Seré frágil
Capítulo siete
La habitación de Sofía no era nada del otro mundo.
Me recordó a ella, porque a pesar de su sencillez parecía guardar muchos secretos. Todos mis compañeros solían dar rienda suelta a su creatividad al decorar su cuarto, pero las paredes del de Sofía estaban desnudas. No tenía cuadros, pósteres ni ningún detalle sobre el cabezal de la cama, y en el escritorio solo había dos botes con rotuladores y una montaña de apuntes ordenados que ya no le servirían a nadie. Aquella mesa era lo único que sus padres se habían atrevido a ordenar, y ahí es donde habían encontrado el diario. Rebusqué entre los papeles con la esperanza de encontrar alguna carta, algún mensaje, algo que me indicara qué camino seguir.
Pero no había nada.
Con un suspiro, di media vuelta para ver la otra parte de la habitación. El escritorio estaba nada más entrar, a la izquierda, y enfrente de la puerta había una pequeña ventana con las cortinas corridas. Las abrí para que el sol, o lo que quedaba de él, iluminara un poco más la estancia. Junto a la ventana estaba la cama, con un puñado de peluches encima de la colcha azul. Perfectamente hecha. Me pregunté cómo sería hacer una cama sabiendo que no se volvería a usar. Cómo sería pasar la última noche viva, y ni siquiera ser consciente de ello.
Sobre la mesita de noche solo había una foto enmarcada. Me agaché para verla mejor. Eran cinco chicas sonriendo a la cámara, sentadas en un sofá. Solo reconocí a Sofía, aunque no fue fácil. Tenía el pelo brillante y con más volumen, las mejillas sonrojadas y una sonrisa sincera. No se parecía en nada a la chica que yo conocí. Estaba cogiendo de la mano a la joven que tenía al lado. ¿Eran esas las amigas de las que había hablado? ¿Lidia, Rebeca, quizás Cristina…?
Con la esperanza de encontrar más información, comencé a abrir los cajones de la mesa. En el primero y el segundo solo encontré ropa interior y calcetines. Pero el último cajón ya era más interesante; en él, Sofía guardaba algunos bolígrafos sueltos, pulseras y una pequeña agenda telefónica. Ver los primeros nombres me bastó para quedármela. Rebeca Cortés, Valeria Torrent, Lidia Guerrero, Cristina Díaz.
«Eres totalmente libre de llevártelo», había dicho Julia, refiriéndose a todo aquello que me recordara a Sofía. O, en su defecto, todo aquello que me ayudara a conocerla más. No sé exactamente qué debió de contarle Sofía a sus padres para que creyeran que yo era tan amiga suya y confiaran tanto en mí. No sé qué vio ella en mí para darme su diario, ni qué pretendía, cuando en realidad solo habíamos hablado un par de veces. Y la mitad de esas veces deseaba que jamás hubiesen ocurrido.
Pero, ya que me había dado la oportunidad, quería conocerla. Quería conocer a alguien que no podía conocerme a mí.
Hablar con la gente con la que ella había compartido su vida quizás me ayudara. Guardé la agenda en el bolsillo de mi pantalón y saqué la fotografía del marco para quedármela también. Me prometí devolverlo todo en cuanto dejara de necesitarlo, aunque, de todos modos, no creo que los padres de Sofía lo echaran de menos. Ni siquiera se darían cuenta.
Me crucé de brazos, pasando la mirada de nuevo por la habitación. Ahora debía ayudar a Julia, como me había pedido, así que abrí el armario y empecé a descolgar los pantalones, las faldas y los vestidos. No me paré a mirar la talla, porque sabía que la compararía con la mía, y eso solamente me haría más daño. De todas formas, por el tamaño de la ropa intuí que no debía de superar la de una niña de doce años.
Guardé todo con cuidado en las cajas, bien doblado, como mi madre me había enseñado. No sabía qué iban a hacer con la ropa, pero dudaba que la fueran a tirar. Empecé a vaciar los cajones, aunque no había mucho por hacer: su madre ya me había dicho que Sofía no tenía mucha ropa. Toda era como ella, sencilla. De colores oscuros la mayoría, y solamente un par de pantalones cortos y camisetas. Todo lo demás era ropa de invierno.
