Sabriel

Garth Nix · Capítulo 8 de 32

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Sabriel

Capítulo 6

La magia del Gremio en Cima Partida era como un aroma flotando en el aire para el ser que merodeaba en las cuevas, al pie del monte, a un kilómetro o más hacia el oeste desde el pilar roto.

En otros tiempos había sido humano, o algo parecido, en los años que había pasado al sol. Fue perdiendo humanidad con el paso de los siglos, sumergido en las frías aguas de la muerte, resistiendo con ferocidad a la corriente, demostrando una increíble voluntad de volver a la vida. Una voluntad que desconocía poseer hasta que una lanza arrojada desde un escollo desviara su curso y fuera a enterrarse en su garganta dejándole unos últimos y desesperados minutos de vida.

Gracias a esa gran voluntad, había aguantado trescientos años del lado de la vida, a la altura de la Cuarta Puerta; en ese tiempo consiguió ganar fuerzas, aprender las manías de la muerte. Se alimentaba de espíritus menores y servía a los mayores, o procuraba evitarlos. Pero por sobre todas las cosas, aquel ser se aferraba a la vida. Finalmente le llegó su oportunidad, cuando un espíritu poderoso salió despedido desde el otro lado de la Séptima Puerta, destrozando a su paso las Puertas Superiores, hasta entrar en la vida con voraz apetito. Tras él habían seguido cientos de muertos, y este espíritu en particular, se había unido al tropel. En el límite mismo entre la vida y la muerte, se encontró con una gran confusión y un poderosísimo enemigo; no.obstante, en medio de la refriega, había conseguido colarse por los bordes y entrar en la vida con paso triunfante.

Donde apareció había muchos cuerpos que acababan de ser abandonados, de manera que aquel ser ocupó uno, le infundió vida y salió huyendo. Poco después, halló las cuevas donde ahora habitaba. Llegó incluso a ponerse un nombre. Thralk. Un nombre sencillo, fácilmente pronunciado por una boca medio podrida. Un nombre de varón. Thralk no recordaba cuál había sido su sexo, tantos siglos antes, pero su nuevo cuerpo era el de un hombre.

Su nombre inspiraba terror en los pocos poblados que seguían existiendo en esta zona de las Tierras Fronterizas, poblados a los que Thralk acechaba con el fin de capturar y consumir la vida humana que necesitaba para mantenerse a este lado de la muerte.

La magia del Gremio volvió a activarse en Cima Partida y Thralk notó que era fuerte, pura sabiduría del Gremio, pero proyectada débilmente. La fuerza de la magia le daba miedo, pero la falta de destreza que percibía en ella, le infundía ánimos porque la magia fuerte era sinónimo de vida fuerte. Thralk necesitaba esa vida, la necesitaba para sostener el cuerpo que utilizaba, la necesitaba para reemplazar el lento fluir de su espíritu de regreso a la muerte. La codicia se impuso al miedo. Aquel ser muerto asomó por la abertura de la cueva y echó a andar monte arriba, los ojos putrefactos, sin párpados, fijos en la lejana cima.

Al principio, Sabriel vio a su guía como una luz alta y pálida que flotaba sobre las aguas borboteantes avanzando en dirección a ella, y luego, cuando se detuvo a varios metros de distancia, como una forma humana borrosa, refulgente, con los brazos tendidos a manera de bienvenida.

—Sabriel.

El nombre salió como un sonido difuso, parecía venir de mucho más lejos y no de donde la brillante figura se alzaba, pero la muchacha sonrió al notar la calidez del saludo. Abhorsen nunca le había explicado quién o qué era esta persona luminosa, pero Sabriel creía saberlo. Había convocado a aquel consejero en una ocasión anterior, cuando había tenido su primera regla.

La educación sexual en el Colegio Wyverley era mínima, y hasta los quince años, nula. Entre las chicas mayores circulaban muchas historias sobre la regla, todas ellas muy variadas y cuyo fin era meterte el miedo en el cuerpo. Ninguna de las amigas de Sabriel había llegado a la pubertad antes que ella, y era tal su desesperación y su temor, que había decidido entrar en el Reino de la Muerte. Su padre le había dicho que el ser convocado con el barquito de papel contes0taría a sus preguntas y la protegería, y así había sido. El espíritu radiante había contestado todas sus preguntas y muchas más, hasta que Sabriel se había visto obligada a regresar a la vida.

