Sabriel
Capítulo 14
La bruma gris se elevaba en infinidad de volutas, se enroscaba a su cuerpo como una enredadera, sujetándole brazos y piernas, inmovilizándolo, estrangulándolo, despiadada. Su cuerpo se hallaba tan envuelto en ella que no había posibilidad de huir; notaba los músculos tan agarrotados y tensos que apenas conseguía parpadear. Y no veía más que manchas grisáceas y oscuras que se acumulaban ante sus ojos como la mugre en una fétida ciénaga.
De pronto surgió una luz de un rojo intensísimo, y el dolor fue una explosión que arrasó con todo y le subió de los pies a la cabeza para volver a bajar. La bruma gris se despejó y él recuperó la movilidad. Las manchas grisáceas desaparecieron para dejar paso a los colores borrosos, cada vez más nítidos. Una mujer lo miraba desde lo alto, una mujer joven, vestía armadura y llevaba una espada al cinto, una mujer con la cara... magullada. No, no era una mujer. Era la Abhorsen, pues lucía el blasón y llevaba las campanas. Pero era demasiado joven, no se parecía en nada al Abhorsen que conocía, ni a ninguno de su familia...
—Gracias, Abhorsen —dijo, y las palabras salieron de su boca como un ratoncito que se escabulle de la alacena polvorienta.
Entonces se desmayó y su cuerpo se entregó con ganas al sueño verdadero y reparador que devuelve la cordura.
Despertó cubierto por una manta y sintió un momento de pánico cuando comprobó que la lana espesa y gris le tapaba la boca y los ojos. Manoteó desesperado, se la quitó de encima con un grito de horror y luego se tranquilizó al notar el aire fresco en la cara y los pálidos rayos del sol que caían desde arriba. Por el tono rojizo que percibió dedujo que acababa de amanecer. Le intrigó el pozo airón; no sabía bien dónde estaba y se sentía mareado y tonto, hasta que al levantar la vista se encontró rodeado de altos mástiles, velas negras y la nave inacabada que tenía a pocos pasos.
—Hoyo Sagrado —masculló con el ceño fruncido. Entonces se acordó. ¿Pero qué hacía él en ese lugar? ¿Desnudo como había venido al mundo, cubierto con una áspera manta de campaña?
Se incorporó y sacudió la cabeza. Le estallaba de dolor y le latían las sienes con un martilleo constante, típico de las fuertes resacas. Pero estaba seguro de no haber bebido nada. Lo último que recordaba era que bajaba las escaleras. Rogir le había pedido... No..., lo último que recordaba era la fugaz imagen de un rostro pálido, preocupado, lleno de sangre y magulladuras, y el cabello negro que asomaba por debajo del yelmo. Y la sobrevesta azul oscuro, con el blasón de las llaves de plata. La Abhorsen.
—Se está lavando en el manantial —una voz suave interrumpió sus recuerdos deshilvanados—. Se ha levantado antes del amanecer. No hay nada como ser limpio.
La voz no parecía pertenecer a nada visible, hasta que el hombre miró hacia arriba y vio la nave que estaba más cerca. En la proa había un agujero enorme e irregular donde debería haber estado el mascarón; un gato blanco estaba ovillado en el agujero, observándolo con sus ojos verdes, extrañamente vivaces.
—¿Qué eres? —inquirió el hombre al tiempo que echaba miradas cautelosas en todas direcciones, en busca de un arma.
Lo único que tenía a mano era una pila de prendas en la que había una camisa, pantalones y ropa interior, sobre la que habían colocado una piedra bastante grande para que no se volaran. Movió la mano con cautela en dirección a la piedra.
—No tengas miedo —dijo el gato—. No soy más que un fiel criado de la Abhorsen. Me llamo Zapirón. Por ahora.
El hombre, aferró la piedra, pero no la levantó. Los recuerdos acudían poco a poco a su mente obnubilada, atraídos como limaduras de hierro por un imán. Algunos de esos recuerdos se referían a varios Abhorsen, recuerdos que le daban una pálida idea de lo que podía ser aquel felino.
—Eras más grande la última vez que nos vimos —aventuró, tanteando el terreno.
