Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 6 de 30

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Seré frágil

Capítulo cuatro

Me despertó la voz de mi madre desde detrás de la puerta, como cada mañana. Y, como todos los días, me hundí aún más en la almohada, con la esperanza de que ignorar su llamada me librara de otro día de clases. Pero, obviamente, no fue así.

Algunos mechones rebeldes cayeron sobre mis ojos al incorporarme en la cama. Un bostezo se escapó de mis labios y me froté los ojos mientras me destapaba con pesadez y ponía los pies descalzos sobre el suelo. La madera estaba fría.

Fría, como Sofía. Los recuerdos de lo que había leído la noche anterior en su diario, que ahora descansaba inocente sobre mi mesita de noche, sacudieron mi mente con la fuerza de un tornado. Cansancio, mentiras, odio, números.

Una parte de mí se alegraba de que ella ya no tuviera que vivir ese infierno. Agité la cabeza y me incorporé. Me recogí el pelo mientras bajaba los escalones trotando, camino de la cocina. Mi padre ya se había ido a trabajar, como de costumbre, y mi madre estaba preparándome el desayuno.

—Buenos días, Sara. —Estaba de espaldas, pero me había oído llegar. Miraba el telediario mañanero con una taza de café entre las manos.

Me dirigí hacia ella y le di un beso en la mejilla.

—Buenos días, mamá. —Me erguí echando un vistazo a la cocina. La luz de la mañana entraba por las ventanas bañándolo todo de color dorado. Era uno de mis momentos favoritos del día; cuando todo parecía estar en calma, tranquilo, antes de que el ajetreo del instituto lo rompiera—. ¿Has hecho tostadas?

Ella asintió, alzándose para tenderme el plato que descansaba sobre la encimera.

—Llevan la mermelada de melocotón de la abuela. Ayer me trajo unos botes.

—¿Vino la abuela? —dije arqueando una ceja, mientras le daba un sorbo a la leche. El cacao en polvo me dejó un gracioso bigote con sabor a chocolate sobre el labio.

—Fue por la tarde, estabas en la iglesia y…

—Ah —la corté apretando con más fuerza el asa de la taza—. Ya. La próxima vez que venga, si no estoy, le das un beso enorme de mi parte.

Se hizo un silencio incómodo, solo interrumpido por el murmullo de la televisión. Mi madre removió su café deshaciendo la espuma y alzó la vista para acabar con aquel silencio. Tenía mis ojos. Bueno, en realidad, yo tengo los suyos.

—Ayer, cuando no estabas, también llamó David. Dijo que pasaría esta mañana a recogerte.

Apreté los labios y puse los ojos en blanco. Conociéndolo, llamaría a la puerta en menos de diez minutos y me encontraría todavía en pijama.

—¿Por qué no me avisó a mí?

—¿Cuánto hace que no miras el móvil? —preguntó mi madre poniendo los ojos en blanco.

—Ya, vale. —Suspiré. Había acabado harta de los mensajes preguntándome si estaba bien, como si fuera yo la chica que se habían llevado en la ambulancia. No quería que supieran lo mucho que me había afectado. A veces el silencio es la mejor respuesta.

Pegué un último mordisco a la tostada, masticando con prisa.

—Bueno, sabiendo lo puntual que es David, creo que debería subir ya a cambiarme.

—Ponte guapa.

Esta vez fui yo quien puso los ojos en blanco. Agarré lo que quedaba de tostada y me la terminé por el camino.

«Si supiera cómo…», murmuré para mí, intentando no mirar mi reflejo en el espejo. Me desvestí evitando también mirar mis muslos, mi estómago, mis pechos, mi cabello, las pecas que decoraban mis brazos, el lunar que tenía sobre la ceja. Prefería ignorar cómo era mi cuerpo y quedarme con la imagen que guardaba de él en mi cabeza que, aunque algo distorsionada, siempre era un poco mejor que la realidad.

Acabé vistiéndome con unos vaqueros y una camisa de años atrás, cerré el armario con la misma fiereza con la que lo había abierto y fui al baño para peinarme. Soplé para apartarme el pelo de la cara y me enfrenté por primera vez aquella mañana a la chica que me observaba desde el otro lado. Ensayé mi sonrisa, pero ni siquiera así logré ocultar la fatiga que arrastraba desde la fiesta de Clara.

Oí el timbre al poco de salir del baño. Mi madre abrió la puerta mientras yo bajaba por las escaleras, y David se quedó en el umbral de la entrada, saludándola. Les sonreí y agarré mi mochila, que estaba tirada en el vestíbulo. Le di un beso en la mejilla a mi madre y me acerqué a mi amigo.

—Bueno, ¿nos vamos?