—Hola, mamá —dijo Sabriel, envainando la espada y cubriendo cuidadosamente con la mano el badajo de Saraneth.

La forma reluciente no contestó, no se esperaba que lo hiciese. Exceptuando alguna palabra de saludo, sólo era capaz de responder preguntas. Sabriel no tenía la plena certeza de que la aparición fuese el insólito espíritu muerto de su madre —algo muy poco probable—, o los restos de un hechizo protector dejado por ella.

—No dispongo de mucho tiempo —prosiguió Sabriel—. Me encantaría preguntarte... de todo un poco, supongo... pero ahora mismo, necesito saber cómo llego a la casa de papá desde Cima Partida..., quiero decir desde el Monte Barhedrin.

La enviada asintió y habló. Sabriel escuchaba y, al mismo tiempo, en su mente se forjaban las imágenes descritas por su guía, imágenes vividas, como recuerdos de un viaje que ella misma hiciera.

—Debes ir al lado norte del monte. Sigue el ramal montañoso que allí nace y desciende por él hasta llegar al lecho del valle. Mira al cielo..., estará despejado. Mira hacia la brillante estrella roja, Uallus, la encontrarás cerca del horizonte, a un palmo escaso al noreste. Sigue esa estrella hasta llegar a un camino que va del suroeste al noreste. Recórrelo durante un kilómetro en dirección noreste, hasta llegar a la señal de piedra detrás de la cual estará el pilar del Gremio. Justo detrás del pilar parte un camino en dirección a los Despeñaderos Largos, en dirección norte. Enfila el sendero. Va a parar a una puerta en los Acantilados. La puerta responderá a Mosrael. Detrás de la puerta hay un túnel empinado en dirección al cielo. Al final del túnel se encuentra el puente de Abhorsen. La casa está cruzando el puente. Vete, y que mi amor te acompañe. No te entretengas, no pares en ninguna parte, pase lo que pase.

—Gracias —comenzó a decir Sabriel y con sumo cuidado guardó las palabras junto a los pensamientos que las acompañaban—. ¿Me podrías...?

Se interrumpió al ver que, ante ella, la enviada de su madre levantaba de pronto ambos brazos en actitud alarmada y le gritaba:

—¡Vete!

Al mismo tiempo, Sabriel notó que el rombo protector en el que se encontraba su cuerpo físico se encogía a manera de advertencia y fue consciente de que la marca boreal había fallado. De inmediato, se volvió y echó a correr hacia la frontera con la vida, al tiempo que desenvainaba la espada. La corriente pareció ceñirse a su alrededor, enroscándose a sus piernas, pero luego cedió a su apremio. Sabriel llegó al borde y con un vertiginoso esfuerzo de voluntad, su espíritu salió a la vida.

Durante un momento, la desorientación se apoderó de ella, notó el cuerpo frío y la cabeza espesa. Una criatura cadavérica, con una mueca sonriente, surgía en ese preciso instante a través de la fallida marca boreal, con los brazos tendidos para envolverla en ellos; su aliento a carroña formaba una gélida nubécula frente a la boca desmesuradamente abierta.

Thralk se había alegrado de encontrar el espíritu errante de la maga del Gremio y un rombo protector destruido. La espada le había dado un poco de miedo, pero estaba cubierta de escarcha y sus ojos consumidos no alcanzaron a ver las marcas del Gremio que recorrían su superficie. La campana que Sabriel aferraba con la mano izquierda se había convertido en un bloque de hielo, como si la muchacha acabara de hacer una bola de nieve. En general, Thralk se sentía muy afortunado, sobre todo porque la vida que ardía dentro de aquella pequeña víctima era particularmente joven y fuerte.

Thralk se acercó, sigiloso, y sus brazos descoyuntados intentaron alcanzar el cuello de Sabriel.

En el preciso momento en que sus dedos putrefactos y viscosos se acercaron a ella, Sabriel abrió los ojos e hizo una demostración del golpe inmovilizador que le había permitido obtener el segundo puesto en Artes Marciales y, tiempo después, el primero. Extendió el brazo y la espada como si fueran una unidad y la punta de su acero atravesó el cuello de Thralk, traspasando el aire al otro lado.

Thralk lanzó un grito; con los dedos aferró la espada para liberarse; y volvió a gritar cuando las marcas del Gremio, grabadas en la hoja, se encendieron. Entre los nudillos de sus manos comenzaron a salir chispas al rojo vivo, Thralk descubrió de golpe con qué había topado.

