Sabriel

Garth Nix · Capítulo 24 de 32

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Sabriel

Capítulo 22

Sabriel llegó a la Tercera Puerta justo delante de la ola, farfullando un encantamiento de magia libre mientras corría, lo notó abandonar humeante su boca y llenarle la nariz con su olor acre. El encantamiento cortó la bruma como un cuchillo y Sabriel entró en ella justo en el instante en que la ola rompía a su alrededor sin hacerle daño, lanzando su carga de difuntos por la cascada que había más allá. Sabriel aguardó un instante más para que apareciera el sendero y poder así seguir adelante, hacia el Cuarto Recinto.

Se trataba de una zona relativamente fácil de cruzar. La corriente volvía a cobrar fuerza, aunque era previsible. Había pocos muertos, porque la mayoría de ellos habían sido barridos por la ola del Tercer Recinto. Sabriel apuró el paso y se empeñó con todas las fuerzas de su voluntad en olvidarse del frío que le sorbía la vida, y de la corriente que tiraba de ella como un mar de manos. Sentía el espíritu de su padre, estaba cerca, como si él se encontrara en una habitación de una casa enorme y ella en otra... Sentía su presencia por los ligeros sonidos de aquella morada. Su padre estaba en el Cuarto Recinto o bien del otro lado de la Cuarta Puerta, en el Quinto Recinto.

Apuró más el paso; deseaba encontrarlo, hablarle, liberarlo. Sabía que todo volvería a la normalidad en cuanto soltara a su padre...

No lo encontró en el Cuarto Recinto. Sabriel llegó a la Cuarta Puerta sin que su presencia se intensificara. En esa puerta había otra cascada, o al menos eso parecía, pero no estaba envuelta en la niebla. Se trataba de una caída de agua desde una pequeña presa, de poco más de medio metro. Sabriel sabía que si se acercaba al borde, la fuerza habría bastado para arrastrar incluso al más fuerte de los espíritus.

Se detuvo a una distancia prudencial y se disponía a lanzar el hechizo que formaría el sendero, cuando notó en la nuca algo extraño e insistente que la obligó a detenerse y mirar atrás.

La cascada se extendía a ambos lados hasta perderse de vista y Sabriel sabía que si cedía al impulso de recorrerla por el borde, sería un viaje sin fin. Tal vez, a la larga, la cascada acabara girando sobre sí misma, como una pescadilla que se muerde la cola, pero como no había ningún hito, ni estrellas, ni nada que le permitiese deducir su posición, era imposible saberlo. Nadie recorría los Precintos o las Puertas interiores a lo ancho. ¿Qué sentido tendría hacerlo? Todos entraban en el Reino de la Muerte o salían de él. Jamás se hacía un viaje transversal, salvo en la frontera con la vida, donde si seguías andando variaba el lugar por donde saldrías, pero eso era algo que sólo resultaba de utilidad a los espíritus o a los seres raros como el mordicante, que arrebataba la forma física a cuantos se cruzaban en su camino.

No obstante, Sabriel sintió la urgente necesidad de hacerlo, de caminar por el borde de la Puerta, volver sobre sus pasos y seguir la línea de la cascada. Se trataba de un impulso que no conseguía identificar y que la inquietaba. En el Reino de la Muerte había otras cosas, aparte de muertos, seres inexplicables producto de la magia libre, extraños engendros, fuerzas incomprensibles. Ese impulso, ese llamado, podía provenir de uno de ellos.

Titubeó, pensó un momento y luego echó a andar siguiendo un recorrido paralelo a la cascada. Quizá se tratase de una convocatoria de magia libre o tal vez fuese algo relacionado con el espíritu de su padre.

 

.—También bajan por las escaleras oriental y occidental —anunció Zapirón—. Más braceros.

—¿Qué me dices de la austral, la que usamos nosotros? —inquirió Piedra de Toque, mirando muy nervioso hacia todos lados, al tiempo que aguzaba el oído para percibir todos los sonidos que hacían los muertos al vadear las aguas que llevaban al embalse y, una vez allí, formar aquellas extrañas filas.

