Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 7 de 30

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Seré frágil

Capítulo cinco

Al día siguiente, la clase seguía cargada del recuerdo de Sofía. Al parecer, sus padres habían dado permiso al instituto para que se hablara de la enfermedad que sufría su hija —y que los médicos le habían diagnosticado por primera vez la noche que murió—, para concienciar a los alumnos. Así que a primera hora vino nuestro tutor a prevenirnos. O a intentarlo.

Parecía nervioso; le sudaban las manos. Tuvo que carraspear un par de veces hasta que el ajetreo disminuyó y su voz consiguió alzarse por encima del murmullo.

—Bueno, chicos —dijo entrelazando las manos sobre el estómago—, como ya sabéis, vuestra compañera Sofía falleció el sábado pasado. Los médicos declararon una insuficiencia cardiaca como causa de la muerte. Sin embargo, esa etiqueta esconde una enfermedad que Sofía padecía desde hacía mucho tiempo… —Inspiró hondo buscando las palabras con las que dirigirse a sus alumnos—: La verdadera causa de su fallecimiento fue anorexia nerviosa.

Como predecía, en el aula se desató un intenso murmullo. La gente empezó a susurrar cosas, se oyó alguna exclamación contenida y un par de personas se limitaron a poner los ojos en blanco. Yo me encogí un poco más en la silla, y vi de reojo cómo Clara se llevaba las manos a la boca. El profesor siseó en un intento de hacernos callar, pero solo lo consiguió al cabo de unos cuantos segundos.

—Como sabéis y habéis podido comprobar, los trastornos de la conducta alimentaria conllevan un alto riesgo de muerte. —Apretó la mandíbula para reforzar la seriedad de sus palabras.

Pero, a pesar de su afirmación, nunca nos habían dado una charla como aquella en el instituto. Nunca habían considerado esa clase de trastornos algo importante hasta que habían visto sus devastadores efectos. Y, a pesar de todo, seguramente en un mes todo el asunto de la muerte de Sofía estaría olvidado. En aquel momento el profesor se disfrazaba de adulto preocupado, pero luego seguiría fingiendo no oír a las chicas vomitar en el baño después del descanso, o ignoraría a ese alumno, cuyas notas habían bajado «sin causa aparente», que venía de casa con moratones. Porque, claro, para él son solo cosas de la edad. Solo cuando van acompañadas de un final trágico merece la pena advertir sobre ellas.

—Esta enfermedad no es ningún juego, es algo muy grave, así que, chicas —primer error: creer que solo las mujeres pueden padecer un trastorno alimentario—, no hagáis tonterías y comed. —Segundo error: pensar que tener un trastorno alimentario es solo cuestión de comer o no comer—. Espero que todas os hayáis traído almuerzo hoy. Sé que la sociedad os exige mucho, pero no tenéis que poner en peligro vuestra salud solo por gustar a un chico o pareceros a las modelos de las revistas. —Tercer error: suponer que todo ese sufrimiento es solo por el deseo de que los demás te aprecien—. Ya sabéis lo que se dice, ¡las mujeres de verdad tienen curvas! —Si las miradas mataran, mi profesor hubiera quedado aniquilado tras ese comentario. Suspiré y dejé caer mi mano sobre los ojos.

Gracias a Dios la gente volvió a revolverse y a murmurar, y el profesor acabó por bajar los brazos con un suspiro y dar por finalizada su «charla de concienciación». Menos mal que Sofía ya no podía escucharle, porque sin duda habría saltado de la última fila para dejarle las cosas claras al tutor.

—Qué fuerte, tía… —murmuró Clara a mi lado, todavía incapaz de atender a los números que adornaban la pizarra—. Aunque debería haberlo imaginado, ¿no? La verdad es que estaba muy delgada…

—No tendrías que haberlo sabido por lo delgada que estaba, sino por lo demacrada que se la veía —le contesté tajante. Ni siquiera pensé las palabras antes de decirlas; parecía que Sofía hubiera hablado por mí.

Solo después me di cuenta de que la chica no murió de camino al hospital, sino mucho antes. Una parte de ella ya debía de estar muerta cuando empezó a registrar su vida el 23 de octubre, como si supiera que la iba a perder.

Aquella noche, tumbada en la cama, sentí la tentación de volver a coger el diario. De todas formas, si Sofía había querido dármelo era precisamente para que lo leyera. Solo era papel, no podía hacerme daño.

Acaricié la solapa del cuaderno y deslicé mis dedos con cuidado hasta la tercera página, donde empezaba la segunda entrada. Habían pasado dos días: 25 de octubre.

Empezar a leer me provocó un nudo en la garganta.

