Sabriel
Capítulo 3
—No acostumbro a culpar al mensajero por las noticias que trae por malas que sean —dijo Horyse y le ofreció una taza de té a Sabriel, que estaba sentada en el que parecía el único sillón cómodo del refugio subterráneo donde el coronel tenía su cuartel general—, pero las que acabas de darme son las peores que he recibido en muchos años.
—Al menos soy una mensajera viva... y amistosa —dijo Sabriel con calma.
La preocupación por su padre no le había permitido pensar en otros aspectos del problema. Empezaba ahora a ampliar sus conocimientos sobre él, a comprender que era algo más que su padre, que representaba distintas cosas para distintas personas. La imagen ingenua que de él tenía, relajado en el sillón de su estudio en el colegio Wyverley, hablando con ella de sus estudios, de tecnología ancelsterriana, de magia del Gremio y nigromancia, era una visión limitada, como un cuadro que sólo capta una de las tantas dimensiones de un hombre.
—¿Cuánto nos queda hasta que los vínculos de Abhorsen se rompan definitivamente? —preguntó Horyse, interrumpiendo la evocación de Sabriel.
La imagen que tenía de su padre, tendiendo la mano para aceptar una taza de té en su estudio, desapareció y fue sustituida por el té de verdad vertido en la jarra de esmalte que le quemaba los dedos.
—¡Vaya! Perdóneme. Estaba distraída... ¿Cuánto nos queda para qué?
—El vínculo de los muertos —reiteró el coronel con paciencia—. ¿Cuánto falta para que los vínculos fallen y los difuntos vuelvan a las andadas?
Sabriel recordó otra vez las lecciones de su padre y las vacaciones dedicadas a memorizar el antiguo grimorio. El Libro de los Muertos se titulaba, algunas partes de aquella obra todavía le producían escalofríos. Su aspecto era inocuo, encuadernado en piel verde, con broches de plata deslustrada. Al mirarlo con atención, se veía que tanto la piel como la plata llevaban marcas del Gremio grabadas. Marcas para vincular y cegar, encerrar y aprisionar. Sólo a los nigromantes avezados les estaba permitido abrir aquel libro... y sólo un mago incorrupto del Gremio podía cerrarlo. Su padre se lo dejaba cuando iba a verla, pero siempre se lo llevaba al marcharse.
—Depende —contestó con cautela, obligándose a analizar la cuestión con objetividad, sin que las emociones se interpusieran. Trató de recordar las páginas en las que se explicaba cómo tallar flautas eólicas, los capítulos sobre música y la naturaleza del sonido en el vínculo de los muertos—. Si papá..., si Abhorsen está... realmente muerto, las flautas eólicas se desintegrarán a la luz de la próxima luna llena. Si está atrapado antes de la Novena Puerta, el vínculo se mantendrá hasta la primera luna llena después de que la haya cruzado o si un espíritu particularmente fuerte rompe los vínculos debilitados.
—O sea que la luna nos lo dirá a su debido tiempo —observó Horyse—. Disponemos de catorce días hasta la luna llena.
—¿Sería posible que yo atara a los muertos de nuevo? —preguntó Sabriel, cautelosa—. Aclaro que no lo hice nunca a tan gran escala. Pero sé cómo hacerlo. El único inconveniente es que..., que si papá no está..., no está más allá de la Novena Puerta, entonces tengo que acudir en su ayuda lo antes posible. Y antes de que pueda hacerlo, debo pasar por su casa a recoger unas cuantas cosas y..., y a comprobar ciertas referencias.
—¿A qué distancia del Muro se encuentra esa casa? —preguntó Horyse con expresión calculadora.
—No lo sé —contestó Sabriel.
—¿ Cómo ?
——No lo sé. No he vuelto a ir desde que tenía cuatro años. Por lo visto, su localización es secreta. Mi padre tenía muchos enemigos, no sólo entre los muertos. Nigromantes de poca monía, hechiceros de magia libre, brujas...
—No parece inquietarte el hecho de no saber dónde está la casa —la interrumpió el coronel secamente.
Por primera vez, se percibía en su voz un asomo de duda, incluso de condescendencia paternalista, como si la juventud de Sabriel socavara el respeto que se le debía como maga del Gremio y nigromante.
—Mi padre me enseñó cómo invocar a un guía que me indicará el camino — contestó Sabriel fríamente—. Sé que son menos de cuatro días de viaje.
Eso le tapó la boca a Horyse, al menos por el momento. Asintió, se puso en pie con cautela para no golpear con la cabeza las vigas desnudas del refugio subterráneo, fue hasta el archivador metálico herrumbrado por la acción del barro pardusco que rezumaba entre las pálidas tablas de la pared de contención. Abrió el archivador tirando de él con fuerza y movimiento experto, sacó un mapa mimeografiado y lo desplegó sobre la mesa.
