Sabriel
Capítulo 13
Cuando despertaron, ni Sabriel ni Zapirón se refirieron a los acontecimientos de la noche anterior. Mientras se lavaba la nariz monstruosamente hinchada con un poquito de agua de la cantimplora, Sabriel se dio cuenta de que no tenía demasiadas ganas de recordar aquella pesadilla; por su parte, Zapirón estaba algo taciturno y contrito. Pese a lo que ocurrió después, liberar al otro yo de Zapirón, o lo que fuese aquello, les había permitido evitar ser destruidos por el vendaval.
Tal como esperaba, el amanecer había llevado algo de luz al pozo airón y, a medida que avanzó el día, las profundidades quedaron iluminadas como a la hora del crepúsculo. Sabriel podía leer y ver las cosas cercanas con bastante claridad, pero a una distancia de treinta y cuarenta metros, los objetos quedaban envueltos en la negrura más profunda.
El pozo airón no medía mucho más que eso, como máximo tendría noventa metros de diámetro y no cincuenta, como había calculado durante la caída. El suelo estaba pavimentado y en su centro había un desagüe redondo; en las paredes de piedra habían perforado varias entradas a túneles en los cuales Sabriel sabía que, a la larga, tendría que adentrarse, pues en el pozo airón no había agua. Además, las posibilidades de que lloviera eran más bien nulas.
Hacía frío, aunque no tanto como en la meseta, cerca de la casa de Abhorsen. El clima se veía atemperado por la proximidad del mar y una altitud que seguramente estaba a nivel del mar o incluso por debajo, porque a la luz del día Sabriel comprobó que el pozo airón tenía al menos noventa metros de profundidad.
En esas circunstancias, con la cantimplora medio llena de agua gorgoteando a su costado, Sabriel se alegró de poder acuclillarse junto a la mochila algo chamuscada y untarse cremas de hierbas en las magulladuras y ponerse un emplasto de hojas de tanmarilio en la extraña quemadura de la cara. La nariz era un caso aparte. No estaba fracturada, no, sólo tenía un aspecto horripilante, la tenía muy hinchada y cubierta de costras de sangre reseca que le costaba mucho limpiar porque al intentarlo le dolía mucho.
Al cabo de una hora de avergonzado silencio, Zapirón salió a explorar con paso gallardo y no quiso ni probar las tortas duras y la cecina que Sabriel le ofreció como desayuno. Al verlo alejarse, la muchacha confió en que encontrara algún ratón o algo igual de apetitoso con que alimentarse. En cierto modo, se alegraba de que el felino se marchara. El recuerdo de la bestia, producto de la magia libre que anidaba dentro del blanco gatito, la seguía inquietando mucho.
Pese a ello, cuando el sol llegó a su cénit y era un pequeño disco rodeado por la circunferencia más grande del borde del pozo airón, Sabriel empezó a preguntarse por qué no había regresado. Se incorporó y como cojeaba un poco, utilizó la espada como bastón y, quejándose en voz baja porque a cada paso las magulladuras le recordaban su presencia, se acercó al túnel en el que se había metido el gato.
Como era de esperar, justo cuando se disponía a encender una vela a la entrada del túnel, Zapirón apareció a sus espaldas.
—¿Me buscabas a mí? —maulló, inocente.
—¿A quién si no? —contestó Sabriel—. ¿Has encontrado algo? Algo útil. Agua, por ejemplo.
—Algo útil —repitió Zapirón restregándose el morro contra las dos patas delanteras estiradas—. Es posible. En cualquier caso, es algo interesante. ¿Agua? Sí.
—¿Está muy lejos de aquí? —preguntó Sabriel, consciente de que su colección de magulladuras sería un impedimento—. ¿Qué significa eso de «interesante»? ¿Peligroso?
—No muy lejos, por este túnel —respondió Zapirón—. Hay cierto peligro para llegar al sitio, una trampa y unos cuantos tropiezos más, pero nada capaz de dañarte. En cuanto a eso que te decía que es interesante, tendrás que verlo por ti misma, Abhorsen.
—Sabriel —replicó la muchacha automáticamente, mientras intentaba planificar el siguiente paso.