—¿Nos hemos conocido? —preguntó Zapirón y soltó un bostezo—. Vaya, vaya. No lo recuerdo. ¿Cómo te llamabas?
Buena pregunta, pensó el hombre. No se acordaba. Sabía quién era, en términos generales, pero de su nombre no tenía ni idea. Le surgieron otros nombres con facilidad y tuvo como unos fogonazos de lo que intuyó que era su pasado inmediato. Esos nuevos recuerdos le arrancaron gruñidos de rabia y de dolor y lo obligaron a cerrar los puños con fuerza.
—Extraño nombre —comentó Zapirón—. Parece de oso, lo digo por el gruñido. ¿Te importa si te llamo Piedra de Toque?
—¡Queeé! —exclamó el hombre, ofendido—. ¡Vaya nombre más tonto! ¿Cómo te atreves...?
—¿No es adecuado? —lo interrumpió Zapirón fríamente—. ¿Entonces te acuerdas de lo que has hecho?
El hombre guardó silencio, porque de repente se había acordado, aunque no sabía por qué lo había hecho ni cuáles habían sido las consecuencias. También recordaba que desde que eso le ocurría, era del todo inútil intentar acordarse del nombre. Porque ya no reunía las condiciones para llevarlo.
—Sí, me acuerdo —respondió con un hilo de voz—. Llámame Piedra de Toque. Y a ti te voy a llamar...
Se atragantó, miró a su alrededor, sorprendido, volvió a intentarlo.
—No puedes pronunciarlo —dijo Zapirón—. Un hechizo ligado a la corrupción de...'No puedo decirlo, ni hablarle a nadie de su naturaleza ni de cómo arreglarlo. Tú tampoco podrás hablar de ello y quizás haya otros efectos. Lo que está claro es que a mí me ha afectado.
—Ya lo veo —contestó Piedra de Toque, sombrío. No intentó pronunciar otra vez el nombre—. Dime una cosa, ¿quién gobierna en el Reino?
—Nadie —contestó Zapirón.
—Una regencia, entonces. Eso es...
—No. No hay ninguna regencia. No reina nadie. Nadie gobierna. Al principio había una regencia, pero dejó el poder... con ayuda.
—¿Cómo que al principio? —preguntó Piedra de Toque—. ¿Qué ocurrió exactamente? ¿Dónde he estado?
—La regencia duró ciento ochenta años —le informó Zapirón con crueldad—. En los últimos veinte años ha imperado la anarquía, atenuada en cierto modo por la acción de los pocos leales a la corona que quedaban. Y tú, muchacho mío, te has pasado los últimos doscientos años convertido en un pedazo de madera y adornando la proa de este barco.
—¿Y la familia?
—Murieron todos y traspusieron la Ultima Puerta, menos uno, que mejor me callo. Ya sabes a quién me refiero.
Al oír la noticia, Piedra de Toque estuvo a punto de volver a convertirse en una talla de madera. Se quedó sentado e inmóvil; las oscilaciones de su pecho al respirar eran la única prueba de que seguía vivo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, inclinó la cabeza y se cubrió la cara con las manos.
Zapirón lo observó sin asomo de compasión hasta que los hombros del muchacho dejaron de sacudirse y los sollozos desgarrados se fueron espaciando.
—No tiene sentido que llores por eso —le dijo el gato con severidad—. Ha muerto mucha gente tratando de enderezar las cosas. Sólo en este siglo han caído cuatro Abhorsen en su lucha contra los difuntos, los pilares rotos y el... el problema original. Está claro que mi actual Abhorsen no va por ahí, llorando en los rincones. A ver si le echas una mano.
—¿Puedo? —preguntó Piedra de Toque sombríamente mientras se secaba la cara con la manta.
—¿Por qué no ibas a poder? —le soltó Zapirón—. Puedes empezar por vestirte. Aquí a bordo hay algunas cosas para ti también. Espadas y demás.
—Pero no soy apto para empuñar la real...
—Limítate a obedecer —dijo Zapirón con firmeza—, Piensa en ti mismo como en el leal ayuda de cámara de la Abhorsen, si con eso te sientes mejor, aunque en los tiempos que corren, comprobarás que el sentido común es más importante que el honor.
