Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 28 de 30

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Seré frágil

Capítulo ventiseis

Sara calló.

El silencio envolvió la consulta, solamente interrumpido por el suave sonido del lápiz contra el papel.

Marisa Torres dejó de escribir y alzó la vista para contemplarla; la joven tenía el rostro contraído de tanto llorar y un pañuelo todavía en sus manos. Parecía consumida por el miedo.

Los padres de la chica habían abandonado la sala en el momento en que ella había empezado a contar su historia. Seguían aguardándola fuera, con los dedos cruzados y el ceño fruncido, esperando lo peor.

Cuando el peso del silencio se hizo demasiado grande, la doctora tomó la palabra:

—Bueno, Sara. Al principio me has dicho que toda la culpa la tenía Sofía, ¿no es así? —Ella asintió—. Pero luego parece que has rectificado. ¿Por qué?

Sara bajó la mirada de nuevo a sus manos. Respiró profundamente.

—Yo… Tenía miedo. —«Todavía lo tengo», calló—. No quería estar aquí. Y, de una forma u otra, todo empezó con Sofía. Me han arrastrado aquí por ella. —Sacudió la cabeza, consciente de sus palabras—. Hay veces en las que siento como si yo no fuera la que hablara, ¿entiende? Es cuando me doy cuenta de cómo estoy realmente. Mi mente me convence de que, si nunca hubiese conocido a Sofía, no habría pasado nada de esto. Y entonces la odio. —Apretó los puños—. Pero luego, cuando pienso con cabeza, veo que realmente ella no hizo nada. Al menos no a propósito. Nadie me apuntó con una pistola para que hiciera lo que hice. Sofía solo me dio algunas ideas, pero supongo que con el tiempo las habría acabado encontrando yo por mi cuenta. Ella nunca quiso hacer daño a nadie…

La mujer no hizo ningún comentario. Solo asintió con la cabeza y apuntó un par de cosas más en el folio que tenía sobre la mesa. Sara la vio redondear un número: su peso al llegar aquella mañana, poco después de que entrara en la consulta, cuando sus padres ya se habían marchado.

La calma que se creaba en la habitación cuando ambas enmudecían molestaba a Sara. Notaba la tensión en el ambiente, veía cómo los pensamientos de la doctora se hilaban, intentando sacar conclusiones y decidiendo su futuro. La espera se le hacía eterna y los segundos pasaban demasiado lentos. Quería acabar con todo ya, marcharse a casa. Deseaba no haber estado enferma nunca, pero ya no había vuelta atrás.

No esperaba oír las palabras que salieron de la boca de la psiquiatra.

—Sara, eres consciente de que no puedes continuar en un peso así, ¿verdad? No puedes esperar «arreglar» tu mente si no sanas tu cuerpo primero. Entiendo que ahora no lo entiendas, pero dentro de un tiempo verás que tengo razón. Hoy has tenido suerte. —Hizo una pausa, mostrándole una sonrisa ladeada que solo consiguió inquietarla más—. Hay una plaza libre en el hospital de día.

—¿Hospital de día? —repitió Sara. Había visto el letrero al entrar en la consulta, pero no sabía cuál era la finalidad de aquel sitio.

—Vendrás tres días a la semana, desde las nueve hasta las cinco. Desayunarás, comerás, merendarás y te irás. Los lunes tendrás sesiones con la psicóloga y terapia de grupo; los miércoles, meditación. ¿Qué te parece? — Sara se quedó muda—. ¿O prefieres que te ingresemos?

Ella negó con la cabeza, presa del miedo. Seguía sin creer que tuviera que quedarse en el hospital. Pensaba que estaba lo suficientemente bien, que la pesarían y la dejarían marcharse, pero estaba equivocada.

—Pero no estoy tan grave como para ingresar. —Se atrevió a decir, desesperada por que la psiquiatra cambiara de opinión—. Puedo recuperarme en casa, por mi cuenta.

—¿Estás segura? ¿Si ahora te dejara sola delante de un gofre, serías capaz de comértelo?

El silencio de Sara y la expresión de sus ojos fueron suficiente respuesta.

—He visto a demasiada gente pasar por aquí como para no reconocer cuando alguien se resiste a estar bien. Y estar bien incluye estarlo físicamente. —Suspiró un segundo, dejando sus papeles sobre la mesa—. Vamos a imaginar que un 90 por ciento de ti no quiere ponerse bien, ¿de acuerdo? Que prefiere quedarse en la comodidad de su enfermedad, sin nadie que le diga lo que ha de comer o el peso que debería recuperar. —La mirada de Sara se iluminó, a lo que la doctora respondió con una mueca—. Bueno, un 95 por ciento. Aún sigue habiendo un 5 por ciento de ti que está intentando protegerte. Ambas partes son reales. Ambas existen por una razón. Deja que las dos hablen, pero escucha más atentamente a ese 5 por ciento.

Sara se quedó de nuevo en silencio, mientras ambas partes hacían acto de presencia. La que la doctora decía que la salvaría era muy débil y también tenía miedo. Pero estaba ahí, en alguna parte de ella.

La doctora Torres levantó aún más las comisuras y echó una ojeada al reloj de su muñeca.

—Creo que llegas justo a tiempo para el desayuno. ¡Vicen!

