Sabriel

Garth Nix · Capítulo 3 de 32

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Sabriel

Capítulo 1

El conejo había sido arrollado minutos antes. Sus ojos rosados y vidriosos quedaron fijos en un punto y tenía la blanca pelambre manchada de sangre. Una pelambre extrañamente limpia, pues acababa de huir de un baño. Todavía seguía desprendiendo un leve olor a agua de lavanda.

Una mujer joven y alta, de una palidez llamativa, miraba al conejo desde arriba. La cabellera, negra como la noche, cortada a la moda, le cubría ligeramente la cara. No llevaba maquillaje ni joyas, salvo el distintivo esmaltado del colegio en la solapa del blazer azul marino del uniforme. Aquello, más la falda larga, las medias y los cómodos zapatones, decía claramente que se trataba de una colegiala. En la plaquita que llevaba debajo del distintivo, se leía «Sabriel» y el número romano «VI», y la corona dorada proclamaba que no sólo iba al sexto curso sino que era monitora.

El conejo estaba muerto, sin lugar a ninguna duda. Sabriel apartó la vista de él y observó el sendero de ladrillo que partía del camino y, tras describir una curva, llegaba hasta unas imponentes verjas de hierro forjado. El cartel que había en lo alto de la verja, en caracteres dorados que imitaban la letra gótica, anunciaba que eran las verjas del Colegio Wyverley. En letras más pequeñas se leía: «Fundado en 1652 para muchachas formales».

Una figura diminuta se afanaba por trepar por encima de la verja, poniendo sumo cuidado en evitar las púas cuyo objetivo no era otro que el de disuadir tales actividades. Cuando se encontraba a pocos metros del suelo, se dejó caer y echó a correr, las coletas al viento, los zapatones taconeando sobre los ladrillos. Avanzaba con la cabeza gacha, para ganar impulso, pero en cuanto alcanzó la velocidad de crucero, levantó la mirada y descubrió a Sabriel y al conejo muerto y lanzó un grito.

—¡Conejito!

Sabriel dio un respingo al oír el grito de la niña, vaciló un instante, luego se inclinó al lado del conejo y, con una mano pálida, lo acarició entre las dos largas orejas. Cerró los ojos; su rostro adquirió una expresión ausente, como si se hubiera convertido en piedra. De sus labios entreabiertos salió un leve silbido, como el del viento cuando sopla a lo lejos. Las puntas de sus dedos se llenaron de escarcha hasta caer sobre el asfalto, bajo sus pies.

La otra niña, que seguía corriendo, la vio de pronto inclinarse hacia delante y caer hacia el suelo, pero a último momento, puso una mano y se contuvo. Un segundo después, había recuperado el equilibrio y con ambas manos intentaba retener al conejo, un conejo que volvía a estar inexplicablemente vivo, con los ojos relucientes, tan deseoso de huir de allí como cuando había escapado del baño.

—¡Conejito! —volvió a chillar la niña más pequeña, cuando Sabriel se levantó sujetando al bicho por el cogote—. ¡Gracias, Sabriel! Cuando oí al coche derrapar, pensé que...

Se interrumpió al ver que Sabriel le entregaba el conejo y sus manos expectantes se manchaban de sangre.

—Se pondrá bien, Jacinth —le dijo Sabriel con tono cansino—. Ha sido un rasguño. Ya casi se le ha cerrado.

Jacinth examinó a Conejito con sumo cuidado y luego miró a Sabriel; el miedo comenzó a agitarse en el fondo de sus ojos.

—Debajo de la mancha de sangre no tiene nada —balbuceó Jacinth—. ¿Qué es lo que has he...?

—¡Nada! —le soltó Sabriel—. Y a ver si me explicas qué hacías fuera de los límites del colegio.

—Iba tras Conejito —contestó Jacinth. El miedo desapareció de sus ojos cuando notó que la vida volvía a su cauce normal—. Verás...

