Sabriel

Garth Nix · Capítulo 20 de 32

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Sabriel

Capítulo 18

La mañana del sexto día desde que partieran de Nestowe, Sabriel estaba hasta la coronilla de la vida marinera. Navegaban todo el tiempo sin parar; sólo se acercaban a la orilla al mediodía, para aprovisionarse y conseguir agua, y lo hacían únicamente si brillaba el sol. Las noches las pasaban con las velas desplegadas o, cuando el cansancio se apoderaba de Piedra de Toque, al pairo, con el ancla echada, mientras el insomne de Zapirón montaba guardia. Afortunadamente, había hecho buen tiempo.

Habían sido cinco días casi tranquilos. Tardaron dos días desde Nestowe a Punta Barbuda, una península poco atractiva cuyas únicas características interesantes eran la playa de arena y el arroyo de aguas cristalinas. La ausencia de vida en ella suponía la ausencia de muerte. Por primera vez, Sabriel dejó de percibir allí la persecución del mordicante. Un fuerte viento del sureste los había ayudado a avanzar, impulsándolos hacia el norte a una velocidad increíble.

Cubrieron en tres días el trayecto de Punta Barbuda a la isla de Ilgard, donde divisaron sus acantilados de dura piedra que caían a plomo en el mar enseñando al navegante su superficie acribillada de agujeros donde cientos de miles de aves marinas habían construido sus nidos. La dejaron atrás a últimas horas de la tarde, con la única vela tan henchida que parecía a punto de reventar, el casco de tingladillo escorado al máximo, la proa cortando al bies una columna de espuma que llenaba la boca, los ojos y los cuerpos de salitre.

De Ilgard a la Boca de Belis, el estrecho que conducía al mar de Saere, había medio día de camino. Pero la navegación de ese tramo estaba llena de peligros, de manera que pasaron la noche al pairo, cerca de Ilgard, donde esperaron la luz del día.

—Hay una barrera flotante en la Boca de Belis —le explicó Piedra de Toque mientras izaba la vela y Sabriel subía el ancla en la proa. El sol salía a su espalda, pero todavía no se había despegado del horizonte y parecía medio hundido en el mar, por lo que proyectaba apenas una tenue luz por la popa—. La construyeron para impedir que los piratas y gente de esa calaña entraran en el mar de Saere, Cuando la veas, te parecerá increíble por lo inmensa. No logro imaginarme cómo la hicieron, ni cómo la tendieron.

—¿Seguirá allí? —preguntó Sabriel con mucha precaución, no quería que sus preguntas pusieran fin a la extraña locuacidad de Piedra de Toque.

—Estoy seguro —contestó él—. Lo primero que veremos son las torres que se alzan en ambos extremos. El Puesto del Cabrestante al sur, y el Gancho de la Barrera al norte.

—Los nombres no son muy imaginativos —comentó Sabriel.

Le resultaba imposible dejar de interrumpir, pero para ella era un verdadero placer poder conversar. Piedra de Toque se había pasado casi todo el viaje encerrado en su mutismo, aunque tenía una buena excusa, gobernar el barco de pesca dieciocho horas al día, incluso con buen tiempo, no dejaba demasiadas energías para la conversación.

—Los nombres indican su función —le aclaró Piedra de Toque—. Tiene su lógica.

—¿Quién decide qué barcos pasan la barrera? —preguntó Sabriel. Ya estaba pensando en lo que les esperaba en Belisaere. ¿Sería como Nestowe, la ciudad abandonada e invadida por los difuntos?

—Pues... —contestó Piedra de Toque—, no había pensado en eso. En mis tiempos, había un maestro real de la barrera. Contaba con un destacamento de guardias y un escuadrón de barcos centinela. Si, como dice Zapirón, la ciudad ha caído en la anarquía...

—Es posible que haya gente que trabaje para los muertos e incluso que se haya aliado a ellos —añadió Sabriel, pensativa—. De manera que aunque crucemos la barrera flotante a plena luz del día, podríamos encontrarnos con problemas. Creo que será mejor que vuelva del revés mi sobrevesta y esconda el yelmo.

