Sabriel

Garth Nix · Capítulo 25 de 32

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Sabriel

Capítulo 23

Piedra de Toque ya podía ver a los difuntos y no le costaba nada oírlos. Cantaban y batían palmas; juntaban las manos putrefactas siguiendo un ritmo lento y pausado que le ponía de punta todos los pelos de la nuca. El entrechocar de huesos, el golpeteo líquido de las carnes corrompidas y gelatinosas creaban un ruido aterrador. Los cantos eran peores aún, porque a muy pocos de ellos les funcionaba la boca. Piedra de Toque jamás había sido testigo de un naufragio, pero ahora conocía el sonido de mil marineros ahogándose a la vez en un mar en calma.

Las filas de muertos llegaron marchando hasta muy cerca de donde se encontraba Piedra de Toque y allí formaron una masa inmensa de sombras cambiantes; como un hongo que todo lo contamina, se extendieron alrededor de las columnas. Piedra de Toque no lograba distinguir qué hacían, hasta que Zapirón, capaz de ver en la oscuridad, se lo explicó.

—Están formando dos filas para hacer un pasillo —le susurró el gato, pese a que hacía rato que el sigilo había dejado de ser una necesidad—. Un pasillo de braceros muertos que llegan a nosotros desde la escalera norte.

—¿Alcanzas a ver la puerta de la escalera? —le preguntó Piedra de Toque.

Ahora que veía y olía los cadáveres podridos y hediondos formados en aquella farsa de desfile, ya no tenía miedo. «Debí haber muerto en este embalse hace mucho tiempo», pensó. Sólo hubo una pausa de doscientos años...

—Sí, sí, adelante —respondió Zapirón, los ojos verdes chispeantes de fuego—. Ha llegado una bestia alta y andante. Sus carnes despiden sucias llamas. Se trata de un mordicante. Está agazapado en el agua mirando hacia atrás y a lo alto, como hacen los perros con su amo. A sus espaldas, la escalera está envuelta en la niebla; se trata de un truco de la magia libre. ¿A qué vendrá tanto interés por impresionar?

—Rogir siempre ha sido extravagante en todo —declaró Piedra de Toque, como si se refiriera al invitado de alguna cena de gala—. Le encantaba ser el centro de atención. Como Kerrigor no ha cambiado, no ha cambiado nada como muerto.

—Pues sí que lo ha hecho —lo corrigió Zapirón—. Ha cambiado mucho. Sabe que estás aquí y la niebla sólo es producto de su vanidad. Deben de haberle metido una prisa enorme cuando hacía el cuerpo que lleva ahora. A un hombre vanidoso, por más muerto que esté, no le gustaría que contemplaran ese cuerpo.

Piedra de Toque tragó saliva y trató de no pensar más. Se preguntó si podría abandonar el rombo protector y lanzar estocadas a la niebla en un ataque enloquecido, pero aunque fuese capaz de llegar hasta ella, ¿acaso sus espadas, aunque estuviesen protegidas por los encantamientos del Gremio, tendrían algún efecto en la carne mágica con la que Kerrigor se envolvía?

Algo se agitó en el agua, donde la vista ya no alcanzaba, y los braceros aumentaron el tempo de su tamborileo, el frenético borboteo de su canto se alzó con más fuerza y claridad.

Piedra de Toque entrecerró los ojos y comprobó lo que temía haber visto; la niebla, con sus zarcillos helados, se abría paso por el agua, entre las filas de muertos, manteniéndose dentro del pasillo que habían formado.

—Juega con nosotros —dijo Piedra de Toque con un hilo de voz sorprendiéndose de que le faltara el aliento de aquella manera.

Se sentía como si acabara de correr un kilómetro, el corazón le latía muy fuerte, pom pom, pom pom, pom pom...

Un aullido horrendo se alzó por encima del tamborileo de los muertos, Piedra de Toque dio un salto atrás y Zapirón estuvo a punto de salir disparado. El aullido fue aumentando en fuerza hasta hacerse insoportable y entonces una silueta inmensa desgarró la niebla y la oscuridad y cargó hacia ellos con asombroso ímpetu leyantando a su paso cortinas de rocío.

