gritó y los enviados obecedieron.
La papelonave se lanzó en brazos del viento y se elevó en el aire surcando la nube de rocío de la cascada como si no fuese otra cosa que un aguacero primaveral y salió a cielo abierto sobre el ancho valle.
Allá en lo alto, a trescientos metros del suelo, todo estaba tranquilo y hacía frío. La papelonave planeó con soltura, impulsada por un viento de cola; el cielo estaba despejado, apenas se veían algunas nubes como pinceladas. Sabriel se reclinó en el asiento hamaca, ya más tranquila, y mentalmente fue repasando las marcas del Gremio que había aprendido hasta estar segura de tenerlas bien catalogadas. Se sentía libre y limpia, como si los peligros de los últimos días hubiesen sido suciedad que el viento se encargaba de lavar.
—Vira más al norte —ordenó de pronto Zapirón, a sus espaldas; aquella orden puso fin a su ánimo despreocupado—. ¿Te acuerdas del mapa?
—Sí —respondió Sabriel—. ¿Seguimos el curso del río? Es el río Renegado, ¿no? Va hacia el nornoreste casi todo el rato.
Zapirón no contestó enseguida, aunque Sabriel oyó que le ronroneaba en la nuca y le echaba el aliento. Daba la impresión de que estaba pensando. Al fin contestó:
—¿Por qué no? Podemos seguir su curso hasta el mar. Desemboca en un delta donde encontraremos una isla para pasar la noche. —¿Por qué no seguimos volando? —inquirió Sabriel alegremente—. Podríamos llegar a Belisaere mañana por la noche siempre y cuando consiga invocar a los vientos más fuertes.
—A la papelonave no le gusta volar de noche —dijp Zapirón, cortante—. Por no mencionar el hecho de que, con toda seguridad, perderías el control de los vientos más fuertes. Al principio, es más difícil de lo que parece. Además, la papelonave llama demasiado la atención. ¿Es que has perdido el sentido común, Abhorsen?
—Llámame Sabriel —contestó la muchacha, igual de cortante que el gato—. Mi padre es el Abhorsen.
—Como ordenes, mi señora —contestó Zapirón. Y ese «mi señora» sonó de lo más sarcástico.
La siguiente hora transcurrió sumida en un silencio beligerante, aunque con la novedad del vuelo, a Sabriel no tardó en pasársele la rabieta. Le encantaba la perspectiva que tenía ante sus ojos, ver los campos y los bosques de allá abajo como un inmenso centón, la cinta oscura del río, pequeñas edificaciones desperdigadas. Desde esa altura todo se presentaba muy pequeño y perfecto.
El sol comenzó a ponerse y pese a que su luz moribunda lo teñía todo de un bonito color rojo que hacía aún más hermosa la vista aérea, Sabriel notó las ganas de descender de la papelonave, sintió que los ojos amarillos se clavaban en la tierra verde más que en el cielo azul. A medida que las sombras se iban extendiendo, a Sabriel la asaltó el mismo deseo y también comenzó a mirar hacia abajo.
El río se dividía en miles de arroyos y brazos que iban a formar el pantanoso delta del Renegado; a lo lejos, Sabriel alcanzó a ver la masa oscura del mar. El delta era una maraña de islas, algunas grandes como campos de fútbol, cubiertas de árboles y arbustos, otras, de apenas un par de brazas de barro. Sabriel eligió una de tamaño medio, un rombo plano, cubierto de hierba no muy larga, de color amarillo, situada varias leguas más adelante y, acto seguido, silbó para invocar al viento descendente.
Poco a poco, el viento fue perdiendo intensidad, igual que el silbido de Sabriel, y la papelonave comenzó a bajar, ladeándose primero a la derecha, luego a la izquierda, como consecuencia del control de la muchacha y de la propia inclinación de las alas. Los ojos amarillos de la papelonave y los castaños oscuro de Sabriel estaban fijos en el suelo, allá abajo. Sólo Zapirón, por ser quien era, miraba hacia atrás y hacia arriba.