—Muy bien —musitó Piedra de Toque humildemente. Se levantó, se puso la ropa interior y la camisa, pero no consiguió subirse los pantalones más arriba de los muslos bien torneados.
—Hay una falda escocesa y unas calzas en uno de los arcones de ahí atrás —dijo Zapirón después de haberse pasado un rato viendo a Piedra de Toque saltando en un pie, porque el otro lo tenía enredado en la ajustada prenda de cuero.
El muchacho asintió, se quitó el pantalón y trepó al agujero procurando mantenerse lo más alejado posible del gato. Cuando se encontraba en mitad del ascenso, se detuvo y se agarró con fuerza a ambos lados de la abertura.
—¿No se lo irás a decir, verdad? —preguntó.
—¿Decirle qué a quién?
—A la Abhorsen. Por favor. Haré todo lo posible por ayudar. Pero no lo hice aposta. Me refiero a mi parte. Por favor, no se lo digas...
—Ahórrate las súplicas —dijo Zapirón en tono disgustado—. No puedo decírselo. Tú tampoco. La corrupción está muy extendida y el hechizo es más bien indiscriminado. Date prisa... que la Abhorsen no tardará en regresar. Te contaré el resto de nuestra actual saga mientras te vistes.
Sabriel regresó del manantial sintiéndose más sana, más limpia y más feliz. Había dormido bien y las abluciones matutinas le habían permitido quitarse los restos de sangre. Las magulladuras, los chichones y las quemaduras habían respondido bien al tratamiento con hierbas. En general, se sentía casi casi normal, aunque no del todo, y tenía muchas ganas de desayunar en compañía de alguien que no fuera el sarcástico de Zapirón. El pobre cumplía ciertas funciones, como vigilar a seres humanos inconscientes o dormidos. Además, le había asegurado que había comprobado la marca del Gremio del hombremascarón, y que había descubierto que no estaba contaminado por la magia libre ni la nigromancia.
Esperaba encontrar al hombre todavía dormido, de manera que le dio un ligero escalofrío de sorpresa al descubrir una silueta de pie, junto a la proa del barco, mirando hacia el otro lado. Rozó un momento la empuñadura de la espada, y entonces vio a Zapirón en las inmediaciones, haciendo equilibrios sobre una barandilla del barco.
Se acercó muy nerviosa, la curiosidad contenida por la necesidad de mostrarse cautelosa con los extraños. Vestido de aquella manera, le pareció diferente. Mayor y un tanto intimidante, sobre todo porque había desdeñado la ropa sencilla que ella le había dejado para ponerse una falda escocesa roja con rayas doradas, con calzas doradas, de rayas rojas, a juego, que desaparecían en unas botas de caña alta de cabritilla color fuego. Lucía la camisa que ella le había prestado, y se disponía a ponerse un jubón de cuero rojo. Llevaba mangas acordonadas de quita y pon que, al parecer, le causaban serios problemas. A sus pies había dos espadas en vainas de tres cuartos, las puntas afiladas y relucientes asomaban más de un palmo. Un cinturón ancho, con los ganchos adecuados, le ceñía la cintura.
—Malditos cordones —dijo cuando la muchacha estuvo a diez pasos de distancia. Tenía bonita voz, bastante profunda, pero en ese momento sonaba irritada, llena de frustración.
—Buenos días —lo saludó Sabriel. Él se dio la vuelta, soltó las mangas, hizo ademán de ir a coger las espadas, pero rápidamente transformó el movimiento en una reverencia que remató hincándose en una rodilla.
—Buenos días, mi señora —dijo con voz ronca, manteniendo ía cabeza inclinada, tratando de no mirarla a los ojos.
Sabriel comprobó que había encontrado unos enormes aros de oro y que con ellos se había perforado los lóbulos de las orejas, porque le sangraban. Aparte de eso, lo único que alcanzaba a ver era la parte de arriba de la cabeza poblada de rizos.
—No soy tu señora —dijo Sabriel sin saber a ciencia cierta cuál de las reglas de la etiqueta aprendidas en la clase de la señorita Prionte correspondía aplicar en esa situación—. Me llamo Sabriel.
—¿Sabriel? Pero eres la Abhorsen —dijo el hombre con cierto titubeo.