—No quiero excusas —le advirtió Sabriel—. Acuérdate de lo que dijo la señora Umbrade el lunes, en la reunión general de alumnos.

—No es una excusa —insistió Jacinth—. Es un motivo.

—Entonces tendrás que explicárselo a la señora Umbrade.

—¡Ay, Sabriel! ¡No seas así! Sabes que no hacía más que correr detrás de Conejito. No habría salido si...

Sabriel levantó ambas manos para indicar que tiraba la toalla y señaló las verjas que había a sus espaldas.

—Si en tres minutos estás otra vez dentro, no habré visto nada. Y esta vez abre la verja. No echarán la llave hasta que yo haya regresado.

Jacinth sonrió y se le iluminó toda la cara, dio media vuelta y salió sendero arriba, con Conejito firmemente apretado contra el pecho. Sabriel se la quedó mirando hasta que traspuso la verja, luego dejó que los temblores se apoderaran de ella hasta quedar doblada en el suelo, presa del frío. En un momento de debilidad había roto la promesa que se había hecho a sí misma y le había hecho a su padre. Era un simple conejo y Jacinth le tenía mucho cariño... ¿pero a qué conduciría aquello? Entre traer de vuelta a un conejo y traer de vuelta a una persona sólo había un paso.

Y lo peor de todo era que había sido muy fácil. Había apresado el espíritu justo en la fuente del río y lo había devuelto con apenas un gesto de fuerza, sanando el cuerpo con sencillos símbolos del Gremio al tiempo que ambos iban abandonando el Reino de la Muerte para regresar al de la vida. Ni siquiera le habían hecho falta campanillas ni ninguno de los diversos instrumentos de los nigromantes. Un silbato y su voluntad.

La muerte y lo que había más allá de la muerte no eran ningún misterio para Sabriel. Deseó que lo fueran.

 

Aquel era el último trimestre de Sabriel en Wyverley, en realidad, las últimas tres semanas. Ya había terminado los estudios; había quedado primera en inglés, casi primera en música, tercera en matemáticas, séptima en ciencias naturales, segunda en artes marciales y cuarta en etiqueta. También había sido primera, y con mucha diferencia, en magia, pero de esa nota no quedaba constancia en el certificado. La magia sólo funcionaba en las regiones de Ancelstierre cercanas al Muro, que hacía de frontera con el Reino Antiguo. Lo que había del otro lado, si es que existía algo, se consideraba extramuros, y las personas afamadas no hablaban de ello. El Colegio Wyverley se encontraba a apenas sesenta kilómetros del Muro, gozaba de muy buena reputación y enseñaba magia a los alumnos con permiso especial de sus padres.

Por ese motivo lo había escogido el padre de Sabriel cuando salió del Reino Antiguo y, acompañado de una niña de cinco años, fue en busca de un internado. Había pagado el primer año por adelantado, en denarios de plata del Reino Antiguo que superaban la prueba de los toques furtivos con hierro templado. Después, había ido a ver a su hija dos veces al año, en verano y en invierno, en ambas ocasiones se había quedado varios días y había llevado consigo más plata.

Como es comprensible, la directora le tenía mucho cariño a Sabriel. Sobre todo porque, al contrario de lo que les pasaba a las demás muchachas, a ella nunca se la veía preocupada por las raras visitas de su padre. En cierta ocasión, la señora Umbrade le había preguntado a Sabriel si le importaba y se quedó bastante intrigada cuando la chica le contestó que veía a su padre con mucha más frecuencia que cuando estaba realmente presente. La señora Umbrade no enseñaba magia y lo único que le importaba del asunto era saber que algunos padres estaban dispuestos a pagar considerables sumas de dinero para que a sus hijas les enseñaran los rudimentos de la hechicería y los encantamientos.

