Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 8 de 30

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Seré frágil

Capítulo seis

Desde que era pequeña, mi pasatiempo favorito siempre había sido leer. Devorar todos los libros que me encontrara por casa, meterme en sus mundos con la esperanza de abandonar la realidad y poder convertirme en alguien mejor. Alguien valiente, fuerte; una heroína.

 

Pero desde que el curso había comenzado, los estudios apenas me habían dejado tiempo para respirar y no había encontrado todavía un libro por el que mereciera la pena quedarse noches enteras en vela. Aunque tenía el diario de Sofía, que en aquellos momentos cumplía con una función parecida. Solo que leerlo no me convertía en ninguna heroína, sino en una espectadora más.

La tercera entrada del diario estaba fechada en noviembre.

 

Odiado diario:

Estoy harta, hartísima, de que pasen los días y nada mejore. «Después de la

tormenta siempre sale el sol», dicen, pero para mí está diluviando y el sol también tiene miedo. Estoy cansada. Mentalmente cansada, y ese es el mayor cansancio de todos.

Mis esfuerzos cada vez dan peores resultados. Nunca es suficiente. Ahora

son cuarenta y seis y ochocientos gramos. ¿Para cuándo cuarenta y cinco? ¿Cuarenta? ¿Treinta y cinco? ¿Ahí seré feliz de una maldita vez?

Para colmo, eso no es lo único que me va mal.

He vuelto a discutir con Rebeca. Tenemos un carácter que no nos hace bien

a ninguna de las dos. Ella es demasiado orgullosa, tiene mucho genio, igual que yo. Se pone de los nervios por todo y en esos momentos mi ansiedad no ayuda. Ya fue bastante con lo de Lidia. Eso no hizo más que separarnos, como si no hubiéramos pasado suficiente infierno ya…

Bueno, todo ha empezado por la tarde, al salir de clase. Ya había tenido un

mal día por culpa de un bonito suspenso en química. ¡Un cuatro en química! Me lo hubiera esperado en historia o literatura, pero se suponía que los números se me daban bien. Nunca en mi vida había suspendido química y nunca habría imaginado que lo haría. Pero es que en el momento del examen me quedé en blanco, así, sin más. No tengo excusa. Por eso ni siquiera me he molestado en llorar, sé de sobra que soy un fracaso. En todo.

Pero, obviamente, Rebeca no esperaba que yo no estuviera de humor para

irnos «a merendar». Eso es lo que propuso. A merendar… Lo primero que hice fue negarme, claro, y decirle que yo no merendaba. Ella insistió en que al menos me tomara un zumo, que me veía muy paliducha. Como si un zumo fuera a devolverme el color. Obviamente, dije que no.

«¡Sofía, deja de hacer tonterías! ¿A qué crees que juegas? ¡Es solo un zumo!

¿Quieres acabar como Lidia? BLA, BLA, BLA».

Me sé de memoria sus charlas; se cree que van a impactarme, que van a

hacerme cambiar de opinión, como si de verdad pudieran conseguirlo. Pero no se da cuenta de que solo yo controlo mi mente (¿o ella me controla a mí?).

Entonces estallé, solté un «¡Rebeca, déjame en paz de una puta vez!» para

no seguir oyendo sus pobres argumentos, y me di media vuelta. Fingí que nada me dolía hasta que oí su voz a mi espalda.

«Vas a acabar sola y podrida, Sofía. ¿Me has oído? ¡Jodidamente sola!». Y a ti no te puedo engañar, maldito diario, esas palabras me han hundido. No es para tanto, en realidad. Yo misma me he dicho cosas peores. Pero

Rebeca es una de las pocas personas que no he perdido aún, y que me lo diga ella es distinto. Despierta todos mis miedos. Ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Porque ¿qué va bien en tu vida, Sofía Valls?

