Sabriel
Capítulo 4
Por la tarde, cuando la luz comenzó a debilitarse, a unos nueve kilómetros del Muro, Sabriel se topó con el primer soldado ancelstíerrano muerto. El cerro, que a su parecer era Cima Partida, se encontraba a poco más de un kilómetro en dirección norte. Había hecho un alto en el camino para observar su oscura mole, que se alzaba del suelo cubierto por un blanco manto, imponente y despojada de árboles, la cima momentáneamente oculta tras una de las tantas nubes algodonosas y ligeras que, de tanto en tanto, soltaban una descarga de nieve o aguanieve.
De no haberse detenido, probablemente no habría descubierto la mano blanca y helada que asomaba en un ventisquero, al otro lado del camino. En cuanto la vio, se concentró en ella y Sabriel notó la conocida punzada de la muerte.
Cruzó hasta allí; sus esquís tabletearon contra la piedra desnuda, en el centro del camino, se inclinó y apartó la nieve.
La mano pertenecía a un hombre joven, vestido con la cota de malla reglamentaria sobre el uniforme ancelstierrano de sarga color caqui. Era rubio, de ojos grises; Sabriel dedujo que lo habían sorprendido, porque no había miedo en su mirada vidriosa. Le pasó un dedo por la frente, le cerró los ojos sin vida y puso la mano delante de su boca abierta. Calculó que llevaría muerto unos doce días.
No había signos evidentes de qué había acabado con él. Para averiguar más, tendría que seguir a aquel joven en su viaje a la muerte. Al cabo de doce días, era poco probable que hubiese pasado de la Cuarta Puerta. Pese a ello, Sabriel era reacia a internarse en el Reino de la Muerte mientras no fuese absolutamente necesario. Era muy probable que, fuera lo que fuese que hubiese atrapado o matado a su padre, estaría allí, acechándola. Y ese soldado muerto podía muy bien ser un señuelo.
Sabriel dominó su curiosidad natural por averiguar exactamente lo ocurrido, cruzó los brazos del hombre sobre el pecho, no sin antes desprender de su mano derecha la empuñadura de la espada que tenía asida con fuerza; tal vez, después de todo, no lo habían tomado desprevenido. Se incorporó y dibujó en el aire, encima del cadáver, las marcas del Gremio correspondientes al fuego, la purificación, la paz y el sueño, al tiempo que murmuraba los sonidos ligados a esas mismas marcas. Se trataba de una letanía conocida por todos los magos del Gremio, que tenía el efecto habitual. Un ascua refulgente chisporroteó entre los brazos cruzados del hombre, se multiplicó en muchas llamas punzantes y danzarinas hasta que el fuego abarcó en un soplo el cuerpo entero. Segundos después, se apagó dejando sólo cenizas, cenizas que manchaban el peto ennegrecido de cota de malla.
Sabriel rescató la espada del soldado de entre la pila de cenizas y la enterró en la nieve derretida, traspasando la tierra. Se hundió recta y firme; su empuñadura proyectó una sombra en cruz sobre las cenizas. Algo destelló en las sombras y Sabriel recordó tardíamente que el soldado llevaba un disco o una plaquita de identificación.
Deslizó los esquís para recuperar el equilibrio, se agachó, enganchó en un dedo la cadena del disco de identificación, le dio la vuelta para leer el nombre del soldado que había encontrado allí su fin, solo, en la nieve. Tanto la cadena como el disco estaban confeccionados a máquina, en Ancelstierre, y no resistían el fuego mágico del Gremio. Cuando Sabriel intentó acercárselo a los ojos, el disco se deshizo, convertido en ceniza, y los eslabones de la cadena se desprendieron uno a uno entre sus dedos, como moneditas de acero.
—Tal vez te conozcan por la espada —dijo Sabriel. Su voz sonó extraña en el silencio del páramo nevado y, tras cada palabra, de su boca salió el vaho en tenues nubéculas.
—Viaja sin arrepentimiento —dijo—. No vuelvas la vista atrás,
Sabriel siguió su propio consejo y se alejó esquiando. Notó en su interior una ansiedad que hasta ese momento había sido sólo teórica; todos sus sentidos estaban en alerta. Siempre le habían dicho que el Reino Antiguo era peligroso y que las Tierras Fronterizas, que bordeaban el Muro, lo eran mucho más. Ese dato aprendido quedaba matizado por vagos recuerdos de infancia, en los que se veía feliz, junto a su padre y la pandilla de viajeros. Sin embargo, en ese momento, empezó a tomar conciencia de la realidad palpable de ese peligro...