Estaba claro que la señora Umbrade no tenía ningún interés en saber cómo se las arreglaba Sabriel para ver a su padre. La muchacha, por su parte, siempre esperaba con ilusión las visitas no oficiales de su padre y se quedaba mirando la luna, y con el dedo seguía sus movimientos en el almanaque encuadernado en piel donde aparecían las fases lunares de ambos Reinos y abundante información sobre las estaciones, las mareas y otras efemérides que en ningún momento coincidían a ambos lados del Muro. El enviado de Abhorsen, copia exacta del nigromante, aparecía siempre con luna nueva.

En esas noches, Sabriel se encerraba en su estudio (privilegio reservado a las alumnas de sexto curso; cuando no contaba con estudio propio, tenía que colarse en la biblioteca), ponía agua a hervir, tomaba té y leía un libro hasta que se levantaba el viento característico que apagaba el fuego y la luz eléctrica y sacudía los postigos; todos éstos eran, al parecer, los preparativos necesarios que precedían la llegada del enviado fosforescente de su padre y que le permitían materializarse en el sillón vacío.

Aquel mes de noviembre, Sabriel esperaba con especial ilusión la visita de su padre. Sería la última, porque las clases estaban a punto de terminar y ella quería hablar de su futuro. La señora Umbrade quería que fuese a la universidad, pero aquello implicaba alejarse todavía más del Reino Antiguo. Sus poderes mágicos se debilitarían y las visitas paternas se verían limitadas a las presencias físicas reales, por lo que era muy posible que fuesen todavía menos frecuentes. Por otra parte, ir a la universidad implicaba continuar en compañía de las amigas que había tenido prácticamente desde siempre, muchachas con las que había comenzado a estudiar a los cinco años. Iba a tener ocasión de ampliar su círculo social, sobre todo con la presencia de jóvenes, de los que en el Colegio Wyverley había una notable escasez.

La desventaja de perder sus poderes mágicos tal vez podría verse compensada por una disminución de su afinidad con la muerte y los difuntos...

En todo esto pensaba Sabriel mientras esperaba, con el libro en la mano y una taza de té medio llena, en precario equilibrio sobre el brazo de su sillón. Eran casi las doce de la noche y Abhorsen seguía sin aparecer. Sabriel había comprobado dos veces el almanaque, incluso había abierto los postigos para echar un vistazo al cielo. No cabía duda: había luna nueva, la oscuridad era total, pero su padre seguía sin dar señales de vida. Era la primera vez que su padre no aparecía; le entró una súbita inquietud.

Sabriel rara vez pensaba en cómo sería la vida en el Reino Antiguo, pero en ese momento, a su mente acudieron antiguas historias y borrosos recuerdos de cuando había vivido allí con los viajeros. Abhorsen era un poderoso hechicero, pero aun así...

—¡Sabriel! ¡Sabriel!

Una voz aguda, seguida de un rápido golpe en la puerta y de una sonora sacudida del pomo, interrumpió sus pensamientos. Sabriel suspiró, se levantó del sillón, recogió la taza de té y abrió la puerta.

Se encontró delante a una niña pálida y asustada que, con manos temblorosas, retorcía el gorro de noche.

—¡Olwyn! —exclamó Sabriel—. ¿Qué ocurre? ¿Se ha vuelto a poner enferma Sussen?

—No —sollozó la niña—. Oí ruidos detrás de la puerta de la torre y pensé que Rebece e Ila se estaban dando un festín de medianoche sin mí, así que fui a ver y...

—¿Qué? —exclamó Sabriel, alarmada.

Estaba prohibido abrir las puertas que daban al exterior en plena noche, y menos estando tan cerca del Reino Antiguo.

—¡Lo siento! —se excusó Olwyn—. No era mi intención. No sé por qué lo hice. No eran Rebece e Ila... Era una silueta negra que intentaba entrar. Le cerré la puerta en las narices...