Necesitaba descansar por lo menos dos días enteros. Cuanto más tiempo pasara antes de dar con el cuerpo físico de su padre, más cerca estaría del desastre. Debía encontrarlo de inmediato. Primero un mordicante, luego braceros fantasmas, a continuación cuervos sanguinarios, resultaba del todo evidente que padre e hija se encontraban ante un terrible enemigo. Ese enemigo ya había atrapado a su padre, de manera que debía de tratarse de un poderosísimo nigromante o de alguna criatura perteneciente al grupo de los muertos mayores. Tal vez Kerrigor...
—Iré por la mochila —decidió volviendo sobre sus pasos, mientras Zapirón se le metía entre las piernas como un gatito juguetón, y a punto estuvo de pisarlo y caer, pero el felino consiguió esquivar sus pies con destreza. Sabriel lo atribuyó a la agilidad propia de los felinos y no hizo comentario alguno.
Tal como Zapirón había dicho, el túnel no era largo y sus escalones bien construidos y el suelo enrejado facilitaban el paso, excepto en el tramo en que Sabriel se vio obligada a seguir al gatito por las mismas piedras que éste pisaba para no caer en un agujero ingeniosamente oculto. Sin la guía de Zapirón, la muchacha se habría precipitado en él de cabeza.
Había también defensas mágicas. Antiguos encantamientos hostiles que acechaban como polillas en los rincones del túnel, a la espera de volar hacia ella, rodearla y ahogarla con sus poderes, pero algo los frenó de entrada y volvieron a posarse donde estaban. En un par de ocasiones Sabriel notó que algo fantasmal la tocaba, como una mano tendida que le rozó la marca del Gremio que llevaba en la frente, y casi al final del túnel, descubrió a dos enviados guardianes fundidos en la piedra, las puntas de sus alabardas refulgentes bajo la luz de la vela antes de fundirse también en la piedra.
—¿Adonde vamos? —musitó, nerviosa, cuando la puerta que tenían enfrente se abrió despacio sin que se apreciara la presencia de nadie.
—A otro pozo airón —dijo Zapirón con toda naturalidad—. Es donde la primera sangre..., puaj...
Se atragantó, siseó, reordenó la frase y terminó diciendo con muy poca elegancia:
—Es interesante.
—¿A qué te refieres...? —comenzó a preguntar Sabriel, pero cerró la boca en cuanto traspusieron el portal, porque la fuerza de la magia comenzó de pronto a tirarle del pelo, las manos, la sobrevesta y la empuñadura de la espada.
A Zapirón se le erizó el pelo y su collar dio media vuelta sin que nadie lo tocara, hasta que las marcas del Gremio correspondientes a los hechizos vinculantes se hicieron bien visibles y brillantes sobre el cuero.
Se encontraron fuera, en el fondo de otro pozo airón sumido en un crepúsculo prematuro, pues el sol se desplazaba fuera del horizonte marcado por el borde del agujero.
El pozo airón donde estaban era mucho más ancho que el primero, probablemente medía más de un kilómetro de diámetro y era más hondo, entre doscientos y doscientos cincuenta metros. Pese a sus dimensiones, todo él se hallaba separado del aire por una red brillante, fina como una telaraña, que parecía unirse con la pared del borde y se adentraba en él hasta la cuarta parte de su profundidad. La luz del sol había delatado su existencia; aun así, Sabriel tuvo que sacar el telescopio para apreciar en detalle su delicada trama de rombos. Parecía poco firme, pero la presencia de varios pájaros disecados constituía prueba evidente de su resistencia. Sabriel imaginó que los desafortunados pajaritos, impulsados por el hambre, se habían lanzado en picado sobre la red, con los ojos fijos en algo comestible oculto en el fondo.
En el interior del pozo airón había bastante vegetación de aspecto monótono, en su mayoría eran árboles de ramas retorcidas y arbustos deformados. Sabriel no prestó demasiada atención a las plantas, porque entre las desordenadas arboledas había sitios pavimentados, y en cada uno de ellos, descansaba un barco.
Se trataba de catorce barcas de un solo mástil, con las negras velas desplegadas, listas para recibir un viento inexistente, los remos dispuestos para el embate de unas olas imaginarias. Lucían banderas y estandartes de distinto estilo, todos caídos sobre el mástil y las jarcias, pero a Sabriel no le hacía falta verlos ondear para adivinar el extraño cargamento que llevaban aquellas barcas. Había oído hablar de aquel lugar, como todos los niños del norte de Ancelstierre, cerca del Reino Antiguo. Aquel extraño puerto había alimentado cientos de leyendas sobre tesoros, aventuras y románticos amores.
