Sabriel

Garth Nix · Capítulo 17 de 32

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Sabriel

Capítulo 15

La escalera se encontraba al norte de la nave central. Oculta por arte de la magia y el artificio, se ofrecía a la vista como poco más que una zona húmeda en la piedra caliza que formaba la pared del pozo airón. Sin embargo, era posible cruzarla sin mayor dificultad, pues se trataba en realidad de una puerta abierta de la que los peldaños iban subiendo.

Decidieron subir esos peldaños a la mañana siguiente, tras otro día de descanso. Sabriel estaba ansiosa por proseguir viaje, pues presentía que cuanto más tiempo transcurriera, mayor sería el peligro al que estaba sometido su padre, pero también era realista y sabía que debía esperar para recuperarse del todo. Además, pensó que tal vez Piedra de Toque también necesitara descansar. Mientras buscaban la escalera, había intentado sonsacarle más información, pero se mostró tan poco comunicativo que apenas abrió la boca, y cuando lo hizo, Sabriel recibía sus humildes disculpas con manifiesta irritación. Después de encontrar ia puerta, se dio por vencida, se sentó en la hierba, cerca del manantial, y se puso a leer los libros de su padre sobre magia del Gremio. El Libro de los Muertos seguía envuelto en la tela impermeable. Pese a ello, notaba su presencia perturbadora en la mochila... ,

Piedra de Toque se colocó en el extremo opuesto de la nave, cerca de la proa, donde practicó unos cuantos estoques con sus dos espadas, hizo ejercicios de estiramiento y algunos saltos acrobáticos. Zapirón lo observaba entre la maleza, los ojos verdes le brillaban con gran intensidad, como si estuviese acechando un ratón.

El almuerzo resultó un fracaso tanto en el aspecto culinario como en el de la conversación. Tiras secas de cecina, con guarnición de berros recogidos en las orillas del manantial y respuestas monosilábicas de Piedra de Toque, Volvió incluso a tratarla de «mi señora» pese a que Sabriel insistió en incontables ocasiones para que la llamara por su nombre. Zapirón no contribuyó a que el hombre se olvidara de tantas formalidades, porque no dejaba de llamarla Abhorsen. Después del almuerzo, cada cual se dedicó a sus ocupaciones. Sabriel se concentró en el libro; Piedra de Toque en sus ejercicios y Zapirón en su vigilancia.

Llegó la cena sin que a ninguno le hiciera demasiada ilusión. Sabriel trató de pegar la hebra con Zapirón, pero el gato se había contagiado del mutismo de Piedra de Toque, aunque por fortuna, no de su servilismo. En cuanto terminaron de comer, y tras reunir las brasas del fuego, cada uno se fue en una dirección: Piedra de Toque hacia el oeste, Zapirón hacia el norte y Sabriel hacia el este, en busca de un lugar despejado donde dormir a pierna suelta.

Sabriel se despertó una vez en el curso de la noche. Sin levantarse, se dio cuenta de que alguien había reavivado el fuego y vio que Piedra de Toque estaba sentado junto a la fogata, mirando las llamas mientras en sus ojos se reflejaba la retozona luz roja y dorada. Estaba demacrado; tanto, que parecía enfermo.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Sabriel en voz baja incorporándose y apoyándose en un codo.

Piedra de Toque dio un respingo, se dio media vuelta y a punto estuvo de caerse. Por primera vez no habló como un sirviente enfurruñado.

—No mucho. Me acuerdo de lo que no debo y me olvido de lo que no debería. Perdóname.

Sabriel no le contestó. La última palabra iba dirigida al fuego, no a ella.

—Por favor, mi señora, duérmete otra vez —prosiguió Piedra de Toque, adoptando nuevamente su papel servil—. Te despertaré por la mañana.

Sabriel abrió la boca, dispuesta a decir algo mordaz sobre lo arrogante que resultaba la humildad fingida, pero lo pensó dos veces, se calló y se volvió a meter debajo de la manta. «Tú concéntrate en rescatar a tu padre —se dijo—. Es lo único que importa. Rescatar a Abhorsen. No te preocupes por los problemas de Piedra de Toque ni por la extraña naturaleza de Zapirón. Tú, a rescatar a Abhorsen, A rescatar a Abhorsen. A rescatar a Abhor..., rescatar...»

—¡Despierta! —le susurró Zapirón al oído.

La muchacha se dio la vuelta y no le hizo ni caso, pero el gato saltó por encima de su cabeza y le repitió en el otro oído:

—¡Despierta!

—Estoy despierta —gruñó Sabriel.

Se sentó y al envolverse con la manta, notó el frío de las horas que preceden el amanecer en la cara y las manos. Estaba muy oscuro, salvo por la luz vacilante del fuego y el levísimo fulgor del amanecer que asomaba por el borde del pozo airón. Piedra de Toque ya estaba preparando las gachas. Se había lavado y afeitado; por los cortes que tenía en la barbilla y el cuello debía de haber utilizado la daga.

