Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 16 de 30

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Seré frágil

Capítulo catorce

Descubrí que no me gustaba esquiar; me daba pánico. Sentía que en ese momento mi vida era exactamente como montar en los patines por primera vez: torpe, inestable, peligrosa. Sentía que había alguien que me empujaba cuando yo no sabía frenar. Me deslizaba por la nieve, con miedo, incapaz de reaccionar; el aire me azotaba, cada vez iba más rápido y no podía pararlo. Hasta que chocaba contra el suelo, hasta que me caía.

Luego tocaba volver a subir para volver a tirarme. Para pasar miedo otra vez, para descontrolarme y acabar en el suelo. Fría.

En eso se estaba convirtiendo mi día a día.

A pesar del miedo, seguía repitiéndolo, seguía cayendo por la montaña con la esperanza de adelgazar. A pesar de los mareos, seguía dejándome comida en el plato. A pesar de saber lo que estaba haciendo, algo dentro de mí me impedía dejar de hacerlo. Como si me hubiese vuelto adicta al daño.

Aunque, con el tiempo, se había normalizado todo tanto que ya ni siquiera lo veía como algo dañino.

Las clases acabaron antes de comer. Clara y David, como ya tenían experiencia, se habían ido a otras pistas, así que tendría que esperar a que ellos también terminaran para poder verlos. Cuando fui a guardar todo el equipo tuve la mala suerte de encontrarme con Debra. Seguía con el ceño fruncido, el pelo recogido en una coleta y la cara quemada por el sol.

Ahora sé que debería haberme quedado callada, pero la curiosidad me venció. Quería saber si realmente ansiaba tanto irse del instituto como para ganarse el odio de todos sus compañeros, o si solo necesitaba unas palabras amables.

—Hola —sonreí. Ella siguió guardando sus guantes y sus botas en la taquilla, como si yo no estuviera ahí. Carraspeé—. ¿Te han gustado las clases? ¿Habías esquiado antes?

Silencio.

—Vale, supongo que no quieres hablar.

—Has tardado en darte cuenta —gruñó sin volverse hacia mí.

Suspiré y puse los ojos en blanco, aprovechando que no me miraba. Decidí imitarla y comencé a quitarme los guantes para guardarlos también, a solo un par de taquillas de la suya.

Aun así, algo dentro de mí me impedía dar la conversación por zanjada. Quería derribar ese muro que Debra se empeñaba en construir a su alrededor. Al final, dejé que mis palabras afloraran sin pedirle permiso a la razón:

—¿Hay algún motivo por el que siempre estés de mal humor, Debra?

No había maldad en mi pregunta, solo curiosidad. Pero ella volvió a tomárselo como un ataque y respondió con la única intención de hacerme daño.

—Nada que a ti te importe —me espetó—. ¿Hay alguna razón por la que solo tengas dos amigos, marginada?

Lo consiguió. El corazón se me encogió un instante y me mordí la lengua para no soltar lo que realmente pensaba.

—No tienes ni idea —murmuré entre dientes.

¿Qué iba a decirme ella, que había llegado aquí sola, y así se mantenía? ¿Qué sabría ella de amistad? ¿Qué derecho tenía para llamarme marginada, como si contar con dos únicos amigos fuera un insulto? Sabía que no era la más popular de la clase, mucho menos del instituto, pero quería pensar que eso no me hacía valer menos. Aunque tratara de esconderlo, palabras como las de Debra me hacían ponerlo en duda.

Por un momento pensé en dejarlo estar. Es lo que solía hacer: huía del conflicto en lugar de enfrentarme a él. Dejaba que me hirieran y luego me marchaba y buscaba una manera de curarme. Siempre en silencio, siempre sola. Me guardaba todo lo que pensaba, y terminaba explotando conmigo misma. El rencor que guardaba hacia los demás lo acababa pagando yo.

Me pregunté qué hubiera dicho David si hubiera estado en mi lugar. Sin duda, no habría dejado que Debra le manejara así, que le machacara y menospreciara sus gestos amables. No se habría dejado herir. O al menos no habría permitido que Debra se marchara sin sentir lo mismo que le había hecho sentir a él.