—Naves funerarias —dijo Sabriel—. Naves reales. Su deducción se vio confirmada sin lugar a ninguna duda, cuando notó la existencia de encantamientos vinculantes en la misma tierra que pisaban sus pies, a la entrada del túnel, encantamientos de muerte definitiva, sólo posibles si eran obra de un Abhorsen, No existía nigromante capaz de resucitar a ninguno de los antiguos soberanos del Reino Antiguo.
—El famoso cementerio de los primeros re... re... reyes y reinas del Reino Antiguo —pronunció Zapirón, no sin cierta dificultad. Bailó entre los pies de Sabriel, se levantó sobre las patas traseras e hizo gestos elocuentes, como un director de circo envuelto en blancas pieles. Por último, salió corriendo hacia los árboles—. ¡Vamos... hay una fuente, una fuente, una fuente! —cantó alegremente al tiempo que saltaba siguiendo el ritmo de la tonada.
Sabriel lo siguió a paso lento, sacudiendo la cabeza y preguntándose por qué estababa Zapirón tan alegre. Se sentía magullada, cansada y deprimida, todavía no se le había pasado el susto provocado por el monstruo, producto de la magia libre, y lamentaba mucho la pérdida de la papelonave.
De camino a la fuente pasaron cerca de dos de las naves. Zapirón la precedió, y bailando alegremente, rodeó las dos con una enloquecida serie de vueltas, saltos y brincos, pero las bordas eran demasiado altas para ver lo que había dentro y la muchacha no estaba de humor para trepar por uno de los remos. Se detuvo a contemplar los mascarones de proa: hombres imponentes, uno de ellos, cuarentón, el otro algo más viejo. Los dos llevaban barba, tenían la misma mirada imperiosa, lucían armaduras parecidas a la de Sabriel, cargadas de medallas, galones y otras condecoraciones. Los dos empuñaban una espada en la mano derecha, y en la izquierda, la representación heráldica del Gremio: un pergamino a medio abrir enrollado sobre sí mismo.
La tercera nave era diferente. Parecía más corta y menos ornamentada, con un mástil desnudo, sin velas negras. De las bordas no salían remos y cuando Sabriel llegó a la fuente que había debajo de la popa, observó algunas juntas sin calafatear entre las tablas y se dio cuenta de que estaba incompleta.
Llena de curiosidad, dejó la mochila junto a una charca de agua burbujeante y rodeó la proa. También era diferente, porque el mascarón representaba a un hombre joven, un joven desnudo, tallado con todo lujo de detalles.
Sabriel se sonrojó, porque era un retrato exacto, como si un joven de carne y hueso hubiese sido convertido en madera, y la única ocasión que había tenido de ver hombres desnudos se la habían proporcionado las ilustraciones de los libros de biología. El muchacho tenía músculos bien torneados y fuertes, el pelo corto y muy ensortijado se le pegaba a la cabeza. Levantaba las manos, elegantes y bien formadas, como escudándose de algún mal.
La escultura era tan detallada que se veía incluso el pene circuncidado; Sabriel le echó un vistazo y como se sentía muy avergonzada, apartó la vista y la clavó otra vez en la cara. No era exactamente apuesto, pero tampoco resultaba desagradable; El rostro dejaba entrever que se trataba de alguien responsable, con la expresión de aquel al que han traicionado y acaba de darse cuenta. Aquel rostro reflejaba también miedo y algo semejante al odio. Parecía un tanto enfurecido. La expresión de aquella escultura la inquietó, porque era demasiado humana para deberse a la habilidad del tallador, por más talentoso que fuera.
—Demasiado real —masculló Sabriel apartándose del mascarón y llevando la mano a la empuñadura de la espada al tiempo que sus sentidos mágicos buscaban alguna trampa o engaño.
No había trampa alguna, pero Sabriel notó algo en el mascarón de proa o en sus proximidades. Una sensación similar a la de un aparecido muerto, pero no exactamente igual; una sensación constante que no logró precisar.