—Buenos días —la saludó—. Cinco minutos más y las gachas estarán listas, mi señora.

Sabriel refunfuñó al oírse tratar así otra vez, recogió la camisa y los pantalones, se envolvió en la manta y, con paso torpe, encorvada, nada digna de ser llamada «mi señora», se alejó en dirección al manantial, decidida a encontrar antes un arbusto adecuado.

El agua helada del manantial terminó de despertarla del todo, aunque se mojó y dejó que le diera el aire algo menos frío no más de los diez segundos que tardó en quitarse la camiseta, lavarse someramente y volver a vestirse. Limpia, despierta y arreglada, regresó junto a la fogata y tomó su ración de gachas. Luego Piedra de Toque comió mientras Sabriel se abrochaba la armadura, se colocaba la espada y las campanas. Zapirón estaba tendido junto al fuego, catentándose la barriga blanca y peluda. Sabriel se preguntó una vez más si le hacía falta alimentarse. Era evidente que le gustaba la comida, pero daba toda la impresión de comer para divertirse, más que para reponer fuerzas.

Concluido el desayuno, Piedra de Toque siguió comportándose como ün sirviente: limpió el cacharro y la cuchara, apagó el fuego y guardó todo. Cuando se disponía a echarse la mochila al hombro, Sabriel lo detuvo.

—No, Piedra de Toque. Es mi mochila. Ya la llevaré yo, gracias.

El hombre dudó, luego le pasó la mochila y la habría ayudado a colocársela, pero la muchacha metió los brazos por las correas y la tuvo colgada a la espalda antes de que él pudiera hacer nada.

Media hora más tarde, cuando habían subido un tercio de la estrecha escalera tallada en la piedra, Sabriel lamentó la decisión de cargar con aquel fardo. No se había recuperado del todo del accidente de la papelonave y la escalera era empinada y tan estrecha que le costaba Dios y ayuda superar los continuos giros. No importaba en qué dirección fuera, la mochila siempre acababa golpeando la pared.

—A lo mejor deberíamos turnarnos para cargar con la mochila —sugirió de mala gana, cuando se detuvieron a recuperar el aliento en una especie de hornacina. Piedra de Toque, que iba delante, asintió y bajó unos peldaños para coger la mochila.

—Iré yo delante ahora —añadió Sabriel

Estiró cuanto pudo la espalda y los hombros para desentumecerse. Se estremeció ligeramente al notar que se le enfriaba el sudor acumulado en la zona donde había llevado la mochila. Debajo de la armadura, la túnica, la camisa y la camiseta notó la espalda mojada y grasienta. Cogió la vela del banco y se adelantó.

—No —le dijo Piedra de Toque, interponiéndose en su camino—. En esta escalera hay guardianes y defensas. Conozco las palabras y las señas necesarias para neutralizarlos. Tú eres la Abhorsen, es posible que te dejen pasar, pero no estoy seguro.

—Estás recuperando la memoria, según parece —comentó Sabriel, algo rabiosa de que frustaran sus planes—. Dime una cosa, ¿es ésta la escalera donde le tendieron la emboscada a la reina

—No —contestó Piedra de Toque con tono cansado. Y tras una vacilación, agregó —: Esa escalera está en Belisaere.

Dicho lo cual, se dio la vuelta y siguió subiendo. Sabriel fue detrás, con Zapirón pisándole los talones. Sin la pesada carga de la mochila, se notaba más alerta. Observaba a Piedra de Toque y lo veía detenerse de tanto en tanto y mascullar algunas palabras entre dientes. Cada vez que lo hacía, se notaba el toque suave, como el roce de una pluma, de la magia del Gremio. Una magia sutil, mucho más astuta que la del túnel de abajo. Más difícil de detectar y probablemente mucho más letal, pensó Sabriel. Notó entonces su presencia, captó la leve sensación de la muerte. Aquella escalera había sido testigo de matanzas hacía mucho, mucho tiempo.

Llegaron finalmente a una sala amplia, con un par de puertas dobles en un extremo. La luz se filtraba por un sinnúmero de pequeños agujeros redondos en el techo, o más bien, tal como Sabriel pudo comprobar poco después, a través de una inmensa celosía que en otros tiempos daba al cielo abierto.

—Ésa es la puerta exterior —le informó Piedra de Toque, sin necesidad alguna.

Apagó la vela, cogió la de Sabriel, poco más que una masa informe de cera, y se metió ambas en el bolsillo delantero de la falda escocesa. La muchacha pensó en hacerle una broma sobre los posibles daños que podía causarle la cera caliente, pero prefirió callar. Piedra de Toque no se caracterizaba precisamente por ser alegre y desenfadado.