—¿Y las campanas? —inquirió Piedra de Toque. Se inclinó a su lado para ajustar la vela principal mientras con la mano derecha le daba un toque a la caña del timón para aprovechar el cambio de viento—. Son demasiado llamativas, por decir lo obvio.

—Así sólo pareceré una nigromante —le contestó Sabriel—. Una nigromante sucia y cubierta de sal.

—No sé, no sé —dijo Piedra de Toque, incapaz de captar la ironía en las palabras de Sabriel—. No dejaban entrar nigromantes en la ciudad, ni les permitían seguir con vida, en mis...

—En tus tiempos —lo interrumpió Zapirón desde su lugar preferido, en la proa —. Pero las cosas han cambiado, estoy seguro de que en Belisaere han visto nigromantes y cosas peores.

—Me pondré una capa... —comenzó a decir Sabriel.

—Si tú lo dices —contestó Piedra de Toque al mismo tiempo.

Estaba claro que no creía lo que el gato le decía. Belisaere era la capital del reino, una ciudad inmensa en la que habitaban al menos cincuenta mil almas. Piedra de Toque no se la imaginaba caída, en ruinas.y en manos de los muertos. Pese a sus más íntimos temores y a sus conocimientos secretos, le resultaba difícil no confiar en que la Belisaere hacia la cual navegaban le ofrecería imágenes no muy distintas de las que atesoraba en la memoria desde hacía doscientos años.

Esa confianza recibió un duro revés cuando las torres de la Boca de Belis aparecieron a lo lejos, sobre la línea azul del horizonte, una frente a la otra, en las costas del estrecho. Al principio, las torres no eran más que dos manchones borrosos que fueron creciendo más y más a medida que el viento y las olas impulsaban la barca hacia ellas. Con el telescopio Sabriel comprobó que habían sido construidas con hermosa piedra rosada que, en otros tiempos, debió de ser magnífica. A su vista se ofrecían ahora ennegrecidas por los incendios, perdida toda majestuosidad. La torre del Puesto del Cabrestante había perdido las últimas tres plantas de las siete que tenía; la del Gancho de la Barrera se erguía tan alta como siempre, pero el sol se colaba por los boquetes que dejaban al descubierto el interior destripado y en ruinas. No había señales de la presencia de tropas, ni de un funcionario de peajes, ni de las muías que tiraban del cabrestante, ni de nada vivo.

La gruesa cadena de la barrera flotante seguía tendida en el estrecho. Los enormes eslabones de hierro, largos y anchos como barcas de pesca, sobresalían del agua manchados de verde y cubiertos de lapas y llegaban hasta lo alto de las torres. Se alcanzaban a ver en mitad de la Boca, cuando el oleaje no los cubría y un trozo de cadena brillaba mojado y verde en el seno de la ola, como un monstruo acechante de las profundidades abisales.

—Tendremos que acercarnos más a la torre del Puesto del Cabrestante, desmontar el mástil y pasar remando debajo de la cadena, en algún punto donde ésta se eleve — anunció Piedra de Toque tras estudiar unos minutos la cadena con el telescopio, tratando de calcular si se había hundido lo suficiente para permitirles el paso.

Aunque la barca en la que navegaban tenía poco calado, la operación era muy arriesgada y no se atrevían a esperar hasta últimas horas de la tarde para aprovechar la marea alta. En épocas pasadas, tal vez cuando las torres quedaron abandonadas, la cadena había estado tensada al máximo. Los ingenieros que la habían construido podían estar contentos, porque no se apreciaban deslizamientos dignos de mención.

—Zapirón, ve a la proa y mantente atento por si sale algo del agua. Sabriel, vigila la costa y la torre, pueden ser puntos de partida de algún ataque.