 

Odiado diario:

Vengo con más quejas y ganas de abandonar este mundo. Esta vez no es

solo la báscula, que sigue con sus malditos cuarenta y ocho. En dos días apenas he perdido trescientos gramos. ¿Dónde queda todo mi esfuerzo?

Sin embargo, eso no es lo que me tiene enfadada ahora. Laura ha expuesto

hoy en clase. Hablaba sobre las enfermedades mentales y, cómo no, ha tratado de refilón a mi amiga («amiga») la anorexia.

Y así es como la gente de mi clase aprende acerca de personas como yo. Aunque supongo que eso es lo gracioso, que yo misma aprendí años atrás

acerca de personas como yo pensando que nunca sería una de ellas.

Lo que no aprendes en clase es el dolor mental. Quiero decir, claro, te

cuentan cómo consiguen estar delgadas (y delgados, aunque de ellos no te dicen nada). Te hablan de los huesos débiles. Del lanugo. De los montones de moratones. De la pérdida de cabello. Bla, bla, bla.

Pero no te dicen que pierdes todas tus amistades. No te cuentan que

acabas con toda la autoestima que podía quedarte. No te explican que te conviertes en la persona más mentirosa de este mundo. No te hablan de los dolores de cabeza. No mencionan lo duro que es recuperarse y lo difícil que es creer que tienes razones para luchar. No te hablan de la ansiedad, de cómo sientes que has dejado de ser la dueña de tu cuerpo, de las pastillas que te obligan a tragar cada mañana. No te hablan de los temblores, ni de esos flashbacks que llegan sin avisar y te paralizan. Te dejan mirando el mismo plato durante horas, rezando a un Dios en el que no crees para que te aleje de ese infierno. No te cuentan que tendrás una batalla en tu mente las veinticuatro horas del día. No te dicen nada de la adicción que le coges a los huesos. Tampoco de las obsesiones. Ni del miedo. No te hablan de cómo mentirás a la gente que más quieres, ni te dicen que llorarás y esconderás el pan en los bolsillos de los pantalones, tirándolo luego al váter para que todo el mundo piense que estás mejor.

Realmente no te cuentan nada.

 

Ni siquiera me extrañó que el tema de clase fuera el mismo que el del diario. Quería creer que todo era pura coincidencia; después de todo, Sofía ya no estaba aquí. No podía verme.

Una vez leí que la Tierra es el lugar más cercano al infierno que llegaremos a conocer. Leyendo a Sofía, no me costaba creerlo.

Las cosas empezaron a cambiar aquella misma semana, durante una comida cualquiera, pocos días después de haber leído las palabras de Sofía. Ni siquiera recuerdo qué comí, porque no me importaba lo más mínimo. Solo sé que, al acabar, me levanté como de costumbre a por el postre y me quedé parada nada más abrir la nevera. De eso sí que me acuerdo. No quedaban más que yogures y un bol con fruta: un plátano, dos peras y una manzana. Instintivamente, levanté la mano y cogí el yogur, pero algo me detuvo. El recuerdo del lápiz de Sofía me vino a la mente y entonces ya no vi una manzana, vi un 75. Vi un 105 entre mis manos.

No sé qué fue lo que me llevó a pensar que no me hacía falta ni una cosa ni la otra, que ya era suficiente.

Y aquello no fue más que el principio.

 

—¿Estás mejor?

Había perdido la cuenta de los días desde la muerte de Sofía.

Bueno, en realidad no.

No me costaba recordarlo. Habían pasado algo menos de dos semanas. El revuelo de los primeros días había desaparecido y la gente ya empezaba a obviar la mesa vacía de la última fila. No hubo más minutos de silencio. Nadie se atrevía a pronunciar el nombre de Sofía, que, en cambio, resonaba en mi cabeza más de lo que yo habría querido.

De hecho, era la primera vez que David sacaba el tema desde aquel «no hagas un drama de todo esto» que tanto me había dolido. Los amigos están ahí para apoyarte, no para mandarte callar cuando más los necesitas. Pero mi silencio aquel día ya había sido suficiente castigo. David se había mantenido cauto y había dejado que el tiempo borrara sus palabras, y yo acabé siendo otra vez «demasiado buena». Como él siempre decía. Nuestra relación volvió a su cauce sin apenas darme cuenta. Quizás porque, aunque odiara admitirlo, le necesitaba para sobrevivir a los días difíciles. Necesitaba su despreocupación, su optimismo. Necesitaba todo aquello que no encontraba en mí. Necesitaba a esa persona que me empujara a hacer lo que me daba miedo —ya fuera bailar cuando sentía que todos me miraban, o dejar el pasado atrás—, que me recordara que no podía quedarme paralizada. Y él lo conseguía sin ni siquiera proponérselo.