Nada, absolutamente nada. Sigo gorda. Doy asco. Mi madre sigue

mirándome mal cuando le digo que no tengo hambre, a veces me obliga a comer (¡pero luego finge no oírme vomitar!). Aún tengo que esconderme para hacer ejercicio, levantarme a las seis de la mañana si hace falta. Y ni siquiera me gusta. Me cansa, lo odio. Pero lo necesito, igual que necesito que el número baje de una puñetera vez. Pero no lo hace, porque no sirvo, porque sigo siendo una bola de grasa; solo que ahora, además, soy una bola pálida de grasa a la que se le cae el pelo.

La gente no se acerca a mí desde lo de Lidia. Y las pocas personas que me

quedaban se están yendo, entre ellas, Rebeca.

¿Amigos? ¿Qué es eso? Aún recuerdo cuando era pequeña y me pasaba

todas las tardes en casa de Rebeca, de Valeria o de Cristina… Decíamos que seríamos amigas para siempre, y míranos ahora.

Mis padres tampoco me entienden. En nada. Solo quieren que coma. Así, sin

más, porque sí, y ni siquiera se dan cuenta de lo que estoy pasando. En realidad, apenas les importo. Papá solo me saluda algunas tardes, cuando vuelve del trabajo, y luego se vuelve a encerrar en su despacho. Y mamá, como le diga lo que pienso de verdad, se pone a llorar. Es demasiado débil y manejable, siempre hace caso a lo que mi padre dice y tampoco está casi en casa; creo que es porque no lo soporta. Yo tampoco lo haría. Normal que se pase la mayor parte del tiempo fuera, de tiendas o con sus amigas; aunque luego papá no hace más que gritarle porque, sin querer, se ha gastado más de la cuenta yendo de compras. Y así cada semana. Creo que tiene un problema. Pero, de todas formas, no es la única. Todo el mundo tiene algún problema, lo que ocurre es que yo tengo mil más.

Por si el ambiente familiar no fuera bastante, las notas tampoco me van

bien. Este año he bajado mucho. He pasado de ser una chica de sietes a ser una de suspensos. Me esfuerzo, estudio para no pensar (para no comer), pero no sirve de nada, porque al llegar al examen se me ha borrado todo. Y me enfado, y no lo soporto, y no sirvo para nada.

¿Algo más? Ni siquiera quiero hablar de chicos. Esos ni se me acercan,

pero mejor para ellos.

Luego estoy yo, que no tengo nada bueno. Absolutamente nada. Soy la ruina

de mis padres, el disgusto de mis profesores, la carga de mis amigas.

Rebeca tiene razón, voy a quedarme sola. Pero quizás sea lo mejor. Nadie

tiene por qué soportar conocerme. No lo merecen.

Ni siquiera yo me soporto. No debería estar aquí, no sirvo para nada, ¡soy

un puto fracaso!

Intentaba distraerme para no volver a la caja. Pero no tengo más remedio.

Ahora mismo lo necesito. Solo tengo que abrir el armario, tercer cajón, escondida entre bufandas. Mi madre nunca entra en mi habitación, nunca la encontrará y, si lo hiciera, no sería capaz de hacer nada. Abriré la caja y se pasarán mis males. O se multiplicarán. No lo sé, solo sé que me lo merezco, que debo hacerme daño, que estoy cansada de todo esto y que no sirvo para nada.

Ojalá llorar adelgazara. Ojalá sangrar adelgazara. Ojalá esta sea la última

vez. Ojalá desapareciera.

Ojalá.

 

Llegué a casa de Clara después de un buen paseo, vestida ya con el chándal y con el pelo recogido en una coleta. Durante el trayecto me había estado planteando si debía compartir el diario de Sofía con alguien más, pero descarté la idea enseguida. Ella no me lo había dado para que lo difundiera.

En cierto modo, cuando lo leía me sentía una intrusa. Era como meterse en su cabeza, en su más profunda intimidad. Significaba saber todo aquello que no había sido capaz de contarle a nadie. Sin embargo, había escrito «Sara Soler» sobre la cubierta. Simple y claro. Aunque todavía desconocía la razón.

