Sabriel

Garth Nix · Capítulo 4 de 32

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Sabriel

Capítulo 2

La frontera de Ancelstierre discurría de costa a costa, paralela al Muro y, en ciertos tramos, se alejaba de él algo más de medio kilómetro. La alambrada plegable se alzaba como gusanos atravesados por estacas de acero oxidado; las defensas de la vanguardia estaban formadas por una enmarañada red de trincheras y fortines de hormigón. Muchos de estos puntos de apoyo estaban pensados para controlar tanto el terreno que había detrás como el que había delante, y detrás de las trincheras se alzaban más vallas de alambre espino que protegían la retaguardia.

En realidad, la frontera servía más para evitar que la gente de Ancelstierre entrara en el Reino Antiguo que para impedir que de él salieran ciertos elementos. Cualquier cosa que tuviese poder suficiente para cruzar el Muro solía conservar magia suficiente para adoptar forma de soldado, o para volverse invisible e ir donde le daba la gana, pese al alambre espino, las balas, las granadas de mano y las bombas de mortero, la mayor parte de las veces, completamente inútiles, sobre todo cuando el viento soplaba desde el norte, es decir, desde el Reino Antiguo hacia fuera.

Dado que la tecnología era poco fiable, los soldados ancelstierranos de la guarnición fronteriza lucían cotas de malla sobre el traje de campaña color caqui, llevaban espadas muy anticuadas, en vainas desgastadas, y sus yelmos estaban dotados de refuerzos a la altura de la nariz y el cuello. Los escudos, o por utilizar la jerga militar, «las rodelas pequeñas, exclusivas para la guarnición fronteriza», se los colocaban en la espalda; el color caqui de fábrica había quedado oculto, hacía mucho tiempo, bajo emblemas e insignias personales y del regimiento, pintados con brillantes colores. El camuflaje no era una cuestión prioritaria en ese destino específico.

Sabriel observó un pelotón de jóvenes soldados marchar delante del autobús, mientras esperaba a que los turistas que la precedían pasaran en estampida por la puerta delantera, y se preguntó qué pensarían de la extraña misión que les había sido encomendada. Gran parte de aquellos soldados eran reclutas del extremo Sur, donde la magia no saltaba por encima del Muro para ampliar las grietas de aquello que tenían por realidad. Aquí, notaba el potencial mágico en ebullición, agazapado en la atmósfera como el aire cargado antes de la tormenta.

Al otro lado del páramo de alambre espino y trincheras, el Muro en sí tenía un aspecto bastante normal. Como cualquier otro vestigio medieval. Era antiguo, de piedra, medía unos doce metros de altura y estaba almenado. Nada extraordinario, hasta que caías en la cuenta de que se conservaba a la perfección. Y para el observador de vista aguzada, las piedras estaban completamente cubiertas con marcas del Gremio, marcas en constante movimiento, que se retorcían, giraban, se deslizaban y se reorganizaban bajo la pétrea piel.

La confirmación definitiva de la rareza se encontraba detrás del Muro. Del lado de Ancelstierre hacía un día claro, fresco y soleado, pero del otro lado, Sabriel veía caer la nieve a ritmo constante, y apelotonarse gruesos nubarrones cargados de nieve justo donde se alzaba el Muro para interrumpirse de repente, como si el cuchillo poderoso del tiempo hubiese partido el cielo en dos.

Sabriel contemplaba cómo caía la nieve y dio las gracias por llevar el almanaque. Confeccionado en una tipografía, los caracteres lucían trazos hacia la izquierda sobre el magnífico papel de hilo, lo que hacía que las muchas anotaciones manuscritas bailaran en precario equilibrio entre los renglones. Una observación escrita con trazo delgado e inseguro, con una letra que sabía que no pertenecía a su padre, indicaba el tiempo que haría en los calendarios de ambos países. En la columna de Ancelstierre se decía: «Otoño más bien fresco». En la del Reino Antiguo se informaba: «Invierno. Nevadas seguras. Se recomienda el uso de esquís o raquetas de nieve».