Sabriel asintió, satisfecha de que la etapa Piedra de Toque como capitán del pequeño barco hubiese contribuido en gran medida a que abandonara su actitud servil y se comportara como una persona normal. Zapirón, por su parte, se limitó a saltar sobre la proa, sin protestar, pese a que de vez en cuando acababa salpicado de pies a cabeza cuando la embarcación embestía el oleaje en diagonal, en dirección al pequeño triángulo que se abría entre la costa, el mar y la cadena de la barrera.

Se acercaron cuanto pudieron antes de desmontar el mástil. Había disminuido el oleaje, porque la Boca de Belis quedaba bien resguardada por dos brazos de tierra, pero estaba subiendo la marea y el agua comenzaba a entrar desde el océano hasta el Mar de Saere. De manera que sin mástil ni vela, se vieron arrastrados rápidamente hacia la cadena, mientras Piedra de Toque remaba como un poseso para mantener la velocidad necesaria que le permitiese gobernar el timón. Al cabo de un momento, se vio que sería imposible, de modo que Sabriel empuñó uno de los remos y se puso a remar mientras Zapirón iba maullando instrucciones.

De tanto en tanto, al final de una palada completa, con la espalda casi paralela a los bancos de boga, Sabriel echaba un vistazo por encima del hombro. Enfilaban el estrecho paso, entre la alta pared del Puesto del Cabrestante, que caía a plomo en el mar, y la enorme cadena que salía de las aguas revueltas y cubiertas de blanca espuma. Alcanzó a oír el chirrido melancólico de los eslabones, como un coro de morsas quejumbrosas. Pese a lo descomunal de sus dimensiones, la cadena se movía al capricho del mar.

—Un poco más a babor —maulló Zapirón. Piedra de Toque dio un nuevo golpe de remo y el gato saltó de su puesto gritando—: ¡Remos fuera, bajad la cabeza!

Sabriel y Piedra de Toque recogieron los remos golpeando las bordas y salpicándolo todo. Se tumbaron de espaldas mientras Zapirón se refugiaba entre ambos. La barca se sacudió y se hundió, y el agudo chirrido de la cadena sonó muy cerca. En un momento dado, Sabriel vio allá arriba el cielo azul y despejado, y al momento siguiente, ante sus ojos no había más que hierro verde, cubierto de algas. El oleaje elevó la barca y la muchacha estuvo a punto de tocar la gruesa cadena herrumbrada de la Boca de Belis.

Y entonces pasaron al otro lado y Piedra de Toque se apresuró a sacar el remo mientras Zapirón volvía a ocupar su puesto en la proa. Sabriel sintió ganas de quedarse allí tumbada, mirando el cielo, pero la pared derruida de la torre del Puesto del Cabrestante que daba al mar se encontraba a un par de codos de distancia. Se incorporó y continuó remando.

En el Mar de Saere el agua cambiaba de color. Sabriel hundió la mano en ella y se maravilló de su transparencia color turquesa. Era muy profunda, pero se alcanzaba a ver con claridad hasta tres o cuatro brazas de la superficie; los pececillos nadaban entre las burbujas que dejaba la estela de la embarcación.

Se sentía tranquila, por un instante sin preocupaciones, los problemas pasados y futuros quedaron convertidos en algo lejano, envuelto en brumas, tal era la concentración con la que contemplaba las aguas claras, azules y verdosas. No notaba allí la presencia de los muertos; tampoco pesaba sobre ella la conciencia constante de las muchas puertas del Reino de la Muerte. En medio del mar, incluso la magia del Gremio quedaba diluida. Durante unos minutos consiguió olvidarse de Piedra de Toque y Zapirón. Hasta la memoria de su padre se desdibujó en su mente. Para ella no existían más que el color del mar y el frescor en el que hundía la mano.

—Pronto divisaremos la ciudad —anunció Piedra de Toque, interrumpiendo la ensoñación de la muchacha—. Si las torres siguen en pie.

Sabriel asintió pensativa y, muy despacio, sacó la mano del agua, con la misma pena de quien se despide de un amigo querido.

—Para ti debe de ser un momento difícil —dijo pensando en voz alta, sin esperar realmente una respuesta—. En estos doscientos años, mientras tú dormías, el reino se vino abajo.