—¡Abhorsen! —gimió y cayó de espaldas, al tiempo que Sabriel desenterraba la hoja de un explosivo tirón.

La espada comenzó a afectar la carne muerta en la que Thralk habitaba; la magia del Gremio calcinó los nervios reanimados e inmovilizó las articulaciones demasiado laxas. El fuego ardió en la garganta de Thralk, pero habló de todos modos, para distraer a aquel terrible adversario mientras su espíritu trataba de desprenderse del cuerpo, como hacen las serpientes con la piel, para buscar refugio en la noche.

—¡Abhorsen! Te serviré, te rendiré pleitesía, seré tu sirviente... Conozco cosas, vivas y muertas... Utilizaré todo tipo de tretas para que otros se acerquen a ti...

El sonido claro y profundo de Saraneth hendió la voz rota y llorosa como la sirena estridente que se impone al chillido de las gaviotas. El repique vibró sin parar, su eco se propagó en la noche y Thralk notó que lo ataba pese a que su espíritu se escapaba del cuerpo e intentaba echar a volar. La campana lo ató a la carne paralizada, vinculándolo a la voluntad de su tañedora. La ira bullía en su interior, la rabia y el miedo le daban fuerzas para luchar, pero el sonido estaba en todas partes, a su alrededor, lo atravesaba. Jamás podría librarse de él.

Sabriel observó la sombra deforme, la vio retorcerse, medio fuera del cadáver, medio dentro de él, mientras el cuerpo se transformaba en un pozo oscuro. El espíritu seguía tratando de utilizar la boca del cadáver, pero sin éxito. La muchacha se planteó acompañarlo hasta el Reino de la Muerte, donde encontraría una forma, y luego ella podría obligarla a contestar con Dyrim. Mas el pilar partido del Gremio surgió en las proximidades y notó su presencia como un temor siempre presente, como una joya helada sobre su pecho. Oyó mentalmente las palabras de la enviada de su madre: «No te entretengas, no pares en ninguna parte, pase lo que pase».

Sabriel hundió en la nieve la punta de la espada, guardó a Saraneth y, con las dos manos, sacó a Kibeth de la bandolera. Thralk lo presintió y su ira dio paso al miedo en estado puro. Después de tantos siglos de lucha, supo que la muerte verdadera había acudido por fin a reclamarlo.

Sabriel adoptó una postura firme, unió ambas manos en un gesto curioso y aferró con ellas la campana. Kibeth daba la impresión de ir a soltarse, pero ella la sujetó y la agitó hacia atrás y hacia delante, y luego, describió con ella una especie de ocho en el aire. Los sonidos, todos de ia misma campana, diferían entre sí, pero juntos compusieron una especie de marcha, una canción de baile, un pasacalle.

Thralk los oyó y notó cómo las fuerzas se apoderaban de él. Poderes extraños, inexorables, que lo obligaron a buscar la frontera y regresar al Reino de la Muerte. Luchó contra ellos en vano, con patetismo, sabiendo que no conseguiría liberarse. Sabía que cruzaría todas y cada una de las puertas, hasta trasponer la Novena. Se rindió y empleó sus últimas energías para formar un remedo de boca con una lengua enrevesada y negra como la noche.

—¡Te maldigo! —borbotó—. ¡Se lo contaré a los siervos de Kerrigor! Seré vengado...

Su voz ahogada y grotesca se interrumpió en mitad de la frase, cuando Thralk perdió el libre albedrío. Saraneth lo había atado, pero Kibeth lo tenía agarrado y lo acompañaba, lo acompañaba para que Thralk no volviera a existir. La sombra etérea desapareció y debajo del cuerpo, muerto hacía tanto tiempo, sólo quedó la nieve.

Aunque la aparición se había marchado, sus últimas palabras preocupaban a Sabriel. El nombre de Kerrigor, aunque no le resultaba del todo conocido, despertó en ella un miedo ancestral, un recuerdo. Tal vez Abhorsen hubiese pronunciado e! nombre, que pertenecía, sin lugar a dudas, a uno de los muertos mayores. Aquel nombre la asustaba, del mismo modo que la asustaba el pilar partido, como si se tratase de símbolos tangibles de un mundo malogrado, un mundo donde su padre estaba perdido, donde ella misma se sentía seriamente amenazada.