Sabriel dejó la taza de té y salió disparada, dejando atrás a Olwyn. Se encontraba casi en mitad del pasillo cuando, a sus espaldas, oyó que la taza se hacía añicos y que Olwyn reaccionaba con un grito de horror al comprobar que se tratara la porcelana con tanto desdén. No hizo ningún caso y echó a correr encendiendo las luces a medida que avanzaba hacia la puerta abierta del dormitorio oeste. Cuando llegó, en el interior se oyeron gritos aislados que fueron sumándose hasta formar un coro histérico. En el dormitorio había cuarenta niñas, la mayoría del primer curso, todas ellas menores de once años. Sabriel inspiró hondo y cruzó la puerta, los dedos de la mano preparados para lanzar un hechizo. No le hizo falta ver nada para notar la presencia de la muerte,

El dormitorio era muy largo y angosto, con el techo bajo y varios ventanucos. Las camas y los tocadores se alineaban a ambos lados. En el extremo más alejado, una puerta conducía a la escalera de la torre Oeste. Se suponía que estaba cerrada a cal y canto, pero las cerraduras no siempre resistían los poderes del Reino Antiguo.

La puerta estaba abierta. En el marco se alzaba una silueta profundamente oscura, como si alguien hubiese recortado un trozo de cielo nocturno dándole forma humana y poniendo sumo cuidado en elegir un trozo despojado de estrellas. Carecía de facciones, pero la cabeza se movía afanosamente, como si los sentidos que poseía tuviesen un alcance muy limitado. Aunque pareciera mentira, en una mano de cuatro dedos, llevaba un saco de lo más prosaico, cuya tela rústica resaltaba sobre el fondo irreal de su carne.

Sabriel hizo un ademán complicado; dibujó en el aire los símbolos del Gremio que inducían el sueño, la calma y el descanso. Con un ágil movimiento, señaló ambos lados del dormitorio y dibujó uno de los símbolos maestros que lo abarcó todo. En un periquete, todas las niñas dejaron de gritar y, de una en una, volvieron a acostarse.

La cabeza de la criatura dejó de moverse y Sabriel supo entonces que la estaba mirando. Aquella cosa avanzó despacio, levantó torpemente la pierna y la desplazó hacia delante, se detuvo un momento, luego levantó la otra pierna y avanzó un poco más. Los pasos lentos y desmañados iban acompañados del sonido fantasmal que producían los pies al rozar la delgada alfombra. Al pasar junto a cada cama, las luces se encendían y se apagaban.

Sabriel bajó los brazos a los costados del cuerpo y clavó la vista en el torso de la criatura para percibir la materia de la que estaba hecha. La muchacha no disponía de sus instrumentos, por lo que tuvo un momento de vacilación antes de trasponer la frontera y hundirse en la muerte, sin apartar en ningún momento la vista del intruso.

El río fluía entre las piernas de Sabriel, frío como siempre. La luz, grisácea y helada, se proyectaba hacia el horizonte completamente plano. A lo lejos, alcanzó a oír el estruendo de la Primera Puerta. En ese momento vio con claridad la verdadera forma de la criatura, despojada del halo de la muerte que llevaba al mundo de los vivos. Se trababa de uno de los moradores del Reino Antiguo, un ser con vagos rasgos humanos, más simio que hombre, de escasa o nula inteligencia. No todo estaba a la vista, y Sabriel sintió en sus carnes la garra del pánico al descubrir el hilo negro que salía de la espada de la criatura y se hundía en el río. En alguna parte, al otro lado de la Primera Puerta, e incluso más allá, el extremo de aquel cordón umbilical, descansaba en las manos de un adepto. Mientras el hilo existiera, la criatura se encontraba bajo el dominio absoluto de su amo, que podía utilizar sus sentidos y su espíritu como mejor le pareciera.

 

Algo tiró del cuerpo físico de Sabriel; renuente, la muchacha enfocó sus sentidos hacia el mundo de los vivos y una ligera sensación de náusea le subió a la garganta, al tiempo de una ola de calor envolvía su cuerpo helado como la muerte.

—¿Qué ocurre? –susurró una voz tranquila al oído de Sabriel. Una voz antigua, dotada del poder de la magia del Gremio.

Era la señorita Greenwood, la magistrix del colegio.