Pese a ello, no vio a sus perseguidores hasta que surgieron de la nada, como escupidos por el mismo sol, por lo que el maullido de advertencia del felino dio poco tiempo, apenas unos minutos, para que Sabriel pudiera volverse y descubrir cientos de siluetas velocísimas que se abalanzaban sobre ellos. La reacción de la muchacha fue instintiva; con los labios apretados, conjuró mentalmente las marcas del Gremio, silbó para que el viento volviera a elevarlos en dirección al norte.
—¡Cuervos sanguinarios! —siseó Zapirón, al comprobar que las siluetas aleteantes frenaban el descenso y daban la vuelta para perseguir a la presa que súbitamente había vuelto a la vida.
—Sí —gritó Sabriel, pese a no estar demasiado segura de por qué contestaba.
Fijó la atención en los cuervos sanguinarios e intentó calcular si la interceptarían o no. Notó entonces que el viento ponía a prueba su control de la nave, y tal como había profetizado Zapirón, si lo azuzaba aún más, los resultados podían ser desagradables. AI mismo tiempo, notaba la presencia de los cuervos sanguinarios, sentía la mezcla de magia libre y muerte que daba vida a sus esqueléticas y putrefactas siluetas.
Expuestos al sol y al viento, los cuervos sanguinarios no duraban demasiado; los que la estaban atacando debían de haber sído creados la noche anterior. Un nigromante había atrapado unos cuantos cuervos corrientes y molientes, les había quitado la vida en una ceremonia ritual, antes de meter en sus cuerpos el espíritu roto y fragmentado de una sola persona muerta. Eran ahora auténticas aves carroñeras, aves guiadas por una inteligencia única y poco brillante. Volaban gracias a la fuerza de la magia libre y mataban gracias a la fuerza de su número.
Pese a que invocó el viento a toda prisa, la bandada continuaba acercándose rápidamente. Había descendido desde muy alto y mantenía la velocidad de vuelo mientras el viento arrancaba plumas y pedazos de carne podrida de sus huesos, obra de los hechizos.
Sabriel consideró un instante la posibilidad de dirigir la papelonave hacia el centro mismo de aquella bandada de cuervos asesinos, como si se tratase de un ángel vengador, armada de espada y campanas. Pero eran demasiados para luckar contra ellos, sobre todo desde un aparato que volaba a varios metros del suelo. Bastaba una estocada asestada con más ímpetu del necesario para provocar una fatal caída, y eso siempre y cuando los cuervos sanguinarios no la mataran antes de acabar estampada contra el suelo.
—¡Tendré que invocar un viento más fuerte! —le gritó a Zapirón, que se había sentado en lo alto de la mochila de Sabriel y, con el pelo todo erizado, maullaba amenazas a los cuervos.
Los pajarracos se acercaban cada vez más, volando en perfecta formación, en dos largas líneas, como brazos tendidos, dispuestos a arrancar del cielo a la papelonave. Durante el descenso en picado habían perdido gran parte del negro plumaje y sus blancos huesos relucían bajo los últimos rayos de sol. Sin embargo, sus picos afilados conservaban el oscuro tono brillante y Sabriel alcanzó a ver en las cuencas vacías de sus ojos el destello rojizo del fragmentado espíritu muerto.
Zapirón no le contestó. Probablemente porque su voz había quedado ahogada por sus maullidos y el graznido de los cuervos sanguinarios que se encontraban ya cerca, dispuestos a atacar, y proferían unos chillidos huecos y tan espectrales como sus cuerpos.
Sabriel estuvo a punto de dejarse vencer por el pánico, notó los labios secos y no podía fruncirlos, pero se los humedeció y el silbido salió despacio, desafinado. Las marcas del Gremio se le mezclaban en la cabeza, ordenarlas le costaba un esfuerzo tan grande como cuando empujas un enorme fardo cuesta arriba, pero perseveró y al fin consiguió que salieran con facilidad y fluyeran a través de las notas silbadas.