Salió el último turista, ansioso por llegar a la atalaya de observación. Pese a que el ejército y el gobierno disuadían la práctica del turismo, y aunque no había alojamientos a menos de treinta kilómetros del Muro, se permitía la llegada diaria de un autobús para que los visitantes pudiesen ver el Muro desde una torre situada muy por detrás dé las líneas de la frontera. Esta concesión quedaba a menudo sin efecto, porque cuando soplaba viento del norte, el autobús se averiaba inexplicablemente a pocos metros de la torre y los turistas tenían que bajarse y ayudar a empujarlo de vuelta en dirección a Bain, y entonces comprobaban que arrancaba por los mismos misteriosos designios que lo habían hecho detenerse.

Las autoridades también se mostraban indulgentes en los casos de las escasísimas personas autorizadas a viajar de Ancelstierre al Reino Antiguo, tal como Sabriel comprobó después de descender con éxito los escalones del autobús, cargada con la mochila, los esquís de fondo, los palos y la espada, que amenazaban con ir cada uno por su lado. Un cartel inmenso, situado junto a la parada del autobús, proclamaba:

 

MANDO FRONTERIZO EJÉRCITO DEL NORTE

Queda terminantemente prohibido salir de la zona fronteriza.

Se disparará sin previo aviso a toda persona que intente

cruzarla.

Los viajeros autorizados deberán presentarse en el Cuartel

General del Mando Fronterizo.

SE RECUERDA A TODOS QUE SE DISPARARÁ SIN

PREVIO AVISO

 

Sabriel leyó el cartel con interés y notó que en su interior bullía de entusiasmo.

Sus recuerdos del Reino Antiguo eran vagos, conservados desde la infancia, pero comprobó que el misterio y el asombro despertaban con la fuerza de la magia del Gremio que palpaba a su alrededor; tenía la sensación de que allí había algo mucho más vivo que el asfalto de la plaza de armas y el cartel de advertencia de rojas letras. Y mucha más libertad que en el Colegio Wyverley.

Pero aquella sensación de asombro y entusiasmo iba acompañada de un terror del que no lograba desprenderse, un terror al que se sumaba el miedo a lo que podía ocurrirle a su padre..., a lo que podía haberle ocurrido ya...

La flecha del cartel que indicaba dónde debían dirigirse los viajeros autorizados parecía apuntar en dirección a la plaza de armas, flanqueada de piedras pintadas de blanco y cierto número de construcciones de madera carentes de atractivo. Aparte de eso, se encontraban las trincheras de comunicación que se hundían en el suelo y, zigzagueando, se abrían paso hacia la doble línea de trincheras, blocaos y fortificaciones que se enfrentaban al Muro.

Sabriel los estudió un momento y vio una mancha de color cuando varios soldados emergieron de una trinchera y avanzaron hacia la alambrada. Daban la impresión de ir armados de lanzas en lugar de fusiles y se preguntó por qué la Frontera estaba construida para la guerra moderna, pero guarnecida por gentes que esperaban un enemigo algo más medieval. Recordó entonces una conversación con su padre y que éste le había comentado que la Frontera había sido diseñada muy lejos, en el sur, donde se negaban a reconocer que este límite era diferente de cualquier otro en disputa. Más o menos un siglo antes, también se alzaba un muro del lado de Ancelstierre. Un muro bajo, de tierra y turba apisonadas, pero muy efectivo.

Al recordar aquella conversación, distinguió una pequeña elevación en el terreno accidentado, en medio de la desolación de alambre espino, y se dio cuenta de que allí era donde se había levantado en otros tiempos el muro del sur. Tras observarlo detenidamente, descubrió también que lo que había tomado por estacas sueltas entre las líneas de alambrada plegable eran otra cosa, elevadas construcciones que parecían troncos de árboles despojados de todas las ramas. Le resultaban familiares, pero no lograba descifrar qué eran.

Sabriel seguía mirándolas con atención, mientras pensaba, cuando una voz atronadora, nada agradable, sonó a sus espaldas.