No parecía muy brillante, pensó Sabriel, y se le fue el alma al suelo. Con las ganas que tenía ella de conversar, seguro que no abriría la boca en todo el desayuno.
—No, mi padre es el Abhorsen —le aclaró, echándole una severa mirada a Zapirón para advertirle que no se metiera—. Yo soy una especie de suplente. Es un tanto complicado, te lo explicaré más tarde. ¿Cómo te llamas?
Tras dudar un instante, el muchacho balbuceó:
—No me acuerdo, mi señora. Pero por favor, llámame Piedra de Toque.
—¿Piedra de Toque? —inquinó Sabriel, extrañada. Le sonaba familiar, pero no lograba precisar dónde había oído aquel nombre—. Piedra de Toque. Es el nombre de un bufón, de un tonto de circo. ¿Por qué iba a llamarte así?
—Porque es lo que soy —contestó sin inflexión alguna en la voz.
—En fin, supongo que de alguna manera he de llamarte —prosiguió Sabriel—. Piedra de Toque. Como sabrás, según la tradición, hay tontos de circo listos, de manera que tal vez no sea tan malo llevar nombre de bufón. Supongo que te tienes por tonto porque te han aprisionado en forma de mascarón... y en el Reino de la Muerte, claro.
—¡En el Reino de la Muerte! —exclamó Piedra de Toque. Levantó la vista y sus ojos grises se encontraron con los de Sabriel.
Por sorprendente que pareciera, tenía una mirada clara e inteligente. Tal vez quede alguna esperanza, después de todo, pensó la muchacha mientras le explicaba:
—No sé cómo, pero tu espíritu quedó atrapado apenas pasada la frontera del Reino de la Muerte al mismo tiempo que tu cuerpo se conservaba como mascarón de proa. Para ello fue necesario el concurso de la nigromancia y la magia libre. Encantamientos muy poderosos por ambas partes. Me intriga saber por qué los usaron en tu caso.
Piedra de Toque apartó otra vez la mirada y Sabriel se dio cuenta de que se sentía incómodo. Intuyó que la explicación que se disponía a darle sería, con suerte, una media verdad.
—No lo recuerdo muy bien —dijo, cauteloso—. Aunque voy recuperando los detalles poco a poco. Soy..., era soldado de la Guardia Real. La reina sufrió un ataque..., una emboscada en el..., al final de las escaleras. Me acuerdo que luché, con la espada y la magia del Gremio... Los soldados de la Guardia Real éramos todos guardianes del Gremio. Yo creía que estábamos a salvo, pero nos traicionaron y después... Después vine a parar aquí. No sé cómo.
Sabriel escuchó con atención y se preguntó cuánto de lo que le decía sería cierto. Era probable que hubiese perdido la memoria, pero quizá fuera verdad eso de que había pertenecido a la guardia real. Tal vez hubiera levantado un escudo protector... Tal vez por eso sus enemigos se habían limitado a aprisionarlo en lugar de matarlo. Aunque muy bien podrían haber esperado a que fallara el encantamiento del escudo. ¿Por qué habrían usado, pues, tan extraño método para retenerlo? Y más importante aún, ¿cómo logró el mascarón que lo colocasen allí, el más protegido y seguro de todos los sitios?
Se guardó las preguntas para más adelante, porque en ese momento tuvo otra idea. Si de veras era un soldado de la guardia real, la Reina a la que había protegido debía de llevar muerta y enterrada al menos doscientos años, y con ella habrían desaparecido todas las personas y las cosas que conocía.
—Has estado preso mucho tiempo —dijo Sabriel muy amable, sin saber a ciencia cierta cómo darle la noticia—. Has..., quiero decir... Verás, no sé cómo preguntarlo, quiero decir, hace mucho tiempo que...
—Doscientos años —susurró Piedra de Toque—. Me lo ha dicho tu adlátere.
—Tu familia...
—No tengo a nadie —dijo.
Su cara era una máscara, inmóvil y dura corno la madera tallada del día anterior. Con cuidado, sacó una de sus espadas y se la ofreció a Sabriel por la empuñadura.
—Me pongo a tu servicio, mi señora, para luchar contra los enemigos del Reino.