Quizás era un aviso. Quizás había notado que yo necesitaba adelgazar, pero para evitar que acabara como ella me había dado sus memorias. Tiene sentido, ¿no? Y yo lo estaba haciendo bien. Hoy había desayunado poco, había comido poco y ahora iba a ir a correr. Pero no había dejado de comer ni nada por el estilo. Solo estaba siendo más sana. Y me sentía bien, sentía que me iría viendo mejor con el tiempo. Sin duda, eso no se parecía nada a la versión de cómo Sofía se veía y se sentía.

Llamé a Clara desde la puerta de su jardín, y la chica no tardó en asomarse por la ventana. Al verme me gritó que ya bajaba, y a los pocos segundos salió de su casa con las manos en la cabeza, haciéndose un moño.

—No sé cómo has conseguido convencerme —dijo cuando empezamos a caminar—. ¿Con diez minutos te sirve?

—Diez minutos, descanso, y luego otros veinte. Va, Clara, no seas vaga. —Le di un suave codazo y empecé a trotar. Ella no tuvo más remedio que seguirme, ya cansada.

El barrio en el que vivía Clara era un lugar muy tranquilo para pasear. El sol empezaba a ponerse y el cielo se había tornado de color anaranjado; solo se oía el murmullo de la brisa y el piar de los pájaros. Apenas vimos pasar un par de coches por la carretera, y en la acera, junto a nosotras, una fila de naranjos nos daba sombra.

Con los auriculares puestos apenas era consciente del paso del tiempo. Al poco rato empecé a sentirme cansada, pero algo dentro de mí me impedía parar. Lo mismo que me decía que aunque doliera merecía la pena, que siguiera así, que al final me acostumbraría al dolor. Que el número bajaría.

No sentía las piernas. Notaba cómo el corazón me latía tan fuerte que parecía que fuera a atravesar mi pecho. Tenía la respiración entrecortada, pero aun así me obligué a seguir. Era como si yo ya no controlara mis piernas; ellas iban solas.

A los pocos minutos me di cuenta de que Clara ya no estaba a mi lado. Me detuve, por fin, con la sensación de tener los músculos entumecidos.

Ella estaba unos metros más atrás, encorvada, con las manos apoyadas en las rodillas y la respiración acelerada. Se apartó el pelo de la frente, jadeando a causa del esfuerzo.

—Oye, Sara, creo que llevamos más de quince minutos ya… —dijo con un suspiro—. ¿No podemos parar?

—¿Ya te has cansado? —Ella asintió y yo puse los ojos en blanco—. Puedes volverte a casa si es lo que quieres, pero yo voy a seguir.

—Está bien. —Suspiró y se enderezó—. Yo me voy a por un helado o algo, que me lo he ganado. Hasta mañana, Sara. —Hizo un amago de sonrisa y se dio media vuelta, camino a su casa.

Yo no podía rendirme todavía. No iba a echar a perder todo lo que había conseguido tomándome un helado. Además, apenas había corrido, y los dos minutos que me había parado a hablar con Clara solo habían servido para maldecirme por detenerme y aumentar mis ganas de continuar. Aún me dolían los pies, pero al final me acostumbraría a la molestia. Me puse los auriculares y seguí corriendo, dejando cada vez más lejos mi casa, intentando ignorar el dolor de músculos, el cansancio, las ganas de abandonar. No podía.

Sofía había dicho que andando quince minutos solo había quemado ochenta calorías. Según ella era poco. Quince minutos corriendo, ¿qué serían? ¿Ciento sesenta? Seguro que era poco también. Tenía que correr más, cansarme más, adelgazar más.

Además, iba por el buen camino. Todo el mundo recomendaba hacer ejercicio, contaban maravillas sobre los beneficios de salir a correr, así que no había nada malo en lo que hacía.

Y seguiría pensando aquello aunque sudara sangre.

Sin embargo, a los pocos minutos hubo algo que hizo que aminorara la marcha. Reconocí una casa entre las demás. A simple vista no tenía nada diferente; estaba adosada a ambos lados, era idéntica a sus vecinas, con un pequeño jardín en la entrada. Pero aquella tenía un abeto plantado y las cortinas echadas, como si estuvieran de luto.

Porque lo estaban.