—¿Se puede saber lo que hace, señorita? No puede andar merodeando por aquí. ¡Regrese al autobús o suba a la torre!

Sabriel dio un respingo y se volvió lo más deprisa que pudo, al tiempo que los esquís se inclinaban hacia un lado y los palos hacia el otro, enmarcando su cabeza en una cruz de San Andrés. La voz pertenecía a un soldado corpulento, pero bastante joven, cuyos bigotes hirsutos eran más signo de ambición castrense que prueba de ella. Lucía dos brazaletes dorados en la manga, pero no llevaba el plaquín y el yelmo que Sabriel había visto en los demás soldados. Olía a crema de afeitar y talco, e iba tan aseado, pulcro y engreído que la muchacha lo catalogó inmediatamente como una especie de burócrata innato disfrazado de soldado.

—Soy ciudadana del Reino Antiguo —le contestó con calma, clavando la vista en la cara arrebolada y los ojos de cerdito, tal como la señorita Prionte, profesora de Etiqueta IV, había enseñado a hacer a sus alumnas cuando debían dirigirse a la servidumbre—. Regreso allí.

—¡Los papeles! —exigió el soldado, tras vacilar un instante al oir las palabras «Reino Antiguo».

Sabriel le ofreció una sonrisa gélida (otro tema del programa de estudios de la señorita Prionte), y con la punta de los dedos hizo los movimientos rituales, el símbolo de la revelación, de las cosas ocultas que salen a la luz. A medida que sus dedos dibujaban en el aire, visualizó mentalmente el símbolo y lo enlazó con los papeles que llevaba en el bolsillo interior de la túnica de cuero. Los símbolos trazados con la mano y dibujados mentalmente se fundieron y los papeles se materializaron en su mano. Un pasaporte ancelsterriano y otro documento mucho más raro, que el Mando Fronterizo de Ancelstierre expedía a quienes tenían asuntos en ambos países: un certificado impreso en tipografía, en papel fabricado a mano, con el boceto de un pintor en lugar de fotografía y las huellas digitales de pies y mano en tinta color morado.

El soldado parpadeó, pero no dijo palabra. Sabriel pensó que tal vez, al aceptar los documentos que ella le ofrecía, el hombre considerase aquello como un truco de feria. O tal vez no se hubiese dado cuenta de nada. A lo mejor, aquí, tan cerca del Muro, la magia del Gremio era algo frecuente.

El hombre repasó los documentos detenidamente, pero sin verdadero interés. Sabriel tuvo entonces la certeza de que no se trataba de un personaje importante por la forma en que manoseaba su pasaporte especial. Estaba claro que era el primero que veía en su vida. Pícaramente, comenzó a entrelazar la marca del Gremio correspondiente a la sustracción, arrancó los papeles de las manos del soldado y se los metió otra vez en el bolsillo antes de que sus ojos de cerdito adivinasen lo que estaba ocurriendo.

Al iniciar el movimiento, notó el destello de otra magia del Gremio a ambos lados y a sus espaldas, y oyó el repiqueteo de tachuelas sobre el asfalto. Volvió la cabeza bruscamente y el cabello le azotó la frente cuando miró primero a un lado, luego al otro. Los soldados salían en tropel de las chozas y las trincheras, empuñando las espadas, tas fusiles en bandolera. Algunos llevaban distintivos que los identificaban como magos del Gremio. Sus dedos entrelazaban símbolos de protección y barreras que frenarían los pasos de Sabriel atándola a su propia sombra. Hechizo poco sutil, pero lanzado con fuerza enorme.

Instintivamente, la mente y las manos de Sabriel elaboraron a toda velocidad una secuencia de símbolos para borrar estos vínculos, pero los esquís se movieron de sitio y fueron a caer sobre su brazo doblado, y al recibir el golpe, la muchacha dio un respingo.

Al mismo tiempo, un soldado se adelantó a sus compañeros a todo correr mientras la luz del sol destellaba sobre las estrellas de plata de su yelmo.