Sabriel intentó identificarla mientras volvía a mirar el mascarón de proa y.lo examinaba con cuidado desde todos los ángulos. El cuerpo del hombre se había convertido en un problema intelectual, de manera que ahora lo miraba sin incomodidad alguna, analizó sus dedos, sus uñas y su piel, y reparó en la perfección de la talla que reproducía incluso unas diminutas cicatrices en las manos, producto del uso de la espada y la daga. En la frente del mascarón notó también un vestigio de la marca bautismal del Gremio y unas venitas azules en los párpados.
Tras el minucioso análisis, estuvo completamente segura de lo que había detectado, pero no supo muy bien qué medidas debía tomar, por lo que fue en busca de Zapirón. No tenía demasiadas esperanzas de que pudiera recibir consejos o respuestas acertadas del felino, en vista de su tendencia a comportarse como un gato de lo más tonto, aunque tal vez se tratara de la reacción a su breve experiencia de haber vuelto a ser una bestia producto de la magia libre, algo que tal vez llevaba miles de años sin producirse. Aquella forma de gato era probablemente un alivio para él.
Y no se equivocaba del todo; de Zapirón no podía esperar consejo alguno. Sabriel lo encontró dormido en un campo de flores, cerca de la fuente, probablemente soñaba con ratones porque movía la cola y las patitas. Sabriel observó las flores amarillas, olió una, rascó a Zapirón detrás de las orejas y regresó al lado del mascarón de proa. Las flores eran bálsamo gatuno; eso explicaba el comportamiento anterior de Zapirón y su somnolencia. Tendría que arreglárselas sola.
—Vamos a ver.—dijo, dirigiéndose al mascarón de proa con el tono que adoptan los abogados ante el tribunal—. Eres víctima de algún hechizo de magia libre, de alguna artimaña nigromántica. Tu espíritu no se encuentra ni en el reino de los vivos ni en el de los muertos, sino en algún lugar intermedio. Podría dirigirme hacia el Reino de la Muerte y encontrarte cerca de la frontera, estoy segura, aunque eso podría ocasionarme muchos problemas. Problemas que no estoy en condiciones de afrontar, tal y como me encuentro de magullada. ¿Qué hacer, pues? ¿Qué haría mi padre... Abhorsen... o cualquier Abhorsen si estuvieran en mi lugar?
Reflexionó un momento, paseándose de un lado para el otro, las magulladuras temporalmente olvidadas. La última pregunta la ayudó a aclarar cuál era su deber. Sabriel estaba segura de que su padre liberaría al muchacho. Eso era lo que hacía, para eso vivía. El deber de un Abhorsen era poner remedio a la nigromancia antinatural y los ritos de brujería de la magia libre.
No se le ocurrió reflexionar más a fondo, tal vez fuera consecuencia de la imprudencia cometida al oler las flores de bálsamo gatuno. Ni siquiera pensó que en esas circunstancias, su padre habría esperado a encontrarse mejor, tal vez hasta el día siguiente. Al fin y al cabo, aquel joven debía de llevar muchos años encarcelado, su cuerpo prisionero en aquella talla de madera, y su espíritu atrapado en el Reino de la Muerte. A él le daba igual esperar un par de días más. En ninguna parte estaba escrito que un Abhorsen debiera asumir de inmediato cualquier tarea que se le presentara...
Sin embargo, aquella era la primera vez, desde que cruzara el Muro, que Sabriel se encontraba ante la disyuntiva de resolver un problema claramente definido. Se trataba de una injusticia que debía remediarse y que no supondría más que transcurrir unos minutos en la frontera misma del Reino de la Muerte.
Como conservaba algún vestigio de cautela, fue a coger a Zapirón y lo colocó ajos pies del mascarón de proa. Con suerte, despertaría de su sueño si se presentaba algún peligro físico, aunque no era probable que ocurriera debido a la presencia de defensas mágicas en el pozo airón. Existían también barreras que dificultarían el cruce hasta el Reino de la Muerte y complicarían bastante el traer de vuelta algo muerto. Pese a todo, aquel parecía el lugar adecuado para emprender un rescate menor.
Revisó las campanas por enésima vez, acarició los suaves mangos de madera sintiendo sus voces interiores, ansiosas porque las soltaran. En esa ocasión, sacó a Ranna de su envoltorio de cuero. Era la menos llamativa de las campanas, por su misma naturaleza calmaba a quienes escuchaban sus tañidos, los engatusaba sumiéndolos en el sueño o simplemente distrayéndolos.