Medio kilómetro más adelante, aminoró la marcha y se detuvo para echar otro vistazo hacia Cima Partida; inclinó hacia atrás la cabeza y observó el sitio donde el sol se filtraba entre las nubes, iluminando el granito amarillo rojizo de los riscos. Se encontraba en una zona de sombras proyectadas por las nubes, por lo que el cerro se le ofrecía como un destino atractivo. Mientras observaba, se puso a nevar otra vez; los copos chocaron contra su frente y se disolvieron en sus ojos. Parpadeó y la nieve derretida le dejó un rastro de lágrimas en las mejillas. Ante sus ojos brumosos, un ave de presa —un halcón o un milano— se lanzó al vuelo desde los riscos y planeó en el aire, concentrada en algún ratón de campo que corría por la nieve.
El milano cayó en picado como una piedra y, segundos más tarde, Sabriel sintió que una vida diminuta se apagaba. Notó también el tirón de la muerte humana. En algún sitio, allá adelante, cerca de donde el milano se daba el banquete, había más gente muerta.
Sabriel se estremeció y volvió a mirar en dirección al cerro. Según el mapa de Horyse, el sendero que llevaba a Cima Partida discurría por un estrecho barranco entre dos riscos. Logró precisar con claridad dónde se encontraba, pero en esa dirección imperaba la muerte. Lo que los había matado podía seguir allí.
El sol brillaba, sobre los riscos, pero el viento empujó los nubarrones cargados de nieve hasta ocultarlo; Sabriel calculó que faltaría apenas una hora para el anochecer. Había perdido tiempo liberando el alma del soldado, y ahora no le quedaba más remedio que darse prisa si quería llegar a Cima Partida antes de que oscureciese.
Tras pensar brevemente en lo que le esperaba allá adelante, se decantó por proceder con una mezcla de velocidad y cautela. Hundiendo los palos en la nieve, aflojó las sujeciones, se quitó los esquís, los ató a los palos y los colocó de través, sobre la mochila. Ató el nudo bien fuerte para que no volvieran a distraerla, como en la plaza de armas, esa misma mañana, cuando al caer habían roto su hechizo del Gremio, aunque el incidente parecía haber ocurrido hacía semanas, a kilómetros de distancia.
Terminada la operación, echó a andar por el centro del camino, manteniéndose alejada de la nieve amontonada en la cuneta. Pronto se vería obligada a abandonar el camino, aunque parecía que en las laderas rocosas y empinadas de Cima Partida había poca nieve.
Como medida de precaución, desenvainó la espada de Abhorsen y volvió a envainarla dejando fuera un par de centímetros de la hoja. De ese modo, saldría fácilmente cuando la necesitara.
Sabriel esperaba encontrar los cuerpos en el camino, o cerca de él, pero estaban tirados mucho más adelante. Durante un buen trecho, desde el camino hasta el sendero que llevaba a Cima Partida, vio muchas huellas y la nieve pisoteada. El sendero corría entre los riscos, siguiendo el canal excavado por un arroyo que fluía desde un manantial profundo, cerro arriba, y cruzaba el arroyo varias veces, con pasaderas o troncos de árboles dispuestos en el agua para evitar que los caminantes se mojaran los pies. A media ascensión, donde los riscos se juntaban, el arroyo se hundía en una corta garganta, de tres metros de ancho por nueve de largo y profundidad. En ese punto, quienes construyeron el sendero se vieron obligados a levantar un puente siguiendo el curso del arroyo en lugar de cruzarlo.
Sabriel encontró al resto de la patrulla ancelstierrana en ese lugar, tumbada en la madera oscura de olivo del puente, mientras el agua fluía murmurante allá abajo y la piedra roja formaba arco en lo alto. Eran siete; estaban tirados a lo largo del puente. A diferencia del primer soldado, en el caso de estos hombres estaba claro qué los había matado. Los habían abierto en canal, y cuando Sabriel se acercó más, descubrió que habían sido decapitados. Lo peor de rodo era que... la persona o la cosa que los había matado se había llevado sus cabezas, garantía casi segura de que sus almas regresarían.
La espada de Sabriel salió de la vaina con gran facilidad. Con cuidado, la mano derecha pegada a la empuñadura, Sabriel rodeó el primero de los cuerpos despedazados y entró en el puente. Las aguas del arroyo se habían congelado en algunos puntos, pero eran poco profundas y mansas; estaba claro que los soldados habían intentado huir de ellas. El agua corriente constituía una buena forma de protegerse de las criaturas muertas o de los engendros de la magia libre, pero aquel arroyo aletargado no habría abatido ni siquiera a uno de los muertos menores. En primavera, con el deshielo, el arroyo cubriría los riscos y el puente quedaría sumergido en aguas claras y rápidas hasta la altura de la rodilla. Probablemente, los soldados habrían sobrevivido en esa época del año.
Sabriel lanzó un leve suspiro mientras pensaba en la sencillez de las cosas: siete personas que en un momento dado están vivas y, pese a todos sus esfuerzos, pese a sus últimas esperanzas, al momento siguiente están muertas. Una vez más sintió la tentación del nigromante de reunir las cartas que la naturaleza había repartido, mezclarlas y volver a repartirlas. Tenía el poder de hacer que aquellos hombres volviesen a vivir, a reír, a amar...