—¿Te refieres a Sofía? —pregunté aun sabiendo la respuesta.

David asintió acomodándose a mi lado. Habíamos ocupado uno de los pocos bancos que quedaban a la sombra. El resto de los estudiantes empezaban a agruparse alrededor del patio. Iban donde el sol les permitiera entrar en calor, ahora que llegaban los primeros días de frío.

—Supongo que sí —murmuré.

Mentí.

—Te dije que pasaría. —Me mordí la lengua para contener un suspiro. Las cosas empezaban a pasar ahora—. Eh, ¿no has traído el almuerzo hoy?

Él se volvió hacia su mochila y sacó su ya tradicional bocadillo de jamón y queso. Cuando éramos más pequeños su madre siempre nos hacía un par para merendar (y un par más, por si nos apetecía repetir). Y cuando no, nos traía rollitos de canela de la panadería. Ver el almuerzo de David me traía recuerdos de tiempos mejores en los que mi mayor preocupación era no mancharme la camisa.

—Me he levantado tarde; apenas me ha dado tiempo de desayunar — suspiré—. Y se me ha olvidado coger algo.

—Entonces debes de estar hambrienta.

Me sorprendí al darme cuenta de que se equivocaba.

—Qué va.

—¿No quieres un trozo? —Me tendió el bocata con una sonrisa, igual que su madre cuando yo era una niña.

Dos semanas antes, quizás hubiera dicho que sí. Por un segundo estuve tentada de decirlo. «Pero ¿para qué? —pensé—. Si ni siquiera tienes hambre. Eso que te ahorras».

—No, gracias. —Le devolví la sonrisa—. De verdad que no tengo hambre.

David se encogió de hombros y le pegó un mordisco a su almuerzo. Sin pensarlo, sin analizarse como había hecho yo. No se paró a pensar en el peso que le haría ganar, o en el peso que podría perder. No se paró a analizar si para Sofía eso habría sido demasiado… Si Sofía se habría torturado por comerlo, si se habría felicitado por no hacerlo. No sería la primera vez. «Me rugen las tripas, pero ya no me importa —escribió en el diario aquel primer día—. Ya me he ahorrado unas 274 calorías».

¿Cuántas me había ahorrado yo?

A pesar de que dos segundos antes había negado tener hambre, noté que nacía un rugido en mi estómago. Quizás era consecuencia de haberlo llenado solo con un vaso de leche. Pero ahora era demasiado tarde: ya había dicho que no y, como decía Sofía, «ya no me importa».

Sacudí la cabeza intentando ahuyentar a la joven de mi cabeza.

—David —dije volviéndome hacia él—, ¿alguna vez te has encontrado con alguien que te haya hecho querer conocerlo más? —Él arqueó una ceja confuso. Tenía un poco de mantequilla sobre el labio, como cuando era niño. Había cosas que no cambiaban—. Es como que… Sientes que hay algo en tu cabeza que te dice «a esta persona merece la pena conocerla». —Ladeé la cabeza buscando cómo explicarme—. Como una corazonada.

—¿Eso no es simplemente querer ser amigo de alguien?

—Algo así. —Arrugué la nariz—. Un poco más complejo, quizás.

Él se encogió de hombros, pegando un nuevo mordisco a su almuerzo.

—Supongo que sí. Me pasó contigo, pero teníamos ocho años. A esa edad pasa con todos. —No pude evitar reír al recordar a aquel David de pelo largo y aparato en los dientes.

—No creo que estemos hablando de lo mismo, entonces.

—Puede que me pasara con Clara también —continuó David como si yo no hubiera dicho nada. Había perdido la mirada en algún punto del horizonte, aunque su mente estaba más lejos—. Solo que acabé enamorado. —Chasqueó la lengua—. Y jodido.

Hacía mucho que no hablaba de Clara así. Hablaba con ella, reía con ella, quedaba con nosotras. Pero siempre evitaba hablar de lo que sintió, como si temiera volver a sentirlo. Su mecanismo de defensa para olvidarlo todo, para no guardarle rencor, era callar y fingir que no recordaba nada. Con el tiempo había acabado siendo eficaz. Clara había vuelto a ser una amiga, aunque el recuerdo de todo lo ocurrido aún le doliera.

 

—¿Cómo vas de chicas? —pregunté entonces dándole un codazo.

—¿Lo preguntas en serio? —Dejó escapar una carcajada.