Nos quedamos solas guardando los esquís en las taquillas que habíamos alquilado. Miré a Debra con los ojos entrecerrados. Ella seguía ausente, trasteando entre sus cosas. Respiré hondo y olvidé el miedo y la inseguridad, como si me lanzara a bailar a la pista de la mano de David. Me volví valiente y, por una vez, fui yo la que ataqué:

—Oye, Debra, ¿tan baja tienes la autoestima para que lo único que te divierta sea meterte con los demás? Yo me lo haría mirar.

La sala estaba tan en silencio que me pareció oír la respiración acelerada de la chica. Apretó los puños y me dirigió una mirada cargada de odio.

—¿Baja autoestima? ¿Pero tú quién te has creído? —Alzó el tono de voz y se puso en pie—. Tengo más autoestima de la que tú tendrás jamás, anoréxica de mierda.

Sus palabras se me clavaron como puñales.

—Yo no soy… —empecé, pero ella me interrumpió.

—¿En serio piensas que no te he visto? —Soltó una carcajada horrible que dejó entrever sus desarreglados dientes—. Escondes la comida, pones excusas y crees que nadie te ve. Me das tanta pena. Solo quieres llamar la atención, porque como estás tan terriblemente sola te crees que haciéndote la enferma te harán un poco más de caso. Patético. —Pareció escupir la última palabra.

Notaba que mi odio crecía, aun sabiendo que no tenía razones para odiarla. Debra estaba mintiendo, en parte, pero también decía la verdad. Su comportamiento era molesto, su forma de ser y de mirar a los demás por encima del hombro me ponía de los nervios y, aunque intentaba calmarme pensando que no sabía nada de ella y, por tanto, no podía juzgarla, era inevitable que la Sara impulsiva que había tenido retenida tanto tiempo saliera a la luz.

—No sabes nada de mí, Debra. Deja de inventarte cuentos.

—¿Cuentos? ¿Como los de esa preciosísima libreta que tanto lees? —Su sonrisa se ensanchó con malicia—. ¿Qué? ¿Escribes ahí tus trucos para ser una princesa huesuda?

Ni siquiera me dio tiempo a pensar.

Fue como un acto reflejo. Debra pronunció la última palabra y mi mano se levantó automáticamente. Extendí los dedos, abrí la palma y le crucé la cara de una bofetada que hizo eco por toda la habitación.

Debra ahogó una exclamación y cogió aire. El silencio cayó sobre nosotras como una gran losa, envolviéndolo todo. La mejilla de la joven se tornó roja y oí cómo mi corazón se aceleraba. Quizás por miedo.

No era propio de mí. Yo no hacía daño —al menos no a propósito—, nunca me había metido en una sola pelea, ni siquiera había sido capaz de responder a los insultos, hasta hoy. Solía poner los ojos en blanco y quedarme al margen, no lo que acababa de suceder. Debra parecía tan sorprendida como yo.

Y furiosa, muy furiosa.

De pronto sentí que me faltaba el aire. Literalmente.

El fornido brazo de Debra me empujó contra la taquilla, hizo que mi cuerpo rebotara en ella y los candados se clavaran en mi espalda. Intenté chillar, pero no podía. Mi voz había sido sustituida por jadeos. Me quedaba sin aire.

Me ahogaba.

Debra me estaba rodeando el cuello con las manos, con rabia y fuerza. Sentía un picor horrible en la garganta. Me costaba respirar, y la desesperación de no encontrar aire que llevar a mis pulmones no hacía más que aumentar mi ansiedad. El miedo crecía con la misma velocidad con la que Debra había conseguido golpearme contra las taquillas, alzándome como si fuera una muñeca de trapo. Me miraba con odio, sonriendo, mientras yo no hacía más que abrir la boca en un desesperado intento de que el aire entrara, retorciéndome y pataleando para tratar de soltarme. Le cogí los brazos, hice fuerza sobre ellos y le clavé las uñas, pero no se apartaba.