—¿Cómo se abre? —inquirió Sabriel señalando la puerta.

No veía ni picaportes, ni cerradura, ni llave. Tampoco bisagras, en realidad.

Piedra de Toque guardó silencio, con la mirada perdida en el vacío; luego rió, con una risita tímida y amarga.

—¡No me acuerdo! Mira que subir toda lá escalera y saberme todas las palabras y señales y ahora... ¡Ahora soy un inútil! ¡Un perfecto inútil!

—Al menos has conseguido que subiéramos la escalera —observó Sabriel, alarmada por la violencia con que se echaba la culpa. De no haber aparecido tú, seguiría sentada junto al manantial, viéndolo burbujear.

—Habrías encontrado la salida —masculló Piedra de Toque—. O la habría encontrado Zapirón. ¡Madera! Eso es lo que merezco ser...

—Piedra de Toque —lo interrumpió Zapirón con un siseo—, cierra la boca. Debes mostrate útil, ¿lo recuerdas?

—Sí —contestó Piedra de Toque y se calmó, dejó de respirar agitadamente y compuso el gesto—. Lo lamento, Zapirón. Mi señora.

—Por favor, por favor, llámame Sabriel —repitió la muchacha harta ya—. Acabo de salir de la escuela secundaria, sólo tengo dieciocho años. Eso de que me llames «mi señora» me parece una ridiculez.

—Sabriel —dijo Piedra de Toque, cauteloso—. Intentaré recordarlo—. Lo de «mi señora» es una costumbre... Me recuerda el lugar que ocupo en este mundo. Es más fácil para mí..

—¡Me importa un comino lo que te sea más fácil! —le soltó Sabriel—. ¡No me llames más «mi señora» y deja de comportarte como un imbécil! Sé tú mismo. Compórtate normalmente. ¡No necesito un criado, necesito un amigo que me sea útil!

—Muy bien, Sabriel —dijo Piedra de Toque procurando imprimir entusiasmo a sus palabras.

Estaba visiblemente enfadado, al menos eso constituía una mejoría en comparación con su anterior actitud servil, pensó Sabriel.

—Y ahora —le dijo a Zapirón, que sonreía con aire de suficiencia—. ¿Tienes alguna idea de cómo funciona esta puerta?

—Sólo una —contestó Zapirón, se restregó entre sus piernas y se acercó a la fina línea divisoria que separaba las dos hojas de la puerta—. Empujad. Uno a cada lado.

—¿Qué empujemos?

—¿Por qué no? —preguntó Piedra de Toque.

Se colocó a la izquierda de la puerta, puso las palmas sobre la madera con remaches metálicos. Sabriel dudó un momento, luego se puso en la parte derecha de la puerta.

—¡A empujar a la de tres! ¡Uno, dos, tres! —gritó Zapirón.

Sabriel empujó al oír «dos» y Piedra de Toque cuando el gato dijo «tres». Tardaron unos segundos en sincronizar fuerzas. Después, las puertas se fueron abriendo poco a poco, se coló un haz de sol que fue del suelo al techo iluminando a su paso miles de motas de polvo.

—Esto me huele raro —dijo Piedra de Toque; la madera vibraba bajo sus manos como las cuerdas de un laúd.

—¡Oigo voces! —exclamó Sabriel al mismo tiempo, y los oídos se le llenaron de medias palabras, risas, cánticos lejanos.

—Veo el tiempo —susurró Zapirón tan quedo que sus palabras se las tragó el aire.

Y se abrieron las puertas. Cruzaron el umbral protegiéndose los ojos del sol; notaron la fresca brisa en la piel, el limpio aroma de los pinos borró todo vestigio del olor a polvo del subsuelo. Zapirón estornudó brevemente tres veces y corrió en un círculo cerrado. Las puertas se cerraron sin hacer ruido, de forma tan inexplicable como se habían abierto.

Se encontraban en un pequeño claro, en el centro de un pinar o plantación, porque los árboles crecían a intervalos regulares. A sus espaldas, las puertas quedaron en la ladera de una loma cubierta de césped y arbustos achaparrados. El suelo estaba cubierto de una gruesa capa de pinaza en la que a cada paso asomaban las pinas, como calaveras desenterradas en un antiguo campo de batalla arado.

—El Bosque Vigía —dijo Piedra de Toque. Inspiró hondo un par de veces, miró el cielo y suspiró—. Estamos en invierno, creo... ¿o comienzos de la primavera?

—En invierno —le aclaró Sabriel—. Cerca del Muro nevaba copiosamente. Aquí parece que hace mejor tiempo.

—La mayor parte del Muro, los Despeñaderos Largos y la casa de Abhorsen se encuentran en la Meseta Sur o en parte de ella —les explicó Zapirón—. La meseta está entre trescientos y seiscientos metros por encima de la llanura costera. De hecho, la zona que rodea Nestowe, hacia donde nos dirigimos, se encuentra por debajo del nivel del mar y se ha ganado a las aguas.