—Por ésa todavía no —contestó Zapirón—. La escalera termina al sol, ¿te acuerdas? Tendrán que pasar por el parque.

—No puede haber mucha luz —bisbiseó Piedra de Toque, mirando hacia las claraboyas.

Se filtraban unos débiles rayitos entre las nubes, pero eso no era suficiente para poner en peligro a los muertos del embalse ni para levantarle el ánimo a Piedra de Toque.

—¿Cuándo... cuándo crees que vendrá? —preguntó Piedra de Toque. Zapirón no tuvo que preguntar a quién se refería.

—Pronto —respondió el gato, con toda naturalidad—. Yo siempre dije que era una trampa.

—¿Cómo hacemos para evitarla? —preguntó Piedra de Toque, tratando de que no le temblase la voz.

En su fuero interno luchaba por no ceder al deseo de abandonar el rombo protector, echar a correr hacia la escalera austral atravesando el embalse con el ímpetu de un caballo desbocado, sin preocuparse del ruido, pero allí estaba Sabriel, cubierta de escarcha, inmóvil...

—No creo que podamos —dijo Zapirón mirando de soslayo las dos estatuas cubiertas de hielo que tenía cerca—. Depende de Sabriel y de su padre.

—¿Qué podemos hacer?

—Defendernos si nos atacan, supongo —dijo Zapirón arrastrando las palabras, como si le expusiera lo evidente a un niño pesado—. Tener esperanza. Rezarle al Gremio para que Kerrigor no llegue antes de que Sabriel regrese.

—¿Y si eso pasara? —inquirió Piedra de Toque mirando la oscuridad con mucha fijeza—. ¿Y si eso pasara?

Zapirón no abrió la boca. Piedra de Toque sólo oyó a los difuntos que avanzaban arrastrando los pies, vadeando las aguas, salpicando como ratas hambrientas que se acercan a un borracho dormido para darse un banquete.

 

Sabriel no tenía idea de cuánto camino había recorrido ni de dónde había llegado hasta que lo encontró. Aquella sensación insistente volvió a indicarle que se detuviera, que buscara en la cascada, y allí estaba. Abhorsen. Su padre. Prisionero en el interior de la misma Puerta; por encima de la cascada de agua sólo asomaba su cabeza.

—¡Padre! —gritó Sabriel, pero resistió el impulso de ir a su encuentro.

Al principio tuvo la impresión de que no había notado su presencia; después, un ligero guiño le indicó que estaba consciente. Volvió a guiñarle y movió los ojos hacia la derecha varias veces.

Sabriel siguió su mirada y descubrió algo alto y misterioso que saltaba de la cascada, levantaba los brazos e intentaba izarse para cruzar la Puerta. La muchacha dio un paso al frente, con la espada y la campana preparadas, y entonces vaciló. Se trataba de un humanoide muerto, muy similar en forma y tamaño al que le había llevado las campanas y la espada al Colegio Wyverley. Volvió a mirar a su padre y él le guiñó otra vez al tiempo que curvaba ligeramente la comisura del labio para esbozar casi una sonrisa.

Retrocedió, cautelosa. Existía la posibilidad de que el espíritu encadenado en la cascada fuese una imitación del de su padre, o que incluso, aunque se tratara de él, estuviera bajo el influjo de algún poder. La criatura muerta consiguió por fin izar el cuerpo entero; los músculos de los brazos, distribuidos de forma muy distinta a los de los humanos, se tensaron perceptiblemente. Se detuvo un momento en el borde, la cabeza abultada se movía buscando de un lado, luego del otro, y entonces echó a andar hacia Sabriel con aquel paso deslizante. Cuando estuvo a poca distancia de la muchacha, fuera del alcance de su espada, se detuvo y se señaló la boca. La abría y la cerraba trabajosamente pero de su rojo interior no salía sonido alguno. Del fondo de su garganta partía un hilo que se hundía en las aguas de la Puerta.