—La verdad es que no lo creí hasta que vi Nestowe y las torres de la Boca de Belis —contestó Piedra de Toque—. Ahora me temo que... incluso a esta gran ciudad, que jamás soñé que cambiaría, le ha llegado la hora.

—Falta de imaginación —dijo Zapirón, severo—. Nada de pensar en el futuro. Es un defecto de tu carácter. Un defecto fatal.

—¡Zapirón! —Sabriel lo llamó al orden, indignada porque el gato iba a estropear una conversación incipiente—. ¿Por qué eres tan grosero con Piedra de Toque?

Zapirón lanzó un siseo y se le erizó todo el pelo del lomo.

—Soy preciso, no grosero —le espetó, y les dio la espalda con estudiado desdén —. Y se lo merece.

—¡Estoy harta! —exclamó Sabriel—. Piedra de Toque, ¿qué es lo que Zapirón sabe y que yo ignoro?

Piedra de Toque guardó silencio, apretó con fuerza el timón hasta que los nudillos de las manos se le quedaron blancos, clavó la vista en el horizonte lejano como si ya estuviera viendo las torres de Belisaere.

—Tarde o temprano, acabarás contándomelo —dijo Sabriel con el típico tono de los monitores de la escuela—. Seguramente no será tan malo.

Piedra de Toque se humedeció los labios y, tras una vacilación, habló.

—Todo se debió a una estupidez de mi parte, mi señora. No fue obra del mal. Hace doscientos años, cuando reinaba la última reina..., creo que..., sé que en parte fui responsable de la caída del Reino, del fin de la dinastía real.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? —preguntó Sabriel sin dar crédito a lo que oía.

—Me temo que es así —reconoció Piedra de Toque, apenadísimo. Las manos le temblaban de tal manera que movió el timón haciendo que la embarcación dejara tras de si una estela zigzagueante—. Pues verás... Hubo un...

Se detuvo, inspiró hondo, se sentó bien erguido y prosiguió, como si estuviese rindiendo cuentas a un oficial superior.

—No sé cuánto puedo contarte, porque todo tiene que ver con las cartas del Gremio. ¿Por dónde empiezo? Por la reina, supongo. Tenía cuatro hijos. El hijo mayor, Rogir, fue el compañero de juegos de mi infancia. Siempre llevaba la voz cantante en todos los juegos. Era a él a quien se le ocurrían las ideas. Los demás lo seguíamos. Cuando fuimos creciendo, esas ideas se fueron haciendo cada vez más extrañas, más desagradables. Se fue aislando. Yo me marché para formar parte del cuerpo de Guardia y él se ocupó de sus propios intereses. Ahora sé que esos intereses debían de incluir la magia libre y la nigromancia, pero entonces nunca abrigué la menor sospecha. Aunque debería haber sospechado, lo sé, porque se mostraba muy reservado y pasaba largas temporadas lejos de la ciudad.

»Hacia el final..., o sea, unos meses antes de que ocurriera..., pues... Rogir llevaba años sin pisar la ciudad. Regresó justo antes del Festival Invernal. Me alegré de verlo, porque había vuelto a ser casi el mismo de cuando era niño. Ya no le interesaban las cosas estrafalarias. Volvimos a pasar juntos muchas horas; nos dedicábamos a cabalgar, a la cetrería, y a beber y a bailar.

«Entonces, una tarde, a última hora..., una tarde fría, cuando el sol estaba a punto de ponerse, yo cumplía mi turno de guardia en la zona ocupada por la reina y sus damas. Jugaban al cranaque. Rogir se presentó ante ella y le pidió que lo acompañara al lugar donde los pilares del gremio están... ¡No puedo decirlo!

—Sí —lo interrumpió Zapirón. Tenía aspecto de cansado, parecía un gato callejero que recibe puntapiés de todas partes—. El mar lo limpia todo por un tiempo. Podemos hablar de las cartas del Gremio, al menos durante un momento. Se me había olvidado que era posible.