Las dudas se sucedieron como una serie de caricias inquietantes, pero Sabriel no les hizo caso. Se sentía segura y preparada para emprender algo que no era más que un paseíllo por el Reino de la Muerte, ampliamente protegida por la necrópolis real donde se hallaba. Con la espada en una mano y la campana en la otra, cruzó al Reino de la Muerte.
Fue recibida por una ola de frío y la corriente implacable, pero se mantuvo firme donde estaba, con el calorcillo de la vida en la espalda. Se encontraba en el punto de contacto entre los dos reinos, donde normalmente avanzaba sin dudarlo. En esta ocasión, afirmó con fuerza los pies, opuso resistencia a la corriente y utilizó el ligero contacto que seguía manteniendo con la vida como un ancla que impedía que las aguas de la muerte la arrastrasen.
Todo era silencio, salvo el constante gorgoteo del agua entre sus pies y el lejano estrépito de la Primera Puerta. Nada se movía; nada asomaba en la luz grisácea. Con cuidado, Sabriel utilizó su sentido especial para percibir la muerte e intentó descubrir si algo acechaba, si notaba alguna ligera chispa del espíritu atrapado, pero vivo, del muchacho. En el reino de la vida, el cuerpo de Sabriel había quedado cerca de él, de manera que allí, en el río, debía estar cerca de su espíritu.
Notó la presencia de algo, aunque se había adentrado mucho en el Reino de la Muerte, mucho más de lo que Sabriel había esperado. Intentó verlo; entrecerró los ojos y escrutó el aire grisáceo que hacía imposible calcular las distancias; no vio nada. Fuera lo que fuese, acechaba bajo la superficie del agua.
Sabriel dudó, luego se dirigió hacia él, avanzando con mucha cautela, asegurándose dónde metía los pies, protegiéndose de la corriente turbulenta. Estaba claro que allá fuera había algo extraño. Lo percibía con mucha fuerza; debía de tratarse del espíritu atrapado. Hizo caso omiso de la vocecita interior que le sugería que se trataba de un muerto muy artero, lo bastante fuerte para aguantar el embate de las aguas del río...
No obstante, cuando se encontraba a pocos pasos de lo que fuera aquella cosa, Sabriel agitó a Ranna y de ella partió un tañido amortiguado, medio dormido, que llevaba consigo la sensación de un bostezo, un suspiro, un cabezazo, la conocida pesadez en los párpados, un tañido que invitaba a dormir.
Si allí había una cosa muerta, razonó Sabrieí, ahora estaría inmóvil. Guardó la espada y la campana, avanzó hasta situarse en buena posición y hundió la mano en el agua.
Tocó algo tan frío y duro como el hielo, algo imposible de identificar. Apartó la mano, luego volvió a meterla en el agua hasta encontrar algo con aspecto de ser un hombro. Lo palpó hasta llegar a la cabeza y pasó la mano por la cara para identificar las facciones. A veces, los espíritus guardaban poca relación con el cuerpo físico, y a veces, los espíritus vivientes se deformaban si pasaban demasiado tiempo en el Reino de la Muerte, pero se notaba que éste correspondía a todas luces al del hombre del mascarón de proa. Y además vivía protegido de algún modo de la muerte, como el cuerpo viviente se conservaba en la talla de madera.
Sabriel agarró al espíritu por debajo de las axilas y tiró de él. Salió del agua como una orea, palidísimo y rígido como una estatua. La muchacha se tambaleó y el rio, siempre hambriento, le envolvió las piernas con traicioneros remolinos, pero logró recuperar el equilibrio antes de que las aguas la derribaran.
Sujetando mejor la carga, Sabriel comenzó a arrastrar al espíritu de vuelta al reino de la vida. Resultaba difícil avanzar, más de lo que había supuesto. Pese a encontrarse a este lado de la Primera Puerta, la corriente era muy fuerte y el espíritu cristalizado, o lo que fuera, pesaba muchísimo más de lo habitual.
