Sabriel
Prólogo
Entre el Muro y el Reino Antiguo mediaban poco más de cuatro kilómetros, pero eran suficientes. Al otro lado del Muro, en Ancelstierre, era mediodía, lucía el sol y el cielo aparecía despejado. De este lado, la puesta de sol estaba cubierta de nubarrones y una lluvia persistente había comenzado a caer, más deprisa de lo que se tardaba en colocar las tiendas.
La partera se subió la capa para taparse el cuello y volvió a inclinarse sobre la mujer; las gotas de agua resbalaban por su nariz e iban a caer sobre la cara vuelta hacia ella. La mujer despedía una blanca nubecilla cuando respiraba, pero de la boca de su paciente no salía una nubecilla similar.
La partera suspiró, se enderezó despacio con un gesto que, por sí solo, comunicaba a sus observadores cuanto debían saber. La mujer que había entrado a trompicones en el campamento del bosque estaba muerta y se había aferrado a la vida el tiempo suficiente para transmitírsela a la criatura tumbada a su costado. Cuando la partera levantó el bulto lastimosamente diminuto que yacía junto a lá muerta, notó que se estremecía en su envoltorio y que luego se quedaba inmóvil.
—¿La criatura también ha muerto? —preguntó uno de los observadores, un hombre que llevaba la marca del Gremio recién dibujada con ceniza sobre la frente —. Entonces no será necesario el bautismo.
Levantó la mano con intención de borrarse de la frente aquella marca, pero se contuvo de repente, al comprobar que otra mano, pálida y blanquecina, aferraba la suya y se la bajaba con ágil y rápido movimiento.
—¡Que haya paz! —dijo una voz tranquila—. No te deseo ningún mal.
La mano blanquecina dejó de apretar y su dueño entró en el círculo de luz de la hoguera. Los demás lo observaron sin darle la bienvenida, y las manos que habían dejado a medias las marcas del Gremio o se habían dirigido a los arcos y las empuñaduras de los cuuhillos, siguieron tensas y apretadas.
El hombre se acercó a grandes zancadas a los cuerpos y los miró. Se volvió para enfrentarse a los observadores, se bajó la capucha, dejando al descubierto el rostro característico de quienes eligen recorrer senderos donde no llega el sol: su piel tenía la palidez de la muerte.
—Me llaman Abhorsen —dijo, y sus palabras estremecieron a cuantos lo rodeaban, como si acabara de lanzar una piedra enorme y pesada en una charca de agua estancada—. Y esta noche habrá bautismo.
El mago del Gremio bajó la vista hasta el bulto que la partera sostenía en sus brazos y dijo:
—La criatura está muerta, Abhorsen. Somos viajeros, nos pasamos la vida al raso y sufrimos lo nuestro. Conocemos la muerte, señor mío.
—No como yo —repuso Abhorsen con una sonrisa que le arrugó la cara blanca como el papel y dejó al descubierto los dientes igualmente niveos—. Y digo que esa criatura aún no ha muerto.
El hombre intentó mirar fijamente a los ojos de Abhorsen y, tras una vacilación, desvió la mirada y la clavó en sus compañeros. Nadie se movió ni hizo gesto alguno hasta que una mujer sugirió:
—Pues bien. Procedamos. Marca a la criatura, Arrenil. Levantaremos un nuevo campamento en el vado de Leovi. Reúnete con nosotros cuando hayas acabado.
El mago del Gremio inclinó la cabeza en señal de asentimiento y, a paso lento, los otros se fueron a recoger el campamento a medio levantar; se movían despacio, como reacios a marcharse, pero se veía claramente que se sentían todavía más reacios a permanecer junto a Abhorsen, pues su nombre estaba cargado de secretos y de tácitos teeores.
Cuando la partera se disponía a dejar a la criatura y marcharse, Abhorsen le ordenó:
—Espera. Te necesitaremos.
La partera bajó la vista y comprobó que el bebé era una niña y que, a no ser por su quietud, muy bien podría haber estado dormida. Había oído hablar de Abhorsen, y si la pequeña llegaba a sobrevivir... Volvió a levantar a la niña con cautela y se la entregó al mago del Gremio.
—Si el Gremio no... —comenzó a decir el hombre, pero Abhorsen levantó una mano pálida y lo interrumpió.
—Veamos cuál es el deseo del Gremio.
El hombre volvió a mirar a la pequeña y suspiró. Sacó una boteeita del morral y la alzó en el aire al tiempo que entonaba un cántico, el inicio de un rito del Gremio, en el que se enumeraban todas las cosas que vivían y crecían, que habían vivido alguna vez o volverían a vivir, y los vínculos que las mantenían unidas. Mientras hacía esto, de la botella surgió una luz que titilaba al ritmo del cántico. A continuación, el cantante se sumió en el silencio. Tocó el suelo con la botella, luego se rozó con ella la señal que llevaba dibujada en la frente con ceniza y a continuación la suspendió sobre la niña.