—Sigue —pidió Sabriel, entusiasmada—. Aprovechemos mientras podamos. ¿Los pilares del Gremio serían la piedra y la argamasa a las que aluden los versos..., la tercera y la quinta marca del Gremio?

—Sí —respondió Piedra de Toque, como si estuviera muy lejos, recitando una lección—. Con ellos se hizo el Muro. La gente o quienes quiera que hayan sido los creadores de las marcas del Gremio pusieron tres en otras tantas castas y dos en construcciones físicas: el Muro y los pilares mayores. Todos los pilares menores obtienen sus poderes del Muro o de los pilares mayores.

»Los pilares mayores... Rogir se presentó ante la reina y anunció que algo les ocurría, algo que la reina debía ver. Era su hijo, pero ella no tenía muy en cuenta sus conocimientos, ni lo creyó cuando le contó que había un problema con los pilares. Era una maga del Gremio y no notó nada malo. Además, estaba ganando la partida de cranaque, por lo que le pidió que esperara hasta la mañana siguiente. Rogir se dirigió a mí, me suplicó que intercediera y... que el Gremió me perdone..., eso hice. Creía en Rogir. Confiaba en él y mi actitud convenció a la reina. Al final, accedió. Para entonces, el sol se había puesto. Acompañado de Rogir, tres guardias y dos damas de honor, bajamos y bajamos hasta llegar al embalse donde se encuentran los pilares mayores.

La voz de Piedra de Toque se fue debilitando hasta convertirse en un susurro y tornarse ronca.

—El mal que hallamos era terrible; Rogir no lo había descubierto, sino que era obra suya. Los pilares mayores son seis; dos de ellos estaban siendo rotos, rotos con la sangre de sus propias hermanas, sacrificadas en ese mismo instante por sus adláteres de la magia libre. Fui testigo de sus últimos momentos de vida, de la débil esperanza que nublaba sus ojos, mientras la gabarra de la reina flotaba en el agua. Noté la conmoción de los pilares al romperse y recuerdo que vi a Rogir acercarse a !a reina por detrás; con una daga de hoja serrada le abrió el cuello de lado a lado. Portaba un cáliz, un cáliz dorado, uno de los que pertenecía a la reina, y en él recogió la sangre... y yo, yo fui demasiado lento, demasiado lento...

—O sea que la historia que me contaste en Hoyo Sagrado no era cierta —susurró Sabriel, mientras la voz de Piedra de Toque se quebraba hasta silenciarse y las lágrimas le bajaban por las mejillas—. La reina no sobrevivió...

—No —musitó Piedra de Toque—. Pero no era mi intención mentir. Tenía los recuerdos mezclados en la cabeza.

—¿Qué pasó en realidad?

—Los otros dos guardias eran hombres de Rogir —prosiguió Piedra de Toque, con tono lloroso, cargado de pena—. Me atacaron, pero Vlare, una de las damas de honor, se interpuso. Perdí el control, me volví loco. Maté a ambos guardias. Rogir había saltado de la gabarra y, con el cáliz en la mano, vadeaba la corriente en dirección a los pilares. Sus cuatro hechiceros esperaban, tocados de negras capuchas, junto al tercer pilar, el siguiente que debían romper. Supe que no lograría alcanzarlo a tiempo. Le lancé la espada. Salió volando como una saeta certera y se le hundió justo por encima del corazón. Lanzó un grito cuyo eco se prolongó interminablemente y se volvió hacia mí. Traspasado por mi espada, seguía andando, sosteniendo el inmundo cáliz de sangre, como si me lo estuviese ofreciendo para que bebiera de él.

«Podrás detrozar este cuerpo —me dijo mientras avanzaba hacia mí—. Despedazarlo como si se tratara de un traje de tela basta. Pero no voy a morir."