—Es un siervo muerto, un espectro –respondió Sabriel, concentrada otra vez en la criatura, que se hallaba ahora en mitad del domitorio, moviendo decidida una pierna y luego la otra—. No tiene voluntad propia. Algo lo ha enviado de vuelta al mundo de los vivos. Lo controlan desde la Pirmera Puerta.

—¿A qué ha venido? –preguntó la magistrix.

Su voz sonó tranquila, pero Sabriel notó que en su interior se iban reuniendo los símbolos del Gremio para tomar cuerpo en su lengua, símbolos que desatarían el trueno y las llamas, las fuerzas destructivas de la tierra.

—No es abiertamente malvada, ni ha intentado hacer verdadero daño… — contestó Sabriel con cautela, mientras sopesaba mentalmente todas las posibilidades.

Estaba acostumbrada a explicarle a la señorita Greenwood aspectos puramente nigrománticos de la magia. La magistrix le había dado clases de magia del Gremio, pero la nigromancia no estaba en el programa. Sabriel había aprendido más nigromancia de la que hubiera querido de su padre… y de los muertos.

—Pero no haga nada por ahora. Intenteré hablar con la criatura.

 

El frío la envolvió otra vez y le hincó los helados dientes cuando las aguas del río se arremolinaron entre sus piernas, ávidas por engullirla y arrastrarla lejos. Sabriel echó mano de su voluntad y el frío no fue más que una sensación inocua, la corriente apenas una vibración placentera en los pies.

La criatura se encontraba cerca, pues estaba en el mundo de los vivos. Sabriel tendió ambas manos y dio una palmada; el eco de aquel sonido repentino se propagó durante mucho rato, muicho más que en ninguna parte. Antes de que se acallara, Sabriel silbó varias notas que también resonaron, sonidos melodiosos mezclados con el ruido seco de la palmada.

La cosa dio un respingo al oír aquellos sonidos y retrocedió tapándose los oídos. Al hacerlo,dejó caer el saco. Sabriel se sobresaltó. No había reparado en el saco, probablemnete porque no esperaba nada semejante. Eran pocos los objetos inanimados que lograban existir en los dos Reinos, el de los vivos y el de los difuntos.

La sorpresa de la muchacha fue mayúscula cuando la criautra se inclinó de pronto y se zambulló en busca del saco. Lo encontró casi de inmediato auqnue perdió pie. El saco salió a la superficie y la corriente se tragó a la criatura. Sabriel lanzó un suspiro de alivio al comprobar que desparecía, y acto seguido, reprimió un grito al ver que sacaba la cabeza y exclamaba:

—¡Sabriel! ¡Mi mensajero! ¡Coge el saco! –Era la voz de Abhorsen.

Sabriel echó a correr y una mano salió a su encuentro, con el saco firmemente asido. La muchacha se estiró para aferrarlo, pero se escpó y volvió a intentarlo. Lo rescató justo antes de que la correinte arrastrara a la criatura llevándosela consigo. Sabriel se quedó mirándola; el estruendo de la Pirmera Puerta aumentó de pronto, como solía hacerlo siempre cuando alguien cruzaba sus cascadas. Se dio media vuelta y echó a andar pesadamente contra la corriente hasta llegar a un punto donde pudiera volver a la vida. El saco le pesaba y notaba un nudo en el estómago. Si era cierto que Abhorsen había enviado el mensaje, entonces significaba que no podía regresar al mundo de los vivos.

Aquello sólo podía significar dos cosas, o que estaba muerto, o que estaba atrapado por algo que había logrado trasponer la Ultima Puerta.

 

La náusea volvió a subirle como una oleada a la garganta y Sabriel cayó de rodillas, presa de los temblores. Notaba la mano de la magistrix en el hombro, pero toda su atención estaba fija en el saco que tenía firmemente asido. No le hacía falta mirar para saber que la criatura había desaparecido. Su aparición en el mundo de los vivos concluyó en cuanto su espíritu traspuso la Primera Puerta. A la mañana siguiente, de su paso sólo quedaría un montoncito de tierra de la sepultura que alguien se encargaría de barrer.