Era la casa de Sofía, la misma hasta la que mi madre había conducido la noche de su muerte. Me acerqué a la verja para asegurarme de que no me equivocaba. Aún me costaba respirar y me dolían los gemelos, pero lo último que quería en aquel momento era descansar. Sobre el buzón, algo torcido, aparecía el nombre de los padres de la chica: «Pedro Valls y Julia Enero».

—¿Sara? —oí mientras lo leía.

Levanté la cabeza a tiempo de ver cómo la madre de Sofía salía de la casa cargando con una caja de cartón. Cerró la puerta con un movimiento de cadera y se acercó a la entrada, intentando sonreír.

—Buenas tardes, ¿necesita ayuda?

—¿Lo dices por esto? —La madre de Sofía señaló la caja con un movimiento de cabeza—. No hace falta, apenas pesa.

Una vez delante de mí, dejó el objeto en el suelo con un suspiro y se apartó los cabellos de la cara. Al mirarme noté las ojeras bajo sus ojos, el cansancio en sus pupilas y la mirada de alguien que se ha pasado noches enteras llorándole a la almohada.

—Estamos haciendo limpieza en casa, pero aún no hemos empezado con la habitación de Sofía… —murmuró entonces con una indiferencia en la voz que me sorprendió—. Te he visto acercarte y he pensado que, ya que estás aquí, podrías echarme una mano. Solo si quieres, claro. Así podrías quedarte con todo lo que necesitaras: ropa, libros, dibujos… Sofía no tenía mucho más. Pero estoy segura de que le gustaría que acabara en manos de sus amigas. — Trató de forzar una sonrisa—. Pero entenderé que digas que es muy duro para ti, o quizás ahora te pillo en mal momento…

—No, no, para nada —la interrumpí—. Solo he salido a correr un rato, pero ya me he cansado. No se preocupe, estoy segura de que para ustedes es más duro que para mí. —Julia tragó saliva, pero mantuvo la sonrisa—. Puedo ayudarles, no tengo nada mejor que hacer.

—Eres muy amable.

Alargó los brazos para abrir la valla que separaba el jardín de la acera y me invitó a entrar. Cuando le pregunté qué haría con la caja de cartón hizo un gesto de indiferencia y dijo que no eran más que trastos que ya tiraría en otro momento. Al parecer, ni siquiera le importaba que lo robaran ya.

Una parte de mí pensaba que en realidad la familia Valls estaba haciendo limpieza de recuerdos.

Seguí a Julia a través del jardín y entré en la casa de Sofía. Oír la puerta cerrarse a mi espalda me provocó un escalofrío. Me sentía una intrusa, una mentirosa. Después de todo, no había aceptado ayudarlos por puro altruismo. Quería ver lo que Sofía veía cada mañana al despertar. Entender por qué quiso darme su diario. Encontrar alguna pista, alguna nota, cualquier cosa.

La puerta del final del pasillo era la de Sofía. Frente a ella descansaban un par de cajas de cartón como la que su madre había dejado abandonada junto a la valla.

—Por ahora lo único que me interesa es empezar a guardar toda la ropa que tiene en su armario —comentó Julia con la mirada clavada en el suelo—. No es mucha, la verdad. Sofía nunca fue una chica muy coqueta. Pero aún no me veo capaz de volver a entrar… Ya fue demasiado difícil el primer día.

Me quedé en silencio, sin saber muy bien qué decirle. Un «lo siento» más no iba a servir de nada. Seguro que estaba cansada de que la gente se compadeciera por algo que no podía arreglarse.

—Entonces, ¿lo guardo todo en las cajas?

—Me harías un gran favor. —Se agachó un segundo para agarrar la caja y pasármela a mí—. Y Sara, de verdad, si ves cualquier cosa que quieras quedarte como recuerdo, eres totalmente libre de llevártelo.

Asentí con la cabeza, intentando animar a la mujer con la mirada. Pero algo me decía que el enorme vacío que se siente al perder a un hijo no puede llenarse por muchos ánimos que te den. Era una cicatriz que se quedaría marcada para siempre, y en ese momento, bastaba con mirar a Julia a los ojos para poder verla.