Sabriel

Garth Nix · Capítulo 22 de 32

Páginas del PDF

Sabriel

Capítulo 20

Abandonar aquel barrio seguro, rodeado de acueductos, de Belisaere resultó ser una empresa más difícil que entrar en él, sobre todo por el arco del norte, que conducía a una calle largo tiempo abandonada de casas derruidas que subía describiendo curvas en dirección de las colinas del norte de la ciudad.

El arco estaba vigilado por seis guardias que se mostraban mucho más alertas y eficientes que los apostados en el callejón de salida a las dársenas. Delante de Sabriel y Piedra de Toque había también un grupo de personas a la espera de que les franquearan el paso. Eran nueve hombres; llevaban las señales de la violencia escrita en sus expresiones, en la forma en que hablaban y se movían. Iban armados hasta los dientes: dagas, hachas inmensas. Casi todos llevaban en bandolera arcos cortos, muy curvados.

—¿Quiénes son esos hombres? —le preguntó Sabnel a Piedra de Toque—. ¿Por qué salen a la parte muerta de la ciudad?

—Son carroñeros —contestó Piedra de Toque—. Las personas con las que hablé anoche los mencionaron. Algunas zonas de la ciudad fueron rápidamente abandonadas a los muertos, y allí se conserva todavía un buen botín. En mi opinión, es una ocupación peligrosa.

Sabriel asintió, pensativa, y volvió a observar a los hombres, que en su mayoría estaban sentados o acuclillados junto al muro del acueducto. Algunos le devolvieron la mirada, no sin cierto recelo. Por un momento pensó que habían visto las campanas que ocultaba bajo la capa y que la habían reconocido como nigromante; luego comprendió que Piedra de Toque y ella podían parecer carroñeros rivales. Al fin y al cabo, ¿quién más iba a atreverse a abandonar la protección del agua corriente? En el fondo, se sintió un poco carroñera endurecida. Pese a que iba limpia como una patena, los vestidos y la armadura que llevaba no contribuían a darle un aspecto agradable. Seguían algo húmedos y a la capa con la que se cubría le faltaba poco para estar empapada, pues no la habían tendido lo suficiente después del lavado. El único aspecto positivo era que todo olía a gloria, pues las lavanderas de la posada El Signo de los Tres Limones utilizaban jabón de limón.

Sabriel creía que los carroñeros esperaban a los guardias, pero estaba claro que lo que esperaban era otra cosa que divisaron inmediatamente. Los hombres se incorporaron entre gruñidos y blasfemias y juntos avanzaron arrastrando los pies en un simulacro de fila india.

Sabriel miró por encima del hombro y al descubrir lo que miraban, se quedó de piedra. Dos hombres avanzaban hacia el arco seguidos de una veintena de niños de edades comprendidas entre los seis y los dieciséis años. Los hombres que iban al frente del grupo tenían la misma mirada que los otros carroñeros y portaban látigos de cuatro colas. Los niños llevaban grilletes sujetos a una larga cadena central. Uno de los hombres que iba al frente llevaba la cadena y conducía a los niños por el centro del camino. El otro iba detrás, haciendo restallar el látigo en el aire, por encima de los cuerpecitos, y de vez en cuando, las cuatro colas rozaban una oreja o alguna coronilla.

—De esto también oí hablar —masculló Toque de Piedra, acercándose más a Sabriel al tiempo que posaba las manos en la empuñadura de las espadas—. Pero pensé que eran cuentos de borrachos. Los carroñeros utilizan niños esclavos como señuelo o cebo para los muertos. Los dejan en un lugar para que los muertos salgan de donde ellos creen que puede haber algún botín.

—¡Es... indignante! —exclamó Sabriel, enfurecida—. ¡Inmoral! ¡Son negreros, no carroñeros! ¡Debemos impedirlo!

Avanzó, decidida; en su mente se fue formando el encantamiento del Gremio para enceguecer y confundir a los carroñeros, pero al notar un dolor agudo en el cuello, se detuvo. Zapirón, que iba montado sobre sus hombros, le había clavado las garras justo debajo de la barbilla. La sangre comenzó a manar en delgados hilillos mientras el felino le susurraba al oído.