—Nunca hemos podido hacernos con un mapa original del Reino Antiguo. Tu padre tenía uno, pero era la única persona capaz de entender sus indicaciones, para mí no era más que un cuadrado de piel de becerro. Hace falta un pequeño truco de magia, pero como no pudo enseñármelo, tal vez no fuera tan pequeño... En fin, este mapa es una copia de la última versión de nuestro mapa de patrullaje, de manera que sólo cubre quince kilómetros desde el paso fronterizo. El reglamento de la guarnición prohibe superar ese límite. Las patrullas que se arriesgan a internarse más allá no suelen regresar. Quién sabe, a lo mejor desertan, o a lo mejor...
El tono de su voz sugería que a las patrullas les ocurrían cosas más terribles, pero Sabriel no quiso preguntar. Una pequeña parte del Reino Antiguo estaba desplegada sobre la mesa y, una vez más, Sabriel ardió de entusiasmo.
—Por lo general, enfilamos el Antiguo Camino del Norte —dijo Horyse, siguiendo su recorrido con el dedo, mientras los callos dejados por la espada en sus dedos rascaban el mapa, como si un maestro carpintero lo estuviese lijando—. Luego las patrullas regresan, en dirección sureste o suroeste, hasta que topan con el Muro. A partir de allí, siguen todo su recorrido hasta llegar a la puerta.
—¿Qué significa este símbolo? —preguntó Sabriel señalando un cuadrado negro en lo alto de una de las colinas más alejadas.
—Es un pilar del Gremio —contestó el coronel—. O lo que queda de él. Hará cosa de un mes, se partió en dos, como si lo hubiese alcanzado un rayo. Las patrullas han empezado a llamarlo «Cima Partida» y procuran evitarlo. Su verdadero nombre es Monte Barhedrin, y en otros tiempos, el pilar llevaba el hechizo del Gremio correspondiente a una aldea de ese nombre. De todos modos, ocurrió antes de que yo viniera aquí. Si la aldea sigue existiendo debe de estar más al norte, donde no llegan nuestras patrullas. No tenemos noticias de sus habitantes desplazados al sur, a Cima Partida. Para ser más exacto, debería decir que tenemos pocas noticias de la gente y punto. En el diario de la guarnición se conservan bastantes datos que prueban la interrelación con los habitantes del Reino Antiguo, granjeros, mercaderes, viajeros, pero en los últimos cien años, los encuentros se han ido haciendo cada vez más raros, y en los últimos veinte, rarísimos. Con suerte, ahora las patrullas avistan a dos o tres personas al año. Me refiero a gente auténtica, no a criaturas ni a engendros de la magia libre, ni a los difuntos. De esos vemos demasiados.
—No lo entiendo —musitó Sabriel—. Mi padre solía hablar de aldeas y pueblos..., incluso de ciudades del Reino Antiguo. Recuerdo algunos de mi niñez..., bueno, creo que los recuerdo.
—Seguramente estarán más en el interior del Reino Antiguo —comentó el coronel——.
Las actas mencionan varios nombres de pueblos y ciudades. Sabemos que la gente de allí denomina «Tierras Fronterizas» a la zona que rodea el Muro. Y cuando usan el apelativo, no lo hacen con cariño.
Sabriel no respondió, inclinó la cabeza sobre el mapa, mientras pensaba en el viaje que la aguardaba. Cima Partida podía ser una buena parada. Se encontraba a poco más de doce kilómetros, podía esquiar hasta allí y llegar antes del anochecer si partía bien temprano y si del otro lado del Muro no nevaba demasiado. Un pilar del Gremio roto no presagiaba nada bueno, pero seguramente conservaría algo de magia y el camino hacia la muerte sería más fácil de transitar. Los pilares del Gremio se ponían .a menudo en los lugares donde fluía la magia libre porque las encrucijadas de las corrientes producidas por esta magia solían ser entradas naturales que conducían hasta el Reino de la Muerte, Sabriel notó un escalofrío en la espalda al pensar en las cosas que podían utilizar dicha entrada; el temblor la recorrió toda hasta llegar a la punta de sus dedos, posados en el mapa.
Levantó la vista de golpe y vio que el coronel Horyse contemplaba sus manos alargadas y pálidas y el pesado papel del mapa que seguía estremeciéndose bajo sus dedos. Hizo acopio de todas sus fuerzas y contuvo el estremecimiento.