Sabriel no cogió la espada, aunque su primera reacción al oír al muchacho fue la de tender la mano y aceptarla. Tras pensárselo un instante, cerró la mano y dejó caer el brazo al costado del cuerpo. Miró a Zapirón, que observaba la escena sin ningún pudor.
—¿Qué le has contado, Zapirón? —le preguntó con una voz cargada de sospecha.
—Le he contado en qué estado se encuentra el Reino, en líneas generales — contestó el gato—. Los acontecimientos recientes. Nuestra llegada aquí, más o menos. Tu deber como Abhorsen de poner remedio a la situación.
—¿Lo del mordicante? ¿Y lo de los braceros fantasmas? ¿Y lo de los cuervos sanguinarios? ¿Y lo del adepto muerto, quienquiera que fuese?
—No con tanto detalle —respondió Zapirón alegremente—. Me pareció que podía deducirlo él sólito.
—Como podrás comprobar —dijo Sabriel con rabia—, mi «adlátere» no ha sido del todo sincero contigo. Me crié al otro lado del Muro, en Ancelstierre, de manera que no tengo mucha idea de lo que está pasando. Mis conocimientos sobre el Reino Antiguo están plagados de lagunas en todos los campos, desde la geografía, pasando por la historia y terminando con la magia del Gremio. Me enfrento a enemigos funestos que, con toda probabilidad, se encuentran bajo la batuta de uno de los muertos mayores, un adepto nigromántico. Y no he venido aquí a salvar el Reino, sino a buscar a mi padre, el verdadero Abhorsen. De manera que no acepto tu juramento, ni quiero que estés a mi servicio, ni nada parecido, y mucho menos si tenemos en cuenta que acabamos de conocernos. Aceptaré con gusto que nos acompañes hasta el lugar civilizado más próximo, pero de ahí en adelante, no tengo ni idea de lo que voy a hacer. Ah, por cierto, hazme el favor de recordar que me llamo Sabriel. No soy tu señora. No soy la Abhorsen. Y ahora creo que es hora de que desayunemos.
Tras la perorata, fue a la mochila y sacó la avena y una olla. Piedra de Toque se la quedó mirando, luego se levantó, se colgó las espadas al cinto, se puso el jubón, ató los cordones de las mangas al cinto y echó a andar en dirección a la arboleda más próxima.
Zapirón fue tras él y lo observó mientras recogía ramas secas para el fuego.
—Se crió en Ancelstierre de verdad —dijo el gato—. No sabe que rechazar tu juramento es una ofensa. Y me temo que es tan ignorante como te ha dicho. Es uno de los motivos por los que precisa ayuda.
—Yo no me acuerdo de mucho —dijo Piedra de Toque, partiendo una rama por la mitad con considerable furia—. Salvo mi pasado más reciente. Lo demás es como un sueño. No sé muy bien si es real, inventando o aprendido. Y no estoy ofendido. Mi juramento sirve de poco.
—Pero la ayudarás —dijo Zapirón. No era una pregunta.
—No —dijo Piedra de Toque—. Se ayudan los iguales. La serviré. Es lo único que sé hacer.
Tal como temía Sabriel, hubo poca conversación durante el desayuno. Zapirón se fue a buscar provisiones, y Sabriel y Piedra de Toque tuvieron que arreglárselas como pudieron y turnarse para comer la mitad de las gachas, porque sólo disponían de una olla y una cuchara. Incluso teniendo en cuenta esta dificultad, Piedra de Toque se mostró poco comunicativo. Sabriel empezó a formular un montón de preguntas, pero como él no hacía más que responder: «Lo siento, no me acuerdo», al cabo de nada, se dio por vencida.
—Supongo que tampoco te acordarás de cómo se sale de este pozo airón — comentó, exasperada, al cabo de un prolongado silencio. Hasta a ella misma el tono que empleó le pareció el del monitor que reprende a un granuja de doce años.
—No, lo siento... —contestó automáticamente Piedra de Toque, pero se interrumpió y torció la boca en un súbito gesto de satisfacción—. ¡Un momento! ¡Sí..., sí que me acuerdo! Hay una escalera oculta, al norte de la nave del Rey Janeurl, pero... no me acuerdo cuál es...