Concentró toda su atención en no perder pie y en ir en la dirección correcta, por eso casi no reparó en que había cesado el ruido que indicaba el paso de algo a través de la Primera Puerta. Sin embargo, en los últimos días había aprendido a ser cautelosa y los temores reales habían hecho mella en su subconsciente obligándola a mostrarse precavida.
Se detuvo a escuchar con atención y percibió el suave chapoteo de algo que avanzaba medio vadeando las aguas, medio arrastrándose por ellas, y recorría el río sumido en el más profundo de los silencios. En dirección a ella. Algo que estaba muerto y abrigaba la esperanza de pillarla por sorpresa.
Estaba claro que algún tipo de alarma o advertencia había superado el umbral de la Primera Puerta y aquello que se aproximaba hacia ella había reaccionado. Maldiciéndose por haber sido tan estúpida, Sabriel echó un vistazo al espíritu que transportaba. Y entonces alcanzó a distinguir un hilo de algodón, negro y muy fino, que colgaba del brazo del espíritu y se hundía en el agua internándose en las regiones más profundas y oscuras del Reino de la Muerte. La finalidad de aquel hilo no era controlar al espíritu, sino advertir a algún adepto lejano de que alguien lo había movido de sitio. Por suerte, el tañido de Ranna habría entorpecido la llegada del mensaje, pero Sabriel no sabía si estaba lo bastante cerca del reino de la vida.
Apuró el paso, aunque no demasiado, y fingió no haber visto al cazador. Fuera lo que fuese, no se mostraba muy dispuesto a echársele encima.
Sabriel caminó un poco más deprisa, el alma en vilo, impulsada por la descarga de adrenalina. Si aquella cosa se abalanzaba sobre ella, se vería obligada a soltar al espíritu y entonces éste sería arrastrado para siempre por las aguas. Fuera cual fuese el encantamiento que había conservado su espíritu viviente anclado en la frontera, perdería su efecto si llegaba a trasponer la Primera Puerta. Si ocurría algo así, pensó Sabriel, habría contribuido a un asesinato en lugar de a un rescate.
Cuatro pasos la separaban de la vida..., luego tres. Aquella cosa se acercaba cada vez más; Sabriel la veía, agazapada en el agua, arrastrándose más deprisa. Se trataba, sin duda, de un habitante de la Tercera Puerta o de otra posterior, porque no lograba identificar qué había sido en otros tiempos. Tenía todo el aspecto de ser un cruce de cerdo y lombriz segmentada y se movía arrastrándose y culebreando.
Dos pasos. Sabriel cambió la carga de posición; con el brazo izquierdo rodeó por completo el pecho del espíritu, se lo apoyó en la cadera dejando así el brazo derecho libre, pero pese a eso no conseguía desenvainar la espada ni sacar las campanas.
El cerdo comenzó a gruñir y a sisear, se zambulló y al salir a la superficie se lanzó al galope deslizándose por el agua con los colmillos cubiertos de sarro amarillo, el largo cuerpo ondulando detrás.
Sabriel retrocedió, se dio la vuelta y, sin soltar su preciada carga, se tiró de cabeza hacia el reino de la vida utilizando toda su fuerza de voluntad para esquivar las defensas del pozo airón. Por un momento, dio la impresión de que serían repelidos, pero después, venciendo la resistencia como el alfiler que traspasa una cinta de goma, consiguieron colarse.
La siguió un chillido estridente, nada más. Sabriel se encontró tirada de bruces en el suelo, las manos vacías, mientras los carámbanos iban desprendiéndose de su cuerpo congelado y haciéndose añicos. Volvió la cabeza y se encontró con la mirada de Zapirón. El gato la observó fijamente, cerró los ojos y volvió a dormirse.
Sabriel rodó por el suelo y se incorporó muy, pero muy despacio. Volvió a sentir todas las magulladuras y se preguntó por qué se habría apresurado tanto en realizar semejante hazaña. No obstante, lo había conseguido. El espíritu del hombre estaba otra vez donde debía estar, de vuelta en el reino de la vida.
O eso creyó hasta que vio el mascarón de proa. No había cambiado nada a simple vista, aunque Sabriel sentía en él la presencia del espíritu viviente. Intrigada, acarició la cara inmóvil y con el dedo siguió la dirección de las vetas de la madera.
—Un beso —sugirió Zapirón soñoliento—. En realidad, bastaría con que le echaras el aliento. Pero supongo que algún día tenías que besar a alguien.