—¿Qué has hecho? —le preguntó la magistrix, mientras Sabriel se pasaba las manos por el pelo y de sus dedos caían cristales de hielo sobre el saco, tendido ante sus rodillas.

—Traía un mensaje para mí —contestó Sabriel—. Y lo recogí.

Abrió el saco y metió la mano dentro. Se topó con la empuñadura de una espada, la sacó, todavía envainada, y la dejó a un lado. No le hizo falta desenvainarla para ver los símbolos del Gremio grabados en el acero: la esmeralda sin brillo del pomo y el guardamano de gastado bronce le resultaban tan familiares como la cubertería poco elegante de la escuela. Era la espada de Abhorsen.

La bandolera de cuero que sacó luego era un cinto desgastado, de color marrón, de un palmo de ancho, que desprendía siempre un ligero olor a cera de abeja. De ella colgaban siete morrales de cuero, el primero, grande como un frasquito de pildoras, y los siguientes iban aumentando de tamaño hasta llegar al séptimo, del tamaño de una jarra. La bandolera se llevaba cruzada sobre el pecho, con los morrales colgando. Sabriel abrió el más pequeño, sacó una campanilla de plata con un mango oscuro de caoba pulida. La sostuvo con cuidado, pero el badajo osciló ligeramente y la campanilla emitió una nota aguda y dulce que, por motivos desconocidos, quedaba grabada en la mente mucho tiempo después de haberse apagado el sonido.

—Son los instrumentos de mi padre —musitó Sabriel—. Los utensilios del nigromante.

—Pero la campanilla lleva grabadas las marcas del Gremio... y el mango también —observó la magistrix, que la miraba fascinada—. La nigromancia es magia libre, no está sujeta a las reglas del Gremio...

—La de mi padre es diferente —contestó Sabriel, distante, sin apartar la mirada de la campanilla que tenía sujeta, pensando en las manos bronceadas y llenas de arrugas de su padre sosteniendo las campanillas—. Su oficio consiste en atar a los muertos con un vínculo, no en resucitarlos. Fue un fiel sirviente del Gremio.

—Nos vas a dejar, ¿verdad? —le preguntó la magistrix de repente, mientras Sabriel guardaba !a campanilla y se ponía de pie con la espada en una mano y la bandolera en la otra—. Acabo de verlo, en el reflejo de la campanilla. Cruzabas el Muro...

—Sí. Entraba en el Reino Antiguo —dijo Sabriel como si en ese momento comprendiera lo que acababa de ocurrir—. Algo le ha pasado a mi padre, pero lo encontraré... Lo juro por la marca del Gremio que me impusieron al nacer.

Se tocó la frente, donde la marca brilló durante un instante tan fugaz que fue como si nunca hubiese existido. La magistrix asintió y se llevó la mano a la frente, allí, una marca brillante ocultó todo rastro del tiempo. A medida que iba apagándose, a ambos lados del dormitorio comenzaron a oírse susurros y leves gemidos.

—Ya me ocupo yo de cerrar la puerta y de explicarles a las niñas lo ocurrido — dijo la magistrix con firmeza—. Será mejor que te vayas y... y que te prepares para mañana.

Sabriel asintió y se marchó, tratando de concentrarse en los aspectos prácticos del viaje, más que en lo que podía haberle ocurrido a su padre. Tomaría un coche lo más temprano posible para ir a Bain, el pueblo más cercano, y luego un autobús hasta la frontera de Ancelstierre que lindaba con el Muro. Con suerte, llegaría a primeras horas de la tarde...

Todos aquellos planes no consiguieron que se quitara de la cabeza a Abhorsen. ¿Qué habría podido ocurrirle para que quedara atrapado en la Muerte? Y aunque consiguiera llegar al Reino Antiguo, ¿qué podía hacer ella para remediarlo?