Me detuve al acabar de vaciar el tercer cajón. Al fondo, antes oculta por unas cuantas bufandas, había una pequeña caja de madera del tamaño de la palma de mi mano. La cogí con cuidado y la saqué para verla a la luz. Era ligera, pequeña, con algunas líneas trazadas con témperas por los laterales, como si alguien la hubiera pintado para distraerse. Recordé la caja que había mencionado Sofía en su diario, la que escondía en el cajón y a la que acudía cada vez que se sentía perdida.
Pero ¿por qué?
Oí la puerta abrirse justo en el momento en el que pretendía mirar su interior. Me volví de golpe, escondiendo torpemente la caja en otro de mis bolsillos.
La madre de Sofía no se atrevió a entrar; solo dejó la puerta entreabierta y se asomó un poco, lo justo para que se le viera la mitad de la cara y el cabello lacio que le caía.
—¿Sara? —preguntó. Parecía que le dolía tanto recordar a su hija que ni se atrevía a pisar su cuarto—. ¿Te queda mucho?
—No, solo un cajón más —contesté mientras lo abría.
—De acuerdo. Era por si querías comer algo.
Ni de broma.
—No se preocupe, estoy bien.
—De acuerdo. —Su voz sonaba cansada—. Gracias por todo, Sara.
—No hay de qué.
Y era cierto, no había nada que agradecer. Yo conocía más a su hija, ella huía del dolor. De algún modo, nos estábamos ayudando las dos.
O eso era lo que yo creía.
No recordé que me había llevado la caja hasta el lunes por la tarde. La misma tarde en la que David me pidió que le ayudara con las matemáticas, aprovechando que vivía a solo un par de manzanas de distancia.
Le invité a entrar en mi habitación después de pasar por la cocina. David decía que las clases y el estudio lo dejaban hambriento, pero que las galletas caseras de mi madre eran el remedio perfecto. Aquella fue la primera tarde que me negué a probarlas. Por suerte, ese hecho no llamó la atención del chico. Lo que sí lo hizo fue la agenda telefónica que había dejado tirada sobre el escritorio. Al menos no fue la caja.
—Vaya, esto es nuevo, ¿no?
La cogió y empezó a ojearla con toda la libertad del mundo. En otra situación no le hubiera dicho nada, porque después de tanto tiempo mi habitación había dejado de ser territorio prohibido. Se suponía que no tenía secretos para él; no iba a enfadarme porque me cogiera una simple libreta.
Lo que sucedía es que no era una libreta cualquiera.
—¿Quién es Rebeca Cor…? —empezó, pero yo le quité la agenda de las manos. Gracias a Dios no había encontrado el diario.
—Una amiga a la que no veo desde que era muy pequeña. Mi madre me dio su número hace poco. —No recordaba haberle mentido antes de aquella manera. Pero tampoco recordaba no haber sentido ni el más ligero remordimiento por ello. Y él, obviamente, no dudó de mis palabras. Nunca le había dado motivos.
Me di la vuelta para evitar que él viera la mentira en mis ojos y guardé la libreta en el primer cajón que encontré.
—¿Y si la llamamos ahora?
—¿Estás loco?
—Puedo fingir ser tu amante o algo así —bromeó pasándose la mano por el pelo. Parecía que lo tenía más rubio que de costumbre. Sus ojos, de color ámbar, chispeaban como si buscaran tentarme. Era la misma mirada que ponía cuando me animaba a bailar, a hablar en clase, a perder el miedo.
Siempre había adorado los ojos de David. No era solo el color, que cambiaba dependiendo de la luz, y a veces me recordaba a la tonalidad del cielo al amanecer y otras al zumo de naranja. Era la forma en la que él parecía comunicarse a través de ellos. La frase «los ojos son el espejo del alma» tenía sentido cuando le veías a él.
Me preguntaba qué veía él en mis ojos. No eran como los suyos, para nada, sino mucho más oscuros. No brillaban. A veces, mi pupila y mi iris no se distinguían. No eran nada del otro mundo, igual que yo.
¿Y David pensaba que alguien iba a creerse que él era mi «amante»?
—Nadie se tragaría eso —le contesté al final con más tristeza de la que pretendía.
—Pues tu novio.
—Tampoco.
—¿Y esa falta de amor propio, Sara? —Arqueó una ceja. Parecía que supiera todo lo que me pasaba por la cabeza. O casi todo.
Me volví para mirarle a los ojos.
—¿Alguna vez he tenido yo de eso?