Sabriel pensó un instante, luego guardó a Saraneth con una mano y sacó a Dyrim. Hizo un ademán, dispuesta a hacerla sonar y se detuvo, porque si tañía la campana llamada Dyrim alertaría a los muertos dealrededor, por eso bajó la mano. Dyrim emitió un tañido dulce y claro y sus notas resonaron en el aire fundiéndose como muchas conversaciones oídas en medio de una multitud.

Sabriel volvió a tañer la campana antes de que sus ecos se acallaran; con una serie de rápidos movimientos de muñeca hizo sonar otra vez a Dyrim y su repiqueteo fue hacia la criatura muerta, mezclándose con los ecos del primer tañido. El sonido envolvió al monstruo y dio vueltas y más vueltas alrededor de su cabeza y su boca muda.

Los ecos se acallaron, Sabriel guardó a Dyrim sin más dilación, antes de que intentara sonar por sí sola, y sacó a Ranna. La durmiente era capaz de acabar de un plumazo con infinidad de muertos y Sabriel temía que muchos acudieran atraídos por el tañido de las campanas. Seguramente esperaban encontrarse con un nigromante apocado, de escasos conocimientos, pero aun así, serían peligrosos. Ranna se agitaba, expectante; al sentir la presión de su mano, despertó como un niño de un sueño profundo.

La boca de la criatura se movió otra vez y en ella apareció una lengua, una pulpa horrible de carne blanca que se retorcía como una babosa. Pese a eso, le funcionaba. La cosa emitió una serie de gorjeos y de sonidos, como si estuviera tragando, hasta que por fin consiguió hablar con la voz de Abhorsen.

—¡Sabriel! Ansiaba y temía que vinieras.

—Padre... —comenzó a decir Sabriel mirando al espíritu prisionero en lugar de a la criatura—. Padre...

La muchacha perdió el control y se echó a llorar. Había hecho un viaje tan largo, superado tantos problemas para encontrarlo atrapado de tal manera, que excedía su capacidad de liberarlo. ¡Si ni siquiera sabía que fuera posible aprisionar a alguien en el interior de una Puerta!

—¡Sabriel! ¡Calla, hija! No hay tiempo para llantos. ¿Dónde está tu cuerpo físico?

—En el embalse —sollozó Sabriel—. Junto al tuyo. En el interior de un rombo protector.

—¿Y los muertos? ¿Y Kerrigor?

—No había allí rastro alguno de ellos, pero Kerrigor se encuentra en algún lugar del reino de los vivos. Ignoro dónde.

—Sí, ya sabía que había salido —musitó Abhorsen, por intermedio de la boca de aquella cosa—. Me temo que esté cerca del embalse. Debemos actuar a toda prisa. Sabriel, ¿te acuerdas cómo se hace para tocar dos campanas a la vez? Me refiero a Mosrael y Kibeth.

—¿Dos campanas a la vez? —repitió Sabriel, asombrada.

—¿La despertadora y la caminante? ¿Las dos a la vez?

En su vida había oído que aquello fuera posible... ¿o sí?

—Piensa —dijo la boca por la que hablaba Abhorsen—. Recuerda. El Libro de los Muertos.

Poco a poco surgió el recuerdo, las páginas bajaron flotando para instalarse en su memoria, como hojas sacudidas de un árbol. Las campanas se podían tañer a pares, o combinando algunas más, si se lograba reunir suficientes nigromantes para ello. Los riesgos, sin embargo, eran mucho mayores...

—Sí —dijo Sabriel en voz baja—. Me acuerdo. Mosrael y Kibeth. ¿Ellas te soltarán?

La respuesta tardó en llegar.

—Sí. Durante un tiempo. Espero que el suficiente para hacer lo que es preciso. Date prisa.

Sabriel asintió y trató de no pensar en lo que su padre acababa de decir. De forma inconsciente, siempre había tenido presente que el espíritu de Abhorsen llevaba demasiado tiempo separado de su cuerpo y se había internado demasiado en el Reino de la Muerte. Jamás volvería a vivir de verdad. De forma consciente, decidió eliminar de su mente aquella circunstancia.

Envainó la espada, guardó a Ranna y sacó a Mosrael y a Kibeth. Ambas eran campanas peligrosas; combinadas, lo eran mucho más.