Una vez fuera, el otoño nos saludó con una fría ráfaga de aire que hizo que me abrazara entrelazando los codos. Mientras caminábamos, fijé mi mirada en el suelo, buscando una manera de que el silencio que nos envolvía no fuera tan pesado.

No recordaba la última vez que estar con David me había causado un nudo en la garganta. No recordaba que hubiera habido una primera vez.

—Te noto callada, ¿estás bien? —preguntó entonces.

—Creía que si no contestaba a tus mensajes lo deducirías.

No me atreví a apartar la mirada del suelo, pero le imaginé resoplando y entornando los ojos. Guardó las manos en los bolsillos.

—¿Sigues dándole vueltas a lo de Sofía?

No contesté.

—La verdad es que es un palo, pero… ¿Qué se le va a hacer? No sirve de nada lamentarse ahora.

Seguí sin contestarle.

David se detuvo en medio de la acera.

Volví la vista hacia él; se había quedado plantado con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Ahora no es tan fácil ignorarme, Sara. ¿Por qué no me cuentas qué te pasa?

—Pero ¿qué demonios crees que me pasa? —respondí dejando caer los brazos—. Fui yo quien invitó a Sofía a la fiesta en la que murió. ¡Vi cómo se desplomaba, David! Nadie la conocía y ahora, de pronto, ya no está. Nadie podrá conocerla nunca más. —Se me hizo un nudo en la garganta—. Solo tenía diecisiete años. Podría haber vivido tanto, haber viajado, haber envejecido, haber tenido hijos, haberse convertido en la mujer de alguien, la madre de alguien, la… amiga de alguien. —Tragué saliva—. Y ahora está muerta.

Solo le estaba contando la mitad.

No le hablé de las pesadillas, ni de sus últimas palabras, ni de sus padres, ni del diario. Por primera vez, le escondí un secreto a David.

Él se limitó a buscar mis ojos con los suyos.

—Es solo que me parece… —continué bajando el tono de voz—, me parece todo muy irreal. Aún me cuesta creerlo. Me ha tocado muy de cerca y…

—¿Y qué? —David alzó los ojos al cielo y abrió los brazos, exasperado —. ¿Y qué, Sara? Sofía está muerta, punto. Cada día mueren millones de personas y nacen millones más. Y tú no pintas nada en ello. No hagas un drama de todo esto.

Apreté los labios dolida. Me contuve para no llorar de pura impotencia. Él no entendía nada. La única persona que durante años me había apoyado iba a reírse de mí si me veía llorar.

David dejó salir el aire que contenía y trató de relajar la expresión de su rostro.

—Escucha, Sara, lo que quiero decir es que… —Aparté la mirada y seguí caminando en dirección al instituto. David no tardó en alcanzarme—. Solo quiero recordarte que no puedes dejar que esto te paralice, ¿vale? No puedes vivir con miedo a la muerte.

Alargó la mano para acariciar mi hombro, pero le aparté con un movimiento brusco. Seguí caminando sin mirarle, sin pensar, tratando de contener las lágrimas. Quería dejar marchar de una vez el recuerdo de Sofía. Y, a la vez, quería dar respuesta a todas las preguntas que la chica había dejado tras su muerte.

David guardó silencio todo el camino, cabizbajo. Noté una punzada en el corazón al mirarle.

Solía hacerme sentir a salvo. Ahora solo sentía frío.

 

Llegamos al instituto envueltos en el mismo silencio que nos había perseguido toda la mañana. Ni siquiera me despedí de él. Se fue directo a su clase y yo a la mía, sabiendo que nos veríamos en el descanso. Él haría como si nada hubiera pasado, me sonreiría, y yo acabaría devolviéndole la sonrisa, aunque ahora mismo trazar una me costara horrores. Solo necesitaba tiempo. Siempre ocurría igual.

 

Las cosas no mejoraron una vez en clase. La incomodidad y el miedo parecían cernirse sobre el aula; estaban todos cabizbajos, algunos hablaban en susurros y unos pocos valientes se atrevían a mirar al pupitre vacío de la última fila.

Me deslicé entre mis compañeros hasta ocupar mi sitio. Clara ya estaba sentada a mi lado, jugando con un lápiz entre los dedos y con la mirada perdida. Tenía el pelo más desarreglado de lo normal. Sus ojos se veían cansados, sus labios agrietados, sus brazos sin fuerza. Un día cualquiera, Clara hubiera venido a darme los buenos días al verme entrar, me hubiese dado un abrazo lleno de energía y se habría quejado de que llevara el mismo vaquero que el día anterior. Pero, aquella mañana, Clara no parecía Clara. Mi clase no parecía mi clase. Y todo era por Sofía.

David era el único incapaz de verlo. Y para él yo era la única estúpida que no pasaba página.