—¿Te crees fuerte, niñata? —me gritó—. ¡Podría partirte todos tus malditos huesos si quisiera! Mírate, eres débil. Y además estúpida. Una bofetada como esa no me duele, pero sí que me cabrea. ¿Era eso lo que querías? ¿Enfadarme más? ¡Gilipollas!

Me dio otra sacudida, levantándome del suelo. Tuve que ponerme de puntillas para no quedarme colgada. Volví a chocar contra el metal de la taquilla y los candados volvieron a clavarse en mi espalda.

Sentía que iba a desplomarme.

Arañé sus manos con desesperación, pero Debra no se movió. Al contrario, apretó mi cuello con más fuerza a cada intento que yo hice de librarme de ella. Parecía que quisiera matarme.

Intenté subirle las mangas para clavarle las uñas de nuevo, como si ella fuera la pizarra y yo la tiza que chirría. Pero me soltó nada más pasar mis dedos por sus muñecas.

Noté el tacto de las cicatrices. Noté también una herida reabierta a causa de mi arañazo. Tenía una gota de su sangre en mis dedos.

Debra me soltó y se sujetó la muñeca izquierda mirándome con los ojos desorbitados.

Caí al suelo y me quedé de rodillas, con una mano en el pecho, tratando de recordar cómo era respirar. Sentía que sus dedos seguían ahí, en mi cuello. Como un fantasma.

Alcé la mirada a tiempo de ver cómo Debra empezaba a temblar. Una lágrima resbaló por su mejilla, me miró con rabia y miedo, y acto seguido echó a correr fuera de la habitación.

Yo me quedé tendida en el suelo, jadeando, con los ojos húmedos. Me dolía la cabeza y notaba aún la marca de sus uñas en mi cuello. El corazón me latía con fuerza contra el pecho y sentía que todo me daba vueltas.

Sin embargo, una imagen se me había quedado grabada en la mente: el destrozo en la muñeca de Debra, las líneas horizontales que la cruzaban, el color rojo de la sangre seca sobre antiguas cicatrices.

Debra no era la chica que fingía ser.

Porque, al fin y al cabo, todos tenemos secretos.

 

Pensé que el día no podía empeorar. ¡Pero lo hizo!

Llegué a la habitación más tarde de lo normal, después de la discusión con Debra. Durante el trayecto desde la sala de las taquillas hasta mi cuarto había tenido tiempo para pensar, para pensar en muchas cosas.

Yo misma me daba miedo. Ya no me reconocía. Había pegado una bofetada a la chica sin haberme podido contener. Le había arañado las manos, dejándole marca, y le había abierto una herida, haciéndola sangrar. Ella tampoco se había quedado corta, pero, aun así, jamás pensé que yo haría lo que había hecho: dañar a una persona de ese modo, con tanta rabia.

Luego estaban las cicatrices que Debra ocultaba bajo las mangas de su camisa. Ese pasado —o presente— que escondía tras la fachada de chica dura. Ese miedo que encubría insultando y menospreciando a los demás. Esa coraza que parecía envolverla.

¿Quién era Debra en realidad? ¿Quién había sido antes de llegar al instituto?

Intenté apartar esas dudas de mi cabeza, porque ya tenía bastante con haber descubierto el terrible pasado de Sofía. No quería meterme en más historias. Con la última ya había llegado demasiado lejos.

Abrí la puerta de la habitación con cuidado, con miedo de molestar a Clara, por si se había quedado dormida tras un agotador día en las pistas. Aunque no era propio de ella. Tantos años recorriéndose las montañas le habían dado mucha resistencia, toda la que no tenía a la hora de salir a correr.

Pero no estaba durmiendo, aunque sí sentada en la cama. En la mía. Con el pelo rubio cayéndole a ambos lados de la cara, ocultándola como si fuera un velo. Al ver lo que sostenía en sus manos noté que me volvía a faltar el aire.

En la izquierda sujetaba el trozo de bizcocho todavía envuelto que yo había escondido. En la derecha tenía el diario de Sofía abierto, como el cajón de mi mesilla.