El problema era que sin las cabezas, sólo podría traerlos de vuelta como «mano de obra», el término peyorativo utilizado por los nigromantes que practicaban la magia libre para denominar a sus espectros deslucidos, que conservaban muy poco de su inteligencia original y carecían por completo de iniciativa. Como sirvientes resultaban útiles, ya fuera en forma de cadáveres reanimados o, algo más difícil de conseguir, los braceros fantasmas, que se obtenían devolviendo a la vida sólo el espíritu.
Sabriel hizo unas muecas mientras pensaba en el hechizo de los braceros fantasmas. A los nigromantes experimentados no les costaba demasiado hacer surgir braceros fantasmas de las cabezas de los recién muertos. Pero sin las cabezas no podía, como tampoco podía practicar los ritos finales y liberar sus espíritus. Lo único que le quedaba por hacer era tratar aquellos cuerpos con cierto respeto y, de paso, despejar el puente. Estaba a punto de anochecer, y en el interior del barranco ya imperaban las sombras; hizo caso omiso de la vocecita interior que la exhortaba a dejar los cuerpos en paz y salir corriendo hacia el espacio abierto de la cima.
Cuando hubo terminado de arrastrar los cadáveres de vuelta al camino y de tenderlos con las espadas hundidas en la tierra, junto a los troncos sin cabeza, también había oscurecido fuera del barranco. Estaba tan oscuro que tuvo que arriesgarse, echar mano de un conjuro del Gremio y crear una luz que colgó como una pálida estrella sobre su cabeza mostrándole el camino antes de apagarse.
Se trataba de un conjuro de poca importancia, pero que tendría consecuencias inesperadas porque, al dejar atrás los cuerpos, como si estuviera respondiéndole, una luz cobró vida en lo alto del puente. Casi de inmediato, se transformó en rojas ascuas que dejaron tras de sí tres marcas del Gremio incandescentes. Una de ellas le resultó extraña a Sabriel, aunque al asociarla a las otras dos, consiguió adivinar su significado. Las tres juntas expresaban un mensaje.
Tres de los soldados muertos desprendían el aura de la magia del Gremio y Sabriel adivinó que habían sido magos. Llevarían, pues, la marca del Gremio en la frente. El último cuerpo que había encontrado en el puente había pertenecido a uno de estos hombres y Sabriel recordó que era el único desarmado: sus manos estaban aferradas al tirante del puente. Aquellas marcas contendrían, sin lugar a dudas, su mensaje.
Sabriel se tocó la marca del Gremio que llevaba en la frente y luego tocó el tirante del puente. Las marcas volvieron a encenderse para apagarse poco después. De la nada surgió una voz, que sonó junto al oído de Sabriel. Era la voz de un hombre, ronca por el miedo, que lograba imponerse al fragor de la lucha, los gritos y el terror.
—¡Uno de los muertos mayores! Nos sorprendió por la retaguardia, desde el Muro. No podíamos dar la vuelta. ¡Va acompañado de siervos, braceros, un mordicante! Soy el sargento Gerren. Dile al coronel...
El mensaje destinado al coronel Horyse se perdió en el instante mismo en que el sargento expiró. Sabriel no se movió, siguió escuchando, como si pudiera haber algo más. Sintió náuseas e inspiró aire a bocanadas. Olvidaba que pese a lo familiarizada que estaba con la muerte y los difuntos, nunca había visto ni oído fallecer a nadie. Había aprendido a lidiar con las secuelas de la muerte... pero no con el hecho en sí.
Volvió a tocar el tirante del puente con un solo dedo y sintió que las marcas del Gremio se retorcían a través de las vetas de la madera. El mensaje del sargento Gerren quedaría grabado para siempre, a disposición de cualquier mago del Gremio que quisiera escucharlo, hasta que el tiempo cumpliera con su misión y el tirante del puente y el puente mismo se pudrieran o fueran arrastrados por la crecida.
Sabriel volvió a inspirar hondo, reprimió las ganas de vomitar y se obligó a escuchar un poco más.
Uno de los muertos mayores había regresado a la vida, algo que su padre había jurado impedir. Era casi seguro que esta aparición estuviese ligada a la desaparición de Abhorsen.
Una vez más, el mensaje se hizo oír y Sabriel lo escuchó. De un manotazo se enjugó una lágrima, echó a andar sendero arriba, alejándose del puente y de los muertos, y enfiló hacia Cima Partida y el pilar del Gremio.
Los riscos se separaban y en el cielo comenzaron a titilar las estrellas; el viento sopló con más fuerza desplazando hacia el oeste los nubarrones cargados de nieve. Apareció la luna llena y su brillo cobró fuerza hasta proyectar sombras sobre el suelo nevado.