Sabriel tosió y notó el frío en los pulmones; con cuidado volvió a colocar a Kibeth en la bandolera. La espada se purificó con el fuego y quedó limpia, pero le pasó un trapo a la hoja antes de envainarla. Notó un cansancio enorme al echarse la mochila a la espalda, pero no le cabía duda alguna de que debía seguir viaje de inmediato. Las palabras del espíritu de su madre resonaban en su mente; sus sentidos le indicaban que algo ocurría en el Reino de la Muerte, algo poderoso avanzaba hacia la vida, avanzaba hacia la salida abierta en el pilar partido.

En aquel monte la muerte había campado por sus fueros durante demasiado tiempo, se habían realizado demasiados ritos de magia del Gremio, y todavía no había caído la noche profunda. El viento soplaba, las nubes volvieron a agolparse y a dominar el cielo. Las estrellas no tardarían en desaparecer y la luna incipiente se vería envuelta en blancos algodones.

Sabriel oteó rápidamente los cielos, en busca de las tres estrellas brillantes que formaban el Cinturón de Orion. Las encontró, aunque se vio obligada a cotejarlas en el mapa de constelaciones del almanaque, bajo la luz de un fósforo hediondo que se proyectaba temblorosa y amarillenta sobre las páginas, porque no se atrevía a usar más magia del Gremio hasta no haberse alejado del pilar partido. El almanaque corroboró que no le fallaba la memoria: la hebilla se encontraba al norte, en el Reino Antiguo; su otro nombre era Engaño del Navegante. En Ancelstierre, la hebilla se encontraba fácilmente a diez grados al noroeste.

Tras situar el Norte, Sabriel emprendió la marcha hacia ese lado de la cima, buscando el espolón que bajaba hacia el valle, perdido allá abajo, en la oscuridad. Las nubes se fueron acumulando; la muchacha quería llegar al fondo del valle antes de que desapareciera la luna. Cuando por fin dio con el ramal montañoso, más fácil de transitar que los escalones derruidos que conducían al sur, al ver lo empinado de la vertiente supo que el descenso sería largo.

Y así fue, Sabriel tardó varias horas en llegar al fondo del valle; hubo de tropezar cientos de veces y temblar como una hoja, mientras una pálida llama del Gremio bailoteaba no muy lejos, delante de ella. Era demasiado débil para facilitarle el camino, pero le había servido para huir del desastre absoluto, y abrigaba la esperanza de que fuese lo bastante tenue para pasar por fuego fatuo o un reflejo ocasional. En cualquier caso, le había resultado de gran utilidad cuando las nubes terminaron de cubrir el cielo.

«Vaya con las nubes», pensó Sabriel, al mirar hacia lo que creía que seguía siendo el Norte, en busca de la estrella roja Uallus. Le castañeteaban los dientes sin parar, y de los pies helados partía un escalofrío que la recorría sin cesar. Si no seguía en movimiento, acabaría congelada allí mismo, pues se había levantado otra vez un poco de viento...

Sabriel rió por lo bajo, medio histérica, y volvió la cara hacia lo alto, para sentir la brisa. Soplaba desde el este y cobraba fuerzas a ojos vistas. Era más frío, no cabía duda, y ayudaba a llevarse las nubes, barriéndolas hacia el oeste; y allí, tras la primera escobada del viento, surgió Uallus, roja y refulgente. Sabriel sonrió, la observó, evaluó cuanto la rodeaba y volvió a emprender la marcha, siguiendo la estrella, mientras en el fondo de su mente oía el susurro constante de la vocecita interior.

No te entretengas, no pares en ninguna parte, pase lo que pase.

Sabriel conservó la sonrisa en los labios hasta encontrar el camino, cuyas cunetas estaban cubiertas de nieve y le permitieron esquiar y avanzar a buen ritmo.

Cuando Sabriel encontró la señal de piedra y detrás de ella, el pilar del Gremio, en su rostro ya no había ni rastros de la sonrisa. Comenzó a nevar otra vez; la nieve caía oblicuamente mientras el viento soplaba con más furia y los copos se le metían como latigazos en los ojos, la única parte del cuerpo que llevaba al descubierto. Sus botas estaban empapadas, pese a haberlas frotado con grasa de oveja. Tenía la cara, las manos y los pies helados y estaba muerta de cansancio. Había tenido la previsión de tomar un bocado cada hora, pero en ese momento, era tanto el frío que sentía que ni siquiera podía abrir la boca.