Él suspiró, se acomodó sobre la silla y echó el cuerpo hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—De verdad que no te entiendo. Te conozco desde que éramos crios, pero hay una parte de ti que no me entra en la cabeza. —Hablaba con un tono de voz cansado, algo afligido.
Me encogí de hombros, sentada en el borde de la cama. Para ser sincera, conocerme era un asunto complicado; me daba la sensación de que ni siquiera yo misma sabía cómo era. Pero tenía claros mis defectos, cuántas veces había fallado, todo lo que no me gustaba de mí. Eso sí que lo tenía clarísimo.
David se levantó de la silla para sentarse a mi lado y puso una mano sobre mi hombro.
—¿Por qué piensas eso, Sara? —Hizo una pequeña pausa, aunque no esperó a que contestara—. ¿Por qué te quieres tan poco queriéndote yo tanto?
Sabía que su manera de quererme no era la que todo el mundo pensaba. Me sorprendí al notar una punzada en el corazón, y mi cabeza no tardó en convertirse en un monólogo interno que analizaba sus palabras. Tampoco ayudó el hecho de saber que seguramente mis mejillas se habían sonrojado.
—Eh, no me pongas esa cara —dijo él ladeando la suya. Su rostro se iluminó al sonreír—. Ya sabes a qué me refiero. Sé que lo que acabo de decir suena cursi a más no poder pero, joder, aunque no lo diga, sabes que te quiero. Sabes lo mucho que me importas. Has estado ahí cuando todos los demás me han fallado y…
Lo sabía, sabía lo que iba a decirme.
El descarado y despreocupado David tenía corazón, por más que la gente del instituto no quisiera verlo. Tampoco les importaba hacerlo. David solo era lo que se veía desde fuera. Un colega, alguien con quien reírte un rato, un compañero en el equipo de fútbol o el primero en arremangarse si alguien se metía con un amigo suyo.
Pero para mí era más. Para mí era mucho más, porque yo también lo era para él. Porque yo era una de esas pocas, poquísimas personas a las que él había abierto las puertas de su corazón. Le había visto siendo vulnerable; sintiendo rabia, dolor, tristeza. Y había estado ahí para él, recordándole que no estaba solo.
—No me vendría mal que me enseñaras cómo has conseguido quererme, la verdad —murmuré. Bajé la cabeza, pero él me cogió de la barbilla para que la volviera a alzar.
—No te tengo que enseñar nada. No servirá que te haga una lista o te diga mil razones. Es algo que tienes que hacer tú.
—¿Y por dónde empiezo? —contesté cada vez más desanimada. No soportaba mirarle a los ojos. Sentía que le estaba decepcionando—. No sé lo que es quererse, David. No me veo nada bueno. Sabes que no quiero darte pena, pero llevo mucho tiempo odiando lo que veo en el espejo. Odiando todo lo que sale de mi boca. Todo lo que hago, todo lo que soy. —Hice una pequeña pausa—. Creo que en mi vida lo único bueno que he conseguido sois Clara y tú.
Él deslizó su mano hasta apretar la mía; bajó la mirada y se mordió el labio.
Noté cómo una lágrima resbalaba por mi mejilla. «No, Sara, no, lo último que tienes que hacer ahora es llorar», pensé.
David suspiró.
—Primero de todo, no puedo creer que te veas fea. No te lo permito, no tienes derecho. —Estaba serio, pero en sus ojos vi cariño—. Deja de buscar esa estúpida «belleza» en los espejos. Deja de pensar que solo te querrás, o que solo valdrás, cuando te guste lo que ves. Porque es que nunca te verás como realmente eres, Sara. —Dejó escapar un segundo suspiro—. Te verás en el espejo o lo que tú digas, pero… No te viste en aquel campamento, hace un verano, cuando te quedaste dormida sobre la hierba. Recuerdo que parecías estar en paz, como una niña pequeña, con el pecho subiendo y bajando mientras respirabas. Habíamos pasado todo el día de caminata por las montañas y aquella tarde, aunque estabas agotada, te ofreciste a cargar con la mochila de Clara también para que ella descansara. Eso es ser preciosa. — Tragué saliva, sin ser capaz de aguantarle la mirada.