Borró toda inquietud de su mente, se vació de pensamientos y emociones para concentrarse en las campanas. Y entonces, las hizo tañer.

Con Mosrael describió tres cuartos de círculo por encima de la cabeza; con Kibeth trazó un ocho en sentido inverso. El violento tintineo se unió a la música bailarina para fundirse produciendo tonalidades discordantes y enérgicas. Sabriel se vio echando a andar hacia la cascada pese a todos los esfuerzos que hacía por permanecer inmóvil. La fuerza de un gigante enfurecido le daba impulso a sus piernas, le doblaba las rodillas, la hacía avanzar.

Al mismo tiempo, su padre salía de la cascada de la Cuarta Puerta. Lo primero que quedó libre fue la cabeza, por lo que se puso a flexionar el cuello, luego movió los hombros, puso los brazos en alto y se estiró. Sabriel siguió avanzando hasta que estuvo a dos pasos escasos del borde y desde allí vio el fondo de aguas turbulentas, mientras el sonido de las campanas llenaba sus oídos obligándola a avanzar más.

En ese momento, Abhorsen quedó libre, dio un salto adelante y, metiendo las manos en el interior de las campanas, aferró los badajos para acallarlas. Se hizo silencio y padre e hija se abrazaron al borde mismo de la Cuarta Puerta.

—Así me gusta —dijo Abhorsen, con aquella voz profunda que lo caracterizaba y que infundía calor y tranquilidad como el juguete favorito de un niño—. Cuando quedé atrapado sólo pude enviarte las campanas y la espada. Ahora, me temo que debemos darnos prisa y regresar al reino de los vivos antes de que Kerrigor pueda llevar a cabo su plan. Dame a Saraneth, por ahora... No, no me devuelvas la espada y a Ranna, quédatelas. ¡En marcha!

Echó a andar con paso rápido indicándole el camino. Sabriel lo seguía de cerca mientras en su fuero íntimo se acumulaban las preguntas. No podía dejar de mirarlo, de observar aquellas facciones familiares, la forma en que le raleaba el pelo más arriba de la nuca y se le teñían de plata las patillas y la barba que le cubría el mentón. Vestía las mismas prendas que ella, la misma sobrevesta con llaves plateadas. Ya no lo veía tan alto como lo recordaba.

—¡Padre! —exclamó intentando conversar, seguirle el ritmo y vigilar al mismo tiempo—. ¿Qué está pasando? ¿Qué plan tiene Kerrigor? No entiendo nada. ¿Por qué no me crié aquí para poder aprender?

—¿Aquí?:—repitió Abhorsen sin detenerse—. ¿En el Reino de la Muerte?

—Sabes a qué me refiero —protestó Sabriel—. ¡En el Reino Antiguo! ¿Por qué...? ¡Debo de ser la única Abhorsen en toda la historia que no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas! ¿Por qué? ¿Por qué?

—Tu pregunta no tiene fácil respuesta —contestó Abhorsen por encima del hombro—. Te envié a Ancelstierre por dos motivos principales. El primero, para mantenerte a salvo. Ya había perdido a tu madre y la única manera de que en el Reino Antiguo estuvieses a salvo era teniéndote a mi lado o siempre en casa, como una prisionera. Conmigo no podía tenerte, porque tras la muerte del regente, ocurrida dos años antes de que tú nacieras, las cosas fueron de mal en peor. El segundo, era porque las Clarvis me lo aconsejaron así. Dijeron que necesitábamos a alguien, o necesitaríamos conocer a Ancelstierre, ya sabes que lo del tiempo nunca ha sido su fuerte. Entonces no entendí por qué, pero ahora sospecho que tengo una idea.

—¿Por qué? —inquinó Sabriel.

—Por el cuerpo de Kerrigor —contestó Abhorsen—. O de Rogir, por utilizar su nombre original. Nunca hemos conseguido que estuviese muerto de verdad porque su cuerpo se conserva con encantamientos de magia libre, en algún lugar del reino de los vivos. Es como un ancla que le permite volver. Todos los Abhorsen desde que se rompieron los pilares mayores han buscado ese cuerpo, pero ninguno de nosotros lo ha encontrado, incluido yo mismo, porque nunca sospechamos que estuviese en Ancelstierre. Evidentemente, en algún lugar cerca del Muro. A estas alturas, las Clarvis deben de haberlo localizado, porque Kerrigor debe de haber ido en su busca cuando apareció en el reino de los vivos. Pues bien, ¿quieres hacer tú el hechizo o lo hago yo?