—¡Espera! Hay nueve carroñeros, seis guardias y algunos más muy cerca. ¿En qué se verían beneficiados esos niños y los que puedan seguirles si te matan? ¡Los muertos están en el fondo de tanta maldad y la Abhorsen debe dedicarse a acabar con ellos!

Sabriel paró en seco, se estremeció, sus ojos se anegaron de lágrimas de rabia e indignación. Pero no atacó. Se quedó allí de pie, mirando a los niños. Se los veía resignados a su destino, callados, sin esperanza. Ni siquiera se movían para acomodarse las cadenas, se quedaron allí de pie, quietos, con la cabeza gacha, hasta que los carroñeros los obligaron a avanzar a latigazos, entonces, arrastrando los pies con desgana, echaron a andar en dirección al arco.

No tardaron en trasponerlo y enfilar la calle en ruinas, seguidos a paso lento por los carroñeros. El sol daba de lleno sobre el empedrado y se reflejaba en las armaduras y las armas arrancando breves destellos a alguna cabellera rubia. Entonces doblaron a la derecha, en dirección de la Colina del Acuñador, y se perdieron de vista.

Sabriel, Piedra de Toque y Zapirón los siguieron al cabo de diez minutos, los que tardaron en convencer a los guardias. Al principio, el jefe, un hombre corpulento, con una coraza de cuero manchada de salsa, les exigió que enseñaran «el permiso oficial de carroñero» y, al cabo de poco, ya no pidió documentación sino un soborno. A partir de ahí, todo fue cuestión de regatear hasta alcanzar el precio final de tres peniques de plata, uno por barba, incluido el gato. Curiosa manera de justipreciar, pensó Sabriel, pero se alegró de que Zapirón no abriera la boca para quejarse de que lo estuvieran subvalorando.

Tras dejar atrás el acueducto y la barrera tranquilizadora del agua corriente, Sabriel notó de inmediato la presencia de los muertos. Se encontraban en todas partes, entre las ruinas de las casas, en los sótanos, en las cloacas, acechando allí donde la luz no llegaba. Aletargados en presencia del sol, esperando la noche.

En muchos aspectos, los difuntos de Beiisaere eran como la contrafigura de los carroñeros. Se ocultaban de día para apoderarse de cuanto podían por las noches. En Belisaere había muchos, muchos muertos, pero eran débiles, cobardes, celosos. La suma de sus apetitos era enorme y el suministro de víctimas tristemente limitado. Todas las mañanas, cientos de ellos perdían definitivamente el asidero con la vida y se hundían en la muerte. Otros llegaban para sustituirlos...

—Hay miles de muertos —dijo Sabriel, paseando nerviosamente la mirada por todas partes—. En su mayoría débiles... ¡pero son legión!

—¿Vamos directamente hacia el embalse? —inquirió Piedra de Toque. Sabriel sabía que aquella pregunta ocultaba otra. ¿Deberían..., podrían salvar primero a los niños?

Antes de responder, miró al cielo y el sol. Quedaban unas cuatro horas de luz intensa, siempre y cuando no se nublara. Tiempo suficiente. Suponiendo que lograran derrotar a los carroñeros, ¿podrían posponer la búsqueda de su padre hasta el día siguiente? Cada día que pasaba, la reunión de su espíritu con su cuerpo sería más improbable. Sin él, no podrían derrotar a Kerrigor, y era preciso derrotarlo si querían tener alguna esperanza de reparar los pilares con las cartas mayores del Gremio y desterrar así a los muertos del reino entero...

—Iremos directamente al embalse —resopló Sabriel, tratando de borrar el fragmento de una imagen repentina que surgió en su memoria: el sol reflejado en la cabeza de aquel niño, los pies que se arrastraban pesadamente...

—Tal vez..., tal vez podamos rescatar a los niños cuando volvamos.

Piedra de Ttíque fue delante con paso confiado, manteniéndose siempre en el centro de la calzada, donde el sol brillaba más. Recorrieron calles vacías durante casi una hora sin que se oyera más sonido que el repiqueteo de los clavos de las botas en el empedrado. No había pájaros ni animales. Ni siquiera insectos. Sólo ruinas y deterioro.

Al final, llegaron a un parque con cercas de hierro que rodeaban la base de la Colina de Palacio. En la cima sólo quedaban algunos restos de piedra y vigas ennegrecidas y quemadas que habían pertenecido al Palacio Real.