—¡Alto! —gritó—. ¡Apártese de ella, cabo!

El cabo, sordo al murmullo de la magia del Gremio, ciego al resplandor de los signos a medio forjar, apartó la vista de los papeles, se quedó boquiabierto durante un segundo, el rostro desfigurado por el miedo. Soltó los pasaportes y dio un paso atrás.

Al ver su cara, Sabriel tuvo conciencia de lo que implicaba utilizar la magia en la frontera y permaneció muy quieta al tiempo que borraba de su mente los signos a medio trazar. Los esquís se deslizaron de su brazo, las fijaciones se le engancharon un instante antes de soltarse y caer al suelo con gran estruendo. Los soldados se abalanzaron hacia ella y, en un periquete, la rodearon apuntando las espadas a su garganta. Vio unas vetas plateadas que recubrían las hojas así como los símbolos del Gremio escritos con trazos rudimentarios, y entonces comprendió. Aquellas armas estaban hechas para matar cosas ya muertas, eran versiones inferiores de la espada que llevaba colgada al cinto.

El hombre que había gritado —Sabriel comprobó que era oficial—, se inclinó y recogió los pasaportes. Los analizó un instante, luego miró a Sabriel. Sus ojos eran azul celeste y la miraban con una mezcla de dureza y compasión que a Sabriel le resultó familiar, aunque no logró precisar por qué, hasta que se acordó de los ojos de su padre. Los ojos de Abhorsen eran de un castaño tan oscuro que parecían negros, pero en ellos se reflejaba un sentimiento parecido.

El oficial cerró el pasaporte, se lo metió en el cinturón y con dos dedos se ladeó el yelmo dejando al descubierto una marca del Gremio que seguía brillando con los coletazos del hechizo de protección. Sabriel levantó la mano despacio y, al comprobar que el hombre no ofrecía resistencia, con dos dedos le tocó la marca. Al hacerlo, él también rozó con los suyos la que ella llevaba en la frente; Sabriel notó el conocido remolino de energía y la sensación de estar cayendo en una galaxia infinita de estrellas. Pero en este caso, las estrellas eran símbolos del Gremio, entrelazados en una danza monumental, sin principio ni fin, que contenía y describía el mundo con sus evoluciones. Sabriel conocía una parte muy pequeña de los símbolos, pero sabía que danzaban y sintió que la pureza del Gremio la envolvía.

—Una marca del Gremio inmaculada —anunció el oficial en voz alta, y los dos dejaron caer las manos a los costados—. No es ninguna criatura ni ningún enviado.

Los soldados retrocedieron envainando las espadas y corrieron los fiadores de los fusiles con un chasquido. El único que siguió inmóvil fue el cabo de mejillas arreboladas, que no apartaba la vista de Sabriel, como si no estuviera muy seguro de lo que tenía ante los ojos.

—Se acabó el espectáculo, cabo —le dijo el oficial, con mirada y tono severos—. Regrese a contaduría. Mientras dure su misión aquí, verá cosas más raras. ¡No se meta, es posible que así conserve la vida!

Sacó los documentos del cinturón, se los devolvió a Sabriel y dijo:

—Así que tú eres la hija de Abhorsen. Soy el coronel Horyse, comandante de una pequeña parte de esta guarnición, a la que el ejército gusta llamar Unidad de Reconocimiento de la Frontera Norte, pero que aquí todo el mundo denomina Exploradores del Paso Fronterizo, una mezcla variopinta de ancelstierranos que han conseguido obtener una marca del Gremio y rudimentarios conocimientos de magia.

—Encantada de conocerlo, coronel —profirió la boca de Sabriel, haciendo gala de lo aprendido en el colegio, antes de que la muchacha pudiera contenerse. Respuesta típica de colegiala que tiñó de rubor sus pálidas mejillas.

—El gusto es mío —dijo el coronel haciendo una reverencia—. ¿Me permites que te lleve los esquís?