Volvió la mirada al frente, donde Clara y unas cuantas chicas más, todas despampanantes, todas delgadas, sonreían entre murmullos, seguramente poniéndose al día de los cotilleos del instituto. A veces me preguntaba cómo Clara podía sentirse cómoda entre ellas. Quizás era su manera de supervisar que no acababa siendo el objeto de esos rumores.

—Estoy harta de las chicas —siguió David. Alcé las cejas, poniendo una mueca que oscilaba entre la burla y el enfado.

—Vaya, gracias. ¿Tengo que recordarte que yo también soy una?

—Sara, por favor. —Se inclinó más hacia mí, a un palmo de distancia. Me obligué a aguantarle la mirada y no bajar los ojos hacia su sonrisa o hacia la peca que tenía sobre el labio. A esas alturas conocía su rostro como si fuera un mapa estelar. Cada peca, cada marca—. Ya sabes que tú eres la excepción.

Lo dijo con un deje burlón, aunque no apartó su mirada de mí. Esperé que siguiera con alguna broma, un «necesito una infiltrada en el mundo femenino», algún chiste que aflojara la seriedad y la verdad de sus palabras. Pero solo siguió mirándome.

Al final fui yo quien apartó primero la mirada. Recé para que no se notara el súbito rubor de mis mejillas.

Volví a recordar con nostalgia aquellos tiempos en los que mi mayor preocupación era no mancharme la camisa, en lugar de evitar que mi corazón se acelerara por quien no debía.

 

Al día siguiente volví a olvidarme el almuerzo en casa y no me importó. Otra mañana me levanté tarde y no me molestó desayunar solo un vaso de leche. Pero, para compensar, merendé un gofre de chocolate pensando «que me lo había ganado». Una noche no cené, porque tenía examen al día siguiente y quería estudiar más. O quizás quería comer menos.

Pero una mañana me desperté con la mente más clara, me di cuenta de lo que había hecho y me obligué a parar. ¿Qué estaba haciendo? Tonterías, eso eran. No cenar no me servía de nada, no me iba a ayudar.

O quizás sí. Mi cabeza era un torbellino de contradicciones.

«Podrías perder esos kilos de más», me decía.

«No tengo kilos de más», me contestaba.

«¿Y esos michelines? ¿Y esos muslos? ¿Y esa talla?».

«Bueno, podría adelgazar un poquito. Solo un poquito».

«Tengo que dejar de darle tantas vueltas, ¿por qué debería adelgazar?».

«Bueno, ¿y por qué no? Ir en bañador sin miedo, verme bien en el espejo… Quizás algún chico se interesaría por mí. Quizás David».

«¡No seas idiota! David es tu amigo, no fastidies eso también. Adelgaza y olvídate de él. Adelgaza y todos te verán bonita».

«Todo lo que dices y todo lo que estás haciendo son tonterías. Ya viste cómo acabó Sofía: muerta».

«Pero yo no llegaría a ese punto, por Dios. Tengo cabeza».

A pesar de todo aquel debate interno, cometí un error más: volver al baño de mis padres y subirme a la báscula por segunda vez. Y otro más cuando sonreí al ver el número. No entendía cómo, pero había bajado. Solo quinientos gramos, pero me parecieron más que suficientes. Había adelgazado sin ni siquiera darme cuenta, sin esfuerzo, sin proponérmelo. Había momentos en los que no me veía como alguien que necesitara bajar de peso, pero, ya que lo había hecho, ¿qué más daba?

Aquello fue como firmar un pacto con el diablo: a partir de aquel momento, seríamos la báscula y yo. Yo prometía estar pendiente de ella todos los días, ella prometía que el número bajaría.

 

Me detuve un momento a mirarme en el espejo. Nunca había estado a gusto conmigo misma. No solo por mi cuerpo, sino por mi forma de ser: mi timidez, mi desgana, mi soledad. No era una de esas chicas que destacan allí donde van, y sabía que tampoco lo iba a ser. No tenía, y no aprendería nunca a tener, su carisma y su seguridad. Había cosas que no podía cambiar.

Pero acababa de descubrir que mi cuerpo no era una de ellas. Podría dejar que me creciera un poco más el pelo, podría maquillarme más a menudo, podría dejar de parecer una niña. Podría empezar a cuidarme más. Podría… Podría quitarme algunos kilos. Quizás así mi tripa se vería más bonita.

No iba a pasarme, estaba segura; no quería hacer tonterías. Solo gustarme un poco más.

Solo eso.

 

El sábado me levanté con ganas de no hacer nada, absolutamente nada. Me desperté con sueño y pocas fuerzas para enfrentarme al mundo. Lo único que consiguió arrancarme una sonrisa fue el mensaje de «buenos días, pequeña» que me había dejado David en el móvil.