Piedra de Toque gritó o chilló, no supo muy bien, tiró lejos la vela, desenvainó la espada izquierda y con ambos aceros dispuestos, esperó para recibir la carga de rodillas, con el agua a la altura del pecho.

—¡El mordicante! —bramó Zapirón, y saltó de los hombros de Piedra de Toque para plantarse al lado de Sabriel, que seguía cubierta de escarcha.

Piedra de Toque apenas tuvo tiempo de enterarse de lo que acababa de decirle el gato y de ver la rauda imagen de algo parecido a un oso enorme envuelto en llamas, que gritaba como si estuviese a punto de ser sacrificado, cuando el mordicante se estrelló contra el rombo protector y las espadas en alto.

Saltaron chispas plateadas produciendo un estrépito que ahogó el chillido y lanzó lejos a Piedra de Toque y al mordicante. Piedra de Toque perdió pie y se hundió en el agua soltando burbujas por la nariz y la boca abierta en un grito. Le entró el pánico al pensar que el mordicante no tardaría en echársele encima y se incorporó con tanta brusquedad que notó un fuerte tirón en los músculos del estómago.

Salió volando del agua, con las espadas otra vez dispuestas, pero el rombo protector seguía completo y el mordicante se retiró a refugiarse en el pasillo formado por los braceros. Ya no hacían ruido, pero se oía algo más, algo que Piedra de Toque no reconoció hasta que se le salió el agua de las orejas.

Eran carcajadas y su eco se propagaba en la neblina que se adentraba sobre el agua, acercándose más y más, hasta que envolvió al mordicante que se batía en retirada y lo ocultó a la vista.

—¿Te ha asustado mi sabueso, hermanito? —se oyó una voz preguntar desde la niebla.

 

—¡Aaay! —exclamó Sabriel cuando Zapirón clavó las uñas en su cuerpo físico.

Abhorsen la miró emarcando, interrogante, una ceja plateada.

—Algo tocó mi cuerpo en el reino de los vivos —le explicó la muchacha—. Creo que ha sido Zapirón. ¿Qué estará pasando?

Se encontraban en el borde mismo de la muerte, allí donde hace frontera con la vida. Ningún muerto había intentado detenerlos y habían cruzado sin dificultades la Primera Puerta. Tal vez se debiera a que cualquier muerto se habría echado a temblar ante la presencia de dos Abhorsen...

Aguardaron. Sabriel no sabía por qué. En cierta manera, Abhorsen parecía capaz de ver o adivinar lo que ocurría en el reino de los vivos. Como un ladrón al acecho, esperó con el cuerpo ligeramente encorvado, la oreja pegada a una puerta inexistente.

Sabriel, por su parte, montaba guardia como un soldado, no fuera que apareciese algún muerto. Los pilares rotos convertían esta parte del Reino de la Muerte en una atractiva carretera de salida al reino de los vivos y por ello había esperado encontrarse allí con muchos difuntos dispuestos a aprovechar la existencia de aquel «agujero». Pero no fue así. Daba la impresión de que estaban solos en aquel río gris y monótono, sin más compañía que la de los remolinos y el oleaje.

Abhorsen cerró los ojos, se concentró más aún, luego los abrió como platos y le rozó el brazo a Sabriel.

—Ya casi es la hora —dijo suavemente—. Cuando salgamos, quiero que te lleves a Piedra de Toque y que... y que corráis hacia la escalera austral. No te detengas, no te detengas por nada del mundo. Una vez fuera, sube a la cima de la Colina del Palacio y ve al Patio de Occidente. Ahora no es más que un campo vacío. Piedra de Toque conoce el camino. Si las Clarvis han montado guardia como está mandado y no se han hecho un lío con los cuándos, habrá una papelonave esperando...

—¡Una papelonave! —exclamó Sabriel—. ¡Pero si yo tuve un accidente y quedó hecha trizas!