—Por favor, tenga la bondad —dijo Sabriel, escudándose otra vez en los formulismos.

El coronel los recogió con un diestro movimiento, volvió a atar con cuidado los palos a los esquís, colocó las sujeciones en su sitio y, una vez todo estuvo en orden, se lo metió debajo del brazo musculoso.

—Entiendo que vas a cruzar al Reino Antiguo, ¿no es así? —le preguntó Horyse, equilibrando la carga y señalando el cartel de rojas letras que había en el extremo más alejado de la plaza de armas—. Habrá que presentarse al Cuartel General Fronterizo, hay que cumplir con ciertos trámites que no demorarán mucho. ¿Irá alguien..., irá Abhorsen a recibirte?

Se le entrecortó la voz al mencionar a Abhorsen, le salió un tartamudeo que resultó extraño en un hombre tan seguro de sí mismo.

Sabriel lo miró de reojo y vio que el coronel le echaba un rápido vistazo a la espada que llevaba colgada de la cintura y a la bandolera de campanillas que llevaba cruzada sobre el pecho. Era evidente que había reconocido la espada de Abhorsen y el significado de las campanillas. Muy pocos llegaban a encontrarse con un nigromante, pero todo aquel que lo hacía, recordaba siempre las campanillas.

—¿Conoció usted a mi padre? —preguntó—. Tenía por costumbre visitarme dos veces al año. Supongo que pasaría por aquí.

—Sí, lo vi en esas ocasiones —respondió Horyse, y echaron a andar por el borde de la plaza de armas—. Pero lo conocí por primera vez hace más de veinte años, cuando fui destacado a este puesto como subalterno. Fueron tiempos extraños, muy malos tiempos, tanto para mí como para el resto de los que estábamos en la frontera.

Guardó silencio y se dispuso a dar un paso, haciendo crujir las botas, y sus ojos volvieron a observar las campanillas y la palidez de Sabriel, que contrastaba enormemente con su cabello negro como el asfalto que pisaban.

—Eres nigromante —le soltó sin más preámbulos—. Probablemente lo entiendas. El paso fronterizo ha sido testigo de muchas batallas, de muchas muertes. Antes de que los imbéciles del Sur se hicieran con el mando centrals

—Seguir muerto —sugirió Sabriel con calma. el paso fronterizo se trasladaba cada diez años, hasta la puerta siguiente del Muro. Pero hará unos cuarenta años algún..., algún burócrata decretó la interrupción de los traslados. Porque era un despilfarro de recursos públicos. Éste era y seguirá siendo el único paso fronterizo. Poco importa el hecho de que, con los años, fuera a producirse aquí una concentración de muerte, mezclada con la magia libre que se filtra por el Muro, de tal magnitud que nada podría...

—Sí. Cuando yo llegué, el problema no había hecho más que empezar. Los cadáveres se negaban a seguir enterrados..., tanto los de nuestra gente como los de las criaturas del Reino Antiguo. Los soldados difuntos el día anterior volvían a presentarse a formación. Las criaturas a las que se les impedía el paso, resucitaban y causaban más daño del que habían hecho en vida.

—¿Y qué hicieron ustedes? —preguntó Sabriel.

Sabía bastante sobre cómo se imponía y se aplicaba la muerte verdadera, pero no a semejante escala. En ese momento, no había criaturas fallecidas a su alrededor, porque siempre percibía instintivamente la interacción entre la vida y la muerte, tanto allí como cuando se encontraba a sesenta kilómetros, en el colegio Wyverley.

—Nuestros magos del Gremio intentaron resolver el problema, pero no existían símbolos específicos para..., para hacer que siguieran muertos..., sólo para destruir sus cuerpos. A veces con eso bastaba, pero no siempre. Nos veíamos obligados a desplazar a la tropa a Bain o a lugares más lejanos para que los soldados pudiesen recuperarse de lo que el Cuartel General gustaba describir como ataques de histeria o locura colectiva.