—Sólo hay cuatro naves cerca del borde norte —dijo Sabriel—. No será muy difícil descubrir cuál es. ¿Qué recuerdas de otros aspectos geográficos? Del Reino, por ejemplo.
—No estoy seguro —contestó Piedra de Toque, cauteloso, inclinando la cabeza.
Sabriel lo miró, inspiró hondo para calmar la rabia creciente que le subía desde el estómago a la garganta. Podía disculparle el que tuviera mala memoria, al fin y al cabo, era por efecto del encierro mágico al que se había visto sometido. Pero su actitud servil le parecía pura afectación. Era como un mal actor que interpreta el papel de mayordomo, o más bien, un no actor que trata de interpretar lo mejor que puede a un mayordomo. ¿Por qué lo haría?
—Zapirón me hizo un mapa —dijo para calmarse un poco y, al mismo tiempo, darle conversación—. Como parece ser que sólo ha pasado unos cuantos fines de semana fuera de la casa de Abhorsen en los últimos diez siglos, comprenderás que los recuerdos de doscientos años...
Sabriel se interrumpió y se mordió ellabio al caer en la cuenta de que era tal la irritación que se había vuelto perversa. Él levantó la vista cuando la muchacha calló, pero en su cara no se reflejaba reacción alguna. Era como si siguiera estando tallado en madera.
—Lo que quiero decir —continuó Sabriel, midiendo sus palabras—, es que me resultaría muy útil que me aconsejaras sobre el mejor camino para llegar a Belisaere, y sobre los lugares más importantes con los que nos encontraremos.
Sacó el mapa del bolsillo especial de la mochila y le quitó el envoltorio de tela impermeable. Piedra de Toque lo aferró por un extremo cuando la muchacha lo desenrolló; sujetó las puntas con dos piedras, mientras ella afirmaba su lado con la caja del telescopio.
—Creo que estamos más o menos por aquí —dijo Sabriel, y con el dedo indicó la casa de Abhorsen y trazó el vuelo de la papelonave desde allí hasta un punto un poco más al norte del delta del río Renegado.
—No —dijo Piedra de Toque. Era la primera vez que hablaba con tono resuelto. Plantó el dedo en el mapa, un par de centímetros al norte de donde Sabriel apuntaba con el suyo—. Esto de aquí es Hoyo Sagrado. Se encuentra a sólo diez leguas de la costa y en la misma latitud que el Monte Anarson.
—¡Magnífico! —exclamó Sabriel, y sonrió. El enfado había desaparecido—. Te acuerdas. ¿Cuál es el mejor camino para llegar a Belisaere y cuánto tardaremos?
—Desconozco las condiciones actuales, mi se..., Sabriel —contestó Piedra de Toque. Y bajando la voz, añadió—: Por lo que dice Zapirón, el Reino se encuentra sumido en la anarquía. Es posible que ya no existan los pueblos y aldeas. Nos toparemos con bandidos y con los muertos, habrá magia libre sin límites, criaturas malignas...
—De acuerdo, si dejamos eso de lado, ¿por dónde solías ir tú? —preguntó Sabriel.
—Desde Nestowe, la aldea de pescadores, que está aquí —dijo Piedra de Toque, señalando la costa al este de Hoyo Sagrado—, cabalgábamos hacia el norte, por el Camino Costero y cambiábamos de montura en las casas de postas. Hasta Callibe eran cuatro días, con uno de descanso. Luego enfilábamos el camino interior a través del Paso de Otrora, en total eran seis días hasta Aunden. Descansábamos allí un día, luego quedaban otros cuatro de viaje hasta Orquire. Desde allí, quedaba un día en barca o dos a caballo hasta la Puerta Occidental de Belisaere.
—Si prescindimos de los descansos, son dieciocho días a caballo y por lo menos seis semanas a pie. Demasiado tiempo. ¿Hay otra forma de hacer el viaje?
—En barco desde Nestowe —interrumpió Zapirón, y moviéndose sigiloso por detrás de Sabriel, se adelantó para plantar la patita sobre el mapa—. Si conseguimos uno y si alguno de vosotros dos sabe navegar.