Un enorme destello iluminó el bosque circundante a medida que el brillante líquido se derramaba sobre la cabeza de la pequeña y el sacerdote gritaba:
—Por el Gremio que vincula todas las cosas, te imponemos el nombre de...
En circunstancias normales, los padres de la criatura pronunciaban entonces el nombre. En esta ocasión, el único que habló fue Abhorsen, que dijo:
—Sabriel.
Al decir esta palabra, la marca de la ceniza desapareció de la frente del sacerdote para formarse poco a poco en la de la niña. El Gremio había aceptado el bautismo.
—¡Pero si está muerta! –exclamó el mago del Gremio, tocándose ligeramente la frente pera asegurarse de que la ceniza había desaparecido de veras.
No obtuvo respuesta, pues la partera miraba a Abhorsen desde el otro lado de la hoguera y Abhorsen miraba…, miraba el vacío. El reflejo de las llamas bailoteaba en sus ojos, pero él no veía nada.
Poco a poco, una fría bruma se elevó de su cuerpo y se extendió en dirección al hombre y la partera, que buscaron refugio al otro lado de la hoguera, ansiosos por huir, pero demasiado asustados para echar a correr.
Oía el llanto de la niña; era buena señal. Si la recién nacida había llegado más allá de la Primera Puerta, Abhorsen no iba a poder traerla de vuelta sin preparativos más rigurosos y el consiguiente debilitamiento del espíritu de la pequeña.
La corriente era fuerte, pero conocía ese brazo del río y lo vadeó pasando por remolinos y zonas profundas que tiraban de él hacia abajo. Empezó a notar que las aguas le succionaban el espíritu como sanguijuelas, pero tenía una voluntad de hierro, de manera que sólo se llevaban el color y no la sustancia.
Se detuvo para escuchar y, al oír que el llanto se amortiguaba, apuró el paso. Tal vez la pequeña estuviera ya en la puerta, a punto de cruzarla.
El velo de la bruma envolvía la Primera Puerta, y en ella se veía una única abertura negra a la que iba a desaguar el río, en medio del silencio que reinaba más allá. Abhorsen avanzó rápidamente hacia la abertura y luego se detuvo. La pequeña todavía no había cruzado; algo la había atrapado y la tenía en sus brazos. De pie, como una mole surgida de las negras aguas, se alzaba una sombra más oscura que la puerta.
Era unos metros más alta que Abhorsen, y en el lugar donde tenía los ojos, ardía una luz pálida cual fuego fatuo, y de ella se desprendía el olor a carroña, un hedor cálido que hacía olvidar el frío de las aguas.
Sin apartar la vista de la niña, Abhorsen avanzó despacio hacia aquella cosa, que sostenía a la pequeña en el hueco de un brazo. La pequeña dormía; su sueño era agitado; se retorcía hacia aquella criatura, buscando el pecho materno, pero aquel ser la alejaba de sí, como si la niña estuviera hecha de ácido y le quemara la piel.
Muy despacio, Abhorsen sacó una campanilla de plata de la ristra que llevaba en bandolera sobre el pecho, y se dispuso a hacerla repicar. Pero aquella cosa levantó a la pequeña en alto y habló secamente, su voz siseó como las culebras al deslizarse por la brava.
—Espíritu de tu espíritu, Abhorsen. No puedes hechizarme mientras la tenga en mis brazos. Tal vez la lleve al otro lado de la puerta, pues su madre ya ha emprendido el viaje.
Abhorsen frunció el ceño al reconocer su derrota y volvió a colocar la campanilla en su sitio.
—Compruebo que has adoptado una forma nueva, Kerrigor. Y estás a este lado de la Primera Puerta. ¿Quién ha sido tan insensato para ayudarte a llegar tan lejos?
Kerrigor esbozó una amplia sonrisa y Abhorsen atisbó las llamas que ardían en lo profundo de su boca.
—Alguien con la vocación de siempre –graznó—. Pero sin experiencia. No se dio cuenta de que se trataba de un intercambio. ¡Mas ay! Su vida no me bastó para atravesar el último portal. Aunque tú has acudido en mi ayuda.
—¿Yo, que te encadené más allá de la Séptima Puerta?
—Sí –susurró Kerrigor—. Toda una ironía y compruebo que lo has notado. Pero si quieres a la niña…
Hizo además de lanzar a la pequeña al agua, y con eso, consiguió despertarla. De inmediato rompió a llorar y estiró los puños para aferrar, como si se tratara de los pliegues de una túnica, la materia oscura con la que estaba hecho aquel ser abominable. Kerrigor lanzó un grito, intentó separarse de la niña, pero las manitas se aferraban a él con tanta fuerza que se vio obligado a lanzarla lejos de él. La pequeña aterrizó berreando y la corriente del río comenzó a arrastrarla, pero Abhorsen se abalanzó hacia ella y la rescató de las aguas y de las manos avariciosas de Kerrigor.