«Entonces yo no era mago del Gremio, pero acompañaba a las patrullas en las incursiones al Reino Antiguo y así fue como aprendí. Durante una de estas misiones de reconocimiento, nos encontramos con un hombre que estaba sentado junto a un pilar del Gremio, en lo alto de un cerro que daba tanto al Muro como a la frontera.

»Como era evidente que estaba interesado en la frontera, el oficial al mando de la patrulla decidió interrogarlo y acabar con él en caso de que llevase una marca del Gremio corrupta o fuese un engendro de la magia libre disfrazado de hombre. Pero no lo hicimos, claro está. Se trataba de Abhorsen y venía a nuestro encuentro porque había oído hablar de los muertos.

»Lo escoltamos hasta el cuartel general y se reunió con el general al mando de la guarnición. Ignoro qué acordaron, pero imagino que Abhorsen se comprometió a vincular o atar a los difuntos a cambio de obtener la ciudadanía de Ancelstierre y libertad para cruzar el Muro. Después de aquello, consiguió los pasaportes, eso está claro. En cualquier caso, se pasó los meses siguientes tallando las flautas eólicas que ves en la alambrada...

—¡Ah! —exclamó Sabriel—. Sentía curiosidad por saber qué eran. Flautas eólicas. Eso lo explica todo.

—Me alegro de que lo entiendas —dijo el coronel—. Yo todavía no logro entender cómo funcionan. Por un lado, no emiten sonido alguno por más fuerte que el viento sople a través de ellas. Llevan grabados símbolos del Gremio que no había visto en mi vida hasta que él los talló, y que no he vuelto a ver en ninguna otra parte. Pero cuando empezó a distribuirlas... una por noche..., los muertos desaparecieron poco a poco y, a partir de entonces, no volvió a resucitar ni uno solo más.

Llegaron al extremo opuesto de la plaza de armas, donde otro cartel de rojas letras, colocado junto a una trinchera de comunicación, proclamaba: «Cuartel General de la Guarnición Fronteriza. Llame y espere al centinela».

El auricular de un teléfono y una ristra de campanillas indicaban la habitual dicotomía de la frontera. El coronel Horyse levantó el auricular, giró la palanca, escuchó un instante y volvió a colocarlo en su sitio. Contrariado, tiró de la ristra de campanillas tres veces, en rápida sucesión.

—En fin —siguió diciendo, mientras esperaban la llegada del centinela—. Fuera lo que fuese, funcionó. De manera que estamos en deuda con Abhorsen y eso hace que nos sintamos honrados con la visita de su hija.

—Es posible que sea menos honrada y más vilipendiada como mensajera de mal augurio —dijo Sabriel sombríamente. Dudó un instante, le costaba hablar de Abhorsen sin que se le llenasen los ojos de lágrimas, por eso añadió a toda prisa, para acabar de una vez—: El motivo que me lleva al Reino Antiguo es..., es buscar a mi padre. Algo le ha ocurrido.

—Abrigaba la esperanza de que fuese otra la razón por la que llevas su espada — observó Horyse. Se colocó los esquís en el hueco del brazo izquierdo, para tener el derecho libre y hacer la venia a los dos centinelas que salían a paso ligero de la trinchera de comunicación, haciendo repiquetear las tachuelas sobre las tablas de madera.

—La cosa es seria, me parece —añadió Sabriel inspirando hondo para reprimir un sollozo—. Está atrapado en la muerte... o puede que..., puede que esté muerto. Sus vínculos se romperán.

—¿Las flautas eólicas? —inquirió Horyse, apoyando el extremo de los esquís al tiempo que la mano que se disponía a hacer la venia se detenía antes de llegar a la sien—. ¿Y tendremos a todos los muertos aquí?

—Las flautas tocan una canción que sólo se escucha en el Reino de la Muerte — le explicó Sabriel—, reforzando así el vínculo puesto por Abhorsen. Este vínculo está ligado a él y las flautas no tendrán poder alguno si..., no tendrán poder alguno si Abhorsen se encuentra entre los difuntos. Las flautas no podrán mantener el vínculo intacto.