Su mirada se alzó al oírme entrar y me fijé en sus preciosos ojos claros, ahora inundados de lágrimas. Tenía la boca abierta y la expresión de su rostro oscilaba entre la sorpresa y la decepción.

Me acerqué a ella cruzando la habitación a grandes pasos.

—Clara, eso no es… —empecé, pero ella se apartó con brusquedad. Dejó el bizcocho sobre la cama y apretó el diario contra su pecho. No se atrevía a mirarme a los ojos—. Clara —repetí—. Deja el cuaderno, por favor.

Notaba un sollozo contenido en mi interior, pidiéndome a gritos que lo dejara salir. Pero aun así lo reprimí.

—Me has mentido —dijo ella con la voz quebrada, mientras clavaba las uñas en la descuidada portada de la libreta—. No es tu diario, es el de Sofía. Pero como si fuera tuyo…

Di un paso más hacia ella, pero se levantó de la cama de un salto y se alejó de mí. Dejó que unas pocas lágrimas resbalaran por sus mejillas.

—¿Es que no te das cuenta? —sollozó—. ¡Sofía está muerta, Sara! ¡Muerta! ¡Y tú estás siguiendo sus malditos pasos! —Alzó la libreta, pero un llanto que no pudo contener le obligó a bajarla de nuevo—. ¿Cómo no lo he visto antes? —murmuró, casi para sí.

Aquello estaba siendo demasiado. Ver el diario en manos ajenas me producía miedo, inseguridad, temor. Sentía que ahora me pertenecía, que era ya una parte de mí. Una parte de mí que Clara no debía conocer nunca.

—Clara, no, no es así.

—¿Crees que soy idiota? —me espetó comenzando a llorar—. ¡Sara, he visto cómo adelgazabas! ¡Te he visto salir a correr, apuntar lo que comes entre clase y clase, dejar de almorzar! Dios, Sara, si me hubiera dado cuenta antes, yo…

—No exageres, por favor —dije intentando tranquilizarla—. Y no confundas cuidarse y tratar de adelgazar un poco con estar enferma. Estoy bien, Clara, no como Sofía. Me dio el diario poco antes de morir, pero no había comenzado a leerlo todavía —mentí.

—¿Y pretendes que me lo crea? —Soltó una carcajada que con el rostro enmarcado de lágrimas y legañas secas resultó dolorosa—. No puedo confiar en ti, Sara. Lo siento. Ya no sé qué ha sido de ti.

—No es verdad, ¿no me ves? —Quería creérmelo yo también—. Estoy bien. Sonrío. Como. No estoy en los huesos. No me pasa nada, Clara.

Ella suspiró, cansada.

—No puedes tener este diario —sentenció—. Por mucho que digas, estoy segura de que te está haciendo más daño del que crees.

Empezó a caminar hacia la puerta, con decisión, evitando mirarme. La cogí del brazo antes de que se marchara, pero ella seguía sin soltar la libreta.

—¿Adónde vas?

—A apartar esto de ti —dijo refiriéndose al cuaderno—. A evitar que te haga más daño. No me esperes despierta; esta noche dormiré con Silvia.

Y acto seguido se soltó de una sacudida y cerró la puerta tras de sí con un portazo. Antes de chillar su nombre oí un sollozo, pero, cuando conseguí que mis resbaladizas manos abrieran la puerta de nuevo, Clara ya se había desvanecido.

Pegué un puñetazo a la pared de pura impotencia.

No podía quitarme lo único que me comprendía. Clara no me podía entender, por eso actuaba así, sin darse cuenta que el daño me lo estaba provocando ella al alejar el diario, a Sofía, de mí.

La rabia que llevaba dentro pareció extenderse por todo mi cuerpo. Al rato me encontré llorando y descargando mi furia contra la madera de la pared, destrozándome los nudillos. Pasé así toda la noche, hasta que el sueño pudo conmigo y me deslicé de nuevo a la cama, sin ser capaz de dejar de llorar.

Nunca antes me había sentido tan sola.