Abhorsen dio un paso atrás, sacó la campanilla de plata con una mano y la hizo tintinear dos veces. El sonido salió extrañamente amortiguado, aunque muy real, y el repique claro flotó en el aire, fresco y punzante, lleno de vida. Kerrigor se encogió de miedo al oír el sonido y fue engullido por la oscuridad de la puerta.
—Algún otro insensato volverá a traerme hasta aquí y entonces… —gritó antes de que el río lo acogiera en su lecho. Las aguas rebulleron formando remolinos y luego volvieron a fluir pacíficas.
Abhorsen clavó la vista en la puerta durante un instantte, suspiró y, guardando la campanilla en el cinto, miró a la pequeña que descansaba en sus brazos. Ella lo miró a su vez con ojos tan negros como los de Abhorsen. La piel de la niña comenzaba a palidecer. Nervioso, Abhorsen pasó la mano por la marca que la pequeña tenía en la frente y notó cómo refulgía su espíritu. La marca del Gremio había impedido que el río le absorbiera la vida. Precisamente ese espíritu vital era lo que había quemado tanto a Kerrigor.
La pequeña sonrió y soltó un gorgorito; Abhorsen notó que una sonrisa comenzaba a esbozarse en la comisura de sus propios labios. Sin abandonar la sonrisa, se volvió y empezó a vadear el río contracorriente, en dirección a la puerta que los devolvería a sus cuerpos vivos.
La pequeña lanzó un brevísimo gemido que hizo que Abhorsen abriera los ojos; la partera rodeó de inmediato el fuego medio apagado, dispuesta a tomarla en brazos. El suelo estaba cubierto de crujiente escarcha y de la nariz de Abhorsen pendían unos carámbanos. Se los quitó con el dorso de la manga y se inclinó sobre la niña, como haría un padre preocupado, después del nacimiento de su retoño.
—¿Cómo está la pequeña? –inquirió.
La partera lo miró sorprendida, porque la criatura muerta estaba vivita y coleando y lucía una palidez tan cadavérica como la de Abhorsen.
—Tal como puedes oír, mi señor –contestó ella—, goza de buena salud. Quizás haga algo de frío para ella…
Abhorsen señaló el fuego, pronunció una palabra, y las llamas cobraron vida, derritieron la escarcha y convirtieron en vapor las gotitas de lluvia.
—Arderá hasta la mañana –dijo Abhorsen—. Entonces me la llevaré a mi casa. Necesitaré una nodriza. ¿Vendrás conmigo?
La partera vaciló y miró al mago del Gremio, que se había entretenido en el extremo más alejado de la hoguera. No quiso mirarla a los ojos y entonces ella bajó la vista una vez más hacia la pequeña que berreaba en su brazos.
—Eres…, eres… —susurró la partera.
—¿Un nigromante? –sugirió Abhorse—. Algo parecido. Amaba a la mujer que ves ahí tendida. La pobre estaría ahora viva si se hubiese enamorado de otro, pero no fue así. Sabriel es nuestra hija. ¿No notas acaso el parecido?
La partera lo observó mientras se le acercaba y tomaba a Sabriel en brazos para acunarla contra su pecho. La niña se calmó, y al cabo de nada, se quedó dormida.
—Si –dijo la partera—. Iré contigo y cuidaré de Sabriel. Pero tendrás que buscar un ama de cría…
—Y me atrevería a decir que algunas cosas más –reflexionó Abhorsen—. Mi casa no es lugar para…
El mago del Gremio carraspeó y rodeó la hoguera.
—Si lo que buscas es alguien que sepa algo del Gremio –dijo, vacilante—, me gustaría servirte, porque he visto en ti, mi señor, la obra del Gremio, aunque no me siento muy inclinado a abandonar la compañía de los trotamundos que van conmigo.
—Es posible que no tengas necesidad de hacerlo –repuso Abhorsen sonriendo, pues acababa de ocurrírsele una idea—. Me pregunto si vuestro jefe tendrá algún inconveniente en que dos nuevos miembros se unan a la banda. Mi trabajo me obliga a viajar y no hay rincón del Reino que no haya hollado mi pie.
—¿Qué trabajo? —preguntó el hombre, temblando ligeramente, pese a que ya no hacía frío.
—Soy nigromante —respondió Abhorsen—:
Volvió a mirar a la pequeña y añadió casi en tono de sorpresa: . Aunque no me parezco a los otros. Mientras que otros de mi oficio despiertan a los muertos, yo los devuelvo al descanso eterno. Y a aquellos que se resisten a descansar, los amarro con un vínculo, o eso intento. Soy Abhorsen...
—Padre de Sabriel.