—Lo incendió el último regente —les informó Zapirón, cuando los tres se detuvieron para mirar hacia lo alto—. Hará de eso unos veinte años. Se había infestado de difuntos, pese a las defensas y a los guardianes apostados por los distintos Abhorsen que pasaron por aquí. Dicen que el regente enloqueció y que por eso intentó quemarlos.

—¿Qué fue de él? —inquirió Sabriel.

—De ella, en realidad —la corrigió Zapirón—. Murió en el incendio... o los muertos se la llevaron. Y ese fue el último intento que se hizo de gobernar el reino.

—Era un edificio precioso —dijo Piedra de Toque con nostalgia—. Desde él se veía el mar de Saere. Tenía techos altos y un ingenioso sistema de conductos y huecos de ventilación destinados a dejar pasar la luz y la brisa marina. En palacio, siempre había música y baile, y en el jardín se organizaba la cena del solsticio de verano. Para la ocasión se encendían miles de velas perfumadas...

Suspiró y señaló luego el agujero que había en la valla del parque.

—Podríamos meternos por aquí. Hay una entrada al embalse en una de las cuevas ornamentales del parque. Para llegar al agua hay que bajar sólo cincuenta escalones en lugar de los ciento cincuenta que hay desde el palacio mismo.

—Ciento cincuenta y seis —aclaró Zapirón—, según recuerdo. Piedra de Toque se encogió de hombros, se metió por el agujero y saltó al mullido césped del parque. No había nada ni nadie a la vista; no obstante, desenfundó las espadas. Cerca de allí crecían unos árboles frondosos y, como era lógico esperar, en sus inmediaciones proliferaban las sombras.

Sabriel lo siguió; Zapirón saltó de sus hombros y se paseó olisqueando el aire. Sabriel también desenfundó la espada, pero dejó las campanas en su sitio. Estaban rodeados de muertos, aunque mantenían las distancias. El parque se hallaba demasiado expuesto a la luz del sol.

A poca distancia divisaron las cuevas ornamentales tras pasar por un estanque fétido que en otros tiempos había lucido siete estatuas de tritones barbados que escupían agua. Ahora sus bocas estaban taponadas de hojas podridas y el estanque contenía una masa gelatinosa de cieno verde amarillento.

Había tres entradas a las cuevas, una al lado de la otra. Piedra de Toque los condujo hacia la más grande, la entrada central. Una escalinata de mármol descendía el primer metro y unas columnas, también de mármol, sostenían el techo de la entrada.

—Sólo se adentra en la colina unos cuarenta pasos —explicó Piedra de Toque, mientras encendían las velas cerca de la entrada; ios fósforos de sulfuro añadieron su ofensivo hedor al aire húmedo de la cueva—. Las construyeron para las meriendas campestres de pleno verano. Al fondo de ésta hay una puerta. Quizá tenga el cerrojo echado, aunque cederá a un encantamiento del Gremio. Las escaleras están justo detrás, son empinadas y allí no hay claraboyas. Ah, y son mu y estrecha s.

—Entraré primero —dijo Sabriel con una firmeza que no dejaba traslucir la debilidad que notaba en las piernas y los nervios que le carcomían el estómago—. No siento la presencia de ningún muerto, aunque podrían estar allí...

—Muy bien —dijo Piedra de Toque tras una breve vacilación.

—No tienes que acompañarme, si no quieres —le soltó de repente Sabriel, mientras esperaban delante de la cueva con las llamas de las velas titilando tontamente a la luz del sol.

De repente, Sabriel se sentía muy responsable de él. Lo veía asustado, más pálido que de costumbre, casi tan blanco como un nigromante desangrado por la muerte. Había visto cosas terribles en el embalse, cosas que le habían hecho perder la razón y, pese a que se había acusado de todo, Sabriel no creía que su fiel acompañante tuviese la culpa de nada. Al fin y al cabo, Piedra de Toque no era Abhorsen y el que estaba allá abajo tampoco era su padre.

—Tengo que ir —respondió Piedra de Toque. Se mordió el labio con nerviosismo —. Es preciso. Si no voy, jamás conseguiré librarme de mis recuerdos. Tengo que hacer algo, conseguir nuevos recuerdos, recuerdos mejores. Tengo que... buscar la redención. Además, sigo siendo miembro de la Guardia Real. Es mi deber.