Habían llegado a la Tercera Puerta. No esperó a que su hija le contestara; de inmediato pronunció las palabras. Sabriel se sintió rara al oírlas en lugar de pronunciarlas, se sintió lejana, como una observadora a distancia.

Ante ellos surgieron unas escaleras que cruzaban la cascada y la bruma. Abhorsen las recorrió de dos en dos escalones, con una energía sorprendente. Sabriel lo siguió como pudo. Tenía los huesos molidos, notaba un cansancio que iba más allá de los músculos agotados.

—¿Lista para echar a correr? —le preguntó Abhorsen.

La aferró del brazo en cuanto dejaron las escaleras y se zambulleron en la bruma que se fue abriendo a su paso; ese gesto de agarrarla así le recordó cuando era niña y exigía que la acompañara como era debido cuando salían de picnic, cargando con una cesta llena de cosas, durante las visitas corpóreas que le hacía su padre en el colegio.

Corrieron delante de la ola, con las manos sujetaban los badajos, avanzando cada vez más deprisa, hasta que Sabriel creyó que las piernas se le agarrotarían, caería de cabeza y saldría rodando y rodando hasta detenerse en medio de un repiqueteo de campanas y espadas.

No ocurrió nada de eso; consiguió seguir el ritmo mientras Abhorsen canturreaba el encantamiento que abriría la base de la Segunda Puerta para que pudiesen ascender a través de la vorágine.

—Como te decía —continuó Abhorsen, recorriendo también esa nueva escalera de dos en dos escalones mientras hablaba a la misma velocidad que ascendía—, nunca pudimos ocuparnos debidamente de Kerrigor hasta que un Abhorsen descubrió el cuerpo. Todos nosotros lo obligamos a volver a la muerte en varias ocasiones, llegamos a mandarlo incluso hasta la Séptima Puerta, pero con eso no hicimos más que postergar la solución del problema. A medida que rompían los pilares menores y el Reino se deterioraba, él se iba haciendo más y más fuerte, mientras que nosotros nos íbamos debilitando a ojos vista.

—¿Nosotros quiénes? —preguntó Sabriel.

Era demasiada información para poder digerirla, sobre todo cuando debía atender y correr a la vez.

—Los linajes de las grandes cartas del Gremio —respondió Abhorsen—. Desde que la familia real se extinguió, a todos los efectos eso incluye a los Abhorsen y las Clarvis. Y queda, claro está, la reliquia del constructor del Muro, una especie de obra que siguió en pie después de que depositaran todos sus poderes en el Muro y los pilares mayores.

Abandonó el borde de la vorágine y caminó confiado hacia el Segundo Recinto, seguido de cerca por Sabriel. A diferencia del paso lento y titubeante de la muchacha, Abhorsen avanzaba prácticamente a la carrera; era evidente que seguía un camino que le resultaba conocido. Sabriel no tenía ni idea de cómo lo lograba sin hitos ni señales aparentes. Tal vez, cuando se hubiera pasado más de treinta años recorriendo el reino de los muertos, a ella también le resultaría fácil.

—Pues bien —continuó Abhorsen—. Por fin tendremos la ocasión de acabar con Kerrigor de una vez por todas. Las Clarvis te llevarán hasta su cuerpo, lo destruirás y luego enviarás al destierro al espíritu de Kerrigor, que estará sumamente debilitado. Hecho esto, podrás sacar al príncipe real superviviente de su estado de suspensión y con la ayuda de la reliquia del constructor del Muro, repararás los pilares mayores...

—El príncipe real superviviente —dijo Sabriel y comenzó a adivinar algo que no habría querido saber—. ¿No lo dejaron..., no lo dejaron suspendido como mascarón de proa en Hoyo Sagrado... mientras su espíritu estaba en el Reino de la Muerte?