Sabriel miró al gato y no supo muy bien si aquel era el último síntoma de la locura producida por el bálsamo gatuno. Pero no, Zapirón tenía toda la pinta de estar completamente en sus cabales. Y muy serio.
—¿Dices que con el aliento basta? —preguntó.
No le apetecía besar a un hombre de madera. Apuesto era, sin duda, pero eso no garantizaba nada. Besarlo le parecía demasiado descarado. Se arriesgaba a que el hombre lo recordara después y sacara conclusiones erróneas.
—¿Así está bien?
Inspiró hondo, se inclinó hacia delante y exhaló a escasos centímetros de la nariz y la boca del hombre. Retrocedió y esperó a ver qué pasaba... si pasaba algo.
Nada ocurrió.
—¡Es el bálsamo gatuno! —exclamó Sabriel mirando a Zapirón—. No deberías haber...
La interrumpió un leve sonido. Una especie de resuello que no provenía ní de ella ni de Zapirón. El mascarón de proa comenzaba a respirar, el aire silbaba entre los labios tallados en la madera como si saliera de un fuelle viejo y ajado.
La respiración fue cobrando fuerza y la talla fue recuperando los colores, la madera oscura adquirió poco a poco el brillo de la carne. El hombre tosió; el pecho torneado se le volvió flexible y comenzó a subir y bajar rítmicamente con los jadeos propios de un corredor que intenta recuperarse tras la carrera.
Sus ojos se abrieron y se encontraron con los de Sabriel. Eran unos bonitos ojos grises, pero algo miopes y desenfocados. Parecía no verla.
Abrió y cerró los puños y movió los pies, como marcando el paso en el sitio. Al fin, su espalda se desprendió del casco de la nave. Dio un paso adelante y cayó en brazos de Sabriel.
La muchacha lo tendió rápidamente en el suelo, consciente de que abrazaba a un muchacho desnudo, en circunstancias muy distintas de las que había imaginado con sus compañeras del colegio o de las que había oído hablar a las alumnas externas, que gozaban de más privilegios y eran más desenfadadas.
—Gracias —dijo el chico, arrastrando las palabras como un borracho. Por primera vez, clavó la vista en ella, o más bien en su sobrevesta y añadió—: Abhorsen.
Acto seguido, se puso a dormir con una plácida sonrisa en los labios y una expresión de calma en el rostro. Ahora que era de carne y hueso parecía más joven que cuando estaba atrapado en la expresión fija del mascarón.
Sabriel lo miró desde arriba tratando de hacer caso omiso de la oleada de tiernos sentimientos que la invadían de sopetón. Sentimientos parecidos a los que la habían impulsado a resucitar al conejo de Jacinth.
—Será mejor que le eche una manta por encima —dijo de mala gana.
Se preguntó qué mosca la habría picado para añadir una complicación más a la situación confusa y difícil en la que se encontraba. Imaginó que, como mínimo, debería ponerlo a salvo, devolverlo a la civilización... siempre y cuando la encontrara.
—La manta te la puedo traer yo, si quieres seguir mirándolo tan embobada — sugirió Zapirón con picardía mientras se enroscaba entre sus piernas en una especie de sensual pavana.
Sabriel se dio cuenta de que el gato tenía razón y miró para otro lado.
—No. Ya la traigo yo. Y de paso le traigo mi otra camisa. Y los pantalones bombachos. Tal vez, con un poco de esfuerzo, podrá ponérselos. Me parece que tenemos más o menos la misma altura. Vigílalo, Zapirón. Vuelvo enseguida.
El gato se quedó observándola mientras se alejaba cojeando, luego se volvió hacia el hombre dormido. Se acercó a él, sigiloso, y le dio un lengüetazo en la marca del Gremio que llevaba en la frente. La marca se encendió, pero a Zapirón no se le movió ni un pelo, hasta que volvió a apagarse.
—Hay que ver —masculló Zapirón y saboreó su propia lengua enrollándola sobre sí misma.
Parecía algo sorprendido y bastante enfadado. Volvió a lamer la marca y sacudió la cabeza en señal de disgusto, al tiempo que la miniatura de Saraneth que le colgaba del collar soltó un tañido que nada tenía de alegre.