—Como quieras —dijo Sabriel—. De todos modos, me alegro de que estés aquí.

—Yo también... en cierto modo —dijo Piedra de Toque y casi, casi esbozó una sonrisa.

—Pues yo no —los interrumpió Zapirón, decidido—. Vamos de una vez. Estamos malgastando las horas de sol.

La puerta tenía el cerrojo echado, pero se abrió fácilmente gracias al encantamiento de Sabriel; los sencillos símbolos del Gremio que correspondían a la acción de quitar el cerrojo y abrir la puerta fluyeron de su mente y fluyeron a través del dedo índice apoyado en el ojo de la cerradura. Pese a que el encantamiento consiguió su finalidad, había resultado difícil de lanzar. Incluso allí, los pilares rotos con las grandes cartas del Gremio ejercían una influencia que perturbaba los efectos de la magia del Gremio.

La débil luz de las velas reveló unas escaleras húmedas, medio derruidas, que bajaban casi en picado. Sin curvas, ni giros; eran unas escaleras que se hundían directamente en la oscuridad.

Sabriel pisaba con delicadeza y notaba cómo la piedra blanda se deshacía bajo sus pesadas botas, de modo que en cada escalón debía colocar el tacón de la bota bien atrás. Avanzaba despacio, seguida de cerca por Piedra de Toque cuya vela iluminaba a Sabriel proyectando la sombra de ésta sobre los escalones siguientes, de modo que la muchacha la veía alargarse y distorsionarse a medida que se deslizaba hacia la frontera entre la luz y la sombra.

Sabriel olió el embalse antes de verlo parcialmente, después del trigésimo noveno escalón. Era un olor frío y húmedo que le penetró por la nariz, le llegó a los pulmones y se instaló allí.

Las escaleras terminaban en una entrada, al borde de un espacioso vestíbulo rectangular: una gigantesca cámara donde las columnas de piedra se elevaban como una selva para sostener el techo, a veinte metros de altura; ante ella, el suelo no era de piedra, sino de agua tan fría e inmóvil como la piedra. Los haces de luz se proyectaban sobre todas las paredes, como si quisieran competir con las columnas portantes, y dejaban unos discos luminosos sobre el agua que convertían el borde del embalse en una compleja combinación de luces y sombras, mientras el centro continuaba siendo un lugar desconocido, envuelto en la más profunda negrura.

Sabriel notó que Piedra de Toque le ponía la mano en el hombro y entonces lo oyó susurrar:

—El agua llega a la cintura. Intenta meterte lo más despacio posible. Anda, pásame tu vela.

Sabriel asintió, le pasó la vela, envainó la espada y se sentó en el último escalón, luego se deslizó sigilosamente en el agua.

Estaba fría, pero soportable. Por más cuidado que pusiera Sabriel, de ella partieron círculos concéntricos plateados sobre la superficie oscura del agua y algún leve chapoteo. Tocó el fondo con los pies y apenas logró acallar un grito, que no era obra del frío, sino de la súbita presencia de dos pilares rotos con las cartas del Gremio. Al verlos, sintió un profundo malestar, como el de la gripe; el estómago se le hizo un nudo, empezó a sudar y notó un mareo. Se inclinó para agarrarse del escalón; los calambres fueron remitiendo hasta convertirse en un dolor sordo, amortiguado. Aquello era mucho peor que lo ocurrido con los pilares menores que habían sido destruidos en Cima Partida y Nestowe.

—¿Qué ocurre? —susurró Piedra de Toque.

—Los... los pilares rotos —murmuró Sabriel. Inspiró hondo y deseó con todas sus fuerzas que el dolor y el malestar se le pasaran—. Podré soportarlo. Ten cuidado al meterte en el agua.

Desenvainó la espada y volvió a coger la vela que le entregaba Piedra de Toque, dispuesto ya a meterse en el agua. Pese a la advertencia, lo vio dar un respingo cuando sus pies tocaron el fondo; la frente se le perló de líneas de sudor tan tenues como las ligeras ondas que provocó en el agua.

Conociendo el manifiesto disgusto de Zapirón hacia Piedra de Toque, Sabriel esperaba que el gato saltara sobre sus hombros, por eso se sorprendió al ver que brincaba en dirección al hombre. Piedra de Toque se quedó con un palmo de narices, pero no tardó en recuperarse. El felino se ovilló alrededor de su cuello y maulló suavemente.