—Era hijo bastardo del rey y probablemente estaba loco —le contó Abhorsen sin haber prestado atención a su pregunta—. Pero por sus venas fluye sangre real. ¿Cómo decías? Ah, sí, él es... Dijiste que estaba... Quieres decir que...

—Sí —contestó Sabriel no muy feliz—. Se hace llamar Piedra de Toque. Y espera en el embalse. Cerca de los pilares. Con Zapirón.

Abhorsen se detuvo por primera vez, era evidente que lo había pillado por sorpresa.

—Al parecer, todos nuestros planes se malogran —dijo soltando un suspiro sombrío—. Kerrigor me engatusó para traerme al embalse y usar mi sangre con el fin de romper uno de los pilares mayores, pero conseguí protegerme, de manera que tuvo que conformarse con atraparme en el Reino de la Muerte. Entonces pensó que podría atraerte hasta mi cuerpo para utilizar tu sangre. Pero a mí no me había apresado con tanta firmeza como él creía y conseguí planificar una revancha. Pero ahora, si el príncipe está aquí, cuenta con otra fuente de sangre para romper el pilar mayor....

—Está dentro del rombo protector —le dijo Sabriel, repentinamente preocupada por el bienestar de Piedra de Toque.

—Tal vez no baste —contestó Abhorsen con tono grave—. Cada día transcurrido en el reino de los vivos, Kerrigor se hará más fuerte, pues absorbe la fuerza de los vivos y se alimenta de los pilares partidos. Pronto conseguirá romper incluso las más fuertes de las defensas mágicas del Gremio, Es posible que ahora cuente con poderes suficientes para ello. Habíame del compañero del príncipe. ¿Quién es Zapirón?

—¿Zapirón? —repitió Sabriel, otra vez sorprendida—. ¡Me lo encontré en nuestra casa! Es..., pues no sé qué es, pero es producto de la magia libre, tiene forma de gato blanco y un collar rojo del que cuelga una miniatura de Saraneth.

—Zapirón —dijo Abhorsen, como tratando de saborear un bocado apetecible—. Es la reliquia del constructor del Muro, o su última creación o su hijo, vete a saber, probablemente ni siquiera eso. ¿Por qué habrá adoptado forma de gato? Para mí siempre fue una especie de niño enano albino, prácticamente no salía de la casa. Imagino que será una especie de protección para el príncipe. Debemos darnos prisa.

—¡No estamos precisamente parados! —le soltó Sabriel, cuando su padre echó a correr otra vez.

No era su intención mostrarse de malhumor, pero aquella no era la idea que ella tenía de un sentido encuentro entre padre e hija. Su padre sólo le prestaba atención cuando se trataba de hacerla depositaría de infinidad de revelaciones con el fin de convertirla en la intermediaria que se ocuparía de Kerrigor.

Abhorsen se detuvo de golpe y le dio un abrazo veloz. Notó la presión de sus brazos, pero también percibió otra realidad, como si esos brazos fuesen sombras temporalmente nacidas de la luz, pero condenadas a disiparse al caer la noche.

—Ya sé que no he sido el padre ideal —reconoció Abhorsen en voz baja—. Ninguno de nosotros lo es. Cuando nos convertimos en el Abhorsen, perdemos muchas cosas. Las responsabilidades hacia tantas personas se imponen a las personales; las dificultades y los enemigos eliminan la ternura; nuestros horizontes se estrechan. Eres mi hija y siempre te he querido. Pero ahora vuelvo a vivir por poco tiempo, cien veces cien landos, no más, y debo ganar una batalla contra un terrible enemigo. Ahora, los papeles que debemos forzosamente interpretar no son el de padre e hija, sino el de viejo Abhorsen que da paso a otro nuevo. Detrás de todo esto está siempre mi amor.

—Cien veces cien latidos... —susurró Sabriel con lágrimas en los ojos.

Se soltó despacio de los brazos de su padre y siguieron avanzando hacia la Primera Puerta, el Primer Recinto, el reino de la vida... y el embalse.