Durante un momento, junto al pilar intacto, que se alzaba orgulloso detrás de la pequeña señal de piedra, Sabriel consiguió recuperarse un poco invocando un hechizo del Gremio para entrar en calor. Mantenerlo sin la ayuda de la piedra hizo que se cansara aún más, y el hechizo se disolvió en cuanto echó a andar. Lo único que la impulsaba a seguir adelante era la advertencia del espíritu de su madre. Eso y la sensación de que la estaban siguiendo.

Era simplemente una sensación, y Sabriel estaba tan cansada y tenía tanto frío, que se preguntó si no serían cosas de su imaginación. No estaba en condiciones de enfrentarse a nada que no fuese producto de su imaginación, de modo que se obligó a continuar camino.

No te entretengas, no pares en ninguna parte, pase lo que pase. El sendero que partía desde el pilar del Gremio estaba en mejores condiciones que el que subía hasta Cima Partida, pero era más empinado. Sus constructores habían tenido que cortar la piedra gris y dura, que no se erosionaba como el granito, para construir cientos de escalones anchos y bajos, esculpidos con intrincados dibujos. Sabriel no sabía si tenían algún significado. No eran marcas del Gremio ni símbolos de ninguna de las lenguas que ella conocía, y además, estaba demasiado cansada para hacer conjeturas. Se concentró en subir un escalón a la vez, en apoyar las manos en los muslos doloridos para ayudarse, tosiendo y jadeando, con la cabeza gacha para evitar la embestida de los copos de nieve.

El sendero se hizo más y más empinado; Sabriel divisó al frente la cara del despeñadero, una masa inmensa, negra y vertical, un fondo mucho más negro para los remolinos de nieve blanca que el cielo nublado, iluminado por la pálida luz de la luna. Su meta parecía alejarse a medida que el sendero describía curvas dignas de una montaña rusa, subiendo más y más desde el valle.

Y de repente, Sabriel llegó donde quería. El camino describió una última curva y la luz del pequeño fuego fatuo que le hacía de linterna se reflejó en una pared, una pared que se extendía kilómetros y kilómetros, a ambos lados, y cientos de metros hacia el cielo. Estaba claro que había llegado a los Despeñaderos Largos y que el sendero terminaba allí.

Fue tal su alivio, que estuvo a punto de echarse a llorar, pero avanzó con esfuerzo hasta el pie del despeñadero y ía lucecira se elevó por encima de su cabeza revelando a sus ojos la piedra gris, veteada de liquenes. Pese a la luz, no vio señales de la puerta, sólo aquella pared de piedra irregular e impenetrable que subía y quedaba fuera del diminuto círculo iluminado. No había más caminos ni ningún otro sitio adonde ir.

Con gesto cansado, Sabriel se arrodilló sobre un montón de nieve y se frotó las manos vigorosamente, tratando de hacer circular la sangre, y luego sacó de la bandolera a Mosrael. Mosrael, la despertadora. Sabrieí se esmeró en que no sonara y se concentró con todos los sentidos para percibir si había alguna cosa muerta en las proximidades que no conviniera despertar. No había nada, pero la muchacha notó una presencia a sus espaldas, algo que la seguía y se aproximaba por el sendero. Algo muerto, algo que hedía y emanaba fuerza. Trató de calcular a qué distancia se encontraba, y luego lo borró de sus pensamientos. Fuera lo que fuese, se encontraba demasiado lejos para oír el tañido ronco de Mosrael. Sabriel se puso de pie y agitó la campana.

El sonido se parecía al de decenas de cotorras chillando al mismo tiempo, un ruido que estalló en el aire; el viento se encargó de propagar su eco por los despeñaderos, multiplicándolo hasta formar el grito de miles de pájaros.

Sabriel dejó de tañer la campana y la guardó, pero los sonidos cruzaron raudos el valle, y entonces supo que la cosa que merodeaba a sus espaldas los había oído. Notó cómo fijaba su atención en el sitio donde ella se encontraba y sintió que apuraba el paso, como el jinete que observa los músculos de su caballo de carreras al echarse a galopar. Subía los escalones de cuatro en cuatro, de cinco en cinco. Notó la prisa de aquella cosa en su mente y cómo el miedo se apoderaba de ella a la misma velocidad, pero siguió hacia el sendero y miró hacia abajo al tiempo que desenvainaba la espada.