—Sí —dijo Piedra de Toque—. Lo recuerdo. Dique Largo, los canales elevados, los molinos de viento para bombear el agua...

—Qué locuaces e informativos estáis, para variar —observó Sabriel—. A ver si uno de vosotros me hace el favor de contarme algo que quiero saber de verdad, como por ejemplo, qué son las grandes cartas del Gremio.

—Yo no puedo —contestaron Zapirón y Piedra de Toque al unísono. Y luego, este último añadió, no muy decidido—: Hay un encantamiento… un hechizo vinculante al que ambos estamos sujetos. Pero alguien que no sea mago del Gremio y que no esté firmemente comprometido con el Gremio, podría hablar. Por ejemplo un niño bautizado con la marca del Gremio, pero que no se hubiera educado conforme a los ritos del poder.

—Eres más listo de lo que yo creía —dijo Zapirón—. Aunque eso no es decir mucho.

—Un niño —repitió Sabriel—. ¿Y por qué iba a saberlo un niño?

—Si hubieras recibido una educación adecuada, tú también lo sabrías —dijo Zapirón—. Mandarte a esa escuela ha sido tirar unas buenas piezas de plata.

—Es posible —convino Sabriel—. Aunque ahora que sé mucho más sobre el Reino Antiguo, sospecho que ir a la escuela en Ancelistierre me salvó la vida. Dejémonos de tonterías. ¿En qué dirección seguimos?

Piedra de Toque miró el cielo y comprobó que sobre el claro era azul, pero negro donde se alzaban los pinos. El sol asomaba apenas por encima de los árboles y se encontraba más o menos a una hora del cénit. Piedra de Toque apartó la vista y observó las sombras de los árboles y luego señaló:

—Hacia el este. Deberíamos encontrar una serie de pilares del Gremio, desperdigados de aquí hasta las lindes orientales del Bosque Vigía. Este sitio está muy protegido por la magia. Hay... había muchos pilares.

Los pilares seguían allí, y después del primero, encontraron las huellas de algo que parecía un animal que iban zigzagueando de un pilar al siguiente. Bajo los pinos hacía un fresquito agradable.

La constante presencia de los pilares del Gremio les daba una sensación tranquilizadora tanto a Sabriel como a Piedra de Toque, que los consideraba como faros en un mar de árboles.

Había siete pilares en total y ninguno de ellos estaba roto; pese a todo, Sabriel estaba en ascuas cada vez que abandonaban las proximidades de uno para pasar al siguiente, y no conseguía quitarse de la cabeza una cruda imagen: el pilar cercenado y manchado de sangre de Cima Partida.

El último pilar se hallaba en el límite mismo del pinar, en la cima de un risco de granito de treinta o cuarenta metros de altitud que marcaba el borde oriental del bosque y el final del terreno elevado.

Se quedaron junto al pilar y desde allí contemplaron la ancha extensión azul grisácea del mar cuyas incesantes olas de blanca espuma bañaban la playa. Más abajo se veían las tierras planas y hundidas de Nestowe, mantenidas gracias a una serie de canales elevados, bombas y diques. La aldea misma se encontraba a algo más de un kilómetro, en la cumbre de otro risco de granito, y el puerto estaba del otro lado, donde no alcanzaba la vista.

—Los campos están inundados —dijo Piedra de Toque, algo perplejo, como si no diera crédito a sus ojos.

Sabriel siguió su mirada y comprobó que lo que había tomado por un cultivo era en realidad una mezcla de cieno y agua que cubría las zonas donde en otros tiempos crecían los cereales. Los molinos de viento, que proporcionaban la energía para las bombas, estaban inmóviles, las aspas en forma de trébol colgaban silenciosas en lo alto de sus torres, pese a la brisa salada que soplaba desde el mar.

—¿Cómo es posible? ¡Las bombas eran obra de un encantamiento del Gremio! — exclamó Piedra de Toque—. Obedecían al viento, funcionaban sin descanso...

—No hay gente en los campos..., nadie en este lado de la aldea —observó Zapirón, cuya vista llegaba más lejos que el telescopio guardado en la mochila de Sabriel.

—El pilar del Gremio que hay en Nestowe debe de estar roto —dijo Sabriel apretando los labios, con frialdad—. Y percibo en el aire cierto hedor. Hay muertos en la aldea.

—La forma más rápida de llegar a Belisaere es en barco y confio razonablemente en mis dotes marineras –observó Piedra de Toque—. Pero sí los muertos están allá abajo, ¿no deberíamos…?

—Bajaremos y conseguiremos un barco –anunció Sabriel con firmeza—. Mientras el sol esté alto.