»Cuando estuvo a una braza de distancia de mí, no pude hacer otra cosa que contemplar aquel rostro, ver la maldad oculta tras aquellas facciones familiares y... y entonces surgió una luz cegadora, oí el tañido de campanas, de campanas como las tuyas, Sabriel, y voces, voces bruscas,.. Rogir retrocedió y dejó caer el cáliz; la sangre sobrenadó en el agua como si de aceite se tratara. Me di la vuelta, vi guardias en las escaleras; un fuego de blancas llamas se elevaba sinuoso; y vi a un hombre que empuñaba una espada y unas campanas... Después me desmayé o me golpearon y perdí el conocimiento. Cuando recuperé la conciencia, me encontré en Hoyo Sagrado y vi tu cara. No sé cómo llegué hasta allí, quién me llevó... Sigo recordándolo todo fragmentariamente.

—Debiste habérmelo contado —dijo Sabriel, tratando de adoptar el tono más compasivo posible—. Aunque quizá no había más remedio que esperar a que el mar nos librara del encantamiento que pesaba sobre esta historia. Dime una cosa, el hombre de la espada y las campanas, ¿era el Abhorsen?

—No lo sé —contestó Piedra de Toque—. Es posible.

—Yo diría que lo era, con toda segundad —añadió Sabriel. Observó a Zapirón, mientras recordaba la columna sinuosa de fuego—. Tú también estuviste allí, ¿no es así, Zapirón? Libre, sin vínculo alguno, bajo tu otra forma.

—Sí, estuve allí —contestó el gato—. Con el Abhorsen de esa época. Un poderosísimo mago del Gremio, un maestro con las campanas, pero demasiado blando de corazón para castigar la traición. Me las vi y me las deseé para llevarlo a Belisaere. Y al final, no lle— gamos a tiempo para salvar a la reina y a sus hijas.

—¿Qué pasó? —susurró Piedra de Toque—. ¿Qué fue lo que pasó?

—Rogir ya pertenecía a los difuntos cuando regresó a Belisaere —contestó Zapirón cansinamente, como si estuviera contando una cínica historia a una pandilla de endurecidos muchachotes—. Aunque de eso sólo se habría dado cuenta un Abhorsen. Y claro, el Abhorsen no estaba allí. El verdadero cuerpo de Rogír estaba oculto en alguna parte... Sigue oculto en alguna parte... y el cuerpo que utilizaba era una obra de la magia libre.

»En algún momento de sus estudios, había dado la vida a cambio de poder y, como todos los muertos, precisaba cobrarse vidas constantemente para mantenerse fuera del Reino de la Muerte. Sin embargo, desde todos los puntos del reino, el Gremio le dificultaba mucho esa tarea. Por eso decidió romper con todas sus normas. Podía haberse conformado con destruir los pilares menos importantes, situados en puntos lejanos, pero de esa manera sólo habría conseguido una pequeña zona donde nutrirse, y el Abhorsen no tardaría en encontrarlo. Por ello decidió destruir los pilares mayores, pero para ello precisaba sangre real, la sangre de su propia familia. O la de un Abhorsen, o la de las Clarvi, por supuesto, pero habría sido más difícil de conseguir.

»Gracias a que era el hijo de la reina, a que era inteligente y muy poderoso, estuvo a punto de conseguir su objetivo. Dos de los seis pilares mayores fueron destruidos. La reina y sus hijas murieron. El Abhorsen intervino demasiado tarde. Es cierto que consiguió conducirlo a lo más profundo del Reino de la Muerte, pero como su verdadero cuerpo no se encontró nunca, Rogir ha seguido existiendo. Pese a encontrarse entre los muertos, ha supervisado la disolución del Reino, un reino sin familia real, con una de las grandes marcas del Gremio inutilizadas, lo cual ha corrompido y debilitado a las demás. Aquella noche, en el embalse, no fue derrotado por completo. Sólo se consiguió ponerle cierto freno, y lleva doscientos años tratando de regresar, de volver a entrar en el reino de los vivos...

—Lo ha conseguido, ¿no es así? —lo interrumpió Sabriel—. Es esa cosa llamada Kerrigor, contra la que los Abhorsen llevan generaciones luchando, tratando de mantenerla en el Reino de la Muerte. Es él quien ha regresado, el muerto mayor que asesinó a la patrulla cerca de Cima Partida, el amo del mordicante.