La susodicha asomó por la puerta pocos segundos después de que la doctora la llamara. Era otra enfermera, distinta a la que había acompañado a Sara a la consulta. Tenía una expresión más amable, arrugas alrededor de los ojos de tanto reír, y su pelo, cobrizo y rizado, le llegaba hasta los hombros. Sara aún no lo sabía, pero Vicen era una segunda madre para quienes iban regularmente al hospital de día.

—¿Sí?

—Esta es Sara —dijo Marisa señalándola con una mano—, y hoy empieza en el hospital de día. ¿Te importaría llevarla a desayunar? Da igual que las demás ya hayan empezado. Yo me encargaré de abrirle una ficha.

Vicen asintió y abrió más la puerta, animando a la joven a acercarse. Le dedicó la primera sonrisa amable que había visto en todo el hospital.

Sara notó cómo las manos le temblaban y apretó más los puños. Se acercó a la enfermera casi sin creerse lo que estaba pasando. Caminaba despacio, como una sonámbula.

Siguió a Vicen fuera de la consulta sintiéndose igual que un preso en el corredor de la muerte.

Todos sus miedos parecían estar agazapados tras la puerta al final de aquel pasillo. La mujer que la acompañaba la abrió y Sara pudo ver el interior del hospital de día. Un gran ventanal en la pared de enfrente daba luz a la estancia; a la izquierda había doce sillones y, a la derecha, una estantería pegada contra la pared llena de cajas y papeles, libros, lápices, mandalas, dibujos a medio terminar y trozos de cartulina. Más al fondo, un escritorio de madera con un ordenador sobre él. En el centro había unas cuantas mesas colocadas en forma de media luna. Ahí esperaban siete jóvenes sentados con sendos desayunos, su enemigo, delante.

—Era Sara, ¿verdad? Siéntate aquí —le indicó Vicen, señalando la silla que se encontraba más cerca de la puerta. La joven se vio tentada de escapar, correr tan rápido como sus piernas se lo permitieran y huir de allí. Pero sabía que sería una imprudencia y que solo acabaría acortando su vida un poco más.

Obedeció a la enfermera y se detuvo a observar las caras de los demás pacientes —tan corrientes y cercanos que la palabra «paciente» le resultó demasiado fría— mientras esperaba su infierno particular.

El dolor se manifestaba en sus rostros. Había una chica que daba la sensación de ser mucho más pequeña que las demás; tendría doce o trece años. También había una joven algo mayor que parecía rozar ya la treintena. Los demás eran adolescentes, igual que Sara, que como ella habían perdido mucho tiempo desgastándose por culpa de esa enfermedad.

Sara se fijó en sus caras, sintiendo que estaba observando su futuro. Primero miró a una chica que removía la leche, indecisa, sin atreverse a dar el primer sorbo y con la mirada perdida. Después, a otra que estaba masticando con los ojos cerrados, intentando no pensar y aguantándose las lágrimas. Por último —la más inspiradora de todas y probablemente la que llevaba más tiempo en aquel lugar—, una joven que comía despreocupada, acostumbrada a aquellos desayunos, mientras mantenía una jovial conversación con Vicen.

Sara soñaba con ser ella algún día. O mejor aún: soñaba con ser una más, alguien normal, fuera de aquellas paredes, fuera del hospital, lejos de sus demonios.

La enfermera dejó una bandeja frente a Sara con su desayuno. Ella tragó saliva.

—Tienes veinte minutos —le dijo. Después se apartó de ella y se sentó de cara a la mesa, observando a todos los jóvenes luchar.

Sara sintió un nudo en la garganta. Era una simple taza de leche, con cacao en polvo o café, a elección. Y, a su lado, un par de tostadas con mermelada de melocotón.

Le vino a la cabeza el recuerdo de aquella mañana, mucho tiempo atrás, antes de que su mente se contaminara. Su madre le había preparado unas tostadas y ella se las había tomado con mucho gusto, sin preocuparse, sin ni siquiera pararse a pensarlo. Incluso las había esperado con ilusión. Las cosas habían cambiado demasiado.

Ahora, lo que entonces había sido un regalo se había transformado en un castigo. Su cura era su mayor miedo.

Se sintió un soldado en primera línea de fuego. Notaba el apoyo de sus compañeras, luchando a su lado. Y, a pesar de eso, estaba sola.

Nadie podía ponerse en su lugar, nadie podía hacer aquello por ella. Tenía que recordar que aquella lucha era entre ella y la muerte, entre ella y la anorexia. Por mucho que le diera la sensación de estar haciéndose daño a sí misma, la que acabaría sufriendo sería la enfermedad.

Lloraba por su pasado, se enfrentaba al presente y ponía esperanzas en el futuro.

Cogió la primera tostada con las manos temblorosas.

Quería volver a ser Sara. Volver a ser la chica que reía de verdad, que sabía disfrutar de las pequeñas cosas y no tenía miedo de sí misma.

Quería hacer que se sintieran orgullosos de ella. Demostrarles a todos que, aunque hubiera caído en un pozo, podía volver a salir de él.

Quería quererse, y se había dado cuenta de que el camino que había estado siguiendo no era el correcto.

Quería luchar como Sofía no lo hizo y vivir todo lo que ella no pudo.

Quería ser libre.

Solo había una manera.

Le dio un fuerte mordisco a la tostada, ignorando el dulce sabor de la mermelada y conteniéndose para que las lágrimas no cayeran. Ella era mucho más fuerte que aquella voz que la atormentaba. Pero todavía tenía que darse cuenta.

«Esta es ahora mi guerra —se dijo—, y pienso ganarla».