—Mantente cerca de los bordes, si puedes. La corrupción, la rotura de los pilares, tendrán efectos mucho más desagradables cerca del centro.

Sabriel levantó la espada en señal de asentimiento y avanzó siguiendo la pared izquierda y tratando de perturbar lo menos posible la calma de la superficie del agua. Sin embargo, el chof cbof amortiguado que producían al vadear el embalse sonaba atronador, y su eco flotaba en el aire y salía de la cisterna para unirse al otro sonido solitario: el goteo incesante del agua que bajaba ruidosa del techo o se deslizaba con más calma por las columnas.

La muchacha no notó la presencia de ningún muerto, pero no estaba segura de en qué medida se debía a los pilares rotos. Le partían el corazón, como un ruido constante, agudísimo; notaba calambres en el estómago y el agrio sabor de la bilis en la boca.

Acababan de llegar al extremo noroeste, situado justo debajo de una de las claraboyas, cuando de repente la luz se fue apagando y el embalse quedó sumido en una súbita oscuridad, interrumpida solamente por el mortecino brillo de las velas.

—Una nube —susurró Piedra de Toque—. Ya pasará.

Contuvieron el aliento con la vista clavada en lo alto, en el ínfimo fulgor que allí persistía, y se vieron recompensados cuando volvió a entrar a raudales. Ya más tranquilos, continuaron vadeando, siguiendo la larga pared en dirección oeste este.

Sin embargo, esa tranquilidad estaba destinada a ser breve. Otra nube tapó el sol en algún punto del aire, allá arriba, y regresó la oscuridad. Siguieron más nubes, hasta que sólo hubo breves momentos de luz intercalados en las largas pausas de profundísima oscuridad.

El embalse parecía más frío sin el sol, aunque su luz llegara filtrada tras pasar las claraboyas y bajara desde tan alto atravesando lá tierra. Sabriel sintió el frío, acompañado por el miedo repentino, irracional de haberse demorado demasiado y de tener que enfrentarse a una larga noche de espera, plagada de muertos hambrientos de vida. Piedra de Toque también sintió el frío que sus recuerdos de dos siglos antes tornaban más amargo, aquellos recuerdos de cuando había vadeado esas mismas aguas y presenciado el sacrificio de la reina y de sus dos hijas y la destrucción de los pilares mayores. El agua se había teñido de sangre; aquella imagen seguiría congelada en su mente sin que pudiera hacer nada para borrarla.

Pese a estos temores, la oscuridad acudió en su ayuda. Sabriel vio un fulgor, una fluorescencia proveniente de su derecha, desde algún punto del centro. Hizo visera con la mano, para protegerse los ojos de la luz de la vela, y se la indicó a Piedra de Toque.

—Allí hay algo —convino él en voz tan baja que Sabriel apenas alcanzó a oírlo —. Se encuentra al menos a cuarenta pasos en dirección al centro.

Sabriel no contestó. Aquella luz le había transmitido algo, una leve sensación como la que le recorría la nuca cuando el enviado de su padre la visitaba en la escuela. Apartándose de la pared, atravesó el agua dejando tras de sí una estela en forma de V. Piedra de Toque volvió a mirar y la siguió, pugnando por contener las arcadas que le subían por la garganta en oleadas, como cuando has tomado varias dosis de un fuerte vomitivo. Se sentía mareado y no notaba del todo los pies.

Se alejaron unos treinta pasos y a medida que lo hacían, el dolor y las arcadas empeoraron. Sabriel se detuvo de golpe; Piedra de Toque levantó la espada y la vela, buscando con la mirada un posible enemigo. Pero no encontró ninguno. La pálida luz provenía de un rombo protector, las cuatro marcas, situadas como cuatro puntos cardinales, brillaban debajo del agua enviando entre ellas destellantes líneas de fuerza.

En el centro del rombo se alzaba la silueta de un hombre, las manos vacías tendidas, como si en otros tiempos hubiese esgrimido armas. La escarcha le cubría la ropa y la cara y oscurecía sus facciones; en el centro de su cuerpo, el hielo formaba una especie de cinturón en el agua. Sabriel no dudó de quién se trataba.

—Padre —susurró. El eco de su voz flotó en la oscuridad y fue a unirse con el goteo constante del agua.