—No era la única en funcionamiento —le aclaró Abhorsen—. El Abhorsen que la construyó, creo que fue el cuadragesimosexto, transmitió sus saberes a otros. En fin, que allí la encontraréis. Las Clarvis también estarán, o habrá un mensajero que te dirá dónde encontrar el cuerpo de Kerrigor en Ancelstierre. Tu cometido es acercarte lo más posible al Muro con la papelonave, cruzarlo, encontrar el cuerpo y destruirlo.

—¿Y tú qué harás? —murmuró Sabriel.

—Aquí tienes a Saraneth —le contestó Abhorsen, sin mirarla a los ojos—. Dame tu espada y... y pásame a Astarael.

La séptima campana. Astarael, la afligida. La plañidera.

Sabriel no se movió, no hizo ademán alguno para entregarle la espada y la campana. Abhorsen metió a Saraneth en su bolsa y ató la correa. Comenzó a desatar la correa que sujetaba a Astarael, pero Sabriel le aferró la mano con fuerza.

—Debe de haber otro modo —lloró—. Podemos huir juntos...

—No —dijo Abhorsen con firmeza y le apartó la mano con suavidad. Sabriel dejó caer los brazos y su padre sacó con cuidado a Astarael de la bandolera asegurándose de que no sonara—. ¿Es el caminante quien escoge el camino, o es el camino el que escoge al caminante?

Como atontada, Sabriel le entregó la espada..., la espada que pertenecía a su padre. Dejó caer otra vez los brazos al costado del cuerpo con un gesto de impotencia.

—He recorrido el Reino de la Muerte hasta el precipicio que conduce a la Novena Puerta —dijo Abhorsen con calma—. He conocido los secretos y los horrores de los nueve recintos. No sé qué habrá más allá, pero todos los seres vivos deben llegar hasta allí cuando les toca la hora. Es la norma que rige nuestra tarea de Abhorsen, pero también vale para todos nosotros. Eres la quincuagesimotercera Abhorsen, Sabriel. No te he enseñado tan bien como habría debido, déjame que te dé la última lección. A todos los seres y a todas las cosas les llega su hora de morir.

Se inclinó y la besó en la frente, justo donde comenzaba el borde de su yelmo. Por un instante, la muchacha se quedó quieta, como un títere sin hilos, después se echó en los brazos de su padre y sintió el suave roce de la tela de la sobrevesta. Tuvo la impresión de estar encogiendo hasta volver a ser la niñita que corría a abrazar a su padre en la puerta del colegio. Como entonces, oyó el lento latir de su corazón. Pero ahora lo percibía como el levísimo toque de los granos de un reloj de arena y fue contando esas cien veces cien ganadas con tanto esfuerzo y que iría descontando hasta que a su padre le llegara la hora de morir.

Se aferró a su padre con fuerza mientras él desplegaba los brazos en cruz con la espada en una mano y la campana en la otra. Después lo soltó.

Se volvieron los dos a la vez, se zambulleron y salieron al reino de los vivos.

 

Kerrigor volvió a reír; su obscena carcajada se elevó como si recorriera las notas de una escala hasta interrumpirse y dar paso a un silencio cargado de malos presagios. Los muertos retomaron su tamborileo, esta vez con más suavidad, y la niebla avanzó con implacable determinación. Empapado y a punto de perecer ahogado. Piedra de Toque la observaba con los nervios tensos, como el ratón que queda prendado por la mirada engatusadora de la serpiente. En lo más profundo de su mente se dio cuenta de que resultaba más fácil ver la blancura de la niebla. En lo alto, las nubes se habían disipado y los bordes del embalse volvieron a quedar iluminados por la luz del sol. Pero se encontraban a más de cuarenta pasos del borde...

A sus espaldas, un crujido lo hizo estremecer, se dio la vuelta y... el terror se transformó en alivio, ¡Sabriel y su padre regresaban a la vida! El hielo se desprendía de ellos en pequeños copos formando ráfagas y la capa que cubría la cintura de Abhorsen se partió en varios témpanos pequeños que se alejaron flotando.