»Tampoco te ves cuando te veo leer un libro, por ejemplo. Tus ojos se mueven rápidos y a veces se te escapa una pequeña sonrisa, sin que te des cuenta. Es bonito, ¿sabes? Verte disfrutar con nada más que tinta sobre el papel. Con palabras. No todo el mundo puede, Sara. Pero tú consigues evadirte, consigues recordarme que siempre hay un momento para parar. Que en esta vida no todo son buenas notas o ser el mejor del equipo… A veces un buen libro basta. A veces es suficiente con saber descansar. Y, joder, verte sentada en un rincón, con nada más que un libro entre las manos y una sonrisa en la cara… Para mí, eso es ser preciosa.
»No te ves cuando no llegas a la estantería más alta y empiezas a ponerte de puntillas, estirando los dedos como si fueras a tocar el cielo. O cuando algo te molesta y arrugas la nariz. No te ves cuando le hablas a los gatitos de la calle, y luego te ríes de ti misma, o cuando te agachas para darle dinero a algún pobre y no te olvidas de dedicarle unas palabras de cariño. No te viste cuando llevaste mi tarta de cumpleaños y las velas te iluminaban la cara. Estuviste toda la tarde preparando ese bizcocho, porque sabías que era mi favorito. Y, aun así, cuando lo trajiste no pude apartar la mirada de ti, porque tu ilusión era mucho más grande que cualquiera de las pancartas que me regalaron. No hay forma de que te veas cuando estás riendo de verdad, cuando disfrutas y haces el tonto, cuando me ves después de mucho tiempo. Eso, para mí, es ser preciosa.
»Ni maquillaje, ni facciones perfectas, ni vestidos caros. Eso lo puede tener cualquiera. Una persona es guapa cuando te hace sentir a gusto, cuando te hace sentir feliz de estar vivo. Eso es belleza, Sara. Deja de buscarla en el espejo.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir. Me temblaba el labio y sentía que, si no fuera porque lo tenía a veinte centímetros de mi cara, estaría llorando. Esta vez le aguanté la mirada; el corazón me latía tan rápido que creía que él también podía oírlo. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora? No podía darle las gracias, así, sin más. Después de todo lo que había hecho por mí, un «gracias» se quedaba demasiado corto.
Y él estaba demasiado cerca. Mirándome. Con una mano en mi hombro y la otra sobre las mías. Por un momento cualquier problema que pudiera tener me pareció insignificante. Ya no sentía frío, como unas semanas atrás. David volvía a desprender esa aura de calidez que me hacía sentir a salvo, pasara lo que pasara.
Pero era hora de volver al mundo real.
—Yo… —titubeé. Sacudí la cabeza—. Como no empecemos con las matemáticas se nos va a echar el tiempo encima.
Otra de las muchas razones por las que me odiaba: sabía cómo terminar con los momentos bonitos de la manera más estúpida posible.
David soltó una leve risa, se echó para atrás y se apartó un poco de mí. La tensión se rompió en un segundo. Ladeó la cabeza, riendo.
—Tienes razón. ¿Cómo me has dejado ponerme tan cursi? —sonrió. El pelo le caía por la frente, los ojos le volvían a brillar.
Me encogí de hombros, uniéndome a su sonrisa, a pesar de tener todavía una lágrima seca en la mejilla.
Con pereza, los dos nos levantamos de la cama para volver a sentarnos junto al escritorio. Abrimos el libro de matemáticas y, como si no hubiera pasado nada, empecé a explicarle el último tema.
Me sorprendió mi capacidad para pensar en tres cosas a la vez: las funciones derivadas, la caja de Sofía y los ojos de David.
Mientras él intentaba resolver unos ejercicios, agarré la caja de madera. Era pequeña, ligera, y al agitarla sonaba algo en su interior. Despreocupada, la abrí frente a David sin sospechar lo que contenía.
Al verlo no pude evitar ahogar un grito.
David levantó la cabeza al mismo tiempo que yo cerraba la tapa para que él no pudiera ver el interior.
—¿Sara? ¿Pasa algo?
—No, nada. Me he mordido la lengua —mentí.
En cuanto él se centró de nuevo en las actividades me permití volver a respirar, con el corazón todavía latiéndome desbocado.
El daño que se hacía Sofía no era solamente mental.
Guardaba cuchillas. Afiladas, de todo tipo y tamaño. Unas relucientes, otras pocas manchadas de sangre seca. También había un par de agujas.
Pequeñas armas destinadas a atenuar el dolor que sentía, que no hacían más que aumentarlo.