A diferencia de sus anteriores invocaciones, más mesuradas, este viento llegó con la velocidad de un portazo, y aullando detrás de ellos con una violencia inquietante, levantó la papelonave y la impulsó hacia adelante como una gigantesca ola que levantara una frágil barca. De repente, avanzaban a tanta velocidad que Sabriel apenas alcanzaba a distinguir el suelo, y las islas del delta se convirtieron en una gran mancha que pasaba raudamente ante su mirada.
Entornó los ojos, volvió la cabeza hacia atrás y el viento la abofeteó en toda la cara. Los cuervos sanguinarios estaban por todas partes, habían abandonado la formación y eran como manchitas negras sobre el fondo rojizo del atardecer. Aleteaban sin orden ni concierto, tratando de reunirse otra vez, pero la papelonave ya se encontraba a más de una legua de distancia. Era prácticamente imposible que la alcanzaran.
Sabriel suspiró aliviada, pero aquel suspiro iba cargado de nuevas angustias. El viento los impulsaba a una velocidad tremenda, y comenzaba a rolar hacia el norte, y se suponía que debía ser así. Sabriel vio titilar las primeras estrellas, estaba claro que se dirigían hacia la hebilla del Gigante Cazador.
Le costó muchísimo volver a invocar las marcas del Gremio y silbar el encantamiento que haría amainar el viento virándolo hacia el este, pero Sabriel lo consiguió.—Por desgracia, el encantamiento no funcionó, el viento se hizo más fuerte y roló más hasta impulsarlos hacia el Cinturón de Orion, directamente al norte.
Sabriel se agachó en el interior de la cabina de mando; con los ojos llorosos, la nariz moqueando y la cara helada hizo acopio de fuerzas para impulsar las marcas del Gremio hacia el viento. Incluso a ella, el silbido le sonó débil y las marcas del Gremio volvieron a desvanecerse en medio de un vendaval en toda regla. Sabriel comprendió entonces que había perdido por completo el control.
De hecho, daba la impresión de que el hechizo tenía el efecto contrario, porque el viento sopló con tanta fuerza que elevó en espiral a la papelonave, como si se tratara de una pelota lanzada de mano en mano por un corro de gigantes, a cual más alto que el anterior. Sabriel se sintió mareada y le entró mucho frío; empezó a quedarse sin aliento e intentó respirar despacio, para mantenerse con vida. Trató de calmar a los vientos, pero como le costaba respirar, no consiguió silbar y las marcas del Gremio se negaban a acudir a su mente, hasta que no le quedó más remedio que aferrarse con desesperación a las correas del asiento hamaca mientras la papelonave hacía todo lo posible para capear el temporal.
Entonces, sin previo aviso, el viento interrumpió su danza ascendente. Sencillamente descendió y con él cayó la papelonave. Sabriel se vio impulsada hacia arriba, las correas se tensaron de repente, y Zapirón clavó las uñas en la mochila en un intento por no ser expulsado del aparato. Ante el vuelco inesperado de los acontecimientos, Sabriel se olvidó del cansancio. Intentó silbar para invocar el viento ascendente, pero éste también escapaba a su poder. La papelonave parecía incapaz de detener la caída en picado. Fue cayendo más y más, con el morro inclinado, hasta quedar casi vertical, como cae el martillo sobre el yunque.
La caída era eterna. Sabriel lanzó un solo grito, luego intentó infundirle a la papelonave parte de la fuerza que le daba el miedo. Las marcas fluían en su silbido sin más efecto que una chispa dorada que iluminó un instante su rostro pálido y helado por el viento. El sol se había ocultado del todo en el horizonte y la negra masa del suelo se parecía demasiado al río gris de la muerte, el río que sus espíritus cruzarían al cabo de pocos minutos, para no regresar jamás a la cálida luz de la vida.
—Aflójame el collar —maulló una voz al oído de Sabriel, y acto seguido, la muchacha notó que Zapirón le iba clavando las uñas en la armadura hasta instalarse en su regazo—. ¡Aflójame el collar!