Piedra de Toque parpadeó al notar que la escarcha se desprendía de sus cuerpos.

Ahora Sabriel tenía las manos vacías y Abhorsen empuñaba la espada y la campana.

—¡Gracias al Gremio! —exclamó Piedra de Toque cuando los vio abrir los ojos y moverse.

Nadie lo oyó porque en ese preciso instante un terrible grito enfurecido estalló en mitad de la niebla, un grito tan fuerte que estremeció las columnas y rizó la superficie del agua.

Piedra de Toque se volvió otra vez y comprobó que la niebla se hacía girones y daba paso al mordicante agazapado en el agua, del que sólo se veían los ojos y la enorme boca que escupía llamas aceitosas. Detrás de él, algo que podría haber sido tomado por un hombre, tendía su mano alargada y la posaba sobre la cabeza del mordicante hecha con barro de ciénaga.

Kerrigor había intentado que el cuerpo que habitaba en ese momento se pareciera al Rogir de antaño, pero el resultado delataba una seria merma en sus habilidades, así como una falta de memoria y buen gusto. Medía más de dos metros, y en su silueta destacaban el pecho colosal y la cintura de avispa. La cabeza era demasiado flaca y alargada y la boca iba de oreja a oreja. Resultaba imposible sostenerle la mirada pues sus ojos, sí así podía llamárselos, eran dos rendijas estrechísimas que despedían llamas producidas por la magia libre.

Pese a tanta deformidad, conservaba una pizca del aspecto del Rogir de antaño. Se toma un hombre, se lo hace maleable, se estira, se retuerce y...

La horrenda boca se abrió en un bostezo cada vez más grande hasta que Kerrigor lanzó una carcajada, una carcajada breve interrumpida por el chasquido de las quijadas al cerrarse. Y entonces habló con una voz deformada e imposible, como su cuerpo.

—Soy afortunado. ¡Tres portadores de sangre... de sangre para partir pilares! ¡Tres portadores!

Al oír la voz de Kerrigor, tan parecida a la de Rogir, sonora y siniestra, húmeda como un fruto agusanado, Piedra de Toque no pudo apartar de él los ojos. Veía al nuevo ser, al despiadado Kerrigor, y veía también el otro cuerpo más armonioso, el de Rogir, el que él había conocido. Y ante sus ojos surgieron otra vez la daga hundiéndose en la garganta de la reina, y la sangre saliendo a borbotones, y el cáliz dorado...

Una mano lo aferró, tiró de él dándole la vuelta, le arrebató la espada izquierda. Regresó a la realidad, boqueó en busca de aire, y entonces vio a Sabriel. Empuñaba su espada izquierda, lo asió de la mano y tiró de él hacia el sur. Él se dejó llevar, corrió detrás de ella desmañadamente salpicando agua por todas partes. El cerco se estrechaba; Piedra de Toque comenzó a ver las cosas más próximas, igual que en un sueño recordado a medias.

Vio al padre de Sabriel, el Abhorsen, por primera vez sin la capa de escarcha. Era duro, decidido, pero le sonrió e inclinó la cabeza levemente cuando pasaron a su lado. Piedra de Toque se preguntó por qué iba en dirección contraria... hacia Kerrigor, hacia la daga y el cáliz expectante. Zapirón estaba enroscado sobre sus hombros, qué raro en él, tan reacio a enfrentarse a los peligros... Tenía Zapirón algo más, algo peculiar... Sí, ya no llevaba el collar. Quizá lo mejor era que regresara, volviese a ponerle el collar a Zapirón e intentase luchar contra Kerrigor…

—¡Corre! ¡Maldita sea, corre! —gritó Sabriel al ver que se daba la vuelta.

El grito lo sacó de aquella especie de trance en el que había caído. La náusea lo invadió en oleadas: habían abandonado el rombo protector. El vómito llegó sin avisar, volvió la cabeza de inmediato sin dejar de correr. Cayó en la cuenta de que Sabriel tiraba de él y se obligó a avanzar a más velocidad, pese a que notaba las piernas agarrotadas, insensibilizadas por los pinchazos. Volvió a oír los cánticos y el tamborileo de los difuntos, cada vez más rápido. Oyó también voces, voces agudas cuyo eco se perdía en la enorme caverna. El aullido del mordicante y un zumbido raro, como un crepitar, que percibió con la piel más que con el oído.