—Tengo una hija más o menos de tu edad —le dijo el coronel con voz calma—. Está en Corvere, con mi mujer. Ni se me ocurriría dejaría ir al Reino Antiguo.
Sabriel le sostuvo la mirada; sus ojos no eran los faros inseguros y titilantes de la adolescencia.
—Por fuera tengo apenas dieciocho —dijo, y con un movimiento casi nostálgico se tocó el pecho con la palma de la mano—. Pero caminé por la muerte cuando tenía doce. Me topé con un vigilante de la Quinta Puerta a los catorce y lo desterré al otro lado de la Novena. Al cumplir los dieciséis perseguí y desterré a un mordicante que merodeaba por mi escuela. Un mordicante debilitado, pero aun así... Hace un año, pasé la última página de El Libro de los Muertos. Imposible volver a sentirme joven.
—Lo lamento —dijo el coronel y al notar que tal vez lo malinterpretaría, aclaró —: Quiero decir, que te deseo algunas de las tontas alegrías que experimenta mi hija, esa despreocupación, esa falta de responsabilidad propia de la juventud. Pero no te las deseo si con ellas vas a perder fuerzas para afrontar los tiempos que te esperan. Has escogido un camino espinoso.
—¿Es el caminante quien escoge el camino, o el camino el que escoge al caminante? —citó Sabriel.
Aquellas palabras, cargadas de ecos de la magia del Gremio, se demoraron en su lengua, como el sabor persistente de las especias. Acababa de citar la dedicatoria puesta al comienzo de su almanaque. Eran también las últimas palabras que flotaban solas en la última página de El Libro de los Muertos.
—No es la primera vez que oigo la cita —observó Horyse—, ¿Qué significa?
—No lo sé —contestó Sabriel.
—La sentencia contiene cierta fuerza cuando tú la pronuncias —agregó el coronel, cauteloso. Tragó saliva con la boca entreabierta, como si el sabor de las marcas del Gremio siguiera en el aire—. Si yo la pronunciara, no serían más que palabras.
—No sé explicarla —admitió Sabriel encogiéndose de hombros, sonriendo tímidamente—. Pero conozco otros dichos más adecuados a este momento, como: «Viajero, abrázate a la luz del día, mas de la mano de la noche desconfía». Es preciso que me ponga en marcha.
Horyse sonrió al oír el antiguo refrán, tan adorado por abuelas y niñeras, pero la suya era una sonrisa hueca. Apartó ligeramente la vista de Sabriel y la muchacha comprendió que estaba pensando en cómo impedirle que cruzase el Muro. Luego lanzó ese suspiro corto y quisquilloso de quienes se ven obligados a decantarse por ciertas soluciones a falta de otras mejores.
—Tus papeles están en regla —le dijo mirándola otra vez a los ojos—. Y eres la hija de Abhorsen. No me queda más remedio que permitirte pasar. Aunque no consigo quitarme esta sensación de que te estoy enviando al encuentro de horribles peligros. Ni siquiera puedo mandar una patrulla para que te acompañe, porque ya tenemos a cinco ahí fuera.
—Esperaba ir sola —le aclaró Sabriel.
Y así era, pero en su fuero interno asomó el arrepentimiento. Un grupo de soldados protectores habría sido todo un consuelo. El miedo a estar sola en tierras extrañas y peligrosas, aunque se tratara de su país natal, minaba en parte su entusiasmo. Además, no se quitaba de la cabeza la imagen de su padre. De su padre en apuros, atrapado y solo en las aguas heladas de la muerte...
—Muy bien —dijo Horyse—. ¡Sargento!
Una cabeza tocada por un yelmo asomó de pronto en el vano de la puerta y Sabriel cayó en la cuenta de que seguramente había dos soldados montando guardia a la entrada del refugio subterráneo, en la escalera que conducía a la trinchera de comunicación. Se preguntó si habrían oído la conversación.
—Prepare un grupo para el cruce —ordenó Horyse—. Cruzará una sola persona. La señorita Abhorsen, aquí presente. ¡Sargento, una advertencia! ¡Si a usted o al soldado Rahise se les ocurre hablar aunque sea en sueños de lo que tal vez acaban de escuchar, se pasarán el resto de sus días llevando uniforme de enterradores!
—¡Sí, mi coronel! —se oyó vociferar al sargento y le hizo eco el desventurado soldado Rahise que, según comprobó Sabriel, estaba medio dormido.
—Después de ti, por favor —agregó Horyse, indicando la puerta—. ¿Me permites que te lleve otra vez los esquís?