Sabriel miró primero al gato, luego el suelo, luego el collar. Se sentía atontada, falta de oxígeno, incapaz de decidir. El collar formaba parte de un antiguo vínculo, era un terrible guardián con un tremendo poder. Sólo debía usarse para poner trabas a un mal indescriptible o una fuerza incontrolable.
—¡Confía en mí! —aulló Zapirón—. ¡Aflójame el collar y acuérdate del anillo!
Sabriel tragó saliva, cerró los ojos, intentó desabrochar el collar y rogó no estar equivocándose. «Perdóname, padre», pensó, pero no sólo le hablaba a su padre, sino a todos los Abhorsen que la habían precedido, en especial, al que había confeccionado el collar hacía tantos años.
Por sorprendente que pareciera en un hechizo tan antiguo, notó poco más que unos ligeros pinchazos cuando el collar se aflojó. Acto seguido se abrió y se volvió pesado, como una cuerda de plomo o unos grilletes con sus cadenas. Sabriel estuvo a punto de dejarlo caer, aunque el collar se volvió ligero otra vez, frágil. Cuando Sabriel abrió los ojos, el collar había dejado de existir.
Zapirón seguía ovillado e inmóvil en su regazo, como sí en él nada hubiera cambiado hasta que de pronto comenzó a brillar con una luz interior y a crecer hasta que su contorno se desdibujó y la luz fue haciéndose más y más grande. Segundos después, nada quedaba de la felina silueta, sólo un fulgor tan intenso que resultaba imposible fijar en él la vista. El fulgor pareció vacilar un instante y Sabriel sintió que fluctuaba entre dos polos opuestos; por una parte, quería atacarla y por otra no se decidía a hacerlo, como si una lucha interior se lo impidiera. La intensa luz volvió a tomar forma de gato y poco después se partió en cuatro haces de un blanco enceguecedor. Uno de ellos salió raudo hacia la proa, otro hacia la popa y dos más en dirección a las alas.
La papelonave brilló con una luz blanca, como de mil soles, y de repente, detuvo en seco su caída en picado y se enderezó. Sabriel fue despedida con violencia hacía delante, y las correas impidieron lo peor, pero su nariz fue a golpear contra el espejo plateado mientras los músculos del cuello se le tensaban por el esfuerzo de mantener la cabeza firme en su sitio.
Pese a la repentina mejora de la situación, continuaron cayendo. Sujetándose fuertemente el cuello dolorido con las manos, Sabriel comprobó que el suelo se elevaba a toda velocidad hasta llenar el horizonte. Debajo de ellos comenzaron a aparecer las copas de los árboles; saturada de aquella extraña luz, la papelonave pasó rozando las ramas altas produciendo un sonido como el del granizo al golpear un tejado de chapas. A continuación, volvieron a descender, a metros escasos de una zona con aspecto de campo abierto, pero a demasiada velocidad para aterrizar sin peligro de desastre total.
Zapirón, o la cosa rara en la que se había convertido, volvió a frenar la papelonave con una serie de toques vibrantes que le añadieron más magulladuras a las ya existentes. Por primera vez, Sabriel sintió el increíble alivio de saber que sobrevivirían. Una frenada más y la papelonave aterrizaría sana y salva y patinaría durante un trecho sobre la hierba tierna del campo.
Zapirón frenó y Sabriel cantó victoria al notar que la papelonave posaba suavemente la barriga sobre la hierba y se deslizaba hacia lo que parecía que iba a ser un aterrizaje perfecto. El grito de alegría dio paso a otro de alarma cuando la hierba se partió en dos dejando al descubierto el borde de un enorme agujero al que iban a parar de cabeza.
La papelonave, al verse a tan poca altura y con tan poca velocidad para sobrevolar el agujero de unos cincuenta metros de ancho, llegó hasta el borde, cayó dentro e inició un descenso en espiral de muchísimos metros, hasta el fondo.