Llegaron a la escalera austral, pero Sabriel no aminoró la marcha y, dando un salto, abandonó la penumbra del embalse para quedar sumida en la oscuridad total. Piedra de Toque perdió su mano, volvió a encontrarla y juntos subieron a trompicones, lanzando estocadas a ciegas, adelante y atrás, arrancando chispas a la piedra. A sus espaldas persistían el tumulto, el aullido, los gritos, el tamborileo, todo ello amplificado por la vastedad del embalse. Comenzó entonces otro sonido que se impuso al clamor reinante con la claridad de la perfección.

Al principio sonó suave, como un diapasón al que hubiesen dado un ligero toque, pero fue aumentando más y más y se convirtió en notas puras arrancadas por una trompeta de inagotable aliento, hasta que no quedó más que sonido. Era el tañido de Astarael.

Sabriel y Piedra de Toque pararon en seco, casi en mitad de la zancada. Sintieron la tremenda necesidad de abandonar sus cuerpos, de quitárselos de encima como un pesado fardo. Su espíritu, esa parte esencial del ser, quería internarse en la muerte, zambullirse alegremente allí donde la corriente era más fuerte para ser arrastrado hasta el final mismo.

—¡Piensa en la vida! —gritó Sabriel, su voz apenas logró elevarse por encima de aquella nota pura.

Sintió que Piedra de Toque se moría, que le faltaba la voluntad necesaria para aferrarse a la vida. Era como si hubiera estado esperando aquel llamado para acudir al Reino de la Muerte.

—¡Resiste! —volvió a gritar, soltó la espada y lo abofeteó con fuerza—. ¡Vive!

Pero él siguió agonizando. Desesperada, la muchacha lo agarró por las orejas y lo besó salvajemente, le mordió los labios y dejó que la sangre salada llenara sus bocas. Los ojos de Piedra de Toque recuperaron parte de su brillo; Sabriel notó que volvía a concentrarse, a agarrarse de la vida, a vivir. Él dejó caer la espada, la tomó en sus brazos y le devolvió el beso. Posó la cabeza sobre el hombro de Sabriel y ella hizo lo mismo, y así se quedaron, fuertemente abrazados hasta que la única nota de Astarael se fue apagando.

Por fin se hizo el silencio. Se separaron delicadamente. Piedra de Toque tanteó el suelo en busca de su espada, pero Sabriel encendió una vela para evitar que se cortara en la oscuridad. Se miraron en medio de aquella luz vacilante. Los ojos de Sabriel estaban húmedos; la boca de Piedra de Toque, manchada de sangre.

—¿Qué ha sido? —preguntó Piedra de Toque con voz ronca.

—Astarael —contestó Sabriel—. La última campana. Convoca a todo aquel que la oye para que entre en el Reino de la Muerte.

—Kerrigor…

—Volverá —susurró Sabriel—. No dejará de hacerlo hasta que su cuerpo verdadero sea destruido.

—¿Y tu padre? —murmuró Piedra de Toque—. ¿Y Zapirón?

—Mi padre está muerto —dijo Sabriel. Estaba seria, pero los ojos se le llenaron de lágrimas—. Cruzará rápidamente la Última Puerta. En cuanto a Zapirón, no sé qué ha sido de él.

Se tocó el anillo de plata que llevaba en el dedo, frunció el ceño y se agachó para recoger la espada que le había quitado a Piedra de Toque.

—En marcha —ordenó—. Debemos llegar al Patio de Occidente. Deprisa.

—¿El Patio de Occidente? —inquirió Piedra de Toque mientras recuperaba su espada. Se sentía confundido y enfermo, pero hizo un esfuerzo y se incorporó—. ¿Del Palacio?

—Sícontestó Sabriel—. Vamos.