El ejército no corría riesgos cuando se trataba de cruzar el Muro. Sabriel se quedó sola bajo el enorme arco de la puerta que lo atravesaba, pero los arqueros se dispusieron de pie o de rodillas para formar una punta de lanza invertida alrededor de la entrada y una decena de espadachines se adelantaron, acompañados del coronel Horyse. A unos cien metros detrás de Sabriel, más allá de un sendero zigzagueante de alambre espino, dos soldados lovanienses, apostados detrás de sendas ametralladoras, oteaban el horizonte desde un emplazamiento en la vanguardia, aunque Sabriel notó que habían desenvainado las espadas y las tenían listas, sobre los sacos terreros, demostrando así escasa fe en sus armas de destrucción, refrigeradas con aire, capaces de disparar cuarenta y cinco balas por minuto.
En el pasadizo abovedado no había una puerta de verdad, pese a que los goznes herrumbrados giraban como manos mecánicas a ambos lados y del suelo se proyectaban aguzados fragmentos de roble, como dientes de una mandíbula rota, testigos de alguna explosión, producto de la química moderna o de las fuerzas mágicas.
La nieve caía ligera en el Reino Antiguo y el viento arrastraba copos sueltos llevándolos más allá de la puerta, hasta Ancelstierre, donde se derretían en el suelo más cálido del sur. A Sabriel se le prendió uno en el pelo. Se lo quitó con la mano, le rozó la cara y quedó atrapado en su lengua.
El agua fría le resultó refrescante y, pese a que no sabía distinto de otra nieve derretida que había tomado, era el primer contacto que tenía con el Reino Antiguo en los últimos trece años. Recordó vagamente que en aquella ocasión también nevaba. Su padre la cruzó en brazos la primera vez que la llevó al sur, a Ancelstierre.
Un silbato la puso sobre aviso y vio aparecer una figura entre la nieve, flanqueada de otras doce, que formaron en dos filas que partían de la puerta. Miraban hacia fuera, sus espadas brillaban, las hojas reflejaban la luz que desprendía la nieve. Sólo Horyse se asomó al otro lado y la esperó.
Con los esquís al hombro, Sabriel pasó los restos de madera de la puerta. Al cruzar el arco, fue del barro a la nieve, del sol reluciente a la pálida luminiscencia de la nevada, de su pasado a su futuro.
Las piedras a ambos lados del Muro y encima de su cabeza parecían darle la bienvenida a casa; las marcas del Gremio las recorrían formando arroyuelos, como la lluvia en el polvo.
—El Reino Antiguo te da la bienvenida —dijo Horyse, pero no la miró a la cara, sino que observó las marcas del Gremio moviéndose por las piedras.
Sabriel salió de la sombra proyectada por la puerta y se subió más la capucha para protegerse la cara de la nieve.
—Que tengas éxito en tu misión, Sabriel —prosiguió Horyse, volviendo a mirarla —. Espero..., espero volver a veros pronto a ti y a tu padre.
Le hizo la venia, giró con elegancia hacia su izquierda, la rodeó y atravesó la puerta marcando el paso. Sus hombres abandonaron la formación y lo siguieron, Sabriel se agachó mientras los soldados se alejaban, frotó los esquís sobre la nieve y colocó las botas en las fijaciones. Nevaba sin pausa, pero no copiosamente, en algunos lugares todavía se veía la tierra. Divisó sin esfuerzo el Antiguo Camino del Norte. Por suerte, la nieve se había acumulado en las cunetas, a ambos lados del camino, con lo cual podría avanzar bastante si seguía su curso. Aunque daba la impresión de que en el Reino Antiguo llevaban varias horas de adelanto con respecto a Ancelstierre, calculaba que llegaría a Cima Partida antes del anochecer.
Sabriel empuñó los palos, comprobó que la espada de su padre se deslizara sin tropiezos en la vaina y que las campanillas colgaran de su tahalí, como estaba mandado. Consideró la posibilidad de realizar un rápido hechizo del Gremio para calentarse, pero prefirió no ceder a la tentación. El camino era ligeramente empinado, por lo que esquiar le iba a resultar bastante dificultoso. La camisa de lana grasienta, tejida a mano, el jubón de cuero y el pantalón bombacho de esquiar, acolchado por dentro, en cuanto emprendiera la marcha le darían demasiado calor.
Con un diestro movimiento, adelantó un esquí mientras se impulsaba con el palo que empuñaba en la mano opuesta, y se deslizó hacia delante en el mismo momento en que el último espadachín pasaba a su lado y desaparecía por la puerta. Le sonrió fugazmente, pero ella no se percató, estaba muy concentrada en imprimir cierto ritmo a los esquís y los palos. A los pocos minutos, su silueta delgada, oscura sobre el fondo blanco del suelo, casi volaba camino arriba.