—No lo sé —repuso Zapirón—. Eso creía tu padre.

—Es él —dijo Piedra de Toque, distante—. Kerrigor era el apodo que Rogir utilizaba cuando éramos niños. Yo me lo inventé, el día de la batalla con barro. Su nombre ceremonial completo era Rogirek.

—Sirviéndose de algún engaño, él o sus siervos deben de haber llevado a mi padre hasta Belisaere justo antes de que saliera del Reino de la Muerte —aventuró Sabriel—. Me pregunto por qué habrá venido a la vida tan cerca del Muro.

—Su cuerpo debe mantenerse cerca del Muro. Es imprescindible —dijo Zapirón —. Deberías saberlo. Para renovar el encantamiento principal que le impide trasponer la Última Puerta.

—Es verdad —reconoció Sabriel al recordar los pasajes de El Libro de los Muertos. Notó un escalofrío y lo reprimió antes de que se convirtiera en sollozo. Notaba en su interior unas ganas inmensas de llorar, de gritar. Deseaba regresar a Ancelstierre, cruzar el Muro, dejar atrás los difuntos y la magia, irse lo más al sur posible. Pero contuvo estos sentimientos y dijo—: Un Abhorsen lo derrotó una vez. Yo puedo volver a hacerlo. Antes debemos encontrar el cuerpo de mi padre.

Se hizo un instante de silencio en el que sólo se oía el viento rozando las velas y el suave susurro de las jarcias. Piedra de Toque se secó las lágrimas de un manotazo y miró a Zapirón.

—Hay algo que me gustaría preguntar. ¿Quién llevó mi espíritu al mundo de los muertos y encerró mi cuerpo en el mascarón de proa?

—Jamás supe qué ocurrió contigo —contestó Zapirón. Sus ojos verdes se clavaron en los de Piedra de Toque y no fue el gato el primero en pestañear—. Aunque debió de ser obra de Abhorsen. Cuando te sacamos del embalse, habías perdido la cordura. Te habías vuelto ingobernable, tal vez por haber presenciado la destrucción de los pilares mayores. No tenías recuerdos, no tenías nada. Según parece, una cura de sueño de doscientos años no es suficiente. Debe de haber visto algo en ti... Tal vez la Clarvi vio algo en el hielo... Ay, cómo me ha costado decir esto. Debemos de estar cerca de la ciudad y la influencia del mar se hace más débil. El encantamiento vinculante cobra fuerza otra vez...

—¡No, Zapirón! —exclamó Sabriel—. Yo quiero saber más, necesito saber quién eres. ¿Cuál es tu relación con el...?

A Sabriel se le ahogó la voz en la garganta y lo único que logró salir de su boca fue una especie de gargarismo asustado.

—Demasiado tarde —dijo Zapirón. Se puso a asearse; su lengua rosada resaltaba sobre la blanca pelambre.

Sabriel lanzó un suspiro y contempló la ancha extensión turquesa del mar, luego levantó la vista y miró el sol, un disco amarillo sobre un campo azul con pinceladas blancas. Una ligera brisa hinchó la vela y le alborotó el pelo. Las gaviotas sobrevolaban en lo alto, llenaban el aire con sus chillidos, se lanzaban en picado sobre un banco de peces que nadaba cerca de la superficie, emitiendo destellos plateados.

Todo estaba vivo, todo era alegre, lleno de color, de alegría de vivir. Todo rezumaba vída: el aroma a sal de su piel, el olor a pescado, el tufillo de su cuerpo sucio. Desde muy, muy lejos, rescatado del sombrío pasado de Piedra de Toque, surgía la amenaza de Rogir, llamado Kerrigor, y de la negrura helada de la muerte.

—Deberemos ser muy precavidos —dijo Sabriel, al fin—, y espero que… ¿Qué le dijiste al patriarca de Nestowe, Piedra de Toque?

Supo de inmediato a qué se refería la muchacha.

—Que el Gremio nos proteja a todos.