La noche anterior el insomnio me había invadido y había acabado durmiéndome pasadas las cuatro de la madrugada. Mi cabeza no se había callado desde entonces, dando vueltas a millones de temas: David, el trabajo de lengua de la semana siguiente, quedar con Clara otra vez, David, retomar las noches de peli y pizza (bueno, quizás pizza no), los planes que tenía para Navidad, el regalo que le iba a hacer a mamá, David otra vez, la bufanda que me acababa de comprar, la sonrisa de David, el diario de Sofía, no pensar tanto en ella, pensar menos en David, no poder hacerlo.

Así que no era de extrañar que acabara despertándome casi a la una del mediodía. Me desperecé con un bostezo y me paré unos segundos a mirar la luz que se colaba a través de las cortinas. Me encantaban las mañanas en mi casa; el sol entraba por las ventanas iluminando todas las habitaciones y haciendo el ambiente aún más acogedor. Daban ganas de no despegarse de la cama, pero el deber, concretamente los ejercicios que tenía que entregar el lunes, me lo impedía.

En apenas una hora mi madre estaría llamándome para comer, así que ni siquiera me molesté en desayunar; no tenía hambre. Me lavé la cara y me senté en el escritorio frente a los apuntes de historia, con ganas de caer dormida sobre ellos. Acababa de coger el bolígrafo cuando el teléfono empezó a sonar.

Lo cogí con un suspiro.

—¿Diga?

—¿Sara? —Reconocí la voz de Clara al otro lado. Por suerte sonaba más animada que la semana anterior—. Soy Clara. Te he estado llamando toda la mañana y parecía que no había nadie en casa.

—Lo siento, estaba durmiendo…

—¿Tan tarde?

—¿De verdad te sorprende?

Escuché la risa de la chica al otro lado del teléfono, seguida de un suspiro.

—Bueno… Quería preguntarte si vas a hacer algo esta tarde. Me apetece ir de compras.

Esta vez fui yo la que resoplé. Odiaba ir de compras. No me gustaba pasar horas de tienda en tienda, probándome cosas que solo conseguían acomplejarme más y comprando cosas que quedarían abandonadas en el armario durante meses. Además, me había despertado desganada, y lo último que me apetecía era salir a dar una vuelta. Me levanté de la silla, teléfono en mano, y empecé a moverme en círculos por la habitación.

—¿Tiene que ser hoy? Ya sabes que eso de comprar no es algo que me apasione… —contesté. Ella se quedó callada unos segundos.

—¿Y si vamos al cine? ¿Eso te apetece?

—No hacen ninguna película buena ahora.

—¿Vas a poner excusas a todo lo que diga? —preguntó Clara. Casi podía verla fulminándome con la mirada desde su casa.

—Es que hoy me he levantado cansada, Clara —suspiré.

Bajé los hombros y me paré a mirar el paisaje a través de mi ventana. Solo se veía la carretera desierta, con árboles decorando las aceras a ambos lados y los edificios de enfrente alzándose como gigantes. En general, mi barrio era un lugar tranquilo.

—Vale, vale. —Esta vez fue ella la que soltó un suspiro—. Pero resérvame algún hueco en tu apretada agenda, si no es mucha molestia.

Parecía un poco disgustada, pero no podía mentirle. Habría sido peor si hubiera accedido, la pobre habría tenido que cargar conmigo toda la tarde.

En ese momento vi a una pareja corriendo a lo largo de la calle, con los auriculares puestos y mallas de deporte. Se pararon un segundo para coger aire, apoyando las manos sobre las rodillas. La chica le devolvió la sonrisa a su acompañante cuando él la animó a seguir corriendo, ladeando la cabeza. Levanté una ceja.

—¿Qué te parece si vamos mañana a correr?

—¿A correr? ¿Estás loca?

—Va, Clara, siempre te estás quejando de que no tienes tiempo para ir al gimnasio, y no creo que nos haga ningún mal…

Ella resopló por segunda vez.

—De verdad que no te entiendo. ¿Dices que estás cansada y al minuto quieres ir a correr?

—Hoy descansaré para ir mañana con fuerzas. Es lógico —contesté—. ¡Vamos, seguro que nos lo pasamos bien!

—Vale, si tanta ilusión te hace… ¿En mi casa a las seis?

—Perfecto.

—Bueno, pues nada. Hasta mañana, Sara.

—Hasta mañana. Gracias. —Y sin dejar de sonreír, colgué.

Aquella decisión fue uno de esos pequeños errores que acabarían conmigo.