—Hola, Clara —susurré para hacerle notar que estaba ahí. Ella levantó un poco la cabeza, haciendo un esfuerzo para no cerrar los ojos—. ¿Has dormido bien?

—La verdad es que no mucho. —Tosió y su voz sonó aún más ronca y apagada—. He pasado toda la noche pensando… Pensando en ella.

Supe enseguida a quién se refería. Solo había pasado un día desde que lo habían anunciado y la noticia seguía impactando a la gente.

Supe también que David jamás se atrevería a decirle a Clara lo que me había dicho a mí, pese a que las dos nos sentíamos igual. Porque tendría miedo de hacer daño al que fue «el amor de su vida». Para ella solo tendría palabras de consuelo, palmaditas en la espalda y promesas de que todo iría bien.

—Sara, ni siquiera la conocía —murmuró Clara mirándome a los ojos—. Pero era mi fiesta. Mi cumpleaños. Llegué con toda la ilusión del mundo, y cuando entré en la casa ya no había nadie. Todos rodeaban a una chica tirada en el suelo a la que me costó reconocer. Y esa chica ya no está, ya no volverá a estar. —Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda; sus palabras me recordaban demasiado a las mías—. ¿Te das cuenta de lo que es eso, Sara?

«¿Te das cuenta tú?», quise decirle, pero en su lugar me mordí el labio. Era incapaz de aguantarle la mirada. Si ella supiera…

Al menos Clara no tenía el cargo de conciencia de haber escuchado sus últimas palabras. De haber recibido su diario y haber descubierto sus secretos. Veía en su forma de jugar con los dedos, en la tristeza de su mirada, a la chica que llevaba dos días saludándome desde el espejo. Supongo que, igual que yo, Clara se acababa de dar cuenta de lo frágiles que somos, de lo rápido que puede terminar una vida.

—Podría haber pasado en cualquier otro sitio, Clara —contesté al final—. Ha sido mala suerte. Pero ya no podemos hacer nada. —Si David había acertado en algo, era en eso.

Ella pegó un bufido y ocultó el rostro entre las manos.

—Mala suerte… —repitió aguantándose las lágrimas.

La rodeé con un brazo, intentando estar ahí para ella. Intentando hacerle ver que al menos no iba a tener la mala fortuna de perderme.

No todavía.

 

David era de los pocos que parecían haber sido capaces de evadirse y dejar de pensar en el tema. Pero, a pesar de lo que él dijera, yo no estaba segura de que lo hubiera conseguido del todo.

Cuando alguien muere todo el mundo se culpa, en mayor o menor medida. David por no sentir pena, por no haber evitado que yo la invitara a la fiesta; yo por haberlo hecho y por haberme quedado paralizada al verla caer; Clara por haber celebrado su cumpleaños; los padres de Sofía por no haber estado ahí; el médico por no haber llegado antes. Sin embargo, ninguno era culpable. El corazón de Sofía había fallado, sin avisar, sin que nosotros pudiéramos hacer nada.

Aún me preguntaba por qué me había dejado su diario. Por qué a mí, si solo me conocía de un par de meses y apenas habíamos hablado. Estuve tentada de empezar a leer las últimas páginas para comprobar si hablaba de mí, pero me detuve a medio camino. Un folio resbaló y cayó al suelo mientras pasaba las hojas, tan ligero como una pluma.

 

Manzana 75

½ plato macarrones ¿324?

Yogur 105

Sopa 96 120

 

Miré su caligrafía trémula, los tachones y los números. ¿Era eso lo que había comido en un día? ¿Por qué había cosas tachadas?

No entendía nada.

Solo sabía que si yo tuviera que hacer aquello ni siquiera sería capaz de recordar el almuerzo de hoy. Cuando lo metí de nuevo entre las hojas descubrí un número, en la esquina, que antes me había pasado desapercibido: 48,200.

Me pareció notar la rabia de Sofía al escribirlo.

No sé qué fue lo que me empujó a dejar el diario de nuevo en la estantería, descalzarme y encaminarme al baño de mis padres. Supongo que la curiosidad. Una curiosidad que acabaría destruyéndome, igual que la destruyó a ella.

Ni siquiera me miré al espejo al entrar; no era algo a lo que estuviera acostumbrada. Busqué con la mirada la báscula que mi madre tenía guardada bajo el armario del baño. La saqué y la puse delante de mí, sin ser demasiado consciente de mis actos. Me quedé mirándola unos segundos, mordiéndome el labio, como si esperara que me dijera algo.

Me puse sobre ella.

El número me provocó un nudo en la garganta. No me lo esperaba, simplemente, porque no me pesaba desde hacía muchísimo tiempo. No sabía qué cifra debía aparecer, pero intuía que para Sofía hubiera sido demasiado.

Me pareció oír su voz otra vez: «Cincuenta y tres malditos kilos».