Entre los remolinos de nieve, vio una figura brincar de escalón en escalón; daba unos saltos imposibles, devoraba la distancia que los separaba con horrible apetito. Tenía forma de hombre, aunque más alto que la media; a su paso dejaba un rastro de fuego que avanzaba como el aceite al quemarse sobre el agua. Sabriel lanzó un grito al verlo y percibió el espíritu muerto que albergaba. Las páginas aterradoras de El Libro de los Muertos, con sus tremendas descripciones, fueron pasando por su mente en rápida sucesión. La perseguía un mordicante, un ser capaz de cruzar a su antojo entre la vida y la muerte, cuyo cuerpo era una amalgama de barro de pantano y sangre, al que algún nigromante le había dado vida utilizando hechizos de la magia libre, tras colocar en su interior el espíritu de un muerto que le servía de fuerza rectora.

Sabriel había desterrado en cierta ocasión a un mordicante, aunque a unos sesenta kilómetros del Muro, en Ancelstierre, y se trataba de un ser débil, a punto de extinguirse. Éste era fuerte, fogoso, recién formado. Supo de repente que la mataría y que sojuzgaría su espíritu. Todos sus planes y sus sueños, sus esperanzas, su valor desaparecieron para ser reemplazados por el miedo irracional en estado puro. Se volvió hacia un lado, luego hacia el otro, como la liebre cuando huye del galgo, pero la única manera de bajar era por el sendero y el mordicante se encontraba a escasos metros. Escupía fuego por la boca; echó la cabeza atrás mientras corría y lanzó un aullido terrible, como si fuese el último estertor de alguien que se interna en la muerte mezclado con el desesperante sonido de uñas al arañar un cristal.

Reprimiendo un grito que pugnaba por surgirle desde el fondo de la garganta, Sabriel se volvió hacia el despeñadero y comenzó a aporrearlo con el pomo de la espada.

—¡Ábrete! ¡Ábrete! —gritaba

Entretanto, las marcas del Gremio pasaban velozmente por su mente, pero no eran las adecuadas para formar una puerta, hechizo que había aprendido en segundo curso. Lo sabía de memoria, como las tablas de multiplicar, pero las marcas del Gremio se negaban a formarse en su mente y no entendía por qué acudía el resultado de doce por doce cuando lo que quería eran las marcas del Gremio...

Los ecos de Mosrael se apagaron y en ese silencio, el pomo de la espada siguió golpeando contra algo que sonó hueco, en lugar de arrancar chispas y hacer vibrar su mano. Algo de madera, algo que antes no estaba allí. Una puerta de roble, alta y muy estrecha, cubierta de marcas plateadas del Gremio que fluían en el sentido de las vetas de la madera. A la altura de la mano, un aldabón de hierro rozó la cadera de Sabriel.

La muchacha ahogó un grito de sorpresa, soltó la espada, aferró el aldabón y tiró de él. Nada sucedió. Sabriel volvió a tirar, y miró de reojo por encima del hombro, deseando que la tierra se la tragara de sólo pensar en lo que vería.

El mordicante dobló la última curva y sus ojos se clavaron en los de la chica.

Sabriel los cerró, incapaz de soportar ei odio y la sed de sangre que ardían en aquella mirada con la intensidad con la que arde un atizador olvidado en la forja.

El mordicante volvió a aullar y recorrió los escalones restantes como una exhalación, echando llamas por la boca, las garras y los pies.

Sin abrir los ojos, Sabriel volvió a empujar la puerta a la altura del aldabón. Consiguió abrirla de par en par y entró de sopetón, cayó de bruces levantando una nube de nieve y abrió los ojos. Con desesperación, rodó por el suelo, haciendo caso omiso del dolor que notaba en rodillas y manos. Sacó la mano, aferró la empuñadura de la espada y la pasó por la puerta.

Cuando la hoja atravesaba el umbral, el mordicante se agarró a ella y torciéndose de lado para meterse por el estrecho portal, logró colar un brazo. Su carne verde grisácea despedía lenguas de fuego como si fuesen gotas de sudor y de ellas se alzaban volutas de negro humo que olían a cabello quemado.

Tirada en el suelo, despatarrada e indefensa, Sabriel no atinó más que a contemplar con horror la mano de aquella cosa, de cuatro afiladas garras, que se abría e intentaba agarrarla.